INDICE

 




 CAPITULO CUADRAGESIMOTERCERO   I

 

 

La cuestión ecuatoriana, o más bien, caucana, se abría de día en día. A los pronunciamientos de Popa­yán y demás cantones de la provincia, a la voltereta del general López, prescindiendo de su carácter de coman­dante general del departamento por el Gobierno del Ecuador y declarándose en ejercicio del mismo destino por el Gobierno de la Nueva Granada, contestó el Pre­sidente del Ecuador con una proclama fulminante, en la que entre otras cosas decía:

"El Gobierno granadino, insensible a los males de la guerra civil, la ha declarado al Ecuador de una manera inusada entre pueblos civilizados. El comandante general del Cauca, quebrantando sus promesas y el juramento que hizo de sostener nuestras instituciones, ha levantado en Popayán el estandarte de la rebelión militar"..., etc.

Esta proclama no dejaba duda: la guerra era inevita­ble, porque si bien la Nueva Granada se resignó a perder los Departamentos del Ecuador, Azuay y Guayaquil, no podía hacer lo mismo respecto del departamento del Cau­ca, que habiéndose agregado de hecho al nuevo Estado del Ecuador en días de conflicto personal para sus caudi­llos, pasada la crisis había cesado el motivo de aquella anexión írrita.

El fundamento de la proclama era completamente falso: la Convención, lejos de declarar la guerra al Estado del Ecuador en los límites que él mismo se señaló al cons­tituirse, dio reglas precisas al Gobierno para procurar la reintegración del departamento del Cauca por medios pacíficos, sin que se llegase al |casus belli sino cuando, agotados aquellos medios, no quedase otro recurso. Con este objeto, la misma Convención nombró una comisión compuesta de los señores obispo de Santa Marta y José Manuel Restrepo, para que fuesen a Quito a negociar la paz.

No se descuidó, sin embargo, el Gobierno en tomar las medidas necesarias para reivindicar el derecho de la Nueva Granada a la recuperación de las provincias de­tentadas por el Ecuador.

Por decreto de 12 de abril se reorganizó el ejército con la fuerza de 5.920 hombres, formando tres divisio­nes: la 1ª destinada al departamento del Cauca, al man­do del general José María Obando y compuesta de tres columnas: la 1ª al mando del coronel Salvador Córdoba; la 2ª al mío, y la 3ª al del coronel Ramón Espina, y je­fe del estado mayor el coronel José Lindo (venezo­lano).

¡Todos han muerto, menos yo! ¿Será que Dios me ha reservado para algo? Sí, me ha reservado para acla­rar muchas cosas en estos libros.

Las otras dos divisiones se formaron de los cuerpos existentes en los Departamentos de Cundinamarca y el Magdalena ¹.

La columna cuyo mando se me confió se componía de los mismos cuerpos de la antigua división |Cundina­marca, que formé y mandé por tanto tiempo, con la que restablecí en Purificación el Gobierno creado por el Con­greso ADMIRABLE, con la que lo sostuve, bajo las ór­denes del general López, cuando el general Moreno se propuso derribarlo, excitado por los ultraliberales que formaban la división |Casanare o afluían a ella; en fin, de los mejores cuerpos del ejército, que constituían la verdadera fuerza de la división.

Esta muestra de confianza en todo sentido, que me dio el Gobierno, la supe agradecer.

Inmediatamente marcharon los cuerpos para Popa­yán, donde estaba el general López, quien había sido lla­mado a la secretaría de guerra en lugar del general Obando.

Lo regular era que yo me fuera con los cuerpos de mi columna, o al menos con el batallón |número 1º, pero

 

1 Téngase presente que el departamento del Magdalena se componía de lo que hoy son Estado de Bolívar y el Magdalena y provincia de Ocaña.

 

 

el general Obando me detuvo diciéndome que se iba solo y quería que yo le acompañase.

No dejó de impresionarme este deseo: mis amigos to­dos creían que la defensa del coronel Castelli era una cu­chilla que tenía yo pendiente sobre mi cabeza, y me acon­sejaban que me excusase hasta de ir al Cauca. Sin embar­go, el sentimiento de mi deber, que me ha dominado siempre, me hizo resignarme a cuanto pudiera sucederme y acepté.

