CAPITULO TRIGESIMO-OCTAVO
I
Habiendo sido yo llamado por el Gobierno para ser destinado de
ministro juez a la suprema corte marcial, había entregado el
gobierno de la provincia de Mariquita al asesor de la gobernación,
a quien la ley designaba para reemplazarme, y me había puesto en
marcha para esta capital. Siempre que yo iba a Honda o venía,
acostumbraba pasar algunos días en la pintoresca villa de Guaduas,
en compañía de mi tío el doctor Justiniano Gutiérrez Lee, cura
vicario de dicha villa. Allí tuve las noticias voladas que llegaron
de los primeros movimientos de las milicias de la Sabana y del
batallón
|Callao, que nos sorprendieron a todos sin poder
formar juicio de su objeto y trascendencia. En la incertidumbre de
lo que hubiera de hacer, cortada como estaba la comunicación con la
capital, supe que el señor Mosquera se hallaba en Anolaima, y me
propuse ir a unirme a él, acompañado de mi tío, del coronel José
María Acosta, jefe político del cantón, y de otros vecinos que
querían ir a ofrecerle sus servicios y presentarle sus respetos.
Habíase preparado el viaje para la mañana siguiente; pero "el
hombre propone y Dios dispone", dice el proverbio. En la misma
noche supimos la marcha del señor Mosquera para Bogotá y su
encuentro con la partida de Mugüerza.
Las noticias que obteníamos de los traficantes de Facatativá con
Guaduas sobre los movimientos de la Sabana, eran vagas, pero
suficientes para indicar la gravedad de la situación. Resolví,
pues, permanecer en Guaduas y esperar allí hasta que pudiera llegar
a la capital sin riesgo de ser detenido en el camino, suponiendo
que tendría lugar un arreglo que todos los que iban a Guaduas
anunciaban como próximo.
Estaba yo imbuído en las mismas ideas de colombianismo que los
revolucionarios de la Sabana; mis conversaciones con el Libertador
en Honda acabaron de convencerme de que aquel grande hombre había
sido mal comprendido y calumniado; el clamar general de que el
Gobierno estaba moralmente sojuzgado por el partido, que por
antífrasis se titulaba liberal; las provocaciones de este partido,
apoyado en el batallón
|Boyacá, y sus amenazas al general
Urdaneta, que los pasajeros y las cartas nos daban a conocer: todo
esto, exaltándome, me llamaba a la revolución; pero el
sentimiento de mí deber me contenía. En esta perplejidad recibí
una larga carta del coronel.... uno de los más comprometidos en el
pronunciamiento. En ella me aseguraba que no se trataba sino de
mudar el ministerio, hacer entrar al Gobierno en una política
imparcial, sustraerlo de la influencia de los demagogos, y procurar
la reintegración de la República, concluyendo por invitarme a
nombre de todos a ayudarles. Yo leí, medité y me estuve quieto
haciéndome un esfuerzo, pues el programa, como se pintaba, me era
grato.
Mi posición me obligaba a retraerme de todo compromiso en tal
sentido: como diputado al Congreso había sido de los que aceptaron
la candidatura del señor Mosquera; le debía amistad y confianza y
lo mismo o más al general Caicedo; no estaba satisfecho de la
política de la administración; los hechos me comprobaban que el
Gobierno sufría una verdadera presión; pero sabía que yo no era su
juez, ni su mentor para obligarle a variar de conducta. Todo esto
lo sabía, y sin embargo no persistí en mi primer propósito, y
pocos días después resbalé y caí. Hago esta confesión para que no
se crea que pretendo disculpar mi extravío. Falté a mi deber por
atolondramiento en un momento de alucinación, y no porque ignorase
que incurría en una grave responsabilidad ante el Gobierno que yo
había contribuido a establecer.
Oí decir en mi infancia que en la vida del hombre hay "malas
horas" que lo arrastran sin pensar y sin premeditación a actos de
que pronto tiene que arrepentirse, y muchas veces he tenido
motivos para creer que algo hay de cierto en esto. ¿Será una
preocupación?
Pues si lo es, yo la tengo todavía. En una de esas malas horas,
un posta de Villeta me entregó una carta del mayor José Vargas
París, en la que me llamaba con instancia porque tenía encargo de
hablar conmigo y no podía seguir a Guaduas. Yo sabía que Vargas era
de los más comprometidos en el movimiento de las milicias de la
Sabana; no sabía si le acompañaba alguna tropa o si había venido
solo; esto me hizo vacilar; pero la curiosidad, más que otra cosa,
me estimulaba a ir a saber para qué se me llamaba. Cuando el hombre
siente en su interior que no obra bien al hacer alguna cosa, se le
agolpan los sofismas a persuadirlo. Yo a veces he dudado que haya
espíritus malignos, porque no puedo explicarme cuál fuera el objeto
de su creación, ni qué placer encontrarían en atormentarnos; pero
sin meterme en honduras, que no son de este lugar, tengo que creer
que los hay, pues más de una vez he sentido en mí, y a pesar mío,
la fuerza de su influencia. Además, he oído decir que muchas
personas se comunican con ellos, y los oyen, aunque no los ven,
porque los espíritus no se ven. Si esto es así, no debe quedar la
menor duda de que los hay. Por otra parte, ¿por qué no los ha de
haber? ¿Sabemos nosotros todo lo que hay en el espacio infinito?
