podrían hacerla en este caso doscientos milicianos de
infantería y ciento de caballería. Si el Gobierno quiere conservar
en la capital los expresados dos cuerpos veteranos: batallón
|Cazadores y
|Callao, que se equilibre la fuerza entre
los dos; que los jefes y oficiales que no pertenecen a dichos
batallones pueden seguir el movimiento respectivo del cuerpo en que
tienen confianza, o permanecer en Bogotá, a su elección propia; que
el Gobierno, en olvido de todo lo acaecido hasta hoy, garantice
los destinos, opción a ellos, empleos, propiedades, honor, vida y
seguridad de todos los ciudadanos de cualquiera clase, condición o
estado de los comprometidos.
|"Techo, 20 de agosto de 1830
"Firmado por todos los comisionados que han discutido la
materia en presencia del mismo Presidente".¹
Fue un error gravísimo, fue un verdadero desacato llamar a este
pliego de proposiciones,
|Ultimátum, palabra que significa:
una resolución definitiva y terminante, y que envuelve amenaza de
rompimiento de hostilidades en caso de no aceptación; lo que
bastaba para que el Gobierno por su propio decoro lo rechazase,
aunque las proposiciones por sí mismas fueran asequibles pedidas
de modo que apareciese el Gobierno concediéndolas de
|motu
proprio, como hizo el Libertador con los coroneles Obando y
López en 1829.
El Presidente, apenas regresó a la capital, consultó al Consejo
de Estado, y al siguiente día, habiéndose las tropas disidentes
acercado a la capital, escribió a Jiménez:
"Bogotá, 21 de agosto de 1830
"Señor coronel Florencio Jiménez:
"Mi muy apreciado señor:
"Escribo a usted en mi carácter privado, para dar a usted
noticia de la causa que ha demorado la contestación que usted
espera del Gobierno. Anoche consulté al Consejo sobre los medios de
evitar una guerra civil,
|
1
|
Manifiesto de los jefes y
oficiales de la división
|Callao.
|
y no pudo concluirse la discusión, Hoy tal vez se habría
terminado, pero la aproximación de la fuerza de usted ha alarmado
la ciudad, y los miembros del Consejo no han tenido tiempo ni la
calma necesaria para deliberar en un asunto tan grave. Doy a usted
estos informes anticipados, porque soy franco por carácter, para
quitar toda duda y por no variar de conducta con usted, a quien
siempre he tratado con franqueza.
"Si todavía cabe, diré a usted que aquí aún queda alguna
esperanza de contener EL ARDOR BELICO,
|
y que todavía tampoco
está perdida la esperanza de salvar a usted y a todos los demás,
del compromiso en que se hallan. Pero persuádase usted que no trata
conmigo solamente, y que yo COMO MEDIADOR
|
sólo puedo
obtener un resultado, si hay generosidad recíproca.
"Soy siempre su afectísimo servidor,
"JOAQUIN MOSQUERA"
Esta carta explica elocuentemente la situación forzada en que
se encontraba el señor Mosquera: "persuádase usted que no trata
conmigo solamente, y que yo como mediador sólo puedo obtener un
resultado, si hay generosidad recíproca", quiere decir de una
manera clara: yo no mando, yo no puedo resolver nada como
magistrado, yo no tengo más poder que el de interponerme entre los
partidos en calidad de mediador.
Ese
|ardor bélico de que hablaba el señor Mosquera no era
otra cosa sino la exaltación violenta del partido intolerante y
exigente que lo constreñía a obrar contra sus propias
inspiraciones; ese partido que cuando la renuncia de los ministros
dijo "que si el Vicepresidente encargado del Poder Ejecutivo la
admitía, no le obedecerían" cosa que el señor Restrepo confiesa, a
pesar de su pasión contra los disidentes. El Gobierno se hallaba
en esta situación: los disidentes le decían: "no nos sometemos sino
bajo ciertas condiciones"; los liberales que se llamaban sus
defensores le decían: "no os sostendremos, no os obedeceremos si no
hacéis lo que nosotros queremos". ¿Qué diferencia encuentra el
lector en estas dos desacatadas exigencias? Yo no encuentro sino la
de que los primeros pedían usando abiertaniente de la fuerza, y que
los segundos imponían su voluntad salvando hipócritamente las
apariencias. Por mi parte ambas cosas las considero culpables, mas
cuál de las dos lo sea moralmente en mayor grado, dejo que lo
juzgue el lector. Debo, no obstante, exceptuar de esta
responsabilidad a algunos jefes de la plaza, que cumpliendo con su
deber en el sostenimiento del Gobierno, no hacían liga con el
círculo insubordinado que se apoyaba en el batallón
|Boyacá.
