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ridad de usía y la voluntad del pueblo legalmente pronunciada...

"Todo esto, señor gobernador, sucede en circunstan­cias de que quizá hoy está convenido el armisticio pro­puesto por mí al general Obando... pero cuando los acontecimientos se precipitan inconsiderablemente, el hombre honrado tiene que sucumbir, y ver con dolor la pérdida irreparable del fruto de sus meditaciones.

"El medio adoptado por mí era el más prudente para marchar al fin que todos se proponen: la paz, el orden y el imperio de la ley. Empero, no pudiendo re­mediar el mal sino por la violencia, consultar al pueblo me parece lo más acertado".

El coronel Arjona era de los jefes más comprometi­dos en la revolución: era de los vencedores en El San­tuario; de manera que yo esperaba que si el movimien­to no era tan popular, como González me participaba y como el señor Dávila me informaba, podía impedirlo Arjona, apoyándose en mi columna para dar tiempo a que llegase la respuesta de mis comisionados; la cual si era favorable y estaba acordado el armisticio, sería bastante a contenerlo todo, y permitir que se reuniese la Convención.

Apenas llegado el señor Dávila a Neiva, manifestado que hubo mi resolución y la orden terminante que llevaba de que se restableciese al gobernador Arjona, y avisán­doles que yo, seguía sus pasos con toda la columna, en­tró la confusión y el desconcierto; y entre los proyec­tos, disputas y bravatas se acordó obedecer, y fue res­tituido el coronel Arjona a su puesto, enviándome en el acto posta sobre posta avisándome haberse cumplido mis mandatos y participándome el pronunciamiento de otros pueblos, siendo como en todas partes y en todos tiempos los más entusiastas aquellos que más lo habían sido en sentido contrario al ocupar yo la provincia siete meses antes.

Resolvime, pues, a abandonarla, pasar el Saldaña y ocupar la provincia de Mariquita, todavía con alguna es­peranza de buen éxito en la negociación iniciada con el general Obando. En consecuencia marché a la villa de Guagua para seguir a Neiva a recoger las armas, los caudales públicos y cuanto pudiese, para continuar mi

marcha a Purificación. Esto con la fuerza que yo tenía y su calidad, no podía impedírmelo toda la provincia, ni armada con artillería de grueso calibre.

Yo pensé que el gobernador Arjona entretuviese un poco de tiempo la reunión de los vecinos, mientras yo llegaba y los persuadía a aguardar el resultado del ar­misticio propuesto al general Obando, y en carta pri­vada le excité a que hiciera esfuerzos para conseguir esto. Pero a mi llegada a Guagua recibí oficio de Arjo­na, participándome que había reunido el vecindario de la capital en cabildo abierto, y consultándole lo que hu­biera de hacerse en las circunstancias en que se hallaba el país; que fue unánime la opinión de que se declarase restablecido el Gobierno derrocado y se llamara al Vice­presidente Caicedo a ejercerlo; y que se me confería un poder amplio, y una autoridad completa sobre los pue­blos de la provincia, si yo aceptaba y apoyaba el pro­nunciamiento. En carta particular me dijo que le había sido imposible evitar aquel acto, y que de todas partes llegaban noticias alarmantes en el mismo sentido. Yo tenía que combinar la energía con la prudencia, no por­que mi tropa ni yo corriésemos el menor peligro en marcha a la provincia de Mariquita, sino por la causa pública y por mi dificilísima posición personal, como granadino y como jefe de un cuerpo de tropas del go­bierno que se desconocía.

En este cruel combate entre mi conciencia y mi de­ber militar, sin decidirme a tomar una resolución hasta llegar a Neiva, adelanté al gobernador la nota siguiente:

 

|"República de Colombia. - |Comandancia de Armas de la provincia y en jefe de la columna.

 

Guagua, 23 de marzo de 1831

 

"Señor Gobernador de la provincia.

 

"Ayer a mi llegada tuve el honor de recibir la nota de usía fecha 21 del corriente, y el acta que a ella se acompaña, celebrada aquel día por los vecinos de la ciu­dad de Neiva. Este pronunciamiento, señor gobernador, aunque complica mi posición por su magnitud y tras­cendencia, será respetado por mí, pues como dije a usía

en mi oficio anterior, no haré nunca la guerra a los pue­blos, y estaré siempre dispuesto a sostener la voluntad pública legalmente pronunciada; y como desgraciada­mente para la vida y gloria de Colombia, semejantes actos han sido autorizados por todos los gobiernos que se han sucedido, y vistos como la expresión legal de la voluntad del pueblo, no puedo decir que la ciudad de Neiva haya infringido las leyes, y por tanto marcharé mañana a ella con un carácter pacífico.

