INDICE

 




realmente difíciles y complicadas, y el término que han tenido los pasos que usted osó dar, hace que más bien deba estarle agradecido que estar quejoso de usted".

"Mi general, le contesté yo: esas notas oficiales y esas cartas particulares las tracé con el corazón en la mano; las cosas han pasado punto por punto como las fui describiendo; yo sé que en Bogotá, unos dicen que todo lo sucedido en Neiva ha sido obra mía; en el ejército se me llama tránsfuga, y otros me califican de diferentes maneras: esto sucede siempre, y yo lo es­peraba. Los acontecimientos me atropellaron: destruyeron mis combinaciones pero sin faltar a la confianza que usted había hecho de mi, detener los males de una guerra a muerte como la que se anunciaba, y en el conflicto de tener que optar entre mi país y él Gobier­no, preferí lo primero, proponiéndome, por medio del venerable general Caicedo, salvar al segundo, y lo he conseguido; estoy, pues, tranquilo".

El general Urdaneta no me contestó, me tendió la mano y apretó la mía con tal emoción, que yo no pude resistir, y se me saltaron las lágrimas; entonces me abrió sus brazos y me estrechó en ellos.

"Adiós, Posada, me dijo, no hablemos más: si el convenio que hemos acordado se ejecuta por todos con lealtad, hemos hecho un gran bien al país. Yo no he cedido por falta de medios y fuerzas para haberme sostenido hasta la reunión de la convención: he ce­dido por amor a la tierra en que floreció mi juventud, a la patria de mi esposa y de mis hijos. Me voy a Venezuela; usted quedará aquí; ¿qué suerte correre­mos? nadie puede saberlo; el Libertador tenía razón cuando en su desconsuelo exclamaba que todos nuestros trabajos para fundar una república grande, respetable y dichosa eran perdidos. Una serie de revoluciones de­sastrosas es lo que yo veo por todas partes, y esto me aflige. Adiós, sea usted siempre |bueno".

Y nos despedimos para no volvernos a ver mas.

Sombra veneranda de mi ilustre amigo y protector, si allá en ese mundo que no comprendo, pero en el que creo, se ve lo que pasa en este del dolor y de las tribulaciones, admite la expresión de mi gratitud en este libro que Dios me ha permitido escribir, para aclarar hechos desfigurados por las malas pasiones, y salvar tu memoria del baldón que la calumnia o el error ha derramado con tanta profusión sobre tu esclarecido nombre!...

Al despedirse todos con la mayor cordialidad, sacó el general Urdaneta de las pistoleras de su montura un par de magnificas pistolas que le había regalado el duque de Montebello, y se las dio al general López, quien llevó su complacencia hasta montar a caballo y acompañarle hasta más de media legua. Las pruebas de reconciliación que se dieron fueron públicas, y el mismo López las confiesa en sus |Memorias, y dice:

"Entre estas manifestaciones se contenía la de un secreto arrepentimiento por su decreto en que me había proscrito y que una política mal aconsejada le había arrancado".

Y sin embargo de esta caballerosa reconciliación, el general López, por halagar a sus copartidarios, prodiga en su escrito al general Urdaneta el inmerecido epíteto de "usurpador" ¿Esto aflige.

 

 

En el instante mismo de llegar el general Urdaneta al pueblo de Funza (en la mañana del 30) de regreso de las Juntas de Apulo, pasó al Consejo de Estado un expresivo y sentimental mensaje, participándole el con­venio celebrado en dicho punto, y que desde aquel mo­mento cesaba, de hecho, en el ejercicio del Poder Eje­cutivo; que por tanto se sirviera el Consejo "nombrar la persona que hubiera de encargarse de la suprema autoridad".

También expidió dos proclamas en un lenguaje con­ciliador, una a sus conciudadanos, otra al ejército, excitando a todos a la paz, a la obediencia al nuevo Gobierno, y calificando el convenio de Apulo de "ave­nimiento glorioso". En cumplimiento de lo estipulado licenció los cuerpos de milicias, diciéndoles:

"Os doy gracias por vuestros servicios y por vues­tra fidelidad; y desde hoy podéis retiraros al seno de vuestras familias, con la satisfacción de haber contri­buido al logro de la paz".

