VIII
El general Urdaneta había llegado el 30 (agostos y los temores
se disiparon y la confianza renació.
Digan lo que quieran los que por no estar impuestos, como yo,
de los incidentes y pormenores de este drama tan complicado, o por
error o mala inteligencia de la carta del general Urdaneta al
general Flórez, o por pasión política u odio personal, inculpen a
aquel general de cuanto entonces se hizo. Nada hay más inexacto, y
la misma carta explica cómo y por qué se comprometió SIN QUERER en
una revolución en qué no había tenido la más pequeña parte, la que
hizo esfuerzos por detener, indicando al Gobierno medios que
fueron rechazados ofendiéndole y cómo sin pensarlo él y en su
ausencia, se vieron forzados a combatir los hombres tan
fuertemente comprometidos, a quienes no se dejaba más que ese medio
o una ignominiosa humillación.
Cerrar enteramente la puerta de la reconciliación de los
delincuentes
|políticos, no admitir
|su sometimiento
sino vejándolos, no pensar en
|cogerlos y ejercer sobre ellos
un rigor que aunque sea Justo y merecido se asemeje a la venganza,
ha producido casi siempre desastres, y sangre inocente derramada
con profusión, y crímenes, y la caída del poder que tan
inexorablemente se muestra. Si un hombre previsor obra de algún
modo en el sentido de atajar el mal, lo que no puede conseguirse
sin que todos cedan algo de su parte, ese hombre es ofendido,
insultado: esto sucedió entonces al general Urdaneta.
Cuando este general se separó en la mañana del 25 del campamento
de la división
|Callao, desdeñado por el Gobierno, amenazado
por el partido que dominaba en la capital, y cómplice ya, SIN
QUERER, de un movimiento que se efectuó sin su participación, se
fue muy ajeno de que antes de cuarenta y ocho horas pudiera tener
lugar un hecho de armas decisivo. La noticia que le llegó, en el
término de la distancia, le conturbó; las consecuencias de
semejante desgracia, que no podía menos de complicar terriblemente
su posición personal, se agolparon instantáneamente a su atribulada
imaginación y le aterraron.
Ya le había disgustado la exigencia del general Briceño en El
Socorro, y de los coroneles Mares y Patria (Reyes) en Tunja, sobre
llamar al Libertador al mando en jefe del ejército, la que
aceptada traería por resultado probable un rompimiento peligroso,
en tan apuradas circunstancias, con el Gobierno revolucionario de
Venezuela.
Desde aquella mala hora en que su QUERER
|
unió su suerte a
la de los pueblos de la Sabana de Bogotá y del batallón
|Callao, porque vio, o creyó Ver, "que sólo se trataba de
degollar a aquellos hombres y a él con ello?; fue su programa no
pedir nada que el Gobierno no pudiera conceder sin infringir la
Constitución. Variar el ministerio, accediendo a lo que se redamara
por muchas provincias, aunque lo hicieron de un modo irregular, le
pareció no tener los inconvenientes que cualesquiera otras
exigencias humillantes e ilegales. Así fue que en el acto de llegar
manifestó a los vencedores su desagrado por la capitulación, y les
dijo terminantemente que si no se anulaba aquel acto no contaran
con él. Después de la victoria les repitió que no se debía pedir
nada más que lo pedido antes del combate.
Ciertamente se equivocaba el general Urdaneta creyendo que
podía contener la rueda de la revolución, que corría con velocidad
irresistible; él lo pensó así de buena fe, pero esa rueda, de cuyo
camino no podía ya desviarse para dejarla pasar, y menos aun
contenerla, tenía que atropellarlo, y lo atropelló en efecto. Esta
es la verdad, este es el hecho.
IX
Rogado el Presidente hasta la importunidad, por sus amigos, y
principalmente por los miembros del Consejo, para que empleando la
fuerza de inercia hiciera frente a la situación sin abandonar su
puesto; encareciéndole aquellos que ensayase la reorganización del
Gobierno, hizo los siguientes nombramientos (31 de agosto): para
ministro de relaciones, al señor Pedro Gual, quien había ejercido
el mismo empleo en la administración del general Santander; para
ministro de lo interior, al señor Agustín Gutiérrez Moreno; para
ministro de hacienda, al señor Rafael Caro; para ministro de
guerra y marina, al general Rafael Urdaneta. Los tres primeros se
excusaron absolutamente, porque todo el mundo pretendía que el
señor Mosquera bogase contra la corriente, y ninguno quería tomar
un remo para ayudarle. Respecto del general Urdaneta, dice el
señor Restrepo: "Todos confiaban en que Urdaneta restablecerla el
orden en las tropas, por su influjo y firmeza de carácter: él se
dejó rogar antes de admitir, lo que al fin se consiguió".
Esta facilidad de juzgar mal de los sentimientos que hagan obrar
en cierto sentido a un hombre caballeroso, como lo era el general
Urdaneta, no es disculpable en un historiador imparcial. ¿Qué
quiere decir eso de que el general Urdaneta "se dejó rogar"?
¿quiere decir que no era sincera su vacilación en admitir el empleo
que se le daba? Pues si eso es lo que quiere decir, yo me atrevo a
calificar este juicio si no de temerario, a lo menos de erróneo. El
temor no fingido sino real, que contenía al general Urdaneta para
no admitir un encargo tan delicado en tales circunstancias,
provenía de que veía claro que no podía satisfacer a las esperanzas
que se tenían al conferírselo, ni corresponder a la confianza con
que lo honraba un hombre por quien, como magistrado y como
particular, tenía el mayor respeto y más grande consideración. El
general Urdaneta no si hacía ilusiones sobre las dificultades de la
situación general del país, y de la suya en particular. Conocía que
huyendo de unos ladridos se había precipitado, aunque "sin querer",
en un derrumbadero en el que no encontraba donde sentar el pie, ni
una rama de qué asirse para detenerse: no, quería, pues, echar
sobre sus hombros un peso que lo hiciera rodar con mayor velocidad
Al fin cedió a las instancias del señor Castillo, del señor Baralt,
de la generalidad de los ciudadanos y de sus propios enemigos,
diciéndose a sí mismo: AUNQUE TEMO NO PODER IMPEDIR EL NAUFRAGIO DE
LA NAVE PROCURARE A LO MENOS SALVAR LA TRIPULACION Y LOS PASAJEROS,
EVITANDO QUE EN LA CONFUSION SE DISPUTEN UNA TABLA A PUÑALADAS.
Noble y patriótica abnegación fue, pues, la del general Urdaneta,
no hipócrita falacia.
