INDICE

 




CAPITULO TRIGESIMONONO
 
  I
 

 

Lector amigo o enemigo, voy a entrar en la aclara­ción del hecho más importante para la patria y para mí, de cuantos refiero en este libro. Te ruego, pues, que te sobrepongas al fastidio que causa la lectura de narraciones en que abunda el YO, aunque esta abundancia la cause forzosamente la naturaleza del escrito; y como el asunto es importante, sígueme con atención.

Yo no sabía lo que pasaba en el Cauca sino por la vía de Bogotá: los indios más que salvajes, llamados de tierra adentro, tenían tan completamente cortada la comunicación, que no podía hacer pasar un espía, y la muerte cruel que dieron a dos que se adentraron a hacer el arriesgado viaje, retraía a todos de aventurar­lo. Cuando convenía a los caudillos del Cauca que yo supiera algo, eran los indios los que en la noche dejaban un papel donde mis partidas de observación pudie­ran hacerse a él; así fue que supe el suceso de Palmira. en el término de la distancia. He visto después en los escritos de los generales Obando y López, que yo les hacía amagos falsos y que ellos me engañaron con mo­vimientos estratégicos. Como yo estaba en el Pital no tuve la menor idea de haber hecho semejantes amagos falsos ni verdaderos, ni del tal engaño que sufrí, hasta que por los libros de dichos señores supe lo que yo hacía. Los generales popayanejos son hábiles para pin­tar cosas como éstas, aunque no hayan sucedido, y en cuanto a estrategia, combinaciones científicas de movi­mientos, facultad de adivinación, no dejan nada que desear en sus escritos. Por mi parte sólo diré que ha­biéndome el comandante de La Plata participado el suceso de Palmira con sus detalles, me trasladé a dicha ciudad con toda la columna, que se componía del batallón 2º del |Vargas, las dos compañías de la milicia de infantería de Honda, una de La Plata y el escuadrón |húsares. El batallón 2º del |Vargas lo formé sobre la base de dos compañías que se vinieron a La Plata sepa­rándose del general López, de la del |Callao, que saqué de Bogotá, y de reclutas contando entonces 250 hom­bres; de manera que en todo podía disponer de unos 450 hombres, fuera de la milicia de La Plata. El Go­bierno me ordenó que en caso apurado repasase el Mag­dalena, ofreciéndome que se iba a reforzar mi columna con un batallón, la que yo debía aumentar a toda costa.

En esta expectativa me hallaba, cuando un día que triste y meditabundo repasaba en mi mente lo que me había sucedido, el cómo me comprometí en un movi­miento al que yo debí ser extraño, y lo difícil de mi situación, un hombre se me acercó con cautela y me entregó una carta anónima, en la que se me avisaba que en Neiva había tenido lugar una junta promovida por el comandante González, en la que se acordó que dicho jefe fuese a La Plata, a procurar, por cuantos medios pudiese, seducir la tropa o hacerla desertar, y que se le había dado una cantidad para ello. Al día siguiente llegó González, muy afectuoso, diciéndome que como la situación se complicaba había venido a ponerse a mis órdenes, pues que había sido destinado a mi columna. Yo mandé que se le alojase en otra casa, lo que él ex­trañó, y dos horas después le llamé para hablarle. De­bo referir el diálogo que pasó entre los dos:

-¿Qué vienes a hacer aquí, González, en estas circunstancias, después de haberte quedado en Neiva tanto tiempo?

-Extraño la pregunta, Posada, pues destinado a tus órdenes he podido venir, y antes no lo he hecho porque he estado enfermo.

-Lee esa carta.

-Eso no es verdad, ¿quién te ha escrito esa carta?

-No sé, pero tu presencia aquí la autentica. Voy a decirte una cosa: hasta ahora no sabe el objeto de tu venida sino un antiguo amigo y compañero tuyo; he dado orden que se te deje entrar a todos los cuarteles; yo nunca he fusilado a nadie; pero si como comandan­te en jefe llego a tener el menor aviso de que pones en planta tu comisión, voy a perder el miedo con un amigo ingrato.

