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campaña que supone un plan anterior, suficiencia de me­dios propios y conocimientos de los del enemigo, seme­jantes vacilaciones son en extremo perjudiciales; si la Providencia no interviene, como lo hizo entonces en fa­vor nuestro.

Yo nada contesté; pero bien comprendí que lo del posta y la orden del Gobierno eran una excusa y nada más.

Como a las cuatro y media para las cinco de la ma­ñana, una espesa niebla oscurecía los primeros albores de un pálido crepúsculo que apuntaba por el Oriente sobre la alta cresta de un cerro, y nos hacía creer lejano el día.

La tropa aún dormía, tendido en el suelo cada hom­bre con su fusil al lado, cuando la detonación repentina de una descarga cerrada, repercutida de montaña en montaña por el eco, y seguida de un fuego graneado de fusilería, produjo en nuestro campamento una verdadera sorpresa, y todos nos levantamos casi espantados toman­do maquinalmente las armas. Todavía quedaban del otro lado del río algunos hombres de las dos compañías que lo repasaban, los que se precipitaron a la tarabita pre­tendiendo tomaría a un tiempo, y produciendo por con­siguiente una fatal confusión: primer efecto natural de la sorpresa.

El fuego cesó a poco rato, el silencio sucedió al fa­tídico estruendo; pero la incertidumbre, que es terrible tormento, produjo en nosotros, y más que en nosotros, en el general Obando, una zozobra que ni las conjeturas animadoras que algunos hacían, podían calmar. Y había razón: algo de muy grave tenía que haber sucedido.

La luz del creciente crepúsculo iba disipando la nie­bla que nos envolvía; las cimas de los cerros se ilumi­naban poco a poco; blancas nubes, cual copos de nieve posados en ellos, se plateaban y lentamente se extendían, hasta que el sol, levantándose por sobre el árido perfil de la montaña que por algún rato nos impidió su vista, derramó por todas partes su claridad esplendente, y nie­bla y nubes, empujadas por el céfiro de la mañana, se deslizaban de cumbre en cumbre, hasta que desapare­cían. Entonces nos fue dado, desde la altura en que viva­queábamos, examinar con el anteojo todo el terreno que a grandes distancias descubríamos, y el cuidado de un inmediato combate se disipó nada se veía, ni una voz humana se oía.

A nosotros los |costeños sólo el mar nos parece impo­nente. No hay duda, el mar es una gran cosa, una incom­parable cosa como imagen del infinito; pero el despertar de la naturaleza en el corazón de nuestras magníficas cordilleras, en medio de los nevados que se pierden en las nubes; el ver desprenderse de las montañas las cascadas y los torrentes con horrísono estruendo, y cruzarse los colores del iris sobre sus vapores; y de un lado un volcán humeante, y del otro un valle risueño, y más allá una colina cubierta de verdura florida, en la que saltando de rama en rama millares de pajarillos saludan con sus gorjeos al día naciente, y por otro un despeñadero, y más allá una quebrada que serpentea abriéndose camino por entre grietas y faldas, semejando a lo lejos hilos de plata bruñida: todo esto tiene también su grandeza y su magnificencia, y embelesa y extasía.

El general Obando, situado en una altura en que do­minaba el paisaje hasta muy lejos, examinaba inmóvil con el anteojo fijo el camino que se dirige al pueblecito de Buesaco. Nosotros esperábamos en silencio a que dijera algo, cuando de repente, lívido el semblante y el cuerpo convulso, nos gritó: "¡Se perdió aquella gente!"

En efecto Sarria venía montado en una mala yegua y peor enjalma, de los indios de Buesaco, y tras él seguían a pie algunos grupos de gente desarmada, todos en di­rección a la tarabita. No quedaba duda: la derrota era completa.

Mi pluma es impotente para expresar el estado moral en que se encontraba el general Obando al convencerse de ello.

Los grupos de dispersos iban aumentando de tres en tres, de cuatro en cuatro, pero en todos no pasarían de cuarenta a cincuenta hombres. ¿Qué se hicieron los de­más? Este era el mayor tormento para el general Oban­do, que los suponía, cuando menos, prisioneros si no muertos.

El río había bajado en la noche más de dos pies, y daba vado aunque con dificultad y con peligro. Sarria pasó y llegó a nuestro campamento.

 

-¿Qué ha sucedido? fue la primera pregunta que el general y todos, rodeándole, le hicimos.

-No sé, contestó él. Yo estaba un poco lejos del campamento con mi asistente, ambos completamente dormidos; el viento frío del páramo, la niebla húmeda que nos helaba, nos tenía entumecidos, cuando de repente, sin saber por dónde ni de quién, un fuego vivo de fusilería nos despertó sobresaltados: yo eché mano a mi trabucó, busqué mi lanza, que no encontré; mi mula espantada reventó el ronzal y se fue, y en esa confusión fui atrope­lIado por nuestra gente, que corría despavorida, cada uno por su lado, y me fue forzoso hacer lo mismo. Afortuna­damente todos estábamos vestidos y hemos podido salvar nuestras mantas o bayetones que teníamos encima.