X
El 2 de septiembre se reunió el Consejo de Estado en sesión
extraordinaria, con la asistencia de los consejeros, señores Félix
Restrepo, Diego Fernando Gómez y Agustín Gutiérrez Moreno, el
general Urdaneta como Ministro de la Guerra, y el Vicepresidente de
la República, presidente nato del Consejo. Tomada en
consideración la nota del señor Mosquera del día anterior, que
motivaba la sesión, después de discutiría con desaliento y poca
esperanza en el acierto, hizo el señor Gómez la siguiente
proposición:
"Supuesta la nulidad a que el Ejecutivo expresa haber quedado
reducido después de haber sido vencida la fuerza que lo sostenía,
atendiendo a la absoluta carencia de medios para mantener el
Gobierno conforme a la Constitución y a las leyes, por no tener la
fuerza necesaria para hacerse obedecer, y considerando además que,
como se dice públicamente, había en la tarde de este día una
reunión popular sin conocimiento del Gobierno, y cuyo objeto no se
sabe positivamente: Consúltese al supremo Poder Ejecutivo que el
Consejo, aunque les son conocidos los, principios que ligan a los
gobernantes y a los gobernados, no halla lo que deba hacer el
Gobierno, supuesta la carencia de medios para obrar; y que no
pudiendo procurar el bien de la República en general, en tan
extraordinarias circunstancias, salve siquiera el honor de ésta.
NO AUTORIZANDO LA DISOLUCION DEL GOBIERNO CONSTITUCIONAL POR ACTO
NINGUNO QUE EMANE DE SU AUTORIDAD, limitándose a tolerar el curso
de los acontecimientos, que no puede impedir".
Dominando en el Consejo la idea de mantener un simulacro de
gobierno "en quietismo" (así dijeron) sin que el Presidente
abandonara su puesto, fue aprobada esta moción unánimemente,
faltando sólo el voto del general Caicedo, que se había retirado
desde temprano por enfermo. Así dice el acta del Consejo, pero lo
cierto es que se retiró porque fue el único que manifestó una
opinión contraria a la de los demás consejeros, diciendo desde el
primer día que el Gobierno debía declararse derrocado por la
fuerza, y retirarse no sólo el Presidente y él, sino todos los
altos empleados que lo componían, como consejeros, ministros de la
Corte Suprema, etc., pues era moralmente imposible gobernar bajo
la presión de una fuerza armada deliberante.
En esa misma tarde tuvo, en efecto, lugar el comicio popular
anunciado. El jefe político, señor Francisco Urquinaona, había
invitado por bando a los ciudadanos para que resolviesen lo
conveniente en la crítica situación en que se hallaba el país, sin
contar para un acto tan trascendental con ningún miembro del
Gobierno, ni con el mismo general Urdaneta, en quien aparentaba
tener confianza.
Después de las peroratas de costumbre en semejantes casos, en
las que los Demóstenes y Cicerones
|de la tierra lucen su
elocuencia; después que se habló de libertad y tiranía, lo que es
indispensable en toda reunión nuestra, sea la que fuere, tomó el
jefe político la palabra, y suponiendo la aprobación unánime del
pueblo soberano, llamado a deliberar, leyó un proyecto de ACTA,
|
que llevaba redactado, lo que también es costumbre
admitida. En el primer "considerando" del soberano decreto en
ciernes, se daba por disuelto de hecho el Gobierno, en virtud de
los pronunciamientos que decía haberse verificado en algunas
provincias "por el mando de su excelencia el Libertador"; luego
seguían otros cuatro sobre la necesidad de que el pueblo tomase una
resolución que lo salvase, porque en las ACTAS, se salva
|
siempre el pueblo; y terminaba con los artículos
siguientes:
"1º Que se llame a su excelencia (el Libertador) para que
encargado de los destinos de Colombia, obre del modo que crea
conveniente, para salvarla de los males que la amenazan.
"2º Que entretanto viene su excelencia se encargue del mando
supremo su excelencia el general en jefe Rafael Urdaneta, para que
obre del modo más oportuno a la felicidad de los pueblos.
"3º Que hasta que su excelencia el Libertador resuelva lo que
estime mejor para la marcha de este país, quedan en su fuerza y
vigor las garantías individuales, acordadas en la Constitución del
presente año, y qué ésta rija en todo lo que no se oponga a la
marcha de la presente transformación. (Es decir, que no
rigiera).
"4º Que se presente por la reunión actual una acción de gracias
a los señores Presidente y Vicepresidente, por el interés que han
tomado en su bien durante la época de su mando, expresándoles que
el pueblo, de Bogotá está convencido íntimamente de que el no
haberse evitado tantos males ha nacido de una multitud de
inconvenientes que no ha estado a su alcance el vencer".
Esta acta, sin hacerse por nadie ninguna observación sobre
ella, se aprobó por aclamación, firmando todos los presentes, y se
dispuso que se circulase a las demás provincias.
Debe notarse una cosa que merece atención, y es que cualquiera
que sea el nombre de los partidos, antes como ahora y ahora como
antes, para toda transformación, para toda revolución, para
derrocar gobiernos y suplantarlos con otros, se dice siempre que no
se tiene otra mira "que hacer la felicidad de los pueblos", de
manera que no debe haber en el mundo pueblos más infelices que los
nuestros. Si esto es así, terriblemente desgraciados deben ser los
de otras partes.
XI
El general Briceño había llegado en esos días,
y
|
|
con su llegada empeoró la situación. En ciertas
circunstancias, los hombres más exagerados, los de medidas
tajantes, son los más aceptados, los que adquieren más ascendiente:
el hombre prudente, que habla de moderación, de juicio, de no
templar tanto el arco que reviente la cuerda, ese hombre "es
demasiado bueno" y declina por lo menos si no cae. El general
Urdaneta se hallaba en este caso: ya empezaba a tachársele de
contemporizador, y en los cuerpos de guardia y en los
conciliábulos se hablaba de que nada le debía la revolución, ni eh
la Sabana, ni en Tunja, ni en El Socorro;
se recordaba su comportamiento en el Congreso constituyente,
atribuyéndole poco afecto al Libertador, y se ponderaba la energía
y la decisión del general Briceño. A pesar de ello, no podían
prescindir del general Urdaneta, que por su elevado rango en el
ejército, por su respetabilidad personal, por sus numerosos amigos
y por la confianza que inspiraba a todos, les era un hombre
necesario; y así, contra la opinión de los
|enérgicos, se
vieron obligados a darle lugar en el acta, mientras venía el
Libertador.
El general Urdaneta se conturbó con el nuevo compromiso en que
lo ponía este paso, del que no quisieron darle aviso previo para
que no les pusiera obstáculos, y por estar resueltos a apartarlo si
resistía aceptar el encargo que se le hacía.
