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 "Acepte vuestra excelencia, de quien soy atento y obediente servidor.

"BOLIVAR"

 

PROCLAMA DEL LIBERTADOR A SUS CONCIUDADANOS

 

"Colombianos: Las calamidades públicas que han re­ducido a Colombia al estado de anarquía, me obligan a salir del reposo de mi retiro para emplear mis servicios como ciudadano y como soldado. Muchos de vosotros me llamáis para que contribuya a librar la República de la disolución espantosa que la amenaza. Yo os prometo, penetrado de la más pura gratitud, corresponder en cuanto dependa de mis facultades, a la confianza con que me honráis. Os ofrezco, todas mis fuerzas para coo­perar a la reunión de la familia colombiana, ahora sumergida en los horrores de la guerra civil. Toca a vosotros para salvarla reuniros en torno del Gobierno que el peligro común ha puesto a vuestra cabeza. Olvi­dad, os ruego, hasta vuestras propias pasiones, pues sin este heroico sacrificio Colombia no será más, de­jando la infausta memoria de un pueblo frenético, que por no entenderse inmoló su gloria, su libertad, su exis­tencia.... Pero no, colombianos. Vosotros sois dóciles a la voz de la religión y de la patria; vosotros amáis los magistrados y las leyes; VOSOTROS SALVAREIS A COLOMBIA.

"BOLíVAR"

"Cartagena, 18 de septiembre de 1830".

 

Esto no satisfizo la ansiedad pública. El 20 convocó el prefecto a las autoridades civiles, militares y ecle­siásticas para tomar en consideración el estado de la República por consecuencia de los sucesos de la capital y | cambiamiento del Gobierno supremo, y unánimemente se resolvió que debía reconocerse el nuevo Gobierno "a fin -dice el acta- de conservar el orden y evitar los desastres que traería a todos la disolución de. la Repú­blica"; pero que se convocase a los padres de familia para deliberar sobre la materia.

Al día siguiente tuvo lugar este gran comicio, que no sólo fue numeroso sino selecto, y sin que se levantara una sola voz en oposición, se acordó una acta enteramente armónica con la de esta capital, y se nombró una comisión para presentarla al Libertador y suplicar­le que la aceptase. El síndico municipal, García del Río -que presidía- y llevaba la palabra en aquel acto, le presentó las actas, arriba mencionadas, y des­pués de expresarle los motivos de semejantes acuerdos en circunstancias de haber caído el Gobierno y de ha­berse creado otro por la necesidad de evitar la anar­quía, dijo:

"Los dignos veteranos de la libertad que en las ciu­dades y en los campos se han pronunciado en este sen­tido han cumplido con el deber que tiene todo ciudada­no de concurrir a la salvación de la patria que les dio el ser, por cuantos medios estén a su alcance. Falta aho­ra, señor, que vos llenéis el vuestro y que inmoléis en las aras de la patria vuestro reposo, vuestras ideas y hasta vuestra reputación. No creáis que vos solo hacéis sacrificios encargándoos del mando supremo: también los hacemos nosotros, amantes del orden y de la libertad, cuando traspasamos la barrera de la ley para confiároslo. Pero comprometidos nuestros más caros inte­reses, amenazada la patria de muerte, responsables ante las generaciones venideras por el sagrado depósito del nombre, de las glorias, de la existencia de COLOMBIA, | hemos cedido al más imperioso de los sentimientos vi­vientes, al deseo de la propia conservación, y os hemos llamado para que os coloquéis a nuestra cabeza y nos dirijáis en la noble empresa de reorganizar nuestra propia obra, DE RECONSTRUIR A COLOMBIA y presentarla de nuevo a los ojos de las naciones en su antigua majestad y esplendor.

"¿Podéis, señor, ser insensible a los infortunios del país, correspondiendo mal a nuestra confianza? ¿Falta­réis a la bella misión que la Providencia os destina, tan sólo por salvar las apariencias de una legalidad que ya no existe en parte alguna, y por conservar inmaculada una gloria que se disipará como un vapor ligero desde el instante en que COLOMBIA | abandonada por vos desaparezca?

"Señor, meditad bien vuestra resolución: considerad que Colombia y la América, la Europa y el mundo

aguardan de vos un acto sublime de consagración: la his­toria misma os contempla ahora para fallar sobre vues­tro mérito, según la conducta que adoptéis en esta oca­sión. Ella no os dará el título de GRANDE HOMBRE, si | vuestro sucesor en Colombia es una anarquía perdura­ble; si no la dejáis por legado, al fin de vuestra carrera política, la consolidación de la libertad y de las leyes".

¡Cuánta nobleza, cuánto patriotismo, cuánta genero­sidad de sentimientos no muestran estas elocuentes pa­labras!

Bolívar se sintió conmovido: la gloria de ser el res­taurador de la gran nación, de la que había sido el li­bertador, hizo chispear sus ojos de animación, y coloró sus mejillas con el orgullo y la idea de obtener tan re­fulgente timbre; pero aquel momento pasó como un me­teoro fugaz que ilumina un instante la bóveda celeste y la deja al apagarse más oscura. Los comisionados, que se habían animado con la esperanza de obtener la respuesta que deseaban, palidecieron al ver en el cam­bio del semblante de Bolívar perdida aquella esperanza, en la que fincaban el triunfo de la causa por que tra­bajaban. Error, ilusión: la causa estaba perdida, por­que ese hombre moribundo no podía contar con bastan­te vigor para luchar con las ambiciones que se disputa­ban los trozos de la patria hecha pedazos, y para conso­lidar un triunfo que su nombre habría obtenido, pero que no habría durado más que su vida. Esto lo conocía, lo sentía Bolívar, y su respuesta fue consiguiente a su convicción. Insistió en su repulsa en lo sustancial, aun­que la dulcificó cuanto pudo, con palabras que no lo comprometían a aceptar la responsabilidad de jefe, y que no pasaban de promesas aéreas de servicios como ciudadano y como soldado", obedeciendo y no man­dando.