 

En seguida se vino a la ciudad y no se le vio mas. Cumplió, pues, por su parte lo convenido en Apulo.

El general López, por el contrario, lejos de licenciar nuestros cuerpos de milicias, los aumentó.

En la tarde del mismo día se ocupó el Consejo de Estado del citado mensaje, y acordó declarar vacante la plaza del jefe del Poder Ejecutivo y nombrar para aquel puesto al general Caicedo; y en nota de la mis­ma fecha, le llamó diciéndole:

"Vuestra excelencia, que conoce el voto nacional, estará penetrado de la urgencia con que es reclamada su persona en la capital y al frente de los negocios, y estaría de más el encarecimiento que yo (el Presi­dente del Consejo) hiciera a vuestra excelencia los vehementes deseos del Consejo porque vuestra exce­lencia apresure su venida, y su posesión de la silla del Gobierno".

La indicación del general Urdaneta sobre el par­ticular y esta resolución del Consejo, fue cuestión de amor propio en la que prevaleció el voto de García del Río, que sostenía la inconstitucionalidad de la po­sesión del Vicepresidente como tal, y decía que reco­nocerla, aun cuando fuese legal, sería declararse ven­cidos sin haberlo sido.

El general Caicedo no se dio por entendido de se­mejante acuerdo del Consejo, no contestó la nota, y continuó en todos los actos denominándose "Vicepre­sidente de la República encargado del Poder Ejecu­tivo", de modo que cada uno hizo lo que había dicho en Apulo.

Pero comprometida su palabra como caballero y como magistrado, se propuso seguir la línea de con­ducta que el convenio le trazaba, y fue animado de estos nobles sentimientos que salió en la mañana del 29 para esta capital. Ni él ni ninguno de nosotros tenía la menor noticia de lo que pasaba en el resto de la República; nos creíamos solos, y así estábamos persuadidos de que nuestra obra, sostenida por el gran ciudadano que todas las bocas invocaban y que todos los corazones llamaban, iba a poner fin a la revolución sin más desafueros, a pasar la esponja empapada en las aguas del olvidó sobre todos los pesares públicos, sobre todos los errores, sobre todas las pasiones; y a restaurar en la paz y en la concordia la dicha y el honor perdidos por tantos sacudimientos desastrosos. ¡Cuán lejos estaba el ínclito jefe de la República de prever lo que se le esperaba, y nosotros de sospecharlo siquiera!

Su llegada a la capital se deseaba por todos con la mayor ansiedad, porque el relámpago volvía a sur­car el espacio y el trueno a retumbar por el lado del norte. Una ovación espléndida se le preparaba para su entrada, que estaba fijada para la mañana del 3 (ma­yo); pero el modesto republicano, para evitarla se ade­lantó, y en silencio, acompañado de dos o tres perso­nas llegó a su casa a las once de la noche del 2, y en la mañana del 3, cuando todos se preparaban para recibirle, hizo saber a los bogotanos que ya estaba entre ellos por la siguiente proclama:

 

DOMINGO CAICEDO

 

"Vicepresidente de la República, encargado del Poder Ejecutivo.

 

"¡Conciudadanos! Arrancado del reposo de mi vida privada, por el deseo más ardiente de vuestro consuelo, tengo hoy la gloria de ver el principio de dicha que mi corazón presentía.

"Un tratado que concilia el honor del Gobierno con la dignidad nacional, asegurándole la paz y la concordia, ha sido el resultado de mis desvelos. El 28 de abril de 1831 forma una nueva era para nosotros:

en él comienza una época gloriosa y la más laudable en la posteridad. Este día ha cubierto con un denso velo todo lo pasado y derrama el bálsamo de la paz en los hijos de este suelo que nos pertenece.

"¡Compatriotas! Librad vuestra confianza en el Gobierno: él os ofrece protección y garantías inviolables en el cumplimiento de las leyes. Abrazaos recíproca y cordialmente, y al olvidar para siempre el recuerdo de nuestras quejas jurad todos en vuestro corazón, no existir sino para la Patria, para este ídolo de los co­lombianos.

