CAPITULO CUADRAGESIMOCUARTO
I
La Administración Santander se inició conciliadora en sus
proclamas y en sus discursos, y todos esperaban que las ideas de
orden, y el olvido de los dolores pasados, que tanto procuró el
Vicepresidente Márquez conseguir, se afianzasen más y más con las
promesas que el general Santander hacía; pero aquella esperanza
duró poco, pues bien pronto las denominaciones de liberal y de
|servil revivieron; la prensa se excandeció en todas partes;
el insulto se puso al orden de día, y un periódico titulado
|El
Cachaco, en extremo agresivo, en el que se decía tenía parte el
mismo general Santander, "fue la diabólica tea que encendió las
animosidades, agitó la discordia y revivió los partidos", ¹ El
señor Castillo Rada, a quien quizá el general Santander debía la
vida, pues fue quien en el Consejo de Ministros de 1828 propuso
que se le conmutase la pena de muerte; hasta el señor Castillo,
digo, fue víctima de los tiros de aquel libelo maligno. ¡Pero qué
digo el señor Castillo! El mismo general José Hilario López fue
gravemente ofendido, poniéndosele en ridículo, que es el peor de
todos los insultos, porque tuvo una disputa acalorada con el
general Santander en un juego de tresillo.
Sin embargo, no había motivos suficientes para ocurrir a vías
de hecho, y nadie lo temía, cuándo inesperadamente una intentona
injustificable vino a agravar aquella situación, que podía
corregirse por la oposición o por medio de las elecciones (porque
en aquel tiempo había elecciones), que era lo que el patriotismo
exigía se procurarse pacíficamente. El general José Sardá Había
sido borrado de la lista militar, con injusticia; y se alegará,
para sostener mi dicho, el convenio de Apu-
|
1 Restrepo,
|Historia de Colombia.
|
lo tan deslealmente pisoteado, sino el mismo decreto de la
Convención en que se fundó aquella tropelía. Sardá; no había tenido
parte en la revolución de 1830, en favor de la integridad de
COLOMBIA; no combatió, no promovió pronunciamientos; en fin, no
ejecutó ningún acto hostil contra el Gobierno que el partido
liberal calificó antes de ilegítimo, y que después, cuando le
convino acriminar, declaró legítimo. Estaba en Cartagena, y el
general Mariano Montilla, que mandaba en el departamento, le
obligó a ir a Riohacha, cuando los movimientos de aquella
provincia habían terminado, y Carujo se había vuelto a Maracaibo.
Sardá había sido gobernador de dicha provincia, y por su
moderación, por su carácter indulgente y por la rectitud de sus
procedimientos era querido y respetado de todos; pensó, pues, el
general Montilla servirse de él para que con su influencia personal
calmara los ánimos y evitase trastornos sangrientos en una pequeña
provincia que poco o nada podía influir en la gran cuestión que
agitaba el resto de la República, y Sardá cumplió su misión a
contentamiento general, haciendo efectivas las garantías
constitucionales a todos, impidiendo persecuciones y venganzas, y
al restablecimiento del gobierno se sometió sin hacer la menor
oposición. ¿Podía Sardá desobedecer el mandato general del
departamento? ¿Debió resistirlo cuando su misión era altamente
benéfica? ¿Estaba por ello en el caso del decreto de la Convención?
En rigurosa equidad no lo estaba; y más bien debió agradecérsele el
servicio que prestó.
Pero tenía tres enemigos personales, miembros de la Convención,
y tres votos en un Congreso no se desechan por una injusticia más o
menos. Sardá, pues fue no sólo borrado de la lista militar, sino
mandado salir del país.
El general Obando, en sus
|Apuntamientos para la Historias
dice:
"Se había dado orden a las autoridades de Santa Marta para hacer
salir de la Nueva Granada al ex general José Sardá, español de
nacimiento. Yo lo reputaba en su destierro, cuando una noche se
presenta en mi casa aquel desgraciado, diciéndome que su destierro
era injusto, y apasionados y falsos los informes que lo causaban,
por cuya razón era que venía clandestinamente donde el jefe del
Gobierno a hablar con él en persona; y habiéndome hecho algunas
reflexiones que hacían fuerza, y prometiéndome que con sus pruebas
me obligaría a revocar su expatriación, lo dejé expedito para que
se defendiese; él comenzó en mi tiempo a agitar este negocio, que
ciertamente iba presentando buen aspecto cuando yo dejé el
mando".
No sólo iba presentando buen aspecto la reclamación, sino que
el mismo general Obando se convenció de la injusticia cometida,
tanto en haberlo dado de baja en la lista militar, como en
expulsarlo; pero lo tenían tan asediado los enemigos de aquel
general infeliz, que parecía que no habían venido a otra cosa, y
estrellarse con ellos no lo quería el general Obando. Después
Sardá, desalentado, no volvió a gestionar, pero tampoco se le
impuso el cumplimiento de su destierro.
Postrado en la indigencia, viviendo a expensas de sus amigos, lo
que es uno de los más acerbos dolores que puede sufrir el hombre
delicado, agriado por la injusticia, cayó en la desesperación, y
la desesperación es locura. En semejante estado, su ofuscamiento
fue completo, y se precipitó, y se perdió.
Yo conocí a los tres diputados referidos, y más de una vez
presencié sus conversaciones apremiantes con el general Obando, que
los oía fastidiado. Después supe que cuado llegó a noticia de
Obando la desgraciada suerte que cupo a aquel estimable general,
se manifestó arrepentido de haber cedido tanto a las exigencias de
aquellos tres señores implacables. Si los hombres que mandan y que
tan enérgicos se muestran contra sus adversarios caídos, tuvieran
firmeza para no inclinarse a las exigencias de sus copartidarios,
se evitarían muchas desgracias.
II
En la prima noche del 23 de julio (1833) recibió el general
Santander una carta anónima en que se le participaba que en esa
noche tendría lugar una revolución acaudillada por el general
Sardá; que los oficiales Pedro Arjona y Manuel Anguiano, del primer
escuadrón del regimiento de
|Húsares, debían sacar dicho
cuerpo y reunirse con los conspiradores, que eran campesinos, los
más, pertenecientes a los regimientos de caballería de milicias de
la Sabana que tuvieron parte en la revolución de 1830, y que el
objeto era derribar al Gobierno existente y reemplazarlo con
otro.
El Presidente, en el acto, acompañado del coronel José Manuel
Montoya, jefe militar de la provincia, pasó al cuartel del
escuadrón, y fue recibido en la guardia de prevención en toda
forma. El oficial de guardia era el teniente Pedro Arjona, a quien
el coronel Montoya le pidió la espada y le intimó que siguiera con
él a la guardia del principal a rendir una declaración. Arjona se
puso un capote y no se le registró.