"Empero, no constituyendo su vecindario la mayoría nacional, ni aun siquiera de la provincia, tampoco pue­do por ahora aventurar mi concepto más allá de lo que he manifestado a usía en dicha comunicación.

"Sírvase usía expresar a esos ciudadanos mi gratitud por la honra que me dispensan en la disposición del ar­tículo 3º, sin embargo de que de ningún modo estoy dispuesto a acogerlo. En su tiempo haré sobre él las observaciones que me ocurren.

"Es cuanto hasta hoy puedo decir a usía en respuesta a su citada nota.

"Dios guarde a usía".

 

"JOAQUIN POSADA GUTIERREZ"

 

En este oficio me propuse echar agua al incendio, para no yerme en el caso de someter por la fuerza a unos pocos hombres, a quienes a cualquiera hora podía apartar para abrirme paso a la provincia de Mariquita y prescindir de ellos. Todo mi conato, todo mi cuidado, todo mi ahinco, era no mancharme con la sangre de mis compatriotas en una guerra que ya no tenía objeto, y llevar las cosas a una transacción razonable.

 

  V
 

 

En mi tránsito desde Guagua a Neiva fui encontrando a los principales vecinos, que venían a recibirme: aque­llas demostraciones, cuando yo vacilaba en cuál fuera la última palabra que debía pronunciar, me comprometían y me exponían terriblemente. Yo contaba con la lealtad del mayor Domingo Esguerra, quien vive, comandante accidental del escuadrón de |Húsares, y con la del co­mandante Ildefonso Figueroa, quien mandaba las dos excelentes compañías de la milicia de Honda; pero mi jefe de estado mayor era el comandante Mugüerza, hermano del general que fue vendido en Palmira, lo que le tenía en un grado de exaltación febril; y el jefe y oficiales del batallón 2º de |Vargas eran los que sé pasaron a La Plata, lo que los comprometía con los jefes del Cauca, cuya venganza temían más que todos los militares al servicio del Gobierno del general Urdaneta. Esto indica que: a pesar de mi ascendiente sobre la tropa, yo no podía disponer de la columna a mi antojo, y sólo la convicción de poderosos motivos de conveniencia publica, podía arrastrarlos a secundarme en las medidas que yo creyese deber tomar en tan complicada emergencia. Así es que estuve reservado y aun adusto con las perso­nas que venían unas tras otras y ya me formaba una comitiva considerable.

A mi entrada a la ciudad, tambor batiente, bande­ras desplegadas, el escuadrón montado, y acompañado de más de cincuenta ciudadanos a caballo, todos en pro­fundo silencio, la masa de la población se agolpaba a vernos pasar, principalmente las mujeres y los niños. Como ninguno sabía si eran amigos o enemigos los que entraban, ni nosotros mismos lo sabíamos, nadie respi­raba, no se oía una sola voz, y las miradas de la multi­tud mostraban más bien miedo que contento. Al llegar a la plaza para distribuir los cuerpos a los cuarteles que se les habían preparado, el señor Joaquín Borrero me dirigió la palabra. Yo le interrumpí con cortesía manifestándole que no permitiría discursos que prejuz­gasen la resolución que yo hubiera de tomar, pues la tropa que estaba allí y yo mismo éramos soldados del Gobierno existente en Bogotá. Al comandante González, que vino a hablarme, le volví la espalda.

En un cuartel tenían unos 80 o 100 hombres, de esos pobres labriegos que son el yunque sobre que to­dos martillamos. Fui a verlos, les hablé y los dejé en disposición de poder contar con ellos en un caso dado. El gobernador Arjona, hombre bondadoso, de carácter afable, accesible para con todos, se había hecho querer de la masa popular, que en realidad era extraña a aquel movimiento y no hacía más que seguir como corderos el impulso que le daban los |hidalgos o los |emires de sus respectivos pueblos; le encargué, pues, que se hiciese cargo de esa gente y no se separase de su lado hasta que hubiésemos resuelto definitivamente lo que hubiéra­mos de hacer, y retirado a mi casa expedí una proclama de que se sacaron en el acto centenares de copias. Héla aquí:

|"Neivanos: Me hallo entre vosotros en momentos bien angustiados: os encuentro en agitación y en armas. Parece que mi deber como jefe me manda usar de la fuerza para sofocares; pero mi corazón, como ciudada­no, me dice que respete vuestros derechos.