El fundamento del acta era completamente falso; ninguna
provincia se habla declarado hasta entonces por el mando del
Libertador, como jefe de la República. En El Socorro y Tunja sólo
se habló de que el Gobierno lo llamase al del ejército, lo que es
muy diferente, y podía hacerse sin violar la Constitución: los
pueblos de la Sabana y los militares que apoyaron su movimiento, he
probado que no pensaron en ninguna de las dos cosas, ni
pronunciaron una sola palabra sobre el particular, ni aun en la
capitulación, donde si hubieran tenido la menor idea de ello la
hubieran expresado. Por tanto la responsabilidad de este acto de
desconocimiento terminante del Gobierno, recae sobre la junta
popular, como la primera que lo insinuó.
El general Briceño, hombre resuelto, decidido y que temblaba de
indignación al oír hablar de la disolución de la gran República, lo
aceptó y quizá lo sugirió: decía que el nombre de Bolívar era
indispensable para reintegrarla; que Urdaneta no escarmentaba; que
pronto se había olvidado de los pérfidos halagos de los demagogos
en el mes de mayo, cuando lo necesitaban para derribar al
Libertador, y que luego se cambiaron en amenazas de muerte; decía
que sin la decisión de los pueblos de la Sabana, de las milicias y
de los militares que les dieron apoyo, esas amenazas se habrían
realizado, no sólo en él sino en otros, porque el puñal de
Berruecos se afilaba en todas las barberías de Bogotá; decía que
era un delirio inconcebible en un hombre tan experimentados
pretender con un simple cambio de ministerio satisfacer las
necesidades de una revolución, que no podía tener otro objeto que
el de salvar la integridad de Colombia; decía que por esta noble
causa, y sólo por ella, había él tomado las armas, y estaba
persuadido que ese era el voto de la mayoría de los buenos
ciudadanos en todas las provincias, aun en Venezuela y el Ecuador,
voto que no podía posponerse a consideraciones personales.
A estas razones verdaderamente fuertes en la situación en que
se encontraban, añadía otras que no lo eran menos: recordaba la
coacción ejercida sobre el Congreso al tiempo de la elección de los
altos magistrados, y los repetidos actos del partido llamado
liberal, negándoles la legitimidad, no sólo a ellos sino al
Congreso mismo; alegaba que sin el cambio absoluto del Gobierno
era imposible llenar, el verdadero objeto de los pronunciamientos
de los pueblos y de las tropas que los habían secundado, pues el
Gobierno existente tenía por necesidad que obrar en sentido
contrario, habiendo el Congreso dictado una ley absurda que lo
constreñía a no someter por la fuerza a los facciosos que no
aceptasen voluntariamente la Constitución, lo que era lo mismo que
declarar que no había nación, y por consiguiente que no había
Constitución ni Gobierno nacional. "¿Qué derecho tienen aquellos
parricidas, añadía, para desconocer la representación nacional y la
Constitución por ella dictada? ¿Por qué se respeta un acto de
rebelión tan criminal? ¿Somos nosotros facciosos por pretender
restablecer la unidad nacional, y no lo son ellos por romperla? ¿Lo
somos por trabajar para que la Constitución sea realmente la ley de
la Nación Colombiana que la dicté y para la que se dictó, y no lo
son ellos que la rechazan insolentemente? Tantas consideraciones
para con ellos y tanto rigor para con nosotros, ¿en qué se fundan?
¿Es porque ellos son fuertes? Pues hagámonos nosotros fuertes para
que no se nos niegue la razón, que tenemos, ya que por fuertes sé
les concede la que ellos no tienen. El Gobierno ha de serlo para
toda la Nación, y ha de hacerse obedecer por ella, o no es
Gobierno. Para que llene su objeto, para que sea Gobierno nacional,
es que nosotros hemos tomado las armas. ¿No quiere él eso? pues
llamemos a quien sea capaz de hacer triunfar nuestra sacrosanta
causa. En esto no cabe término medio: toda revolución que no
avanza retrocede: avancemos, pues, con valor, aceptemos todas las
consecuencias de nuestra noble y generosa empresa, repitiendo aquel
grito de desesperación dado en el campo del Santuario: "i
maldición a los que nos han traído a este extremo!". Y
energizándose con toda la fuerza de una sincera convicción,
añadía:
"Si hacemos reconocer la Constitución colombiana en toda la
República manteniendo la unión, que es la que da respetabilidad y
fuerza, seremos los restauradores, los salvadores, los
bienhechores de la patria: si sucumbimos en la lucha que se nos
prepara, nos llamarán facciosos, rebeldes, usurpadores; pero la
historia, ahogadas las pasiones contemporáneas, nos vindicará, nos
hará justicia, y nuestros hijos, lejos de tener por qué
avergonzarse del nombre que llevan, lo pronunciarán a gritos con
orgullo. Si hubiéramos sido vencidos en la guerra de la
independencia, ¿qué habría sido de Bolívar, de Páez, de Sucre, de
Santander, de SoubIette de Bermúdez, de todos nuestros próceres, en
fin, y de nosotros mismos?, ¿qué habría sido? ¡Ah! nuestros
cuerpos habrían sido colgados por racimos en las horcas; nuestras
cabezas habrían sido expuestas en jaulas de fierro en los caminos
públicos; calificados de: insurgentes, de traidores, de bandidos,
la infamia que las bárbaras leyes antiguas hacían trascendental a
los descendientes de los culpables, humillaría a los nuestros
reducidos a la indigencia por la confiscación de bienes, que esas
mismas leyes, en este caso, prescribían. El Dios de los ejércitos
protegió nuestros esfuerzos, y a su voluntad omnipotente la
victoria coronó la sien de nuestros ilustres caudillos, entre los
que es de los más conspicuos ese mismo Urdaneta que hoy vacila, y
la nuestra y la de nuestros soldados ciudadanos, y ya no fuimos
insurgentes, traidores, bandidos: nuestra patria nos llama sus
LIBERTADORES.
"Adelante, pues, en nuestra heroica empresa: no nos queda otro
arbitrio. O tomamos posesión del capitolio, o seremos despeñados
por la roca Tarpeya".
Impresión profunda causaba en los comprometidos la lógica
incontestable de estos razonamientos, y por todas partes se decía
entre ellos: "el general Briceño es el hombre de la situación".
Guardaban ciertamente consideraciones al general Urdaneta, y
tenían por él afecto y respeto; pero el voto del general Briceño
los arrastraba al objeto a que él tendía.
Imposible era pues a Urdaneta contener aquel torrente en el
cauce del cual él no pensó ni quería que saliese.
XII
El prefecto del departamento comunicó directamente al señor
Mosquera el ACTA popular en que se desconocía su autoridad. Sin
embargo, no quiso éste por sí solo tomar una resolución definitiva
sin cumplir antes con el deber de oír la opinión del Consejo de
Estado que la Constitución le prescribía consultar en los casos
graves. El acta de la sesión del Consejo sobre el particular es
demasiado larga para insertarla íntegra; me limitaré pues a
extractar lo más interesante de ella.
