CAPITULO CUADRAGESIMO
I
Fue un acto de magnanimidad inconmensurable, de valor moral
inmenso en el Vicepresidente la expedición del decreto que acabamos
de ver, y eso que hasta hoy se ignora una circunstancia que voy a
dar a conocer. El 14 por la mañana llegó a Purificación el capitán
Domingo Gaitán, ayudante de campo del general López, para
comunicarme que dicho general estaría en Purificación dentro de
los dos días siguientes; y habiéndome dicho que tenía que hablar
conmigo privadamente, lo llamé a mi cuarto, no sin excitar la más
viva curiosidad en los oficiales y ciudadanos particulares que en
la casa estaban, que era la misma del general Caicedo. Gaitán, con
precauciones y arrimándose a la puerta a ver si alguno nos
espiaba, me informó que no debíamos contar con ningún auxilio de
tropas del Cauca; que no había disponible sino el batallón
|Palmira; que como unos 500 hombres de los que de Popayán
condujeron los generales Obando y López a la acción de aquel
nombre, se habían sublevado en Cali para volverse a sus casas,
diciendo terminantemente que no pasarían de este lado de la
cordillera, y que el general López no había podido aplacarlos sino
distribuyéndoles una gratificación en dinero y ofreciéndoles que
pronto regresarían a Popayán. Yo encargué a Gaitán que no dijese
una sola palabra a nadie de lo que me había referido. Con
semejante noticia, para ponerme en disposición de maniobrar sin
embarazos, mandé en el acto mis enfermos y equipajes para Neiva y
redoblé el espionaje cuidadoso de los movimientos de la división
|Callao, cuya vanguardia se halIaba a dos jornadas de
Purificación.
Cuando llegó el general Caicedo, no queriendo engañarlo, le
manifesté a solas cuál era nuestra verdadera
situación, transmitiéndole los informes que Gaitán me había
dado. El señor Caicedo me contestó estas nobilísimas palabras:
"Eso no importa; mi decreto nos dará una fuerza moral mayor que la
material que tendríamos con un ejército de veinte mil hombres", y
firmó el decreto. Acto continuo se sacaron infinitas copias para
circularlo.
El doctor Céspedes estaba listo para salir a traer al general
Urdaneta; que se hallaba en Funza, y en efecto partió en la mañana
del 15, acompañado del general Gaitán, cuyo carácter de ayudante de
campo del general López haría creer que ya había algo del Cauca en
mi cuartel general. El doctor Céspedes llevaba además para el
general Urdaneta la siguiente nota del señor Caicedo:
'República de Colombia.
Purificación, 14 de abril de 1831
"Al excelentísimo señor general en jefe Rafael Urdanta.
"Por decreto de este día, que acompaño en copia, me he declarado
en ejercicio del Poder Ejecutivo nacional, conforme a la
Constitución del año de 1830. Al comunicarlo a vuestra excelencia,
excito su patriotismo, para que evite esta guerra fratricida en la
que se derrama la preciosa sangre colombiana, pues el Gobierno
está dispuesto a oír proposiciones de conciliación, en cuanto lo
permita su dignidad, de concierto con el decoro de vuestra
excelencia.
"Espero que el señor doctor José María Céspedes, que pondrá esta
en manos de vuestra excelencia, será tratado con la consideración
debida a su comisión.
"Acepte vuestra excelencia los sentimientos de aprecio y
consideración con que me suscribo de vuestra excelencia muy
atento, obediente servidor.
"DOMINGO
|
CAICEDO"
A los dos días de estar yo en Purificación habían llegado allí
los coroneles Vicente Vanegas, José Manuel Montoya y Ramón Espina.
El coronel Vanegas era más antiguo y mucho más meritorio que yo.
Siéndome penoso emplearlo a mis órdenes, y no pudiendo ponerme a
las suyas en aquellas circunstancias, lo comisioné para seguir a
encontrar al general López, e informarle de mi parte que no tenía
esperanza inmediata de que el señor Caicedo viniese, y de todo lo
demás de importancia que se me Ocurrió.