El general Vélez, comandante general del departamento, los
generales París y Ortega, los coroneles Ramón Espina y Pedro
Carrasquilla, los comandantes Marcelo Buitrago y Ramón Acevedo y
algunos otros jefes subalternos, servían con lealtad aunque
rechazando la exageración de aquel círculo apasionado. Muchos
ciudadanos que se hallaban en este caso, que habían sido adictos a
la administración anterior y tachados de "boliveros" por los
calificadores, impulsados por el noble sentimiento del deber,
tomaron las armas en defensa del Gobierno, cuya política no
aceptaban, y de la capital que consideraban amenazada y expuesta a
graves desórdenes si la ocupaba la fuerza de los disidentes,
compuesta en su mayor parte de milicianos voluntarios, que ya se
sabe lo que son en todas partes.
XIV
En el entretanto se verificaban movimientos de partidas de los
unos y de los otros; hubo varios encuentros parciales en los que
los disidentes llevaron la ventaja, lo que los hacía más
exigentes, como siempre y en todas partes sucede; la efervescencia
de las pasiones crecía en uno y otro lado, y la esperanza de llegar
a una solución pacífica se alejaba.
En la mañana del 23 entró a la ciudad la columna de Tunja (533
hombres), con cuyo refuerzo el "ardor bélico" llegó al último grado
de excandescencia. ¡Marchemos contra los rebeldes, mueran, mueran!
¡No más contemplaciones, no más
|pastelería! gritaban los
liberales, principalmente los militares, con las correspondientes
aclamaciones a la libertad entre las de "¡mueran, mueran los
facciosos! ".
El general Urdaneta, que desde su hacienda, donde vivía
retirado, había ofrecido sus servicios al Gobierno, aceptados que
fueron, "se puso en marcha para esta capital. Jiménez, irritado
por el engaño con que se le había alejado para asegurar la venida
de las tropas de Tunja, o más bien, empujado por los
|clérigos
sueltos, se había movido para alcanzarlas cuando supo su
aproximación, lo que no consiguió, aunque las persiguió, hasta
las primeras casas de la ciudad. El general Urdaneta, que no tenía
noticia de estos movimientos, se encontró con Jiménez al regreso
de éste, y variando su primera resolución siguió con él a Fontibón,
y de allí ofició al secretario de lo interior y escribió al señor
Mosquera pidiéndole instrucciones
|para negociar.
El Presidente, que no participaba del ardor bélico liberal, y
que se propuso desde el principio agotar todos los medios de
evitar la efusión de sangre, convoco el Consejo y manifestó en él
que había resuelto, antes de ocurrir a la
|última ratio
regum, otorgar una amplia amnistía excitando a los disidentes a
acogerse a ella, por medio del general Urdaneta, en quien tenían
confianza. Algunos de los ministros se manifestaron contrarios a
esta idea. El doctor Azuero, ministro de lo interior, a quien
tocaba autorizar el decreto, rehusó firmarlo; sin embargo,
insistiendo el señor Mosquera con una energía inesperada, cedió el
doctor Azuero, encargándose de su redacción.
Los militares del círculo ultraliberal, desde que se hizo
público el pensamiento del señor Mosquera, levantaron el grito en
contra; pero el doctor Azuero los acalló con su aquiescencia a
autorizar el decreto en los términos en que él lo redactase.
En el Consejo de Estado, al que también consultó el Presidente,
se manifestó igualmente una fuerte oposición a la amnistía de
parte de los consejeros liberales, lo que no obstó para que se
acordase.
El doctor Azuero redactó, en efecto, el decreto de una manera
que no dejaba qué desear a sus copartidarios. Mas bien que una
excitación a la concordia, en el lenguaje conciliador de hombre de
Estado, que moviese a sus conciudadanos extraviados a volver sobre
sí, era una vista fiscal inoportuna, imprudente, apasionada, que
los cubría de baldón; lo que en un hombre de la alta capacidad del
doctor Azuero no podía mirarse sino como desahogos premeditados
para hacer inadmisible la amnistía. El señor Mosquera, como
fatigado del esfuerzo que hizo para que se adoptase su idea en lo
principal, firmó el decreto que a manera de proclama le presentó su
ministro, sin hacerle la menor observación.
Aunque es un poco largo este documento, se establecen en él
tales principios, que no parece sino que el doctor Azuero, hace
treinta y tres años, por un don de presciencia, se propuso
dirigirse a los vencedores de hoy más bien que a los disidentes de
entonces; por esto me parece útil reproducirlo íntegro, para que
los liberales mediten un rato sobre las doctrinas conservadoras
que desenvuelve uno de los más" conspicuos fundadores de su secta.
