CAPITULO TRIGESIMOSEPTIMO
I
Organizada la columna de operaciones, fuerte de unos ochocientos
hombres de infantería y como doscientos de artillería y
caballería, se confió su mando inmediato al coronel Pedro Antonio
García. Era el coronel García un militar antiguo y benemérito, de
opiniones moderadas, amigo del general Santander sin ser enemigo
del Libertador, buen ciudadano y honrado padre de familia. Con
todas estas cualidades que lo hacían respetable, carecía, empero,
de la más esencial en circunstancias semejantes: carecía de la
energía necesaria para refrenar a los turbulentos militares del
partido ultra liberal, y bastaba esto para que se perdiera él mismo
y se perdiera la causa que sostenía. Esta debilidad, tan general
entra nosotros, y de que se acusa a muchos, debe provenir de
causas ajenas del carácter personal. La anarquía de las ideas
democráticas; la poca respetabilidad que ellas dan al jefe,
destruyendo toda distancia; la facilidad que tienen los inferiores
de ofender y de calumniar de palabra y por la imprenta a sus
superiores; la inseguridad en que queda el jefe cuando ha dejado de
mandar; las condescendencias del Gobierno supremo con los partidos
extremos, que arredra al que pudiera refrenarlos; en fin, algo ha
de haber que influya en hacer tan general en nuestros mandatarios
civiles y jefes militares el defecto en que me ocupo, sin que
provenga de su carácter personal.
El general Vélez, como comandante general del Departamento, era
el director de las operaciones militares que García debía efectuar
según las órdenes que aquel le diera; pero Vélez estaba en
oposición con el círculo que era árbitro en el Gabinete, en el
cuartel y en el campamento. El experto y prudente general Vélez se
oponía al ataque de frente a la posición que Jiménez ocupaba, la
que consideraba inexpugnable por aquella parte. En efecto, situada
la venta del Santuario a la salida de una calzada tortuosa como de
una milla de largo y unos ocho o diez metros de ancho, sobre un
hondo pantano bordeado a la salida de la calzada de fosos llamados
aquí "chambas", y vallados divisorios de las heredades, y además
reforzada con trincheras de cespedón que ponían perfectamente a
cubierto la infantería que las defendía; era aquella posición en
todo el rigor de la palabra, inexpugnable. Quería el general Vélez
que se pasase el
|Bogotá en balsas por las inmediaciones del
pueblo de Engativá, o más arriba, para obrar por la espalda del
enemigo en el terreno firme y espacioso de la Sabana. Los de la
opinión contraria decían que para los valientes no había posiciones
inexpugnables, que esa palabra no debía usarse porque enervaba el
valor y paralizaba las operaciones; que pasando el río Bogotá por
balsas, quedaba expedita la vía recta a los facciosos para ocupar
la capital, dejando las tropas de Gobierno a considerable
distancia; que teniendo aquellos una numerosa caballería práctica
del terreno, era más expuesto el combate en las llanuras por la
calzada. El general Vélez oponía a estos argumentos que los
valientes podían ejecutar grandes acciones, pero no hacer milagros,
ni vencer inconvenientes insuperables; que él estaba fortificando
la plaza de la Catedral, con fosos en las bocacalles, que la
artillería y unos 800 hombres que quedaban en la ciudad, la
defenderían el tiempo suficiente para que la columna de
operaciones siguiese el movimiento del enemigo, si éste venía
sobre ella, con lo que sería perdido quedando sin retirada; que si
se obraba en el llano pasando el río, sería batido el batallón
|Callao, y la caballería miliciana se desbandaría, pues
semejante caballería, aunque abulta mucho, hace gran ruido y se
ceba en el vencido, no le entra jamás a infantería formada; que la
mejor caballería de Colombia con un Páez, un Cedeño, un Plaza, un
Iribarren, un Rondón, un Flórez y otros jefes de igual nombradía a
su cabeza, no pudo romper el batallón
|Valencey del ejército
real en marcha desde las sabanas de Carabobo hasta Portocabello; y
en fin, que él, en quien el Gobierno había depositado su confianza,
respondía de los resultados si sus ideas se aceptaban, y
presagiaba una derrota completa si se desechaban y se seguía la
|
Opinión contraria.
II
Si algún militar extranjero lee este libro, se sorprenderá de
mi relato sin comprenderlo, porque no sabrá que acá en nuestras
matanzas feroces que llamamos guerras civiles, el general en jefe
no manda como tal, tiene que discutirlo todo, sostener la réplica y
persuadir al último alférez que no es un loco o un ignorante; que
principalmente tiene que satisfacer a los
|clérigos sueltos;
que si en sus tropas hay algún jefe que quiera suplantarlo, y este
jefe está apoyado en un círculo de calificadores de influencia y
charla, la situación del pobre general se agrava terriblemente; que
si el presidente con su secretario de guerra van a la campaña, se
ve el infeliz general contrariado en todo, tiene que seguir, mal de
su grado, las inspiraciones ajenas, y lo menos que le sucede es
que si vence no es él sino el Presidente el triunfador, y si
pierde, toda la responsabilidad cae sobre él, se le califica no
sólo de inepto y de cobarde, sino de traidor. Y esto, aunque arguya
que no le fue dado seguir sus propios juicios, que para todo tenía
que sostener una discusión de horas y de días, y las más veces
ejecutar una operación, o dar una batalla contra su opinión. Y si
el extranjero pregunta ¿qué país es ese en donde el Gobierno, a la
manera de la Convención francesa, puede obligar a sus generales a
que se sometan a una situación tan humillante? yo no sabré
responderle. Y menos sabré responderle si pregunta cómo hay
generales que la acepten.
III
El general Vélez tuvo la energía de decir: "yo soy el
responsable, y lo que yo mando ha de hacerse", y esto dicho se puso
la columna de operaciones en marcha el mismo día (25 de agosto)
para el pueblo de Engativá, animada con las excitaciones y votos de
los bogotanos de todas las opiniones de todos los partidos, que no
aceptaban una revolución que en el caso de triunfar podría
complicar más gravemente la situación, atrayendo sobre la Nueva
Granada la guerra con Venezuela y el Ecuador, pues que la
conservación de la integridad de Colombia era, si bien una idea
noble y generosa, de imposible realización. Empero, no dejaban
muchos de temer los excesos del círculo ultra-liberal, vencida la
revolución; mas esto les parecía menos malo que su triunfo,
contando con la bondad y buena fe del Presidente y Vicepresidente,
que por la posición que ocupaban podrían contenerlo algún tanto.