"En esta lucha, neivanos, triunfa el ciudadano. Sí, os lo ofrezco, la columna no disparará nunca un tiro contra el pueblo.

"Nada tenéis que temer por vuestras opiniones y pronunciamientos políticos. Sólo el crimen será castigado conforme a las leyes, y por vuestros jueces naturales.

"Dada en Neiva, a 24 de marzo de 1831.

 

"JOAQUIN POSADA GUTIERREZ"

 

Con esta proclama de generalidades me propuse cal­mar los ánimos, y dar tiempo a que me llegasen avisos de mis comisionados cerca del general Obando, sobre el éxito de su comisión. Yo no ofrecía más que no pro­ceder contra los hechos anteriores a mi llegada: no me comprometía a nada; pero tranquilizaba a un gran nú­mero de hombres influyentes que se creían expuestos. Tres días se pasaron en tan desesperante incertidumbre. Nadie venía de La Plata. ¿Cómo había de venir? Desde antes de pronunciarse en Neiva se había enviado aviso al general López llamándolo; el posta llegó en los mo­mentos de estarse esperando la respuesta del general Obando sobre el armisticio en que López había conveni­do, y toda negociación se suspendió.

Al día siguiente de mi proclama di cuenta al Go­bierno de todo lo ocurrido, y en nota separada le dije:

 

 

|Comandancia en jefe de la columna de operaciones.

 

Neiva, marzo 25 de 1831.

 

"Señor Ministro de Estado en el departamento de la guerra.

"Por separador doy cuenta a usía con documentos, de todo lo ocurrido en esta provincia hasta el día de hoy, y ahora vuelvo a tomar la pluma para decir con sinceridad y buena fe cuanto siento y cuanto preveo en estos momentos de angustia para la Nueva Granada, para Colombia y para el Gobierno mismo.

"Yo creo, señor, que no hay poder humano capaz de llevar a cabo la reintegración nacional bajo el sis­tema central: creo que el grito de separación, y de "Nue­va Granada" dado desde el mes de abril del año pasado, ha herido el corazón de todos los granadinos de un mo­do difícil de cicatrizar. Su excelencia el actual jefe del Ejecutivo fue el primero que conoció entonces esta ver­dad, y la preconizó.

"Los acontecimientos del mes de agosto, provocados por un partido terrorista que vejaba al Gobierno cons­titucional dejaron la República en orfandad, porque tu­vieron un resultado en que nunca pensaron los perse­guidos que tornaron las armas para ponerse a cubierto del puñal que continuamente les amenazaba; pero olvi­demos esos días de dolor, que permita un Dios benéfico no se repitan jamás, y volvamos los ojos al porvenir que presenta Colombia, más espantoso aún que el del tiempo pasado, y que lo que puede concebirse: una conflagra­ción general que abrasará de un extremo al otro el Es­tado, es el término que yo veo a la contienda que nos tiene con las armas en la mano, si ellas la han de deci­dir.

"Nadie, señor, sufre tanto como yo en estos instantes de amargura, porque sufro en mi patria, sufro en mí, y sufro en la persona del actual jefe del Estado, a quien constantemente he profesado una tierna amistad y un afecto verdadera. Y en tan complicada situación ¿no deberé hablar? Si, porque en contacto con la multitud, con todos los partidos, y más sinceramente que otros, puedo hacer llegar la verdad hasta el asunto del Go­bierno.

"Bastante indiqué en mi comunicación de 7 del pre­sente, al dar cuenta del paso de conciliación que intenté enviando comisionados cerca del señor general José Ma­ría Obando; y si entonces no dije todo, ahora debo hacerlo. No hay una sola persona, desde el labrador, el artesano, el soldado, que no conozca que el Gobierno carece de legitimidad; y ni la prudente y juiciosa me­dida de la convocatoria del Congreso ni ninguna otra esperanza son suficientes a mantener el Gobierno, sin que se derrame mucha sangre, y sin que sea preciso ocurrir a la proscripción y a la violencia, que al fin no producen sino la exasperación y el furor. ¿Cuál es, pues, el remedio a tantos males?

