es lo mismo que negarla al señor Mosquera; esto es, que la
negaba al Gobierno de 1830, y sólo la admitía como una
cuasilegitimidad, a lo orleanista de Francia, o sea como "lo más
que se aproximaba a lo legal". Sin embargo, cuando se trata de los
hechos de agosto y septiembre de 1830, se dice que "el Gobierno
legítimo" fue derrocado, y perdóneseme esta repetición.
No es cierto que el general Obando desde Palmira llamase al
señor Caicedo para que se declarase en ejercicio del Poder
Ejecutivo. Yo fui el primero que habló de esto en mis notas al
general Urdaneta, y el primero que llamó al Vicepresidente por
medio del doctor Céspedes. Niego, pues, esta aserción del general
Obando, porque no me resigno de ninguna manera a que se me defraude
de esta honra, que estimo en mucho.
El mismo general Obando dice en su citado libro que todas las
municipalidades del Cauca le consultaban, con la más ciega
confianza, lo que quisiera él que se proclamase, y que a todas les
contestó "con la conveniencia de agregar temporalmente al Estado
del Ecuador el territorio que se fuera libertando". ¡Cómo pintan
estas palabras la situación de nuestros pueblos! ¡Consultan las
municipalidades al magante que dispone de su suerte lo que quiere
que se
|proclame! Y esta es la práctica constante.
El adverbio
|temporalmente que usa el general Obando al
aconsejar, esto es, al mandar, la anexión al Ecuador, no lo usó al
dar dicho
|consejo ni se usó en la matriz de Popayán. Fue
después del decreto de Purificación y de los prósperos sucesos que
él produjo, que se ocurrió al
|temporalmente como excusa.
Esa promesa que hizo el general en la junta revolucionaria, de
que luego que él tomara posesión del ministerio de la guerra se
adoptaría la política que las circunstancias exigían, por cuya
promesa desistieron los
|patriotas de su intento, en buen
castellano debe entenderse de este modo: "Yo, como ministro de la
guerra, seré dictador, y todo se hará salvando las apariencias, sin
dar el escándalo de contradecirnos en las palabras aunque nos
contradigamos en los hechos" y así se hizo, y así fue.
En el mismo libro dice luego:
"Para evitarme comprometer mi conciencia política dije a su
excelencia el Vicepresidente, antes de jurar delante del Consejo
reunido, que estaba dispuesto a prestar mis servicios a la patria
en aquel destino, pero que tenía por delante el tratado que su
excelencia había celebrado en Apulo; que ese tratado era contrario
a la Constitución, y por consiguiente a mis principios; que su
excelencia no tenía facultad para hacer concesiones opuestas a la
ley", etc.
Se refirió al artículo del convenio sobre reconocimiento del
ascenso a general dado por Urdaneta a cuatro coroneles. Sobre los
ascendidos por Moreno en Cerinza no dijo nada. Sin duda el general
Obando no los consideraba inconstitucionales, o sus escrúpulos
sobre infracción de la Constitución se limitaban a las que
cometieran sus adversarios, y no a las de sus copartidarios. Bien
que esta es doctrina liberal practicada en todos tiempos.
"El Vicepresidente me contestó -continúa Obando- que aquel
tratado había tenido por objeto anticipar el término de la campaña
y que por supuesto su efecto era transitorio; que todo él era
militar y que este ramo venía a mis manos; que lo arreglara en
todas sus partes como lo tuviera a bien, sin consultarle siquiera;
que de vez en cuando diera cuenta en el despacho de los arreglos
que hiciera, y nada más; y que él tenía esta confianza en mí
porque conocía los principios de moderación que me guiaban.
Allanado este obstáculo, presté el juramento".
Esto necesita aclararse. La posesión de los ministros o
secretarios del despacho se ha hecho y se hace siempre en presencia
sólo del jefe del Gobierno y de los demás ministros o secretarios,
sin la concurrencia de otros funcionarios, y menos del público. A
la del general Obando fueron muchos de los miembros de la junta
morenista a ver qué tal despuntaba. Se rugió tanto que el nuevo
ministro iba a hablar claro al Vicepresidente por sus
|traiciones, que otros jefes concurrieron también por
curiosidad, y yo por apuntar en mis tablillas cuanto viera y
cuanto oyera.
Es cierto que el general Obando se expresó en los términos que
dice, y aun dejó caer algunas palabras sobre
necesidad de castigo a los traidores, lo que no podía hacer por
tener "delante el tratado de Apulo"; pero no es exacto que el
Vicepresidente lo hiciese como Obando lo refiere. Al acabar de
hablar el nuevo ministro, se noto en el señor Caicedo un
sentimiento de disgusto; pero pronto se calmó, y con semblante
tranquilo le contestó poco más o menos:
"Señor general: el tratado o convenio de que me habláis tuvo
por objeto poner término a una guerra desastrosa y de éxito
dudoso. Convengo en que el artículo de que me habláis es
inconstitucional, pero a todo lo demás no puede ponérsele esta
tacha. Ese artículo inconstitucional no se consideró sino como
|transitorio sujeto a la aprobación o desaprobación de la
Convención nacional, y así se dijo en la discusión por uno de mis
comisarios; sin embargo, puede suspenderse para acallar los
escrúpulos de algunos ciudadanos. Vos podéis arreglar eso como lo
creáis conveniente. En el cumplimiento de todo lo demás está
comprometido el honor del Gobierno.
"Yo tengo confianza en los principios de moderación que os
guían, y persuadido de ello, la deposito en vos para que arregléis
el ramo militar dando cuenta en el despacho de los arreglos que
hagáis".
Así tomó posesión el general Obando del destino a que el
Vicepresidente le había llamado desde Purificación (2 de junio), y
la junta
|Moreno no quedó satisfecha de la respuesta del
Vicepresidente.
XVII
Con la llegada del nuevo ministro, corrió el general Urdaneta un
nuevo peligro. El mismo general Obando en sus
|Apuntamientos
lo indica diciendo:
"Usando del derecho que me daban las leyes, me presenté
emplazando a Urdaneta en defensa de mi reputación, para que
sostuviese la acusación sobre el asesinato del general Sucre que
me había atribuido oficialmente. El, eludiendo los alcances de la
ley, se fue de la capital, protegido por el mismo Vicepresidente,
que le hizo acompañar del comandante general del departamento
|
de Cundinamarca. Lo supe, y apenas di el paso de reconvenir
al señor Caicedo, quien me contestó excitando mi compasión para con
un desgraciado".
