INDICE

 




CAPITULO CUADRAGESIMOSEPTIMO
 
    I
 
 

El general Herrán llegó a Popayán (el 27 de julio), sin que se tuviera allí noticia, de los términos de la resolución del Gobierno. Dice el general Mosquera, en su libro, que al general Obando se le cayeron las alas del corazón viendo que no había sido designado para aquel encargo; pero en esto hay error, pues no fue un sentimiento de pesar el que lo dominó, sino una indignación que estallaba en todas sus palabras, repetidas por sus partidarios con rabia amenazante.

En Popayán la inquietud era extraordinaria, porque el general Obando no guardaba la menor mesuro en la manifestación de sus opiniones adversas a la ley; ne­gaba la carta del Padre Villota, lo que éste nunca hizo, y procuraba atenuar los hechos consumados en Pasto, culpando de todo al Gobierno y al partido ministerial, sistema que, como se ve, viene de antiguo y se ha, perpe­tuado. Tales imprudencias daban fuerza a la idea domi­nante de que él había promovido la revolución, y sin embargo, esto no fue así: viendo comprometidos a sus atas decididos partidarios en Pasto, de quienes en todo tiempo necesitaba, la aceptó por no perder su influjo sobre los pastusos desbordados. Esta era la opinión del general Herrán, que fijó la mía en las conferencias que con él tuve cuando me propuse escribir estas |Memorias.

 

II
 

 

Amigos eran Herrán y Obando, sin que hasta en­tonces se hubiesen interrumpido sus buenas relaciones con el más leve disgusto. Entre caballeros, entre genera­les amigos, cortés y digno era que Obando hubiese ido a visitar a Herrán a su llegada; pero no lo hizo, y lo hizo Herrán con él, en lo que creo no procedió bien.

 

El general Obando lo recibió con frialdad, y en |sus Apuntamientos dice así:

"En la visita de atención que me hizo en Popayán quiso saber mi opinión sobre el carácter de la revolución de Pasto y qué sería bueno hacer, y yo le dije que el Gobierno tuvo en su mano cortar aquel mal en su prin­cipio, pero que por mi situación política respecto de Márquez me era vedado dar mi parecer, remitiéndome a lo que le había dicho en una carta, que él me aseguró no haber recibido. No dejé, sin embargo, de decirle mi sentir en cuanto al mal carácter que tomaría aquella re­volución si el Gobierno no la manejaba con discreción".

Pero ni una palabra sobre la clase de discreción que se necesitaba emplear.

Ruego al lector que, teniendo en cuenta los buenos deseos con que el general Herrán dirigió aquella pre­gunta al general Obando, haciéndole en ello alto honor, juzgue si una respuesta tan ambigua, siendo toda ella una continua reticencia, era la que el patriotismo y hasta el deber exigían que diera el general Obando. ¿De qué manera pudo el Gobierno cortar el mal en su principio? ¿Podía suspender la ley? ¿Debía destituir al gobernador de Pasto? ¿Debía dejar las armas en manos de los su­blevados?

Esto era lo que ellos exigían; pero bien se compren­de lo que el general Obando quiso decir. Los que soste­nían que él había influido en el ánimo del débil y simplazo Padre Villota para su inconsecuente conducta, y que por medio de sus agentes había atizado la hoguera, presumían que su objeto había sido ser nombrado apa­gador para ulteriores fines, del mismo incendio que él había prendido. Ya he manifestado yo el error de esta suposición, aunque no faltaban motivos en qué fundarla.

Se ve, pues, que el benévolo Herrán, procurando buscar todos los medios de llegar a una solución pacífi­ca con los revolucionarios de Pasto, fue a hacer una vi­sita al amigo que lo desempeñaba, visita que no le to­caba hacer a aquél sino a éste, y que hizo con el objeto plausible ya manifestado. En ciertas posiciones se ne­cesita algo de altivez para no amenguar la propia dig­nidad, y yo veo con pena, aquel paso dado por el general Herrán, a pesar de la nobilísima y patriótica idea que lo dominaba al darlo.