Es imposible describir la sorpresa de aquel hombre al oír de mi boca un lenguaje nunca usado por mi, y principalmente la calificación de ingrato con que ter­miné mi amenaza. Me dio mil excusas, me informó de las personas que habían concurrido a la junta; perso­nas que yo creía que por mi conducta me serian más bien afectas que hostiles, y concluyó protestándome que su intención era hablar conmigo y rogarme a nombre de la patria que volviese sobre mis pasos. Yo no quise oírle más, y le dije que regresara al siguiente día a Neiva, pues tanto de los jefes y oficiales como de la tropa estaba mal visto, y corría riesgo. No hay duda, lo confieso: ser |demasiado bueno es un defecto en un jefe, y lo que hizo después González lo probará.

 

 

II
 

 

Los días pasaban, centenares de cartas de todas par­tes me llegaban, y su lectura me abatía aumentando mi tristeza. ¿Por qué esperaban tanto de mí todos?

El reclutamiento, las exacciones a que la necesidad obligaba para llevar a cabo las medidas acordadas; esto por un lado, por otro el carácter que veía claro iba a to­mar la guerra, por el asesinato de los oficiales de Cali, que traería otros y otros en ambos partidos; las calami­dades consiguientes a una lucha a muerte, de pasiones y de venganzas, como tenía que ser la que seguiría, si los dominadores del Cauca persistían en su resistencia y la Convención de Leiva no se reunía; en fin, el grito de mi conciencia que me repetía sin cesar: "La causa de Colombia es una causa perdida, y eres granadino", todo esto hirviendo en mi cabeza, me atormentaba sin dejarme un momento de reposo.

Una noche de completo insomnio, agitado, exaltada la imaginación, me pareció oír la voz del ángel de mi guarda que me repetía ese grito terrible: "la causa de Colombia es una causa perdida, y eres granadino", y dominado de una especie de entusiasmo, me pareció que podía conciliar todos mis deberes tomando, como en efecto tomé, la resolución que explica la nota siguiente:

 

|"República de Colombia. - |Comandancia en jefe de la columna de Neiva.

 

La Plata, 7 de marzo de 1831

 

"Señor ministro de Estado en el departamento de la Guerra.

Ahogado con exhortaciones de todas partes, excitado de todos modos, tengo que ser indulgente con mi propia conciencia, y volviendo los ojos a mi patria, al Gobier­no y a mí mismo, me lanzo a dar pasos que no sé si serán aprobados; mas no me detengo porque el tiempo urge, y a mi ver, ellos son el único dique que puede contener el torrente de males que amenaza inundar esta tierra desgraciada. Aspirando sólo a conservar el bien inestimable del aprecio de mis conciudadanos, me he fi­jado en mi deber: este es sacrificarme por mi país, sin faltar a la confianza que de mí se ha hecho; como co­lombiano atajar si puedo el degüello de mis compatriotas; como jefe de un cuerpo de tropas no hacer traición al Gobierno que me entregó sus armas.

"La suerte me ha colocado en circunstancias favo­rables para intentar, a lo menos, el logro de tantos bie­nes; y arrastrado del noble deseo de ser útil a la causa pública, entro en negociaciones con el general José Ma­ría Obando, jefe de la fuerza del departamento del Cauca, como verá usía en las adjuntas copias marcadas con los números 1º | y 2º.