-¿Y las armas? preguntó el general Obando con ansiedad.

-Creo que sólo yo he salvado mi trabuco, contestó Sarria y añadió: El comandante Alvarez, que era el jefe, debe dar razón de todo, pues yo iba sólo como agregado.

Después llegaron también Alvarez, Eraso y algunos más, corroborando lo que Sarria había dicho y culpando a la avanzada, que habría desertado o sido, sorprendida.

Resultaba, pues, que un pánico vergonzoso se apoderó de aquella gente, y cada uno huía de su propia sombra; pánico causado no tanto por la sorpresa, cuanto por la falta de disciplina, de subordinación y de orden en aquel puesto en que por ser de vanguardia debió el jefe cuidar más y tomar más precauciones; bien que esta clase de tropa, que más que tropa es aglomeración de gentualla mimada, si a veces es útil, muchas otras es perjudicial, porque hace participar al soldado de su indisciplina, de sus vicios y hasta de su cobardía.

Los que llegaban hacían a su vez preguntas difíciles de contestar: "¿Cómo es que habiéndonos dejado pasan­do el río y cuando los considerábamos no sólo del lado de allá, sino cerca de nosotros, los encontramos del lado de acá?" Las respuestas que se les daban no parecían sa­tisfacerles.

El general Obando, preocupado de una manera desalentadora para nosotros, que no conocíamos el terreno, ni el espíritu de las gentes del país, ni los medios que el enemigo tuviera para defenderse u ofender, dio la orden de prepararnos a contramarchar inmediatamente a Popayán. Ya esto nos pareció demasiado, y en cuerpo fui­mos los coroneles González, Bustamante, Lindo y yo a pedirle una conferencia reservada. El general se sorpren­dió, arrugó el ceño, pero nos contestó: "bien, oiré a ustedes", y dirigiéndose a los que allí le rodeaban, les pre­vino que se retirasen, lo que ellos hicieron con disgusto.

Yo, como jefe superior inmediato de la fuerza que allí había, tenía que llevar la palabra, y lo hice de la mejor manera que pude, manifestando el mal efecto que había causado en la moral de la columna la suspensión del paso del Juanambú, el repaso de la tropa que estaba del otro lado, y por último, la inexplicable derrota sin combate de nuestra vanguardia, que ciertamente había sido avanzada demasiado lejos, sin protección, de lo que ellos se quejaban.

"Pero todo eso, dije, es de poca significación, compa­rado con la fatal impresión que va a causar en la Repú­blica entera una retirada precipitada, sin que se sepa por qué se abrieron operaciones aparentemente decisivas, ni por qué se abandonan al primer pequeño revés".

El general me miró sorprendido; pero yo continué diciendo que juzgábamos era mejor mantener la línea del Juanambú, hacer venir la fuerza que estaba en Popayán, la que tenía en el bajo Cauca el coronel Córdoba, espe­rar la artillería que estaba en marcha, y si era preciso, pedir refuerzos a Bogotá; que si había alguna esperanza de que los pastusos se pronunciasen en nuestro favor, esa esperanza se perdería completamente si nos retirábamos, y más bien podía suceder lo contrario, pues los pueblos no se resuelven a hacer sacrificios cuando no ven pro­babilidades de buen éxito; que teníamos que procurar reunir la gente miliciana dispersa, pues todo indicaba que no había sitio ni muerta ni prisionera; y por último, saber lo que sucedía en el Ecuador y en Pasto, pues esas defecciones militares allí ocurridas, era de esperarse se repitieran; en fin, que de todo lo que pudiera hacerse, creíamos que lo peor era retirarnos.

Todos los demás jefes hablaron en igual sentido, y yo añadí:

"No pretendemos, señor general, hacer prevalecer nuestras opiniones; las manifestamos con lealtad, pero

obedeceremos sin replicar lo que usía mande, como que esa es nuestra consigna: resuelva, pues, usía lo que esti­me conveniente".

El general, completamente calmado, nos contestó, po­co más o menos, diciendo:

"Tienen ustedes razón, señores, y doy a ustedes las gracias por sus observaciones; pero aquí no podemos permanecer; este punto es insalubre, no hay medios de subsistencia, sino algún poco de ganado de los vecinos de estas riberas, que se nos volverán enemigos si les co­gemos una vaca. Hoy pasaremos aquí el día, reuniendo la gente derrotada; enviaré algunos indios de Buesaco a Pasto, con los que Alvarez y yo escribiremos a nuestros amigos; mañana iremos a |La Venta, pasado mañana al Salto de Mayo, donde Eraso nos tendrá sal y ganado; de allí al pueblo de Mercaderes, donde tendremos recursos, y nos vendrán de Patía y de Popayán, y donde nos re­organizaremos y nos pondremos en capacidad de empren­der de nuevo las operaciones sobre Pasto, con la autori­zación del Gobierno, que ahora me falta".