 

En la revolución de Pasto figuraban en primer tér­mino los partidarios del general Obando; el jefe princi­pal |era todo suyo, y después se verá la exactitud de esta calificación. ¿A qué altura, pues, no se habría elevado el general Obando si se hubiera prestado a apagar el incendio ayudando al general Herrán a conseguirlo? ¿Tenía o no la influencia que decía tener para terminar aquello mejor que ningún otro? Si la tenía, nada puede excusar el rechazo antipatriótico que dio al amigo que tan hidalgamente le buscaba; si no la tenía, ¿en qué fundaba sus pretensiones y las acriminaciones que hacía al Gobierno por no haber sido elegido en lugar del ge­neral que lo fue?

Este obtuvo mejor resultado con el reverendo obispo en la propuesta que le hizo de enviar una comisión de paz a Pasto, encargándose de ella a eclesiásticos de res­petabilidad e influencia. El prelado convino en ello, y en efecto nombró un canónigo de altas prendas y a su mis­mo secretario, dándoles el carácter de visitadores. Auto­rizados fueron ambos por el general para ofrecer a los sublevados un amplio indulto, sin más condiciones que la de que se cumpliera la ley, se restableciera el orden Legal y se devolviesen las armas que se hubiesen extraído del parque del Gobierno. El prelado les autorizó para suspender de oficio y beneficio a los sacerdotes que no se sometiesen, lo que les constituía en rebeldía |contra la soberanía nacional. ¿Podía el general ofrecer, en su esfera, más de lo que ofreció? ¿Era censurable el obispo por la medida que tomó? Este paso tan conciliador sir­vió, sin embargo, al general Obando de pretexto para escarnecer al general Herrán y al prelado con el lengua­je más impropio de un escrito que fue dirigido a la posteridad y que por consiguiente había de llegar un día en que la crítica lo analizase y comentase. ¡Así extra­vían las pasiones cuando el despecho ofusca la razón! El general Obando se olvidó que el insulto muchas veces no ofende a quien se dirige sino al que lo dirige.

Para dar una idea del lenguaje que impruebo, quiero transcribir algunas líneas del libro del general Oban­do, que justificarán mi censura, sin embargo de que no son ellas, ni con mucho, las peores de aquel descompa­sado libro. Hablando de la misión conferida por el Gobierno al general Herrán, dice: "Para despejarle el camino de aquella conquista se mandó de Popayán una comisión eclesiástica, vanguardia de las operaciones del héroe, compuesta del Padre Liñán, español, secretario del obispo, y del deán, doctor Mariano Urrutia, esco­gidos así porque reuniendo a su carácter sacerdotal la reputación de realistas, se creía que podrían fácilmente vencer a los pastusos hablándoles el idioma de su anti­guo entusiasmo, y se someterían de rodillas al héroe de la candidatura, pues parecía seguro que mostrar a los pastusos la abundante provisión de anatemas con que los había armado el obispo, y doblar las rodillas delante del príncipe heredero, sería todo uno. Herrán, por su parte, no iba menos provisto de estas municiones, pues el obispo lo había autoriza do para suspender eclesiásti­cos, quitar y poner curas, y confiriéndole aún más facul­tades que las sólitas del diocesano, lo había transforma­do de general del ejército en un formidable prelado".

Califique el lector este sarcasmo, y sepa que era el deán el autorizado por el obispo para tomar algunas de las medidas indicadas, si necesario era, pata obligar a los eclesiásticos refractarios a la obediencia. ¿Habrá hoy algún liberal que lo impruebe? ¿No estaba en el de­ber y en las facultades del obispo hacerlo así?¹

 

III
 

 

La comisión de paz se puso en camino inmediata­mente con el deseo y la esperanza de conseguir su pa­triótico y benéfico objeto. El general Herrán se ocupó en hacer mover las pocas fuerzas que había en Popayán, y siguió con ellas a reunirse al comandante Mutis en La Venta pata esperar allí el resultado de la misión conci­liatoria de aquélla. En el tránsito pudo organizar algunos piquetes de milicias de caballería en los pueblos de Patán

1 El doctor Liñán, secretario del obispo, a quien el general Obando llama, como por baldón, |español, lo era en efecto y además liberal. En 1830 y 1831 siguió a los generales Obando y López, con entusiasmo, en sus operaciones contra el general Urdaneta, tanto que el general Obando lo nombró coronel, nombramiento que aprobé después el Gobierno, incurriendo en justa censura paz que no se debe desautorizar a los sacerdotes, con tales ejemplos, a |que se metan a macheteros.