Mientras esto pasaba en la guardia de prevención, Anguiano se
deslizó por una ventana a la calle y fue a avisar a Sardá, que con
unos 30 hombres esperaba con sus caballos ensillados. La confusión
fue completa. En el acto montaron todos y partieron con dirección a
Zipaquirá. Otra partida como de 25 hombres de Fontibón había ido a
Facatativá a prender al coronel del regimiento de milicias de
caballería de aquel distrito, José María Quijano, revolucionario en
1830, vencedor en el Santuario y ya liberal; pero en el momento de
verificarlo les llegó de Bogotá el aviso de haber fracasado el
proyecto, y orden de Sardá de que siguieran a reunirse en la
provincia de Tunja. Esperaban rehacerse por allá, o abrirse camino
para Venezuela si aquello no se conseguía. En cumplimiento de dicha
orden marcharon llevándose a Quijano.
No quiso Montoya llevar consigo ninguna escolta al conducir a
Arjona a la guardia del principal, acaso por desconfianza de los
húsares, pues no se sabía que ni los jefes, ni los oficiales, ni la
tropa tenía la menor idea del movimiento proyectado, fuera de los
dos oficiales mencionados, que siendo el uno el ayudante del cuerpo
y estando el otro de guardia, se creyeron bastantes para sacarlo
del cuartel, esperando comprometerlo cuando se incorporasen a los
conspiradores que se estaban reuniendo, cuyo número suponían sería
considerable a la media. noche.
Hombro con hombro iban los dos hablando, cuando de repente
Arjona echó a correr por la antigua calle de
San José (después Tundama)¹. Montoya le sigue con su espada en
la mano, y grita a los transeúntes: "Atajen a ese faccioso",
repitiendo el grito en todo el curso de la carrera en la que
alcanzó a Arjona casi hasta echarle mano. Arjona vuelve la cara y
le grita: "No me siga usted, coronel Montoya, porque llevo una
pistola y no puedo prescindir de matarlo si me alcanza". Montoya
le replica: "Detente o te paso con la espada". Y en efecto, Lo
hirió de dos puntazos. Arjona volvió a correr, y al ser otra vez
alcanzado, viendo dos hombres parados en la esquina, temiendo que
los gritos de Montoya los excitasen a detenerlo, y temiendo también
a los transeúntes, se vuelve, hace fuego, tiende muerto al valiente
coronel Montoya atravesándole el corazón de un balazo, y hace huír
con el tiro a los dos hombres cuya presencia temía entonces, y así
creo yo que tuvo lugar, aunque se pretendió después que el tiro que
mató a Montoya no lo hizo Arjona sino uno de los conspiradores que
estaban en la calle, lo que no tiene el menor viso de
verosimilitud.
Arjona vadeó el asqueroso arroyuelo llamado río San Francisco,
que infecciona la ciudad con las inmundicias que obstruyen su
curso, y se ocultó en el barrio de las Nieves, sin que hubiera
podido encontrársele. Su desesperada esolución le salvó.
Montoya, joven aún, esposo y padre, miembro de una larga familia
altamente respetable, caballeroso, inteligente, benemérito por sus
servicios en la guerra de la independencia era, como militar y como
ciudadano, querido de todos, y si viviera seria hoy general que
haría honor a la república. Su muerte fue una pérdida de difícil
reparación para la patria, y se agravó terriblemente la situación
de los conspiradores.
En el entretanto las tropas habían tomado las armas en sus
cuarteles, los milicianos corrían al suyo, y los ciudadanos,
despavoridos, sin saber el origen del movimiento que se notaba, se
encerraba en sus casas.
El general Santander que dio muestras de impavidez y de
exactitud de cálculo en sus medidas, dejó en la guar-
|
1 Hoy no sé cómo se llamará, porque con tanta frecuencia se
cambian los nombres de las calles, que para no equivocarse hay que
ocurrir a los nombres antiguos.
|
dia de prevención de Húsares un oficial de su confianza. habló a
los jefes y oficiales y vino a la guardia del principal adonde
estábamos ya los militares que no pertenecíamos a cuerpos, entre
ellos el general López. Allí empezó a tomar medidas en el acto, y
una de ellas fue nombrar jefe militar de la provincia a López, en
reemplazo del desgraciado Montoya, dándole a reconocer en una orden
general extraordinaria, a las diez de la noche.
Yo fui designado para marchar al amanecer con algunos oficiales
a Zipaquirá a tomar el mando de dos compañas de infantería que
estaban ahí, y seguir con ellas a Tunja, en donde se temía que la
conspiración tuviera ramificaciones, porque se desconfiaba del
coronel Manuel María Franco, violento enemigo entonces del general
Santander.
III
En la Gaceta número 97, en la parte oficial, se lee lo
siguiente:
"El teniente Coronel Joaquín Barriga, con dos húsares,
fue el primero que salió de la capital en solicitud de Sardá, y dio
con la facción cerca del Puente del Común.
"Seguidamente fue comisionado el coronel Posada, que
persiguió a los facciosos mas cerca en la dirección de Tunja, a lo
cual es debido que los facciosos temieran distraerse en sorprender
aquella ciudad, y la desviaron, etc."
En efecto, a las diez del día 24 llegué a Zipaquirá y a pesar de
no haberme acostado ni un minuto en la noche anterior, y del
cansancio del viaje, esa misma tarde me puse en marcha con la
infantería de que he hablado.
En Ventaquemada me alcanzo
|
el general López, que
había salido el 25 "a dirigir las operaciones", y
me ordenó dar allí descanso a la infantería hasta el día
siguiente. Al llegar a Tunja supe que el mismo coronel Franco, de
quien se desconfiaba en Bogotá, con ana fuerte Columna de la
milicia de aquella ciudad, en virtud de órdenes del Gobernador,
había cortado la marcha de los conspiradores y aprehendido 35 de
ellos, habiéndose escapado el general Sardá. y unos seis compañeros
más, los que a dos días fueron capturados. Sólo el teniente
Anguiano y el teniente Villamil (venezolano) lograron escaparse y
llegar huta Casanare, donde se les aprehendió y remitió a está
ciudad, a pie, amarrados, vejados, golpeados y ultrajados.
Así terminó aquella intentona inconcebible, que no se como un
hombre de la capacidad y juicio del general Sardá, pudo prometerse
hacer triunfar. ¿No prueba ella que su desesperante situación le
había afectado el cerebro?
El general López me dio orden de conducir los presos, que
estaban en Tunja, a esta capital, con toda la fuerza que ya se
había. puesto a mis órdenes; yo rehusé esta comisión, rogándole que
me exonerase de ella, porque, le dije:
"Soy amigo personal del general Sardá, serví a sus
órdenes en la campaña de Maracaibo por la Guajira: siempre le
merecí consideraciones que recuerdo con gratitud; en cumplimiento
de mi deber le habría combatido mientras tuviera las armas en la
mano; pero ya preso, me da mucha pena ejecutar estos actos de
opresión aunque necesarios, etc".