 

 

II
 

 

El general López deseaba que se le continuase en el mando militar del Cauca para, en el caso de que, si las negociaciones iniciadas con el Gobierno del Ecuador se frustraban, ser él quien se encargase de la reintegración del departamento por la fuerza de las armas; deseo plau­sible en un general a quien no deja de menguar que a la aproximación de una guerra se le sopare del lugar del pe­ligro y se le traslade a un destino civil, porque esto supo­ne que no se tiene confianza en sus capacidades milita­res, o que se estiman mayores las de quien lo reemplaza. Así fue que vio con sumo disgusto el cambio.

Evidente era que ésto fue obra del mismo general Obando, y esta convicción mortificaba más al general López.

 

 

III
 

 

El 14 de abril llegamos a Popayán, y allí encontra­mos ya a los cuerpos de mi columna y un batallón de la 3ª, únicos del ejército con que se hizo aquella semicam­paña. Además, tuvimos otro formado por el general Ló­pez (unos 300 hombres) de los antiguos guerrilleros, y gentes de los pueblos y caseríos de más allá de Popayán, a la ribera del río Mayo, cuya línea cubrían como puesto avanzado. Para este servicio ningún otro cuerpo era más a propósito, porque aunque sin las condiciones militares de orden, disciplina y subordinación, se componía de hombres del país, aclimatados, prácticos del terreno y excelentes tiradores, como lo son todos por allí.

 

El general Obando se exageraba de buena fe la importancia de los servicios que podría prestar esta fuerza irregular, y esperaba triplicar su número con pastusos, que decía se vendrían en bandadas al acercarnos al río Juanambú, ilusión que no se realizó.

Sin embargo, está confianza le hacia desear que el rompimiento se anticipase, aunque fuera provocándolo, y así reclamó con instancia del Gobierno que se autori­zase para ocupar a Pasto por medio de las armas, si la comisión de paz no producía los resultados de su objeto, y poder hacer esto sin esperar, anticipándose a la decla­ratoria de guerra.

El gobierno, por nota oficial del 15 de mayo del mis­mo año (1832), le contestó:

"Presenté al despacho de su excelencia el Vicepresi­dente la nota oficial de usía, número 14, por la que so­licita se le autorice para recuperar las provincias ocupa­das, por medio de las armas, siempre que la comisión de paz no produzca los efectos que se desean; y habiéndola tomado en consideración, después de un detenido exa­men, ha resuelto su excelencia que el Gobierno ha pre­visto todos los casos en las Instrucciones que dio a usía, y no cree deberías ampliar, porque aunque tiene una ili­mitada confianza en la prudencia, patriotismo y luces del general a cuyas órdenes ha puesto la fuerza armada, es al Gobierno a quien toca, después de apurar todos los medios para conservar la paz, adoptar o declarar la gue­rra, como se acostumbra entre las naciones civilizadas, y de acuerdo con los principios establecidos en la Constitu­ción y las leyes del Estado.

"Dios guarde a usía.

"ANTONIO OBANDO"

 

Nosotros (los militares veteranos de la división) no tuvimos noticia de esta nota sino cuando la vimos pu­blicada en la |Gaceta de 10 de junio, número 37, aunque el general la recibió mucho antes.

Imposible sería referir ahora la explosión de injurias con que en nuestra presencia se permitió el general Oban­do acriminar al jefe del Gobierno por esta nota, y por su publicación; lo menos fue decir que era un traidor confabulado con el general Flórez, para que éste se quedara con las provincias que se había usurpado, ¡sólo por deslucirlo a él! ¹

Ciertamente la publicación de la nota fue una inadvertencia, un descuido de esos que tan frecuentemente se cometen en las secretarías de Estado: su contenido era por su naturaleza reservado, y haciéndolo trascendental se ofendía en cierta manera al jefe de las tropas destinadas a aquel servicio, desprestigiándolo a nuestros ojos. Pero ¿por qué culpar al Vicepresidente, que ninguna parte tuvo en ello? Es sabido cómo suceden estas cosas en aquellas oficinas. Las resoluciones son lacónicas por lo regular, escritas en las márgenes de los oficios o de los expedientes; el secretario las devuelve escribiendo él mismo algunas veces la nota contestación, o explanando ver­balmente la idea al oficial mayor, que a su turno lo hace al jefe de sección, quien en lo general, es el que las re­dacta. La de que me ocupo fue escrita por el mismo se­cretario, y bastará leerla por todos los que lo conocieron para persuadirse de ello, porque "el estilo es el hombre".

¿Y quién era ese secretario? "El hombre tal vez más virtuoso que ha tenido nuestra lista militar". |(Apunta­mientos para la Historia, del general José Maria Oban­do).