 

 

|y Mercaderes, con lo que su fuerza disponible llegó a unos 660 hombres.

Al mismo tiempo el gobernador de la provincia en Táquerres reunía una pequeña columna de voluntarios para restablecer su autoridad y dar cumplimiento a la ley, y abundando en los sentimientos benévolos del Gobier­no nacional y del general Herrán, envió también por su parte a Pasto otra comisión de paz compuesta de algu­nos eclesiásticos "los cuales, después de una conferencia con el Padre Villota, el teniente coronel Alvarez y algu­nos frailes jefes de la sedición, tuvieron que regresar sin haber obtenido suceso favorable".¹

Parece que ya esto, si no era demasiado, era suficien­te, sin embargo se hizo más: el general Herrán en per­sona se fue solo a Pasto; paso imprudentísimo que pudo complicar terriblemente la situación y aun costarle la vi­da; pero que prueba hasta qué exageración llevó su de­seo de evitar la guerra. Allí repitió las promesas de in­dulto absoluto, sin más condiciones que las imprescindi­bles de sometimiento a la ley rechazada y entrega dé las armas del Gobierno; y nada consiguió, a pesar de que el Padre Villota, asustado y arrepentido, se inclinaba al sometimiento. Ya la revolución se preparaba a cam­biar de rumbo, y había pasado a otras manos.

Es verdad que batiéndose esparcido en Pasto la voz de que el general iba autorizado para conceder lo que los revolucionarios pedían, se manifestó entre ellos el deseo de que fuera; "pero a los tres días de su llegada principiaron algunos hombres inquietos y díscolos a di­fundir la noticia de que iban a remitirlos a Cartagena y a proceder a otros actos de severidad. Principió entonces a reunirse en la ciudad gente de todos los pueblos, pre­sentándose en grandes grupos y pidiendo al principio in­culto, y en seguida subsistencia de los conventos, remo­ción del gobernador, y que no se permitiese la entrada de la tropa que ya se suponía próxima". |2

Repetidos avisos tuvo el general de que por este ru­mor maligno, que había surtido su efecto, se proponían apoderarse de su persona; y convencido de una manera

1 Véase la |Gaceta de la Nueva Granada número 413.  
2 Véase la |Gaceta número 416.  

 

 

indudable del peligro que corría, salió de la ciudad en la noche del 16 de agosto, por caminos extraviados, acom­pañado del leal pastuso señor Manuel E. de Córdoba, y atravesando dehesas, cañadas y barrancos, logró pasar el Juanambú y reunirse a su tropa, que aunque poco nu­merosa, era buena.

El deán Urrutia y el cura de Pasto vinieron a confe­renciar con él, hablando otra vez de indulto y de sumi­sión; pero durante la conferencia llegan de Pasto el ca­pitán Manuel Córdoba y el teniente Ignacio Lora, y dan parte al general de haberse proclamado el sistema fede­rativo en dicha ciudad, y nombrado al mismo teniente coronel Alvarez comandante en jefe de todas las fuer­zas que se reunieran, quien se preparaba a marchar a ocupar el boquerón de Juanambú con la que ya tenía, que no bajaba de 1.600 hombres. Y se supo también que otra columna de 800 hombres, mandada por Estanis­lao España, uno de los principales tenientes del general Obando, había atacado en Cumbal al gobernador de la provincia, que tenía unos 600 hombres mal armados, y lo había derrotado completamente, con lo que había quedado todo el cantón de Túquerres en poder de los revolucionarios.

Hasta delito, pues, habría sido en el general Herrán dejar a la revolución tomar más cuerpo, armarse mejor y aumentar su número, que era el objeto evidente de sus corifeos al procurarse demoras dando esperanzas de arreglos. Llegó, por tanto, para él, imprescindiblemente, sol caso de cumplir con su deber, y pasó el Jua­uambú, arrolló un destacamento que tenían los enemi­gos en el boquerón y se situó en el pueblecito de Buesa­co a esperar allí las milicias que debían venirle. El ene­migo, que había llegado a Buesaco dos días antes, re­trocedió al páramo de Chacapamba, a esperar por su parte la columna vencedora en Cumbal, creyendo las fuerzas del Gobierno mayores de lo que eran. Pronto, pues, debía tener lugar un combate.