Reunido el consejo (3 de septiembre) con la asistencia de los
señores Caicedo, Urdaneta, Borrero, Restrepo, Gómez, Sotomayor y
Gutiérrez Moreno, "el Presidente de la República (dice el acta)
indicó de palabra que el objeto de la reunión no era más que para
ver si restaba alguna cosa que hacer en beneficio del honor del
Gobierno y del país, antes de retirarse a su casa. Dijo que a esta
indicación daba margen el acta del día 2, que habían celebrado
algunos vecinos a invitación del juez político de la ciudad, a
cuyo documento dio lectura el secretario, y se halló que contenía
(aquí se expresaba la parte resolutiva del acta popular, que ya
hemos dado a conocer).
"El señor general Urdaneta -continúa el acta del Consejo-
manifestó el sentimiento que tenía por haber sido nombrado en el
acta popular, y al mismo tiempo la determinación absoluta en que
estaba de no admitir el mando por su delicadeza.
"Que esa acta de Bogotá a que solamente debía contestarse el
recibo, aunque se considerase la obra de
todos sus habitantes, no sería nunca más que puramente de
Bogotá, y por lo mismo incapaz de obligar a toda la República a que
se obedeciese a los que ella nombra para gobernarla; que así como
el Gobierno no se había juzgado disuelto a virtud del acta del
Socorro que pedía una cosa, ni de la de Tunja que pedía otra, así
también no debía creerse disuelto por la de Bogotá, cuya naturaleza
sólo se diferencia de la de las demás en que ha sido hecha en el
lugar en que reside el Gobierno; y que de la disolución de ésta se
seguirán los males que acarrea la anarquía. Insistió en la
determinación dé no admitir el mando, e hizo ver que si se había
hecho cargo del ministerio de la guerra, era sólo por sostener al
Gobierno constitucional, disuelto el cual se retiraría
inmediatamente a su casa de campo. Refirió también que varios
jefes, incluso el coronel Jiménez, le habían asegurado que con
sostener solamente el llamamiento del Libertador, ellos obedecerían
al Gobierno, haciendo revocar también los actos
inconstitucionales del convenio del 28 del mes próximo
pasado".
El señor Sotomayor dijo que las cosas estaban en el mismo pie
que el día antecedente, y que por ello no había motivo para variar
de resolución, debiendo mirarse con indiferencia esa acta ilegal
que se había leido... El señor Borrero, juzgando la situación tal
cual era, opinó que ni el Gobierno ni el Consejo podían hacer nada
para remediarla.
"El señor Urdaneta -continúa el acta- creía que era menester
excogitar un medio para plantear de nuevo este Gobierno legítimo,
salvando las cosas inconstitucionales que se han practicado, y
olvidando todo lo pasado; que él por su parte está pronto a
cooperar en lo posible a este fin...
"El señor Gómez considerando la cuestión sólo bajo el aspecto de
si los señores Presidente y Vicepresidente tienen derecho para
retirarse a sus casas, estuvo por la afirmativa, considerando el
desconocimiento del Gobierno, la violencia que se le hace, la
nulidad a que la fuerza armada le ha reducido, y finalmente aun
por el afecto personal que tiene a los señores expresados; que
disuelto así el Gobierno, él como particular, estaría porque
mandase el señor general Urdaneta; pero que esto no puede decirlo
como consejero, porque tiene deberes constitucionales que
respetar".
El señor Sotomayor replicó que los señores Presidente y
Vicepresidente debían exponer por escrito su resolución de no
continuar en el mando, y entonces el Consejo podría proceder a los
nombramientos del Libertador para Presidente, y del señor general
Urdaneta para Vicepresidente.
El señor Gómez puso fin a una discusión tan enojosa, haciendo
la proposición de que se comisionara al general Urdaneta "para que
como Ministro de la guerra, y prevaliéndose del ascendiente que le
da su reputación militar, examine la disposición en que se halle
hoy día la fuerza armada, y si el Gobierno puede contar con ella no
sólo para hacerse obedecer sino para cumplir y hacer cumplir en
todas sus partes la Constitución de la República. Que verificado
este dato, el Consejo, en su primera sesión, consultará al Gobierno
definitivamente lo que le parezca sobre deberse o no retirar del
ejercicio de sus funciones los encargados del Ejecutivo conforme a
la Constitución". Esta proposición fue aprobada unánimemente.
Los conceptos emitidos por el general Urdaneta en esta discusión
prueban la buena fe de su idea primitiva: no exigir del Gobierno
nada en que no pudiera consentir; procurar que éste concediera lo
que estaba en sus manos conceder; no desconocerlo por ningún motivo
y menos derrocarle; excitar a los disidentes militares y no
militares a conformarse con lo único que había razón de pedir; esto
es, con que se renovase el ministerio, y se adoptase una política
conciliadora. No abrió concepto sobre llamar al Libertador a que se
encargase del mando supremo, que era el punto principal del acta
popular que se discutía, porque esto habría sido contradecirse,
pues que bajo ningún motivo ni pretexto consentía él
voluntariamente en la disolución del Gobierno constitucional. En
cuanto a llamarlo como general en jefe del ejército, apenas deja
traslucir su aquiescencia en estas palabras, que se leen en el acta
del Consejo:
"Refirió también que varios jefes, incluso Jiménez, le habían
asegurado que con sostener solamente el llamamiento del Libertador
ellos obedecerían al Gobierno haciendo revocar también los actos
inconstitucionales del convenio del 18 del mes pasado".
La manifestación que hizo de no admitir el mando provisorio que
el acta popular le confería, era sincera y en consonancia con su
idea dominante de que se conservase el Gobierno constitucional a
todo trance. También se ve, si no ciega la parcialidad, que no
desistía de su propósito de separarse de la escena política si no
conseguía de los disidentes el sometimiento al Gobierno, sin más
condiciones que las que estaba en sus facultades conceder, y que
le parecían necesarias.
El voto del señor Gómez era de la mayor significación. Era el
doctor Diego Fernando Gómez uno de los miembros más caracterizados
del partido liberal, y de los pocos que podían calificarse de
tales; hombre independiente por su carácter enérgico, instruido,
franco para manifestar su opinión sin doblez ni reticencias, de
reputación honorable como ciudadano, y como magistrado judicial
que había sido en los tribunales; y habiendo sufrido un destierro,
quizá injusto, por habérsele supuesto conocedor de la conspiración
del 25 de septiembre, eran altamente honrosas para el general
Urdaneta aquellas palabras suyas: "
|como particular estaría yo
porque mandarse el señor general Urdaneta;. pero esto no puedo
decirlo como consejero, porque tengo deberes constitucionales que
respetar".