El día 15 á las diez de la noche un tropel de caballos, y los
gritos de los que venían de ¡viva el general López! nos alborotaron
anunciándonos su llegada. Corno el general no tenía aún noticia de
hallarse allí el Vicepresidente, en cuya casa vivía yo, se apeó
preguntando por mí, y abrazándome me dirigió palabras lisonjeras; y
como acudiesen los oficiales a la puerta, se dirigió a ellos y a mí
diciendo:
"Vengo a ayudar ustedes a libertar la Nueva Granada como un
general ecuatoriano auxiliar".
En aquel momento se presentó el general Caicedo, y yo
mostrándoselo (a López) le dije:
"Su excelencia el Vicepresidente de la República encargado del
Poder Ejecutivo".
El general López se sorprendió y le saludó respetuosamente,
repitiendo la fatal palabra de que venia como general ecuatoriano
auxiliar".
No haría medía hora que estábamos los tres en conferencia en la
sala, cuando fui llamado a la puerta: era un oficial, quien de
parte del coronel Montoya me avisó que una junta de jefes me
esperaba en su alojamiento, y volé a la casa pensativo y alarmado,
conjeturando de qué era que se trataba. Al entrar yo, todos los que
allí estaban me dijeron que por ningún motivo se pondrían a las
órdenes del general López, bajo el carácter de general ecuatoriano.
Aquella junta era una torre de Babel. Con prudencia y buenas
palabras calmé la efervescencia de los jefes que la componían,
manifestándoles que en la situación en que nos encontrábamos se
necesitaba proceder con prudente reflexión; que al día siguiente
hablaríamos con el señor Caicedo y resolveríamos lo que se debiera
hacer.
|
1 El general López dice en sus
|Memorias que muchos jefes liberales le enviaron al coronel
Vanegas para llamarle. Yo fui quien envió a Vanegas, y no muchos
jefes liberales.
|
El comandante Vargas salió conmigo, y se unió en la calle a los
oficiales de su cuerpo que lo esperaban. En ellos era otra cosa más
grave con la que yo tenía que luchar: en extremo alarmados,
hablando a un tiempo, me dijeron que al pasar el general López, a
su entrada, por la puerta del cuartel de su batallón, había dado a
los soldados unos pesos, diciéndoles que él sabía que la tropa no
había tenido parte en lo que sus oficiales habían hecho cuando se
pasaron a La Plata: esto "nos prueba -añadieron- que el general nos
guarda rencor, y a la primera ocasión, con cualquier pretexto nos
fusilará". Esfuerzo grande me costó tranquilizar a aquellos
hombres, a quienes no faltaba razón de estar alarmados; pero lo
conseguí por la noche, ofreciéndoles que hablaría con el
Vicepresidente sobre el particular, y que yo, tan comprometido como
ellos, correría con ellos la misma suerte, bien que me parecían
infundados los temores.
II
A las siete de la mañana siguiente me llamó el Vicepresidente
para informarme que el general López quería ser presentado
oficialmente como un extranjero y que la ceremonia tendría lugar a
las once. Me dijo que concurriese yo con los jefes y oficiales de
la división, y que él acababa de hablar con el jefe político para
que también asistiese con el alcalde y el cabildo. Como yo siempre
he tenido más miedo al ridículo que a cuanto hay de temible en el
mundo, hice algunas observaciones al Vicepresidente para que se
prescindiese de semejante espectáculo, y le informé de lo que había
pasado la noche anterior en la junta de jefes y con los oficiales
del batallón
|Vargas. El Vicepresidente me contestó que
había que hacer lo que me acababa de prevenir, pues el general
López creía de su deber das satisfacción a su
|Gobierno, con
un acto público, de que no se separaba de su reconocimiento; que lo
demás no debía inquietarnos ni a mí ni a los jefes y oficiales de
la división.