 

IV
 

El carácter político que se dio a la revolución con el pronunciamiento por la federación (lo que hacía aceptable para el partido |liberal), el rápido aumento de sus fuerzas con los indios de los pueblos de la provincia, el modo de obrar con cierta pericia y decisión; todo, en fin, confirmó la creencia de que el general Obando, si bien no hubiera tenido parte en el primer movimiento, como yo lo creo, una vez hecho y no habiéndosele con­ferido el mando de las tropas, quiso que la revolución triunfase, y al efecto dio instrucciones a sus agentes para que la continuasen. Ya el gobernador de la provincia lo había acusado oficialmente y aun había levantado un sumario sobre ser él autor principal y fomentador de aquel desmán fatal, y en Popayán la opinión pública se pronunció en este sentido, y en voz tan alta que el general Obando temió se procediera judicialmente contra él, y resolvió venirse a Bogotá, como lo verificó.

En sus |Apuntamientos para ¡a historia dice que tomó este partido porque reconoció lo indefenso de su situa­ción, sin las garantías que sirven de amparo a los hom­bres calumniados, "las que -dice- debía yo suplirías con un hecho esplendoroso que echase a perder aquella trama, desmintiéndola por sí sólo ante los ojos de la nación, sin que el gabinete perseguidor pudiese evitar­lo; resolví pues marchar inmediatamente para Bogotá a ponerme lejos de la revolución que me atribuían y ba­jo los ojos del Gobierno director de la calumnia".

El ánimo decae cuando hay que comentar acrimina­ciones tan gratuitas y arbitrarias como ésta. ¿En qué y por qué era el gabinete perseguidor? ¿Qué parte tuvo ni pudo tener en el juicio que se formara en Pasto y en Popayán de la revolución y de que el general Obando fuera o no su promotor o su fomentador? ¿Qué prueba, qué indicio, qué sospecha siquiera se aduce para irrogar al Gobierno la gravísima ofensa de calificarlo de direc­tor de la calumnia? ¿Estaba en el interés del Gobierno promover y fomentar una revolución que podía derribar­lo, mucho más cuando se veía por todas partes levantarse rabiosas las cien cabezas de la hidra? Y todas estas suposiciones, ¿por qué? El único objeto que alega el general Obando es el de desacreditarlo, de anularlo para que no fuera candidato en las siguientes elecciones para Presidente de la República. Pero, ¿se hablaba todavía, se pensaba siquiera en candidatos?

 

Hoy mismo, que la desmoralización ha hecho tan pavorosos progresos, ningún mandatario, creo yo, se atrevería a cometer el crimen abominable de ensangren­tar el suelo de la Patria para alejar a nadie de una can­didatura cualquiera. Por otra parte, ¿tenía el general Obando, repetiré una y otra vez, la menor probabilidad, ni esperanza siquiera, de ser candidato para la Presiden­cia de la República en competencia con el general Santander o el doctor Vicente Azuero? Siendo evidente que no, ¿ qué interés podía haber en desacreditarlo, y menos aun en hacerlo de una manera tan culpable? El general Obando llegó en estas acriminaciones a un grado de ex­candecencia, que | su inverosimilitud no las destruyera, aparecerían a los ojos de la historia los hombres más honorables del país como unos malvados, y el patrio­tismo exige repelerías.

Muchos creyeron entonces, y esto parece lo cierto, que el general Obando se vino a esta capital con el prin­cipal objeto de ponerse de acuerdo con los más notables miembros de la oposición, sobre lo que debiera hacerse en el caso de ser derrotado el general Herrán (lo que da­ba por probable, si no por seguro) y cerciorarse del pro­greso que tuvieran en las provincias los planes revolu­cionarios de que tanto se hablaba.

Respecto a candidaturas, no fue sino mucho después cuando el partido ministerial pensó en el señor Rafael Mosquera, quien no aceptó las proposiciones que se le hicieron, e indicó al general Herrán, porque, dijo, se necesitaba un militar de crédito, honradez e influencia sobre la fuerza armada, en las circunstancias en que se encontraba la República. Algunos ministeriales se inclinaron al coronel Eusebio Borrero (después general), y la mayoría de la oposición se decidió al fin por el doctor Azuero. Pero la opinión del señor Rafael Mos­quera prevaleció, y el partido ministerial se fijó más tardo en el general Herrán. ¿Por qué, pues, se supone en una época anterior lo que no tuvo lugar sino en otra posterior?