El general López convino, y hablo con el coronel Franco, que
también se excuso. De los jefes nadie que haría hacerse cargo de
tal comisión, y el general López empezaba a impacientarse.
Sardá que tuvo noticia de esto, me mandó llamar y me rogó que
aceptase el encargo, diciéndome:
"Yo Seré fusilado al llegar a Bogotá y sabré morir como
español, como general colombiano", y deteniéndose un
instante, añadió con tristeza: "y como cristiano; pero me
seria penoso verme ultrajado en el camino, y tengo confianza en que
usted lo impedirá".
¡Infeliz! pensaba que podría morir corno cristiano porque no
llegó a presumir que lo matarían como a un perro, de un modo nunca
visto ni antes ni después en nuestro país.
Yo volví en el acto al general López, y le dije que aceptaba la
comisión, manifestándole el motivo, y me contestó:
"Me alegro; a mí también me disgustaría que los presos
fueran maniatados o insultados en el camino"; y una hora
después se puso en marcha para esta capital.
En el entretanto tuvo lugar por acá otra desgracia
trascendental. Denuncios hubo, porque los denuncios se
atropellaban, de que el coronel Mariano París estaba comprometido
en la revolución y reunía gente en el pueblo de Chipaque. El
Gobernador de la provincia, doctor Rufino Cuervo, dispuso la salida
de una partida de tropa al mando del Capitán N. Calle (antioqueño),
con el objeto de aprehenderlo y traerlo a esta capital. Ni el
general Santander ni el doctor Cuervo conocían al capitán Calle,
que estaba recién venido de Popayán por motivo de una causa
militar; pero hallándose en el cuartel de la milicia, fue
designado por el comandante de dicho cuerpo, por cuanto el capitán
N. Castellanos, indicado particularmente por el general Santander,
estaba enfermo:
El general Santander, en sus
|Apuntamientos, dice:
"Un segundo aviso llegó del mismo Chipaque, de que París ya
había reunido algunos hombres, y dispuso el mismo Gobernador, en
consecuencia, reforzar la partida con otra al mando del teniente
Joaquín Delgado, a quien tampoco conocía, ni le hablé, ni supe de
su marcha. Después de las doce del día 29 de julio, hallándome en
el altozano de la Catedral con varias personas, se acercó a mí el
Gobernador y me informó haber recibido aviso del capitán.... Calle
de haber aprehendido a París en Une. Me retiré a dar un paseo por
la calle de San Juan de Dios, y estando en casa de mi hermana,
llegó el sargento mayor Márquez con la noticia de que habían dado
muerte a dicho París. Sorprendido con semejante novedad, y sin
adivinar dónde y porqué se había ejecutado la muerte, encontré al
Gobernador en la plaza, igualmente sorprendido e ignorante de las
circunstancias, y pasé a mi casa lleno de disgusto y aflicción, y
estando en ella, supe que su cadáver había sido traído a la ciudad
de un modo realmente inesperado.
"No puedo pintar lo que pasó por mí en este día, ni cuál fue la
amargura de mi corazón: prescindiendo de la estimación que siempre
había hecho de toda la familia de Parises, y que ellos no podrán
negar, y del cariño particular que le profesaba a Mariano, desde
que habíamos hecho juntos varias campañas, habría bastado sólo la
naturaleza del hecho para que me hubiera causado el mayor disgusto
y pesar. No me quedó otro partido que deplorarlo, y hacer que se
procediese por la autoridad correspondiente para que se castigase
al culpable".
Este lenguaje tiene en sí mismo todos los caracteres de sincero,
y esta es mi convicción, por lo que vi y por lo que oí en aquellos
días. Todo lo que se dijo y se escribió sobre que se hubiese dado
orden por el general Santander o el doctor Cuervo para matar al
coronel París, fue infundado, y producido sólo por la irritación
que causó la gravedad del hecho y por el modo indigno con que se
trajo el cadáver a esta ciudad, modo que el general Santander no
calificó como debiera, pues en llamarlo "inesperado" manifestó la
intención de atenuar su gravedad.
El coronel París se hallaba en una posesión de campo a las
inmediaciones del pequeño pueblo de Chipaque; allí lo encontraron
enteramente solo, y a la intimación de la orden del gobernador de
darse preso, obedeció y se puso en camino, sin manifestar la menor
intención de fugarse. Al llegar a un sitio llamado
|La
Fiscala, a una legua al sur de esta ciudad, entró el oficial
con los más de la tropa a un ventorrillo, dejando un cabo y dos
soldados custodiando a París. Entre tanto se creyó que él pretendía
fugarse, y uno de los soldados le tiró un balazo, del que lo
derribó gravemente herido. Entonces salió el oficial y lo acabó de
matar, disparándole un trabucazo,
|para que no penara, según
se dijo. En seguida atravesaron el cadáver sobre una bestia
enjalmada, colgando la cabeza y los brazos de un lado y las piernas
del otro, y en tal estado lo metieron a esta capital por las calles
más públicas.
Aun suponiendo que hubiese intentado fugarse, ¿estaba el
coronel París en el caso de un malhechor para tirarle un balazo? Y
caído ya, herido ¿se podía fugar? Lo que debió hacerse fue dar
aviso para que se hubiese mandado a un cirujano y a un
eclesiástico, que le auxiliasen o haber procurado conducirlo en un
|guando (angarillas).
Me parece que estas observaciones no admiten réplica. El
general Santander, aunque no tuviera parte en la muerte de París,
una vez sucedido el hecho, trató de disculparía, pues dice en sus
|Apuntamientos.
"A fines del siglo pasado, el doctor Prieto, de familia ilustre
y distinguida de Bogotá, siendo alcalde ordinario, mandó
aprehender a un criminal, prófugo, que aún no había sido
sentenciado, y dio orden de hacerle fuego, si huía; el criminal
huyó en efecto, le hicieron fuego y lo mataron.
"Después de 1810, el señor Juan Tobar, también de familia
distinguida de Bogotá, siendo alcalde ordinario, mandó aprehender a
un tal Solanilla, criminal prófugo, y dio la misma orden. Solanilla
fue muerto en la aprehensión. A ninguno de los dos alcaldes se les
hizo cargo alguno, a pesar de existir las leyes de Partida, de
Castilla y de Indias, ni se les ha llamado crueles, vengativos y
sanguinarios.
El objeto de estas citas es claro y no necesita ser explicado.
Pero el trabucazo, después de herida y caída la víctima, es una
circunstancia agravante que no se encuentra en las citas
anteriores. Una herida acaso aparece grave en los primeros
momentos, y después resulta ser curable, lo que pudo suceder con el
primer balazo que derribó al suelo al coronel París. Por
consiguiente, rematarlo del modo como se hizo, fue ejecutar un
verdadero delito, y todavía es peor disculparlo que cometerlo,
porque esto se puede ejecutar en un repentino aturdimiento y
aquello se hace a sangre fría y con premeditación.