"Mañana salen de esta ciudad los señores presbítero José Joaquín Geraldino y Francisco Borrero, autoriza­dos por mí cerca de aquel general para convenir en una suspensión de armas por un mes, y arreglar el modo y términos de una entrevista, con el objeto de celebrar un convenio, por el cual cese la guerra civil, y cuyas bases podrán ser: 1º, la revocación del acta de Popayán de 19 de diciembre último; 2º, el sometimiento de aquel departamento al Congreso que está convocado, al cual deberá enviar sus diputados; 3º, que mientras se reúna el Congreso, el departamento del Cauca se regirá por las leyes vigentes y por las autoridades que hoy tiene; 4º, que se suspenderá la marcha de los cuerpos de Bogotá, y las fuerzas del Cauca no traspasarán los límites de aquel departamento; 5º, que mientras se reúne el Congreso y se nombran los altos funcionarios que han de regir el Estado, no podrán, ni el Gobierno, ni las autoridades del Cauca aumentar sus respectivas fuer­zas; 6º, que esto no comprenda a los departamentos litorales que están sometidos a la obediencia del Gobier­no, en donde la necesidad de atender a la defensa exte­rior puede obligar al aumento de sus fuerzas; 7º, que se ofrezca ante Dios y el universo el sometimiento sin­cero al Congreso, para que en la calma de las pasiones pueda decidir y fijar la suerte de este desgraciado país envuelto en los horrores de la guerra civil; 8º, que por el Gobierno y por las autoridades del Cauca se invite a los señores generales Juan José Flórez y Luis Urda­neta para que depongan igualmente las armas y se so­metan a la autoridad del Congreso, excitando al pri­mero a que las provincias de los departamentos del Sur que no están sometidas al Gobierno envíen sus diputa­dos, siendo de presumir que las que lo están lo hagan; 9º, que en el caso de que los departamentos del Sur se presten pacíficamente a enviar sus diputados al Con­greso, se reúna éste en el lugar designado por la Cons­titución; 10, que no habiendo tiempo suficiente para que todo lo indicado se pueda llevar a efecto en el tér­mino fijado para la instalación del Congreso se demore ésta hasta el primero de julio próximo; 11, que sí el término de un mes no fuere bastante para que lo que se convenga sea ratificado por el Gobierno, se prorro­gue.

"He aquí el círculo en que pienso girar sí, como es­pero, el general Obando accede a la suspensión de ar­mas y a la entrevista que le propongo, y el Gobierno aprueba esta medida ¿Habré acertado? No lo sé, pero fijémonos, señor, en el verdadero estado de las cosas.

"En el mes de agosto se tomaron las armas en de­fensa del Gobierno, oprimido por una facción demagó­gica que lo dominaba, y bajo este punto de vista se comprometieron muchos; el resultado, por los aconteci­mientos dolorosos que todo el mundo sabe, fue la caída del Gobierno; acéfalo el Estado, los pueblos volvieron los ojos hacia el Libertador, llamándolo para que to­mase las riendas del Gobierno, y confiándolas provisoriamente en manos del excelentísimo señor Rafael Ur­daneta, mientras el Libertador venía de Cartagena, don­de se hallaba. Se sometieron, pues, los departamentos que hoy lo estan, bajo aquellas bases; pero un cisma político dividió el del Cauca; la mitad de él alegó nuli­dad de lo resuelto en la asamblea de Buga, y Popayán, en una acta que no le honra, se declaró parte integrante del Estado del Ecuador. El Gobierno, sosteniendo la resolución de la asamblea de Buga y no debiendo con­sentir la desmembración del territorio de la sección del Centro, ordenó, por último, con fecha de 22 de enero, que la fuerza obrase contra la parte del departamento que se hallaba en disidencia. Pero el 17 de diciembre había fallecido el Libertador en Santa Marta, y este acontecimiento, el más aciago, el más funesto que po­día sobrevenir a Colombia en la presente crisis, todo lo cambió. El desmayo de la opinión, el desaliento del sol­dado, son los menores resultados de aquella catástrofe: se habla, señor, es preciso decirlo, se pone en duda la legitimidad del Gobierno: algunos creen que caducaron sus poderes con la muerte del Libertador, y ojos hay que buscan esa legitimidad en otra parte. A todo esto y al acto del comandante Bustamante, que ningún militar de honor imitará, atribuyo el resultado de la jornada del 10 de febrero en Palmira. Pero sea como fuere, el departamento del Cauca se halla hoy segregado todo de la obediencia del Gobierno, y no podrá sometérsele si­no vertiendo torrentes de sangre. Sin embargo marchan tropas de Bogotá y se organiza un nuevo ejército para ocupar el Cauca. Aquel departamento se pone en armas, y dando el grito de "Nueva Granada" fulmina rayos de muerte, y amenaza la capital; el eco de ese grito, aun­que dado de un modo alarmante y espantoso, puede re­tumbar desde el Táchira hasta el Guáitara y quizá arri­bar hasta las márgenes del Tumbes. ¿Y cuál será el término de esta contienda ruinosa? No hay imagina­ción bastante veloz que pueda alcanzarlo.