 
 

V
 

 

La expectativa de los beligerantes, casi a la vista, uno en Buesaco y otro en Chacapamba, no podía durar mucho. La situación del general Herrán era en extremo difícil y arriesgada; apenas tenía allí unos 460 hom­bres, porque una parte de su fuerza no se le había reu­nido. Esto sabido y propagado, hacía que los enemigos del Gobierno esperasen con alegría y confianza el resul­tado y que los amigos lo temiesen. El general Obando, cuando llegó a esta ciudad, daba por segura la pérdida del general Herrán, considerando como un error el paso del Juanambú con tan poca fuerza; y se creía se­guro que la derrota de las tropas del gobierno haría estallar instantáneamente la revolución, que en todas las provincias y aun aquí en la capital se tramaba.

El mismo general Obando dice que a él se le invitó a ponerse a su cabeza, y que lo rehusó; pero si el gene­ral Herrán hubiera sido vencido, ¿cuál habría sido la respuesta del general Obando? El compromiso en Pasto de todos sus tenientes, el de sus más decididos partida­rios allá y en todas partes, hacen suponer cuál habría sido.

Las dificulta des y riesgos del general Herrán en Buesaco se aumentaban gravemente. Un hombre a quien el mismo general Obando califica en su libro de malhe­chor, de bandido, de facineroso, llamado Andrés Nogue­ra, antiguo guerrillero realista, no había querido pasarse a nuestras banderas cuando lo hicieron el general Obando, Sarria y Eraso, sus conmilitones en aquella épo­ca. Mestizo ignorante, pero de instintos guerreros espe­raba siempre recursos de Fernando VII, y se había mantenido oculto en el corazón de la montaña de Berruecos, Sierra Morena de la Nueva Granada, y acompañado de algunos otros como él, derramaba el terror en la co­marca con incursiones rápidas, en las que robaba, ase­sinaba y no se detenía ante ningún exceso. Huyendo, ocultándose por algún tiempo y volviendo a aparecer donde menos se le esperaba, hacía imposible la perse­cución en aquellos tenebrosos pasajes, y en ellos desafiaba a Dios y a los hombres. Este héroe salvaje tenía so­bre la masa bruta, que por una extravagancia hemos dado en llamar "democracia", el ascendiente que dan la audacia, la constancia, la energía y el valor afortunado.

El Padre Villota habla proclamado en Pasto a San Francisco de Asís, y los tenientes del general Obando la Federación. Noguera salió de sus guaridas y gritó: ¡ viva el rey!, ¡viva la religión! Este grito, repercutido por el eco de las montañas en los alrededores, resonó en toda la provincia de Pasto, y el terrible nombre de Noguera se transmitió de boca en boca. San Francisco de Asís y la Federación vinieron, pues, a ser astros eclipsados, y así tenía que ser: los indios no conocían a San Francisco de Asís, sino su efigie, que por una superstición idolátrica adoraban, sin pensar en el santo del cielo; la Federación no la habían oído nombrar ni alcanzaban a comprender qué clase de monstruo pudiera ser eso; sí sabían lo que era Noguera, cuánto había que esperar de él, y además le temían, lo que es de la mayor impor­tancia en ciertas emergencias, para reunir hombres y dominarlos.

El primer acto de Noguera al aparecer en la escena revolucionaria fue sorprender un destacamento de guar­dias nacionales y degollar a cuantos aprehendió, y en seguida apostarse en la boca de la montaña de Berrue­cos, cortando la comunicación del general Herrán con Popayán, y por consiguiente con esta capital.