En efecto, a la hora señalada tuvo lugar la presentación, con
cierta seriedad. El ministro de lo interior introdujo
diplomáticamente al general López, quien dirigió la palabra al
Vicepresidente hablando de la batalla de Palmira, del Estado del
Ecuador, del acta de Popayán, por la que aquel departamento se
anexaba a dicho Estado, y de que él, como general ecuatoriano
auxiliar, ofrecía sus servicios al Gobierno para libertar la Nueva
Granada. Un rugido sordo corrió por las filas de los jefes y
oficiales presentes, a los que el Vicepresidente con una mirada
severa impuso silencio, e irguiéndose con imponente majestad,
contestó al general López estas precisas palabras:
"Señor general: el Vicepresidente de la República de Colombia,
encargado del Poder Ejecutivo, se congratula de tener en su
presencia a un benemérito general colombiano, y como a tal lo
empleará, y lo emplea en efecto, nombrándole general en jefe del
ejército".
Montoya no esperó. más y exclamó: ¡Viva el Vicepresidente de
Colombia! ¡Viva el benemérito general colombiano José Hilario
López! Aquellos
|vivas oportunos fueron contestados como la
explosión de un volcán comprimido que rompe su cráter y se
desahoga. El general López entró en conversación con todos,
manifestó que el Cauca tenía su honor comprometido en su anexión al
Ecuador; pero que una asamblea de plenipotenciarios de las tres
secciones en que Colombia estaba dividida de hecho, zanjaría todas
las dificultades. En aquel momento dé expansión se dirigió al
comandante Vargas y a sus oficiales, les tendió la mano, les habló
afectuosamente, y el acto terminó más digna y más provechosamente
que lo que había pensado. Disipáronse, pues, por el momento los
nubarrones cargados de electricidad que se acumulaban sobre nuestra
cabeza.
III
Voy a sorprenderte, lector amigo, transcribiéndote el modo como
refiere el general Obando en sus
|Apuntamientos para la
historia el acto magnánimo. del general Caicedo, cuya relación
acabas de leer; dice así:
"El general López, que había marchado contra Urdaneta, aumentó
sus fuerzas con las de Neiva y Posada, y siguió a Purificación en
busca del señor Caicedo, que a pesar de nuestros triunfos y
excitaciones, aún no quería dejarse capturar para entrar en
ejercicio del supremo mando. Al estallar la revolución de Neiva en
favor de la libertad, no queriendo pasar por sospechoso con
Urdaneta, desocupó la provincia
|rebelde de Neiva, y se fue a
la de Mariquita, que se mantenía leal, porque todos lo son cuando
les ponen encima un peso que no pueden sacudir. Por otra parte, si
Urdaneta era vencido, se le ponían en riesgo ocho mil pesos de
auxilios que le había dado en ganados para raciones de su ejército.
Trabajo costó por todo esto encontrar a este Vicepresidente, que
de mil modos sacaba el cuerpo para no comprometerse, o tal vez por
una moderación excesiva, que no se cómo pueda compaginarse bien con
su actual ferocidad; pero al fin fue aprehendido en el pueblo de
Chaparral; y después de largos altercados con los que fueron a
cogerle, convino al fin en ir con ellos hasta donde estuviese el
general López, nada más que a
|hablar con él (así está) pero
López le estrechó, y fue así como se declaró en ejercicio del Poder
Ejecutivo. ¡Qué había de hacer! Por otra parte, si Urdaneta vencía,
él podía probarle que por medio de la violencia se había visto
obligado a tomar el mando. Estos son los hombres que hoy están en
boga, y
|los patriotas defensores del orden, este es el
actual Vicepresidente".
El general López en sus
|Memorias dice modestamente:
"Después de haber tomado algunas disposiciones en Neiva seguí para
la Purificación el 14 de abril y llegué al destino la noche del día
siguiente...