"Cuatro mil hombres la decidirán en un campo de batalla. ¿Y por qué ha de empaparse la tierra con tanta sangre granadina? Estas son, señor, las consideracio­nes que han pesado en mí ánimo para decidirme a dar el paso de que doy cuenta al Gobierno por conducto de usía. Mas como el general Obando podrá embarazarme pidiéndome la autorización con que yo entro a tra­tar, ruego encarecidamente se me remita, con instruccio­nes suficientes para poder allanar los obstáculos que pu­dieran presentárseme. Si este medio no basta para en­cadenar las furias conjuradas contra la desfalleciente y moribunda Colombia, me quedará siquiera la consola­dora idea de haberlo procurado.

 

"'Dios guarde a usía.

"JOAQUIN POSADA GUTIERREZ"

 

Los documentos a que se refiere la nota anterior son éstos:

 

|"República de Colombia. - |Comandancia en jefe

de la columna de operaciones de La Plata,

a 7 de marzo de 1831.

 

"Señor general de brigada José María Obando, coman­dante en jefe de las fuerzas del departamento del Cauca.

 

"Señor: usía extrañará, sin duda, recibir una nota mía en las actuales circunstancias; pero sean cuales fue­ren los motivos a que usía atribuya este paso, sobrepo­niéndome a sospechas que no pueden ofender a un mi­litar que ha combatido con honor los enemigos de la independencia y libertad de Colombia, me dejo arras­trar del noble deseo de ser útil a la causa pública, in­tentando un medio de que la razón, y no la fuerza, ponga término a una lucha fratricida, que no hará más que aumentar días de dolor a la patria y pági­nas de oprobio a la historia del pueblo heroico que asombró al mundo con sus hechos inmortales.

"Además, se me excita de varios modos, y quiero dar un testimonio público que manifieste hasta dónde se puede contar conmigo, y que su ser indiferente a la suerte de mi país, nadie tiene que esperar de mí una felonía.

"El suceso de Palmira, debido al acto del coman­dante Bustamante, que no es de este lugar calificar, ha engrosado efectivamente la fuerzas del mando de usía. Pero si en el departamento del Cauca se tienen noticias

exactas del estado de la República del lado de acá de la cordillera central, sabrá usía que el Gobierno tiene medios sobrados con qué detener sus progresos y some­ter el departamento antes de dos meses.

"Pero miles de víctimas serán inmoladas, y la san­gre colombiana, que ya ha corrido en demasía, se de­rramará a torrentes sin otro fruto que la reproducción nuevos gérmenes de perpetua discordia. Esto es, señor general, lo que quiero evitar, proponiendo a usía una suspensión de armas por el término de un mes, y una entrevista en el lugar más oportuno. Los señores presbítero José Joaquín Geraldino y Francisco Borrero van autorizados por mí suficientemente para acordar lo pri­mero, y hecho esto, arreglar el modo y términos de que se lleve a efecto lo segundo.

"Usía sabe que todo jefe de un cuerpo de tropa si­tuado en las fronteras está autorizado para esto; pero aun cuando así no fuese, puedo asegurar a usía que el Gobierno lo aprobará, porque su excelencia el encar­gado del Poder Ejecutivo hace esta guerra con el más profundo dolor, después de haber intentado aquellos me­dios que para evitarla le permitían su decoro y dignidad.