La salida de la columna de la capital se hizo con grande aparato:
formada en la plaza de la Catedral partió de allí acompañada hasta
fuera de la ciudad por el ministro de lo interior y el de la
guerra, por los jefes que se quedaban, por los jóvenes que habían
tomado las armas como voluntarios y formaban la reserva, en fin,
por una gran masa de la población. La música, los tambores, las
cornetas, los clarines tocando a un tiempo; la vibración de la
artillería rodando por el desigual empedrado de las calles; el
llanto a gritos de las madres al decir a sus hijos en la fila un
¡adiós! que las más presentían sería eterno; el tropel de un
escuadrón de caballería que cerraba la marcha en magníficos
caballos haciendo chispear el empedrado; las aclamaciones de
"¡viva
|
el Gobierno legítimo" que daban los jefes y que
repetían el soldado, el pueblo en las calles y los numerosos
espectadores que en balcones y ventanas se apiñaban: todo esto daba
a aquella marcha una imponente solemnidad marcial. Algunos temían,
pero en el mayor número dominaba la más engañosa confianza.
¡Confianza! ¡Cuántas veces la demasiada confianza no aumenta el
peligro! Es verdad también que la demasiada previsión, el exceso en
las precauciones, el temor de perder, llevado más allá de lo
prudente, el afán de acumular las probabilidades del triunfo hasta
la seguridad de obtenerlo, perjudican a veces tanto como la
demasiada confianza, y quizá más.
La palabra "viva el Gobierno legítimo", es y será siempre tina
palabra sagrada; pero ¿qué valor, qué fuerza podía tener en boca de
un partido que había negado de mil maneras y aun por actos
oficiales esa legitimidad que en su apuro proclamaba? Si los
vencedores de hoy la usaran ¿no excitarían la risa o la
indignación de cuantos los oyeran? Pero bien conocían los que se
asían a ella, en el trance en que se encontraban, que esa palabra
veneranda era la que los haría fuertes aunque fueran vencidos y
haría débiles a: los disidentes aunque fueran vencedores, porque
ella sola basta para asegurar una restauración infalible, más tarde
o más temprano, a los que tienen el derecho de pronunciaría.
IV
Una de las prevenciones más terminantes que se hicieron por el
estado mayor al coronel García, fue que si oía tiros de cañón en la
ciudad, regresara inmediatamente. Olvidándose esta circunstancia,
sin caerse en cuenta de que las descargas de fusilería parecen a lo
lejos tiros de cañón, y mas siendo la artillería de calibre de a
cuatro, se sacaron los reclutas a hacer ejercicio de fuego, al
amanecer del 26, fuera de la ciudad, precisamente del lado de
Engativá. Oyese este fuego por el coronel García a la orilla del
río; se toman por cañonazos repetidos las descargas cerradas que
hacía el cuerpo de reclutas; entra la confusión en la columna, y lo
que es peor que la confusión, entra la discusión; pónese el oído
atento. "No queda dada. La capital es atacada, para esto se dejó
franco el camino real a los facciosos desviándonos a tan gran
distancia; marchemos a castigar a los rebeldes y a los traidores",
se grita blandiendo los sables. Y al trote se pone la columna en
marcha para la capital, abandonando las balsas de junco que se
estaban preparando para pasar el río. El fuego cesa. Con el
silencio la duda aumenta. "¿Habrá triunfado el enemigo?" Esto es lo
más cierto para los que daban por cierta una traición premeditada.
Otros que no la admitían pensaban que podía haber sido rechazado y
estar en retirada. Se hace alto. Se discute, quiero decir se
disputa. De un modo o de otro convienen en que debe continuarse la
marcha con cautela, y ya muy cerca de la ciudad los pacíficos
viajeros que encuentran, les informan de lo que realmente había
pasado. Con este desengaño la traición pareció más comprobada a los
|leales por excelencia. "No hay duda, decían, esto se ha
hecho para obligarnos a retroceder, engañándonos. Los traidores
quieren dar tiempo a que el enemigo se refuerce, a que se apodere
de toda la Sabana, a que la revolución se generalice en las
provincias; por eso, tantas dilaciones, tantas
|pasteleras".
En consecuencia el general García resuelve pasar a la ciudad a
conferenciar con el Presidente,
|y con los patriotas de
confianza, sobre aquel incidente y sobre, las operaciones
subsiguientes. La tropa siguió su marcha hasta cerca de las
primeras casas de la ciudad, acampando fuera de ella.
Entonces supieron todos que fue el coronel Montoya, jefe del
estado mayor, el que dispuso aquel ejercicio de fuego y lo mandó en
persona: quedó, pues desvanecida la idea de traición.
V
Contra la opinión del comandante general, que tuvo sin embargo
la debilidad de ceder, se varió el plan de ataque, resolviéndose
que fuera de frente por Puente Grande, y el coronel García recibió
orden de contramarchar, como lo hizo pernoctando en Fontibón.
La oportunidad de pasar el río en balsa por los lados de
Engativá se perdió; el movimiento frustrado advirtió a los
disidentes del intento, y se preparaban a impedirlo si se insistía
en él. Ya el coronel Piñeres había reconocido las orillas del río
por aquella parte "y se aseguró de la dificultad y grande demora
que presentaba su paso", dice el diario histórico de la división
|Callao. Esta consideración, fuerte sin duda, justifica la
vacilación de todos en resolver cómo y por dónde presentase el
ataque menos dificultades y más probabilidades de buen éxito.
Pasar un río en pocos y pequeños vehículos estando el enemigo cerca
y en posibilidad de aparecerse inesperadamente, es una operación de
las más difíciles y arriesgadas en la guerra. Yo creo que la
columna del Gobierno se habría visto comprometida en el paso, una
parte en el un lado y la restante en el otro, aun la primera vez
que lo intentó, pues la distancia no era tanta que los disidentes,
asegurados de lo que se hacía, no ocurriesen a batirla.