Su respuesta se publicó en |La Gaceta, como sigue:

"Su excelencia el Libertador se sirvió manifestar, en contestación, cuán profunda era la impresión de gra­titud que había dejado en su pecho el pronunciamiento de pueblos tan importantes y beneméritos, y señalada­mente el de la capital del Magdalena, que tanto se había ilustrado en las páginas del patriotismo y en los fastos de las virtudes sociales; se mostró sensible a la ilimitada confianza con que le honraban sus conciudadanos; reco­noció que debía sacrificarse todo entero por la salva­ción de la noble COLOMBIA, | y prometió concurrir, al lo­gro de esta bella empresa con todo el lleno de sus fuer­zas. "He ofrecido, dijo en una proclama que acaba de ver la luz pública, que serviré al país, en cuanto de mi penda, como ciudadano y como soldado: esto mismo tengo el honor de repetirlo ahora. Pero decid; señores, a vuestros comitentes, que por respetable que sea el pronunciamiento de los pueblos que han tenido a bien aclamarme jefe supremo del Estado, sus votos no cons­tituyen aún aquella mayoría que sólo pudiera legitimar un acto semejante, en medio de la conflagración y la anarquía espantosa que por todas partes nos envuelve. Decidles que si se obtiene esa mayoría, mi reposó, mi existencia, mi reputación misma, todo lo inmolaré sin titubear en los altares de la patria adorada, a fin de sal­varla de los horrores, de los disturbios intestinos, de los peligros de agresión extraña y de volver a presentar a Colombia, ante el mundo y ante las generaciones futu­ras, tranquila, respetada, próspera y dichosa".

No puede darse una repulsa más terminante; y el señor Restrepo, en su interesante |Historia de Colombia ha dado a conocer, además, un documento privado de una fuerza inmensa que pulveriza todas las imputacio­nes calumniosas del partido liberal contra Bolívar, por los sucesos de que estoy tratando.

 

Dice así el señor Restrepo:

 

"Algunos han calumniado al Libertador diciendo que aceptó el mando de Colombia, ofrecido por una facción militar; pero los documentos escritos demues­tran lo contrario con la mayor claridad. Tenemos igual­mente a la vista cartas suyas originales, en una de las cuales decía, el 25 de septiembre, a Vergara, ministro del interior de Urdaneta:

"Usted me dice que dejará el ministerio porque tie­ne que atender a su familia, y luego me exige usted que marche yo a Bogotá a consumar una usurpación que |La Gaceta extraordinaria de 7 del corriente ha puesto de manifiesto, sin disfrazar ni una coma la na­turaleza del atentado. No, mi amigo, yo no puedo ir ni estoy obligado a ello, porque a nadie se le debe for­zar a obrar contra su conciencia y las leyes. Tampoco he contribuido en la menor cosa a esta reacción, ni he comprometido a nadie a que lo hiciera. Si yo recogiese el fruto de esta insurrección, yo me haría cargo de toda su responsabilidad".

"Continuaba después en la misma carta enumerando los otros motivos que le asistían para no volver a Bo­gotá, que, según decía, no era su teatro, donde nada podría hacer, porque los militares granadinos no lo sos­tendrían, y mucho menos los que rodeaban al Gobier­no; porque aborrecía mortalmente el mando; porque sus servicios no habían sido felices, y porque estaba can­sado y enfermo.

"No puedo, mi amigo -añadía, - no puedo volver a mandar más, y crea usted que cuando he resistido hasta ahora los ataques de mis amigos de Cartagena, seré en adelante incontrastable. Dentro de tres días me voy hacia Santa Marta, para hacer ejercicio, para salir del fastidio en que estoy y para mejorar de tempera­mento. Yo estoy aquí renegando, contra mi voluntad, pues he deseado irme a los infiernos para salir de Co­lombia; pero el señor N., a la cabeza de otra porción de importunos, me han tiranizado, haciéndome quedar donde no puedo ni quiero vivir".

"Luego se hacía cargo Bolívar de su proclama y ofi­cio de 18 de septiembre. Decía que por condescender con los comisionados de Bogotá, les había ofrecido que no diría redondamente que se denegaba a aceptar el mando, que usó por eso de las expresiones vagas de ser­vir como ciudadano y como soldado, a fin de sostener por algún tiempo la nueva administración mientras bus­caba ésta cualquier medio de salir de la crítica situación en que se había colocado.

"Yo compadezco -decía al general Urdaneta- a usted y a todos mis amigos que se han comprometido su esperanza de salir bien, pues nunca debieron contar conmigo para nada, después que había salido del man­do y que había visto tantos desengaños. A nadie le cons­ta más que a usted mi repugnancia a servir y la buena fe con que insté por mi separación. Desde aquel momen­to he tenido mil motivos para aprobar mi resolución;

de consiguiente sería absurdo de mi parte volverme a comprometer. Añadiré a usted una palabra más para aclarar esta cuestión, todas mis razones se fundan en una: |no espero salud para la patria. Este sentimiento, o más bien esta convicción íntima, ahoga mis deseos y me arrastra a la más cruel desesperación. Yo creo todo perdido para siempre, y la patria y mis amigos sumer­gidos en un piélago de calamidades. Si no hubiera más que un sacrificio que hacer y éste fuera el de mi vida, o el de mi felicidad, o el de mi honor, créame usted, no titubearía; pero estoy convencido que este sacrificio sería inútil porque nada puede un pobre hombre contra un mundo entero; y porque soy incapaz de hacer la fe­licidad del país, me deniego a mandarlo. Aún hay más:, los tiranos de mi país me lo han quitado y yo estoy proscrito; así yo no tengo patria a quién hacer el sacrificio".