XIII
La única cosa que en cumplimiento de su comisión pudo obtener el
general Urdaneta de los vencedores, después de una conferencia con
ellos larga y acalorada, fue que se variase la capitulación por un
nuevo convenio en virtud del cual se suprimió del artículo 1º de
aquella, la parte relativa al destierro de la capital de los
ciudadanos mencionados, que se exigía por su propia seguridad. Lo
demás lo negaron, insistiendo principalmente en el llamamiento del
Libertador.
La reforma de la capitulación se consiguió porque el general
Briceño convino en ella, diciendo que no se
debía hacer más ni menos de lo necesario; que los conspiradores
del 25 de septiembre debían salir todos o ninguno; que debían salir
también los hombres peligrosos, si daban motivos de temer que
obrasen con asegurar el exito de la empresa, cuyo carácter no tra
el objeto del pronunciamiento; en fin, que debían tomarse en
oportunidad todas las medidas conducentes tenía lo que se
reclamaba. Dijo también que no alcanzaba el motivo por que se
hubiera comprendido en la lista aquella semiproscripción al señor
Márquez, no pudiendo atribuirlo sino a la influencia de algún
enemigo personal; que el señor Márquez se había comportado
noblemente con el Libertador hasta la última hora, y que aunque
liberal era un hombre de moderadas opiniones y de influencia que
no empleaba sino en bien, circunstancias que hacían su presencia en
la capital más útil que perniciosa, y lo ponían en aptitud de
servir de mediador entre los partidos, si la lucha inminente se
enconaba.
El ánimo entristecido del señor Mosquera se consoló con este
acto, pues la ratificación que diera a la capitulación lo afligía
más por el artículo que el nuevo convenio suprimía, que por los
demás.
En la mañana del 4 volvió a reunirse el Consejo para considerar
el resultado de la comisión conferida al general Urdaneta. La
discusión fue larga y desconcertada; propúsose la siguiente
cuestión:
"¿Está el Gobierno desobedecido por la fuerza armada existente
en esta ciudad,"
Sin que nadie tomara la palabra fue contestada
afirmativamente.
Leyose en seguida la siguiente cuestión propuesta por el Poder
Ejecutivo:
"A consecuencia de la respuesta qué ha dado la fuerza armada
existente en esta ciudad, ¿pueden el Presidente y Vicepresidente
retirarse, porque se hallan desobedecidos y se les exigen actos
contrarios a la Constitución?"
Largo y profundo silencio reinó en la sala del Consejo al leer
el secretario esta lacónica y decisiva interrogación; la palidez
de los rostros manifestaba el sufrimiento interior de los hombres
que tenían forzosamente el deber de constestarla; las miradas de
unos a otros sin atreverse ninguno de ellos a romper aquel solemne
silencio, indicaban su turbación. Por fin, el señor Gómez, bañada
en sudor la frente y con voz trémula, casi imperceptible,
dijo:
"La anarquía se evita separándose los magistrados y poniendo los
vencedores el Gobierno que les acomode".
Nadie contestó. Continuó el silencio por algunos minutos más. El
señor Gómez, ya algún tanto recobrado y en un tono que revelaba
todo lo que sentía, volvió a tomar la palabra y fijó la siguiente
proposición:
No siendo justo que a nadie se le obligue o violente a cometer
actos indebidos y que comprometan sus juramentos y su conciencia,
consúltese al Gobierno que el Consejo opina que sus excelencias el
Presidente y Vicepresidente de la República tienen la libertad
necesaria para retirarse de la capital, donde reside la fuerza
armada que les desobedece y que se ha erigido en deliberante,
siempre que así lo estimen necesario para evitar cualquiera
violencia que pueda comprometerlos a actos
inconstitucionales".
Esta proposición no se discutió. El general Urdaneta, que
presidía el Consejo, por ausencia del Vicepresidente de la
República, su Presidente nato, observando el triste silencio que
guardaban todos, parecía temeroso de interrumpirlo, hallándose él
mismo hondamente afectado. Por fin la sometió a votación, y fue
aprobada por cuatro votos contra dos, estando afirmativos los
señores Urdaneta, Borrero, Gómez y Gutiérrez Moreno; y negativos
los señores Restrepo y Sotomayor.
El señor Restrepo opinaba que aunque no fuera el Gobierno
obedecido en la capital y en algunas provincias, podía trasladarse
a otras donde lo fuese, y por eso votó contra la proposición; pero
conforme a la Constitución no podía el Poder Ejecutivo ejercer sus
funciones sino en la capital de la República. Este fue un
|
vacío que dejamos en ella inadvertidamente. Las serias
dificultades que produjo después, han hecho que en las posteriores
se permita al Gobierno variar la capital en ciertos casos.
El señor Sotomayor estuvo negativo, porque opinó desde el
principio que el Gobierno podía conservarse accediendo a conferir
al Libertador el mando del ejército, lo que estaba en sus
facultades hacer sin violar la Constitución. Este ciertamente
habría sido un medio seguro de restablecer el, orden
constitucional, si el Libertador se hubiese hallado en estado de
venir, pues no puede dudarse que habría sostenido el régimen, legal
y refrenado la revolución; pero Bolívar se moría, y además
habiéndole el Gobierno intimado, aunque de una manera indirecta, su
expatriación exigida por Venezuela, habría caído en contradicción
llamándole, y se habría visto en dificultades con aquella nueva
República. De todas maneras, pues, era en extremo complicada la
situación del Gobierno.
XIV
El general Briceño, que marchaba a su objeto con decisión y que
aceptaba las consecuencias de la situación en que se encontraba,
se aprovechó de la sesión del Consejo que entretenía al general
Urdaneta, para inducir a Jiménez a pasar. al Presidente la
siguiente nota:
Excelentísimo señor Presidente:
"Los jefes que suscribimos, a quienes se nos preguntó el día de
ayer, por conducto del excelentísimo señor secretario de la guerra,
si obedecíamos al Gobierno, hemos estado aguardando toda la mañana
la contestación de vuestra excelencia a la respuesta que nosotros
dimos inmediatamente. Los momentos en estas circunstancias son
preciosos; el público está en alarma y nosotros comprometidos a
defender y sostener la causa que se ha proclamado por él no podemos
esperar más, ni estar por dilaciones perjudiciales; deseamos pues,
y desea la fuerza armada existente en esta capital, los padres de
familia, los hombres comprometidos aquí y en las provincias, saber
si hay o no Gobierno, para en consecuencia proceder como convenga,
y para ello exigimos de vuestra excelencia una respuesta pronta,
decisiva y categórica sobre los puntos siguientes:
"1º ¿Está el Gobierno dispuesto a seguir la marcha que le han
dado el partido vencedor, la opinión pública y la voz de las
provincias que se han declarado por el Libertador Simón
Bolívar?