¿Sabemos por la luz natural algo de la creación, de la existencia
de los seres, de su propagación, de lo que son la materia, el
fuego, la electricidad...? Y porque no lo sabemos, ¿podemos dudar
que existen? ¿Qué es lo que sabemos nosotros? Sabemos lo que Dios
nos ha revelado, lo que nos enseña la religión, y ya esto es mucho,
aunque no lo sepamos todo. ¿No creemos en Dios, en la revelación,
en la religión? Pues no sabemos nada, absolutamente nada, caemos
en las tinieblas del abismo, estamos todos perdidos, y entonces sí
que cada uno debe preguntarse espantado: ¿Quién soy, de dónde
vengo, para dónde, voy?"
Indudablemente, uno de esos espíritus maléficos me sugirió
argumentos que me parecían concluyentes: ¿por qué no he de ir? ¿qué
mal hay en esto? me decía a mi mismo. Yo no estoy actualmente en
servicio; ningún cargo puede hacérseme por ir a hablar con un
hombre comprometido en la revolución si no tomo parte en ella;
puedo saber de él cosas que ignoro y que deseo conocer a fondo:
iré, pues, y me volveré mañana. El maldito espíritu no se conformó
sólo con apoderarse de mí, sino que revoloteando de mi tío al
coronel José María Acosta, y de uno a otro de mis amigos, los
indujo a todos a que me persuadieran a ir. La curiosidad ha hecho
estragos en el mundo: casi todos los masones han sido llevados a
las logias por la curiosidad de saber un secreto que ellos dicen, y
yo creo que no hay. Sea de esto lo que fuere, yo tomé mi
resolución, y tres horas después estaba en Villeta.
II
Vargas París, en una larga conferencia, me instruyó de todo; se
extendió en explicarme cómo fueron desechados los medios con que
el general Urdaneta se propuso cortar la revolución sin mengua del
Gobierno y sin deshonra de los hombres comprometidos en ella; el
modo injurioso con que se le despidió indicándosele que se
desconfiaba de él; la suerte desastrosa que esperaba a este
general, si el movimiento era sofocado por las armas, porque el
odio implacable que le profesaban los conjurados del 25 de
septiembre y los santanderistas, que dominaban en la capital, lo
condenaba como a todos los llamados boliveros, a una muerte cierta,
sin que los altos magistrados pudieran salvarlos; que en tan
crítica situación creyó dicho general que era indispensable
generalizar el movimiento para multiplicar las peticiones de
variación de los ministros del despacho, a fin de que se adoptase
una política conciliadora y se procurase la reintegración de
COLOMBIA;
|
que él (Vargas) había sido comisionado para
instruirme del estado de las cosas, y excitarme de parte de mis
compañeros y amigos a ayudarles; y por último, que se me pedía que
volviese a Honda a encargarme de la gobernación, o me resolviese a
ocuparla por la fuerza, sí aquello no se podía; pues era
indispensable abrir el paso, para tener por dónde retirarse a
Cartagena en caso necesario.
Yo le pregunté: "¿dónde está el general Urdaneta?" -"Antes de
salir yo - me contestó- se puso en marcha
para su casa de campo, con ánimo de seguir a Tunja; pero poco
rato después escribió del camino, que desistía de su viaje y
volvería dentro. de tres días, pues aún le quedaba esperanza de
obtener del Gobierno una transacción razonable". "¿Es decir -le
interrogué yo- que el general Urdaneta está comprometido en el
movimiento?" A esto me contestó que no lo estaba al principio, y
me informó de cómo vino a estarlo en Fontibón, sobre lo que ya
hablé extensamente en su lugar.
No era una cosa fácil tomar a Honda por la fuerza, si tenían
noticia de que se intentaba algún golpe de mano para verificarlo y
se resolvían a resistirlo. Yo sabía que había en Honda unos cien
hombres de su milicia sobre las armas; para ocuparla era preciso
hacerlo batiéndolos, pues separado yo de la gobernación no podía
volver a tomar el puesto. pacíficamente, y Vargas no había llevado
más que catorce soldados del
|Callao y veinte del escuadrón
de milicias de Facatativá. Hice estas observaciones a Vargas, y me
contestó que si yo no me encargaba de la operación, él estaba
resuelto a intentarla cualquiera que fuese la suerte que
corriese. "Al amanecer del día de mañana nos iremos", fue mi
respuesta.
Aquí pudiera o debiera yo decir que pasé el Rubicón; pero como
en los tiempos que corremos pasan todos y repasan cada rato el
Rubicón, y la metáfora se repite tantas veces que ya viene a ser
una trivialidad, mejor me será decir cualquiera otra cosa y mejor
todavía no decir nada.
El general Urdaneta, en un momento de indignación, tomó parte
"sin querer" en aquel movimiento que improbaba; yo en un momento
de alucinación me comprometí, sin pensarlo, en esa revuelta que no
aceptaba. ¿No tengo, pues, razón para creer que hay "malas horas"
que arrastran al hombre a ciegas a actos de que pronto tiene que
arrepentirse? ¿A cuántos antes y después no les habrá sucedido lo
que entonces al general Urdaneta y a mí? ¿No estarán muchos de los
revolucionarios de hoy en ese caso? Se piensa tomar parte en una
cosa que la pasión hace aparecer razonable y necesaria, suponiendo
que no pasará de ciertos límites, que se detendrá en cierto punto;
pero estos límites, este punto se traspasan rodando por el impulso
mismo recibido en un plano inclinado resbaladizo: entonces se
conoce el error, mas ya no hay remedio, y el arrepentimiento viene
tarde.