El general Vélez, aunque reconocía este riesgo, decía que podía
disminuirse buscando un paso más lejano, pero sostenía que el
ataque de frente sería precisamente desastroso; más un rodeo mayor
aumentaba el peligro de que la capital fuese ocupada, y bajo este
punto de vista no carecían de razón los que no admitían su idea. En
todo tiempo han tenido y tendrán una gran ventaja las tropas que
obren en la Sabana contra las que defiendan la capital, pudiendo
las primeras moverse en todas direcciones, y teniendo las segundas
que dar siempre la espalda a la ciudad para protegerla. De esto
surgen dificultades que no siempre pueden obviarse. Por poco que el
enemigo la amenace en una u otra dirección y aun sin amenazarla,
con sólo la posibilidad de hacerlo, va empujando a sus defensores a
una fatal concentración hacia ella, cuya defensa miran como su
principal objeto, cuando el enemigo, situándose en posiciones
ventajosas, se precave de ser atacado fuera.
Apenas se traslució en el público que se había acordado marchar
de frente contra la posición del enemigo, el alarma fue general: el
simple instinto del pueblo le hacía conocer y temer el resultado.
El general Vélez volvió a ver al Presidente y se esforzó en
persuadirle del inminente riesgo que se corría. El Presidente,
cansado de oír tantas opiniones contrarias, le respondió que no
siendo militar, no quería entrar en el pormenor de las operaciones,
que debían decidirse por los peritos en el arte, que había
convenido en la indicada por el coronel García, y por el mayor
número de los jefes de las tropas, por no contrariar la opinión de
los que la habían de ejecutar; que él (Vélez), como comandante
general, podía ir en alcance de la columna, examinar las cosas por
sí mismo, conferenciar con aquellos jefes que con tanto ardor
sostenían su opinión, y resolver lo conveniente. Pero que lo que
hubiera de hacerse se hiciera sin demora, bien que procurándose
aquellas probabilidades de buen éxito que la prudencias
aconsejase, porque el peor de los males era dejar tiempo a que la
revolución se extendiese a otras provincias y aumentase sus
fuerzas; que en la guerra las más veces el temor de perder es lo
que hace que no se aprovechen las ocasiones de vencer.
Esto es cierto. Dicen que "quien no espera vencer ya está
vencido"; pero las más veces ese temor de perder que hace flaquear
el valor, que propaga el desaliento en circunstancias críticas, no
proviene de los jefes, de desconfianza en sus propias fuerzas, sino
de las impresiones que les causan las censuras infundadas de
cuanto hacen y de cuanto dejan de hacer; las sospechas injustas, y
las acriminaciones apasionadas que los aturden, los arredran
debilitando su energía; y en semejante violenta situación, ya no
aciertan en nada, vacilan en todo, se dejan arrastrar a lo que su
juicio rechaza, y no dando el impulso sino recibiéndolo, su
desgracia es segura; y su desgracia es la de la causa que
defienden. Dichosos si pierden la vida, y con su sacrificio
acallan a sus émulos, a sus rivales y a los calificadores. En el
curso de estas
|Memorias tendré ocasión de extenderme algo
más sobre el particular.
El general Vélez, que hubiera debido ponerse en marcha en el
acto mismo, cometió el error de no hacerlo. Preocupado con la idea
de dejar asegurada la ciudad antes de irse, y más cuando sabía que
el general Briceño venía del Socorro en auxilio de Jiménez;
creyendo tener tiempo de alcanzar la columna oportunamente, envió
un ayudante de su Estado mayor con la orden terminante al coronel
García, de esperarle en el punto donde le alcanzara la orden. En
esta confianza se detuvo ocupado en los preparativos de defensa en
que se trabajaba, y la persuasión en que estaba de ser obedecido
disminuye mucho la responsabilidad de su error.
Entraba ya la columna del Gobierno (27 de agosto) al puente para
tomar la calzada, o sea el
|camellón, cruzándose algunos
tiros con un piquete de caballería del enemigo, cuando llegó el
ayudante y comunicó al coronel García la orden del general.
Imposible me sería si lo pretendiera expresar la exaltación del
|ardor bélico que se apoderó de los principales jefes al
recibir aquella orden, exaltación que llegó a tal grado, que el
mismo circunspecto coronel García se impresionó con la idea de
que el general Vélez quería, cuando menos, privarle de "llevarse
la gloria" de batir a los facciosos. Persuádesele que conteste al
general que ya era imposible suspender el ataque, porque la
suspensión alentaría al enemigo y desmoralizaría su propia tropa; y
arrastrado por su destino da al ayudante esa respuesta, aunque
con comedidas palabras y moderadas observaciones, para que la
trasmitiese al general. El regreso del ayudante a la capital
excita la más grande ansiedad; las iglesias se llenan de gente
implorando la misericordia del Dios de los ejércitos, porque en los
grandes conflictos, Dios es toda la esperanza de la infeliz
humanidad, aun para los que fuera de ellos le olvidan y le
escarnecen. Los miembros del Gobierno y el Consejo de Estado se
reunen y esperan en su puesto el resultado; en las alturas de las
inmediaciones de la ciudad y en las casas desde donde la soberbia
Sabana se descubre, todos los anteojos se fijan sobre el Puente
Grande. El general Vélez, conociendo que lo que hubiera de suceder
habría sucedido antes que él pudiera incorporarse a las tropas que
no quisieron esperarle, resuelve aguardar el resultado, que no
podía tardar en saberse.