"2º Para contentar a los pueblos, ¿está decidido el Gobierno a
llamar al Libertador, haciendo que hoy mismo salga una comisión a
este efecto de personas respetables que vayan a participar a su
excelencia los pronunciamientos de estas provincias, y a
expresarle el anhelo con que todos los hombres buenos le
aguardan?
"3º ¿El Gobierno recibirá en la calidad y con el carácter que
quieren darle los pueblos y en que conviene la mayoría de
ellos?
"Los que suscribimos estamos ligados en nuestros votos con los
pueblos que sé han declarado, y nos creemos responsables ante
ellos, ante la opinión, si permitiésemos cualquiera tardanza más
que pudiese contrariar aunque fuese momentáneamente esos mismos
votos. Nos vemos por tanto obligados a dar este paso para
satisfacer nuestro deber y la ansiedad en que todos se hallan.
"Bogotá, septiembre 4 de 1830.
"Excelentísimo señor.
"JUSTO BRICEÑO FLORENCIO JIMENEZ"
Baralt y Díaz califican este oficio de "peregrino en su especie,
porque es el más imprudente y absurdo de cuántos ofrece la historia
de las disidencias civiles de Colombia, fecundas por demás en
documentos inmorales". La calificación es exata; pero los
vencedores se hallaban en una situación tan difícil, que tenían
necesidad absoluta de desatar el nudo gordiano o de cortarlo.
Al terminar la sesión del Consejo, apenas llegado el general
Urdaneta a su casa, fue llamado por el señor Caicedo, quien le
instruyó del contenido de la nota anterior, diciéndole que el
Presidente quería que en el acto volviese a reunirse el Consejo
para tomar una resolución definitiva el mismo día. El general
Urdaneta se sorprendió en extremo y envió a llamar al despacho de
la secretaría de guerra a Briceño y Jiménez, que no se hicieron
esperar. Al verlos entrar les dirigió irritado la palabra
diciéndoles: "ustedes se pierden y me pierden; retiren ustedes esa
nota, o todo está concluido por mi parte; ¿para esto querían
ustedes que yo me encargara del ministerio de la guerra?"
"Mi general -contestó Briceño- vuestra excelencia es el que se
pierde y nos pierde. El oficio de mediador, pudo ser desempeñado
por vuestra excelencia mejor que por ningún otro. En los días en
que el Gobierno no quiso aceptarlo, y lo desechó; hoy ya es
ineficaz: la existencia del Gobierno hace inútiles nuestros
esfuerzos por el triunfo de la causa que hemos proclamado, a menos
que se identifique con nosotros; y cuando se trata de la vida o de
la muerte de Colombia, toda vacilación destruye las esperanzas de
obtener lo primero, y acarreará infaliblemente lo segundo".
Crítica era en aquel momento la posición del general Urdaneta:
las observaciones de Briceño eran incontestables. Cuando un hombre
se encuentra en situación semejante, no tiene que responder, y así
fue que Urdaneta no pudo hacerlo sino repitiendo: "Bien, no cuenten
ustedes conmigo para nada".
En la misma tarde volvió a reunirse el Consejo para considerar
la nota de Briceño y Jiménez, y por toda respuesta acordó decir:
"Que el Consejo es de sentir que en su dictamen de la mañana de
este día ha consultado ya al Gobierno lo que puede hacer en todos
los casos que ocurran en que se le exijan por la fuerza armada
deliberante que hay en esta ciudad actos contrarios a sus deberes,
a la Constitución y a las leyes, de cuya naturaleza son los que se
exigen en la nota suscrita por el general Justo Briceño y por el
coronel Florencio Jiménez". Esta proposición fue aprobada
unánimemente.
En el momento dirigió el ministro de lo interior, señor Borrero,
una nota a los dos jefes mencionados. En ella les dice que de
acuerdo el señor Mosquera con la consulta del Consejo de Estado,
había resuelto abstenerse del ejercicio de las funciones de
Presidente y no ejercer en calidad de tal ningún acto gubernativo,
retirándose del palacio del Gobierno; y en efecto en el acto mismo
lo abandonó pasándose a la casa de un amigo. El Vicepresidente
Caicedo se' había retirado de hecho, no concurriendo a los últimos
acuerdos del Consejo. Los dos ministros del despacho que
acompañaban al Presidente, Urdaneta y Borrero, y los consejeros de
Estado, hicieron lo mismo.
Así cayó el Gobierno establecido por el Congreso de 1830.
Socavadas sus bases por el partido liberal, desde antes, y después
que se reunió el Congreso; desconocido por los departamentos del
Norte y del Sur (Venezuela y Ecuador), este era su destino, ya de
un modo, ya de otro.
Tan fuertemente combatido. en su esencia, no tenía prestigio ni
fuerza moral para sostenerse; se le consideraba como un ente de
transición; el partido liberal le rechazaba si no plegaba a su
voluntad y a sus miras, y lo aceptaba con esta condición, sólo por
consideración a las personas; el partido colombiano le exigía que
fuese Gobierno nacional y que procediese como tal. En tan
insostenible posición tenía que sucederle lo que le sucedió, siendo
indudable que si se hubiera inclinado al partido que
|
lo
derribé, habría sido derribado por el que lo sostuvo. Los hechos
que he referido dejan probada esta aseveración.
XV
Frecuentemente sucede que cuando tiene lugar un acontecimiento
que se procuraba, sobrecoge a los mismos que lo procuraban.
Entonces es cuando miden la profundidad del abismo en cuyos bordes
se debatían y tiemblan a la vista del riesgo de sepultarse en él.
Esto sucedió a los ciudadanos y jefes comprometidos en aquel suceso
de tanta trascendencia.
Tenían la capital y algunas provincias en sus manos, pero se
decían: ¿nos seguirán las demás?, ¿aprobará el Libertador el paso
dado?; silo imprueba, ¿qué haremos?; si persiste el general
Urdaneta en su resistencia a admitir el mando, ¿a quién
nombraremos? Estas preguntas se hacían no sólo los jefes y
oficiales, sino los ciudadanos comprometidos; mas se olvidaban de
la más terrible de todas las que pudieran hacerse: si el Libertador
se muere antes de concluir nuestra obra ¿a dónde iremos a parar? En
su desconcierto dirigieron Briceño y Jiménez acto continuo una nota
al prefecto para que reuniera el Concejo Municipal, acompañándole
copia de las arriba citadas y diciéndole:
"De hecho, pues, ha dejado de existir el Gobierno, y hemos
creído de nuestro deber ponerlo en conocimiento de usía para que
del modo que crea más conveniente delibere lo que le parezca
oportuno en las difíciles circunstancias en que se halla este
pueblo y su provincia, sin autoridad alguna pública y por lo mismo
en anarquía.