De Villeta seguí a Ambalema con mi expedición de treinta y
cuatro hombres. Tanto en los pueblos del tránsito como en Ambalema,
todos me auxiliaban, pues la revolución era popular, la prueba de
que lo era es que yo pude hacer lo que hice sin encontrar la menor
oposición. Por todas partes hacía correr la voz de que iba a
organizar fuerzas al cantón de Ibagué, para que esa voz me
precediera a Honda, como sucedió, y embarcándome repentinamente en
Ambalema, aumentada mi fuerza a cincuenta hombres con el resguardo
y unos pocos voluntarios, me eché río abajo y desembarqué a las
doce de la noche, media legua arriba del puerto. El río estaba muy
bajo, y por toda su orilla me dirigí a la ciudad, haciendo
frecuentes altos. A las tres de la madrugada me acerqué a las
primeras casas del puerto, y descalzos todos nos dirigimos al
cuartel en el mayor silencio. Sólo el ladrido dé los perros nos
hacía temer ser sentidos, pero Dios quiso que no lo fuéramos. La
puerta estaba abierta, todo el mundo dormía en la mayor confianza,
así fue que los diez y seis hombres de que se componía la guardia
de prevención fueron desarmados sin la menor resistencia. La
sorpresa fue completa: al oír mi voz y mi intimación a rendirse,
los milicianos lo hicieron vitoreándome. Debo confesar que yo me
aventuré a dar un paso tan arriesgado, contando con mi ascendiente
sobre la milicia que acababa de mandar y que me quería, como me ha
querido siempre toda tropa que he mandado. Inmediatamente que
tomé posesión del cuartel despaché los milicianos a sus casas,
previniéndoles que volviesen a las seis de la mañana. Ellos
salieron dando
|vivas, y los repiques de campanas anunciaron
a los hondanos en sus camas que había sido ocupada la ciudad por
fuerza armada, y sabiendo que era yo el que había entrado, ninguno
se levantó. A las seis de la mañana estuvieron todos los milicianos
en el cuartel, y pocas horas después llegaba mi fuerza de
doscientos hombres voluntaríos, y mi casa estaba llena de la gente
más respetable de la ciudad.
Siempre doy gracias a la Divina Providencia, que me salvó en
aquella ocasión de mancharme con la sangre de mis conciudadanos.
Cuando antes y después la he derramado, ha sido cumpliendo mi
deber, y eso sin que nunca, ni una sola gota de la de ningún hombre
desarmado o rendido, haya caído sobre mí.
III
El asesor a quien propuse que continuase encargado de la
gobernación, pues que además de que la ley lo llamaba, había sido
nombrado por el Gobierno para reemplazarme, rehusó hacerlo, y se
fue para Mariquita. El juez político, que conforme a la ley le
subrogaba, se encargó del Gobierno civil de la provincia, y el
orden constitucional no se alteró en lo más mínimo.
Este magistrado, sin embargo de que estaba temeroso de incurrir
en responsabilidad, adhiriéndose espontáneamente a la revolución,
había convenido conmigo en reunir el Concejo Municipal, y
consultar en una junta popular si se hacia o no la petición al
Gobierno sobre variar el ministerio; pero me dijo que antes quería
explorar privadamente la opinión de los principales vecinos, para
no dar un golpe en falso. Obtenida la aquiescencia de las personas
consultadas, iba a tener lugar la reunión de la junta presidida por
el Concejo, cuando me llegó un posta con la noticia de, la acción
del Santuario y de que la división vencedora marchaba sobre la
capital. En el tránsito del conductor del oficio, desde el puerto
a mi casa fue seguido por infinidad de personas ansiosas de saber
los pormenores de la noticia que de palabra daba por las calles.
Yo temblaba al leer el parte; la vista se me oscurecía, mi
conturbación desalentaba a todos, y tuve que hacer un esfuerzo
inmenso para manifestar una tranquilidad de espíritu que no tenía,
y aparentar un contento que no sentía. El mismo efecto causó la
terrible nueva en los hondanos, que se retiraron mustios y
taciturnos. Algunos de mis amigos al despedirse me dijeron en voz
baja: "Usted se ha perdido". -"Es verdad", les contesté yo.
Este acontecimiento, cuya trascendencia no había imaginación que
pudiera alcanzar, indujo a todos a suspender la reunión de la
junta popular hasta ver el curso que llevaran los sucesos
posteriores.
Dos días después, otro posta nos llevó la capitulación,
ratificada por el Presidente; y por cartas particulares se nos dio
esperanza de que no se disolvería el Gobierno; que se aguardaba al
general Urdaneta y era probable que nombrándose al Libertador
generalísimo de los ejércitos y al general Urdaneta secretario de
guerra, terminaría la crisis sin más desafueros. Esto me reanimó
algún tanto, porque cuando se sufre, la menor vislumbre de remedio,
por engañosa que sea, se acoge ávidamente como una realidad.
Poco duró esta ilusión consoladora. En la tarde del 7 un tercer
posta destruyó aquella esperanza con que el segundo nos alentara.
Yo me sentí anonadado; pero ya no me que el iba otro recurso que
hacer frente a la situación, y en el acto pasé al gobernador la
siguiente nota:
|"República de Colombia -
|Comandancia general de la columna de operaciones sobre esta
provincia.
Honda, 7 de septiembre de 1830
Señor Gobernador:
"Tengo el dolor de anunciar a usía que la República ha quedado
en orfandad; que el Gobierno ha dejado de existir. Este
acontecimiento, fuera de los cálculos humanos y que jamás pude
prever, pone a la Nación al borde del precipicio y a mí en
particular en una posición bien difícil y penosa. Esta provincia
sabe que la división vencedora en la Sabana de Bogotá se había
pronunciado en defensa del Gobierno, oprimido por un partido
exaltado que llevaba la audacia hasta donde la moderación misma no
podría tolerar. Esta causa santa puso las armas en las manos de
muchos militares celosos del honor del Gobierno, y fijó los deseos
de todos los ciudadanos que no podían tomarlas.