"No sé si me equivocaré; pero he concebido la li­sonjera idea de que hablándonos podremos convenir en alguna transacción que, mereciendo la aprobación del Gobierno, haga caer las armas de nuestras manos fra­tricidas, deponiéndolas ante la augusta representación nacional, para que en la calma de las pasiones fije la suerte a nuestro país de un modo estable y duradero.

"Como para esto se necesita previa autorización del Gobierno, he mandado un oficial a Bogotá dando cuen­ta de este paso y pidiendo instrucciones; quizá se me asociará alguna otra persona, pero nada impide la ce­lebración del armisticio y de nuestra entrevista, pues que mientras llegan mis comunicaciones cerca de usía y obtengo respuesta, hay tiempo de que vaya a Bogotá y regrese el referido oficial.

"Con sentimientos de consideración soy de usía muy atento obediente servidor.

 

"JOAQUIN POSADA GUTIERREZ"

 

 

La Plata, 7 de marzo de 1831.

 

"Señores presbítero José Joaquín Geraldino y Fran­cisco Borrero.

"Mereciendo ustedes mi entera confianza por el conocimiento que tengo de la honradez de ustedes y su amor al bien público, y habiendo accedido ustedes a la propuesta que verbalmente les he hecho de pasar al departamento del Cauca con el carácter de comisionados por mí cerca del general José M. Obando, autorizo a ustedes por la presente para que después de poner en, sus manos el pliego adjunto, puedan convenir definitivamente con dicho señor general en un armisticio o suspensión de armas por el término de un mes, y para arreglar el modo y términos de la entrevista que pro­pongo a dicho general con el laudable objeto de promo­ver una transacción, que si merece la aprobación de mi Gobierno, haga cesar la funesta guerra civil que con escándalo del mundo amenaza con una desolación com­pleta al departamento del Cauca.

"Cualesquiera que sean los resultados de la comisión que ustedes llevan, se servirán comunicármelos por la posta a fin de que pueda yo dar avisos oportunos al Go­bierno para que se obre en consecuencia.

"En el caso de que tenga lugar la entrevista propues­ta podría ser en Inzá, pero esto no quiere decir que no puedan ustedes convenir en el lugar más oportuno.

"Acepten ustedes, señores, los sentimientos de mi particular afecto y consideración, suscribiéndome de ustedes muy atento obediente servidor.

 

"JOAQUIN | POSADA | GUTIERREZ |"

 

 

III
 

 

Dice el señor Restrepo que el Gobierno improbó este procedimiento mío, y este es un error gravísimo que tengo que aclarar en honra de la memoria de un hom­bre ilustre, cual pocos en Colombia, a quien las pasio­nes de la época y la ignorancia han pintado con los colores más negros: el general Obando no lo llama en su libro sino "el feroz, el asesino". No! el general Ur­daneta acogió con entusiasmo mis ideas y aprobó mi procedimiento, como lo prueba su respuesta que sigue:

 

"Ministerio de la guerra.

 

Bogotá, 18 de marzo de 1831

 

"Señor comandante en jefe de la columna de Neiva.

 

"Luego que recibí la nota de usía de 7 del corriente tuve el honor de presentarla a su excelencia el jefe del Poder Ejecutivo con las copias números 1º y 2º que la acompañan. Instruido su excelencia de todo SE HA SERVIDO APROBAR EL PASO DADO POR |usía. El carácter y las intenciones de su excelencia son demasiado conocidos de usía, y este conocimiento debe persuadirle del vivo interés con que ha mirado su excelencia la iniciativa de una negociación que tiene por objeto economizar sangre colombiana, y evitar el escándalo y los desastres de la guerra civil, igualmente funesta al vencedor, al vencido y a la prosperidad de los pueblos.