"He aquí la postrera manifestación que hizo el Li­bertador de sus verdaderos sentimientos, y una ingenua explicación de su conducta política en aquella época desgraciada para la República. Estos sentimientos de­positados en el seno de la amistad y expresados con la mayor franqueza, tienen el carácter augusto de la ver­dad, sobre todo cuando Bolívar no los desmintiera un ápice en los pocos meses que sobrevivió a tan explí­cita declaración".

Estos documentos auténticos, estos hechos notorios, incontestables, prescindiendo de lo que a mí me consta particularmente como comprometido en aquella revo­lución, o rebelión, o facción, como quiera llamarse por otros revolucionarios, rebeldes, facciosos, de todos tiem­pos, infinitamente más criminales, estos documentos, digo, prueban sin contradicción posible que es falso que Bolívar hubiera sido nuestro cómplice ni como jefe ni de ninguna otra manera; que es falso que hubiera apro­bado nuestros hechos; que es falso, en fin, que hubiera aceptado el mando que le ofrecimos. Si Bolívar hubiera gozado de buena salud, yo le acusaría de haber visto con indiferencia la suerte del país, por la no aceptación del mando; de manera que lejos de merecer los cargos que los liberales le han hecho, merecería más bien el contrario.

 

Conforme lo dijo al señor Vergara, en la carta que acabamos de ver, se fue a Barranquilla, donde permane­ció más de un mes, y como sus males se agravasen, ac­cedió a los deseos del general Montilla yéndose a Santa Marta, ciudad en la que nunca había estado y en la que, variando de clima, pensaba encontrar alivio a sus dolen­cias, sin caer en cuenta que siendo las morales más que las físicas las que lo postraban, las diferencias de climas no lo aliviarían.

 

 

VII
 

 

La provincia de Mompós fue la primera que se pro­nunció, después de la Mariquita, en el sentido que lo hizo la de Bogotá. Su gobernador, el señor Francisco Martínez Troncoso, la invitó a ello y continuó gober­nándola bajo la administración del general Urdaneta. Siguieron luego la de Santa Marta y las del Istmo. En estas últimas el general Espinar, que estaba en Panamá como comandante general, había desconocido antes al Gobierno, conservándose en la comandancia general contra sus órdenes y no aceptando la gobernación de la provincia de Veraguas que se le confirió; depuso al prefecto y asumió el mando civil; habló de indepen­dencia del Istmo, cosa en que siempre piensa allí un circulo de turbulentos y que los hombres de juicio re­chazan, porque hay injusticia en calificar a todos los istmeños de egoístas y antigranadinos; pero al fin tam­bién aquellas provincias y el mismo Espinar se pronun­ciaron reconociendo el nuevo Gobierno en los términos que lo había hecho Cartagena. En la de Riohacha su gobernador, el señor José María Cataño, luego que re­cibió las actas de Cartagena, convocó el Concejo Muni­cipal y a los vecinos notables, y acordaron "sostener el Gobierno legítimo y desconocer a las autoridades del departamento".¹ Siempre ha habido en Riohacha repug­nancia a depender, bajo cualquier forma, de las autori­dades de otra provincia, y esta repugnancia no la dísmi­-

1 Téngase presente que el departamento se componía, como ya he dicho antes, de las provincias que hoy forman los Es­tados de Bolívar y Magdalena, con más el cantón de Ocaña, que pertenecía a la provincia de Santa Marta.    

 

nuirá el actual sistema, y producirá graves complicacio­nes entre dicha provincia y Santa Marta. Entre nosotros el antagonismo, las rivalidades de unos pueblos con otros presentan dificultades en cualquier organización que no sea la de provincias separadas, que al menor pretexto, a la primera ocasión se hacen sentir per­turbando el orden público. Esto, más que el principio que se proclamaba, causó la disidencia de Riohacha. El cantón de San Juan siguió el ejemplo de su capital pronunciándose en el mismo sentido, pero el de Valledupar lo hizo en el de Cartagena, declarando quedar unido al departamento. Estalló pues la guerra civil en la provincia de Riohacha. Para sostenerse ocurrió su go­bernador a Maracaibo pidiendo auxilio de tropas ve­nezolanas, y de jefes y oficiales que disciplinasen los cuerpos que iba a levantar. El coronel Borrás, que man­daba en Maracaibo como prefecto del departamento del Zulia, envió al comandante Pedro Carujo, por todo au­xilio, diciendo al gobernador Cataño: "Usted ya sabrá que él fue el principal autor de la heroica, aunque ma­lograda conspiración del 25 de septiembre".¹

De Cartagena y Santa Marta se movieron tropas contra Carujo y las autoridades renuentes de Riohacha. Carujo fue batido y volvió a Maracaibo con los demás comprometidos. Los combates no fueron muy sangrien­tos; pero los hospitales se llenaron de moribundos y los cementerios de cadáveres por las enfermedades causa­das en una campaña en la estación de lluvias, en un país anegadizo y malsano en dicha estación.

Todos los departamentos y provincias que se pronun­ciaron reconociendo al Gobierno establecido y llaman-

 

1 Este Carujo, tan |liberal, que tenía tan grande recomendación para con los liberales, fue el principal autor de la revo­lución de Venezuela en 1833 contra el Gobierno civil, consti­tucional y verdaderamente liberal del eminente ciudadano José de Vargas para establecer un gobierno militar autocrático. El señor Vargas esperó en su palacio que lo echaran de él por la fuerza. Nadie se resolvía a ello. Sólo Carujo se atrevió a hacerlo, intimando en tono altivo al venerable Presidente, que estaba destituido diciéndole: "El mundo es de los valientes". No hay duda. Carujo era liberal en el sentido que tiene esta palabra por estas nuestras tierras suramericanas. El general Mariño, también gran |liberal en 1830, fue revolucionario con Carujo en esa época. Así es el mundo.    

 

do al Libertador al mando, lo hicieron por medio de actas, excepto los de Antioquia y el Cauca.