"Cuando la victoria prometía a los hombres de bien el
restablecimiento de la paz y el reinado de la justicia, bajo la
administración de los, dignos jefes Mosquera y Caicedo, que obrando
con libertad no podían menos que hacer el bien, acabo de saber que
sus excelencias han resuelto irrevocablemente y declarado que su
autoridad ha cesado.
"En tal angustia el pueblo de Bogotá ha vuelto los ojos hacia su
excelencia el Libertador, proclamándole nuevamente jefe del Estado,
como único remedio de salvación, y encargando durante su ausencia a
su excelencia el general Rafael Urdaneta la dirección de los
negocios públicos.
"Tal acontecimiento debe llamar la atención de la provincia que
usía manda; ella tiene igual derecho que todas las de Colombia a
fijar su suerte y preservarse de los horrores de la anarquía. A mí
sólo me toca sostener las deliberaciones del pueblo y someterme a
su voluntad.
"Lo digo a usía protestándole mi sinceridad y que soy su atento
obediente servidor,
"JOAQUIN POSADA GUTIERREZ"
En la misma noche reunió el gobernador en la sala del concejo
una junta preparatoria para tomar en consideración mi nota
anterior, y convenir en el modo de consultar la voluntad del
pueblo. Yo me abstuve de toda ingerencia y aun de manifestar un
simple concepto sobre el particular, para dejar que la opinión
pública se manifestase con entera libertad. La junta acordé que se
convocase otra numerosa, para el día 10, llamando en general al
pueblo a deliberar sobre la situación y resolver lo que se creyera
conveniente.
Tuvo en electo lugar el día fijado la reunión popular, sin que
yo asistiese a ella, y fue unánime la resolución que se dictó de
extender una acta, en la que, expresándose las circunstancias en
que se encontraba la República, por la separación forzada de los
altos magistrados, y la necesidad de precaverse de la anarquía, se
acordaron los artículos siguientes:
"Artículo 1º Que el excelentísimo señor Libertador Simón Bolívar
se encargue del Poder Ejecutivo de la República de Colombia.
"Artículo 2º Que durante su ausencia tome las riendas del
Gobierno el excelentísimo señor general Rafael Urdaneta.
"Artículo 3º Que la Constitución del año de 30 quede en toda su
fuerza y vigor como la obra de la voluntad general.
"Artículo 4º Que se evite con todo el interés tan activo como
sea necesario
|
el azote de la guerra civil, empleando la
moderación y las medidas más prudentes, ya sea para prevenir, ya
sea para remediar las consecuencias que pueda traer la exaltación
de las opiniones.
"Artículo 5º Que se nombre una comisión dirigida a presentar
esta acta a su excelencia el Libertador Presidente, Simón Bolívar,
encareciéndole la esperanza que este pueblo cifra en él como
restaurador de la tranquilidad y la conservación de las libertades
nacionales.
"Artículo 6º Que se saquen igualmente copias para remitir a la
capital de la República y a los demás cantones de esta provincia
para manifestarles nuestros sentimientos.
"Artículo 7º Que siempre tenga lugar el voto de la mayoría de
las provincias a que este pueblo se sujeta, no contradiciéndose la
forma del gobierno y garantías establecidas por la
Constitución.
"Con lo cual se concluyó esta acta, que después de leída, la
ratificaron y firmaron el señor juez político encargado del
Gobierno, las autoridades civiles, empleados públicos, demás
individuos que concurrieron al acto".¹
La ciudad de Honda era ciertamente pequeña, pero la provincia de
Mariquita no lo era. Resguardada por el Magdalena, colindante con
la de Neiva, que estaba en armas, y con la de Antioquia y el Cauca,
pudo hacer una oposición muy seria a los hechos consumados en
Bogotá, si la revolución no hubiera sido tan popular
|
1 Esta acta fue firmada por todos los
vecinos respetables
|
de Honda.
|
como fue, a pesar de la consideración personal que se tenía en
todas partes por los
|
dos magistrados caídos.
Todos los pueblos de las provincias se pronunciaron
espontáneamente uniformando sus votos a los emitidos en el acta de
Honda; así fue que el régimen constitucional no se alteró en lo
más mínimo en ninguna parte; no hubo la menor persecución, ni un
preso, ni siquiera una disputa.
Puede ser que se le ocurra a alguno preguntarme: "Si la junta
hubiera dictado un acuerdo contrario al que dictó, ¿qué habría
usted hecho?" La respuesta es un poco difícil: no sé lo que hubiera
hecho. Probablemente habría dado cuenta al nuevo Gobierno y
esperado su resolución; pero confieso que no pensé en ello, pues
caído el Gobierno, todos veían que era conveniente hacer lo que se
hizo. En fin, yo no quiero disculparme; estaba ya comprometido, y
al que me haga la pregunta le preguntará yo a mi vez: "En el caso
en que me encontraba ¿qué habría hecho usted? El mal está en
colocarse el hombre irreflexivamente, en ese caso; mas una vez
colocado, no le queda más recurso que sufrir con resignación las
consecuencias, y procurar con su conducta no empeorar su
situación.
Lo que si espero del lector es que considere con alguna
detención mi nota arriba transcrita, y verá en ella otra prueba de
la idea que nos dominó al precipitarnos en un movimiento cuyo fin
estuvimos muy lejos de sospechar. Escrita esa nota en
|
el
momento de una afección moral indefinible, dice ella más que
cuanto pudiera yo decir ahora.¹
|
|
1 El general Obando en sus
|Apuntaciones para la historia, dice que yo había traicionado
en Honda al Presidente Mosquera. Los hechos que acabo de referir,
tales como pasaron, prueban la falsedad de la imputación. Yo no
hice traición a nadie, no faltó a la confianza estando ejerciendo
un destino cualquiera. Me comprometí como un particular, como un
militar suelto; por esto puede ser si se quiere "faccioso" como nos
llamaron los facciosos consuetudinarios; pero no puede decirse que
|traicioné en Honda al Presidente Mosquera, como dice el
general Obando, suponiendo que lo hice como gobernador de la
provincia.