Dice así:
|"Joaquín Mosquera, Presidente de la República,
"A todos los individuos comprometidos en la reunión a mano
armada contra el orden constitucional existente,
"HAGO SABER:
"Que en vano protesta la expresada reunión reconocer el
Gobierno establecido, la Constitución y las leyes, cuando se ha
armado y congregado para resistir en actitud hostil las órdenes y
disposiciones del mismo Gobierno; cuando ha atacado las fuerzas que
le sostienen; ha invadido los extremos de la capital y sus
alrededores; ha interceptado los correos, postas y
correspondencias; ha hecho prisioneros a varios ciudadanos; ha
ocupado las caballerías, ganados y otros bienes de los mismos; ha
puesto una especie de asedio a la capital interceptándole los
víveres; ha tomado los caudales públicos, y, en una palabra, ha
cometido todo género de
|
hostilidades;
"Que los caudillos han supuesto en su principio, para
comprometer a muchos honrados campesinos, que procedían a reunir
las milicias por órdenes del mismo Gobierno;
"Que se han valido de varias noticias e imputaciones falsas, y
que, por último, han ofendido la santidad de la religión, tomándola
por pretexto, como si esta religión sagrada no fuera la primera
|en condenar toda insurrección contra las autoridades
legítimas;
"Que con tal conducta han ultrajado esa Constitución que
afectan obedecer, y se acaba de jurar; y particularmente el
artículo undécimo, que impone como un deber a todos los colombianos
el de vivir sometidos a la Constitución y a las leyes, y el de
respetar y obedecer al Gobierno y a las autoridades, ocurriendo
también a su llamamiento cuando exijan auxilio y defensa;
"Que muy particularmente los individuos militares que han tomado
parte en la conmoción, han quebrantado los artículos 104 y 105 de
la misma Constitución, que declaran
|ser el objeto de la fuerza
armada, defender la independencia y la libertad de la República,
mantener el orden público y sostener el cumplimiento de las leyes;
que la fuerza armada no deberá jamás reunirse para deliberar, y
que ella es esencialmente obediente a las autoridades constituidas
y sus jefes conforme a las leyes y ordenanzas;
|"Que las injusticias o errores en que incurren los encargados
de los diversos ramos de la administración pública, nunca son ni
pueden ser motivo legal suficiente para hacer una conmoción a mano
armada, ni para exigir por la fuerza el reparo de los mismos
agravios e injusticias; principalmente cuando las instituciones
indican los caminos legítimos para solicitar y obtener la
reparación conveniente;
"Que según el artículo 154 de la Constitución, ningún individuo
ni asociación particular puede hacer peticiones a las autoridades
en nombre del pueblo, debiendo los que contravengan a esta
disposición
|ser perseguidos, presos y juzgados conforme a las
leyes; que es una pretensión subversiva de todo buen orden el que
una reunión parcial de hombres se usurpe el derecho, de resistir
las medidas generales de la administración y exigir de su
particular voluntad se sobreponga no sólo a la del Gobierno
Nacional, sino también a la de los demás ciudadanos y pueblos, como
si ellos a su turno no pudiesen aspirar al derecho de resistir lo
que los
| otros quieren; y que por tanto, sólo la voluntad de
la mayoría de la Nación, pacífica y legalmente expresada, debe ser
la regla del Gobierno en el desempeño de sus funciones;
"Que no solamente falta en el caso esta legítima expresión de
la voluntad nacional, sino que aun en la misma capital y en sus
inmediaciones, una muy respetable mayoría de sus habitantes, o
permanece pacífica y obediente al Gobierno, o ha acudido con
distinguido entusiasmo en virtud de su llamamiento a tomar las
armas en su defensa y sostén;
"Que los agravios que han tomado por pretexto o excusa en sus
propios manifiestos y exposiciones son inciertos y exagerados, o de
tan poca consecuencia e interés nacional, que ellos mismos
presentan el más perentorio documento de lo faltos de razón y de
motivos que han estado al dar un paso tan escandaloso;
"Que aunque han alegado que sus Vidas estaban amenazadas, y que
carecían de seguridad, no han presentado un solo hecho para
comprobarlo y se fundan en temores vagos;
"Que no obstante, cualesquiera que fuesen sus males y recelos,
tuvieron expedito el derecho de reclamar agravios ante los
depositarios de la autoridad, con la moderación y respeto debidos,
y aun de representar lo que considerasen conveniente al bien
general de la Nación, conforme al ya citado artículo 154, y nunca
presentaron un solo memorial sobre ninguno de los puntos que
después han alegado como pretexto de su insurrección;
|"Que cuando todas las expuestas consideraciones no les
hubiesen movido a desistir de su temeraria empresa, siquiera por lo
menos hubiese debido retenerlos un sentimiento de afecto y de
benevolencia a su patria y a sus conciudadanos, un respeto a la
opinión del resto de la República, y el riesgo de anegada en los
horrores de la sangre, de la anarquía y del descrédito, y sobre
todo el temor de llevar el dolor y la orfandad a sus propios
hogares, a sus padres, a sus esposas y a sus tiernas
familias;
"Que el Ejecutivo, justamente movido de estos sentimientos de
humanidad, ha empleado hasta ahora, sin intermisión e