El señor Alejandro Vélez, diputado que fue al Con­greso constituyente, prefecto a la sazón del departa­mento de Antioquia, convocó a una asamblea de dipu­tados de los pueblos del departamento. Reunióse en efec­to la asamblea, compuesta de ciudadanos respetables e independientes, y sin oposición se acordó en ella el reconocimiento de los hechos consumados y el sosteni­miento al nuevo Gobierno. El señor Vélez no creyó de­ber continuar en la prefectura, y se separó.

El señor José Antonio Arroyo, prefecto del Cauca, convocó también una asamblea de diputados que debía reunirse en el centro del Valle en la ciudad de Buga, y que en efecto se reunió. Pero en el Cauca la autori­dad civil ha valido siempre muy poco al frente del po­der militar. El prefecto procedía de buena fe al con­sultar la voluntad del pueblo cuya suerte le estaba con­fiada, pero los generales Obando y López, tan violenta­mente atacados por la prensa de Bogotá y Cartagena como asesinos del general Sucre, trabajaban de otro modo para ponerse a cubierto de la persecución que les amenazaba. El general Obando, en sus |Apuntamientos para la historia, dice:

"Desde que se hizo sentir la derrota del Santuario, concerté con el prefecto del departamento, señor José Antonio Arroyo que expidiese un decreto convocando una asamblea departamental para la ciudad de Buga, con el fin de entretener por este medio la revolución, y darme tiempo para organizar fuerzas: en efecto fue convocada la asamblea y el mismo señor prefecto mar­chó a su tiempo a instalarla".

Este aserto necesita aclararse. Yo conocí al señor Jo­sé Antonio Arroyo, y declaro que era incapaz de proceder con doblez en ningún sentido; por consiguiente no ad­mito que fingiera consultar la voluntad de los pueblos, por un medio legal, para tenderles un lazo y contrariar premeditadamente la decisión de sus representantes; cualquiera que fuese. Indudablemente participaría la medida que iba a tomar, a los poderosos generales ár­bitros de Popayán, que disponían de la fuerza pública, y tenían a su devoción los antiguos guerrilleros realistas, conmilitones del general Obando, y los compañeros de ambos en su movimiento de 1828. El general López no habla de esto en sus |Memorias, y no es dudable que el general Obando manifestara su aquiescencia a la me­dida que el prefecto iba a tomar  "para ganar tiempo y organizar fuerzas".

En esta predisposición de los ánimos de ambos ge­nerales, recibieron la resolución del general Urdaneta en que accedía a lo pedido por ellos sobre que se les abriera un juicio para sincerarse de las acusaciones que se les hacían por el asesinato del Mariscal de Ayacucho, y lo que tenía que suceder, sucedió: desconocieron el gobierno de dicho general, no entregaron el mando a los jefes nombrados para sucederles, y empezaron a to­mar medidas para obrar en defensa propia, con la ventaja que les daba la del principio de legalidad que pro­clamaban, sin hacer el menor caso de la asamblea de Buga, resueltos a desconocer sus acuerdos si les eran contrarios.

El general Urdaneta se irritó, y siendo profunda su convicción de que obraba en justicia, expidió la siguiente fulminante proclama:

 

"RAFAEL URDANETA

 

general en jefe de los ejércitos de la República, encar­gado del Poder Ejecutivo, etc., etc.,

 

"A los habitantes del departamento del Cauca.

 

"Caucanos: La desgracia os ha colocado bajo la autoridad de los asesinos del Gran Mariscal de Ayacu­cho, y ellos abusan hoy de vuestra honradez para ocul­tar su crimen.

"Caucanos: ¿Permitiréis que vuestros nombres pa­sen asociados a la posteridad a los nombres de dos in­signes criminales? No: la libertad misma, ese don del cielo, no podríais recibirla sin rubor de manos tan im­puras, teñidas en la ilustre sangre de una víctima ino­cente.

"Caucanos: Colombia está hoy en armas contra el crimen, y sin ofender a vuestro honrado carácter nadie puede dudar que pertenecéis a la causa de la justicia.

 

"Caucanos: La libertad que invocan y la Constitu­ción que afectan defender los asesinos, no son sino pre­textos para sustrarse de la indignación nacional y de la vindicta de las leyes: no os manchéis con el crimen que los cubre; negadles vuestra cooperación, y muy pronto veréis el castigo de los malvados que os deshon­ran.

"Bogotá, 28 de septiembre de 1830

 

"RAFAEL URDANETA"

 

No quedaba pues, recurso alguno a los dos genera­les acusados; tenían forzosamente que aventurar el todo por el todo; para ellos no era ya la cuestión de­fender un principio, una causa política: inocentes o culpados, era una cuestión no sólo de orgullo, de honor, sino de vida o muerte.

Yo estoy persuadido, y hechos posteriores me afir­man en mi persuasión, que si el general Urdaneta se desentiende de la representación que encontró en la mesa del señor Mosquera, y se les dirige de oficio, reco­nociendo el carácter que uno y otro tenían, de modo que se hubiesen persuadido de que no corrían riesgo de ser condenados en un juicio apasionado o severo, las cosas habrían pasado de otra manera.

 

 

VIII
 

 

Los acontecimientos se sucedían tan rápida y casi simultáneamente en el sur de la Nueva Granada y en el Ecuador, que es difícil referirlos sin cierta confusión, y hacerlo en su orden cronológico es casi imposible. Procuraré dar a conocer lo más importante.

Yo llegué a la villa de Purificación el 8 de octubre, y el 9 se reunió en dicha villa la columna de mi mando. Allí encontré al gobernador de la provincia, mayor Joa­quín Barriga, y al escuadrón de húsares que me había precedido. Propuse al mayor Barriga que si aceptaban los hechos que me habían llevado allí, continuase ejer­ciendo las funciones de su empleo, aunque efectivamente no habiendo cumplido treinta años, edad que requería

la Constitución para ser nombrado gobernador de pro­vincia, 'había sido su nombramiento inconstitucional. Eramos amigos, nos hablamos con franqueza, y habiendo rehusado mi ofrecimiento, me pidió y le di pasaporte para Bogotá, donde el general Urdaneta lo recibió y trató como a todos: es decir, bien y amistosamente, de­jándolo tranquilo en su casa.