Nosotros nos inclinamos en señal de asentimiento, y nos retiramos. Ese día no tuvimos sino ración de carne sin sal, compradas caras las reses que necesitamos.

Al siguiente, al amanecer, empezamos a prepararnos para marchar, aprestos en que por lo regular se emplean dos horas por lo menos, cuando no hay urgencia, o cuan­do algún temor no impulsa. Fortuna grande fue para nos­otros, y más para el general Obando, que ese día hubiera sido mayor el retardo.

Al tiempo de marchar, estando ya las acémilas carga­das, nuestras cabalgaduras ensilladas y la tropa formada, los soldados, que todo lo ven, que a todo ponen oído atento, que todo lo observan, se movieron en la fila, y con voces y con señas nos advirtieron que por el camino de Buesaco se veían venir unos tres pasajeros a caballo, galopando y revoloteando pañuelos blancos. Así era en efecto, y la marcha que iba a romperse se suspendió.

Grande alboroto se armó en nuestros reales contes­tando la señal amiga con ansiedad. El general Obando, que de lejos conoció por amigos suyos a los que venían, se reanimó y nos comunicó su alegría. Y no era para menos, pues bien se conocía que los que venían nos traían alguna buena nueva en aquel momento de con'turbación.

Los tres caballeros, que lo eran, al llegar casi a escape a la orilla opuesta del río, nos saludaron con un grito de "¡viva la Nueva Granada!" que fue repetido por nosotros y nuestra tropa con indecible entusiasmo. El ge­neral Obando, que saltaba de contento, se volvió a nos­otros, y con semblante risueño nos dijo: "Se realizaron mis planes, los pastusos se han sublevado, no puede ser otra cosa". Ilusión natural cuando domina una idea fija, pero ilusión falaz, cómo lo son todas las ilusiones.

Los pasajeros llegaron, todos los rodeamos, las pre­guntas se atropellaron, los abrazos se multiplicaron y las confidencias empezaron. He aquí el resumen de sus in­formes:

El general Flórez estaba en el Ecuador; el general Farfán había quedado mandando en Pasto.

Excitado por otros envió una compañía del batallón |Quito y otra del batallón de milicias a ocupar el boque­rón de Juanambú, confiando su mando a un comandante Tamayo (antioqueño), militar acreditado, de la antigua 3º división del ejército auxiliar del Perú:

Esta columna venia por el páramo de Chacapamba, en donde pernoctó, y habiéndose puesto en marcha en la alta madrugada, se encontró al bajar el páramo con una partida de unos 16 o 20 hombres profundamente dormi­dos, que reconoció ser una avanzada. Con mucho silen­cio, cayendo tres o cuatro hombres sobre cada uno de los dormidos, los hicieron prisioneros sin ruido, soño­lientos y espantados. Para mayor desacierto, la avanzada estaba situada más lejos de lo conveniente.

Con los informes que de los prisioneros obtuvo Ta­mayo, calculó que con sus 200 hombres podía batir los 350 de esa |montonera, que tan descuidados estaban, y acercándose en silencio rompió el fuego sobre ellos, a quienes la oscuridad salvó, por haber sido demasiado alta la descarga.

No encontrando Tamayo resistencia, y oyendo el al­boroto de los que en diferentes direcciones corrían, con­tinuó por un rato un fuego graneado, sin dirección cier­ta, pues la espesa niebla le Impedía ver la de los fugiti-

vos, y considerándonos cerca con todas nuestras fuerzas, como los presos lo afirmaban, recogió a la ligera lo que pudo, principalmente mulas y monturas, buscadas casi a tientas, y retrocedió a Pasto a marcha forzada, a dar aviso de lo ocurrido. Las armas quedaron tiradas en el campo.

Llegados a la ciudad, se tomó declaración a los prisioneros, que afirmaron lo que antes dijeron a Tamayo, tanto sobre que la división había pasado el río de lo que ellos con razón estaban persuadidos, como de que su fuerza no era menos de 3.000 hombres, lo que bastó para que el general Farfán, desconcertado y desconfian­do de todos, se pusiera en fuga dirigiéndose al otro lado del Guáitara, sin que bastara a contenerlo los esfuerzos que hizo el batallón de milicias de Pasto, el cual, aban­donado, se disolvió, llevándose cada uno su fusil, como se acostumbra en Pasto en semejantes ocasiones.

Agregaron dichos señores que ellos y algunos ami­gos, creyendo que llegábamos por momentos, habían sa­lido a recibirnos; que del pie del páramo, extrañando no encontrarnos, los más se volvieron dudando de la no­ticia, pero que ellos se resolvieron a continuar su camino hasta cerciorarse de lo que hubiera.