Efectivamente, al siguiente día de su llegada, antes de tomar
posesión del ministerio, representó al Vicepresidente, en asocio
del general López, pidiendo que los que fueron ministros de Estado
en la administración del general Urdaneta, presentasen los
documentos en que fundaron su acusación de ser ellos los asesinos
"del desgraciado Gran Mariscal de Ayacucho", y que si no lo
hacían, se les exigiese que afianzasen la calumnia y se les hiciese
responder ante la ley.
El Vicepresidente se indignó al recibir esta representación
viendo el lazo que se tendía a un hombre que tan noblemente se le
había entregado en Apulo, con quien había convenido en que se
olvidaría todo lo pasado, y que por su parte había cumplido cuanto
ofreció. Resuelto a todo antes que consentir en semejante
iniquidad, fue en persona en la misma noche a la casa en que estaba
retirado el general Urdaneta, a manifestarle el
|
peligro
que corría, y aconsejarle que acelerase su salida, pues que ya
tenía su pasaporte, porque aunque él era llamado jefe de la Nación,
no podía sostener la lucha con los verdaderos dominadores del país,
y menos podría salvarle de una asechanza. En efecto, el ilustre
proscrito partió furtivamente en la noche del 28 con el coronel
Vicente Vanegas, comandante general del departamento, quien a
solicitud amistosa del señor Caicedo se prestó a ello y le acompañó
ocho leguas, hasta que lo dejó bajando la cordillera en el camino
de Honda. Este acto de generosidad del coronel Vanegas le hace
tanto más honor, cuanto que era partidario del general Obando y
uno de los concurrentes a las juntas
|morenistas.
La señora Dolores Vargas París, hija de uno dé los próceres de
la Independencia, que fue fusilado en el patíbulo realista,
natural de Bogotá, de extensas relaciones de familia, y esposa del
general Urdaneta, tuvo que seguirle dos días después con sus
hijos, aún no salidos de la infancia, y entonces fue que vinieron a
saber los perseguidores de su esposo que se les había escapado la
presa, con la que ya creían saborearse.
No es cierto qué el general Obando se conformase con reconvenir
al señor Caicedo y que éste implorase su generosidad en favor de un
desgraciado, y lo niego, con la historia en la mano. El señor
Restrepo dice:
"Por el mismo tiempo habían marchado para salir del territorio
ciento diez entre oficiales y jefes, unos por Cúcuta y otros por el
Magdalena, quitándose por tanto este motivo de alarma para los
liberales. Empero, no habían cesado las quejas contra el
Vicepresidente porque dejó ir a Urdaneta y a otros militares contra
quienes existían reclamaciones judiciales. Decían que Caicedo
estaba empeñado en favorecer a todos los que ejecutaron la
revolución de agosto y que no queriendo hacer daño a nadie,
promovía la impunidad del crimen.
|Obando y López estaban acaso
más disgustados que-
|los otros por la partida de Urdaneta;
ellos pidieron que se les suspendiera el viaje, y aunque se les
concedió, nunca tuvo efecto".
Y ¿por qué no tuvo efecto? Porque los samarios, principalmente
el señor Esteban Díaz Granados, gobernador de la provincia, le
protegieron para que se embarcara, pues la requisitoria llegó a
Santa Marta estando aún allí.
Todos los amigos del general López vimos con profundo disgusto
que hubiera tomado parte en aquella persecución contra un hombre a
quien ofreció ante Dios y el mundo olvido de lo pasado; cuya mano
había estrechado en señal de reconciliación; de quien recibió un
regalo que hablaba, porque en aquellas pistolas que le dio
Urdaneta no quiso darle una rica alhaja, sino que quiso decirle al
ponerlas en sus manos: "general, confío en vuestra palabra de
caballero, y os entrego mis armas quedándome indefenso".
Indudablemente el general López hizo aquello con disgusto. No
podía ya resistir a las exigencias de sus copartidarios, y
principalmente a las del general Obando, con quien se hallaba tan
íntimamente ligado, y temiendo perder enteramente su posición entre
ellos, cedió.
El general Urdaneta fue recibido en Venezuela con las
consideraciones que merecía para todos los que estimaban en algo
la epopeya de la guerra de la independencia y las glorias de
COLOMBIA; se le reconoció en Su alto grado de general en jefe
(capitán general); sus antiguos compañeros de armas lo rodearon,
orgullosos de tenerle en su compañía; el general Páez, Presidente a
la sazón de aquella República, y que había servido bajo sus órdenes
como subalterno, le prodigó respetuosas y cordiales atenciones. En
fin, el ilustre veterano encontró en su patria nativa un consuelo a
las aflicciones que amargaron los últimos días de su residencia en
su patria adoptiva.
Nombrado, más tarde, enviado extraordinario y ministro
plenipotenciario de la República de Venezuela cerca del Gobierno de
España, le cogió la muerte en Europa, lejos de su esposa y de sus
hijos. Era candidato para Presidente de la República aceptado por
todos los partidos, cuando llegó a Venezuela la triste nueva, y se
le reemplazó con el general Monagas. La suerte que corrió aquel
país con este cambio es demasiado conocida, y no es de mi
incumbencia tratar de ella.
XVIII
Con la posesión del general Obando del ministerio de la guerra,
"los liberales exaltados -dice el señor Restrepo- esperaban
conseguir con su apoyo las medidas reclamadas en las juntas del 16
al 18 de mayo; así redoblaron sus esfuerzos para vencer la calma y
la fuerza de inercia que les oponía Caicedo".
Como esto era imposible porque el Vicepresidente estaba
resuelto a ceder hasta cierto punto, pero no consentir en
fusilamientos, que era lo que se quería, pensaron atropellar por
todo y derribarlo.