Entre nosotros se ignora absolutamente una cosa de la más alta
importancia en la guerra, y es que el deber del general en jefe en
una batalla es morir el último, y desgraciado del general que
conociendo su deber y la exactitud de este aforismo, siguiera en el
combate la conducta que uno y otro le indican. El duque de
Wellington, que digan lo que quieran sus émulos, era un hombre de
guerra eminente, estuvo en lo más recio de la batalla de Waterloo,
detrás de un árbol cuya protección le permitió disponer las
operaciones con calma y acierto. El árbol quedó sin una hoja, sin
una rama; cien balas de cañón quedaron incrustadas en su grueso
tronco, y una muralla de cadáveres a su alrededor; trece edecanes
del general y ayudantes de su Estado mayor murieron comunicando sus
órdenes, y así fue como la cruenta batalla que dirigía se ganó, y
sólo así pudo haberse ganado. Si un general entre nosotros hiciera
lo mismo, sería hombre perdido, aunque del mismo modo ganara mil
batallas. No sólo se exige a nuestros generales que hagan lo que a
ellos toca, sino que hagan también lo que toca a los jefes y
subalternos que mandan. Se han de lanzar 195 primeros a los
peligros; y si no lo hacen se les declara cobardes si la batalla se
gana, y traidores si se pierde. Otra cosa sucede a los generales de
nuestra tierra: manda el general en jefe que se haga tal
operación, un ataque por tal o cual lado; se obedece su orden,
tiene buen resultado: pues todo el honor se da al que la ejecuta,
y este mismo algunas veces lo disputa al general de quien la
recibió. Sucre, el grande, en un momento crítico en la gloriosa
batalla de Ayacucho, dice al general Córdoba: "general, tomad
aquella altura con vuestra división, a toda costa, señalándosela;.
si la tomáis está ganada la batalla; si sois rechazado, está
perdida". Córdoba no hace la menor observación, no arguye, no
disputa, se vuelve a sus soldados y les grita con la voz del Cid:
"Soldados, el general en jefe nos manda ocupar aquella altura
coronada de enemigos; el general, pues, confía a vuestro valor el
éxito de este combate decisivo. ¡Arriba, soldados, armas a
discreción, paso de vencedores, marchen!" y la altura es tomada por
aquellos valientes, que pisando los cadáveres de la tercera parte
de sus compañeros, "a paso de vencedores" la subían. La batalla se
gana; y la emulación, la envidia, la injusticia, grita por todas
partes: "Córdoba es el vencedor de Ayacucho". Hasta el mismo
Libertador, celoso por un momento, de la radiante gloria de Sucre,
porque esos celillos de rivalidad punzan el corazón de los más
grandes hombres; hasta el Libertador, digo, en un banquete que le
dieron las autoridades de la ciudad del Cuzco, se quitó la corona
de oro, figurando hojas de laurel con que a nombre de la ciudad
orlaron aquellas sus sienes, y diciendo: "esta corona debe ceñir la
frente del vencedor de Ayacucho", la puso él mismo sobre la cabeza
del general Córdoba. Sucre, que estaba presente, se sonrío. Si
Córdoba fue heroico en Ayacucho, fue nobilísimo en aquella ocasión:
con su modo genial, algún tanto brusco, se quita la rica corona
que bajo un título que no merecía se le daba, y levantándose,
mirando al Libertador, dijo: "Si esta prenda de tan gran valor
moral la cedéis, señor, al vencedor de Ayacucho, la pongo yo sobre
la cabeza del general Sucre, a quien corresponde, como mi jefe en
aquella batalla, no teniendo yo más mérito que haber sabido cumplir
sus órdenes conforme las recibí". Sucre rehusó el don con dignidad,
y devolviéndolo al Libertador, le dijo: "Vos no podéis cederlo. La
ciudad del Cuzco honra con él al Libertador de Colombia y del
Perú, que nos ha conducido de victoria en victoria desde Guayana
hasta el Potosí, y ese sois vos". Bolívar, completamente cortado no
respondió: dejó su asiento, tendió la mano a Sucre y a Córdoba, los
levantó de la mesa y los estrechó a ambos, en sus brazos, bajo los
aplausos entusiastas de los concurrentes... Caigo en cuenta que me
voy extendiendo demasiado en esta digresión, y consiste en que me
complazco en recordar estas cosas y me gusta referirlas, porque
tienen algo de caballeresco que ya no se usa, ni puede usarse
porque lo caballeresco es hoy tildado de aristocrático y
colonial.
Volviendo, pues, a mi asunto, digo que el coronel García
valiente como era, y dominado por la exigencia de la opinión
absurda de que el general debe exponerse como el soldado, se coloca
en la primera fila de su columna, y la hace entrar en la calzada
al paso de trote, mezcladas artillería, caballería e infantería,
sin que estas armas confundidas pudiesen obrar, ni desplegarse, ni
ayudarse recíprocamente. El enemigo, que las esperaba detrás de sus
parapetos establecidos en semicírculo a la orilla del pantano al
término de la calzada, rompe un fuego mortífero de fusilería, sobre
esa masa compacta que a cada paso diezmaba sin riesgo. Aquello no
era un combate, era un sacrificio. Una compañía del batallón
|Cazadores de Bogotá, que precedía la columna, podía por
pelotones hacer fuego de frente sobre las trincheras del enemigo;
algunos soldados de los costados de cada fila, cuando las revueltas
de la calzada permitían hacer uno que otro tiro, lo hacían
avanzando siempre. El toque de "paso de trote" era repetido sin
descanso por el corneta de órdenes del comandante en jefe, y
ciertamente, en el estado en que la columna se encontraba, sólo
avanzando sin detenerse hasta tocar con el pecho las trincheras,
podía mejorar su situación. Así llegó la columna pisoteando
cadáveres y heridos, más bien apiñada que formada, hasta ponerse a
medio tiro de pistola de las trincheras. El momento era decisivo:
un minuto más y sé habría conseguido, o salir de la funesta
estrechura, lo que era mucho, o acaso se habría obtenido la
victoria; pero aquel momento de desolación: el coronel García
vacila sobre su caballo, sus ojos se oscurecen, su cara palidece, y
sintiéndose herido, en la agonía de su rápido tránsito de la vida a
la muerte manda tocar "alto, y fuego a pie firme" y expira. Los
cornetas de los cuerpos repiten el fúnebre toque, la columna
para, el apiñamiento aumenta; ya no es tropa que valerosamente
avanza, sino un pelotón de hombres que caen como palomas bajo los
fuegos cruzados de las trincheras enemigas, sin poder defenderse ni
ofender, ni avanzar ni retroceder. El enemigo que observa aquel
desorden, sale de sus atrincheramientos, carga por tres veces sobre
la cabeza de, la columna, y a pesar de la consternación y el
desaliento, que reinan en ella, es tres veces rechazado. Pero dos
escuadrones de su caballería, compuestos de hombres prácticos de
las lagunas, tremedales y ciénagas de la Sabana, se lanzan al
pantano, y aunque con dificultad y con peligro, dando un rodeo,
logran por fin salir a la calzada, cerca del puente, y cargando
por retaguardia a la columna del Gobierno, se consuma el cruento
fratricida sacrificio, de la manera más bárbara y terrible. Los
jefes, oficiales y soldados veteranos de la división
|Callao
se interponen y detienen los estragos de la lanza miliciana; y
abrazando a sus antiguos compañeros y amigos, lloran con ellos, y
entre los suspiros del moribundo y los lamentos del herido,
retumba entre los vencedores aterrados con su triunfo, el grito de
"¡Maldición a los que nos han traído a este extremo!"