En el instante mismo, de tropel, con hulla y vivas, se emprendió el vadeo del río, con el agua al pecho y gran peligro por la impetuosidad de su corriente y las grandes piedras de su lecho; pero fueron tantas las pre­cauciones que se tomaron, y tan eficaz la ayuda que nos prestaron los derrotados que ya habían venido, Sarria principalmente, que lo pasamos sin más incidente grave que dos o tres ahogados, de estos pobres indios de la cordillera, que son nuestra carne de cañón en tierra y nuestra carnada en el agua. Sin detenernos un instante seguimos a marcha forzada a pernoctar en la primera subida del páramo, y al amanecer del día siguiente nos movimos mojados, transidos de frío y hambrientos. Los tres señores pastusos se adelantaron a anunciar nuestra llegada, y a preparar los repiques de campanas, los co­hetes y el refresco para el recibimiento.

Al trasmontar el páramo, un grito de admiración re­sonó en los aires, lanzado por nuestros soldados al ver el valle de Pasto, y con razón: nada tan bello como aquel valle encantador, más bello que el risueño de Guaduas, más bello que el espléndido de Medellín.

En la misma tarde (22) de septiembre llegamos a la ciudad victoreados como se acostumbra en rodas par­tes victorear al triunfador.

El general Obando, por posta, dio cuenta al Gobierno en nota al secretario de guerra, diciendo:

"Si una batalla hubiera decidido la campaña, yo no tendría la honrosa satisfacción de participar a usía un triunfo tan glorioso como el que se ha obtenido a bene­ficio sólo de una marcha forzada. No ha costado una gota de sangre, y una fuerza igual o mayor que la de mi mando se ha disuelto completamente, y Pasto se ha recuperado".

Por lo regular así se dan todos los partes; y no pueden ser de otro modo, porque lo que se ha de duplicar y ha de obrar sobre la opinión, necesita dorarse algún tanto.

Pero le faltó a este parte dar las gracias en reserva al general Farfán por su fuga y por no haberla demorado veinticuatro horas; a nosotros los jefes veteranos de la división, por haber impedido al general Obando que hi­ciera otro tanto al mismo tiempo que aquél lo hacía, y a los amigos que vinieron, porque llegaron tan oportu­namente.

Sin eso se habría visto a los unos correr hacia Quito y a los otros hacia Popayán. En este caso ¿qué habría sucedido? Dios lo sabe: pero sobre unos y otros habría caído la más merecida rechifla.

El general Obando estaba tan aturdido de gozo, que al parte oficial le puso la fecha del 21. Con el mismo posta escribió una carta semioficial al secretario de gue­rra (general López), la que nos leyó para que viésemos que recomendaba nuestro comportamiento, y hablaba en ella de la derrota de su |gente que disculpaba suponiendo que fue atacada por fuerzas mayores, y también le decía que tuvo una conferencia con nosotros que le fue muy útil. Le dimos las gracias y nos miramos unos a otros, sonriendo.

 

  VIII
 

 

El general Santander había llegado y tomado pose­sión de la presidencia de la República el 7 de octubre. Su primer acto fue conservar los secretarios del Estado que servían a la administración del Vicepresidente señor Márquez, y dos días después recibió el parte oficial de la ocupación de Pasto. "Buen agüero", dijo; y el secreta­rio de guerra (general López) contestó al general Oban­do en nota de 11 de octubre, entre otras cosas lisonjeras: que no podía comenzar su excelencia (el Presidente) su administración bajo mejores auspicios, y que esta feliz circunstancia aumentaba la honra que su excelencia ha­bía recibido al reemplazar en el Gobierno al señor Vicepresidente, bajo cuya dirección se había emprendido y terminado una obra de tanta magnitud; y añadía:

"Su excelencia encarga a usía muy particularmente manifieste a los jefes, oficiales y soldados de la división de su mando lo grato que le ha sido saber que su con­ducta ha marcado con el sello de la más rigurosa disciplina, y de la moderación más estricta, bases en que es­triba la moral de los ejércitos mejores". ¹

Esta aprobación solemne dada por el nuevo jefe del Estado a las medidas tomadas por su antecesor el Vicepresidente Márquez y a nuestro comportamiento, tiene además la fuerza que le da el ser firmada por el general José Hilario López, que conocía todos los antecedentes de la cuestión, todos sus pormenores, ya porque en los más de ellos fue actor principal, ya por su constante co­rrespondencia oficial y privada con el general Obando; y por tanto destruye cuanto este general, diez años después, dijo sobre el particular en sus |Apuntamientos. Además, aquellos hechos fueron públicos, se habló y escribió so­bre ellos; y por lo que a nosotros toca, dice el general Mosquera en su |Examen critico, que ya el lector conoce, lo siguiente:

"Había recibido (el general Obando) órdenes del Po­der Ejecutivo de no atacar, pues el Gobierno quería ter­minar la guerra sin efusión de sangre. No obstante, se

 