"El Vicepresidente Caicedo, que había expedido ya su memorable
decreto declarándose en ejercicio del Poder Ejecutivo, me recibió
con el cariño que le es característico, y me manifestó con muchas
demostraciones la satisfacción que sentía con mi presencia". El
testimonio del general López basta para probar la inexactitud del
trozo de los
|Apuntamientos del general Obando. El señor
Caicedo era Vicepresidente en 1841, cuando en mala hora se volvió a
resucitar él juicio sobre el asesinato del general Sucre, del que
tendré que ocuparme en mi segundo volumen, y esto manifiesta el
motivo de la exacerbación del odio que contra él manifiesta el
general Obando en diferentes pasajes de su apasionado
escrito".¹
IV
Inmediatamente que me fue comunicado el decreto en que se
nombraba al general López por nuestro jefe lo di a reconocer en la
orden del día, y fui a felicitarle
|a la cabeza de los jefes
y oficiales de la división.
Desde aquel momento se condujo el general López con tanto
acierto, con tanta prudencia, con tanta hidalguía, que mereció
bien de la patria cual ninguno más, después del Vicepresidente.
En la mañana del 17 marchamos a situarnos a orllas del
Magdalena, en el paso llamado de Fusagasugá. La columna de la
división
|Callao, que estuvo en El EspinaI había retrocedido
dos días antes hasta Tocaima por orden del general Urdaneta. No
encontramos, pues, tropiezo ninguno para llegar en la mañana del
18 al punto designado. Los vecinos del pequeño caserío de aquel
puerto nos informaron que no había gente armada del otro lado, con
cuyo aviso mandó el general que pasáramos en una pequeña barqueta
que allí encontrarnos. A mí me pareció peligrosa una operación tan
lenta, pudiendo haber fuerzas superiores, como se decía, no muy
lejos, pero no repliqué una palabra, y pasé de los primeros. No
serían más de treinta hombres de caballería los que estaban conmigo
cuando el trote de unos caballos nos alarmó sobremanera, y nos hizo
gritar: ¡a las armas! Yo me creí perdido. Los viajeros, que no
pensaban que allí hubiera tropa, se alarmaron a su vez, y dando
voces y flameando pañuelos blancos nos volvieron el alma al cuerpo.
Eran los señores Raimundo Santamaría y Vi-
|
1 El señor Caicedo estuvo
efectivamente en el Chaparral, San Luis
|y otros pueblos de
las inmediaciones, temiendo que en Bogotá se pensase en capturarlo.
Cuando yo envié a Neiva al doctor Céspedes a hablar con él, a
tiempo que se aproximaba al pueblo del Espinal la vanguardia de la
división
|Callao, se pasó a su hacienda de
|Saldaña
cerca de Purificación, desde donde se entendió. conmigo para venir
a dicha villa a dictar su decreto; de modo que estuvo en el
Chaparral con un motivo enteramente contrario al que supone el
general Obando en sus
|Apuntamientos.
|
cente Borrero, quienes me informaron del objeto de su comisión
de paz, entregándome un oficio que llevaban abierto, y es el que
sigue:
|"República de Colombia. Ministerio de lo Interior.
|
Bogotá, 14 de abril de 1831
"Al señor gobernador de Neiva.
"Los señores consejeros de Estado, doctor Vicente Borrero y
Raimundo Santamaría, van comisionados por el Gobierno a tratar con
usía y con el señor coronel Joaquín Posada Gutiérrez, comandante en
jefe de la columna
|Cundinamarca. Sírvase usía atender y dar
entero asenso a cuanto dichos señores comisionados expusieren a
usía a nombre del mismo Gobierno, por quien se hallan autorizados
competentemente para convenir con usía y con el expresado señor
coronel Posada en todo lo que estimare conveniente al
restablecimiento de la tranquilidad en esa provincia, a evitar la
guerra civil y una inútil y dolorosa efusión de sangre entre
hermanos y conciudadanos.
"Dios guarde a usía.