El 7, antes de mi llegada a Purificación, se había pronunciado la ciudad de Neiva, con el mayor entusias­mo, y precisamente el 9 recibí la noticia en Purifica­ción. Todos los pueblos de la provincia siguieron el ejemplo de su capital, sin que se empleara para ello un soldado, ni una intimación, ni una amenaza. Barriga es­cribió a sus amigos recomendando mi carácter. Así fue que ocupé la provincia pacíficamente y fui recibido en todas partes con marcadas muestras de benevolencia. Di garantías a todos, a nadie perseguí, el orden político continuó como antes, de manera que las provincias de Mariquita y Neiva, que fueron el teatro de mis opera­ciones, como faccioso, según unos, y como restaurador, según otros, no sintieron en lo más mínimo los efectos qué en otras partes produjo un cambio de gobierno de tamaña consecuencia. Viven muchos en ambas provin­cias de los que vivían en aquella época, y desafío al que quiera desmentirme, a que lo haga.

 

Las provincias de Mariquita y Neiva están llamadas a ser algún día florecientes, ricas y dichosas. ¿Cuándo llegará ese día? Cuando haya gobierno; es decir, cuan­do haya seguridad; recta administración de justicia; protección al hombre honrado que trabaja, para que goce tranquilo del fruto del sudor de su frente; seve­ridad con los malhechores; respeto a las leyes y a la autoridad, y sobre todo, temor de Dios, sin el que no puede haber moralidad, que es la base de la sociedad. Lejos, muy lejos está, sin duda, ese día. Yo no lo veré, pero él llegará porque la sociedad tiende, por su pro­pia naturaleza, al orden regular y practicable, y el es­pantoso desorden en que hoy vivimos no puede ser per­manente.

Yo creo que en la provincia de Neiva, principalmen­te, debe haber mucho dinero, porque ha sido siempre una provincia productora, y en la vida sencilla y patriarcal de sus habitantes, consumen del extranjero y de otras provincias mucho menos de lo que exportan. Puede ser que hoy no sea lo mismo, pero así en cuando la conocí.

Formando ambas provincias la grande hoya del alto Magdalena entre las dos inmensas y elevadas cordilleras oriental y central, bañadas sus magníficas llanuras por infinidad de ríos y arroyuelos que culebrean por las praderas entre boscajes floridos, convidando al hombre a trabajar sus vegas; teniendo el Magdalena navegable en balsas y barquetas desde Neiva hasta Ambalema, desde Ambalema en champanes y vapores pequeños has­ta Honda, y desde Honda hasta el mar, en vapores y otras embarcaciones de mayor porte; ricas las faldas de ambas cordilleras en metales preciosos, en maderas fi­nas, en el diamante negro, como llaman los ingleses al carbón de piedra, esas provincias, repito, tienen que lle­gar a ser más tarde o más temprano lo que Dios quiso que fueran al crearlas tan bellas.

En mi marcha para Neiva encontré en Villavieja al coronel José M. Gaitán, a quien el comandante Forero, que me había precedido, hizo aprehender en una ha­cienda inmediata. Yo llevaba orden de remitirlo a Car­tagena, y falté a ella: le di pasaporte para esta capital y lo recomendé al general Urdaneta, quien lo dejó tran­quilo. Poco después el coronel Gaitán se fue a Casana­re, y de allí volvió en armas contra el general Urdaneta. El teniente coronel Manuel González venía de Popayán para el cantón de La Plata, a levantar fuerzas para de­fenderlo y oponérseme, precisamente en los momentos en que la ciudad de ese nombre se pronunció y el Co­mandante de su milicia, señor Manuel Borrero, lo apre­hendió y lo remitió a Neiva con una escolta, y con gri­llos. Yo estaba ya en Neiva, y al ver a González, que había sido mi amigo y mi compañero en Venezuela, co­mo teniente del batallón |Tiradores, lo estreché en mis brazos, le hice quitar los grillos, le hospedé en mi casa, le di' pasaporte, a su solicitud, con auxilios de marcha para Bogotá, y lo recomendé al general Urdaneta. Gon­zález tomó servicio, pidió ser destinado a mi columna, se le concedió, volvió a Neiva y se quedó allí con dife­rentes pretextos. Pronto se verá cuál fue su objeto y cómo correspondió a mi cariño y atenciones. Hay veces que el ser |demasiado buena perjudica a quien lo es, y a la causa que sostiene; lo mejor es ser lo que se debe ser, hacer lo que se debe hacer, y no ser ni bueno ni malo. Si Dios me concede algunos pocos años más de vida y me permite tomar parte en la próxima olimpía­da, este será mi sistema. He sufrido muchas reconven­ciones y censuras, y quizá me he perjudicado por no haberlo seguido, si es que realmente he sido demasiado bueno, como por rebajarme me llaman algunos, no te­niendo otra cosa que echarme en cara. En algunos actos que atribuyen a esa cualidad, creo que yo acerté y que los calificadores son los que cometen error en su cali­ficación.

 

 

IX
 

 

En Cali, ciudad grande, hermosa y que está llamada a ser el emporio del ameno y rico valle del Cauca, el pueblo se pronunció espontáneamente, sin aguardar la reunión de la asamblea de Buga; sitió la fuerza que es­taba a órdenes del coronel Eusebio Borrero, teniente del general Obando, y la obligó a capitular. Una com­pañía del batallón |Vargas, que estaba en Cali, debía re­gresar a Popayán, conforme a la capitulación juramen­tada de no volver a tomar las armas contra Cali, pero la mayor parte de la tropa se quedó.