"Celebran, pues, al efecto otra junta revolucionaria convocada
por Moreno -continúa el señor Restrepo-, a la que asisten López,
Mantilla, Posada, Montoya, y otras muchas personas militares y
civiles. El proyecto de varios era hacer una asonada contra el
Vicepresidente, porque no perseguía a los bolivianos, enemigos del
sistema liberal; porque no les quitaba los empleos que tenían y
los desterraba fuera del país. Moreno y el comandante general del
departamento de Cundinamarca, Vicente Vanegas, se habían avanzado
hasta formar lista de los proscritos, que publicaron por la
imprenta. De los civiles, los hermanos Azueros, el doctor Joaquín
Suárez y otros, entre los que había algunos militares, se
pronunciaron decididamente contra el Gobierno y por las medidas
violentas, López, Posada, Montoya y los jefes de los cuerpos se
declararon por sostener al Ejecutivo, para que no se le arrancaran
por la fuerza providencias indebidas. Por consiguiente los
revolucionarios nada pudieron adelantar, y salieron muy
disgustados de aquella junta".
Por mi nota de La Plata al general Obando proponiéndole un
armisticio, por las posteriores al general Urdaneta, y más por el
hecho de Fute, había yo adquirido cierta celebridad pasajera, pero
que en aquellos momentos obligaba a que se me considerase; por
otra parte, mi división estaba fuerte e imponía respeto; los
coroneles Espina, Montoya, Acevedo, González y otros jefes
formábamos una liga, resueltos a sostener al Gobierno a todo
trance. Mientras el general López estuviera con nosotros éramos
invencibles, pero aunque lograran separárnoslo, éramos
respetables. Por eso fui citado a la junta, por primera y única
vez.
El general López estuvo en ella incomparablemente digno: guardó
mesura en sus palabras, no se exaltó como la primera vez; mas hizo
entender en términos positivos que sostendría al Gobierno al
frente de la división
|Cundinamarca y demás tropas de que
podía disponer, al menor amago de que se intentara
desconocerlo.
"Sin embargo -continúa el señor Restrepo- consiguieron ganar
prosélitos para dar otro paso indebido. Al día siguiente los
generales López, Moreno, Antonio Obando y Mantilla, junto con los
coroneles Orta y Juan José Molina, dirigen al Vicepresidente una
petición en que solicitan: 1º, que se renueven el Ministerio y el
Consejo de Estado, y que en estas corporaciones no tengan parte
los que hayan pertenecido a las administraciones de Bolívar y
Urdaneta; 2º, que haya una reforma de la lista civil en el mismo
sentido, disminuyendo también su número; 3º, que iguales reformas
se hagan en la
|
1 De la división
|Cundinamarca, debió añadir el señor
Restrepo.
|
lista militar; 4º, que se juzgue a los individuos, que expresan,
que habían sido los más activos sostenedores del Gobierno de
Urdaneta, y que se destituya de sus beneficios a varios
curas..."
"Esta petición, que se leyó cuando estaban reunidos los
ministros, fue apoyada por Obando, con cuyo acuerdo parece haberse
dirigido, e hizo una fuerte sensación en el Consejo. En el acto los
ministros Castillo y Mendoza dijeron que siendo dirigida contra
ellos, desde aquel mismo instante dejaban el ministerio Caicedo la
miró con indignación, y no quiso consentir en el retiro de los dos
ministros, que a pesar de esto insistieron en su renuncia".
El público en general, y los militares que apoyábamos al general
López en su oposición a los enemigos del Gobierno y de su política
conciliadora, vimos, con sorpresa y extremo pesar, su firma en un
documento que estaba en contradicción con sus manifestaciones
hechas en las juntas
|morenistas, que rompía el convenio de
Apulo en lo que tenía de más útil y de más sagrado, y que nos
hacía temer que se nos separase enteramente. Creo que él plegó por
temor a las parlerías de los liberales, que lo tachaban de débil e
indeciso, y porque le parecía que caía si perdía su posición con
los exaltados, cuando, por el contrario, se realzaba marchando
derecho en el camino del honor y del deber que había tomado desde
el principio. Esas situaciones ambiguas no se pueden sostener en
política; hay que decidirse por una cosa u otra y partir derecho en
la vía que se tome.
Ya habían salido para Venezuela y las Antillas la mayor parte de
los jefes y oficiales proscritos; no quedaban sino unos pocos de
esos que siempre están en apuros pecuniarios, y a quienes no era
posible emprender a la ligera un viaje tan largo y dispendioso. No
había el menor riesgo de perturbación del orden público
|por
parle de ellos; sin embargo, cuatro días después de
Posesionado el general Obando del ministerio de la guerra, se
expidió un decreto mandándolos salir en el término de setenta y dos
horas, "en inteligencia que no habiéndolo verificado en el
expresado término -decía el decreto- serán perseguidos y juzgados
como conspiradores y perturbadores de la tranquilidad pública por
sus hechos anteriores", es decir, serán fusilados. Los infelices
tuvieron que irse cómo pudieron, varios de ellos a pie, con sus
maletas al hombro, pidiendo limosna. Este decreto lo llevó
redactado el ministro de la guerra, al despacho. El vicepresidente
opuso dificultades para firmarlo como innecesario y violatorio de
su palabra tan solemnemente empeñada, pero nada consiguió, y
aflojando a la presión que se ejercía sobre él, tuvo que ceder,
haciendo el sacrificio de socorrer de su peculio a los más
necesitados para que pudiesen alimentarse algunos días en el
tránsito. A cada cosa de estas quería separarse y darse por
destituido, y entonces tenía que ceder a otra presión: a las
súplicas de los más respetables ciudadanos, aun de aquellos
liberales que merecían el título de tales, y no aprobaban las
demasías de sus copartidarios. "Si dejáis el puesto todo será
peor, algo impedís en él", le decían, y el señor Caicedo se
resignaba, por evitar el desborde que algún tanto contenía.
A los granadinos, que no estaban destinados a salir de la
República, se les dispersó a varios pueblos en clase de confinados.
Respecto de ellos dice el general Obando en su libro:
"La capital estaba plagada de los mismos perjuros, traidores,
asesinos y criminales que habían inundado en sangre la República, y
en ninguna parte podían perjudicar tanto como en ella. Consultando
el Gobierno las medidas que deberían tomarse, me ordenó expedir
pasaporte a esos malhechores para diseminarlos a varios puntos a
donde no encontrasen los elementos que en la capital".