"No veo otro sino que el mismo jefe del Gobierno actual llame al puesto supremo del Estado a su excelen­cia el Vicepresidente de la República y lo sostenga en él. Males puede haber en esto, pero son los menores que se presentan a mi imaginación.

"Puedo asegurar a usía que la rivalidad provincial llega al colmo, y las imprudencias de algunos jefes ve­nezolanos no hacen más que excitaría constantemente: en la columna de mi mando, que se compone casi en su totalidad de granadinos, se oye ya el rumor de que no pelean contra sus hermanos.

"Estas y otras mil consideraciones que se me agol­pan, me movieron a enviar desde Guagua al señor doc­tor José María Céspedes, cerca del señor Caicedo, con un carácter privado, y con el objeto de ver si podía interponer su influjo y respetos para que todos los par­tidos, haciendo el sacrificio de sus propias pasiones, busquen un término razonable de avenimiento y recon­ciliación; este señor no ha regresado aún, y no puedo afirmar cuál será el éxito de su encargo.

"Al dar cuenta de este paso, debo decir a usía que no lo he dado como jefe sino como particular, pues con aquel carácter habría sido un traspaso de atribuciones, y como ciudadano tengo el mismo derecho que todos para buscar el bien donde creo encontrarlo por los me­dios legales.

"Mi corazón, señor, combatido de diversos afectos, padece un tormento de muerte, y me hallo en la situa­ción más cruel en que puede encontrarse un militar y un ciudadano: no sé cuál es mi deber.

 

"Dios guarde a usía.

"JOAQUIN POSADA GUTIERREZ"

 

 

VI
 

 

El 26 en la noche regresó el doctor Céspedes de mi comisión cerca del señor Caicedo. El doctor Céspedes era uno de los hombres más caracterizados de la pro­vincia de Neiva y | mi amigo personal; su opinión era de mucho peso, y yo le daba el valor que merecía. El señor Pedro Dávila estaba en el mismo caso, y puedo decir que ellos formaban mi consejo de gobierno El señor Céspedes me aseguró que el general Caicedo es­taba dispuesto a ponerse, al frente de una reacción, a entrar en comunicación con el general Urdaneta y a transar por un convenio todas las dificultades de la si­tuación, único medio que había de poner término a una guerra a muerte, cuyo éxito era imposible calcular, pues el general Urdaneta tenía en Bogotá 4.000 hombres, que podía aumentar, fuera de las fuerzas distribuidas en los demás departamentos. Bajo este concepto me excitaban ambos amigos, y también los demás neivanos, a pronun­ciarme llamando al señor Caicedo a declararse en ejer­cicio del Gobierno, añadiéndome el señor Céspedes es­tas precisas palabras: "yo iré en persona a llevar al general Urdaneta el decreto en que el Vicepresidente se declare en ejercicio del Poder Ejecutivo, y respondo que el resultado será una transacción tal cual usted la desea". Pero yo tenía que medirme mucho para un paso seme­jante. Mugüerza, Vargas y los oficiales más compro­metidos, a quienes no había yo hablado una sola pala­bra sobre mis escrúpulos, y que pensaban que nos íba­mos para la provincia de Mariquita, estaban ya como sobre ascuas, y tuve aviso de que sospechaban de mí, lo que no haría extraña una defección que, inmolándo­me, lo perdiera todo. Yo veía esto y lo temía, a pesar de mi confianza en los soldados, y paré el golpe publicando una orden general mandando que se alistasen to­dos para marchar al día siguiente.

No estuve tranquilo en la noche; visité continua­mente los cuarteles, hice seguir los pasos a Mugüerza y Vargas, que lo notaron y se contuvieron. En la mañana siguiente tomé una de esas resoluciones atrevidas que salvan las dificultades en los momentos críticos; cité por orden general a una junta de jefes y oficiales, previ­niendo que no faltasen ni los que estaban de guardia; di en el acto el toque de llamada de oficiales en la puer­ta de mi casa; reunióse la junta en efecto, y dio por resultado el acuerdo siguiente:

"En la ciudad de Neiva a 27 de marzo del año del señor de 1831, reunidos en la casa de habitación del se­ñor coronel Joaquín Posada Gutiérrez, comandante ¡en jefe de la columna de operaciones, todos los señores je­fes y oficiales de ella, constituidos en junta de guerra, a consecuencia de la resolución que manifestaron los vecinos de esta ciudad, de oponerse a la marcha de la columna, protestando que nunca lo hará sino pasando por sobre los cadáveres, cuya expresa resolución han manifestado los pueblos de Villavieja, Natagaima y Pu­rificación, el señor coronel comandante en jefe decla­rando instalada la junta le dirigió la palabra en los términos siguientes:

"Señores: juro aquí ante Dios y los hombres, que no he tenido ni tengo la más pequeña parte en la revolu­ción que nos envuelve con la rapidez que veis; si ella es gloriosa, no resplandece en mí la aureola de su iniciati­va; si ella es criminal, no soy culpable. Su origen, es­tado y progreso os son conocidos, porque son públicos; los acontecimientos que se han precipitado de cerca de cinco años acá, han pasado delante de vuestros ojos, y hoy sois sabedores y testigos de cuanto sucede.

"La columna combatida por un huracán de fuego, es arrastrada a un naufragio infalible; menester es sal­varla, y yo no puedo hacerlo sin vuestros consejos.

"Compañeros: poco importa la existencia; ponga­mos a cubierto nuestro honor, busquemos un puerto que abrigue nuestra reputación adquirida a costa de tan­tos y tan grandes sacrificios. Ya el ilustre caudillo del ejército, el hombre grande, que con sólo su presencia encadenaba las furias, y aterraba el monstruo de la anar­quía, ha cesado de existir; ya no tenemos estrella que nos guíe, todo es oscuridad, todo tinieblas para nosotros. Obligados a traspasar el círculo de nuestro instituto, que es la obediencia pasiva, nuestra situación no puede ser mas complicada; pero cualquiera que sea Vuestra resolución, yo me someteré a ella; sólo os ruego que la meditéis, porque es preciso decíroslo: estamos al borde de un precipicio de ignominia y de oprobio. Os presento todos los documentos que pueden ilustraros sobre el verdadero estado de las cosas y sobre el carácter del movimiento popular que os rodea. Pensad y resolved".

"En seguida tomaron la palabra los jefes y demás oficiales, y después de una pacífica discusión, la junta, considerando:

"1º Que habiendo fallecido su excelencia el Liber­tador, a quien los pueblos, después de los acontecimien­tos del mes de agosto del año próximo pasado, llamaron para que tomase las riendas del Gobierno, han caduca­do los poderes que recibió su excelencia el general en jefe Rafael Urdaneta, para encargarse provisionalmente del Poder Ejecutivo mientras venía el Libertador de Car­tagena.

"2º Que siendo esto evidente, sería una violenta opre­sión la que cometería la columna usando de las armas para sofocar la voz del pueblo hollando sus derechos, resolvió:

"1º La columna se somete a los deseos de los pue­blos de la provincia de Neiva y obedecerá sus mandatos.

"2º Ella reconoce que los magistrados supremos nombrados por el Congreso del año de 1830 son los magistrados constitucionales y legítimos de la Nación.

"3º Que siendo esto de eterna verdad y justicia, re­conoce también la existencia de derecho del Poder Eje­cutivo nacional, en su excelencia el Vicepresidente de la República, por no hallarse en el país su excelencia el Presidente.

"4º Que por tanto, de hoy más no podrá reconocer a su excelencia el general Rafael Urdaneta como jefe del Poder Ejecutivo nacional; pero lo obedecerá y res­petará siempre como un antiguo defensor de la patria, como un buen ciudadano de Colombia y como un gene­ral en, jefe de los ejércitos de la República.

"5º Que se saque testimonio de este acuerdo y se remita a su excelencia el Vicepresidente de la República, general Domingo Caicedo, pidiéndole sus órdenes su­premas para obedecerías; e igualmente otro a su exce­lencia el general en jefe Rafael Urdaneta, rogándole a nombre de la patria y de la humanidad, dé esta patria de sus hijos que ha adoptado como suya, acoja este pronunciamiento y restablezca él mismo el orden legal para que cese una guerra de exterminio, que si llega a encenderse abrasará de un extremo a otro la magnánima y gloriosa Colombia. Con lo cual, y habiendo prestado todos los jefes y oficiales presentes juramento de soste­ner a costa de su sangre y de su vida este pronunciamiento, declaró el señor coronel comandante en jefe di­suelta la junta, firmando todos, ante mí el jefe del es­tado mayor de la columna, y que testifico con arreglo a ordenanza.