El artículo 5º de la capitulación dice así:

"Habiendo sido el único objeto con que se alarmó este pueblo, proclamar generalísimo de todas las tropas de la República al excelentísimo señor Simón Bolívar, se deliberará sobre este pronunciamiento cuando se reu­na la asamblea departamental".

El general López, a la primera noticia del movimien­to de Cali, salió de Popayán, llevando dos compañías del batallón |Vargas. En Quilichao tuvo aviso de | lo ocu­rrido en Cali y de que seguían comisionados a encontrar­le, entre ellos el general Murgueítio. Con este aviso de­tuvo su marcha y los esperó. Llegados que fueron, apro­bó la capitulación por un nuevo convenio, en el cual se lee en su artículo 6º lo siguiente:

 

"Dependiendo la salud del Cauca de las resoluciones que en la presente crisis adopte la convención convo­cada del departamento, y deseando la comandancia ge­neral, no sólo contribuir a su libre elección, tuvo a bien obviar sus deliberaciones, manda, pues, que se retire en esta fecha la fuerza armada existente en este cantón al cuartel en Popayán, y que no se introduzca ninguna a otro punto del valle".

He aquí al general López, comandante general del departamento, sometido explícita y solemnemente a las decisiones de la asamblea, que estaba próxima a reunirse en Buga, de la cual el general Urdaneta esperaba con fundamento el reconocimiento de su autoridad. Sin em­bargo, Urdaneta improbó la capitulación por no admi­tir ninguna transacción con los asesinos del general Sucre". Error fatal fue manifestarse inexorable basta este extremo contra unos hombres que no habían sido oídos y convencidos en juicio, lo que por necesidad los hacía más y más tenaces en su oposición. El general Urdaneta, tengo que advertirlo, casi no podía hacer otra cosa. La exaltación de los militares contra Obando y López por la muerte del general Sucre era tal, que Urdaneta, a quien calificaban de excesivamente tole­rante con los enemigos no podía contrarrestaría, bien que él mismo estaba sobre el particular dominado por una persuasión que no le dejaba pensar en ninguna ra­zón de estado, ni de conveniencia política.

Impotente el general López para obrar sobre el Va­lle del Cauca, que todo se agitaba en sentido del pronun­ciamiento de Cali; firmado que hubo el convenio de armisticio, "hasta que una asamblea de diputados del departamento deliberase lo que convenía a los pueblos en esas circunstancias", se decidió a obrar sobre la pro­vincia de Neiva. En consecuencia ordenó que de Popa­yán se le mandasen en dirección a la Plata por el pá­ramo de Guanacas, fusiles y municiones, lo que se ve­rificó. Yo no había llegado a La Plata, ninguna fuerza mía ocupaba ni aquella ciudad ni sus alrededores, y sin embargo esos elementos de guerra fueron apresados y se pusieron a mi disposición. ¿Quién lo hizo? Los paisanos de los campos. No era, pues, tan impopular en la provincia de Neiva la causa que yo iba proclamando.

 

Los jefes, los oficiales y la tropa del batallón |Vargas servían a las órdenes de Obando y López, haciéndose una violencia que no era posible los mantuviese largo tiempo en forzada subordinación. La acusación que hacía la opinión pública a aquellos generales de asesi­nos del general Sucre, tomaba cada día más incremento y esto hacía que el batallón |Vargas fuera para ellos un peligro más bien que un apoyo.

Traía el general López para La Plata las dos com­pañías de dicho batallón -poco más de cien hombres- con que se propuso marchar al valle con el fin de ocu­par aquel cantón antes de mi llegada. Yo estaba en Neiva tranquilo, porque no quería apareciese la fuerza influyendo en la decisión de los pueblos en ninguna parte. El comandante de las milicias de La Plata me ponía postas sobre postas avisándome la expedición del general López, que suponía de cuatrocientos hombres, y pidiéndome que le auxiliase con toda mi fuerza. El general López había circulado con profusión una proclama que expidió en Quilichao al tiempo de marchar sobre el valle, en la que amenazaba con la "guerra mas cruel que se vio en el mundo" a los caucanos que lo abandonasen y no lo ayudasen en su "gloriosa empre­sa".' Todas las empresas de este género son gloriosas entre nosotros, de manera que la |gloria, oyéndose pro­clamar en todos los campamentos, se veía muy .embarazada para escoger en cuál quedarse, si no estuviese ya establecido en el mundo que se quede con el vencedor. Esa amenaza aterradora, que ciertamente no era muy liberal, ni muy constitucional, ni muy humanitaria en una guerra entre hermanos, se miraba entre los com­prometidos en la provincia de Neiva, como extensiva a ellos, y esto producía en La Plata una consternación que disminuían los elementos de defensa.

Yo no podía hacerme indiferente al riesgo de aque­llos pueblos tan fuertemente comprometidos. Anticipé, pues, el escuadrón de |Húsares, fuerte ya de unos 140 hombres, tropa excelente, y me preparé a seguirlo con el resto de mí columna, también aumentada con algu­nos voluntarios. No dejaba de entristecerme aquella for­zosa resolución, porque me alimentaba la esperanza de que viniendo el Libertador de quien decía el general Obando que con su brazo poderoso lo arreglaría todo, y acordando la asamblea de Buga la unión del depar­tamento al resto de la Nueva Granada, que obedecía al Gobierno establecido, todo podía arreglarse sin más combates ni desgracias. Pero no me quedaba arbitrio, tenía que repeler la fuerza por la fuerza, ya que los hechos probaban que la posición personal de dos hom­bres amenazados hacia nulos los votos del pueblo, le­gítimamente representado en la asamblea convocada para Buga, a cuya decisión uno de ellos, precisamente el que me venía a buscar, se había sometido solemnemen­te. Estaba ya mi tropa formada en la plaza para salir a, pernoctar a las orillas del río Neiva, a fin de pasar el "Llano Grande" con la frescura de la mañana, cuando un oficial de la milicia de La Plata, llegó a escape dando |vivas a Colombia y al Libertador, y me entregó un ofi­cio del comandante de La Plata, junto con el siguiente:

 

 

"República de Colombia. -Columna de Vargas-

Viborá, 20 de octubre de 1830

 

"Al señor comandante Manuel Borrero.