 

"¡Amigos! Vosotros me conocéis, ¿podré yo ser una garantía de vuestra tranquilidad? Si aún merezco algún aprecio, y si al menos me tenéis por honrado, y buen patriota, mi sangre es la prenda que os ofrez­co, vuestra gratitud será mi más cara recompensa.

 

"DOMINGO CAICEDO"

 

Bogotá, 3 de mayo de 1831".

 

Estas pocas palabras pintan al hombre.

Un acto tan magnánimo y tan fecundo en prove­chosos resultados; un acto qué afianzó la paz evitando un nuevo rompimiento; un acto que hizo al Gobierno un centro de unión y obligó a todos en todas partes a sometérsele, lo califica el general Obando en sus |Apuntamientos tantas veces citados, casi como una trai­ción; dice así:

"Dio entonces Caicedo un paso que ocasionó justos recelos contra él, y que para mi le hará siempre un hombre sospechoso: entró a Bogotá solo, cuando estaba ocupada por las fuerzas de Urdaneta, que tenía todavía 1.500 veteranos. Una de tres: o lo hizo por una intre­pidez temeraria, o lo hizo de tonto, o lo hizo por con­nivencias con el enemigo".

Yo me abstengo de hacer la menor observación sobre esta censura del paso dado por el señor Caicedo, que todo hombre imparcial estimará como el más dig­no de alabanza de cuantos en su honorable vida ejecutara. Pero esas acusaciones que hace el general Obando al eminente ciudadano que fue en aquella época difícil el iris de paz, el consuelo de la patria, arguyen contra las que hace a otros menos notables, por el motivo único de haber, como lo he dicho antes, sido fieles en 1840 al Gobierno constitucional, y haber combatido y vencido la revolución que él le hizo ¹.

 

1 Sobre este libro | del general Obando, que la historia tiene que glosar, pues que a ella esta dirigido, ha escrito mucho el general Mosquera. Yo no lo conocía sino por lo que había visto en los escritos de este general y | del señor Irisarri, pues se cometió la necedad de sustraería en las aduanas, y | solo ahora he podido con dificultad conseguirlo de un amigo.    


 

VIII
 

 

Por decreto de 17 de abril en Purificación, había el Vicepresidente formado su ministerio, nombrando para el despacho de hacienda al señor Castillo Rada; para el del interior, al señor Pedro Gual, que ambos habían sido secretarios de Estado en la administración del general Santander; para el de relaciones exteriores, al señor Alejandro Vélez, y para el de guerra, al ge­neral José Maria Obando. No hallándose en la capital sino él primero de los nombrados, dispuso por otro decreto que mientras venían los señores Vélez, Obando y Gual continuaran en sus puestos los señores García del Río, Jerónimo Mendoza y general Pey, ministros del general Urdaneta. Varias otras medidas de refusión de los partidos tomó, que tuvieron un resultado contraproducente, porque los partidos no se refunden jamás; se descomponen, se engruesan y disminuyen separándose y adhiriéndose sus miembros del uno al otro y al uno y al otro; pero pretender amalgamar a hombres divididos en principios, y más que en principios en intereses, es pretender disolver el aceite en el agua y formar de ambos un solo líquido.

En el nombramiento de consejeros de Estado llevó el Vicepresidente su patriótica aunque irrealizable idea más lejos todavía que en el de sus ministros. Los nom­bres de Vicente Azuero y Juan García del Río; de José Maria Ortega y Diego Fernando Gómez, empa­rejados, sonaban mal al oído; así fue que lo que debía suceder sucedió: ningún partido quedó contento.