1 Véase la |Gaceta Oficial de 21 de octubre de 1832, número 56.  

 

 

resolvió a desobedecer, y abrió operaciones. Después de emprendidas, por haber perdido un destacamento que mandaba Sarria, iba a huir para Popayán desde Juanam­bú, cuando los coroneles Posada, Espina González y Bus­tamante lo contuvieron, y entonces se recibieron avisos de Pasto de la vergonzosa fuga del general Farfán". Y añade el general Mosquera este juicio, que es exacto: "Estas casualidades dieron a Obando el honor de haber ocupado aquella provincia, pues de otro modo habría sido muy dudoso el éxito". ¹

El 28 de octubre, seis días después de la ocupación de la ciudad, llegó el posta con, la nota oficial de 12 del mismo, que ya el lector conoce, en la que el Gobierno declaraba la guerra y ordenaba al general Obando que la hiciese, sin imponerle la menor traba. Y sin embargo dice que trece días después de ocupado Pasto le llegó el permiso para salir de Popayán solamente a tomar po­siciones en el Juanambú. ¿Cómo es posible aventurar aserciones tan fáciles de desvanecer con sólo los datos oficiales?

¿Y todo esto para qué? Para diez años después en Lima decir que el Vicepresidente, que los secretarios de Estado, que nosotros mismos, sus compañeros entonces, que todos, en fin, lo contrariaban, y que a despecho de esas contradicciones él solo reintegró las provincias re­tenidas por el Ecuador. Pero veamos sus propias pala­bras:

Dice así: "Los mismos lazos que el Vicepresidente Márquez tendía contra la integridad de la Nueva Gra­nada, con tal de hacer caer mi reputación, sirvieron para salvar lo uno y lo otro. Flórez, confiado en la orden publicada en la |Gaceta, y en las promesas de sus amigos, creyó deber descuidarse por el norte y contraer toda su atención a la revolución del batallón de su nombre, cal­culando que mientras iba la noticia del rompimiento, y me venía la orden para moverme sobre Pasto, podría so­focar la rebelión y volver a Pasto con todas sus fuerzas".

Sigue suponiendo movimientos de Sarria y Alvarez, pero sin decir una palabra de su derrota; habla del paso

 

1 En lo único que se equivocó el general Mosquera fue en nombrar al coronel Espina en lugar del coronel Lindo

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de parte de nuestras fuerzas al otro lado del Juanambú, y repite que en lá noche recibió un pliego del Gobierno en que expresamente se le prohibía de nuevo dar un paso fuera de Popayán, por lo que se vio obligado a suspen­der la operación; pliego que nadie supo quién lo llevó ni nadie vio, y que si hubiera sido cierto, habría sido firmado por el general López, secretario de guerra. Ade­más, el Gobierno sabía que iba a emprender un movi­miento hasta Juanambú, y lejos de improbaría lo publicó en la |Gaceta extraordinaria de 5 de septiembre, sin hacer la menor indicación adversa, sino más bien en satisfac­torio lenguaje, diciendo: "El general Obando salía de Popayán el 28 de octubre a la cabeza de la brillante pri­mera división, superior en fuerza física y moral a todo el ejército ecuatoriano, reducido a poco más de mil hombres, en su mayor parte de mala calidad y situados en Pasto". Esto prueba concluyentemente que aquel mo­vimiento fue del agrado del Gobierno.

Pero sigamos al general Obando: "Como sólo el éxito iba a justificarme (continúa), y aunque para mí era se­guro que en caso de un revés me asesinaría la facción de jefes que había fomentado Posada, quise consultar la opinión de éstos con presencia de las circunstancias que tenía a la vista, y fue acordado que se desistiese de la operación" (la del paso del Juanambú la noche que, sin consultar a nadie y sin saber porqué, hizo repasar el río a la fuerza que lo había pasado). Y sigue: "Pero como aún nos faltaba el movimiento de los pueblos, apenas hice retroceder las fuerzas que habían pasado el Juanambú, y permanecí en la cañada esperando los resultados".

Mas no dice que esperó veinticuatro horas en Juanambú, porque nosotros lo excitamos a suspender la retirada que había ordenado.

En cuanto a la facción de jefes, es decir, de los jefes veteranos de la división, capaz de asesinarlo, facción de que entonces no habló, ni nadie oyó hablar, y de la que ninguno tuvo la menor noticia, no quiero replicar una palabra, porque me da pena.

"Yo marché rápidamente a aumentar el desconcierto del enemigo, y ocupé a Pasto el día 22, quedando la Pa­tria en posesión de lo que le pertenecía, a |despecho de los traidores depositarios de su |confianza"; y prosigue:

 

"Decid, ladrones, traidores, asesinos, facciosos y per­juros, pues todo lo sois a un tiempo; decid no os habría estado mejor que no me hubieseis forzado a hablar y a revelar al mundo vuestras iniquidades, y que hubierais continuado engañándolo."