"ESTANISLAO VERGARA"
Yo instruí a los señores comisionados de nuestra situación, del
decreto del Vicepresidente en que se declaró en ejercicio del
Gobierno, y de la llegada del general López, por lo que respecto
del gobernador de Neiva y de mí, y aun del general López, era
frustránea su comisión; pero que no lo sería para el
Vicepresidente, a quien yo tocaba resolver, pues con el mismo
objeto había comisionado al doctor Céspedes cerca del general
Urdaneta. En aquel momento desembarcaba el general López, a quien
los comisionados entregaron una nota de la misma fecha dirigida a
él y al general Obando, reducida a excitarlos a un avenimiento en
el sentido de lo que les propuse desde La Plata con mis
comisionados Geraldino y Borrero.
El general López y yo contestamos separadamente al ministro de
lo interior a Bogotá, lo mismo que dijimos a los comisionados de
palabra.
El 19 llegó el Vicepresidente, quien, amigo personal de los
comisionados, entró con ellos en una conferencia más bien afectuosa
que oficial, en la que hizo que tomáramos parte el general López y
yo. Loa comisionados propusieron que él departamento del Cauca y la
provincia de Neiva quedaran como estaban, y mandaran sus diputados
a la Convención de Leiva, la cual reunida, nombraría los altos
magistrados, ofreciendo el general Urdaneta dejar el mando el mismo
día de su reunión. Aquella proposición era ya forzosamente
inadmisible después del decreto del día 14 en el que el
Vicepresidente había asumido el Gobierno. El general López indicó
que era de necesidad antes de entrar en ninguna conferencia,
celebrar un armisticio que suspendiese las hostilidades, y que
fijando la situación de las tropas beligerantes, impidiera que se
combatiese haciendo nula la negociación. Era tan exacta la
proposición, que en el acto se aceptó, y fuimos nombrados, el mismo
general y yo por el Vicepresidente para acordar con los señores
Santamaría y Borrero los términos del armisticio.
El general López, desde que pasamos el Magdalena, hizo qué el
coronel Espina, con un escuadrón de caballería ocupase el Peñón de
Tocaima, y así celebrado el mismo día el convenio de suspensión de
hostilidades, por quince días, tuvimos la ribera izquierda del río
Bogotá por nuestra línea, haciéndola completamente segura. Esta
previsión, porque lo fue, hace honor al general López como
militar.
Una de las estipulaciones acordadas fue que el Vicepresidente y
el general Urdaneta tuviesen una entrevista en la confluencia del
río Apulo con el Bogotá, llamada las "Juntas de Apulo", en donde
hay un pequeño caserío, situado en aquel sitio bello, fértil, de
vigorosa vegetación, de tránsito forzoso para las Provincias del
sur de Nueva Granada, por donde de día y de noche pasan centenares
de mulas cargadas; en fin, tan ventajosamente situado, en todo
sentido, que si estuviera en la agrícola Venezuela rivalizaría con
los ricos y amenos valles de Aragua, pero esto sucederá con el
transcurso del tiempo: ciento o doscientos años en la vida del
universo pasan como un relámpago; lo que aflige es la
imposibilidad de regresar a ver lo que pasará entonces por acá; mas
por otro lado, consuela el considerar que poco se pierde si se ha
conseguido un buen lugar por allá. No obtener tampoco esto, es una
idea tan desesperante que no quiero pensar en ella, o más bien
pensando en ella inclino mi frente hasta la tierra implorando al
Dios inconmensurable e incomprensible, cuya misericordia debe ser
tan grande como infinito en su poder.
El doctor Céspedes regresó habiendo cumplido satisfactoriamente
su comisión respecto del general Urdaneta, que se manifestó
dispuesto a aceptar una transacción razonable; mas no así respecto
de los jefes de las tropas y ciudadanos particulares comprometidos.
Dijo que el temor que éstos manifestaban de que por parte de sus
adversarios no se cumpliera ningún pacto, después que hubiesen
depuesto las armas, los hacía agitarse en una exaltación que
amenazaba la autoridad del mismo general Urdaneta, de quien
-añadió-- "no se debe desconfiar, porque es un cumplido caballero
y tiene positivos deseos de ceder el puesto al Vicepresidente, si
puede hacerlo con honor y poniendo a cubierto de toda persecución
a los militares y a los pueblos que le obedecen".