El general Antonio Obando era un hombre honrado, benemérito en la guerra de la independencia, algún tanto cándido; pero que fuera, quizá, el hombre más virtuoso de nuestra lista militar, era demasiado decir, aun con el |quizá atenuante.

Debe también tenerse presente que la resolución a que la nota se refiere, se acordó en consejo de gobierno, como la Constitución lo exigía, aun para asuntos de menos importancia. ¿Serian también traidores los secretarios del despacho que con el Vicepresidente formaban el Consejo de gobierno, y por consiguiente el secretario de guerra, general Antonio Obando?

Una cosa notable hay que observar en la publicación de esta nota, y es que el general López había llegado a la capital pocos días antes, y es indudable, porque es im-

 

1 Para evitar confusión advierto que cuando diga "el general Obando", hablo del general José María Obando, y cuando tenga que hablar del otro general del mismo nombre, diré "el general Antonio Obando".    

 

posible que así no fuera, que viniendo de Popayán, ha­biendo tenido una parte tan activa en los movimientos que cambiaron la faz del Cauca, y la condición de ecua­torianos por la de granadinos en él y el general Obando que debía estar mejor informado que nadie del estado de la opinión en Pasto, de los recursos con que contara el Gobierno del Ecuador para sostener la guerra, y de los que fueran necesarios a la Nueva Granada, para hacerlo con probabilidades de buen suceso, es indudable, digo, que se le consultó por el secretario de Guerra su opinión sobre la medida acordada, y que él convino en su publicación, si no la aconsejó, antes de encargarse de la secretaría, como se encargó cuatro días después. Con esto podía oponerse mejor a las exigencias del general Obando, reservándose él la iniciativa en el acto solemne de declarar la guerra al Ecuador. Esto quedará muy pronto probado con sus propias palabras.

Me ha sido forzoso detenerme en aclarar este inci­dente, aunque en apariencia de poca significación, por­que él fue el punto de partida para las acusaciones de traición y felonía que hizo el general Obando a todos, todos, los que no pertenecían ciegamente a su partido, o mejor dicho, a su círculo; y porque en sus |Apuntamien­tos para lo Historia dice:

"Todavía tengo que apelar a toda mi paciencia para recordar la insolente contestación que me dio aquel intri­gante, traidor y ridículo mandatario. Me hizo decir con la más irritante arrogancia: que por ningún motivo diese un paso adelante, y que entendiese que el Gobierno sabía muy bien los casos en que era preciso ocurrir al empleo de las armas.

"Y como si no fuesen bastantes los colaboradores de Flórez para que éste supiese esta resolución, que tanto favorecía sus miras, la hizo Márquez publicar en la |Ga­ceta de aquel tiempo, pero guardándose de publicar mi nota". ¹

 

1 Uno de esos colaboradores de Flórez, de quien nadie tuvo la menor noticia, dizque era yo, en connivencia con el Gobierno: sin embargo, afirma con serenidad que el Vicepresidente Már­quez le dijo que no tenía confianza en mi, y que por eso me llevó al Cauca; pero lo particular es que con esa desconfianza se me confiriera el mando de los mejores cuerpos de la división, a propuesta del mismo general Obando. Y luego resulté en el Cauca agente secreto del mismo señor Márquez, que no tenía confianza en mí, y resultó también un hombre de tanta influencia que arrastré un |complot contra él (Obando) a los jefes de la división para impedirles que ocupase a Pasto, y lo que es más, que el benemérito y malogrado coronel José Manuel Montoya, otro traidor, según el general Obando, era quien recibía las instrucciones del señor Márquez y me las trasmi­tía a mí para su ejecución. Añade en seguida que el señor Márquez le dijo que no tenía confianza en el coronel José María Gaitán, y sin em­bargo le confirió el mando de una columna de tropas y de la plaza de Cartagena. ¿Cómo podrá un historiador compaginar estas contradicciones?  

 

 

IV
 

 

El cansancio del lector es el escollo en que todo libro naufraga. ¿Sucederá esto al mío? Largas relaciones que pueden interesar al hombre que lee para conocer a fondo los sucesos, acaso fastidiarán al que no busca sino el entretenimiento en un libro. ¿Cómo vencer este inconve­niente? Yo no encuentro el medio sino implorando la in­dulgencia del lector: si el triunfo de la verdad le interesa, le ruego continúe, aunque se fastidie.

Considere también la diferencia de mi pobre primer tomo a este segundo, más pobre quizá todavía: en aquél sonaban como el trueno en las nubes, como el estampido del cañón en los combates, los nombres gloriosos de Bo­lívar, Páez, Sucre, Urdaneta, Santander, Soublette, Mon­tilla, Córdoba, Padilla... ¿Retumbarán lo mismo los de los hombres que han figurado en nuestros posteriores de­sastres políticos?