Además, en las dos citas que hace el general Santander se trata
de dos "criminales, prófugos", y el coronel Paris no era "criminal
prófugo", ni hizo resistencia, como la hacían aquellos contra la
autoridad que los perseguía. Bajo todos aspectos, pues, son
inconducentes las citas del general Santander, y el afán que desde
el primer momento manifestó en disculpar el hecho, y la impunidad
de éste, fue lo que dio motivo a suponer que había sido
premeditado. No cayó tampoco en la cuenta el general Santander de
que habiendo sido los hechos que cita ordenados por las
autoridades, cuando los presenta como antecedentes
justificatorios, da lugar a sospechar que el de que se trata se
hallaba en e! mismo caso.
Un sumario se instruyó y se tomaron declaraciones a los soldados
de la partida y a tres paisanos, y de ellas
resulta probado en
|derecho que el coronel París trató de
fugarse, por lo que se hizo el tiro que lo derribó al suelo. Pudo
acaso creerse esto por soldados ignorantes y temerosos de la
responsabilidad. ¿Pero el trabucazo? ¿Y, el modo bárbaro con que
fue conducido el cadáver a esta ciudad por las calles más públicas?
¿Esto no era nada? Y aun suponiendo que el coronel París hubiera
tratado de fugarse, ¿era acaso, repetiré, un malhechor, un
bandido, un insigne criminal para tirar sobre él, cómo sobre una
fiera, y luego rematarlo tan cruelmente?
Pasadas las diligencias al auditor de guerra, dictaminó éste en
términos ambiguos "que no había lugar a formación de causa", y el
comandante general (general López) se dio por satisfecho, y todo
quedó concluido. Después de un procedimiento semejante, ¿no había
motivo para calificar de premeditado y ordenado el asesinato. Sin
embargo, no creo yo que lo fuera, pero si que se trató de paliarlo
y de salvar al ejecutor.
IV
La ley draconiana de 3 de junio de 1833, expedida por un
Congreso liberal, en su artículo 26 condenaba a la pena de último
suplicio:
"A los que por medio de tumultos o facciones tomen las armas
para destruir las autoridades constituidas o para cambiar la forma
de gobierno;
"A los que tengan comunicación con el enemigo, tumulto o
facción;
"A los que aconsejen, auxilien o fomenten la rebelión, traición
o conspiración".
De manera que aunque el objeto de las facciones, o
conjuraciones, etc., no se hubiese llenado, bien porque
descubiertos los conatos o proyectos de rebelión, huyesen los
comprometidos en ellos, o porque desistiesen de su intento, viendo
que delatados no podían realizarlo, o por cualquier otro motivo, la
ley los condenaba al banquillo. Y no sólo a ellos sino a los que
tuviesen comunicación con ellos, de manera que bastaba hablarles
para merecer la muerte. ¡Jóvenes liberales, estudiad la historia y
juzgad a vuestro partido!
El artículo 27 de la misma ley imponía la pena de cinco a ocho
años de presidio a los auxiliadores de los revolucionarios, cuyos
conatos no se hubiesen realizado; a los que tuvieran comunicación
con ellos; a los que sabiendo que se tramaba una revolución no la
denunciasen; a los que expulsados fuera del país quebrantasen la
expulsión, a los que tratasen de seducir a alguno con el objeto de
auxiliar a los revolucionarios.
No fueron tan lejos los decretos del Libertador contra los,
conspiradores; pero entonces, como ahora, como siempre, los
liberales pueden hacer con aplauso lo que en sus adversarios
condenan. Los hechos y no mis palabras lo prueban.
Conforme a esa ley se siguió el juicio a los acusados, y ya se
sabe que las causas políticas se agravan o atenúan según que los
jueces sean adversarios o copartidarios de los encausados. En la
de que se trata, más parecía que se estaba juzgando la revolución
de 1830 que la disparatada de 1833 y más al Libertador que a los
comprometidos en ésta, y eso tenía que ser así, porque tal era la
moda de la época.
El fiscal de la Corte, después de su apasionada acusación
contra los reos, pronunció el siguiente discurso, más violento
aún:
"Excelentísimo señor:
"Algunos años han corrido desde que los escándalos y trastornos
del orden social hicieron sufrir toda clase de males a este
infortunado suelo. Los hombres perversos, aleccionados en la
escuela que planteó en Colombia su tirano, por medio de actas
tumultuarias y de pronunciamientos criminales, se han creído en la
posesión de turbar de continuo la tranquilidad pública, aun a costa
de la sangre granadina, alentados por la inmensa generosidad con
que hasta el día han sido tratados, y por la impunidad en que han
permanecido. He aquí una de las causas de la horrenda conspiración
que abortó en 23 de julio del presente año. Ninguna especie de
atentados, ninguna de crímenes nefandos hubiera dejado de
realizarse, si no es frustrado el golpe de los traidores. La ciudad
anegada en sangre, las propiedades saqueadas, la orfandad, el
robo, el asesinato, habrían sido las consecuencias inmediatas de un
hecho tan vil y tan atroz. Ejemplos funestos, pero que debemos
recordar hoy, se nos presentan a la vista, y ellos nos deben dar
experiencias, para que en lo sucesivo no puedan volver a manchar
las página de nuestra historia.
"Hace ya tres años que en el aciago mes de agosto de 1830,
muchos de los reos que actualmente son juzgados llenaron de
consternación y de luto esta ciudad, a consecuencia de la horrorosa
carnicería del Santuario, y del ominoso despotismo que se le
siguió. Resuenan todavía en nuestros oídos los gritos y lamentos
dolorosos de las viudas y de los huérfanos que perdieron a sus
esposos y padres a manos de estos mismos que despiadadamente
clavaron en la entrañas de sus inocentes víctimas la lanza y el
puñal, profanando al propio tiempo el sacrosanto nombre de la
religión.
"Mil veces más atroz habría sido el resultado de la conjuración
de julio último si sus autores hubieran realizado el intento:
ninguno de nosotros existiría, y los carniceros, insultando
nuestros cadáveres, se habrían vanagloriado de su crueldad. Un
claro testimonio de este éxito se halla en la causa que ha ocupado
la atención del Tribunal. Allí se descubre que el plan trazado por
algunos tenía por base el exterminio absoluto de los que se
hallaran de parte del Gobierno. ¿Y
|
quién, que esté impuesto
de la ferocidad de los conjurados, ferocidad manifestada en otro
tiempo con hechos positivos, dudará de sus sanguinarios proyectos?
Pero demos gracias al Omnipotente, que apartó de nuestras gargantas
la cuchilla homicida, poniendo bajo la de la ley las cabezas de
los criminales que iban a teñirla en nuestra sangre.