 

"Anoche como a las, siete de ella, toda la tropa de mi mando con los oficiales teniente Encarnación Ma­cías, Tomás Piñango, subteniente Juan Almeida, José León y José Castillo, hemos proclamado todos a su ex­celencia el Libertador y todos conforme (a excepción del comandante Lizardi, el teniente José Camargo y subteniente Fermín Agudelo, que marchan con sus co­rrespondientes pasaportes para Popayán); marchamos hoy mismo para El Pedregal. Por esta razón, en el mo­mento que usted reciba ésta, se pondrá en marcha para encontrarnos, bien en Las Cuevas o en El Pedregal.

"Todo lo que tengo el honor de comunicar a usted para su resolución.

 

"Dios guarde a usted.

 

"El comandante, |Manuel Vargas".

 

Yo leí esta nota en alta voz a la multitud de gente que se agolpó a oírla; y hubo en consecuencia lo que

siempre y en todas partes hay en estos casos: música por las calles, repiques de campanas, cohetes, libaciones y arengas. No hay cosa que agríe más el ánimo, que irrite más el encono del partido adversario al triunfa­dor, que estas demostraciones bulliciosas que se miran como un insulto, como una provocación; y cuando pro­vienen de triunfos sangrientos, en los que cualquiera que sea el partido vencedor la patria pierde, es mayor la irritación que siente el vencido, el odio se exacerba y toda idea de reconciliación se aleja. Los partidos debían convenirse en suprimir estas demostraciones. Así fue que al poco rato y con buen modo procuré que la halga­zara cesase. No habiendo, pues, urgencia en mi marcha, la suspendí por unos días, para acabar de organizar mi columna, y proveer al mantenimiento del orden en la provincia, inspirando confianza a todos y evitando las transgresiones.

El general López corrió un grandísimo riesgo de ser, por lo menos, preso por Vargas, como lo fue Gon­zález por Borrero: él lo evitó porque tuvo indicios del peligro, y con tiempo se volvió para Popayán.

 

 

X
 

 

Por fin se reunió la asamblea del Cauca el 11 de noviembre en Buga con todos los diputados del depar­tamento, y el 16 se acordó reconocer al general Urda­neta en el mando provisorio de la República y llamar al Libertador, todo en conformidad con lo resuelto en las actas populares de Bogotá y demás provincias pro­nunciadas. El señor Arroyo se excusó de continuar en el puesto de prefecto del departamento, y se separó. El general Obando en sus |Apuntamientos para la historia, en ese libro que no es sino un horno ardiente al que arrojó cuanta reputación honorable había en el país, por poco que los hombres que la merecían se hubiesen separado de su causa personal; el general Obando, digo, que se cebó cruelmente sobre el benemérito general Mur­gueítio, lo acusa de que como presidente de la Asamblea y boliviano, destituyó arbitrariamente al señor Arroyo El hecho no es cierto. El señor Arroyo presumía que ni Obando ni López se someterían a la decisión de la asamblea, si ésta no era poner el departamento en ma­nos de ellos; tenía su casa, su familia y sus propieda­des en Popayán; le era indispensable y urgente volver a dicha ciudad, y estas consideraciones, unidas a un sentimiento laudable de delicadeza, pues creía que co­mo empleado del Gobierno caído no debía servir al que por la violencia le había sucedido, fueron las causas de su separación voluntaria de la prefectura, a pesar de que el señor Arroyo era y fue siempre amigo del Liber­tador.

Que la decisión de los generales Obando y López era no someterse a lo que la asamblea resolviese, si esa resolución les era adversa, lo prueban sus aprestos y operaciones militares, y su rompimiento, con el Gobier­no del general Urdaneta ocurrido antes de que la asam­blea hablase; rompimiento que, lo repito con pena, lo provocó imprudentemente la ligereza del mismo Urda­neta, ligereza que |en política no puede ser excusable, aunque procediera de un sentimiento generoso y moral.

Una nota del general López, fecha en Popayán a 29 de octubre, al "Ministro de la Guerra del Gobierno de Bogotá", indica con claridad la resolución previa que habían tomado de no someterse en ningún caso a ese Gobierno. En ella dice López:

"Cuando se decretó por su excelencia el general Urdaneta la solicitud que el General Obando y yo di­rigimos, pidiendo un juicio sobre el terrible asesinato de su excelencia el general Sucre, |aún no sabia el Go­bierno de usía si seria desconocido por este departamento. Cuando el mismo señor general Urdaneta dio su proclama a los habitantes del Cauca, proscribiéndo­me, y suponiendo que yo resistía el reconocimiento, y de esa nueva administración por evadirme del citado jui­cio, |no era tiempo de que en Bogotá se supiese mi justa y fundada resistencia.

"Deduzco de todo, que el ánimo del Gobierno de usía ha estado preparado para aniquilarme, con el ma­ligno objeto de que los caucanos se fascinasen y aban­donaran la bandera de la Constitución. ¡Fallar contra un acusado sin oírsele, condenar a un inocente por va­nas conjeturas, o por chismes de enemigos personales!

 

¡Gran Dios! ¿Será esto rectitud, será amor a la justi­cia?

"¿Y se me considera tan bajo, y tan estúpido, |que me resignase después de esto a comparecer ante el Go­bierno, de usía y a dar mis descargos ante un tribunal creatura suya, que naturalmente se compondría de je­fes llenos de prevención y animosidad contra mí, por­que desde el año de 26 me he opuesto decididamente al despotismo militar, y al gobierno de bayonetas que se ha tratado de plantear?