En aquella jornada de luctuosa memoria quedaron en el campo
muertos o gravemente heridos, un coronel, siete jefes, catorce
oficiales y doscientos dieciocho individuos de tropa; y
prisioneros, dos coroneles (Valerio Francisco Barriga y Ramón
Espina), cuarenta y cinco jefes y oficiales, y quinientos treinta y
dos individuos de tropa. Los demás ¿qué se hicieron? Se ahogaron en
el hondo lodazal adonde se arrojaron, con sus armas, buscando la
vida, y en el que encontraron una, cruelísima muerte.
En el momento en que la caballería enemiga llegaba a la calzada,
unos pocos jefes y oficiales, por estar bien montados, pudieron
salvarse huyendo a escape y trajeron a la ciudad la terrible
nueva, produciendo en todos desaliento y consternación. De las
clases de tropas no se salvaron sino unos pocos asistentes que no
habían entrado a la calzada.
Treinta cajas de guerra, dos cañones de campaña, setecientos
cuarenta y cuatro fusiles, nueve mil cartuchos de fusil, treinta
tarros de metralla, en fin, todo el material de la columna quedó en
poder de los vencedores.
De parte de éstos no hubo sino un oficial y diecinueve soldados
muertos, y dos oficiales y treinta y cinco soldados heridos; lo que
prueba la ventaja con que
|
combatieron detrás de sus
trincheras. Y estos pocos heridos y muertos los tuvieron cuando
saliendo de ellas cargaron a la columna desordenada.
La relación que de este suceso se lee en el diario histórico de
la división
|Callao, concluye con el siguiente párrafo:
"Nuestra fuerza consistía en doscientos ochenta infantes y
trescientos de caballería. Con ella se ha salvado la gloria de
Colombia, nos hemos puesto en disposición de sostener la
Constitución y la INTEGRIDAD NACIONAL,
|
y se ha librado al
Gobierno de sus opresores.
"El coronel en jefe, "VICENTE G. DE PIÑERES"
Palabras notables escritas bajo la impresión de una catástrofe
que los conmovía a todos. Ellas son una prueba moral concluyente
de la idea que dominaba a los vencedores, cuando se precipitaron en
un desesperado movimiento; idea que no fue la de derrocar al
Gobierno establecido, ni la de llamar al Libertador o al general
Urdaneta al mando supremo, aunque los sucesos posteriores dieran
este resultado.
VI
Todos los que entran en una revolución saben cómo empieza, y
ninguno sabe ni alcanza a presumir cómo acabará. Se proponen un
objeto, y el torrente revolucionario, acrecido, desbordado, los
arrastra más lejos de lo que pensaran y del objeto que se
propusieron. Esta verdad la prueban todas las revoluciones que ha
habido en el mundo. Las pasiones y el espíritu de partido, para
acriminar las primeras intenciones entran después a juzgar los
hechos, con la ventaja que les dan los sucesos e incidentes que
sobrevienen, dándolos por premeditados.
Indudablemente ninguno de los que se precipitaron en la
revolución de 1830 en el departamento de Cundinamarca, tuvo en su
principio otro objeto que el que he referido, y que los hechos y
los documentos han dejado probado. Veamos lo que aconteció después
de su triunfo.
La derrota de las tropas del Gobierno produjo en la capital un
terror que impidió que se pensara en defenderla. Como sucede en
semejantes casos, las acusaciones recíprocas, con que se echan unos
a otros la culpa del desastre sufrido; las disputas sobre lo que
hubiera de hacerse; las inculpaciones al jefe de Gobierno, que es
siempre el blanco adonde se dirigen los dardos de la maledicencia;
los reproches a las autoridades; las carreras a un lado y a otro
en desconcierto y sin objeto, entretuvieron unas pocas horas a los
jefes de la plaza, a los que del Santuario vinieron, a los
periodistas liberales, pálidos y temblorosos, en fin, a todos los
que se creían amenazados. Un peligro que no se esperaba tan
instantáneamente cortó las disputas: la división vencedora se
presentó a la entrada de la capital, y acampó en la alameda de San
Victorino. A su vista el terror se apoderó de todos, y un clamor
general pidió al Gobierno que salvara la ciudad por medio de una
capitulación.
En el campo de la división vencedora no era menor la agitación,
aunque en diferente sentido. El hombre, en todas las cosas,
mientras más consigue más desea, mientras más adquiere más
ambiciona, mientras más tiene más quiere; el triunfo lo engríe y
lo hace exigente, y la conciencia de su fuerza lo hace provocador
e injusto con el débil. Los que tomaron las armas para pedir un
simple cambio de ministerio, y de la política del que existía, ya
no se conformaban con esto: la idea de llamar al Libertador al
mando en jefe de los ejércitos, venida del Socorro y Tunja, empezó
a cundir. Algunos querían ir más lejos: hablaban de que se
declarase haber cesado el Presidente y Vicepresidente en el
ejercicio de sus funciones, y que se estableciese un Gobierno
provisorio, proposición que fue rechazada por los más. Por fin
acordaron dirigirse al comandante general, intimándole la
rendición de la ciudad y decidir lo conveniente después de estar en
posesión de ella.