¿Qué podían hacer, en qué podían perjudicar unos pocos hombres
sin crédito, sin influencia, desarmados, abatidos y pobres? ¡No! no
era el peligro el que dictaba esas medidas, en cuyo caso la
necesidad las habría justificado, era el furor de la
persecución.
Todavía esto les pareció poco: el ministro de la guerra en el
Consejo de Estado y el doctor Azuero, como consejero, querían mas.
Después de exagerar peligros que no existían, propuso el segundo,
de acuerdo con el primero:
"Que se consulte al Gobierno, declare solemne y formalmente,
publicándose en la
|Gaceta y comunicándose a
rodas las autoridades, que no existe el convenio de Apulo por
haber sido roto por los mismos facciosos".
El fundamento de esta falsa proposición era que los jefes y
oficiales de la división
|Callao no quisieron salir a unirse
al ejército del Gobierno, cuando fueron llamados pero no decían el
porqué se retardaron en obedecer aquel llamamiento, lo que cuando
más los habría hecho responsables personalmente de desobediencia,
pues cumplido el convenio en todas sus partes por el general
Urdaneta, quedó un hecho consumado. También alegaron de nulidad
del convenio diciendo que Briceño había combatido en Cerinza
violando el armisticio. Para desvanecer este miserable sofisma,
basta confrontar las fechas: cuando se celebraron el armisticio y
el convenio, ni Briceño sabía allá sobre Cerinza que se negociaba
en el cantón de Tocaima, ni el general Urdaneta sabía que el
General Moreno había pasado la cordillera y se combatía en
Cerinza. Esto no lo supo sino en Funza a su regreso de Apulo, y en
el acto lo comunicó al Vicepresidente. Es seguro que si como
Briceño fue vencido hubiera sido vencedor, se habría sostenido la
vigencia del convenio por todos los que sostenían, vencedores, su
nulidad. Otras proposiciones se hicieron sobre destitución de los
empleados públicos; declaratoria de nulidad de los grados militares
concedidos por el general Urdaneta; acusación de los impresos que
llamaron sediciosos, etc.; proposiciones todas en consonancia con
la primera. La acusación de los impresos tenía por objeto perseguir
a los que habían dicho algo por la imprenta contra los generales
Obando y López sobre el asesinato del Mariscal de Ayacucho. El
Vicepresidente nada dijo oficialmente acerca de esta consulta,
pero cuando le habló el ministro de la guerra privadamente para que
la resolviera, le contestó irritado que jamás rompería un convenio
que había jurado sostener, y que sostendría mientras le fuera
posible; que demasiadas concesiones había hecho, contra su literal
sentido, por no empeorar las cosas; que la Convención resolvería
lo que a bien tuviese, y que a ella ocurrieran los partidarios de
proscripciones y más persecuciones. Sin embargo, el ministro de la
guerra continuó ejerciendo su rigor contra los militares del
partido caído que aún estaban a su alcance.
XIX
Desde fines de marzo empezaron a moverse los departamentos en el
sentido de la restauración del Gobierno caído en agosto de 1830, y
ya en junio todos, excepto el Istmo, que estaba en guerra civil
local, habían reconocido al Vicepresidente en virtud de su decreto
de Purificación. Los pormenores del modo como se verificara en
ellos este cambio están escritos prolija y exactamente por el
señor Restrepo, y nada tengo yo que añadir, comentar o glosar
respecto a lo que este distinguido historiador ha referido sobre
ellos. Sin embargo, en obsequio de los que no hayan leído aquella
historia, si es que leen este pobre libro mío, les diré, más por la
singularidad de la cosa que por la importancia que tenga, que los
corifeos de la reacción de la provincia de Cartagena fueron el
general Luque, conocido ya de mis lectores, y el coronel Vesga,
ambos vencedores de los liberales que combatieron en
|Sans
Souci; que el general Luque fue declarado liberal y protector
de los pueblos; que el general Montilla entregó la plaza de
Cartagena por capitulación, la que al ocupar el ejército
|libertador, y el
|protector Luque la ciudad, fue,
violada, haciéndose tanto caso de ella, como por acá del convenio
de Apulo; que en Santa Marta lo fue el general Carmona, que había
resistido jurar la Constitución del año de 30, y reconocer a los
magistrados nombrados por el Congreso constituyente, y no cedió
sino por la intervención del Libertador y por la resolución del
general Montilla, comandante general, y del señor Defrancisco
Martín, prefecto del departamento; que el general Portocarrero,
aquel del movimiento del batallón
|Granaderos y el escuadrón
|Húsares de Apure, que, no reconocido como general en
Venezuela, se había ido a Santa Marta, fue el segundo de Carmona.
De manera que de los cuatro regeneradores, restauradores,
libertadores y protectores de las provincias de Cartagena y Santa
Marta, los tres eran venezolanos de los más comprometidos, en
sentido contrario en los trastornos anteriores. "Liberales de
nuevo cuño" los llama el señor Restrepo, y aun es suave la
calificación si se tiene en cuenta el trato que dieron a sus
paisanos y antiguos copartidarios.
Respecto del departamento, hoy Estado de Antioquia, tengo que
decir algo más.
El coronel Salvador Córdoba, que era boliviano, como consta por
su propia confesión, guardó silencio sobre los acontecimientos de
agosto de 1330 y se mantuvo tranquilo mientras vivió el Libertador.
Muerto éste, y habiendo llegado a su noticia el estado de la
República en marzo de 1831, empezó a dar pasos por algunos pueblos,
que inquietaron al coronel Castelli, comandante general del
departamento por el Gobierno del general Urdaneta, quien lo hizo
prender, junto con algunos otros a quienes calificaba de
perturbadores del orden, les puso grillos y los mandó para
Cartagena. En Nare fueron entregados los presos al capitán Bibiano
Robledo, antioqueño, para que con el destacamento que estaba a sus
órdenes en dicho pueblo, compuesto también de antioqueños, los
condujese a su destino. Para que su escolta se convirtiese en su
guardia de honor, no tuvo Córdoba más que dirigirles la palabra.