infructuosamente, todos los medios de suavidad y dulzura que han
estado a su alcance, para evitar un cruel combate entre hermanos,
y las horribles consecuencias de la guerra civil, valiéndose de la
interposición de personas respetables e imparciales, de cartas
particulares y, por último, pasando a su campo el mismo Presidente
de la República a manifestarles en toda su extensión las generosas
disposiciones de que estaba animado y ofreciéndoles las más amplias
garantías de sus vidas y propiedades;
|"Que aun cuando por otra parte se consideren justas y
convenientes algunas o variar medidas que se proponen por los
jefes de la reunión armada, no podría ni debería accederse a ellas
mientras permaneciesen armadas, reunidos y cometiendo
hostilidades, porque en este último hecho parecerían arrancadas por
la violencia y la necesidad, y acceder en semejante caso, no sólo
sería degradar la dignidad del Gobierno y aniquilar su reputación
y el respeto que le es debido, sino que esto seria reprobado por el
resto de los pueblos fieles al Gobierno y del más funesto ejemplo
para lo futuro;
"Que aunque en los primeros momentos el Gobierno fue sorprendido
por un movimiento inesperado, y que parecía tanto más increíble
cuanto más destituido de un fundamento racional, hoy cuenta ya con
fuerzas superiores para sostener su dignidad, y cada día las
tendrá mayores, porque las espera de diversas provincias; y por
esta razón el empeño de sostenerse los comprometidos en el
movimiento es temerario e imposible;
|y aun su mismo triunfo les
sería fatal y no haría sino aumentar el encarnizamiento y los
males de la discordia civil;
"Que sin embargo de que ha corrido ya alguna sangre y de que la
partida que se acercó a la ciudad por el camino de La Fragua en la
mañana del 21 del presente mes, se encarnizó en
|los cadáveres
de los muertos y aun mató algunos prisioneros, el Ejecutivo
quiere, por última vez, tentar los medios de lenidad y clemencia
antes de mandar se libre un combate general.
"Por tanto, usando de las facultades que tengo en la materia por
la Constitución; habiendo exigido previamente el dictamen del
Consejo de Estado, he venido en hacer notorio, como lo hago por la
presente, a todos
y cada uno de los individuos comprendidos en la conmoción, que
les concedo las garantías siguientes:
"Artículo 1º A todos los ciudadanos comprometidos en el
movimiento hecho a mano armada, apoyándose en el batallón
|Callao, de cualquiera clase y condición que sean, y que se
hayan comprometido directa o indirectamente, se les concede la más
completa amnistía y olvido de cuanto hayan hecho en el expresado
movimiento contra el Gobierno y contra el orden público;
garantizándoles la vida, el honor, las propiedades y graduaciones
militares bajo las condiciones siguientes:
"1ª Los ciudadanos no militares y los individuos de los cuerpos
de milicias deberán retirarse a sus casas, deponiendo la armas y
entregando las que tengan del Estado a los jefes que determine el
Gobierno.
"2ª Los oficiales del ejército y el batallón
|Callao,
renovando el juramento de la Constitución y fidelidad al Gobierno,
marcharán a donde se les destine.
"Artículo 2º Si algunos oficiales y ciudadanos no militares
quisiesen retirarse a los departamentos del Norte, se les concederá
el correspondiente permiso, dándoles el pasaporte necesario bajo
las garantías que aseguren su persona.
"Para que tenga efecto la presente amnistía y olvido, concedo,
por último y perentorio término, el de ochenta horas, contadas
desde las doce del día de hoy, para que los individuos expresados
puedan acogerse a esta gracia. Pasado él no habrá lugar a ella, y
los culpables quedaran sometidos a la vindicta de las leyes.
"Dado en el palacio de gobierno, en Bogotá, a 23 de agosto de
1830-20º.
JOAQUIN MOSQUERA
"Por su excelencia el Presidente de la República, el Ministro
Secretario de Estado, en el departamento del Interior y
Justicia,
"Vicente Azuero"¹
|
|
1
|
Vencedores de hoy, releed
este documento, fijaos en las doctrinas que establece
principalmente en los párrafos que he señalado en letra cursiva, y
calificaos vosotros mismos. (1865 N.E.).
|
XV
El general Urdaneta, que deseaba poner término al conflicto por
vías pacíficas, si podía lograrlo salvando la dignidad del
Gobierno, pero sin arrojar lodo al rostro de los hombres que
confiaban en él, recibió este decreto, o proclama, o amnistía por
toda respuesta a la nota que pasó pidiendo instrucciones "para
negociar"; encargándosele que procurara que la aceptaran los
"facciosas", dice el señor Restrepo. Vaciló Urdaneta en
presentarla a Jiménez y demás jefes y ciudadanos comprometidos en
la revolución, la consideró como un lazo que se le tendía para
comprometerle con ellos, haciéndole perder su confianza si cumplía
lo que se le mandaba, o para excitar más, si era posible, la
animadversión de sus enemigos si no lograba persuadir a aquellos;
esto lo indignó, y por un momento pensó retirarse a su hacienda y
devolver el pliego al Gobierno, sin dar cuenta de él a los
disidentes, que le asediaban queriendo leerlo. ¡Ojalá lo hubiera
hecho así! Pero apasionado ya, y creyendo ver una resolución
fríamente premeditada para perderlos a todos, incluso a él, pasó
al día siguiente (24) el pliego a Jiménez.