García del Río, que tenía un carácter de hierro, suscitó en el Consejo de Estado una cuestión que pudo producir un nuevo y terrible rompimiento, no ya con el general Urdaneta, que no se mezclaba en nada: su partido lo acusaba de haberlo entregado maniatado a sus enemigos por un sentimiento de filantropía incon­gruente en momentos en que no se debía sino combatir, y más cuanto que tenía probabilidades de vencer, y esta acusación llegó a excandecer los ánimos tanto que Urdaneta tuvo que ocultarse. Pretendió García del Río en el Consejo de Estado que el general Caicedo pres­tase juramento para ejercer el Poder Ejecutivo en vir­tud del nombramiento que el mismo Consejo había hecho en él. Esta pretensión irritó al general Caicedo, quien decididamente declaró que había reasumido el mando como Vicepresidente de la República y no por el nombramiento del Consejo; que por tanto no nece­sitaba prestar un nuevo juramento para ejercer un po­der a que la Constitución lo llamaba, hallándose ausen­te el Presidente. García del Río hacía presente que los jefes y oficiales, tropas y ciudadanos comprometidos estaban alarmados, que se creían expuestos a la ven­ganza del partido liberal y que sólo se habían sometido al convenio de Apulo jurando al general Caicedo sostenerlo, lo que no podría hacer sino ejerciendo el mando en virtud del nombramiento hecho en él por el Consejo, pues como Vicepresidente "se renovarían las escenas pasadas en que se les reputaba como faccio­sos". he aquí uno de esos conflictos que producen revoluciones, en los que todos tienen razón. Al fin el Vicepresidente convino en que al contestar el discurso que debían dirigirle las autoridades reunidas en el pa­lacio al felicitarlo por su llegada, diría que ofrecía "cumplir con sus deberes y con el convenio celebrado en las Juntas de Apulo"; y así se hizo, él mismo día 3, después de circulada la proclama.

 

 

IX
 

 

Separado el Vicepresidente de nosotros para venir a la capital, se ocupó el general López en comunicar a todas partes los hechos que habían tenido lugar y su nombramiento de general en jefe del ejército de operaciones. Mi división había aumentado en unos 200 hombres: 10 del batallón |Palmira venidos del Cauca y 100 de voluntarios de Neiva; pero su fuerza verda­dera y útil la constituía la de la antigua columna, con la que serví de escudo al Vicepresidente para que dic­tase su decreto, de gloriosísima memoria, en el que se declaró en ejercicio del Poder Ejecutivo. Contando ya, pues, la división |Cundinamarca con una fuerza de unos mil hombres o algo más, dispuso el general Ló­pez que nos moviéramos a situarnos en la Mesa de Juan Díaz, pueblo grande, de recursos para la subsis­tencia y abrigo de la tropa y a unas doce leguas de la capital. Allí se proponía esperar órdenes del Vicepre­sidente, saber hasta dónde llegaba la obediencia que le prestaran las tropas que acababan de pertenecer al Gobierno del general Urdaneta, y cómo y de qué ma­nera debíamos salir a la gran sabana para asegurar las conquistas incruentas que habíamos hecho con el convenio de Apulo.

En el tránsito fuimos teniendo noticias vagas de algunos movimientos de guerrillas en varios pueblos de los departamentos de Cundinamarca y Boyacá; de otros más serios | en | los | de Antioquia y Magdalena; de la ocupación de Honda por el general Antonio Obando y el comandante Joaquín Barriga; y se hablaba también de un triunfo obtenido por el general Moreno con tro­pas venezolanas y de Casanare, sobre el general Justo Briceño y coronel Juan José Patria (Reyes) en el de­partamento de Boyacá; pero nada se nos informaba con certeza ni detalles.