"El coronel comandante en jefe, J |. Posada Gutiérrez. el comandante de la infantería, |Ildefonso Figueroa. El comandante del 2º de Vargas, |Manuel Figueroa. El comandante del escuadrón Húsares, |Domingo Esguerra, El capitán de Cazadores de Neiva, |Miguel Lozano y Pei­nado. El capitán graduado, |Ramón Ortega. Teniente, |En carnación Macias. Teniente, |Manuel Moreno. Teniente, |José M. Barrón. Alférez, |Eladio Quintero. Subteniente, |Fermín Agudelo. Id., |José León. Id., |Francisco Castillo. Id., |Santos García. Id., |Manuel Pella. Alférez, |Anasta­sio Chinchilla. Id., |Bernardo Chinchilla. Id., |Pedro Ar­jona".

Mugüerza no habló una palabra ni quiso firmar el acta como jefe de estado mayor; me pidió pasaporte para Bogotá y también lo hicieron un capitán y un te­niente; y en el instante mismo, pagados de su sueldo del mes corriente y recibiendo en dinero los auxilios de marcha que les correspondían, partieron, acompañados de dos oficiales de milicia de Neiva para impedir que se les irrogase el menor agravio en el camino.

Inmediatamente salió el doctor Céspedes a llevar este acuerdo al señor Caicedo a su hacienda de |Salda­ña, y a avisarle que yo marchaba con la columna para Purificación, donde esperaba encontrarle; a cuyo efecto adelantaba el escuadrón |Húsares para que sirviese de escolta.

El acta de la junta la remití al secretario de guerra el 29.

 

 

VII
 

 

Tranquilo con la certeza que tenía de que declarán­dose el señor Caicedo en ejercicio del Poder Ejecutivo se entendería con el general Urdaneta y se obtendría una transacción que diese la paz al país, con honor del Gobierno que se levantaba y del que yo acababa de aban­donar, me ocupé tres días en aumentar mi fuerza: di a la columna el nombre de |División Cundinamarca, decreté la inmediata organización de dos escuadrones de caba­llería de a 100 hombres cada uno, el primero con el nombre de Lanceros |Mosquera, cuyo ruando confié al teniente coronel de milicias Juan Arciniegas, el que de­bía formarse en el cantón de Neiva; el segundo con el nombre de Lanceros de |Caicedo, el que había de levan­tarse en el cantón de Purificación, y cuyo mando di al teniente coronel de milicias Luis Caicedo. Ambos jefes cumplieron su encargo pronto y bien: no sólo comple­taron su gente con voluntarios, sino que montó cada uno su escuadrón en cuatro días.

En el acta de Neiva, de la que no hice caso, aunque se me coplería la dictadura, había sido González nom­brado 2º jefe de mi división. Yo no me di por entendi­do; pero no pude excusarme a las instancias de todos los neivanos para que me reconciliase con él y lo as­cendiese en virtud de mis facultades extraordinarias, a coronel efectivo, lo que hice nombrándole comandante general de mi infantería. Desde mi llegada a Neiva no le había dirigido la palabra.

De Neiva enviaban frecuentes postas al general López llamándole. Para los |calificadores neivanos, a pesar de haberme yo tirado a nado al maldito Rubicón, como ya no podía retroceder, no les inspiraba confianza; se glo­saba el articulo de la junta de guerra en honor del ge­neral Urdaneta; repudiaban mis expresiones de pesar por la muerte del Libertador, y decían que yo había manifestado, hasta cierto punto, que había obrado por ra­zones políticas y no por entusiasmo. Semejantes torpezas nos las admitían los neivanos de juicio; un círculo de |liberalillos por excelencia, al que yo no prestaba toda la atención que ellos creían merecer, eran los que por de­trás zumbaban como tábanos. El general López en sus |Memorias habla de estas desconfianzas. Mi conducta -dice-- les había parecido misteriosa o poco franca a los |patriotas amigos suyos, que -añade- lo recibieron con las más grandes demostraciones de contento, sin du­da por esas desconfianzas que yo les inspiraba.¹