Es sabido que el general Obando
escribió aquel libro después de su revolución de 1840, que hizo por
consecuencia del juicio que se le seguía por la muerte del general
Sucre, y que en
|
él no dejó hombre de alguna representación
en el país a quien no despadazase, suponiendo hechos que jamás
existieron, o adulterando otros. Sólo sus parciales se escaparon
|
de sus venenosas punzadas. Yo no tuve la menor parte en
aquel juicio ni como testigo, ni como juez, ni como nada; pero
serví al gobierno le
|gítimo con lealtad; gané la batalla de
Riofrío sobre el mejor de sus tenientes, y en cumplimiento de mi
deber, hice toda la campaña contra él, hasta Pasto, a órdenes del
general Mosquera, y sólo por
|
eso no me olvidó en su citado
libro, para herirme cuantas veces se lo proporcionó la
ocasión.
|
IV
El coronel Vicente Piñeres y el señor Julián Santamaría estaban
en Honda de tránsito para Cartagena, comisionado el primero por el
general Urdaneta y el segundo por el Concejo Municipal, del que era
miembro, para llevar al Libertador las actas en que se le llamaba
al mando supremo. Aprovechando la ocasión, se le envió también la
de Honda, con oficio del Gobernador de la provincia. Yo no quise
decir nada por mi parte.
De la nota del general Urdaneta (fecha 7), debo transcribir los
párrafos siguientes:
"Yo he sido, señor, encargado, en vuestra ausencia, del Poder
Ejecutivo, (y con la honrosa comisión de dirigiros las actas
expresadas, y de rogaros que oigáis los clamores de vuestros
conciudadanos y aceptéis en favor de Colombia el gobierno de ella.
Yo lo verifico, señor, con
|
el más íntimo placer, y de mi
parte, uniendo mi voz
|
a la de los pueblos, os suplico que no
nos aban
|donéis en
|
tan importante crisis, ni dudéis
un momento en tomar la resolución que conviene al bien de la
nación, a su gloria y a
|
la vuestra.
"Los señores comisionados os impondrán
|
de los importantes
sucesos que han dado motivo al cambiamiento que se ha verificado en
la capital, y de los deseos de todos los buenos. Dignaos, señor,
oírlos y dar entero crédito a cuanto os dijeren de nuestra parte, y
|especialmente cuando os aseguren de nuestra fiel amistad, y
constante adhesión a vuestra persona, y de nuestros ardientes
deseos por vuestra felicidad".
Dos cosas resaltan de una manera que no deja campo a la
réplica, en los párrafos anteriores. En el primero se ve el
cuidado, el temor que todos tenían de que Bolívar improbase los
hechos ejecutados y rehusase venir, por lo cual le rogaban,
encarecían, suplicaban que los aceptase. En el segundo, el temor
más fuerte todavía que dominaba al general Urdaneta, de que el
Libertador estuviese resentido con él y dudase de su "fiel
amistad", y que esto contribuyese a retraerlo de acoger actos
ejecutados sin su participación y de tan grande responsabilidad
moral y legal. De manera que esta nota prueba lo que antes he dicho
sobre el particular; y las palabras que he marcado en letra
cursiva, que serían impropias en una nota oficial sin los
antecedentes que ya conocemos, prueban además que no pudo haber
inteligencia previa entre Bolívar y Urdaneta, respecto a los
acontecimientos de que trato, como con tanta pertinacia lo ha
supuesto y sostenido el partido liberal; pues aunque no eran
enemigos, estaban en desacuerdo, e interrumpidas sus antiguas
relaciones de amistad; y cuando dos hombres de tan elevado rango se
encuentran en tal predicamento no cabe absolutamente la posibilidad
de semejante suposición.
Inmediatamente que partieron a cumplir su comisión los señores
Piñeres y Santamaría, me vine yo a esta ciudad dejando encargado
del mando militar al comandante Ildefonso Figueroa, que vive,
quien fue de los primeros que se me presentaron, a mi entrada a
Honda, a tomar servicio; bien que lo mismo hicieron todos los
oficiales en uso de licencia indefinida o letras de retiro que se
hallaban en aquella ciudad y pueblos inmediatos.
No puedo explicar lo que pasaba en mi cuando llegado a esta
capital me encontraba con mis compañeros que habían sostenido al
Gobierno, entre los que había algunos que hicieron el sacrificio de
sus opiniones en aras de su deber militar. Por lo que yo sufrí
entonces calculo lo que sufrirán en nuestra presencia los
vencedores de hoy; y en suponer esto
|
no
|
les irrogo
agravio: les hago honor. Y ¡qué diferencia! En 1830 COLOMBIA, en
las convulsiones
|
de su agonía, sacudía la tierra con su
estertor y llamaba a sus hijos en su socorro. Pudo ser un error, un
delito si se quiere, haber procurado cicatrizar sus heridas y
conservarle la vida, afianzando en su frente la radiante aureola
que la iluminaba, y en su mano el glorioso estandarte que hecho
trizas le arrebataba el huracán. Pero error o delito, ¿tan noble
sentimiento, no merecerá, si no alabanza, disculpa siquiera? ¿Hoy,
qué pueden alegar, qué alegan los usurpadores del poder público?