"Yo no evado un juicio; muy distante de eso, yo lo provocaré con tenacidad el día que las garantías hayan recobrado su imperio. Si por mi desgracia yo no vivie­re ese día, bien puede cebarse la venganza sobre mi persona y sobre mi honor; bien pueden inventarse de­tracciones y sofismas; la historia es fiel, la posteridad declarará mi inocencia, y el que distribuye la justicia lanzará su rayos sobre los calumniantes".

Esta sentida queja del general López era justa. Con­tra él no había sino leves indicios de complicidad en el crimen. Lo que era cierto, y no puede negarse, fue que él lo aplaudió y se alegró de su perpetración; pero entre aplaudir un crimen, y cometerlo, hay grande di­ferencia, y aun suponiéndolo culpable, no era lícito declararlo tal, como se hizo en la proclama del general Urdaneta, sin una sentencia pronunciada por tribunal competente.

El general José Miguel Pey, anciano meritorio, que como alcalde y presidente del Ayuntamiento encabezó el movimiento popular del 20 de julio de 1810 en esta capital, era a la sazón ministro de la guerra del Go­bierno de Urdaneta, y con fecha 16 de noviembre contestó la nota de López de una manera impropia, incon­ducente, e irregular en Un documento de esa especie. Copiaré algunos trozos de dicha respuesta para que se juzguen; dicen así:

"El Gobierno se ha impuesto de la respuesta que usía me ha dirigido desde Popayán, con fecha 29 de octubre anterior, y me ha ordenado contestarla, no con motivo de querer continuar relaciones con usía sino para hacer conocer al público la conducta falsa y cri­minal de usía".

 

Sigue haciendo relación de los aprestos y de las operaciones militares de los dos acusados, que indica­ban su resistencia a someterse al llamamiento a juicio que se les había hecho, y continúa:

"Así pues, no se ha equivocado usía al decir que el ánimo del Gobierno al dar su proclama, fue el de ilus­trar a los incautos fascinados por usía; el de hacerlo odioso a los virtuosos caucanos; y en fin, diré también que el mismo Gobierno, al fallar Contra usía, no ha hecho sino repetir el fallo anticipado de todo el Sur y de toda la Nueva Granada, y de dar el crédito debido a los documentos irrefragables que tiene en su poder contra usía, y todo esto es lo que la hipocresía de usía llama fallar contra un acusado sin oírlo, condenando a un inocente por vanas conjeturas o por chismes de ene­migos personales. ¡Gran Dios! ¿Hasta cuándo la artería de López engañará a los caucanos? ¿Serán por más tiempo sus intrigas tomadas por amor a la patria y a la libertad? ¡No! El liberalismo del faccioso López es ahora bien conocido.

"Usía dice que no evade un juicio, y sus hechos prueban lo contrario; bien sabe el Gobierno que usía nunca se determinará a comparecer para dar sus descar­gos; la justicia espanta a usía y la perspectiva del cas­tigo que ha merecido usía lo aterra más que las perse­cuciones que usía supone en los miembros del tribunal que sería encargado de juzgarlo...

"Usía desea ser juzgado por sus cómplices en hechos o en opinión, y no por jefes íntegros y honrados, y la historia cuya pluma invoca usía, fiel repetidora de las acciones de los hombres, si acaso llega a pronunciar el nombré de usía, será para denigrarlo como uno de los principales asesinos del Gran Mariscal de Ayacucho, si usía no se vindica de este terrible cargo.

"Sin embargo, el Gobierno, que más anhelo tiene de encontrar inocentes que criminales, llama de nuevo a usía y al general José María Obando para que com­parezcan en esta capital a presentar sus descargos; pues sus deseos serían de que los jueces imparciales que les daría la ley, los declarasen inocentes, y que por consiguiente la página de la historia de COLOMBIA, | que debe hablar de la muerte del general Antonio José de Sucre,

no mentase a dos generales de la brigada de la República, como asesinos de aquella ilustre víctima".

Este último párrafo, esta cucharada de almíbar, era muy poca cosa para endulzar los cántaros de hiel que contenía tan peregrino oficio; así fue que Obando y López no se dejaron paladear, y siguieron audaces su camino.

La decisión de la asamblea de Buga, que si les hu­biera sido favorable la habrían declarado la libre ex­presión del pueblo legalmente manifestada, habiéndoles sido adversa, la rechazaron como obra de la violencia. Ni en Buga ni en el bajo Cauca había un solo soldado, ni en todo el departamento había otros que los que man­daban Obando y López; había opinión, y nada más. La asamblea deliberó pacíficamente, y ni en su seno mismo hubo el discorde acaloramiento qué por lo re­gular se ve en otras en semejantes casos. Sin embargo se sostuvo que dicha corporación no tuvo libertad para discutir y resolver. El día de cerrar sus sesiones, dicta­do ya y conocido su acuerdo, recibió el general Mur­gueítio una nota del Gobierno de Bogotá en que le decía:

"Si usía duda de las buenas intenciones de la asam­blea caucana que me dice debe reunirse, impida usía dicha reunión, y sobre todo esfuércese por librar al Cauca de los monstruos que lo oprimen y lo deshonran, de los asesinos Obando, López y su pandilla".

El general Murgueítio, sin necesidad, dio cuenta a la asamblea de esta nota, en la noche en que se disol­vía, y de aquí sacaron argumentos los partidarios de los dos generales amenazados, y ellos mismos, para alegar de nulidad de un acuerdo dictado con todas las formalidades legales, antes de que la nota fuese cono­cida, y aun antes que llegara a Buga. Esto lo replicó, de una manera concluyente, el ministro de lo interior, señor Vergara, al jefe político de Popayán.

Si la respuesta del ministro de la guerra al general López hubiera sido más digna, en pocas y mesuradas palabras, es probable que sin venir al llamado que por segunda vez se les hacía, no hubieran roto abiertamen­te. Pero aquella nota manifestaba tal prevención, y la prensa los atacaba con tal virulencia, que aunque el

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