Castelli había cometido algunas tropelías de esas que enajenan. las
voluntades y se pagan tarde o temprano a la menor ocasión. Así fue
que Córdoba, que con su guardia volvió a internarse en el
departamento por los pueblos del norte, no encontró sino amigos por
todas partes. El antioqueño tiene una cualidad que muchos le
censuran y que yo aplaudo: antes que todo es antioqueño, y para
todo antioqueño el proverbio de "a los nuestros con razón o sin
ella" es un undécimo mandamiento añadido al Decálogo. Ojalá los
cartageneros fueran lo mismo. Castelli, piamontés, de carácter
agrio, y mandando antioqueños, no podía luchar en Antioquia con
Córdoba, querido de sus paisanos, y aunque
|demasiado bueno,
valiente y activo. Así fue que en pocos días, ayudado por todos y
dirigido por el joven doctor Mariano Ospina Rodríguez, triunfó a
muy poca costa de su adversario que cayó en sus manos. Como
Salvador Córdoba no era hombre de matanzas, impidió que Castelli
fuese fusilado, como querían los
|enérgicos, que piensan que
si no se fusila no se hace nada bueno, y siguiendo el consejo del
joven Ospina, se apresuró a mandarlo preso a esta ciudad por evitar
que sin su conocimiento, alguno lo asesinase. Eso sí, trajo el
correspondiente sumario, cosa de que no se olvidan los abogados.
Vamos a ver porqué he hecho esta relación.
Inmediatamente que llegó Castelli se le redujo a un calabozo; se
le pusieron grillos; en tres días fue juzgado por el comandante
general del departamento, condenado a muerte con el dictamen del
auditor de guerra, y puesto en capilla para ser ejecutado al día
siguiente, ¡todo en virtud del decreto sobre conspiradores por el
que fueron juzgados los conjurados del 25 de septiembre! Tal
escándalo causó la mayor sensación en Bogotá; se vio el principio
de una serie de ejecuciones semejantes que consternó a muchas
familias; el Vicepresidente se indignó pero se le negó la facultad
de
|interrumpir el curso de la justicia. El doctor Azuero
voló al ministerio de la guerra y reclamó del general Obando aquel
procedimiento, manifestándole que el decreto en que se fundaba
estaba derogado, y aconsejándole que mandase juzgar al reo en
consejo de guerra de oficiales generales. El consejo del doctor
Azuero suponía el juicio seguido por todos sus trámites, conforme
al formulario de procesos militares. Pero esto era muy tardío, y
así lo que se hizo fue mandar sacar al acusado de capilla y
convocar en el acto un consejo de guerra, que se reunió de
carrera, y que debía fallar por lo actuado por el comandante
general del departamento, conforme al decreto derogado: de manera
que la cuestión quedó reducida a que en lugar del comandante
general fuese una comisión militar, nombrada
|ad hoc, la que
dictase la orden del asesinato en forma de sentencia.
Yo me hallaba en el ministerio de la guerra despidiéndome del
general Obando -José María- para irme unos quince días a Guaduas,
en uso de una licencia que había obtenido para reponer mi salud. Ya
me levantaba para salir, cuando entró apresurado el teniente
coronel Vicente Anaya, que vive, y me dijo:
-Mi coronel, el señor general Antonio Obando llama a usía a casa
del auditor de guerra.
-¿Sabe usted para qué? pregunté a Anaya.
-Es porque el coronel Castelli ha nombrado a usía su defensor, y
el consejo de guerra que está reunido se ha suspendido esperando a
usía, me contestó.
Yo sabía todo lo que había pasado hasta que se sacó de capilla
a Castelli, y en el momento comprendí lo que estaba sucediendo.
Vamos, dije a Anaya, y salimos.
Durante este corto diálogo estuvo el general Obando escribiendo
sin levantar la cabeza. Al despedirme lo hice en dos palabras
-"Adiós, señor general" -"Adiós, coronel".
En el tránsito del ministerio a la casa del auditor me informó
Anaya de lo que yo ignoraba. Al pasar cerca del atrio de la
catedral vi al Vicepresidente agitado hablando con un gran número
de personas que lo rodeaban, y al coronel Piñeres, que se paseaba.
Muchas personas de las que allí había me siguieron. Costó inmenso
trabajo entrar a la casa: la sala, el corredor, el balcón, todo
estaba lleno de gente de lo más distinguido de la ciudad. La
ansiedad era extraordinaria. Se me hizo campo, entré, vi sus
amigos y compañeros míos sentados y presididos por el general
Antonio Obando, segundo jefe del ejército. Castelli, pálido,
extenuado, sentado en un banco sin espaldar, tenía un papel en la
mano, cuya lectura interrumpió a mi entrada. Un silencio profundo
reinó por algunos minutos en la sala, mientras yo, me incorporé y
me dirigí al general que presidía.
-Señor general, le dije, he sido llamado en vuestro nombre,
aquí estoy ¿para qué se me ha llamado?
-El coronel Castelli, a quien se está juzgando en consejo de
guerra, por orden del Gobierno, ha nombrado a usía su defensor, y
este es el objeto con que se le ha llamado, me contestó el
general.
-Y usía y los seis jefes que están aquí ¿con qué carácter están
reunidos? pregunté, ya en un estado de irritación que no podía
dominar.
-Estamos reunidos en consejo de guerra de oficiales generales,
me replicó el general, en extremo alterado.
-¿Para juzgar a quién? volví a preguntar.
El general se puso de pie y me gritó:
-Al coronel Castellí, se os ha dicho ya, señor coronel.
-Pues entrégueseme el proceso por el término que previene la
ordenanza, para hacer mi defensa escrita, porque hasta ahora no sé
por qué delito se juzga al coronel, repliqué yo en alta voz.
En la numerosa concurrencia apiñada en la sala no se oía ni
respirar. El general, que observó el interés que el público
manifestaba en la escena, conoció que estaba en una posición falsa,
y me dijo en un tono en el que casi no se percibía lo que
hablaba:
-Al coronel Castelli se le juzga por conspirador; el consejo
está reunido, y vuestra defensa debe ser verbal; ya el coronel
Castelli ha leído la suya escrita.
-Pues, señor general, repliqué, si es así, yo no me encargo de
la defensa del coronel Castelli, porque como conspirador no la
tiene. Este acto me prueba que el convenio de Apulo está roto en
lo más sustancial, aunque otros me habían ya probado que no se
hacía caso de él.