El prefecto reunió el Concejo y algunos vecinos adictos a la
revolución. Los militares querían se hiciese nueva acta popular
con mayor número de firmas que la anterior, procurando declinar su
responsabilidad en el pueblo, y a fin también de que si el general
Urdaneta insistía en no admitir el puesto que en la anterior se le
daba, se nombrara otro ciudadano que lo aceptase. El prefecto, los
miembros del Concejo y los ciudadanos que concurrieron a la junta,
no convinieron en semejante medida, considerando peligrosa la
designación de otro ciudadano en lugar del general Urdaneta;
esperaban que no celebrándose otra acta se vería obligado este
general a ceder a las instancias no sólo de sus amigos sino aun a
las de sus enemigos; objetaban que si la nueva junta no era tan
numerosa como se deseaba, se desprestigiaría la revolución, y
sacarían de ello los anticolombianos argumentos para atacarla como
impopular; acordaron, pues, no hacer nueva acta, declarar
subsistente la primera, y que en la mañana siguiente el concejo
enviara una diputación al general Urdaneta, suplicándole se
encargara del Poder Ejecutivo, como el hombre en quien todos tenían
confianza, y que enviara una comisión a llamar al Libertador. Todo
esto se hizo en el día y la noche del 4.
Dice el señor Restrepo en. su
|Historia de Colombia:
"Urdaneta opuso, como de costumbre en tales casos, algunas
dificultades para encargarse del mando de Colombia,
|pero al fin
cedió, prestando el 5 de septiembre, en presencia de todos los
oficiales de la guarnición de la capital, el juramento de observar
la Constitución de la República, en lo que no se opusiese a los
pronunciamientos de los pueblos. He aquí una prueba de que era el
jefe puesto por una facción armada. El título que se dio fue el de
encargado provisionalmente del Poder Ejecutivo.
"En las circunstancias en que Urdaneta admitió el Gobierno,
todos los partidos quedaron contentos, pues temían qué se
entronizara la anarquía, que tantos males causa a los pueblos, Así
multitud de personas respetables de Bogotá le instaron para que se
encargara del Poder Ejecutivo".
En cuanto refiere el señor Restrepo del general Urdaneta
respecto de aquella emergencia, se ve la preocupación que le
afectaba por la errónea inteligencia que dio a la carta de dicho
general al general Flórez.
No opuso Urdaneta "como de costumbre en tales casos algunas
dificultades para encargarse del mando"; fueron objeciones hechas
con lealtad y de buena fe las que opuso. El Libertador se fue en
completo desacuerdo con él y quejoso de él; temía, pues, Urdaneta
que la posición que se le quería dar retrajese a Bolívar de aceptar
la que a él se le daba, y rehusase venir, en cuyo caso toda
esperanza de conseguir restablecer a COLOMBIA
|
a su antigua y
fuerte unión, sería perdida; creía impropio de él, miembro de la
administración caída, aunque no lo fue sino ya en los días de su
agonía, reemplazarla por nombramiento de los que la habían
derrocado; apesarado por el compromiso que "sin querer" contrajo
en Fontibón con los disidentes, sin pensar en que las cosas fueran
tan lejos, deseaba zafarse de él, y no quería por ningún motivo
aumentarlo; los disidentes no podían acusarle de abandonarlos, pues
que habían desatendido sus consejos, y hasta cierto punto habían
roto con él. Estas y otras razones de delicadeza eran las que
oponía a los que le persuadían a apoderarse de la revolución para
morigeraría; amigos, indiferentes y enemigos, eran los que le
instaban; su resistencia. producía una verdadera consternación
pública, "pero al fin cedió", dice el señor Restrepo, y "todos los
partidos quedaron contentos", añade.
Pues si "multitud de personas respetables de Bogotá le instaron
para que se encargase del Poder Ejecutivo", ¿de dónde deduce el
señor Restrepo que por haber el general Urdaneta "cedido" al fin a
las instancias de esa multitud de personas respetables fuera su
condescendencia "una nueva prueba de que era Urdaneta el jefe
puesto por una facción armada"?
La frase es un poco ambigua; pero se trasluce por los
antecedentes que el señor Restrepo quiso decir lo que ella
significaría si en lugar de "el jefe puesto por", hubiera escrito
"el jefe de", etc. Y siendo esto lo que se propuso decir, no es
lógica la deducción.
Si fue un acto de abnegación del general Urdaneta encargarse del
portafolio de la guerra en los críticos días en que lo hizo, en
someterse en este segundo caso a lo que se le pedía, hubo más que
abnegación. Tanteaba acongojado el enorme peso que se le exigía
echase sobre sus hombros, no se sentía con fuerzas para
soportarlo, y no se resignó a sacrificar su reposo, su reputación
y quizá su vida sino cediendo a un clamor general. Sí, de todos,
que le imploraban, los unos para que diera respetabilidad y mejor
dirección al movimiento que de otro modo los perdería; los otros
para que impidiese que la revolución cayese en otras
|manos
y los aniquilase.
Y este acto de patriotismo generoso es, ¡jóvenes de todos los
partidos! lo que la injusticia de las pasiones ha llamado "la
usurpación de Urdaneta".
En efecto, al día siguiente, en presencia del concejo municipal,
de los jefes y oficiales veteranos y de milicias dueños de la
capital, y de gran número de ciudadanos particulares, tomó
posesión del Poder de hecho que los acontecimientos le daban,
jurando observar la Constitución de la República en todo lo que no
se opusiera a los pronunciamientos de los pueblos. ¿Podía prestarlo
de otro modo en las circunstancias en que se encontraba? ¿El acto
mismo no prueba que tenía forzosamente que seguir el impulso que le
daban los hechos que lo conducían a él?
Inmediatamente formó su ministerio, dejando en el de relaciones
exteriores al señor Vicente Borrero, y nombrando para el de
hacienda al señor Jerónimo Mendoza; para el de lo interior, al
señor Estanislao Vergara, y para el de guerra y marina, al general
Joaquín París, todos granadinos de la más alta respetabilidad, de
opiniones moderadas y de influencia por lo numeroso de sus
parientes y amigos en la capital y fuera de ella.
En esos nueve días de
|interregno, no hubo el menor
desorden, ni un insulto, ni una amenaza, ni el más pequeño
desafuero, ni un solo preso, ni persecución de ninguna especie a
nadie.
Con semejante conducta, con un ministerio de hombres tan
distinguidos, presididos por un ilustre general que servía de
escudo a todos, la calma volvió a los espíritus, los temores se
disiparon y la confianza renacía.