"No repetiré aquí los datos que victoriosamente patentizan el
grado de culpabilidad en que se halla cada uno de los encausados.
La difusa exposición que ha oído leer el Tribunal tiene resumidos
los más importantes, que, con pequeñas excepciones, y según el
temor de la ley, hacen que aquellos sean acreedores a expiar su
delito en un patíbulo.
"Pocos criminales hay que no se hayan enredado en las filas de
los facciosos. ¡Los pérfidos! han acumulado sobre sí toda especie
de maldades: uno es homicida, el otro estuprador violento, aquél
ladrón, éste parricida, uno hijo malvado, aquél tramposo, muchos
vagos, y casi todos, en fin, revoltosos por costumbre y ¿éstos?
¡Santo Dios! son los regeneradores de la Nueva Granada, de
Colombia? ¿Estos los que se titulan defensores de la religión y del
clero? ¿A dónde iríamos a parar con semejantes apóstoles? Mas lo
cierto es que esta clase de hombres era la que había resuelto
derrocar el Gobierno establecido y ocupar los puertos y destinos.
Su delito es enorme, y debe caer sobre ellos el peso de la ley.
"Bien sé yo, señor, que al pedir su ejecución, conforme a los
deberes del ministerio que ejerzo, voy a traer sobre mí el odio de
algunos malos ciudadanos; pero tendré la gloria de exclamar con un
elocuente orador, que no me arredran las enemistades de los hombres
perdidos, y reputo por muy honroso el aborrecimiento que sobreviene
por la virtud.
"Sin tener, pues, consideración ni miramiento que no se halle
escrito en la ley, yo pido al Tribunal:
"Que el inocente sea restituido al momento al pleno goce de su
libertad; que la conmiseración, basada en la conveniencia pública,
sea empleada con aquellos que no son reincidentes, que perezca el
malvado!
"Bogotá, 5 de octubre de 1833.
LOPEZ ALDANA
"Es copia-Fonseca".
No creo yo que sea lícito a un fiscal separarse del mérito que
presenta el proceso, para excandecer el ánimo de los jueces que han
de fallar en última instancia sobre él; ni insultar con
acriminaciones exóticas a los infelices que, por culpables que
sean, están agobiados bajo el peso de una acusación capital; ni
acalorar las pasiones políticas contra ellos, tanto de los
magistrados del tribunal, como de la muchedumbre; ni insultar tan
cruel como caprichosamente a hombres que unos dejaban padres,
otros esposas e hijos, y entre los que había muchos como Sardá,
los Arjonas, Acero, Anguiano y otros que, prescindiendo de la
cuestión política y del extravío indisculpable que los arrastró al
trance en que se encontraban, eran hombres buenos y perfectamente
honorables, aunque entre los comprometidos hubiese algunos que no
lo fueran.
El juicio se siguió por todos los trámites prescritos en la ley,
y prescindiendo de la muerte del malogrado coronel Montoya, que fue
un hecho aislado, imprevisto, en que el teniente Arjona se encontró
en la desesperante necesidad de matar para vivir, los demás actos
ejecutados por los conspiradores, aunque no de gravedad, eran
suficientes a justificar la sentencia que se dictó como arreglada
a la bárbara ley que los envolvía como una serpiente por todos
lados.
Cuarenta y seis individuos fueron condenados a muerte por
sentencia del tribunal de 12 de octubre, siendo uno de ellos Sardá;
pero en la noche del 11 se había fugado éste, y por consiguiente no
pudo notificársele la sentencia.
El tribunal propuso al Poder Ejecutivo la conmutación de la
pena a treinta y seis, de manera que si el Gobierno, en uso de sus
facultades, hubiera mitigado el rigor de la ley accediendo a esta
propuesta, sólo hubieran sido ejecutados nueve, por la fuga de
Sardá. Pero el general Santander pensó que este número era muy
corto para escarmentar, y lo aumentó a diez y siete, escogiendo
nominalmente las víctimas que debían completarlo.
Este procedimiento fue improbado generalmente; y en efecto es
muy delicado para un mandatario desatender en semejantes casos la
recomendación de un tribunal y más uno como aquél, que no podía ser
tachado de indulgente, y ponerse a entresacar a cuáles mata y a
cuáles conmuta la pena; operación odiosa en la que puede entrar en
gran parte la animadversión personal. Un hecho semejante ejecutado
por el Libertador, o por el general Urdaneta; se estaría reprobando
aun por los liberales a gritos desacompasados, con versos elegiacos
y monólogos declamatarios...
Los treinta y cinco restantes los dividió el Gobierno en dos
lotes: a diez y nueve conmutó la pena de muerte en diez años de
presidio, en Chagres, y a nueve en ocho años de presidio en
Cartagena. Los condenados a Chagres murieron todos, porque en
Chagres sólo por milagro se puede vivir, y para que vivan allí
estos serranos de las cumbres de la cordillera se necesita que Dios
haga uso de todo su poder para salvarlos; mejor les hubiera sido a
aquellos infelices que los hubieran fusilado. ¿Por qué no los
condenó a todos a Cartagena? Hasta en esto hubo exceso de
severidad, y el exceso en la severidad es crueldad.
V
El 16 de octubre de dicho año, a las siete de la mañana, se
tocaba llamada a tropa en los cuarteles del batallón 1º de línea,
del medio batallón de artillería, del batallón de milicias y del
primer escuadrón de húsares. A las nueve ya estaban estos cuerpos
formados en la plaza de la Catedral, y la artillería distribuida
con una pieza de a 4 cargada, en cada esquina de la plaza, y mecha
encendida; todos los cuerpos vestidos de parada, y el jefe militar
(general López) con el Estado mayor de la plaza, de gran uniforme y
a caballo, a la cabeza de las tropas, se mostraba como Santerre en
la decapitación de Luis XVI. Un grande espectáculo se preparaba:
los balcones, el atrio de la Catedral y el espacio dé la plaza a
espaldas de la tropa, estaban llenos de gentes de todas clases, de
uno y de otro sexo.
¿Qué iba a suceder para tan animada excitación? Nada: iban a
matar a diez y siete hombres.
La capilla estaba en el cuartel de milicias, situado en el
vértice del ángulo derecho del ahora proyectado capitolio, en la
misma plaza.
Ya cada uno de los reos tenía a su lado uno o dos sacerdotes, y
algunos hasta tres. La hora suprema era llegada; reos y sacerdotes
de pie, pidiendo los unos misericordia al Dios de los
desgraciados, y los otros exhortándolos a elevar a El su corazón
desprendiéndose de toda idea mundana, esperaban la señal para
salir. Pero esta señal no se daba. ¿Por qué?,... Porque el
comandante Zabala, jefe del cuartel, decía: "Todavía no, Su
Excelencia no ha acabado de almorzar"... En esta expectativa
desesperante, los redobles, las voces de mando, y seguidamente los
pitos y tambores, los clarines de la caballería, las cornetas y la
música tocando marcha regular a un tiempo, anunciaron los honores
al Presidente de la República. Este momento terrible para las
victimas es fácil de comprender.