Castelli me miró suplicante. En el público hubo un rumor de
improbación; pero yo continué dirigiéndome a los del consejo:
-No, señores, yo no puedo defender al coronel Castelli pero
quiero defenderos a vosotros; esto es, quiero impedir que derraméis
sobre vuestras cabezas la sangre de un hombre a quien se os ha
llamado a sacrificar, no porque fuera conspirador, como lo fue el
coronel
|
Piñeres, a quien acabo de ver al venir aquí, y
como no fui yo. ¡No, señores! lo repito: el Coronel Castelli no se
encuentra sentado en ese banco por conspirador, sino porque
publicó un artículo en un periódico en el que acusaba a los
generales Obando y López de asesinos del Gran Mariscal de
Ayacucho.
La casa tembló bajo los aplausos del público.
---Al orden, al orden, gritaron algunos de los miembros del
consejo.
-Aquí no hay orden que guardar: todo es desorden. Vosotros no
estáis constituidos en consejo de guerra; sois una junta de
hombres escogidos, no para dictar una sentencia con arreglo a las
leyes, sino para autorizar con vuestra firma el más odioso de los
asesinatos: el asesinato disfrazado con el ropaje de la
justicia.
Los aplausos redoblaron; los gritos de "al orden, al orden" se
repitieron. Yo tomé mi sombrero.
-Compañeros y amigos míos, me retiro, les dije. Ya no tengo que
hacer aquí; meditad bien mis palabras, salvaos y salvad la patria
del oprobio que caerá sobre ella y sobre vosotros si sacrificáis a
ese hombre, contra todas las leyes divinas y humanas. Y me salí de
la sala y de la casa, seguido por una multitud que se dispersó
comentando con exaltación lo que acababa de suceder.
Yo estaba tan excitado cuando hablé, que no pensé en las
consecuencias que podía acarrearme aquel lance, tan peligroso para
mí en las circunstancias en que se hallaba el país; algunos amigos
me alarmaron; pero nunca, ni el general Obando ni el general López,
me dieron motivo de queja, ni la menor muestra de que guardaban
rencor por aquello. Por otra parte, no hay motivo alguno para
pensar que el segundo hubiera tenido intervención en aquel
procedimiento. Usando de la Iicencia que tenía me fui para
Guaduas, en la madrugada del día siguiente, y allá supe que el
consejo de guerra, como se llamaba, apenas salido yo de la sala, se
ocupo en discutir la cuestión promovida por mí, y resolvió
suspender la sesión y consultar al Gobierno si el convenio de Apulo
estaba vigente, y si en el caso de estarlo se hallaba comprendido
Castelli en él. La duda se fundaba en que Castelli había sido
derrotado el 14 de abril y hecho prisionero el 15, y habiéndose
celebrado el convenio el 28 de dicho mes, no estaban en armas, y
por consiguiente no le comprendía. ¡Ay del vencido!, dijo Breno.
Si Castelli hubiera sido vencedor, semejante duda no habría
ocurrido. No me son conocidos los términos precisos en que se
resolviera esta consulta; pero el hecho es que se consideró un
punto de honor del Gobierno, o lo que es lo mismo, de la
secretaría de guerra, que Castelli fuese juzgado por el mismo
consejo y condenado; que la sentencia se pasase a la corte marcial
que la aprobaría, y que el Gobierno la conmutara en destitución y
destierro perpetuo del país. Mientras esto se hacía, estaba
Castelli, sin hierros, preso en la guardia principal, de muy
diferente manera de como lo estuvo al principio, y se le permitía
salir a la puerta de la calle. En uno de esos momentos, para
asegurarse más, y protegido por el comandante Anaya, corrió al
atrio de la catedral, y se paró en la puerta: tomó iglesia. Esto
facilitó la conmutación de la pena y dio a esta resolución un
colorido más favorable al
|Gobierno.
|
El general Obando en sus
|Apuntaciones para la historia,
refiere este suceso de una manera del todo diferente; pero viven
miles de personas que saben que las cosas pasaron como yo las digo,
y muchos que las presenciaron.
Salvo ya Castellí del patíbulo, fue acusado su artículo ante el
jurado, y compareció en medio de una escolta, que con bayoneta
armada le rodeaba. Por toda defensa dijo que no tenía pruebas con
qué sostener lo que había escrito, y efectivamente pruebas legales
no había; que la exaltación del espíritu del partido le había
precipitado a hacer aquella publicación. El general Obando, que
estaba presente, desistió de la acusación, dice:
"Jamás me vi tan elevado como cuando vencedor comparecí en un
tribunal al nivel de un prisionero de guerra, reclamando mis
derechos ante la ley".
XX
El mismo día de haber tomado posesión del ministerio de la
guerra el general Obando, presentó al Vicepresidente un proyecto
de decreto, redactado por el señor Azuero, restableciendo en su
empleo y honores al general Santander. El Vicepresidente le expuso
que no tenía facultad para alterar una sentencia pronunciada
conforme a las disposiciones vigentes cuando se dictó; pero que sin
embargo firmaría el decreto si se prescindía del segundo de sus
fundamentos, que decía:
"Considerando que después de una carrera sembrada toda de
merecimientos, y llena de servicios eminentes, fue solamente por la
inflexibilidad y denuedo con que, defendió los fueros y libertades
del pueblo que se le despojó de los grados y honores adquiridos en
premio de sus servicios, y se le condenó a los tormentos de la
expatriación", etc.
La aprobación de este "considerando" era la aprobación
explícita de la conjuración del 25 de septiembre de 1828 contra la
vida del Libertador, pues por causa de ella fue que se procedía
contra el general Santander, y no porque hubiera defendido, con
inflexibilidad y denuedo, las libertades y los intereses del
pueblo. Declarar esto por un Decreto era muy delicado para el jefe
de la nación, como lo sería hoy mismo hacerlo de la misma manera.
El general Santander negó siempre haber tenido parte en aquel
trágico suceso; pero conforme a las disposiciones vigentes, merecía
la pena que se le impuso, porque se comprobó que tuvo noticia
anticipada del intento y no lo denunció. Estos hechos no se
justifican ni se condenan por decretos, ni aun por sentencias: sus
jueces son la opinión del mundo y la historia. El general
Santander merecía sin duda por otras razones, y por su mérito
anterior, volver a su país, reintegrado en su empleo y honores;
pero no por motivo en que se fundaba el decreto, y el
Vicepresidente tenía razón en rechazarlo.