"Desde que se recibió en la capital la noticia del fallecimiento del Libertador, creyó su excelencia que era necesario adoptar una línea de política conciliatoria, que permitiese a los miembros desviados de la familia colom­biana entenderse amistosamente para el arreglo de sus más caros y preciosos intereses. Con este objeto convocó la Convención de la Villa de Leiva; nombró comisiona­dos cerca de las autoridades establecidas en Venezuela y en el Sur, y solicitó al departamento del Cauca a en­trar en la senda de su deber. Su excelencia se linson­jeaba de que todos cuantos amasen a la patria y no qui­sieran ver malogrados tantos y tan heroicos esfuerzos como se han hecho por la independencia y por la liber­tad, acallarían sus pasiones, y darían oído a la voz de la razón, la cual dama porque se sofoquen todos los odios y resentimientos personales, y nos sometamos to­dos a la voluntad de los representantes del pueblo, legí­timamente electos y oportunamente congregados para deliberar y resolver sobre la suerte definitiva del país. En la Convención de Leiva debe decidirse, en efecto, si queda roto para siempre el pacto que otro tiempo ligó a las partes componentes de Colombia, y si ha de experimentar las modificaciones sugeridas por la experiencia y por las conveniencia pública. ¿Qué, otra cosa podía hacer su excelencia después de los sucesos que han te­nido lugar, cuando los ánimos están enconados, y con vista de las circunstancias del momento, que ocurrir a la fuente de todo poder y de toda institución, y convocar los representantes de la Nación para que la reorga­nicen del modo que crean oportuno y sientan la patria sobre una base legal y sólida?

"Siendo estas las miras de su excelencia; temiendo que de resultas de los últimos lamentables acontecimien­tos del Cauca pueda entorpecerse la reunión de la Con­vención mencionada: deseando remover por su parte cuantos obstáculos se opongan al logro de este objeto apetecible, y abominando el derramamiento ulterior de sangre entre hermanos, REPITO QUE HA VISTO CON EL MAS ALTO APRECIO LAS DILIGENCIAS PRACTICADAS POR USIA PARA LLEGAR A UN AVENIMIENTO AMISTOSO CON LAS AUTORIDADES DEL CAUCA.

"Si conforme | a | las esperanzas de usía, el señor ge­neral comandante en jefe de las fuerzas de aquel depar­tamento, no se deniega a la suspensión de armas pro­yectada, y si usía cree en la posibilidad de hacer un convenio que permita la realización de las justas y be­néficas intenciones de su excelencia, el Gobierno comi­sionará debidamente al señor Juan García del Río, mi­nistro de relaciones exteriores, para que en unión de usía proceda a entablar y concluir la negociación men­cionada. En esta virtud me ordena su excelencia prevenga a usía que luego que reciba esta comunicación, practi­que activamente las diligencias necesarias al logro del objeto propuesto, a fin de que en consecuencia de lo que usía avisare se ponga inmediatamente en camino el señor García del Río.

"No hay más que añadir, por ahora. Su excelencia, que aprecia el patriotismo de usía y que conoce todo el interés que le anima por el sostenimiento del decoro y dignidad del Gobierno, descansa en usía con perfecta seguridad en cuanto al empleo de los medios que con­duzcan al restablecimiento deseado de la tranquilidad, del orden y de la más sincera y estrecha armonía entre los hijos de esta madre común.

 

"Dios guarde a usía.

 

"Por ausencia del señor ministro de la guerra, el de relaciones exteriores.

"JUAN GARCIA DEL RIO"¹

 

Es imposible manifestar en mi | lenguaje | más | expre­sivo la aprobación del Gobierno a un hecho tan tras­cendental como el que yo osé ejecutar sin orden previa y exponiéndome a que fuese mal recibido.