El general Santander pasó con el secretario de guerra, que lo
acompañaba, por entre los banquillos y las tropas, contestando los
saludos que le hacían los jefes y oficiales, y entró a la casa de
la secretaría de guerra, después hotel Bolívar, en la galería, y se
presentó a poco en el gabinete del balcón, que ya no existe.
A su vista gritó el comandante del cuartel: "Ya es
hora", y salió la lúgubre procesión. Publicado el bando de "pena de
la vida al que apellide gracia", ritual del tiempo de la colonia;
confesados los que iban a morir, y pasados los sacerdotes a la
espalda de la escolta, crucifijos alzados, empezó ese clamoreo
pavoroso de "¡Jesús me ampare! por un lado, y de "¡Jesús te
ampare!" por el otro, elevado al cielo por más de cuarenta bocas
temblorosas, hasta que la detonación de la descarga produjo un
silencio repentino que hizo estremecer a todos: el sacrificio se
había consumado.
El general López hizo desfilar las tropas por frente a los
cadáveres, aún palpitantes, los que fueron en seguida retirados
por la hermandad del Monte de Piedad y por los parientes, yendo a
la cabeza de la lúgubre procesión el
|Cristo de los mártires,
que a tantos mártires ha acompañado.
Despojada la plaza, el general Santander se retiró al palacio,
por el mismo camino que trajo es decir, por frente a los
banquillos, deteniéndose algunos minutos a examinarlos, y le
acompañábamos los ayudantes generales del estado mayor general,
llamados por el secretario de guerra. Por consiguiente, todo esto
lo vi yo, que era uno de ellos, y lo vieron miles de hombres, de
los que muchos viven aún, y fue por varios días pábulo de
conversaciones, de críticas amargas, de defensas acaloradas, en
fin, de cuestiones odiosas, y por consiguiente las pasiones
políticas se iban exaltando para estallar más tarde.
Ni Bolívar dictador, ni Urdaneta comandante general, ni Córdoba
secretario de guerra, fueron a ver fusilar a los conspiradores del
25 de septiembre; y llamo sobre esto la atención de los jóvenes
liberales para que hagan las comparaciones que de ello naturalmente
se desprenden. El tribunal condenó, además, algunos otros a
presidio, entre ellos dos mozos menores de diez y siete años;
absolvió a otros pocos de la instancia, y de cargo y pena a cinco,
contra quienes se había procedido ligeramente. Y así concluyó por
entonces este episodio sangriento de los extravíos que en aquellos
tiempos iban acumulando los combustibles para los incendios y
devastaciones posteriores, de los que hoy somos víctimas unos y
otros, y lo serán nuestros hijos y nuestros nietos, porque la
anarquía en las ideas y la desmoralización en todo sentido
producidas por las malas doctrinas puestas a la moda, hacen perder
la esperanza de mejores tiempos.
Sardá se había ocultado tan bien, que todas las diligencias que
sé practicaban para encontrarlo eran perdidas. Se ofreció por
avisos impresos un premio de mil pesos fuertes al que lo
denunciase, prometiendo guardar reserva de su nombre, y nada se
consiguió.
Un año estuvo oculto, sin que hubiera modo de descubrirlo, hasta
que otra tentativa de revolución, más irrealizable que la primera,
vino a entregarlo incauto a falsos amigos, recibiendo de uno de
ellos muerte alevosa con odiosa perfidia.
VI
Los tenientes Manuel Anguiano y José Villamil, aprehendidos en
Casanare,. llegaron a esta ciudad y fueron condenados a muerte. El
tribunal propuso al Poder Ejecutivo la conmutación en términos que
el general Santander consideró ofensivos, y se creyó obligado a
repelerlos en los considerandos del decreto en que la negó para
Anguiano.
Júzguese por el 1º, que dice así:
"Vista en consejo de gobierno la propuesta dirigida por el
tribunal de apelación de Cundinamarca en once del corriente
(diciembre de 1833), solicitando la conmutación de la pena capital
impuesta por sentencia pronunciada en la misma fecha a los reos de
conspiración, tenientes Manuel Anguiano y José Villamil, la cual
propuesta está fundada, entre otras razones, en la siguiente:
"1ª Que ya se han presentado diez y siete víctimas que con su
sangre han satisfecho la vindicta pública y acreditado que la ley
no se viola impunemente, y que un nuevo sacrificio de sangre
presentaría a los ojos del
pueblo y aun a los de otras naciones civilizadas la presente
administración como bárbara y enemiga de la especie humana, lo
cual debe desmentirse con hechos positivos, haciendo una explícita
profesión de filantropía", etc.
Algunas otras razones alegaba el tribunal sobre la juventud dé
los reos, sobre que el general Anguiano, padre del uno, fue
fusilado el orden del general realista don Pablo Morillo, etc.
Además, para imposibilitar la conmutación de la pena, todos los
prelados de los conventos la solicitaron, y el público en general
se pronunció por ella. Todo esto y la embozada acusación de
|bárbaro y enemigo del ge
|nero
|humano que el
general Santander no podía dejar de sentir, agravó la suerte de la
víctima en lugar de mejorarla.
Considerándose el general Santander ofendido, llamó al palacio
al comandante general y a los jefes de los cuerpos, y les exigió
que le dijeran si el ejército se desmoralizaría salvando a
Anguiano de la pena capital, y todos,
|por supuesto, le
contestaron afirmativamente. Apoyado en este voto, que podía
oponer a la opinión pública, negó la conmutación, y el joven
Anguiano fue fusilado sin tanto aparato como lo fueron los diez y
siete. Al teniente Villamil, por ser venezolano, le conmutó la pena
en destierro.
El general Santander alega en sus
|Apuntamientos que
Anguiano había cometido un delito mayor que los demás
conspiradores; y dice que fusilados tantos de éstos, no podía
prescindir de hacer lo mismo con un oficial que, hallándose en
servicio, añadía al cargo de conspirador el de abuso de la
confianza que el Gobierno hacía de él, y el de desertor.
Yo, por mi parte, me conformo, porque a hombres como Anguiano se
les mata, no se les humilla, no se les envilece, no se les degrada.
¡Diez años, un año, un día de presidio bajo la vara de un esbirro
soez, a un joven de las condiciones de Anguiano, aún no salido de
la adolescencia y moralmente inocente, aunque legalmente
culpable! ¡No! ¡Ya eso habría sido demasiado!