En La Mesa supimos algo más: supimos de una manera positiva que el general Moreno, auxiliado por el Gobierno de Venezuela con 500 fusiles con sus co­rrespondientes municiones, y con un regimiento de ca­ballería de los afamados llaneros del Apure, había atravesado la cordillera por el páramo de Pisba; que Briceño, intrépido hasta la imprudencia, cualidad que se alaba mucho entre nosotros, sin preguntar cuántos eran, ni cómo estaban situados, los atacó en el pueblo de Cerinza con unos 600 hombres de infantería y 150 de caballería, dejando a gran distancia a su retaguar­dia unos 400 hombres de infantería; que habiendo comprometido su gente en las callejuelas del pueblo y por entre cercados de sementeras, atolladeros y barran­cos, había sido rechazado con una pérdida considera­ble, y que su caballería, abandonando el campo, había dejado que la infantería fuese lanceada sin piedad por los llaneros; por último, que Briceño se había retirado a Bogotá con los cuatrocientos hombres de infantería de su retaguardia y el escuadrón de caballería que estuvo en la acción, y que el coronel Patria (Reyes) había caído prisionero con unos trescientos hombres que se salvaron de la matanza, de la mitad de sus compañeros. Cartas de Bogotá nos informaron que así como después de la batalla de Palmira, se celebró el

triunfo de la Constitución y la libertad sobre la tiranía fusilando a sangre fría cuatro oficiales prisioneros, tam­bién después de la |batalla de Cerinza, los vencedores fusilaron inmediatamente cinco, entre ellos al coman­dante Francisco Miranda, interesante joven, de educa­ción distinguida, hijo del célebre general caraqueño del mismo nombre. Esta fue la segunda lección de fu­silamientos dada para las revoluciones futuras, lecciones que no se han perdido.

En el parte de la acción que vimos después publi­cado en |La Gaceta número 618, se dice que la pérdida de los vencedores fue de dos capitanes y de seis indi­viduos de tropa. Lo que esto significa no necesito yo advertirlo.

 

 

X
 

 

Evacuado el departamento de Boyacá por el general Briceño, afluyeron a la división vencedora centenares de |clérigos sueltos de los más exagerados, tanto de aquel departamento como del de Cundinamarca, y el "ardor bélico" de que habló nueve meses antes el señor Mosquera, subió a un punto que por poco destruye nuestra grande obra, derrocando el Gobierno que aca­bábamos de restablecer.

Inquieto el general López con las noticias que le llegaban por una parte, de que en la división |Casanare se censuraba acremente su conducta, que se maldecía del convenio de Apulo, que se hablaba seriamente de desconocerlo a él y al Vicepresidente, y de proclamar un dictador, para exterminar a los bolivianos y ahor­car al general Urdaneta; y por otra, de que en la di­visión |Callao, reforzada con las tropas que trajo el general Briceño, reinaba el alarma y la desconfianza que aquellas amenazas de hombres capaces de reali­zarlas, producían en los que aún tenían las armas en la mano y fuerza suficiente para vencer, con el valor de la desesperación; el general López, digo, redobló sus esfuerzos para aumentar mi división, resuelto con laudable energía a hacerse respetar de unos y otros, a sostener el Gobierno y a hacer efectivo el convenio en que su honor como general, y su palabra como caba­llero estaban comprometidos.

 

En aquella agitación de espíritu consiguiente a las complicaciones de su situación personal y de la del Gobierno de quien él era el más firme apoyo, recibió una nota del Vicepresidente, en la que le llamaba con urgencia a la capital, "en razón -dice el mismo general López en sus |Memorias- de los temores que in­fundía el general Moreno, quien había hecho indica­ciones de no obedecer lo estipulado en Apulo". |1 El general López debió expresarse con más exactitud al hablar de eso, pues no fueron "indicaciones de no obedecer" las qué hizo el general Moreno: fueron pro­testas terminantes e irrespetuosas, y así tenía que ser, pues el general Moreno, que no era sino el Florencio Jiménez de su partido, firmaba lo que otros escribían, y estaba rodeado de los mismos hombres que en julio y agosto del año anterior precipitaron con su intolerancia los acontecimientos que produjeron la caída del Gobierno que oprimían.

Además, muchos de ellos en esta ocasión tenían agravios personales que vengar, pues algunos exalta­dos de los llamados bolivianos, blasfemaban contra el general Urdaneta por sus condescendencias con los liberales, que calificaban de debilidad, sin contar con él, ni con los ministros que rehusaron firmar ninguna orden para autorizar tropelías, cometieron muchas. El señor Restrepo dice sobre el particular:

"iErigiéronse, pues, en dictadores, y en la tarde del 21 de marzo allanaron cuantas casas se les antojara, reduciendo a prisión a más de veinticinco personas, a las que bautizaron con el nombre de liberales, y por consiguiente de sospechosos. Al día siguiente (marzo |22) continuaron las mismas prisiones, que pusieron a Bogotá en la mayor consternación, etc."