Los indios del pueblo de Buesaco capaces de tomar las armas, estaban todos en el campo de los pastusos, y por medio de sus mujeres sabían cuanto pasaba en el de las tropas del Gobierno, su fuerza, su peligrosa situa­ción, etc.; y con estas ventajas, de que carecía absoluta­mente el general Herrán, resolvió el comandante Alva­rez atacarlo, esperando oprimirlo con la superioridad de su masa. En sus 1.600 hombres no había, ciertamente, más que unos 600 ó 700 de fusil, como 100 de caballería en los excelentes caballos de Pasto, y el resto arma­dos de macana, especie de maza de Hércules, arma terrible, superior a la bayoneta cuando se llega a comba­tir cuerpo a cuerpo, transmitida de padres a hijos desde la Conquista; y tenían además un cañón de los seis de campaña que cogieron en Pasto. Todas las probabilida­des, pues, estaban en su favor. El general Herrán, en la impotencia de atacar, sin haber reunido todas sus fuerzas, rodeado de guerrillas, tomó posiciones a orilla del pueblo, y confiando en la calidad de sus soldados, mandados por jefes y oficiales competentes, esperaban su salvación del ataque del enemigo. Al amanecer el día 31 de agosto (1839), la niebla cubría todo el campo circunvecino. A las siete de la mañana el sol, derraman­do torrentes de luz por sobre las crestas de los páramos, iluminó de repente la campiña, y apareció la gran masa enemiga a corta distancia del campamento de Herrán. En su parte oficial dice éste:

"Mientras yo arreglaba mi campo de batalla, los fac­ciosos también daban sus disposiciones, que se reducían a cargar bruscamente por todas partes y envolvemos con su mucha gente. Más de 1.600 hombres de ellos se ha­llaban reunidos: varios clérigos y frailes que estaban con ellos les repartían absoluciones y bendiciones con profusión, encargándoles que se arrojasen sobre noso­tros para destruirnos completamente, ofreciéndoles el cielo y la bienaventuranza por premio. El ronco |charao, que es el instrumento bárbaro de exterminio, la música y mil vivas a la religión exaltaban a la turba ignorante, y la encendían en un fuego feroz y salvaje.

"No tuve para qué atraer a los enemigos a mi línea, como me había propuesto, porque ellos se me vinieron encima . etc.

En efecto, el ataque fue correspondiente a las excita­ciones: en grandes pelotones, sin orden, sin formación de ninguna clase los facciosos se precipitaban valerosa­mente sobre nuestras filas, procurando llegar al alcance de la formidable macana; así, el fuego nutrido de nues­tra tropa, a pie firme, y el de las guerrillas de los flancos diezmaban aquellos montones informes rechazando sus cargas repetidas, y la victoria no tardó dos horas en de­clararse por el valor sereno y la disciplina.

Conseguido el triunfo, que fue completo, cayendo prisioneros el comandante Alvarez y gran número de los ilusos indios, el general Herrán no quiso perseguir a los derrotarlos por no aumentar un desastre demasiado doloroso ya, aunque inevitable.

Al día siguiente tomó posesión de la ciudad de Pasto, y su primer acto fue publicar un indulto para todos los comprometidos en la revolución que se presentasen, lo que hicieron muchos; en el cual quedaron comprendidos el comandante Alvarez, jefe de los venci­dos, el Padre Villota y los demás prisioneros hechos en la acción, a cada uno de los cuales se expidió salvocon­ducto,

El decreto legislativo de 3 de junio anterior se pu­blicó por bando y se circuló impreso, quedando, por tanto, suprimidos los conventos a que él se refería, y salvada la majestad de la ley.

¿Podréis creer, |liberales de hoy, que para la oposi­ción de entonces, núcleo de vuestro partido, fue de duelo el día en que llegó la noticia de estos sucesos?

El general Obando, rebajando a la mitad la fuerza enemiga, y aumentando el número de la del general Herrán, dice:

"Por fin se cumplieron los criminales designios del Gobierno: se derramó la primera sangre precursora de los torrentes que debían inundar el suelo de la Nueva Granada, se dio la famosa batalla de Buesaco", etc.

Y sigue ridiculizando el combate y al general Herrán en términos tan impropios, que me sería largo y enojoso repetir. Sin embargo, añadiré estas palabras de su libro:

"Alvarez (dice), que era un valiente oficial, estaba embrutecido por la intemperancia; sus segundos que eran unos frailes, aunque se batieron con denuedo, no podían reemplazarle, y el populacho, desorganizado, peleó en desorden y sin plan".