El coronel del real cuerpo de ingenieros, don Manuel Anguiano,
español de nacimiento, y comandante de dicho
cuerpo en Cartagena en 1810, abrazó con ardor la causa de la
independencia americana, y cuando la ocupación de aquella plaza por
las tropas realistas, era general de brigada. Habiendo caído
prisionero, fue uno de los nueve patriotas fusilados por orden del
general Morillo, y que hizo ejecutar el Virrey don Francisco de
Montalvo (habanero). El general Anguiano, casado con doña Rosalía
Guillín (momposina), dejó sus hijos en la infancia, y arruinada la
familia por la guerra, toda ella quedó en la indigencia.
En semejante desesperada situación, el general Sardá se hizo
cargo del niño Manuel, lo educó, lo levantó, lo puso en carrera, en
fin, lo abrigó en su seno como hubiera podido hacerlo con un hijo
querido, y con él vivía en los tiempos de que estoy hablando.
Arrastrado Sardá a su fatal destino por la injusticia con él
cometida, ¿qué podía hacer Anguiano, ¿delatar a su bienhechor?,
¿abandonarle a su propia suerte en la crisis a que incauto se había
precipitado? ¡Pobre joven! Se sacrificó por dominar en él un
sentimiento generoso, plausible, excelso: el de la gratitud. Debió
ser perdonado, pero no lo fue; por eso aunque la ley
inexorablemente aplicada le castigó, la opinión le excusó, le
compadeció y le estimó.
Yo, su paisano, amigo de su familia, yo en fin, que conocía sus
bellas cualidades, he tenido el deber de extenderme en referir los
pormenores de este cruento sacrificio, tantas veces repetido en
otros, para que la memoria del infeliz joven, que me era querido,
no sufra menoscabo en la opinión de los que, no conociendo las
circunstancias que lo arrastraron a aquel trance doloroso, lo
consideren quizás más delincuente de lo que era en realidad. En la
capilla escribió a su madre la tristísima carta siguiente;
"Cárcel de Bogotá, 18 de diciembre 1833
"Señora Rosalía Guillín.
"Mí querida mamá, de todo mi corazón: desde mi capilla le dirijo
ésta dándole el último adiós para siempre; mañana a las nueve y
media de la mañana voy a morir afrentosamente en un patíbulo en la
plaza pública de esta ciudad; pero me queda el consuelo de que
estoy bien confesado, y moriré como buen cristiano. Yo no tengo que
advertirle a usted nada sobre que me encomiende a Dios, pues estoy
bien persuadido de que ustedes lo harán muy a menudo ante el justo
Creador.
"A mi señora Carmen Rodríguez la han engañado completamente
sobre mi suerte; así es que aunque ella le escribió en días pasados
que no tuviese cuidado por mi vida, fue porque la alucinaron y la
engañaron.
"El Gobierno no ha querido tener piedad conmigo, ni porque han
interpuesto los respetos de mi difunto padre. Ya conviene así, y
lo que la Providencia dicta no se puede revocar. ¡Ay! querida mamá,
¡qué joven muero! Sin embargo, mi Dios en el cielo sabe quiénes son
los verdaderos criminales. La política, dicen, ha salvado a
Villamil. Qué feliz él, querida mamá, en no ser de mi país!
"T... es el conductor de ésta, y lleva el retrato mío que él
mismo me mandó sacar: consérvelo eternamente, y encomiende a Dios a
su desgraciado hijo.
"Adiós para siempre, querida mama.
"MANUEL ANGUIANO"¹
Los costeños le hicimos un entierro solemne, pocas veces visto
en Bogotá, y esto lastimó al general Santander, que lo creyó tina
censura.
VII
La muerte de Anguiano fue para el general Sardá un golpe que
acabó de abrumarlo; y agriado el ánimo, dio más ensanche a sus
planes de reacción con más desconcierto y más culpabilidad que en
la vez primera. Adoptando con sus íntimos confidentes una cosa hoy
y desechándola mañana, pasó algún tiempo en proyectos
intermitentes, que se traslucían o que se suponían
|
1
|
El capitán Joaquín Anastasio Márquez, encargado por
Anguiano de dar dirección a esta carta, la circulé impresa el
mismo día, en hoja suelta.
|
sin traslucirse, los que tenían en continua alarma al Gobierno.
El general Santander no salía a la calle sino con un guardaespalda,
de ruana y alpargate, que llevaba un trabuco debajo de la ruana,
dejando ver la boca amenazante; y lo desesperaba más el que ni los
registros de muchas casas, ni los premios de dinero que se
ofrecían, servían para descubrir el paradero del hombre que suponía
acechaba su vida; temor infundado, pues si bien es cierto que Sardá
conspiraba desatinadamente, nada, ni antes ni después, indicó que
tuviese la menor idea de ocurrir al asesinato, ni semejante
ferocidad estaba en su carácter, por más que se haya pretendido lo
contrario. Tan fuerte era este temor en el general Santander que de
noche para ir a casa del señor Lino de Pombo, secretario de lo
interior, o a la tertulia del señor Isidoro Cordobés, lo hacia en
medio de un cuadro formado por diez y seis o veinte soldados, y
tomando otras precauciones.
En este estado de sorda agitación, dice el general Santander que
tuvo el Gobierno avisos "de que intentaba seducir la tropa, y en
efecto el doctor Cleto Margallo había entrado en relaciones con el
teniente del batallón número 1º, Pedro Ortiz, y el teniente de
artillería Ignacio Torrente, y hécholes algunas indicaciones sobre
el particular. ¿Cómo tuvieron principio esas relaciones? Lo
probable es que conocido el doctor Margallo por amigo íntimo del
general Sardá, y de los principales conspiradores del año anterior,
y tratándose de descubrir el escondite del primero, se le armó un
lazo en qué atraparlo, escogiéndose a los dos oficiales mencionados
para que hicieran proposiciones a Margallo, quien cayó en la
trampa.
Y digo que esto es lo probable, porque no es posible suponer
que, por inadvertido que fuera Margallo, se aventurase a hacer
semejantes invitaciones a dos oficiales que debían serle
sospechosos, comprometiendo estúpidamente a su amigo y
comprometiéndose él mismo. Además, ésta fue la creencia entonces,
y así se dijo generalmente.
Sea de esto lo que fuere, se llegó al resultado que se buscaba,
dirigida la trama por el mismo general Santander por medio de los
dos oficiales mencionados, que con él se comunicaban diariamente y
recibían sus instrucciones. Así se descubrió el lugar dónde pudo
haber sido aprehendido Sardá, para que notificada la sentencia de
muerte se ejecutase con las formalidades legales; pero acaso por el
temor de que volviera a fugarse se prefirió salir de él por otros
medios, que proporcionaban las relaciones de Ortiz y Torrente con
Margallo. Arreglado ya todo, el incauto Margallo condujo a los dos
oficiales a la puerta de la casa adonde debían verse con Sardá, y
él siguió a la esquina opuesta como en observación. Detrás de
ellos, a cierta distancia, les siguió una partida de oficiales del
batallón número 1º y otros, todos vestidos de paisanos. Esta
partida se hallaba situada en el atrio de la iglesia del convento
de la Candelaria, lo que prueba que la casa era conocida, pues
estaba cercana al convento. Cuando hubieron entrado los dos
oficiales, la partida se paró frente a la puerta; lo que Margallo
observó consternado, cuando ya no podía remediar los resultados de
su imprudente confianza.