V
El 26 (abril) tuvo lugar la entrevista acordada entre el
Vicepresidente y el general Urdaneta en el lugar designado.
Acompañaban a éste los señores Castillo Rada, García del Río y
Florencio Jiménez; a aquel, el secretario del interior, señor
Pedro Mosquera, el general López y yo.
Cuando llegó el general Urdaneta, ya nos hallábamos nosotros
allí, y en el primer momento cualquier observador habría notado el
sobrecogimiento embarazoso en que todos estuvimos por algunos
segundos. Pasado aquel primer momento de natural recíproca
sorpresa, el Vicepresidente y el general Urdaneta se lanzaron
enternecidos a los brazos del uno y del otro y estuvieron un rato
estrechados sin hablarse; García del Río, diplomático sagaz y
hombre de atractivo irresistible por sus modales y su palabra
seductora, se dirigió al general López, a quien no conocía, y a los
diez minutos de pasearse y hablar juntos ya eran íntimos amigos;
el señor Mosquera y el coronel, o sea general Jiménez, se
emparejaron hablando del calor y del mal camino; el señor Castillo
me tomó de la mano y separándome a un lado, manifestando cierta
indiferencia, me preguntó si sería posible obtener una transacción
en el sentido de someterse todos a la Convención de Leiva, quedando
los beligerantes de todas partes, como se encontrasen,
suspendiéndose las hostilidades, y enviando sus diputados a la
Convención; yo le contesté que ese había sido mi deseo, que a ese
fin tendí al enviar mis comisionados de La Plata cerca del general
Obando, pero que habiéndose precipitado los acontecimientos y
declarándose el Vicepresidente en ejercicio del Poder Ejecutivo,
era ya imposible conseguirlo.
Después de una hora poco más o menos de estas conversaciones
amistosas, en las que los grupos se mezclaban, o se cambiaban
hablando de cosas indiferentes, interpolando de vez en cuando
alguna palabra indagadora sobre el modo de pensar de cada uno
respecto del arduo negocio que nos tenía allí reunidos, y
procurando hacernos propicios los unos a los otros, formalizaron
los dos jefes de los dos Gobiernos existentes el nombramiento de
sus respectivos comisarios, y entramos a tratar a su presencia. Al
segundo día de conferencias se acordó el convenio siguiente:
"En el sitio de las Juntas, a 28 de abril de 1831, habiéndose
reunido desde el día anterior los excelentísimos señores general
en jefe Rafael Urdaneta y general de brigada Domingo Caicedo, con
el objeto de conferenciar sobre el estado en que se encuentran los
departamentos del centro de Colombia, despedazados por divisiones
domésticas, con dos autoridades supremas establecidas en ellos, y
amenazados de males; deseosos uno y otro de propender, por todos
los medios posibles, al restablecimiento de la concordia y de la
tranquilidad, vinieron en nombrar comisionados para preparar un
convenio que sirviera de base a la transacción pacífica que la
voluntad y el bien comunal demandan. Con este fin, el excelentísimo
señor general en jefe Rafael Urdaneta nombró negociadores por su
parte a los señores Juan García del Río, doctor José María del
Castillo y general de brigada Florencia Jiménez; y el excelentísimo
señor general de brigada Domingo Caicedo designó por la suya, a
los señores general de brigada José Hilario López, coronel Joaquín
Posada Gutiérrez y Pedro Mosquera, los cuales debidamente
autorizados, después de haber discutido con detención sobre los
puntos de la negociación, convinieron en los artículos
siguientes:
"1º Los excelentísimos señores general en jefe Rafael Urdaneta y
general de brigada Domingo Caicedo se comprometen, del modo más
solemne y positivo, a emplear la autoridad que respectivamente
ejercen, y a hacer uso de su influencia personal, y de cuantos
medios les sugieran su patriotismo y luces, para que se transijan
amigablemente las diferencias existentes en los departamentos del
centro, y se reintegren bajo la obediencia de un solo Gobierno, que
refunda todos los partidos, calme los ánimos y mantenga el orden y
la tranquilidad, hasta llegar a la época deseada de la reunión de
una convención, que constituya los mencionados departamentos, les
dé magistrados, y arregle sus relaciones ulteriores con las otras
secciones de la República de Colombia.