Los señores Mosquera y Caicedo permanecieron en esta ciudad en
completa libertad todo el tiempo que quisieron. Visitados por sus
amigos, por los jefes vencidos y por muchos de los vencedores, se
les manifestaba más respeto y consideración que cuando ocupaban los
primeros puestos del Estado. Las tropas no les hacían honores con
las armas, pero se había dado orden que por cualquier puesto de
guardia por donde pasase el señor Mosquera se pusiesen todos de pie
y le saludaran, cuadrados, llevando la mano derecha al escudo de
la gorra, y que lo mismo se ejecutase cuando se le encontrase en la
callé. Iguales prevenciones se hicieron respecto del señor Caicedo
cuando saliera vestido de paisano, y que si se presentaba divisado,
se le hicieran los honores de su grado (general de brigada). Jefes,
oficiales y soldados se esmeraban en cumplir estas órdenes,
buscaban ocasiones de hacerlo y lo hacían con complacencia. Hoy la
tienen los noveles militares en ver como estropajos a los
beneméritos generales, en habituar a su tropa al irrespeto de las
clases superiores del antiguo ejército. Pero esto puede parecer
queja personal, y no es del caso tratar de ello en este lugar.
Por fin el señor Mosquera resolvió irse a los Estados Unidos
del Norte, y pidió su pasaporte por la siguiente nota:
"Bogotá, 18 de octubre de 1830
"Al señor ministro de Estado en el departamento del
Interior.
"Señor: He resuelto salir de la República por Cartagena o Santa
Marta, y lo digo a usía para que se sirva hacerlo presente a su
excelencia el encargado del Poder Ejecutivo, suplicándole de mi
parte tenga a bien mandarme dar el correspondiente pasaporte. Al
mismo tiempo ruego a usía se sirva hacerle presente mi gratitud
por los buenos oficios que le he debido después de haberme separado
del Gobierno.
"Dios guarde a usía.
"JOAQUIN MOSQUERA"
En el instante mismo, sin hacer la menor objeción, fue
contestada esta nota por la siguiente:
|"República de Colombia -
|Ministerio del
Interior.
Bogotá, 18 de octubre de 1830
"Al señor doctor Joaquín Mosquera.
"Tengo el honor de remitir a usted el pasaporte que por conducto
mío y por comunicación de esta fecha, ha solicitado usted del
actual encargado del Poder Ejecutivo.
"Su excelencia siente que usted haya tomado la resolución de
salir de la República, privándola así de sus servicios en
circunstancias en que pudieran serle muy útiles. Deseo, sin
embargo, sean felices su viaje y su mansión en el país extranjero a
donde se dirige y que su regreso sea muy pronto.
"Soy de usted, con perfecto respeto, muy obediente servidor,
"ESTANISLAO VERGARA"
Los ministros del despacho y los jefes y oficiales vencidos,
|que se hallaban todos en libertad, fueron a despedirse de
él. A su salida muchos le acompañaron a caballo a más o menos
distancia, el pueblo se agolpaba en las calles de su tránsito y le
saludaban sin gritos, ni
|vivas, sino con muestras de
respetuoso afecto, a las que él, descubriéndose, contestaba
manifestando en la benévola mirada de sus bellos ojos toda su
gratitud.
El general Caicedo se fue para su hacienda de Saldaña en la
provincia de Neiva. Hijo de esta ciudad, de numerosa parentela,
prócer de la independencia, generoso y benéfico, idolatrado de la
masa popular por estas
|
cualidades, estimado de todos,
mereció el señor Caicedo, si no mayores, iguales muestras de
simpatía y respeto que el señor Mosquera, tanto en los días que
permaneció en la capital después de la catástrofe, como
a su salida.
En esta segunda vez que el Gobierno legitimo ha sido derrocado
por la violencia, ¿se ha procedido con la misma hidalguía? ¡Ah!
Dígalo el honrado señor Mariano Ospina, cuando apurando hasta las
heces el cáliz de la amargura, iba a ser fusilado, asesinado debo
decir, sin más delito que haber sido, por el voto de sus
conciudadanos, preferido para presidir la Nación, al hombre que era
dueño de su vida; dígalo el señor Pastor Ospina, destinado al mismo
suplicio sólo por ser hermano de aquel; dígalo el respetable e
inofensivo señor Ignacio Gutiérrez, perseguido como si fuera un
jabalí y sufriendo una propagada capilla de muchos meses, tendido
en su cama con una pierna rota, cien veces mandado fusilar,
traqueado de prisión en prisión hasta las costas del Atlántico,
sólo porque era el llamado por la Constitución y la ley a
encargarse del Poder Ejecutivo de la Confederación Granadina;
dígalo el muy honorable señor Bartolomé Calvo, tan inicuamente
oprimido sólo porque era el legítimo jefe del Gobierno Nacional, al
tiempo en que Dios permitió que el parricidio se consumase; díganlo
los millares de infelices echados río abajo a morir en agonía lenta
y cruel en las prisiones de las provincias del Atlántico,
conducidos aquellos y éstos en esos infernales bongos del
Magdalena, bajo el garrote y el machete de los salvajes calmucos
que los tripulaban; díganlo tantos y tantos...; dígalo, en fin, esa
Huerta de Jaime, en la que aún humea la sangre inocente derramada,
al son del bambuco caucano...; La Huerta de Jaime! El general
Mosquera se olvidó, sin duda, de que escogiendo para sus
sangrientos sacrificios aquel lugar en que los generales realistas
Morillo y Sámano inmolaban a los patriotas, hacía más odiosa la
analogía y la hacía resaltar más.
Yo, a quien Dios ha destinado a ver tantas cosas en mi país, y a
referirlas, vi salir por la alameda de San Victorino a esos mismos
venerandos ciudadanos Ospina y Calvo, que ya he nombrado. Yo los
vi, digo, salir entre filas de hotentotes del Cauca, a pie,
arras-
trados cual si fueran insignes malhechores, a ser aherrojados
con pesados grillos y a rodar vejados y ultrajados de calabozo en
calabozo en las inmundas mazmorras de las provincias litorales,
pendiente sobre su cabeza la cuchilla de la venganza, pronta a caer
al menor capricho del hombre que tan bárbaramente los
perseguía.
Ahora bien, ¡jóvenes liberales, artesanos extraviados!, yo os
ruego que fijéis vuestra atención en el comportamiento que
tuvieron con los magistrados caídos y con sus sostenedores
vencidos, aquellos hombres llamados usurpadores, serviles,
tiranos, y lo comparéis con el qué han tenido los liberales
vencedores de hoy, en todas partes y de todas maneras con los
eminentes ciudadanos que he nombrado, y con los defensores de la
noble causa del Gobierno legítimo. Con estas comparaciones
repetidas es que me prometo deteneros en el camino del mal. Yo no
pretendo seduciros, no quiero engañaros, lo que me propongo es
convenceros; si lo consigo, el bien será para esta nuestra común
patria, que pronto recibirá mis huesos, en la que vosotros me
sobreviviréis y en la que dejaremos nuestros hijos.