Entonces hablaba de COLOMBIA la grande en su úl­tima agonía; ahora tengo que delinear las melancólica fi­gura de Colombia la pequeña, aborto de un crimen; en­tonces hablé de hechos, para los que las puertas de la posteridad se han abierto; ahora tengo que hablar prin­cipalmente de delitos contemporáneos, frotando heridas no cicatrizadas todavía: ¿no es grande la diferencia de uno a otro libro? Mas sea como fuere, tengo que cum­plir mi compromiso, y sigo.

Vamos a examinar los fundamentos que tuvo el Go­bierno para no permitir al general Obando lanzar al país a la guerra antes de que se hubiesen llendo los requisitos constitucionales y legales de que no le era dado prescin­dir. El Poder Ejecutivo no podía declarar la guerra sin previo decreto del Congreso; la Convención no la había declarado, sino apenas dictado reglas para el caso de que el gobierno del Ecuador insistiese en retener las pro­vincias del departamento del Cauca que se le agregaron en 1830, reglas que era preciso complementar antes de decretar el rompimiento de las hostilidades. Por un de­creto especial autorizó al Gobierno para que por medio de un tratado reconociese la independencia de aquel Esta­do por los límites que tenían sus departamentos cuando se constituyeron en República independiente, quedándose consecuencia excluidas del reconocimiento las provin­cias de Pasto y parte de la de Buenaventura, retenidas por el Ecuador.

Su gobierno alegaba que la anexión del departamento del Cauca había sido espontánea en los días en que la disolución de COLOMBIA dejaba a los pueblos en el uso pleno de su soberanía, ya para formar Estados sepa­rados, ya para unirse a otros; que el Ecuador, aceptán­dola como un hecho consumado, había declarado por una ley formar aquel Estado parte integrante de su territo­rio; pero que el Gobierno del Ecuador, aunque podía conservar, según estos principios, todo el departamento, prescindiría de ellos, y sólo los haría valer respecto de las provincias de Pasto y Buenaventura, que necesitaba como su frontera natural para su seguridad; y que aun para ello estaba dispuesto a consentir en que por la Asamblea de plenipotenciarios de las tres Repúblicas (Nueva Granada, Venezuela y Ecuador) que había de reunirse para deslindar sus intereses recíprocos y fijar sus límites, se resolviera lo conveniente.

Como se ve, pues, el Gobierno del Ecuador no era usurpador, como lo llamaban: era sólo detentador de las provincias reclamadas. Y esta era la cuestión.

 
 

V
 

 

El coronel ecuatoriano Basilio Palacios Urquijo (cartagenero) vino a la capital a sostener por la vía diplomá­tica, ante el Gobierno granadino, estas premisas, para deducir de ellas que la guerra con que se amenazaba al Ecuador era injusta; y no sólo hizo esto, sino que se di­rigió al Gobierno de Venezuela en una nota a manera de queja contra la Nueva Granada, enviándole un legajo de documentos aclaratorios del modo como el Cauca se ane­xó al Ecuador, y copia de las reclamaciones pendientes y de las respuestas dadas por su Gobierno.

      El ministro de relaciones exteriores de Venezuela le contestó con las generalidades a que la cuestión se presta­ba, deplorando que estas dos partes de la antigua CO­LOMBIA no pudieran entenderse amigablemente; pero esta nota (fecha 21 de febrero de 1832) concluye con el párrafo siguiente:

"Hallándose reunido el Congreso, me ha ordenado su excelencia el Vicepresidente transmitirle los papeles ofi­ciales que vuestra señoría me ha incluido, con el objeto de que se tengan presentes en el arreglo de este impor­tante asunto, y me complaceré en comunicarlo a vuestra señoría a su debido tiempo".

Y en la misma fecha el Gobierno de Venezuela inter­puso su mediación por la vía de las armas y a que pro­curase terminarla pacíficamente, como si no fuera eso lo que estaba haciendo.

A esta nota que, como el lector juzgará, no dejaba de tener cierta significación, contestó nuestro Gobierno con moderación, pero con dignidad, y en el fondo de la cues­tión con explicaciones concluyentes.

Las dificultades de semejante situación, que son evidentes, justifican completamente al Gobierno de no haber festinado una resolución que lo hiciera aparecer ante la América y el mundo como ligero, y por consiguiente jus­tifican la respuesta que dio al general Obando, y su pu­blicación.