También exigió que se reformase el tercer "considerando", que
decía:
"Todos aquellos ciudadanos que han sido condenados a presidio,
a la confinación en alguna isla o provincia, o expulsados de la
República en castigo de sus opiniones o de sus esfuerzos por la
libertad, quedan igualmente restituidos a sus derechos y honores",
etc.
Esta era una aprobación más terminante aún del atentado, y no
sólo una aprobación sino elogio, no ya de un ciudadano eminente a
quien no se probó participación directa en aquel hecho, sino de
los conjurados convictos y confesos que lo ejecutaron, dando a unos
la muerte y causando la de otros muchos.
Siete días resistió el concienzudo Vicepresidente firmar el
decreto. De ello se le hacía un crimen en los conciliábulos
liberales, y al fin se vio forzado a firmarlo, porque no había
remedio: o cedía a cuanto se le exigía, o tenía que darse por
destituido, y este era el peor de los males; pues algunas demasías
evitaba, y su separación del puesto habría traído por consecuencia
la tiranía sin freno de la demagogia, que es la más terrible de
todas las tiranías.
Sin embargo, muchos le censuraban sus condescendencias, y se
hacían comparaciones. Los vencedores en El Santuario; se decía, no
exigieron antes de lanzarse a las vías de hecho, ni después de su
triunfo, tantas cosas como las que los llamados restauradores
exigían después.
En los primeros era un delito imperdonable el que tratara de
imponer su voluntad al Gobierno; en los segundos era meritorio que
se la impusieran. Esta comparación se hacía, y se preguntaba: ¿por
qué el Vicepresidente no dice: "yo lo quiero, y lo mando", o deja
el puesto? No era yo de los que pensaban así, porque ¿hasta dónde
hubiera llegado el abuso de la fuerza si el Vicepresidente hubiera
dejado de contrarrestar abandonando su puesto? Decir: "yo lo
quiero, yo lo mando", le era imposible.
XXI
Las elecciones para la Convención se hicieron en las más de las
provincias, como se hacen las elecciones cuando un partido triunfa
del otro. Debía reunirse el 15 de octubre, pero por falta de quórum
no pudo hacerlo sino diez días después. El Vicepresidente en
persona, acompañado del ministro de la guerra, la instaló en el
local (la capilla castrense) en que tuvo sus sesiones el Congreso
constituyente del año anterior, y el mismo día le dirigió el
mensaje de costumbre, y su renuncia de la Vicepresidencia.
En el primero, ya no habla como magistrado colombiano. Empieza
así:
"Bien grato es a mi corazón saludar hoy a los representantes del
|pueblo granadino. Habiendo llegado este día de esperanza
para la
|Nueva Granada, mis votos han sido satisfechos".
Luego hace una reseña de todos los sucesos ocurridos; de su
decreto de 14 de abril por el que se declaró en ejercicio del Poder
Ejecutivo, y dice:
"Dos pequeñas divisiones a las órdenes de los jefes
republicanos, generales Obando y López en Popayán, y coronel
Posada, en Neiva, eran el punto de apoyo de las reacciones
parciales, y la esperanza de los pueblos. A la destrucción de estas
fuerzas se hubiera seguido la más espantosa anarquía y la absoluta
desolación del país. Al fin, no lo dudo, habría triunfado la
opinión; mas este triunfo debería producir la muerte de millares de
hombres, se hubiera visto correr su sangre en una batalla y nos
hubiera quedado el triste consuelo de ver sacrificadas centenares
de víctimas inocentes".
Sigue manifestando que al dar su decreto mencionado ignoraba
los acontecimientos que tenían lugar en los diferentes puntos de la
República, y dice:
"El Gobierno podía obtener los objetos de la reacción y la más
brillante victoria, no empañada con una gota de sangre ni con
lágrimas.
"Se inclinó, pues, el Gobierno a las medidas de conciliación, y
en las Juntas de Apulo tuvieron lugar los convenios que han llevado
este nombre.
"Vosotros habéis tenido la complacencia de transitar por los
pueblos sin oír los gemidos de la viuda y del huérfano que habrían
quedado, si prefiriendo una guerra fratricida a los convenios,
sangrientos combates hubieran establecido el Gobierno nacional.
Este triunfo, a la vez de la justicia y de la razón, designará el
grado de civilización del país, no será olvidado en las bellas e
interesantes páginas de nuestra historia, y marcará la clemencia
del Gobierno, la humanidad, moderación y virtudes que dignamente
representáis", etc.
No puede hacerse una apología más exacta y vigorosa del
convenio de Apulo. La parte que tuve en él me enorgullece, y mi
firma estampada a su pie no la borraría por todo el oro de la
tierra.
A pesar de lo que se había hablado contra el Vicepresidente, por
los esfuerzos que se hizo para que se tuviera algún respeto por su
palabra empeñada en aquel tratado salvador; a pesar de que entre
los diputados había muchos de las juntas
|morenistas, la
fuerza de la razón obligó a casi todos a reconocer la importancia
de los servicios prestados por el ínclito varón, que tan ofendido
fuera, precisamente porque los prestaba.
La respuesta al mensaje, firmada por el Presidente de la
Convención, señor José Ignacio de Márquez, fue digna y justa. El
Vicepresidente fue vindicado y quedó satisfecho.
Desde las primeras sesiones se vio una división notable entre
los miembros de la Convención: casi la mitad estaba compuesta de
liberales moderados, o sea liberales verdaderos, que más tarde
vinieron casi en su totalidad a ser conservadores; y la otra mitad,
de liberales de la escuela de Dracon. Los cuerpos colegiados
homogéneos se dividen más pronto y más profundamente que aquellos
amenazado por el partido adversario, se divide de tal manera que
cada una de sus fracciones se une más fácilmente al enemigo común
que entre si a menos que éste imprudente e insensato gruña, a la
una y a la otra obligándolas a compactarse para defenderse. Saber
aprovecharse de la división, atrayéndose, o adhiriéndose en
ciertos casos, a los mejores, es para un partido caído un recurso
más eficaz que sus propios esfuerzos.