"¡La soberanía de los Estados!" ¡Qué miseria! Tienen que ocurrir al
mayor absurdo de todos los absurdos, para cohonestar tantas
violencias nunca vistas, tantas víctimas inmoladas en los campos
|
de batalla y fuera de ellos, tanta devastación y sobre todo
esto tanta desmoralización.
|
¡Desgraciados!¹
Como yo creo en la Providencia, y no es dado al hombre penetrar
por qué la Providencia obra de un modo y no de otro, tengo la firme
persuasión de que todo lo que ha sucedido y está sucediendo, era y
es conveniente que sucediese. Si el Gobierno de la Confederación
Granadina hubiera triunfado de sus injustos enemigos, habría sido
forzoso al partido conservador continuar y defender el sistema
establecido; y como este sistema tiene por su esencia que producir
funestos resultados, hubieran dicho nuestros adversarios que los
males no venían del sistema mismo, sino de que el partido
conservador lo desvirtuaba. Es preciso, pues, que el árbol sea
cultivado por ellos, que ellos lo rieguen con sangre y lágrimas,
que en manos de ellos produzca sus mortíferos frutos, a fin de que
todos huyan de ponerse bajo su sombra, para que cuando llegue la
hora fijada por Dios de que el partido conservador cumpla su santa
misión de cortarlo, no vuelva a retoñar, y se mire como enemigo de
la patria al que hable de volver a sembrarlo. El tiempo llegará, y
no está lejos de que esto suceda, si el partido conservador no se
olvida del valor inmenso que tiene el aforismo "aguarda y espera";
si ahoga su justa indignación; si renuncia a toda idea de venganza,
y si abre sus brazos y recibe en ellos a sus adversarios
desengañados y arrepentidos, repeliendo sólo a los que puedan
ensuciarlo con manchas de sangre.
Mi convicción sobre el particular es tan profunda, que si hoy
pudiéramos triunfar de nuestros enemigos,
|
1 No se olvide que esto fue escrito en
1864, a raíz
|
del triunfo de la revolución de Mosquera y en
plena dominación de partido político que con ella subió al poder -
(N. E.
|
hacernos al poder, y castigar, todo con la condición de
continuar la Confederación Granadina, yo renunciaría a tal
triunfo, porque sería nuestra perdición un poco más tarde. Mejor es
que la federación dé de sí todo lo que tiene que dar, para que
aterrados los hombres de buena fe que nos combatieron por
plantearla, vengan a nuestro lado a reforzar el elemento social.
Este es el único medio de obtener un triunfo verdadero y
permanente: triunfo de los principios, no de las pasiones.
V
El general Urdaneta, en el seno de la confianza, me habló sobre
su situación y la nuestra, sin hacerse ilusiones; se extendió en
explicarme cómo y por qué se vio obligado a adherirse, "sin
querer", a la revolución, y las dificultades en que se encontró
para detenerla; la violencia que tuvo que hacerse para ocupar el
arriesgado puesto en que se hallaba sentado, como en un potro de
tormento; pero lo que le tenía inquieto más que todo era el temor
de que el Libertador improbase, o no quisiese secundar los hechos
consumados, en cuyo caso se complicaría nuestra posición de una
manera terrible, y se perdería la esperanza de restaurar a
Colombia.
Una de las cosas que me dijo de más importancia fue que en la
mesa del despacho del señor Mosquera había encontrado, sin
resolver, una representación acabada de llegar de los generales
Obando y López, en la que pedían se les abriese un juicio para
defenderse de las imputaciones que se les hacían, por el asesinato
del Mariscal de Ayacucho; que él la había decretado de conformidad,
llamándoles a la capital para que aquí se siguiese el juicio, y
disponiendo que el general Obando entregase el mando de la división
al coronel Whittle y que el general López entregase la comandancia
general del Departamento al coronel Eusebio Borrero. Un golpe me
dio en el corazón aquella noticia; preví instantáneamente las
consecuencias que debía necesariamente tener semejante medida
respecto de dos hombres que tenían en el país y en la posición que
ocupaban los medios de eludirla por la fuerza, y lo manifesté así
al general Urdaneta, que se sorprendió al oírme: "Mi general, le
dije, los generales Obando y López, o son culpables o son
inocentes del delito de que se les acusa. Si lo primero, jamás se
someterán a ser juzgados sino por sus copartidarios, entre los que
pueden tener cómplices, y antes de sujetarse a serlo por hombres
imparciales, incendiarían la República y morirán con las armas en
la mano, sustrayéndose así a una muerte ignominiosa; si lo segundo,
temerán que la justicia se tuerza, juzgados por hombres que reputan
como sus enemigos; y aunque así no sea, lo dirán, y sus
copartidarios lo sostendrán. Ellos culpan al general Flórez, como a
quien el crimen aprovecha más inmediatamente; la opinión está
dividida sobre el particular, y el partido liberal ha tomado la
cuestión como suya, cargando sobre Flórez y defendiendo a Obando y
a López. En tal alternativa me parece que habría sido mejor esperar
a ver el giro que dan ellos a la cosa pública en vista de los
acontecimientos que por acá han tenido lugar. Este juicio, en
general, es tan difícil vuelto cuestión de partido, que no puede
ser sentenciado sino por la opinión pública y por la posteridad.
Para mí es indudable que Obando y López, tan violentamente
acusados, no se someterán". El general Urdaneta no recibió bien mis
observaciones: "Que hagan lo que quieran, me contestó,
indudablemente ellos son culpables, y yo no transigiré jamás con
los asesinos del general Sucre".
También oí en mi infancia que no se debía decir nunca: "de esta
agua no beberé", porque el hombre no sabe cuántas aguas amargas
tendrá que beber en el árido desierto de la vida, y aunque el
proverbio se me vino a la memoria en el instante mismo, no me
atreví a recordárselo al general.