Esto basta para dar a conocer y para calificar aquel escrito. Yo me ocupo de él con disgusto, lo repito, porque dije antes y vuelvo a decir que nunca quise mal al gene­ral Obando; por el contrario, jamás me olvidé que en Popayán viví en su casa, atendido por su esposa, la se­ñora Dolores Espinosa, especie de ángel bajado del cielo en figura de mujer; que a sus hijos en la infancia los tuve sobre mis rodillas; que en aquella semicampaña le merecí una distinción marcada, y que no se manifestó mi enemigo sino diez años después, porque cumpliendo con mi deber combatí con las armas en la mano la re­volución infausta que acaudillaba, por causa de aquel juicio sobre la muerte del general Sucre, que la fatalidad volvió a revivir para acrecentar los dolores de la Patria.

No es mi propósito discutirlo a él; me ocupo de un libro de acriminaciones inauditas que para mayor des­gracia suya dirigió a la posteridad y que por honor a su memoria quisiera yo que no hubiese escrito.

Por otra parte, mi propia defensa, la defensa del Go­bierno de mi Patria en aquel tiempo, la de tantos hono­rables ciudadanos, de cuyo leal patriotismo tenían dadas relevantes pruebas, y el triunfo de la verdad histórica, me fuerzan a ello, sin pasión y sin encono, como un sim­ple narrador de hechos que me son conocidos y como analizador de un escrito que a la historia pertenece.

 

 

IX
 

 

El general Flórez, tan luego como tuvo noticia de la ocupación de Pasto, pasó un mensaje al Congreso ecua­toriano que estaba reunido, participándosela y el Con­greso acordó que se negociase un avenimiento. Con esta resolución, Flórez voló a Túquerres como general en jefe, y el Vicepresidente quedó encargado del Poder Ejecutivo en Quito.

 

El general Obando, por su parte, se dirigió al Vicepresidente ofreciendo la paz al Ecuador, en una nota gravemente ofensiva al general Flórez. En cualquier otra circunstancia aquello habría bastado para hacer imposible la paz; pero el Ecuador no tenía ya medios para sos­tener sus pretensiones, y a nosotros se nos consideraba más fuertes de lo que éramos en realidad.

Toda negociación de esta clase en tiempo de guerra requiere que se estipule previamente un armisticio, y para ello el general ecuatoriano Antonio Martínez Pallares vi­no a Pasto a proponerlo, y el armisticio se celebró. ¹

El general Obando, al dar cuenta al Gobierno de esta iniciativa de negociación, dice al secretario de la guerra: "Como el constante ánimo del Gobierno ha sido terminar de un modo pacífico la desagradable cuestión con el Ecuador, no he omitido medio alguno imaginable para conseguirlo, sin sangre y sin agravios", etc.

Aquí está justificado el Gobierno por él mismo gene­ral Obando en su conducta mesurada, hasta que ordenó el rompimiento de las hostilidades, cuando los medios pacíficos que empleó para evitarlo se habían agotado, y antes de romperse las hostilidades, cuando era digno de procurar esos medios como lo había dispuesto la Con­vención. Entonces el general Obando acusaba de traición al Gobierno porque no hacía la guerra; y cuando ocu­pado Pasto, no faltaba sino pasar a Túquerres y empujar más allá de la frontera a unas tropas desmoralizadas e inferiores en número a las nuestras, pues faltaba en ellas el batallón de milicias de Pasto, entonces, digo, se detuvo alegando "el constante ánimo del Gobierno de terminar la cuestión de un modo pacífico".

 

 

X
 

 

Un día de los siguientes vi en la plaza agrupados unos pocos hombres frente a la casa del Concejo Munici­pal, en conferencia animada; me acerqué a preguntar lo que había, y se me informó que el Concejo estaba re­unido porque se sabía que el general Flórez había invita-

 

1 |Gaceta Oficial de 4 de noviembre de 1832, número |58.  

 

do al general Obando a una entrevista en Túquerres; que el general Obando había accedido a ella y se preparaba para marchar, y que el Concejo y el pueblo de Pasto, considerando peligroso para él este viaje, estaban acor­dando ir a manifestarle su opinión. Yo que no tenía noticia de tal invitación, me anticipé a la casa y pre­gunté a mis compañeros -los jefes veteranos- si la tenían ellos; todos me contestaron negativamente. "¿Có­mo se explica, pues, que los miembros del Concejo ha­yan tenido noticia anticipada para citarse a reunión y convocar algunas personas para una manifestación, sin que nosotros sepamos el menor antecedente?" -pregunté y a mis compañeros...

Los concejales entraron a la sala, y el general salió a recibirlos vestido de uniforme. Nosotros nos quedamos en nuestros cuartos, pues vivíamos en la misma casa. Uno de los ayudantes del general vino a llamarnos, fui­mos, sé nos recibió de ceremonia, todos de pie; el gene­ral nos invitó a sentarnos y nos dirigió la palabra.