La indignación que causó su lectura en jefes, oficiales,
soldados y ciudadanos comprometidos, puede comprenderla todo el
que tenga el menor sentimiento de pundonor, aunque se encuentre
extraviado en un sendero de perdición. La amnistía, que habiendo
sido decretada simplemente sin ningún considerando ofensivo,
hubiera sido probablemente aceptada, pues todos estaban ya
desconcertados y cansados de la situación en que se encontraban,
fue rehusada unánimemente, y el mismo general Urdaneta lo aconsejo
así.
Por otra parte, habían ya recibido la noticia del
pronunciamiento del Socorro y Tunja, y esto les daba más ánimo y
más fuerza para tomar tan decisiva resolución. El general Urdaneta
dio cuenta de todo al Gobierno, y esperó su respuesta. Oigamos
ahora a Restrepo
|(Historia de Colombia):
"En consecuencia (dice) el Presidente dio las gracias a
Urdaneta y le dijo que podía retirarse, manifestando antes a los
sublevados, que sin embargo de haberse desechado la amnistía, el
Gobierno usaría de indulgencia con todos aquellos que separándose
de la facción, se retirasen a
|
vivir tranquilos en sus
casas.
"Entonces -continúa Restrepo- sospecharon algunos que la
conducta de Urdaneta había sido falsa, y que bajo de mano fomentara
la rebelión del
|Callao, caso desde el principio. Mas por
algún tiempo sus hechos quedaron ocultos para un gran número, hasta
que él mismo los reveló. En carta escrita al general Flórez en 19
de enero de 1831 excitándole a que se entendieran y obrasen de
acuerdo, después de manifestarle que el Presidente Mosquera se
había dejado gobernar, y que por esto no daba garantías a los del
partido opuesto a los exaltados demagogos, que le habían amenazado
con la deposición por la amnistía que publicara, añadía:
"Yo conocí que se trataba solamente de degollar a todos estos
hombres, y a mí entre ellos, y como es difícil en tales casos ser
imparcial, lejos de invitarles a que aceptasen la amnistía, les
aconsejé que combatiesen. Di cuenta al Gobierno y procuré
inclinarlo a que variase la negociación comunicándole la
sublevación de las provincias del Socorro y Tunja que acababan de
saber de un modo positivo. Se nos contestó que mi comisión era
concluida y que podía retirarme.
"Aquí me tiene usted SIN QUERER colocado en
|
la
revolución; organicé las fuerzas de Jiménez; le di instrucciones,
que debían ejecutar en mi ausencia, y le designé el campo del
Santuario para estar
|
al abrigo de una sorpresa.
"Me fui a mi hacienda el 25 de agosto resuelto a organizar la
revolución de Tunja y El Socorro, a procurar a Jiménez municiones
de que carecía, y con la resolución de ponerme a la cabeza de unas
tropas que defendían su cabeza y la mía".
"Sin embargo de esos procedimientos -sigue Restrepo- Urdaneta
escribía en el mismo tiempo a que se refiere, al secretario del
interior, desde Fontihón, lo que sigue:
"Entretanto yo hago todo lo que está a mi alcance y creo poder
asegurar a usía que evitaré cualquier ataque de esta parte hasta
obtener una contestación de usía. Si por desgracia no pudiese
obtener un resultado ventajoso en mi comisión, en último caso me
retiraré y aun me iré del país, porque no puedo ver sin horror los
desastres de mi patria sin poderla servir".
"Estas dos cartas -añade Restrepo- pintan con verdad la doble y
falaz conducta de Urdaneta en aquellas circunstancias".
XVI
La memoria de uno de los hombres más ilustres, de uno de los
generales más beneméritos de la antigua y gloriosa Colombia,
caballeroso cual ninguno, padre de una numerosa y respetable
familia, cuyos hijos viven y son acreedores a que el nombre
honorable que llevan no sea mancillado por el error o por las
pasiones de partido, me obliga a detenerme a aclarar el anterior
relato del señor Restrepo y desvanecer sus deducciones que a
primera vista parecen fulminantes y concluyentes sin apelación.