Hablamos luego de mí:
"Lo tengo a usted previsto -me dijo- para comandante del
batallón
|Callao, que tiene 800 hombres. El coronel Jiménez,
a quien tengo que ascender a general, va a mandar la división del
mismo nombre; el general Briceño regresará al Socorro a mandar otra
división, pues debemos prepararnos para todo evento".
Yo rehusé aceptar el mando del
|Callao, y me le ofrecí
para ir a la provincia de Neiva, para donde debía salir una columna
a situarse en sus confines, sobre la de Popayán. Mi ofrecimiento
fue aceptado, y la columna se formó del escuadrón
|Húsares del
Callao, fuerte de 120 hombres, una compañía de 70 hombres del
batallón
|Callao, formada casi toda de prisioneros en la
acción del Santuario, y 150 de la milicia de infantería de Honda.
El escuadrón al mando del teniente coronel Gregorio Forero, de los
vencedores del Santuario, había ya salido hacia Neiva, y esto me
inquietaba, porque Forero era de los más exaltados, y ya me
proponía obrar, a mi modo. Así, apenas fui nombrado comandante
general de la columna, comuniqué, por la posta, orden a Forero
previniéndole que no pasase de Purificación, si había llegado
allí, y si no que me aguardase en El Espinal. Sabíamos que el mayor
Joaquín Barriga estaba en Purificación, que sostenía al Gobierno
caído, y que se ponía de acuerdo con los generales Obando y López
para defender la provincia de Neiva, y yo. esperaba, obrando con
prudencia, obtener un sometimiento pacífico.
VI
Mientras estas cosas sucedían, por acá la revolución se
propagaba rápidamente. En Cartagena desde que se tuvieron noticias
de los movimientos de las milicias de la Sabana, del
pronunciamiento del general Briceño en El Socorro y del de los
coroneles Mares y Reyes en Tunja, hubo juntas de guerra de los
militares, que en tan gran número se hallaban allí, y de los jefes
y oficiales de la guarnición, y también comicios populares
numerosos y compuestos de los hombres más respetables de la ciudad.
En unos y otros se acordó representar al Gobierno pidiendo el
cambio de los ministros y el nombramiento del Libertador al mando
en jefe de los ejércitos de la República, anticipándose dichas
juntas a hacer ellas el nombramiento. El Libertador rehusó
absolutamente admitirlo, improbó aquellos procedimientos y
aconsejó que nada pasase de una respetuosa representación al
Gobierno en la que se le suplicase el cambio de los ministros, que
la opinión pública reclamaba; pues esto podía hacerse en uso del
derecho de petición. Este es un hecho notorio y comprobado, como lo
es también el de haber mandado al general O'Leary, quien le
acompañaba en su retiro, a dar este consejo de su parte a las
juntas en que se discutía dicha medida, lo que creía poder hacer,
pues que se tomaba su nombre sin su consentimiento, para una cosa
que él improbaba.
En la tarde del 17 (septiembre) llegaron los comisionados a
Cartagena, y en el momento mismo pasaron a presentar al Libertador
el acta de Bogotá y la nota del general Urdaneta en que se le
llamaba al mando supremo. El coronel Piñeres habló en su discurso
de los motivos del pronunciamiento de los pueblos de la Sabana, de
la detención del batallón
|Callao y de lo ocurrido hasta la
caída del Gobierno.
El señor Santamaría fue corto en el suyo. No hizo acusaciones,
ni dio excusas; se limitó a decirle que los votos del Concejo
Municipal de Bogotá estaban consignados en el acta que había sido
encargado de poner en sus manos, y excitarle a que fuese a la
capital.
El Libertador contestó negándose rotundamente a admitir el
mando, y dando las gracias por el honor que se le hacía.
Los discursos del coronel Piñeres y del señor Santamaría se
publicaron íntegros en la
|Gaceta Oficial de 14 de noviembre,
número 490. Con el del Libertador no se hizo lo mismo, sólo se
dijo:
"El Libertador les contestó que era muy honorífica para él la
comisión de que venían encargados los señores comisionados por el
Gobierno provisorio de la República, para que no reconociese toda
la gratitud que le imponía la elección que sus compatriotas se han
dignado hacer en él, para que conduzca los destinos de la patria.
Que esta relevante y nueva prueba de la estimación con que le
distinguen los ciudadanos de la capital, le supondría ella sola la
obligación de corresponder con el lleno de sus fuerzas a tan
extraordinaria confianza. Pero que veinte años de servicios y de
mando, parece que han demostrado que en vano se esmeraría en servir
a los colombianos en la carrera de su felicidad, y que otro
ciudadano debía reemplazarle en el mando supremo; que así lo había
decidido el Congreso constituyente, el que a reiteradas instancias
suyas atendió al fin sus súplicas y le exoneró de la primera
magistratura. Dijo que no se expulsaba
|a servir al
restablecimiento del orden, y a prestar al Estado cuantos
servicios
|fueron compatibles con sus obligaciones y pudieran
redundar en beneficio público. Que serviría en cuanto de él
dependiese, en obedecimiento a lo que el Gobierno le ordenase,
|y
a lo que demandasen las necesidades nacionales, para que las leyes
volviesen a recuperar el poderío que la anarquía les había hecho
perder".
Concluyó diciendo "que rogaba a los señores comisionados que al
trasmitir su respuesta al Gobierno supremo y a los ciudadanos de la
capital, se sirvieran manifestarles que sus sentimientos por este
benemérito pueblo eran inalterables; que sus sacrificios por
contribuir a ella serían incesantes, y que su consagración
|como un ciudadano que desea que Colombia encuentre otro
magistrado más digno de ella, no conocería límites".