Y no podía ni debía dar otra. Autorizar a un general violentamente apasionado a resolver si era llegado el caso de precipitar al país a la guerra, y delegándole la atribu­ción del Gobierno para declararla, habría sido una debi­lidad imperdonable, habría menguado su dignidad, y en el caso, no imposible, de un revés, habría comprometido su responsabilidad ante el Congreso.

Las negociaciones continuaron sin resultados plausi­bles, y al fin la comisión de paz dio cuenta de que el Go-

bierno del Ecuador insistía en retener la provincia de Pasto hasta que la asamblea de plenipotenciarios se reuniese y fijase los límites definitivos de las tres repú­blicas; y que por tanto la comisión consideraba termina­da su misión, y se retiraba.

La asamblea de plenipotenciarios fue una ilusión de los primeros días siguientes a la disolución de COLOM­BIA; nunca se trató de ella formalmente, y así no se po­día fundar en una palabra vaga ninguna esperanza de arreglo posterior.

Por tanto, llegó el caso prescrito por la Convención: los esfuerzos previos para llegar a un avenimiento pací­fico se habían agotado, y el Gobierno, pudiendo ya sa­tisfacer a la República y al mundo de la justicia de su última palabra, dictó la siguiente resolución:

| 

|"Secretaria de guerra y marina. - |Bogotá, 12 |de sep­tiembre de 1832.

 

"Al señor secretario de estado en el despacho del in­terior y relaciones exteriores.

 

Señor.

 

Presenté al despacho del Gobierno la consulta que el Consejo de Estado ha hecho y que vuestra señoría se ha servido acompañarme a su apreciable nota de esta fecha, relativamente a la resolución que debe adoptarse en vista de las comunicaciones que ha dirigido la comisión cerca del Ecuador con fecha 22 de agosto último; y habién­dose considerado el asunto en pleno consejo de Gobierno, su excelencia el Vicepresidente encargado del Poder Eje­cutivo, conformándose con el parecer del Consejo de Es­tado, ha resuelto en esta fecha: que resultando de los di­ferentes documentos que se tienen a la vista que el Go­bierno establecido en los departamentos del Ecuador, Azuay y Guayaquil se ha denegado obstinadamente a de­volver las provincias de Pasto y Buenaventura, que in­cuestionablemente corresponden al Estado de Nueva Gra­nada, el Gobierno declara que tomará todas las medidas para realizar de hecho la reintegración del territorio y declara igualmente que, reducido a tan deplorable extre­midad, no reputa como enemigos a los pueblos de dichos departamentos, a quienes siempre reconoce como herma­nos, sino que sólo trata de reivindicar sus derechos y obtener la justicia que le ha sido negada por sus actua­les mandatarios, a pesar de que para conseguirlo ha pues­to en acción todos los medios que aconseja la prudencia. En su consecuencia protesta que nunca podrán serle im­putables los males que puedan resultar, como que nada omitido para evitarlos, y que antes bien reclamará oportunamente por todos los perjuicios y gastos que se le ocasionen por este motivo.

"Tengo la satisfacción de transmitirlo a vuestra se­ñoría para los fines consiguientes.

"Soy de vuestra señoría su muy atento, obediente ser­vidor,

 

"JOSE HILARIO LOPEZ"

 

En la misma |Gaceta número 52, en que se insertó esta declaratoria, se lee lo siguiente:

"En las columnas del presente número publicamos la resolución de nuestro Gobierno en la cual se dispone que se haga la guerra al Ecuador para recobrar por medio de las armas la parte del territorio granadino |usurpada por aquel Gobierno. Sensible ha sido a la administración de esta República dar un paso semejante. Amiga de la paz, deseosa de proporcionar tanto a estos pueblos como a sus vecinos el reposo de que hace tantos años se hallan privados; pero él se ha hecho ya necesario: se han apu­rado todos los medios conciliatorios; se han hecho cuan­tos esfuerzos permitían el decoro y la dignidad nacional, y todo ha sido inútil".

Tener razón para decir esto era lo que quería el Go­bierno y era lo que debía querer; y además, esto era lo que la Convención había ordenado. ¿Dónde estaba, pues, la traición? Pero, repito, que el Gobierno del Ecuador no usurpó ninguna parte del territorio granadino; los generales Obando y López promovieron y obtuvieron la anexión del departamento del Cauca, por los motivos ya conocidos, y el gobierno del Ecuador hacía valer esta anexión respecto de la provincia de Pasto y parte de la de Buenaventura. De esto a la usurpación hay gran di­ferencia.