Resuelto el general Urdaneta a descargarse de un mando en que se fundaba el descontento de un partido que los acontecimientos aumentaban haciéndolo más fuerte, aplaudía con sinceridad que fuese yo, por mi so­la cuenta y no él, quien hubiera abierto negociaciones con el general Obando. De este modo, su amor propio no quedaba herido, ni la aprobación que a él dio, fun­dada en razones tan plausibles, menguaba su dignidad. Desconfió, sí, de que yo lograra mi objeto, y sin embargo, yo supe después que ambos generales habrían convenido en lo propuesto si los acontecimientos que se precipitaron, no hubiesen frustrado mis deseos y los del Gobierno.

Con mi nota oficial del artículo anterior escribí al general Urdaneta una carta particular explicándole cor­dialmente la verdadera situación del país, diciéndole que yo creía que el general Obando accedería al armisticio y a la entrevista propuesta por mí; que toda prevención de tratar con él debía cesar; aventurándome a expre­sarle con más claridad la opinión que yo tenía entonces sobre el asesinato del general Sucre, del cual estaba yo persuadido era responsable Flórez y no Obando, y me­nos López. Le llamaba la atención sobre el grito de "Nueva Granada", que se daba en el Cauca, porque yo creía que lo daban como granadinos y no como ecuato­rianos auxiliares. El general Urdaneta me contestó con la misma fecha de su nota oficial:

1 | Las | copias | números | 1º y 2º que se citan son las de mi nota oficial al general Obando y la carta credencial a los comisionados Geraldino y | Borrero.    

 

"Mi querido Posada.............................................................

"Dejaré a un lado la cuestión del general Obando, porque cuando se trata de la causa pública todo ha de posponerse. También me desentenderé de la legitimidad del actual Gobierno, porque usted conoce la historia del que se llamó constitucional. Busquemos los hechos. Una demagogia en poder causó los trastornos de agosto, y usted sabe cuanto hice yo por impedirlo; sabe que hasta el último momento sostuve la autoridad de Mosquera. Al fin, la revolución se consumó, se llamó al Libertador y en su ausencia se me encargó del mando. Los vence­dores tuvieron desde luego una cabeza y los vencidos respiraron viéndose a cubierto de la persecución. Usted contribuyó a que la provincia de Mariquita reconociese al Gobierno, y después hizo lo mismo en Neiva, inva­dida o amenazada por las fuerzas de Popayán. Los de­más departamentos verificaron otro tanto, y todos aguar­daban al Libertador. La muerte de éste cambió la cues­tión como usted dice; pero ¿acaso amenazaban meno­res males en aquel momento? Cien testigos hay de que quise disolver la autoridad que ejercía aquel mismo día, y que a instancias de todos los partidos desistí, porque a la verdad, ¿no habría sido esto poner en anarquía los departamentos que reconocían el Gobierno? ¿No habría tirado cada uno por su lado? Me resolví, pues, a convo­car un Congreso y a continuar hasta entonces; se puso en vigor la Constitución, y la convocatoria se arregló a ella lo más posible.

"En cuanto a mí, particularmente, no cedo a usted en interés por la Nueva Granada. Usted sabe cuánto valor tienen las afecciones de la juventud. Yo vine aquí de doce años de edad; aquí me eduqué; aquí me casé, y mis hijos son granadinos. A la Nueva Granada he consagrado la mayor parte de mis servicios: ¿cómo no he de amarla? El furor de la revolución me acusa hoy de haber nacido más allá de un miserable arroyo: en hora buena; esto no me irrita ni disminuye el interés que tengo por esta sección de Colombia. Yo me iré, pero antes haré cuanto pueda para que la Nación se dé un gobierno bajo el cual crezcan mis hijos que por su ori­gen y por su inocencia no deben ser expulsados: esto es todo cuanto ambiciono, y no crea usted que le reservo nada. Volvamos al asunto. García del Río irá al mo­mento que usted nos avise que la negociación tiene lu­gar, porque irse antes sería hacer un viaje infructuoso. Como lleguemos a reunir la Convención por este medio, daré a usted mil gracias toda mi vida".