Llegado a Purificación con toda mi división, supe allí que el general Caicedo estaba enfermo y que no podía venir tan pronto. Este era un contratiempo terri­ble para mí. Pasando los días dudé por un momento de los informes del doctor Céspedes; pero el 12 recibí una esquela de dicho general, diciéndome que el 14 estaría conmigo. El tiempo urgía, pues la vanguardia de la di­visión |Callao había llegado al Espinal, y se me aseguro que el resto de la división la seguía. Tranquilo en lo principal mandé al escuadrón |Húsares a que sirviese de escolta al Vicepresidente, cuya persona valía más en las circunstancias que un ejército; y como me lo había ofre­cido, el 14 a las cinco de la tarde llegó a Purificación. Su venida causó un entusiasmo extraordinario, la con­fianza se afirmó por la inmensa fuerza moral que daba a la división la presencia del augusto jefe que todos in­vocaban.

Yo tenía redactado un proyecto de decreto para so­meterlo a su consideración, en el cual había un artículo honroso para el general Urdaneta en consonancia con

 

1 | Al llegar el general López a Neiva expidió una proclama, en la que dijo: "¡Qué gloria para mi verme invocado por los neivanos protector de las libertades publicas! Mi gobierno, no es indiferente a la situación de los granadinos. Gozando el Ecuador de una paz octaviana y abundando en recursos de todo género, él los prodiga gustoso en obsequio de sus hermanos. Mi deber es por tanto restablecer las autoridades legítimas, ayudaros a sacudir el yugo, y en seguida restituirme al punto de donde he partido, con la gloria de haber contribuido a conquistar nuestra existen­cia política sobre tales bases". Es decir, él ecuatoriano y nosotros granadinos.    

 

el de nuestra acta militar. El Vicepresidente tomó mi proyecto, lo leyó y diciéndome: "no hablemos ahora de Urdaneta; necesitamos a Obando y López y es menester contemplarlos", me dictó el memorable decreto siguiente:

 

"Domingo Caicedo,

 

"Vicepresidente de la República de Colombia, encargado del Poder Ejecutivo, etc.

 

atendiendo a que la Constitución sancionada por los representantes del pueblo en 29 de abril del año pasado de 1830, año vigésimo de la Independencia, atribuye al Vicepresidente, electo bajo las formalidades que ella prescribe, el ejercicio del Poder Ejecutivo en los casos de muerte, dimisión o incapacidad física o moral del Presidente; y

 

CONSIDERANDO

 

"1º Que se halla ausente el Presidente de la Repú­blica por consecuencia de los trastornos que tuvieron lugar en agosto del año pasado.

"2º Que los poderes políticos que emanan de la so­beranía que esencialmente reside en la Nación, sólo pue­den ejercerse en los términos y por las autoridades que establece la Constitución.

"3º Que el gobierno que reside en Bogotá ha sido la obra de la violencia desde que en el citado mes de agosto se destruyó el Gobierno constitucional por la fuer­za militar, que no es la Nación toda.

"4º Que es deber del Poder Ejecutivo conservar el orden y la tranquilidad interior.

"5º En fin, que ansiosa la República por el resta­blecimiento del Gobierno constitucional, que se ha ha­llado en receso, a consecuencia del movimiento militar del citado mes de agosto del año pasado, reclamando la observancia de la ley escrita, en cuyas circunstancias abandonarla a su propia suerte cuando los partidos ar­mados atacan el reposo y la paz de los pueblos expon­dría a los magistrados constitucionales a un cargo na­cional incontestable, he venido en decretar y


 

DECRETO:

 

Artículo 1º Me declaro en ejercicio del Poder Eje­cutivo, como Vicepresidente de la República de Colom­bia, y en su consecuencia se restablece el Gobierno constitucional tal como lo estuvo hasta el 27 de agosto de 1830.

"Articulo 2º El ministro secretario del interior, para cuyo destino se nombró provisoriamente a Pedro Mos­quera, queda encargado de la ejecución de este decreto, quien lo comunicará a los prefectos de los departamen­tos, gobernadores de provincias, autoridades eclesiásti­cas y jefes de tropas armadas de la República.

"Dado en la villa de Purificación a 14 de abril de 1831.

"El Vicepresidente de la República encargado del Poder Ejecutivo, DOMINGO CAICEDO. El Ministro del In­terior, |P. Mosquera".

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