"Señores, nos dijo:

"El general Flórez me escribió con el general Palla­res invitándome a una conferencia amistosa en Túque­rres; yo le contesté aceptando la invitación; en conse­cuencia, me preparaba para partir mañana y lo iba a participar a ustedes y a dejarles mis órdenes; pero como ustedes ven, el Concejo Municipal y el |pueblo de Pasto se oponen a mi salida. Para mejor resolver he querido consultar a ustedes, porque temo comprometer mi res­ponsabilidad como comandante en jefe de la división si me sucede algo no estando celebrada la paz".

Nosotros nada respondimos.

Uno de los concejales tomó la palabra y habló enfáticamente sobre los peligros que el general correría en aquel viaje, y otros lo apoyaron.

En la reunión había dos sacerdotes, uno de ellos, lo recuerdo, era el padre Paz o Pasos, sujeto respetable, de talento y buena palabra, y además amigo íntimo del ge­nerar Obando; y ambos Padres reprodujeron lo manifes­tado por los concejales.

A estas peroratas siguió un silencio significativo.

El general se dirigió a nosotros con semblante serio, y nos dijo:

 

"Señores, quiero oír la opinión de los militares. ¿Qué creen ustedes que deba hacerse?

Nosotros nos miramos unos a otros, y callamos.

"Coronel Posada, a usted le toca hablar", me gritó el general impacientándose.

Yo, poniéndome en pie cuando todos hablaban senta­dos, tomé la palabra y dije:

"Señor general: en estas juntas se oye la opinión de los oficiales de graduación antes de la de los superiores, pero como ésta no es propiamente una junta de guerra, manifestaré mi concepto, pues que usía lo exige. Si antes de que usía hubiera aceptado la invitación del general Flórez me hubiese consultado sobre ella, mi opinión habría sido que contestase negativamente, aunque en cor­tés lenguaje; pero habiendo usía ofrecido ir y están­dosele ya aguardando, le es forzoso cumplir con su pa­labra y no puede faltar a ella sin rebajarse".

-Si el general pasa el Guáitara, corre inminente ries­go de ser asesinado, exclamó uno de los concejales.

-Pues habiéndolo ofrecido, debe pasarlo aunque lo maten, repliqué yo.

El general se dirigió a mis compañeros y les pre­guntó:

-¿Ustedes qué opinan, señores? Y omitan el trata­miento oficial.

-Lo que ha opinado el coronel Posada, contestaron todos.

El general permaneció un rato reconcentrado dentro de sí mismo, y luego pronunció un corto discurso, con mucha moderación, dando las gracias a los miembros del Concejo Municipal y a los demás ciudadanos que concurrieron a la reunión, y dijo que conocía que tenía­mos razón los militares.

En efecto, al día siguiente salió acompañado del ge­neral José Lindo, del teniente coronel Antonio Mariano Alvarez, del entonces capitán y hoy benemérito general Francisco de P. Diago, y del general ecuatoriano Pallares.

Y ¿qué sucedió después? Nada. Los dos personajes se encontraron, se abrazaron enternecidos, durmieron so­los en un cuarto en Túquerres, se ofrecieron amistad, saboreando la espuma del champaña, y llorosos se separaron.

 

¿Qué vínculos existirían entre aquellos dos encarniza­dos enemigos que tanto y tan mordazmente se habían insultado y ahora se abrazaban, cuando era de suponerse que al verse se despedazarían el corazón a puñaladas? Pero de esto no deben deducirse consecuencias que acaso pueden ser infundadas. Sólo Dios conoce los arcanos del corazón del hombre. Una cosa vimos claramente todos entonces, y fue que el general Obando mismo promovió con los miembros de la municipalidad el acto que he referido, arrepentido de haber accedido a la invitación. Que los dos protagonistas se temían recíprocamente, era indudable; pero en aquella ocasión también era evidente que el general Obando no corría ningún peligro.

Yo tenía entonces treinta y cinco años; los más de los que aquellos acontecimientos presenciaron o supieron, eran menores que yo en diez, en quince, en veinte años: muchos, pues, vivirán y lo recordarán.

El Presidente -general Santander- nombró de mi­nistros plenipotenciarios |ad hoc, para celebrar el tratado de paz, al general Obando y a mí.

El Gobierno del Ecuador nombró al señor Pedro José Arteta, cumplido caballero, de vasta instrucción y mo­dales distinguidos, que vino a Pasto.

En las conferencias no tuvimos la menor dificultad para entendernos, y el tratado de paz y alianza se celebró en Pasto el 8 de diciembre de aquel año, el cual fue aprobado por el Gobierno sin variación alguna. Quedó pues terminada nuestra misión.¹

 

XI
 
 

La ciudad de Pasto, por su extensión, por sus edifi­cios derruidos, manifestaba que debió en mejores días ser una grande e importante ciudad; pero pocas en la guerra de la Independencia sufrieron tanto.