El general López en sus |Memorias dice:

"Encargado de la Secretaría, me hallé en el deber de proponer al Gobierno la declaratoria explícita de la gue­rra al general Flórez, porque se había negado el Gobier­no del Ecuador a las medidas de paz propuestas por nuestros comisionados, obstinado en |conservar como par­te de aquel territorio la provincia de Pasto y parte de la de Buenaventura.

"Mi opinión prevaleció en el Poder Ejecutivo y Con­sejo de Estado, y la guerra se declaró".

Estas cuatro palabras explican lo que indiqué antes, de que el general López deseaba |tener la gloria de la ini­ciativa en la declaratoria de guerra |al general Flórez, co­mo el dice, y para ello indicó y obtuvo la publicación de la nota antes citada. De otro modo no se podría explicar cómo un oficio escrito el 15 de mayo, no se publicó sino veinticinco días después, estando ya en la capital el ge­neral López, y cuatro días antes de encargarse él del des­pacho de dicha secretaría.

Por un posta expresé se mandó esta última resolución al general Obando y se le dieron instrucciones para ha­cer la guerra.

 

 

VI
 

 

En el entretanto, acontecimientos inesperados nos iban facilitando la ocupación de Pasto y la terminación de la contienda sin riesgo y sin sacrificios.

El antiguo batallón |Vargas (que es conocido de los que hayan leído la historia del 25 de septiembre de 1828) se había pasado al Ecuador de hecho, y entre otras razones alegaron sus jefes que no querían conti­nuar sirviendo bajo las órdenes de los asesinos del Gran Mariscal de Ayacucho.

Este cuerpo, en la época de que me estoy ocupando, se hallaba reducido a unos 500 hombres, casi todos ve­nezolanos; medio batallón se hallaba de guarnición en Quito, y el otro medio en Pasto. El medio batallón que estaba en Quito se sublevó para sacar de capilla a un sargento que iba a ser ejecutado por un delito militar; atropelló al general Flórez, que al saberlo montó a caballo y se dirigió a contenerlo; caído él del caballo, un sol­dado, le apoyó el fusil sobre el pecho y le habría muerto, si otro no lo hubiera impedido; el tumulto favoreció al general Flórez, que voló sobre su caballo y se salvó: eran las dos de la madrugada. Menos afortunado el ordenan­za que le acompañaba, fue muerto por la guardia del general, que era del mismo cuerpo, y a la que la sedi­ción imprevista había contaminado.

El alarma cundió por la ciudad. Los sublevados se pusieron en marcha; pero dieron tiempo a que se tomasen medidas que les fueron fatales. En su tránsito para Barbacoas fusilaron a su antiguo coronel Withle, que fue a persuadirles que volvieran sobre sí, y en el desorden de su marcha por grupos, fueron alcanzados por un regi­miento de caballería. Lo que siguió lo dice el general Flórez en el parte oficial que dio al Congreso, con las siguientes crueles palabras:

"Cuando la historia del Ecuador refiera que un cuerpo de tropas quebrantó las leyes de la obediencia y del honor militar, referirá también que la espada de la ley cayó sobre las cabezas de los cómplices en tan nefando crimen, y que |ninguno de ellos sobrevivió al delito".

El atentado fue ciertamente grande: la muerte de su antiguo coronel, ya general del Ecuador, perpetrada a sangre fría, cuando solo y desarmado se les presentó a rogarles que no acabaran de perderse, agravó la primera falta de una manera terrible; pero no fue la cuchilla de la ley la que cayó sobre la cabeza de los culpables, sino la de una feroz venganza. De cuantos la caballería alcan­zó, sólo el soldado que salvó al general Flórez fue perdo­nado. En estos casos las leyes militares permiten diezmar o quitar, para ejemplo, pero no cebarse en todos. Ya esto es llegar a la sevicia.

El medio batallón que estaba en Pasto fue desarmado y disuelto. ¡Y así concluyó un batallón que recordaba con su nombre la batalla del |Pantano de Vargas, vence­dor en Carabobo y otras cien batallas! ¡Y así murió su jefe, que lo condujo siempre a la victoria, noble y leal inglés de los que vinieron el año de 1818 a combatir por la independencia de nuestra patria!