Fue cruel el general Obando en hacer aparecer al comandante Alvarez en la historia como un borracho embrutecido. Era Alvarez su amigo más decidido, y complicado en la acusación del asesinato del general Sucre, le fue consecuente hasta su última hora, murien­do inconfeso. En cuanto a la calificación de "popula­cho" que se da a la masa de combatientes, lo único que tengo que hacer observar a las |sociedades democráticas

1 Sobre los detalles de estos hechos pueden verse el parte oficial del general Herrán y los boletines del estado mayor en el suplemento a la |Gaceta de 22 de septiembre de 1839, número 419. Los indultos concedidos por el general Herrán fueron aprobados por el Gobierno, lo que consta en las gacetas de la épo­ca, y sin embargo dice el general Obando que sólo fue indultado el comandante Alvarez. Esto parece increíble.  

 

 

|de ahora, es que no un conservador sino un |liberal es quien se la da,

Pero cometió una grave equivocación el general Obando al decir que en Buesaco se derramó la pri­mera sangre de los torrentes que debían inundar el suelo de la Nueva Granada. ¡Ah, no! Esa primera san­gre se derramó en Cumbal por uno de sus principales tenientes en el ataque y derrota que sufrió el goberna­dor de la provincia; y también sé derramó antes la del destacamento de milicianos degollado por Noguera, quien vino a ser un poco más tarde su lugarteniente general. Cuando se escriben |Apuntamientos para la historia no deben olvidarse incidentes de tamaña significación.

Lo que no se comprende es cuáles fueron los crimina­les designios del gabinete que se cumplieron. ¿Podía el gobierno dejar de hacer efectiva, por la fuerza, la ley que por la fuerza se rechazaba? ¿No se procuró evitar este trance, agotándose, hasta la debilidad, los medios de conciliación, sin exigir otra cosa sino que Ja ley se obedeciese? ¿Qué haría un mandatario de hoy en igualdad de circunstancias? ¿Estaba el Gobierno seguro de la victoria cuando el mismo general Obando pronosticaba su vencimiento? ¿Puede admitirse que un Gobierno compuesto de los hombres más dignos, más respetables del país, aventurase su propia existen­cia, deshonrándose a los ojos del mundo y de la his­toria, por una cuestión baladí de candidatura presiden­cial? ¡No! Ni en estos tiempos infaustos, lo repito, se cometería semejante odioso crimen.

Terminada la cuestión conventos, la oposición, en masa, se lanzó en acriminaciones al Gobierno; la prensa crujió acerba y calumniosa, dando con ello pábulo a la revolución que se preparaba en las provincias, y animando así a los rebeldes de Pasto a continuar la guerra. Y la revolución se generalizó, y la guerra de Pasto volvió a encenderse más imponente y asoladora.

El general Santander se aisló en un silencio abso­luto cuando el suelo temblaba y el rayo surcaba el espacio, lo que le hacía sospechoso y le atrajo enérgi­cas censuras en los periódicos de la época. En efecto, la conducta del general Santander, reconocido como cabeza de la oposición, se atribuía a malos motivos. Lo cierto es que entre los revolucionarios se tenía por aprobación, y esto los alentaba. La provincia de Vé­lez fue la primera que se |pronunció, también enca­bezada la revolución por un clérigo, el doctor Rafael María Vásquez; pero no como en Pasto, en sosteni­miento de conventos y frailes, ni por cuenta de Fernando VII y la religión. Residía en Vélez el coronel Vicente Vanegas, militar de la mayor distinción en la guerra de la Independencia, cuyo cuerpo, acribillado de heridas de la cabeza a los pies, probaba su alto mérito y nos le hacía venerable a todos; pero siendo al mismo tiempo hombre sencillo, en extremo candoroso, fue fácil a los revolucionarios hacerlo aparecer a su cabe­za, porque para esta¿ cosas siempre se necesita un hom­bre, y los turbulentos ambiciosos saben escogerlo, a reserva de olvidarlo después. Este primer movimiento fue inmediatamente sofocado por la fuerza, indultado y al poco tiempo repetido. Vuelto a sofocar, fue hecho prisionero el coronel Vanegas, quien juzgado como rein­cidente, fue sentenciado a muerte y ejecutado. La sen­tencia era estrictamente arreglada a las leyes que re­gían, y por consiguiente justa; pero a todos sus amigos nos fue en extremo dolorosa, y también al público en general, pues el coronel Vanegas, hombre que no había hecho mal a nadie ni era capaz de hacerlo, era de to­dos querido y respetado. Su desgraciada muerte, aun­que en diferente sentido, se deploró como la del inte­resante joven Anguiano en 1833. Estos son los amar­gos frutos que producen las revoluciones.

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