Estos documentos, que se publicaron en la |Gaceta Oficial, además de la no aprobación que erróneamente se supone dio el general Urdaneta al medio decisivo y trascendental que yo osé tomar para que la Nueva Gra­nada se organizase pacíficamente, prueban que yo pro­curé hacer caer las armas de la mano a todos los parti­dos, y que el general Urdaneta aceptó con gusto este medio racional de dar la paz al país; y también prueba que hablé verdad en todo lo que dije respecto a su con­ducta en la revolución de los pueblos de la Sabana y del batallón |Callao.

 

 

IV
 

 

Esperaba yo en La Plata el resultado de la proposi­ción que hice al dictador del Cauca, y la contestación del Gobierno, en la ansiedad que puede calcularse.

El 17 (marzo) a las diez de la noche recibí carta de mis comisionados Geraldino y Borrero participándo­me, del Pedregal, que seguían para Caloto, donde se decía estar el general López, y que el general Obando se hallaba al extremo del valle amagando al departa­mento de Antioquia, lo que hacía imposible que ellos fueran a tan gran distancia; que pensaban ver si el ge­neral López aceptaba sus credenciales, y que en este caso, esperaban que yo lo aprobase aunque no iban autorizados a tratar con él. Esto me dio a conocer que el resultado no podía saberse tan pronto como yo esperaba. Al mismo tiempo tuve noticia de que el comandante González tramaba un movimiento en Neiva, |para llevarse la gloria, y de que en los demás cantones se notaban síntomas de que si González conseguía su objeto, seria secundado en otros pueblos.

Mi permanencia en La Plata no tenía ya objeto: na­da hacía situado en el confín de la provincia alentando con la distancia a González y demás partidarios de la contrarrevolución; resolví pues trasladarme a Yaguará, pueblo grande, central, de recursos, a poca distancia de Neiva, y reunir en él toda la columna. Efectivamente salí de La Plata el 18, dejando allí de observación una compañía de su milicia, que era decidida, y el 19 recibí en Yaguará avisos ciertos de que González había consu­mado su proyecto; de que el coronel Manuel Arjona, gobernador de la provincia, estaba preso, y de que se había hecho un pronunciamiento popular; declarando restablecido el Gobierno caído; y supe que habían sali­do dos comisionados a encontrarme. La sorpresa que me causó ver realizados los avisos que antes había teni­do, ejecutándose un movimiento que hacía nulos mis esfuerzos por dar la paz al país, conciliando mi deber con mi conciencia, me decidió a marchar sobre Neiva a castigar. En los momentos de partir llegó el señor Pedro Dávila, quien me llevaba una nota de González y cartas de mis amigos de la ciudad. El señor Dávila, con ruegos, con reflexiones ciertamente, juiciosas, me calmó y me dio tiempo a pensar; pero, ¿cómo calmar a los jefes, oficiales y tropa de la columna cuya indigna­ción llegaba al frenesí? Con grandes esfuerzos lo logré, y eso me probó que yo tenía un ascendiente absoluto sobre ellos.

 

Inmediatamente hice regresar al señor Dávila con orden terminante de que en el momento de llegar, se diese por nulo todo lo hecho, y se pusiese en libertad al gobernador Arjona, a quien dirigí un oficio con fecha 20 de marzo, en el que le dije entre otras cosas:

"A mi llegada a esta parroquia anoche a las diez tuve noticias vagas de los sucesos de esa ciudad el 17 del corriente. Mejor instruido hoy por cartas particula­res, y una oficial del comandante González, que nunca debió dirigirme, es imposible que yo pueda convenir en un acto semejante; y si en el término de dos horas des­pués que usía reciba esta comunicación no está usted en libertad, y en el ejercicio de su autoridad, marchará la columna a restablecer el orden.

"Sin entrar ahora en el análisis de aquel movimien­to, ni en la conducta del comandante González, quien parece haberlo acogido, diré a usía únicamente que la columna de mi mando está dispuesta a sostener la auto-

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