 

  VII
 
 

El general Flórez, retirados nuestros comisionados, vino a Pasto; allí, además del batallón Quito y de un regimiento de caballería, contaba con un buen batallón de milicias de Pasto, que hasta la última hora le fue fiel, y esperaba al batallón |Flórez (antes |Girardot). Pero otra sedición, aunque no tan grave como la anterior, le vino a conturbar y a ponerle en dificultades; el batallón se sublevó en Latacunga al tiempo de marchar, reclaman­do sus ajustes, según se dijo entonces, y el general Fló­rez tuvo que salir de Pasto y marchar hasta el extremo del Ecuador, dejando encargado del mando al general Farfán, incapaz para ejercerlo.

El general Obando, que era hábil para establecer espionaje, manejar la intriga y promover la sedición, tuvo noticia de la ausencia del general Flórez, y sabiendo aprovecharla, consiguió que el teniente coronel Ignacio Sáenz, jefe del estado mayor de la fuerza ecuatoriana es­tacionado en Pasto, le ofreciese pasarse con la que estaba situada en el boquerón de Juanambú, posición que algu­nos llamaban "las Termópilas de Pasto", y que efectiva­mente merecía el nombre.

Para proteger esta deserción, que tanto nos favorecía, resolvió el general Obando mover la parte de la división que tenía en Popayán en la línea del río Mayo, cosa que conforme a sus instrucciones podía hacer.

El batallón número 8º de la 3ª columna, organizado en Neiva, que con el coronel Espina había llegado a Po­payán, debía quedar allí, como en efecto quedó, y tam­bién el mencionado coronel encargado del mando militar de la ciudad.¹

El coronel Córdoba estaba en el valle del Cauca atendiendo a algunos movimientos que por la Buenaventura y las inmediaciones de Cali tenían lugar en favor del Ecuador, y con la 1ª columna de su mando los sofocó; de modo que los tres jefes de columnas, o más bien

 

1 El general Obando en los cargos que hace al Gobierno en sus |Apuntamientos, dice que el señor Márquez mandó disol­ver este cuerpo en Neiva lo que desmiente la |Gaceta extraor­dinaria de |5 de septiembre, en que consta que llegó a Popayán el 23 de agosto.

 

 

de brigadas, sólo yo concurrí a las operaciones sobre Pasto.

En el caserío de |La Venta, aquel lugar tenebroso don­de dos años antes se encontró el Mariscal de Ayacucho con Sarria y Eraso, tuvo lugar el pronunciamiento del comandante Sáenz, rodeada su pequeña fuerza de 130 hombres, por parte de las nuestras, y el mismo día (12 de septiembre) lo comunicó al general Obando, que con­migo y el batallón número 1º estaba en la línea del río Mayo.

Cuando ocurren estas traiciones en un cuerpo de tropas, pasándose al enemigo, producen la desconfianza en el jefe superior de quien dependen, que ya por todas partes cree ver traidores en los jefes y oficiales de sus tropas. Esto sucedió al general Farfán, en Pasto. Por otra parte, la defección de los batallones |Vargas y |Girardot, o sea |Flórez, que disminuyeron en más de 1.000 hombres la fuerza con que el Gobierno del Ecuador contaba para defender aquella provincia, eran un motivo más que aquel general, que carecía de la fuerza de alma que en tales casos se necesitaba para hacerse superior a se­mejantes contratiempos, se amilanase completamente, y así sucedió.

En tan ventajosa situación resolvió el general Oban­do acercarse al Juanambú con el objeto de promover alzamientos de los pastusos en su favor, lo que, como he indicado antes, era su constante pensamiento.

El teniente coronel Antonio Mariano Alvarez, vecino de Pasto, casado allí y comandante militar de provincia, nombrado por el general Obando, tenía un ascendiente absoluto sobre él, y era el hombre de su mayor confian­za. Además mandaba aquel batallón o columna formado por el general López de los antiguos guerrilleros de aquellas comarcas, semilabriegos, semisoldados y semisalva­jes de aspecto siniestro, de mirada aterradora y de cu­chillo al cinto, especie intermedia entre el hombre y la fiera; pero excelentes tiradores, con cualidades por las que se les suponía de grande utilidad en la situación.

El general Obando, animado por Alvarez, Sarria y Eraso y después de una conferencia reservada con ellos, volvió hacia nosotros y nos dijo: "Vamos a quemar las naves corno Hernán Cortés".¹ Y dio las órdenes para pasar el río. Su gente, como él llamaba a los guerrilleros, lo hizo por un paso cercano al punto donde se hallaban situados, lejos de nosotros, y los cuerpos veteranos y pla­na mayor empezaron a hacerlo por la tarabita del paso real que toca con el célebre boquerón de Juanambú ².