Veamos ahora el desenlace del aleve drama. Al entrar los dos
oficiales, Sardá, que no los conocía, se sobrecogió y les dijo:
-Supongo que son ustedes los amigos de que me ha hablado
Margallo, y que como caballeros podremos entendernos.
-Sí, mi general -contestaron ellos.
La conversación no fue larga: se sedujo a preguntas de Sardá y
a promesas de los oficiales, citándose para nueva conferencia en la
que le ofrecieron darle cuenta de los progresos que hicieran en
obtener la cooperación de otros militares, para acordar el
movimiento o prescindir de él, según el resultado que
obtuviesen.
Al despedirse hubo abrazos y protestas de lealtad, y bajo el
pretexto de no llamar la atención saliendo juntos, bajó Torrente
hasta la puerta de la calle. Entonces Ortiz se preparó, y al salir
volvió hacia Sardá y le dijo:
-Mi general,-- se me había olvidado decirle una cosa.
-¿Qué es,
|capitán Ortiz? -le contestó Sardá acercándosele
con los brazos abiertos.
Un pistoletazo disparado a quemarropa fue la respuesta de
Ortiz, tendiendo atravesado el pecho de una bala traidora al hombre
que acababa de abrazar como amigo. La partida que había ocupado el
frente de la casa desde que Ortiz y Torrente entraron, al oír el
tiro trató de forzar la puerta, pero a ese tiempo la abrió
Torrente, y todos entraron de tropel. Sardá estaba tendido en la
pequeña pieza que ocupaba, exhalando dolorosos ayes; y entonces
|otro trabucazo lo acabó de matar, para que no penara. En el
conflicto, Margallo huyó, lo siguieron, le hicieron fuego y le
hirieron en un hombro.
El general Santander, para justificar este hecho, dice en sus
|Apuntamientos:
"No hubo absolutamente más arbitrio que ejecutar la sentencia de
muerte, en la misma pieza que servia de guarida a Sardá, porque de
no hacerlo así, habría quedado impune, y las revoluciones no se
habrían acabado".
Sobre el particular hay que considerar que, conforme a las
leyes, la sentencia debía ser ejecutada en público, de día y no de
noche, y después de haberse administrado al reo los santos
sacramentos; y más todavía, que la sentencia no había sido
notificada, y sin esta solemnidad no podía ejecutarse, de lo que
resulta que no fue una sentencia lo que se ejecutó; fue otra cosa
que dejo al lector calificar.
El general Mosquera en su obra
|Examen critico dice:
"En 1833 si bien procedió (el general Santander) con la energía
que era necesaria para sofocar la criminal revolución de julio,
llevó las medidas al extremo: el año siguiente de 1834, estorbando
que el Congreso diese un indulto, no evitó el escándalo de la
muerte de Sardá, por dos oficiales a quienes él mismo indujo a este
delito, etc."
La energía que elogia el general Mosquera fue la de fusilar
bastantes hombres y mandar a morir a Chagres muchos más; pero
comete el error en decir que es a energía era necesaria para
sofocar la conspiración que ya estaba sofocada, y no ha evitado
otras conspiraciones liberales, ni la de 1861, la más criminal y
la más funesta de todas.
El general Santander, en sus esfuerzos por disculpar el hecho y
para hacer frente a la indignación general que causó, dice en sus
|Apuntamientos:
"El célebre criminalista Gutiérrez refiere en su
|Práctica
Criminal tomo 4º, página 30, el caso de haber mandado el
gobernador de la sala de alcaldes en 1650 ejecutar una sentencia
de muerte del modo posible, aun dentro de la misma cárcel, por
razones peculiares. En la página 309 refiere otro caso de un
religioso, cuya pena capital la sufrió dentro de la prisión, y
añade que por varias consideraciones y motivos prudentes que han
concurrido se ha mandado algunas veces ejecutar en secreto a los
reos de muerte. En el caso de Sardá no concurrieron otras
consideraciones que las de la imperiosa necesidad que no permitió
proceder de otro modo".
Que en otros tiempos y en otros países se haya matado a algunos
reos de muerte, dentro de la misma cárcel y
|por mano del
verdugo, después de sentenciados y de notificada la sentencia,
se comprende. También en aquellos tiempos se aplicaba el tormento
de arrancar por el dolor confesiones de delitos, muchas veces no
cometidos, y se quemaba a los hombres vivos; y así que se hiciera
no sólo lo que el general Santander alega para justificar el
hecho, sino cosas peores, se comprende. Pero que en una República
del siglo XIX, bajo un Gobierno de leyes positivas, se cometiera
un acto semejante, es lo que no se comprende.
VIII
Yo fui llamado inmediatamente después del suceso por un oficial
mandado por el general Santander, a quien encontré en la guardia
del principal, que, como he dicho antes, estaba situada en el
cuartel del batallón de milicias. Allí estaban ya el gobernador de
la provincia, muchos jefes y oficiales y algunos ciudadanos,
también llamados como yo.
Ortiz y Torrente tenían que repetir cada vez que entraba alguno,
todos los pormenores del drama, ¡hasta el abrazo! Así no quedó
nadie que no supiese en lo más mínimo, no sólo de lo ocurrido esa
noche, sino de los antecedentes que lo prepararon. Entre otras, una
cosa se supo de muy grave, y fue que Ortiz se resistía a matar a
Sardá, "porque le tendrían por asesino", y que el general Santander
lo convenció diciéndole "que él no iba sino a ejecutar una
sentencia de muerte dictada por los tribunales, como lo hace el
oficial que manda una escolta".
El general Santander y los más de los concurrentes pasamos la
noche en el cuartel, muchos avergonzados, otros aprobando y otros
adulando.
Ortiz sirvió a mis órdenes como capitán, en 1841, y varias veces
me habló sobre este incidente de su vida, manifestándome su
arrepentimiento, compungido y convulso.
Al terminar este capítulo, llamo la atención de los jóvenes
liberales respecto de las opiniones del general Santander sobre que
si no se fusilaba a los revolucionarios, no se acabarían las
revoluciones, y si no se inmolaba a Anguiano, se desmoralizaría el
ejército, lo que viene a ser una apología esforzada de la pena de
muerte hecha por el corifeo del partido liberal. El general López
y los jefes liberales de los cuerpos, a quienes el general
Santander consultó, opinaron del mismo modo; no acusen, pues, a
otros de patibularios.
Y hay que observar que estas doctrinas se profesaban. y se
practicaban con hechos, tratándose no de crímenes atroces, sino de
intentona de revolución descubiertas, y por consiguiente no
consumadas.