Estos procedimientos arbitrarios se efectuaron por órdenes del prefecto del departamento, señor Buenaven­tura Ahumada, del juez de policía señor Pedro Do­mínguez de Hoyos, del jefe político del cantón, señor Ramón Beriñas y del comandante general del departa­mento. Siempre tales demasías producen malas conse­-

 

1 Esto prueba que el general López por su propia confesión, fue llamado por temores que infundían los |liberales y no los |bolivianos, como dice el general Obando.    

 

cuencias, y la represalia al menor cambiamiento las excede, porque la pasión de la venganza es la más difícil de calmar.

La situación del Vicepresidente en la capital, cuan­do llamó al general López, era verdaderamente crítica. El general Briceño hacía esfuerzos por arrastrar a Ji­ménez a medidas decisivas: "pues que las fuerzas del general Moreno -le decía- no obedecen al Gobierno ni al general en jefe por él nombrado tenemos derecho perfecto para marchar rápidamente sobre ellas y batir­las antes de que se reunan a las de Posada, y a las guerrillas que obran en diferentes puntos. Con la fuer­za que tenemos es seguro el triunfo, y tras él, marchan­do a reunirnos al general Carrillo que con mil hombres está en Cúcuta, seremos invencibles y evitaremos los ultrajes que nos esperan, o que nos degüellen como corderos esos hombres implacables que hacen hoy tanto caso del general Caicedo como lo hicieron antes del señor Mosquera".

La propuesta de Briceño era de resultados seguros. Podían marchar de la capital a Zipaquirá, donde es­taba la división |Casanare, llevando 2.000 hombres de tropa de primera clase, y los regimientos de caballería de milicias de la Sabana, licenciados por el general Urdaneta, se les habrían reunido a la primera insinua­ción. Pero la voz de un militar que acaba de ser de­rrotado no arrastra a nadie, aunque después de su desgracia piense bien y proponga lo conveniente, por otra parte, marchando juntos tenía Jiménez que po­nerse a sus órdenes, y esas aspiraciones del mando en jefe, que han hecho muchas veces perder las mejores ocasiones, frustraron el plan de Briceño; Jiménez no lo aceptó y se aferró en la idea de no obrar contra lo convenido en Apulo, a menos que el convenio fuese absolutamente rechazado por la división |Casanare, la que era de esperarse cediese a las exhortaciones del Vicepresidente y del general López, en cuya honradez tenía él confianza. Sin embargo Briceño ganaba terre­no en la opinión de los exaltados y de los que veían mas claro que Jiménez..

El general López no vaciló en obedecer al llama­miento que le hacía el Vicepresidente, aunque algunos le inspiraban temores, que hasta cierto punto no eran infundados. Antes de partir me dio instrucciones para mover la división a la Sabana, y situarme en Serre­zuela, combinando mi movimiento con el que ordenaba ejecutase de Honda el general Antonio Obando, y el general Moreno de Zipaquirá, para que todo el ejército se reuniese un día dado en Serrezuela, pueblo que, co­mo se sabe, dista sólo cinco leguas de Bogotá.

Las noticias que nos llegaban de Bogotá eran hora por hora más alarmantes. La rebeldía de la división |Casanare autorizaba, mejor diré, forzaba, a la división |Callao y demás militares y ciudadanos comprometidos, a precaverse, pues que se les amenazaba de muerte con violación de la fe de los tratados y con mengua de la dignidad del Gobierno que habían reconocido y que aparecía impotente para protegerlos.