El general Urdaneta no pudo saber ni prever la revolución de
los pueblos y cuerpos de milicias de la Sabana porque no pudo
saber ni prever que el Gobierno repentinamente enviara el batallón
|Callao a Tunja, que fue lo que causó aquella; no pudo saber
ni prever que el
|Callao detuviera su marcha y prestara apoyo
a aquellos movimientos, porque esta decisión del coronel
Ji
|ménez fue forzada, impremeditada de su parte, como lo
comprueban los hechos notorios que ya he dado a conocer. A las
primeras vagas noticias que tuvo Urdaneta de lo que pasaba, por un
movimiento de lealtad ofreció de buena fe sus servicios a un
gobierno que estaba en incapacidad de protegerlo de los ultrajes y
de las amenazas de sus enemigos, que no le perdonaban haber sido,
como comandante general del departamento, juez de los conjurados
del 25 de septiembre y de haber firmado la sentencia, que con
dictamen del auditor de guerra y conforme a un decreto anterior
vigente, no podía menos que pronunciar. El Gobierno admite sus
servicios, y sin vacilar se pone el hidalgo general en marcha
para la capital a interponerse como mediador entre los partidos
armados. Jiménez había ejecutado un movimiento rápido sobre las
fuerzas que venían de Tunja favorecidas por el alejamiento que se
le había exigido bajo ciertas promesas, movimiento más imposible de
ser previsto por el general Urdaneta que la misma revolución.
Algunas horas más temprano se habrían encontrado con las tropas de
Gobierno y seguido con ellas; éstas se habían ya adelantado, y se
encuentra con las de los disidentes, quienes le informan los
riesgos que corría de ser asesinado en la ciudad, o por lo menos
indignamente ultrajado, pues se gritaba frecuentemente a voz en
cuello: "muera el asesino de los mártires de la libertad, de los
ínclitos patriotas del 25 de septiembre", y en todas las paredes se
leían con profusión los letreros de "muera Urdaneta"; fuertemente
impresionado con estos informes sigue con los disidentes a
Fontibón aconsejándoles que no hiciesen exigencias que obligasen
al Gobierno a negarlas; de Fontibón se dirige de oficio al Gobierno
pidiendo instrucciones para negociar, porque en el terreno de los
hechos, cuando se llega al extremo de ventilar las cuestiones por
la fuerza, o se vence o se negocia; pero no se impone con altivez a
los que tienen medios de resistir, y si no se puede vencer o no se
quiere negociar se sucumbe con dignidad y sin entrar en parlamentos
ni conferencias de ninguna clase. En lugar de las instrucciones que
pidió, se le mandó un decreto que apenas podría ser admitido por un
vencido que se hallara en completa postración física y moral; es
rehusada la gracia que se otorgaba, es decir, es rechazado el
insulto que se irrogara premeditadamente para que aquella no se
aceptase; da parte al Gobierno del resultado que éste preveía y
esperaba, y él por no faltar a la lealtad que debía a aquellos
hombres a quienes merecía la más sincera adhesión y la más ciega
confianza, les aconseja esta resolución esperando obtener del
Gobierno un arreglo en mejores términos.
El general Urdaneta escribió al ministro de lo interior la nota
de la que el señor Restrepo copia el trozo que arriba dejo
transcrito, alucinado con la esperanza de que pudiese celebrarse un
arreglo aceptable para todos, y privadamente manifestó sus ideas
sobre el particular; a esto es a lo que se refiere aquella
indicación de su carta a Flórez de que procuró inclinar al Gobierno
a que variase la negociación: pensaba que otorgándose un decreto de
amnistía sin inculpaciones ofensivas, fundándolo en alguna razón
filantrópica, podría ser aceptada, conviniéndose privadamente en
que el batallón
|Callao cumpliese la orden del Gobierno de
seguir a Tunja; que el batallón
|Boyacá se destinase al Cauca
o Antioquia; que en Bogotá quedase el batallón
|Cazadores y
|
la media brigada de artillería; que el general Rieux y el
doctor Azuero renunciasen el ministerio y se nombrasen otros
ciudadanos de opiniones moderadas; que todo esto debía hacerse sin
expresarse en ningún convenio público, después que la amnistía
aceptada por los disidentes en las provincias de Bogotá, Tunja y El
Socorro hubiese surtido sus efectos; lo que él (Urdaneta) ofrecía
esforzarse en obtener, y a esto era a lo que aludía en su nota al
doctor Azuero en que manifestaba que si no podía persuadir a los
disidentes y conseguir un resultado ventajoso en su comisión, se
retiraría y aun se iría del país. Al dominio del público no debía
pasar sino el decreto de amnistía y su aceptación para dejar bien
puesto el honor del Gobierno; lo demás debía hacerse como
espontáneo.
Esperaba Urdaneta en la mayor ansiedad saber si sus ideas serían
aceptadas, cuando recibió el despreciativo "puede usted
retirarse".
Desengañado con esto de que la influencia de los exaltados en
los consejos del Gobierno, la preponderancia de los conjurados del
25 de septiembre y sus cómplices o parciales que dominaban en la
capital, la impotencia en que los dos supremos magistrados se
encontraban de seguir sus propias ideas, no dejaban la menor
esperanza de ningún arreglo pacífico, herido en su amor propio,
persuadiéndose que el encono, el odio de sus implacables enemigos
políticos le haría la primera víctima si la suerte de las armas les
era favorable, todo esto discutido y considerado en medio de la
agitación en que se encontraba aquel campamento, le ofuscó y le
lanzó en la revolución, SIN QUERER,
|
creyendo que haciéndola
fuerte cedería el Gobierno, y los exaltados se contendrían.