A la intimación resolvió el Presidente nombrar a los generales
Antonio Morales y José María Ortega para que pasasen a conferenciar
con Jiménez, a fin de obtener una capitulación lo menos onerosa
posible. El Vicepresidente opinaba que el Gobierno debía
declararse vencido, y abstenerse, por tanto, de toda función
administrativa. El señor Mosquera creyó que a toda costa, debía
precaver los males que podían seguirse de una ocupación militar de
la capital, por una soldadesca desenfrenada, que se componía en su
mayor parte de milicias indisciplinadas, en las que había un gran
número de hombres turbulentos y apasionados; y pensó que el deber
de impedirlo por el único medio que le quedaba, era sagrado e
imprescindible para él. También esperaba que durante la negociación
calmaría la agitación de los ánimos y llegaría el general Urdaneta,
que había sido llamado por los unos y por los otros. Todos conocían
que la presencia de Urdaneta en la ciudad era una garantía de
orden; porque hay crisis en que las pasiones callan y se hace
justicia al mérito: los mismos que antes gritaban "muera Urdaneta",
ahora clamaban "venga Urdaneta".
Los generales comisionados del Gobierno nada pudieron arreglar
con los jefes vencedores. Toda la tarde y la mitad de la noche se
pasó en conferencias, o más bien en disputas y aun amenazas,
principalmente de parte de los jefes de las milicias y de la
muchedumbre de aficionados que después del triunfo corrieron de
todos los pueblos de la Sabana y de la misma capital a hacerse ver
y oír.
Esto es lo corriente entre nosotros, y creo que en todas partes:
los que menos hacen, los que menos sufren, los que menos se
exponen, son los que más gritan, y los más inexorables cuando todo
riesgo ha pasado y se aproxima la hora del reparto de los
empleos.
El regreso de los citados generales sin haber obtenido ningún
arreglo que ligara siquiera con una promesa a los vencedores,
produjo una verdadera disolución de los elementos con que contaba
el Gobierno para imponerles algún respeto. Cuatrocientos
ciudadanos que tenían las armas en las mano y como cuatrocientos
reclutas ya instruidos en el manejo del fusil, constituían una
fuerza igual o poco menor que la que tenían los disidentes; situada
en la plaza de la catedral atrincherada, y disponiendo de numerosa
artillería, podían haberla sostenido haciendo con ello menos
exigentes a los vencedores; pero la discusión, las disputas, la
desconfianza introducida por los calificadores, aumentando el
desaliento demasiado grande ya, no dejaron pensar en nada
provechoso, y un "sálvese quien pueda" fue la idea que dominó en
todos.
El Presidente, viendo aquella flaqueza de espíritu en los que
podían y debían prestarle apoyo, resolvió a la una de la mañana
enviar a los señores Castillo Rada y Baralt al campo enemigo en
calidad de negociadores, autorizándolos ampliamente para celebrar
una capitulación que salvase el pudor de las mujeres, la vida y la
propiedad de todos. Se había exagerado tanto la inmoralidad de los
disiden que era disculpable ese miedo, aunque en realidad fuese
infundado. En sus filas había exaltación política, pero no había
inmoralidad, y esto quedó después probado con honra para ellos.
Al apuntar la aurora, con su apasible claridad, se vio la plaza
de armas casi desierta. Los reclutas, abandonados por sus jefes y
oficiales se habían desertado, los
|
ciudadanos particulares
que por el entusiasmo que antes manifestaban dieran esperanzas de
reparar cualquier revés, habían desaparecido; el comandante
general, el prefecto del departamento y tres de los ministros
secretarios de Estado, se habían ocultado. No quedaban,
pues, al lado del Presidente en aquel conflicto, sino el señor
Vicente Borrero, ministro de Relaciones Exteriores, y el consejero
de Estado señor Félix Restrepo. En la plaza de armas sólo quedaron
los coroneles José Acevedo, José Manuel Montoya, y el de milicias
Francisco Javier González, unos pocos subalternos y como cien
hombres de tropa.
No tardó en saberse en el campo de los vencedores el estado de
abandono en que se hallaba el Gobierno, y esto los hizo más
altivos: "entremos, entremos, nada de capitulación!" gritaban los
|enérgicos; pero Jimenez se opuso. Por fin, no pudiendo los
comisionados del Gobierno obtener un arreglo razonable, ni dejar
de hacer algo para llenar el objeto de su comisión, se vieron
obligados a firmar a las diez de la mañana, la siguiente
capitulación que el Presidente tuvo que ratificar.
"EN EL CAMPO DE SAN VICTORINO A 28 DE
AGOSTO DE 1830
"A consecuencia de la acción de guerra del día de ayer, habida
en el Cerrito del Santuario, en que fueron vencidas y prisioneras
todas las tropas que salieron de la capital contra la división
|Callao y los pueblos de la Sabana, se han reunido en dicho
campamento, a saber: por parte de la plaza, con plenas
autorizaciones del excelentísimo señor Presidente, los señores
doctor José María del Castillo y Luis Baralt; y por parte de los
pueblos y de la división
|Callao, los señores coronel Carlos
Castelli y Pedro Domínguez, con el objeto de tratar y convenir
definitivamente sobre el modo de que la expresada división entre
en la capital, consultando a la vez su perfecta seguridad y la
economía de la sangre, como igualmente para evitar los sobresaltos
a que se expondrían los pacíficos habitantes, consecuentes a un
asalto de la plaza de la Catedral: teniendo presentes los
preliminares que han servido de base a la negociación entablada la
noche anterior, han convenido en los artículos siguientes:
"1º Todos los habitantes de la capital, inclusos los militares,
gozarán de una completa y absoluta seguridad de sus vidas,
personas, libertad y propiedades, sin que se les pueda molestar, ni
hacer cargo alguno por su conducta y opiniones políticas; pero
saldrán, por su propia seguridad, con pasaportes del Gobierno para
Cartagena, dentro de tercero día, los señores Manuel Antonio y Juan
Manuel Arrublas, Francisco y José Manuel Montoya, Vicente y Juan
Nepomuceno Azuero, Ignacio Márquez, general José María Mantilla,
coronel José Maria Gaitán, doctor Juan Vargas y coronel Francisco
Barriga.