Su población laboriosa, moral tanto en las primeras como en las últimas capas de la sociedad, hacían de ella una ciudad respetable. Trabajando todos, siendo fácil la vida por la fertilidad incomparable de sus campos, no había mendigos sino muy raro anciano o más bien una que otra mujer inválida; el sentimiento religioso domi­-

 

1 |Gaceta Oficial, de 6 de enero de 1833, número 87.  

 

naba en todos, hasta llegar a veces a extraviarlos; y por su carácter hospitalario y franco con sencillez, nos inspi­raron una simpatía cordial, que en mí no se ha extin­guido todavía. Valientes crueles, terribles en la guerra, en la paz eran benévolos y hasta humildes.

¿Imperarán aún en Pasto las virtudes y costumbres patriarcales que tanto distinguían a sus habitantes?

¡Quién sabe! Ya el liberalismo ha hecho incursión aquella tierra privilegiada, y el liberalismo arrastra en pos de sí la anarquía desmoralizadora, confundiendo la libertad, que todos quieren, con la licencia y el des­orden, que a todos dañan.

Otra amenaza, aunque de diferente carácter, me hace temer por aquel interesante país una suerte igual a la de Herculano, Pompeya y Estabias, y es el volcán a cuyo pie está situada la ciudad. Nadie piensa en ese peligro, por­que el volcán parece apagado, pero una mañana al rom­per el día las gentes se levantaron asustadas, y el general Obando nos llamó a que viésemos un fenómeno singular e imponente. Era que los techos de las casas, las calles y los campos, a grandes distancias, hasta donde alcan­zaba la vista, estaban cubiertos de una ceniza blanca, ex­pulsada por el volcán sin ruido, ni sacudimientos, ni na­da que hubiese anunciado el fenómeno. A poco rato una violenta tempestad se descargó, retumbando el trueno y revoloteando el rayo sobre nuestras cabezas, y una lluvia abundante disolvió la ceniza. También esto se ha visto preceder o seguir a todas las erupciones volcánicas, lo que aumentó nuestros temores, pues prueba que el vol­cán no está apagado.

Y no me tranquiliza su largo sueño. Los romanos su­ponían extinguido el fuego subterráneo, que en épocas remotas, anteriores a los tiempos históricos, se desaho­gaba por el cráter del Vesubio, cuando el año 73 de nuestra era despertó súbitamente de su larguísimo le­targo, causando los estragos que son conocidos; siguie­ron luego a intervalos de tranquilidad de ciento, de dos­cientos o más años, y después de la erupción de 1.136, el volcán reposó en seguida por más de quinientos años ¿Por qué, pues, no podrá repetirse más tarde o más temprano igual cosa en el volcán de Pasto? Dios salve a los pastusos de ambas calamidades.

 

Regresados a Popayán, encontramos hirviendo la idea de que habla el general López en sus |Memorias, de for­mación de un cuarto Estado, es decir, de una cuarta re­publiquete de origen colombiano, compuesta de los De­partamentos del Cauca y Antioquia, y fue voz pública que el general Obando patrocinaba el proyecto. Nos­otros cometimos varias imprudencias en nuestras con­versaciones, combatiendo la idea, y aventurando bravatas de que nos opondríamos por la fuerza, y por ello tuvi­mos disgustos con el general Obando, que decía se le calumniaba. Mas parece cierto que al coronel Salvador Córdoba se le hizo la proposición, y que él la rechazó, por lo que, y porque la Administración Santander se afianzaba y se anunciaba vigorosa, creo yo que se desechó por entonces el parricida proyecto.

El general Mosquera, en su libro |Examen critico, ha­llando de esto, dice que el general Obando "se propuso formar un cuarto Estado colombiano, luego que tuviera fuerzas a su disposición". Y añade: "Esta parte de la Historia será probablemente desenvuelta por el doctor José Ignacio de Márquez, que conserva los documentos que comprobarán mi aserción".

¿Aquella semilla se habrá secado? ¿No podrá ger­minar en el terreno de la federación, que le es tan prop­icio? El tiempo lo dirá.

Disuelta la división, partimos juntos de Popayán el coronel Espina y yo. Antes de salir fuimos a despedirnos del general Obando, y yo principalmente de su estimadísima familia. Nos recibió perfectamente bien, y nos dijo que había hecho mención al Gobierno de nuestro buen comportamiento. No hay duda que así lo hizo, por que en la Gaceta |Oficial de 21 de abril de 1833, número 82, se lee lo siguiente:

             

"UN RECUERDO

 

"Los beneméritos coroneles Joaquín Posada Gutiérrez y Ramón Espina, jefes de columna en la 1ª división el ejército granadino, se hallan en esta capital, después de haber desempeñado con honor la comisión a que el gobierno los destinó en las tropas encargadas de reinte­grar el territorio del Estado".

Con esto me conformo.

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