Cuantos viven
|
hoy de los que entonces vivían confesarán,
si son imparciales, que en sus presentimientos y temores que lo
disculpan, no se equivocaba el general Urdaneta: ni el mismo doctor
Azuero, que aunque hombre de fuertes pasiones políticas, no
aceptaba el crimen en ningún caso, habría podido salvarlo.¹
Decidido ya,, pasó Urdaneta una nota a Jiménez comunicándole la
última resolución del Gobierno en que se le despedía. La respuesta
de Jiménez, que olvidó el señor Restrepo en su Historia, merece que
yo la inserte aquí Veámosla:
"Comandancia general del
|1a
división Callao.
|Campamento de la división - Agosto 25 d0
1830.
|"Al
|
excelentísimo señor general Rafael
Urdaneta.
"Excelentísimo señor. Tengo el honor de acusar a vuestra
excelencia recibo de su nota de anoche, por la cual me transcribe
la última contestación que recibió ¿del Gobierno a consecuencia de
la mediación de que vuestra excelencia estaba encargado. A nombre
de la división y de los pueblos armados que tengo la honra de
mandar, digo a vuestra excelencia que nada menos podíamos esperar
del ministerio y consejo de gobierno; y desde luego quedamos
inteligenciados que la suerte de las armas es la sola que nos debe
librar de ellos. Sólo nos resta que añadir a nuestras anteriores
causales y protestas, que hasta aquí hemos respetado las personas y
propiedades, aun de nuestros enemigos conocidos; siendo muy
incierto el alegato del Gobierno de que se haya ofendido ni
siquiera a un prisionero que la suerte de las armas haya puesto en
nuestras manos; mas, que al mismo tiempo que estamos resueltos
todos a sostener la contienda como caballeros, lo estamos
igualmente a usar de represalias, cuando no más derrame el Gobierno
de Bogotá una gota de sangre fría, y que proceda contra las
propiedades aunque mínimas del menor de los ciudadanos que nos
acompañan, sea cual fuere su estado.
|
1 El doctor Azuero fue de los pocos
liberales
|que improbaron el asesinato del general Sucre, con
sincera indignación, lo mismo que el doctor Soto, a quien oí muchas
veces deplorar aquel horrendo suceso.
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"Con sentimientos de la más alta consideración soy de vuestra
excelencia obediente súbdito.
Excelentísimo señor.
"FLORENCIO JIMENEZ"
En esta nota, redactada por el coronel Castelli, se contestan
algunas de las inculpaciones que se hacían a los disidentes en el
pliego de cargos llamado decreto de amnistía.
En efecto, aunque éstos tomaron para su subsistencia los fondos
que encontraron en las oficinas públicas, respetaron los de los
ciudadanos. El correo de Antioquia, que traía una fuerte suma en
barras de oro para su acuñación en la casa de moneda, fue detenido
por una partida volante de la caballería, y conducido al cuartel
general de Jiménez; lo hizo éste escoltar hasta muy cerca de la
capital, en donde entró sin que faltara un tomín. Esto no lo dice
ninguno de los que han escrito sobre aquellos sucesos, porque
¡desgraciado el partido vencido cuya historia la escriben sus
adversarios vencedores!
Los generales Obando y López, en su revolución de 1828,
cogieron, como ya hemos visto, un correo cargado de oro que para
acuñar en la casa de moneda de Popayán iba de Micay, y lo
declararon botín, y repartieron las barras entre sus hordas
beduinas, principalmente entre los cabecillas, para afianzárselos.
Es verdad que ellos no tomaron nada para sí, porque sobre el
particular en ningún tiempo ha podido hacérseles el menor cargo,
pero lo cierto es que arrebataron lo ajeno sin urgente necesidad.
Estos incidentes, que explican la índole y moralidad de los
partidos, no deben olvidarse.
En un encuentro de dos guerrillas que se tirotearon, perdió la
del Gobierno un oficial y dos soldados muertos. Los derrotados
vinieron diciendo que aquellos pobres hombres habían sido
asesinados ya rendidos, lo que con indignación negaron los
disidentes. Puede ser cierto el hecho, porque de partidas volantes
de milicia indisciplinada, que obran por su cuenta lejos de los
jefes, no sería de extrañar un exceso que les es común en todas
partes y en todos los partidos; pero el hecho no está probado, y es
más de presumir que los corridos mintieran exagerando. No tenía,
pues, el Gobierno motivo cierto para afirmar en un documento tan
importante como lo era el decreto de amnistía, que esa partida
"se encarnizó en los cadáveres de los muertos y aun mató a algunos
prisioneros". En fin, la simple lectura de dicho documento, prueba
que se escribió expresamente para hacer imposible el sometimiento;
porque decir a un partido fuerte, armado y precipitado por la
desesperación en el espinoso sendero de las vías de hecho: sois
facciosos, malvados, hipócritas, asesinos, ladrones; os perdono si
os sometéis a discreción entregándome las armas y disolviéndoos,
pero sin daros ninguna garantía de que después no seáis el objeto
de mis venganzas, es decirle: combatid hasta vencer o hasta morir,
y si no sabéis vencer y si no sabéis morir, re'signaos a eterna
humillación. iNo! El general Urdaneta no pudo ni debió aconsejar
la aceptación de semejante ignominia.