"2º Los reclutas que existan en la capital, que no tengan aún
treinta días de haber salido de sus casas, serán licenciados en el
acto, y los soldados,
|clases y oficiales que se hallen en la
misma, serán incorporados en la división
|Callao, para la
formación de un cuerpo que reemplace los extinguidos
|Cazadores y batallón
|Boyacá, debiendo presenciar esta
operación el jefe que se nombre por parte del señor Coronel
Jiménez.
"Los oficiales excedentes recibirán sus licencias
indefinidas.
"Los cuerpos de caballería de milicias se retirarán tan luego
como, los de la plaza hayan dado cumplimiento a los artículos
precedentes y siguientes, conservando el fuero militar que
anteriormente tenían, y el primer regimiento hará parte de la
división
|Callao, siempre que se necesitare.
"3º Con anuencia del jefe, que el coronel comandante en jefe de
la división
|Callao nombre para el licenciamiento y demás
operaciones de que se trata en el artículo anterior, se recogerán
todas las armas y municiones que estén en poder de los cívicos, o
depositadas en partes que no sea el parque, y se colocarán en
éste.
"4º Se concederán pasaportes y demás garantías a cuantos deseen
ausentarse de la capital para cualquier otro punto dentro o fuera
de la República. Aquellos que por estar heridos, o por cualquiera
otro motivo no puedan Verificarlo inmediatamente, podrán retirarse
siempre y cuando estén en estado de efectuarlo, disfrutando
entretanto de la debida seguridad, y se les asistirá con lo que
necesiten.
"5º La división
|Callao entrará de guarnición en la
capital a la una de este día, en cuya hora no deberá haber ni un
solo
|
soldado en la plaza de la Catedral y sus
alrededores.
"6º Estos artículos serán ratificados en el término de una hora
por ambas partes.
"Fecha
|ut supra. A las diez y cuarenta minutos del día.
|José María del Castillo -
|Carlos Castelli. Luis Andrés
Baralt -
|Pedro Domínguez de Hoyos. Ratifico este
convenio en todas su partes - JOAQUIN MOSQUERA.
|
Por su
excelencia el Presidente de la República, y por ausencia de los
demás ministros, el ministro de relaciones exteriores,
|Vicente
Borrero. Ratifico en todas sus partes el presente convenio.
FLORENCIO JIMENEZ.
|
- El jefe de estado mayor y secretario
general,
|V. G. Piñeres".
El señor Restrepo en su
|Historia de Colombia censura por
esto al señor Mosquera con severidad, o mejor dicho, con dureza,
aunqúe pone la crítica en boca de otros; dice así:
"Muchos han censurado esta capitulación como un acto de la más
|degradante debilidad cometido por el primer magistrado de
Colombia. Dicen que Mosquera aprobó en ella artículos
inconstitucionales, como conceder fuero a las milicias, y
convenir,
|por temores infundados, en que se desterrara sin
juicio ni proceso a sus dos ministros Márquez y Azuero, así como a
otros ciudadanos distinguidos, cuyo único delito era haberse
empeñado fuertemente en sostener la constitución, las leyes y al
mismo Presidente Mosquera".
Y
|
concluye diciendo que su deber era no haber ratificado
la capitulación.
Baralt y Díaz, en su
|Historia de Venezuela dicen sobre
el particular:
"A ella (a la batalla del 27) se siguió el 28 una capitulación,
|que puso la ciudad en manos de los facciosos los cuales,
abusando de la victoria,
|forzaron al Gobierno a convenir en
el destierro de muchos ciudadanos distinguidos,
|condición
ignominiosa", etc.
Por respetable que sea el juicio de escritores de tanto mérito,
yo me atrevo a defender al señor Mosquera. Apenas se hicieron
trascendentales en la ciudad los términos de la capitulación,
varios amigos suyos de la
mayor respetabilidad fueron a palacio, y se tomó en
consideración. el acto, estando presentes los dos honorables
ciudadanos que a nombre del Gobierno lo habían acordado. El señor
Baralt, con la vehemencia de su lenguaje habitual, manifestó que
en las crisis supremas tenían los Gobiernos, como los hombres, que
someterse a la dura ley de la necesidad.; que el Gobierno vencido,
sin fuerza que lo sostuviese, no tenía más que dos caminos que
seguir: abandonar la capital a los peligros que la amenazaban, o
procurar disminuir éstos ratificando una capitulación que ponía
algún freno a los vencedores. El señor Castillo manifestó que tanto
él como su compañero habían hecho los mayores esfuerzos para que se
prescindiese del destierro de los once ciudadanos designados en el
articulo 1º, y nada habían conseguido; y que era probable que si la
capitulación se improbaba, el mismo coronel Jiménez no podría
contener algunos excesos, según la irritación que notaron en muchos
de los jefes, principalmente de las milicias, y en los
particulares que se encontraban en su campamento. El señor Baralt
añadió que el fuero militar que con tanto ahinco reclamaban los
milicianos, era una cosa de poca monta en circunstancias tan
angustiosas, y que el destierro de los ciudadanos referidos no se
realizaría porque era seguro que el general Urdaneta emplearía su
influencia con los vencedores para que no sé llevase a efecto.¹
|
1 Si yo hubiera estado allí habría
recordado, en cuanto a inconstitucionalidad de los actos de que se
trata, aquel decreto en que el Gobierno declaró vigente otro que
pocos días antes había declarado insubsistente por
inconstitucional; lo que equivalía a condenar inconstitucionalmente
a muerte, en juicio breve y sumario, a los disidentes, si la suerte
de las armas les hubiera sido adversa.
Esta es algo más que una declaratoria
de fuero militar a las milicias, que después habría podido
revocarse, y expedir pasaporte a unos pocos ciudadanos, para que
por su propia seguridad se ausentasen de la capital en momentos de
exaltación revolucionaria.