El círculo de los exaltados en la Convención volvió a sus
hostilidades anteriores contra el Vicepresidente, juzgando que no
aceptaría ni pondría en práctica las leyes de persecución que se
proponía hacer pasar, y para destituirlo de una manera diferente
de como antes lo intentaran, hablaron de establecer un Gobierno
provisorio para la
|Nueva Granada. Los moderados frustraron
aquella idea, que envolvía un ultraje inmerecido al hombre suyos
servicios reconocía, proponiendo que se considerase la renuncia que
había hecho, la que en efecto se admitió el 21 de noviembre. Al
siguiente día se procedió a nombrar la persona que debía
sucederle. La elección empezó a las once de la mañana, y a las
nueve de la noche, después de diez y siete votaciones, sin
interrupción, resultó electo el general Obando. Su competidor era
el señor Márquez, jefe del círculo moderado. Estaba, pues, en
mayoría el partido draconiano.
El primer triunfo que les dio su mayoría fue una ley reservada,
que confería facultades extraordinarias, y prevenía que fueran
expulsados de la República, o confinados a diferentes puntos,
todos los ciudadanos no militares que hubieran tenido parte en la
revolución de 1830, o hubiesen servido en altos puestos al Gobierno
del general Urdaneta, todo a juicio del Poder Ejecutivo. Los
jefes y oficiales del ejército y de la milicia debían ser
borrados de la lista militar, con solo haber servido a dicho
Gobierno, aunque no hubieran tenido parte en la revolución. Se
exceptuó a los que hubiesen cooperado activa y eficazmente al
restablecimiento del
|Gobierno legítimo; porque este Gobierno
era unas veces legítimo y otras ilegítimo, según les convenía. La
excepción, que me comprendió a mí, se puso por necesidad, pues
todos los
|pro
|tectores y libertadores de las
provincias de Cartagena y Santa Marta habían tomado parte en la
revolución y combatido a los liberales; el jefe y los oficiales
del batallón
|Cazadores de Bogotá, después
|Palmira,
habían servido al Gobierno de Urdaneta; el coronel Vicente Vanegas
había sido nombrado por el mismo Gobierno ministro de la suprema
corte marcial, y ejerció el destino hasta que se fue a Purificación
a reunírseme; y algunos otros se halIaban en el mismo caso. El
nuevo Vicepresidente sancionó la ley sin hacer la menor
observación.
Respecto de los militares, ya le quedaba muy poco que hacer,
pues en su dictadura como ministro de la guerra se había anticipado
a la ley secreta. Pero se dio publicidad al decreto borrándolos de
la lista militar. Diez y siete generales, cuarenta y nueve
coroneles, cincuenta y ocho tenientes coroneles y ciento cincuenta
y ocho sargentos mayores, capitanes y oficiales subalternos del
ejército, fueron así arrojados ignominiosamente de las filas,
contra la Constitución que dijo iba a restablecerse, y contra un
tratado que quedó consumado de la manera mas solemne, y por lo
menos la mitad de ellos eran granadinos. De las milicias fueron
borrados trece coroneles y ciento cincuenta y un oficiales
subalternos, de diferentes grados, todos granadinos. Y así se
cumplió el convenio de Apulo.
Muchos de los militares expulsados eran granadinos, sin que se
exceptuaran ni esos pobres subalternos que no tienen medios para
contrarrestar un poder mayor. Algunos extranjeros y venezolanos
casados y con hijos en el país, fueron también arrebatados del seno
de su familia, con bárbara crueldad y contra todo derecho. Citaré
nominalmente, por una circunstancia dolorosa, al General Luis P.
de Lacroix, francés distinguido, antiguo y benemérito servidor de
la guerra de la Independencia. El general Lacroix no tuvo parte en
la revolución del Callao en 1830. Sirvió después como jefe de
estado mayor general del ejército de Urdaneta. En su calidad de
tal comunicó el convenio de Apulo a las tropas que en los
departamentos dependían de dicho ejército, y se separo en el acto
sin tomar parte en nada después.
En mi segundo viaje a Europa estuve en Paris en 1836, y el mismo
día de mi llegada vi anunciado en los
diarios el suicidio de dicho general, ejecutado veinticuatro
horas antes, de un pistoletazo. Habíamos sido amigos, nos
estimábamos, y yo apreciaba además en él al antiguo y buen
servidor, en la noble causa, la verdadera noble, la única de
memoria inmortal. Inmediatamente fui a verlo, y ya lo habían
inhumado. ¿Qué produjo en aquel hombre respetable un acto de tan
suprema desesperación? El único motivo que puede hacerlo
disculpable tal vez: la separación indefinida de su esposa y
familia. Yo rogué a Dios con todo el fervor que el hecho mismo me
inspiraba, que perdonase aquel extravío de la razón causado por el
más intenso de los dolores que pueden afligir al hombre, como
esposo y padre.
El general Obando, en el primer puesto, fue muy diferente de lo
que había sido cuando aspiraba a él. Se separó de los más
ardientes de sus partidarios, y se entregó al señor Castillo Rada,
que le inspiró mejores ideas y lo encaminó por el sendero de la
moderación. Así fue que de los civiles sólo dos ciudadanos
sufrieron la expatriación y veinticinco fueron confinados
temporalmente a pueblos de benigna temperatura, y algunos a sus
haciendas. Esto ha sucedido frecuentemente. Muchos hombres se
manifiestan de un modo cuando pretendientes y de otro cuando
presidentes. Ojalá sucediera siempre así.
Yo hice cuanto estuvo de mi parte por conservar la obra
grandiosa de Bolívar, y su poder, y su respetabilidad, y su
gloria. Ningún remordimiento me queda por su destrucción; cuando me
vi forzado a obrar como granadino, ya el mal no tenía remedio: la
disolución estaba consumada.
Tomadas estas medidas, la Convención hizo los funerales de la
gran COLOMBIA, expidiendo un decreto legislativo que organizaba la
nueva administración del GOBIERNO DE LA NUEVA GRANADA, y procedió a
discutir la Constitución para la "República de la Nueva Granada".
Desde este punto empieza una nueva era, era terriblemente
desastrosa, era de patíbulos, era de feroces matanzas, era, en fin,
que será el escándalo de la historia.