"2º Se consigna a eterno y perpetuo olvido todo lo pasado; y de
uno y otro lado se promete guardar la más juiciosa moderación
respecto de los acontecimientos, actos y opiniones políticas
anteriores, como que el bien público, la tranquilidad y la
concordia son, y deben ser en adelante, la basa de toda
operación.
"3º Las propiedades, las garantías individuales, los grados y
ascensos militares, que por una u
|
otra parte se hubiesen
concedido, quedan asegurados por el presente convenio.
"4º Las tropas veteranas que existen a las órdenes de los
excelentísimos señores general en jefe Rafael Urdaneta y general
de brigada Domingo Caicedo, se mantendrán en su organización
actual, y bajo los jefes de división que las mandan, hasta que el
Gobierno, a cuya autoridad deberán prestar juramento de obediencia
y fidelidad unas y otras, determine acerca de ellas lo que demanden
las necesidades y la conveniencia de los departamentos del
centro.
"5º Restablecida ya la buena inteligencia y la confianza, las
milicias que por circunstancias han sido llamadas al servicio, y
todas las partidas armadas volverán a sus casas y a sus tareas
pacíficas.
"6º En cuanto a las tropas del Cauca, el Gobierno procederá del
modo que lo estime conveniente, consultados las
circunstancias.
"7º Debiendo estatuir la próxima convención de los departamentos
del centro, sobre la naturaleza de sus relaciones futuras con las
Otras secciones de Colombia, queda abolida hasta entonces la odiosa
distinción de granadinos y venezolanos; distinción que ha sido
causa de infinitos disgustos, y que no debe existir entre los hijos
de Colombia.
|"Juan García del Río, José H. López, José Maria del Castillo.
Joaquín Posada Gutiérrez. Florencio Jiménez, Pedro Mosquera.
Aprobado, RAFAEL
|
URDANETA.
Aprobado, DOMINGO
|
CAICEDO.
VI
Al convenirse en la entrevista de los dos excelsos ciudadanos en
cuyas manos estaba la suerte del país, la vida o la muerte de un
gran número de hombres y la tranquilidad o la desgracia de millares
de familias, y al saber que el general López y yo debíamos
concurrir a ella, temí que el general López, tan gravemente
ofendido por el general Urdaneta, fuese inexorable en exigencias
humillantes, que agriara la discusión con algunos sarcasmos, que
hiciera en fin con alguna imprudencia, más perjudicial que útil el
acto; pero el general López me quitó bien pronto mis recelos, pues
fue completamente tolerante, esmerándose con natural cortesía y con
exquisita urbanidad en que la discusión fuese circunspecta y
cordial, sin que se le soltara una sola palabra, ni la menor
alusión a las cosas pasadas. El general Urdaneta guardó una reserva
digna, y todos vimos con indecible contento reinar entre él y López
la más caballerosa inteligencia y darse, sin afectación ni
estudio, pruebas de respeto recíproco. Allí vi yo, por primera vez,
la influencia que tienen entre los militares los recuerdos de los
trabajos y de los riesgos que juntos han pasado, López había
servido como subalterno a las órdenes de Urdaneta, y eso no se
olvida nunca cara a cara.
La discusión del artículo 3º, sobre garantir los grados y
ascensos conferidos por una y otra parte, lo que se reducía a
reconocer los concedidos por el Gobierno del general Urdaneta,
presentó serias dificultades. El secretario Mosquera objetó que el
Poder Ejecutivo no tenía facultad de conceder el empleo de general
en el ejército, sino con el previo acuerdo y consentimiento del
Senado, por prescribirlo así terminantemente la Constitución.