Lo que hay de cierto es que si los
vencedores hubiesen sido vencidos, los jefes todos habrían ido al
banquillo,
|por partidas de a diez y siete, sin que el mismo
señor Mosquera hubiera podido salvarlos. Con infinitamente menos
motivo se hizo después esto con otros, como lo veremos en su
lugar.
|
El señor Mosquera, en aquella agitación del momento, que puede
concebirse sin mucho esfuerzo, sonando ya la hora fijada, tuvo la
abnegación, más bien digna de agradecimiento que de censura, de
hacer un inmenso sacrificio de amor propio y aun de dignidad, por
salvar el "pudor de las mujeres, la propiedad y la vida de los
ciudadanos", con especialidad de aquellos nominalmente
amenazados.
Ciertamente esos temores eran infundados, como dice el señor
Restrepo; pero se había pintado con colores tan sombríos a los
disidentes, suponiéndolos ladrones, asesinos, bandidos, etc., que
mientras ellos no probaran, como lo probaron después, que se les
calumniaba vilmente, era natural el temor, que no sólo el señor
Mosquera sino todos tenían. Después que las cosas han pasado es
|muy fácil darles el colorido que se
|quiera, y
condenar hechos que no lo merecen.
No fue, no, la capitulación la que "puso la ciudad en manos de
los facciosos", como dicen Baralt y Díaz; fue la fuerza, fue la
victoria, que son las que desde que hay hombres ponen las ciudades
y los imperios en manos de los vencedores, porque el mundo ha
sido, es y será siempre de los fuertes.
En cuanto al epíteto de "facciosos" que dan dichos señores a los
disidentes, no quiero yo disputarlo; pero los aplaudidos
revolucionarios de Venezuela y los del Ecuador, ¿qué eran?: eran
algo más que facciosos. Estos tuvieron buen éxito en su criminal
revolución parricida; aquellos no pudieron asegurar su triunfo, y
cayeron: esto explica la calificación.
VII
En la tarde del mismo día entraron los vencedores derecho a los
cuarteles que se les habían designado de antemano. Todo se hizo con
orden, con moderación, sin darse una sola voz ofensiva ni de
aplauso, sin que se irrogase tampoco de hecho el menor agravio a
nadie: más bien parecía su entrada la de tropas que regresaban de
hacer el ejercicio fuera de la ciudad, que la de vencedores
irritados. El dolor, no el encono o la alegría, se veía pintado en
su semblante.
La capitulación se cumplió de hecho en cuanto a apoderarse los
vencedores de las armas y demás elementos de guerra existentes en
los cuarteles y parqué del Gobierno. Esto tenía necesariamente que
ser así, cuando no eran ellos tantos que pudiesen prescindir de
asegurarse.
Desde aquel momento se abstuvo el Presidente de ejercer ningún
acto gubernativo, y pidió a su consejo constitucional que le
consultara lo que debiera hacer en una situación tan aflictiva. El
consejo le consultó que invitase a Jiménez y demás jefes de la
división
|Callao a una conferencia para explorar hasta qué
grado podía contarse con su obediencia. Repugnaba al señor
Mosquera este medio por parecerle indecoroso, pues si la
aprobación de la capitulación fue consecuencia de una necesidad
imperiosa, en momentos de suprema angustia, con un grave e
incontestable motivo de conveniencia pública, todo acto posterior
en que se expusiese el jefe de la República a ser irrespetado,
vendría a ser un acto de humillación que redundaría en mengua del
Gobierno. Sin embargo no pudo resistir a las instancias de sus
amigos y de los miembros del consejo para que agotase los medios
conciliatorios, a fin de restablecer el orden constitucional en los
departamentos del centro de la República, aunque fuese ganando
terreno paulatinamente, y cedió por condescendencia, más que porque
esperase un buen éxito de semejante paso. Por tanto, tuvo lugar la
mal aconsejada conferencia, que debía dar, como en efecto dio, el
resultado que se expresa en el siguiente documento.
Bogotá, septiembre 1º de 1830
"Al excelentísimo señor Presidente del Consejo de Estado.
"Excelentísimo señor: conforme al dictamen del Consejo que me
comunicó vuestra excelencia en su nota de 30 de agosto, hice
convocar al coronel Jiménez y demás jefes que le acompañaban, para
persuadirles de la justicia y conveniencia pública de que se
revocasen los destierros de los once ciudadanos, contenidos en el
ar-
tículo 1º de la capitulación militar del 28 de agosto, y el
restablecimiento del fuero de los milicianos. No se omitió ninguna
observación para persuadirles de la importancia de esta medida, y
para darles más eficacia asistieron los mismos dos ciudadanos que
intervinieron por parte de las fuerzas de la ciudad a celebrar la
capitulación, y ciertamente expusieron hechos y reflexiones muy
oportunas; pero no ha sido posible obtener que cedan en ninguno de
los dos puntos, y aun aseguraron todos que los pueblos
comprometidos hacían consistir todo el triunfo en el cumplimiento
del artículo 1º. Hubo jefes que fuertemente me exigían que
entregase aquellos ciudadanos, y que parecían hacerme el cargo de
mala fe cuando asentaban que yo debía haberlos mandado prender,
para obtener la posibilidad de cumplir con la capitulación. El
coronel Jackson me acusó de mala fe; el coronel Johnson me hizo
también cargos sobre mi conducta en calidad de Presidente, y otro
jefe los hizo también contra el Consejo. Yo aparecí esta vez
llamado a juicio ante mis vencedores. El resultado prueba que en
realidad no puedo obrar como jefe del Estado. Un destacamento
puesto en la boca del monte de Tena por el coronel Jiménez,no ha
dejado pasar un posta que se enviaba a La Mesa deorden del
Gobierno. Yo espero que en vista de estos hechos el consejo no me
pida que ponga otra vez a prueba mi autoridad, para recibir
nuestros desaires y una nueva evidencia de que ya no tengo el poder
de hacer cumplir mis órdenes. Yo repito que el Gobierno está
anulado absolutamente, y que de hecho ya no existe.
"En consecuencia exijo del Consejo que medite el medio que pueda
emplearse para evitar mayores males, sí los vencedores emplean vías
de hecho para los designios que pueda sugerirles la nulidad
absoluta del Gobierno y la incertidumbre y parálisis en que se
hallan después de haber consumado su revolución por un triunfo.
"Dios guarde a vuestra excelencia.
"JOAQUIN MOSQUERA"