Cuando un discurso no se escribe tal como se pronunció sino
refiriéndose a lo que otro dijo no con sus propias palabras, sin
con las del que lo escribe, prescindiendo del desaliño, es sabido
que puede hasta cierto punto adulterarse con maña dando fuerza a
cualquiera expresión que favorezca las ideas del que escribe y
atenuando lo que pueda contrariarlas.
Bolívar no podía contestar ofendiendo abiertamente a sus amigos
que le honraban, porque no podía echar lodo a la cara a hombres que
tanta adhesión le manifestaban: esto no puede exigirse de nadie en
ninguna situación en que se encuentre. Guardó ciertamente la
muestra que debió guardar en su repulsa; pero su negativa a
aceptar el mando fue terminante, y se deduce de la misma respuesta
que precede, principalmente de los trozos que he marcado en letra
cursiva, que aunque generalidades, dicen mucho, a pesar de que no
están escritas como él las pronunció, lo que no necesita más
prueba que su simple lectura.
Alarma, desesperación y hasta enojo causó en los numerosos
amigos de Bolívar en Cartagena, tanto militares como civiles, los
términos de su respuesta a los ciudadanos de Bogotá; partidarios
entusiastas todos de
la inteligridad de COLOMBIA,
|
miraban su repulsa a
aceptar el mando, como la ruina de la causa por la que ya tanto se
habían comprometido, y esto, más que los riesgos personales a que
los exponía la pérdida de sus esperanzas patrióticas, los
desesperaba. Unos tras otros fueron, pues, a hablarle, a
suplicarle, a reconvenirle. Bolívar no cedía, aunque lo afectaban
tantas instancias:
"Mi gloria, mi gloria se compromete, les decía, si acepto el
mando, haciéndome cómplice de una revolución que no puede dar
buenos resultados. Yo he sido calumniado por simples sospechas,
¿cuánto más no lo seré recogiendo por unos días el fruto de una
transformación que no durará, pues someter por la fuerza los
departamentos de Venezuela y el Ecuador es imposible? Pensar que
vuelvan atrás en su plan de independencia es un delirio, cuando en
esa independencia se interesan tantas ambiciones, que no cederán
ante ninguna consideración de gloria nacional, de bien público.
¿Para qué, pues, he de sacrificar mi reposo, mi reputación, cuando
no tengo esperanza de que mi sacrificio sea provechoso."¹
Imposible fue vencer tan tenaz y fundada resistencia. Todo lo
que pudieron obtener de Bolívar sus amigos, lo que es lo mismo que
decir los amigos de Colombia, fue que contestase al general
Urdaneta y que expidiera una proclama, documentos que por su
importancia debo trasladar íntegros. Veámoslos:
"Cartagena, septiembre 18 de 1830
"A su excelencia el general Urdaneta, encargado del Poder
Ejecutivo de la República.
"Excelentísimo señor: He tenido la honra de recibir la misión de
los señores coronel Vicente Piñeres y Julián Santamaría, que se han
servido presentarme las actas del 2 y 5 de septiembre del corriente
año, por
|
1 Estas palabras, tales como las
escribo me fueron comunicadas por un hombre de altísima
respetabilidad: el señor Juan de Dios Amador, quien me dio otras
noticias y apuntamientos sobre los sucesos de Cartagena en
aquellos tiempos, que me han sido de suma utilidad en la presente
ocasión. Yo no digo nada de lo que no haya presenciado, que no lo
haya obtenido de personas. dignas de crédito.
|
las cuales me llama esa capital para que vaya a presidir los
destinos de la República, que desgraciadamente ha quedado sin
Gobierno por haberse disuelto el que la regia, quedando así acéfala
y en completa anarquía.
'"Tan lamentables sucesos han contristado mi ánimo más
profundamente que nunca, porque ya he visto sufrir a mi patria los
horrorosos azotes que pueden afligir a una sociedad civil pero la
ley primera de la naturaleza, la necesidad de existir, ha proveído
á lo más urgente por medio de: las voluntades públicas,
pronunciadas del modo que las circunstancias lo han permitido.
"'Vuestra excelencia ha sido colocado a la cabeza de la nueva
administración que ha sucedido a la que el Congreso había nombrado,
y que, por una fatalidad inexplicable ha dejado a la República en
orfandad. El pueblo en tales crisis no se engaña. Vuestra
excelencia estaba indicado por la opinión pública para salvar la
patria del caos en que iba a sumergirse: vuestra excelencia,
unido a los ministros que componen hoy la administración está
destinado por la Providencia a aliviar, cuanto sea dable, los
dolores públicos y las heridas de la guerra civil.
"Por mi parte, excelentísimo señor, no debo excusarme a
contribuir, en cuanto dependa de mis facultades, al
restablecimiento del orden, a la reconciliación de los hermanos
enemigos, y a recuperar la integridad nacional. Para lograr fines
tan santos, ofrezco a la patria y a la administración de vuestra
excelencia todos los sacrificios de que soy capaz y que sean
compatibles con mis deberes.
"Desde luego me pondré en marcha para esa capital a reiterar
mis protestas solemnes de obedecer las layes y las autoridades
actualmente constitucionales nos proporcionen los beneficios de un
cuerpo legislativo y los nuevos magistrados que nos den los
sufragios de la Nación. Hasta que llegue aquel momento deseado
serviré únicamente como ciudadano y como soldado. Espero que,
restablecido el orden letal, me será permitido volver a la vida
privada, de la que ahora me arrancan los peligros de la patria, y a
la que inmolo el precioso bien que he poseído durante la existencia
de Colombia.