Jiménez replicó que los vencedores en El Santuario, que tenían las
armas en la mano y no estaban vencidos, sino que, por el contrario,
tenían medios de volver a vencer, no se someterían al convenio si
no era aprobada esa condición. El general López dijo que cuando se
discutían tan grandes intereses como los de dar la paz al país y
evitar una guerra civil desastrosa, debía prescindirse de ciertas
fórmulas inconducentes en las grandes crisis; que la aprobación del
artículo que se discutía no podía ser sino transitoria, sujeta a la
de la convención que por necesidad habría de reunirse, cuya
corporación, atendidos los graves motivos de conveniencia pública
que se habían tenido presentes para acordarlo (el artículo), era
seguro que no lo improbaría. El general López era el hombre de las
circunstancias, su voz era omnipotente allí, y por consiguiente el
artículo fue aprobado unánimemente.
García del Río promovió una cuestión de suma gravedad: dijo que
pues que se había hablado de inconstitucionalidad de un artículo
del convenio, tenía él que manifestar que todo era inconstitucional
en aquel acto; que prescindiendo de la violencia hecha al Congreso
constituyente al elegir los altos magistrados, la que había
viciado la elección en su origen, ellos no lo eran sino hasta el 15
de febrero, en que debían haberse hecho las elecciones
constitucionales para reemplazarlos, término que ya había pasado;
que la Constitución prohibía al Presidente o Vicepresidente ejercer
el Poder Ejecutivo fuera de la capital, y por tanto el decreto de
Purificación era evidentemente inconstitucional; que por todas
esas razones el poder del general Caicedo era tan de hecho como el
del general Urdaneta. Este ataque demasiado fuerte en aquellos
momentos lo suavizó, con mucha maña, interpolando palabras
calmantes de aquellas como "creo yo", "a mí me parece", "puedo
estar equivocado"; parapetándose detrás del terreno de la
discusión, para fijar los principios; y concluyó proponiendo que
para obviar dificultades fuera el señor Caicedo nombrado
"encargado del Poder Ejecutivo" por el Consejo de Estado, admitida
que le fuera al general Urdaneta la renuncia que haría del puesto
que ocupaba.
Esta proposición pudo haber producido una tormenta, si un
espíritu de tolerancia y de prudencia no nos hubiera dominado a
todos. El señor Caicedo, con la mayor tranquilidad, dijo que el
Consejo de Estado podía hacer lo que le pareciera mejor, pero que
él, prescindiendo enteramente de lo que dicho cuerpo acordase, no
ejercería el Gobierno sino en virtud dé su decreto de Purificación
y como vicepresidente nombrado por el Congreso constituyente. El
señor Castillo se interpuso y allanó la dificultad indicando que el
Consejo de Estado dijera simplemente que
|reconocía al
general Caicedo como jefe del Gobierno nacional, con lo que ninguna
susceptibilidad podía quedar lastimada. "Diga y haga el Consejo de
Estado lo que quiera (repitió el señor Caicedo); yo no seré jefe
del Gobierno sino en los términos que acabo de expresar". Con esto
concluyó la discusión, sin que en toda ella hubiera hablado el
general Urdaneta una sola palabra, ni hecho el menor ademán de
impaciencia o de disgusto. Sólo cuando el general López decidió la
aprobación del artículo 3º del convenio, le dirigió una mirada en
la que se leía la expresión de una inmensa gratitud.
Yo no había tenido valor para dirigir una palabra al general
Urdaneta mientras no hubiera pasado todo riesgo de un nuevo
rompimiento. Pero, una vez consumado el hecho que le permitía
dejar el puesto con honor inmenso, le rogué que me oyese a solas.
Convino en ello, y habiéndonos separado de los demás, le expliqué
con sinceridad los motivos que habían dirigido mi conducta, motivos
que él supo estimar, y me dijo:
"En las notas oficiales y cartas particulares de usted resalta
la buena fe y se manifiesta la rectitud de las intenciones de
usted. Las circunstancias han sido