En este estado de inquietud y temores recíprocos se hallaban los ánimos cuando el general López entró a la capital con su estado mayor. Inmediatamente que Jiménez lo supo reunió sus oficiales y pasó en cuerpo a felicitarle, dirigiéndole la palabra como a su general en jefe, lo que era un acto oficial explícito de sumisión. Pero como el general Briceño y algunos jefes no concurrieron a él, ordenó el general López a Jiménez que los reuniera a todos en su casa, y le avisase para ir a tener una aclaración con los remisos. Jiménez obe­deció. Consiguió que los demás obedecieran, y la con­ferencia tuvo lugar. En ella habló el general López con mesura, procurando inspirar confianza a aquellos hombres tan justamente alarmados, y les dijo termi­nantemente "que estaría siempre de su lado para hacer que los tratados dé Apulo tuvieran su más puntual cumplimiento, aunque para esto fuese necesario em­plear la fuerza contra cualquiera que intentase quebran­tar lo estipulado en ellos, con tal que de su parte no diesen motivo para otra cosa". Jiménez contestó qué ellos estaban prontos a sostener al Gobierno, y a obe­decer al general en jefe, siempre que no se les orde­nase nada contra los tratados de Apulo; pero que habiendo sabido que las tropas que le obedecían no habían prestado el juramento formal de sostener esos tratados, creían que esto se había omitido con ánimo de no ligar a las tropas que venían con un juramento que las obligase a respetar el convenio, en virtud del cual ellos se habían sometido de buena fe". Estas fue­ron las palabras, precisas de Jiménez.

¿Tenía derecho de pronunciarlas? Sí. En el artículo 4º del convenio se estipuló que las tropas veteranas que se hallaban bajo las órdenes del general Urdaneta y del general Caicedo deberían |unas y |otras prestar juramento de fidelidad y obediencia al Gobierno, etc., por consiguiente las tropas que conducían los generales López y Moreno estaban obligadas a prestar ese jura­mento, en los términos expresados en el citado artículo del convenio. Así no tiene razón el general López en decir (en sus |Memorias) que no puede asegurar si la exigencia de Jiménez "era efecto de su ignorancia supina, de su recelo, o de una suspicacia meditada, que era lo más probable". Jurar la obediencia y fideli­dad al Gobierno era jurar sostener el convenio de Apulo, acordado por ese mismo Gobierno, y cuando era notorio que un fuerte cuerpo de tropas, con el orgullo de vencedores, negaba la validez del convenio y la obediencia al Gobierno y al mismo general López, legítima era la exigencia de Jiménez y de los demás comprometidos, siquiera para embotar la espada de la venganza que ya les punzaba el pecho.

El general Briceño, mustio, retraído, no confiaba en las promesas del general López, a pesar de haberlas hecho tan terminantes en la reunión de la casa de Jimé­nez. Sin influencia, como vencido, sin mando por ha­berse incorporado en la división |Callao los restos de la suya, salvados de Cerinza, insistía sin embargo en que se tomara una resolución decisiva.

"No desconfío del general López -decía a Jimé­nez-, menos aún del Vicepresidente: ellos por su propio decoro, por honradez, hasta por orgullo, harán sin duda esfuerzos por sostener su obra; pero sus es­fuerzos serán impotentes. El convenio de Apulo seria una realidad si yo hubiera vencido en Cerinza; para que lo sea en la situación en que nos encontramos es preciso batir la división |Casanare: con la fuerza que tenemos y su calidad es seguro el triunfo. La tercera parte de esa división se compone hoy dé |clérigos sueltos y de parlanchines de pelo rizado, que al romperse el fuego huyen como bandadas de tórtolas al tiro del cazador, introducen la confusión y desalientan al soldado; vencedores, inclinaremos nuestras bayonetas en las gradas del solio del Vicepresidente y seremos el más firme apoyo del Gobierno. Si esto no se hace preparémonos a sufrir los mayores ultrajes, si es que no somos degollados".

Jiménez se mantuvo firme en su resistencia a adop­tar aquel medio, que le parecía demasiado violento, y dio a Briceño esta respuesta:

-Prefiero sufrir cuanto me anuncia usted y cuanto yo preveo, a otra victoria como la del Santuario.

-Compañero -le replicó Briceño- si esas tene­mos, no debió usted meterse a hacer revolución; esta­mos todos perdidos.

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