Pronto y con facilidad lo hicieron aquellos marcha­ron a situarse cerca del páramo de Chacapamba, a donde debíamos reunirnos todos en la mañana del día siguiente. En efecto, colgados de cuatro en cuatro nuestros sol­dados que rezaban el credo y pedían a Dios misericor­dia, se emprendió el horrible paso como a las cuatro de la tarde, y a las diez de la noche apenas se hallaban dos compañías del batallón 1º de línea con sus oficiales y conmigo del otro lado. Era la primera vez que veía yo aquel salvaje aparejo, herencia de los antiguos caciques, y habría deseado que todos los militares de Europa nos hubieran contemplado colgados y tirados a sacudidas de un lado al otro para que juzgasen de las dificultades que hay que vencer en la guerra en estos países; y no es la que refiero de las mayores.

Por cosa de una hora estuvo suspensa la operación del paso, sin que los que estábamos del lado de allá su­piésemos el motivo, cuando un ayudante bajó a la tara­bita a llamarme a gritos. El general Obando, sin rodeos,

 

1 Cuando digo "nosotros" hablo de los jefes veteranos, a saber: coronel González, comandante dci batallón número 1º; coronel Bustamante, del 2º; coronel Lindo, jefe del estado mayor de la división, y yo, comandante general de la columna, que era la fuerza que teníamos allí, fuera de los guerrilleros, que con Alvarez, Sarria y Eraso, dependían inmediatamente del general Obando
2 Como sólo por acá, en las provincias del interior, saben al­gunos lo que es una |tarabita, debo dar idea de esta especie de puente colgante a los lectores que no la conozcan. Se necesita para establecerlo que las orillas del río sean altas. Cuatro o más nadadores pasan de un lado a otro unas sogas de cuero torcido, en número suficiente para soportar dos o cuatro hombres o algunas cargas, y las atrincan atesándolas bien a uno y otro lado del río en árboles o postes robustos: de las sogas unidas cuelga un aparejo pendiente de fuertes ganchos de madera, de modo que corran fácilmente. En este apa­rejo se amarran los hombres o las cargas, tiradas de un lado al otro se pasa el río, no sin gran peligro muchas veces.    

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me dijo que había que suspender el movimiento, y por tanto hiciese repasar las dos compañías que estaban del otro lado. "Vaya usted a disponer esto sin perder tiem­po, me dijo disgustado, y vuelva para que hablemos". Así lo hice, sin replicar.

-Usted extrañará esta vacilación mía, me dijo a mi regreso, y voy a explicársela, como ya lo he hecho a los jefes de los cuerpos y al coronel Lindo. Yo no estoy au­torizado para abrir operaciones del otro lado del Jua­nambú: esperaba que la deserción del comandante Sáenz a nuestras filas y algunas instrucciones que por medio de Alvarez había podido dar a mis amigos de Pasto, mo­viesen a los pastusos en nuestro favor; pero nada sé, nadie viene, nadie me da un aviso; por tanto, no me atre­vo a arrostrar la responsabilidad, de un mal resultado obrando sin autorización y sin saber cómo está Pasto. Por otra parte, el paso del río por la tarabita es muy lento, como usted lo ve, y estando tan cerca del enemi­go, no sería extraño que se nos presentase de repente, hallándose parte de nuestra fuerza de un lado y parte del otro, en cuyo caso seríamos perdidos.

-¿Y qué suerte correrán los guerrilleros que están adelante? Fue la única respuesta que yo di.

-No hay cuidado por ellos, me contestó; son baquia­nos de estos riscos, y además, por el lado por donde han ido y a donde deben situarse no hay peligro; por otra parte, si el río continúa bajando hasta dar vado, podremos pasar y repasar, y mañana lo veremos, y resolveremos lo que mejor convenga. Y -añadió- esta noche misma me trajo un posta orden del Gobierno de que no pasase el Juanambú hasta que se hiciese la de­claratoria de guerra en forma.

Lo que había de cierto era que él general Obando, burlado en sus esperanzas de que los pastusos se suble­vasen en su favor al aproximarse a los ríos Mayo y Jua­nambú, estaba desconcertado y arrepentido de haberse adelantado tanto, impulsado por el comandante Alvarez. En la guerra de guerrillas a que estaba acostumbrado y en la que era experto cual ninguno, estos movimientos variados e inconsecuentes están en la naturaleza de aque­lla guerra y no impresionan desfavorablemente al solda­do. Pero cuando se obra con, tropas regulares en una

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