Todo esto y el desprecio con que se le despidió justifica aquel
temor que se descubre en esta aseveración de su carta a Flórez:
"Yo conocí que se trataba solamente de degollar a todos estos
hombres y a mí entre ellos", y fue cuando vio o creyó ver esto,
cuando perdió toda esperanza, que varió de su primer propósito de
retirarse y hasta de irse del país si no lograba un éxito favorable
en su comisión, esto es, si no lograba persuadir a los disidentes a
un sometimiento razonable; y fue entonces, y no antes, que se
resolvió a unir su suerte a la de los hombres tan amenazados como
él. Tal resolución será; si se quiere, un delito ante las leyes,
pero de ninguna manera está en contradicción con sus
manifestaciones anteriores ni "pintan la conducta doble y falaz de
Urdaneta en aquellas circunstancias", como dice el señor Restrepo
con sobra de ligereza, inexcusable en un historiador circunspecto,
pues cuando Urdaneta la tomó, ya no tenía compromisos con el
Gobierno, que lo había despedido con desdén. En la carta de
Urdaneta en que se funda el señor Restrepo para hacer sospechoso de
traición a este general y de que fomentara bajo de mano la
revolución del
|Callao, acaso desde el principio hay una
frase terminante que desvanece todas las deducciones del señor
Restrepo, y es ésta:
|"Aquí me tiene usted, SIN QUERER
|
colocado en la
revolución".
|Y ese adverbio "aquí" ¿a qué tiempo, a qué
lugar se refiere? Lo que antecede lo explica.
Colocado ya Urdaneta SIN QUERER en la revolución, dio
instrucciones a Jiménez; le aconsejó que retirase todas las
partidas volantes de caballería, cuyo comportamiento no podía
vigilar de cerca; que excusase todo combate que no fuera
inevitable, pues lo que importaba era extender la revolución para
obtener del Gobierno una transacción que no los deshonrase y que
les diese garantías para lo sucesivo; que se retirase al campo del
Santuario para ponerse a cubierto de una sorpresa y evitar un
combate decisivo, pues no podía suponerse que las, tropas del
Gobierno se expusiesen a ser batidas en una calzada larga y angosta
donde no podían desplegarse, ni que pasasen el Bogotá por otras
partes dejando libre el camino de la capital; que su cuñado el
mayor José Vargas París fuese a Honda a verse conmigo, para
instruirme de la situación e invitarme en su nombre a ayudarle; que
él se iba a regularizar los movimientos de las provincias de Tunja
y El Socorro, para evitar que la revolución se manchase con
crímenes, y hacerla popular dando garantías a todos; que
estuvieran siempre a la defensiva, y que por ningún motivo fuera
jamás el agresor; que no comprometiese la suerte de la revolución
aceptando una batalla decisiva, sino en el caso de no poderlo
absolutamente evitar; que mantuviese en su tropa la más severa
disciplina, principalmente en la milicia de caballería, tan
difícil de manejar, y en los voluntarios y mirones, "clérigos
sueltos", más difíciles todavía de acallar y contener; y le
ofreció que de Tunja se le mandarían municiones y volvería él mismo
a ponerse a la cabeza de unas tropas que, dijo así: "defienden su
cabeza y la mía". Y en la mañana del 25 de agosto se fue a su
hacienda a proveerse de lo necesario para seguir a Tunja, muy
ajeno de que la catástrofe pudiera tener lugar antes de su
vuelta.
En la capital era "el ardor bélico" extraordinario. El
Presidente Mosquera dilataba dar la orden de abrir operaciones
decisivas contra los disidentes: decía que eran hermanos
descarriados a quienes todavía podía
persuadírseles que volvieran sobre sus pasos; porque el señor
Mosquera se inclinaba mucho a aceptar las indicaciones del general
Urdaneta. El Presidente, digo, urgido, estrechado, casi amenazado,
sabiendo que sus dilaciones se interpretaban en mal sentido,
consultando previamente al Consejo de Estado, dio al fin con la
mayor repugnancia la orden que se le exigía. ¡Y tronó en la
capital la trompeta de la desolación, transmitiendo con ronco y
prolongado sonido a los últimos confines de la República el impío
|Alea jacta est.