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tud toda, con rarísimas excepciones, concurrieron de buena voluntad a armarse para defender la capital, te­miendo los excesos que acaso pudieran tener lugar si era sorprendida y ocupada por las fuerzas que la amenazaban. Si se hubiese sabido aprovechar este mo­mento de eléctrico entusiasmo, y se hubiera hecho una salida vigorosa sobre ellas, es más que probable que hubieran sido batidas y dispersadas. Conseguido esto, una amnistía habría concluido con la revolución, y rompiendo el Gobierno la coyunda |liberal habría conseguido una fuerza moral inmensa que le habría dado el poder de sojuzgar los partidos y de dominar la situación. No se hizo esto, se perdió la ocasión y con ella perdió el Gobierno todo lo que hubiera ganado si la hubiese sa­bido aprovechar.

En esa misma mañana se presentaron en el campo disidente los señores Luis Andrés Baralt y general José María Ortega, comisionado del Gobierno cerca de Jiménez, con proposiciones a manera de consejos; es decir, se hizo lo peor que se podía hacer; y todo lo que obtu­vieron fue que se les entregase una exposición dirigida al Vicepresidente, que entre disputas, bravatas y quejas firmaron loe jefes veteranos, los de la milicia y los "clérigos sueltos", cuyo título era el siguiente: "Repre­sentación que contiene las causales que de pronto ocurrieron a la memoria e influyeron poderosamente sobre el movimiento de los pueblos y de la división |Callao".

Era esta representación una especie de queja de agravios, insulsa e indigesta, sobre la mala política del ministerio; sobre las cintas de distintivo adoptadas por los liberales; sobre que se nombró jefe del estado mayor a un coronel graduado que no era ayudante general, y para gobernador de la provincia de Neiva, a un hom­bre menor de treinta años de edad, que era la requeri­da por la Constitución; sobre insultos y amenazas; sobre que no se pagaban ni las raciones de algunos jefes y oficiales mientras a otros se pagaban puntualmente sus sueldos; sobre que los demagogos eran enemigos de la religión. En fin, de los 19 artículos a manera de consi­derandos casi ridículos, en que se olvidaba la cuestión principal, cuya insustancialidad apenas puede explicarse sino por la hora en que se acordaron y por aquel "que de pronto ocurrieron a la memoria" que se le lee en el epígrafe, merecen ser conocidos los siguientes:

"12. Que en el desprecio de la Constitución se ha revivido el decreto de conspiradores, contra el cual tan­to han declamado esos mismos liberales; y al mismo tiempo ensalzan y emplean a los condenados por él" (a los conjurados del 25 de septiembre).

"19. Que no es justo que nos empeñemos en aumentar el escándalo, obligando a dar pasos humillantes al Gobierno, a quien respetamos y deseamos obedecer cuando esté libre de todo temor, al mismo tiempo que estamos plenamente impuestos de los pasos que se han dado y se dan para aumentar las filas enemigas de estos pueblos, y nos hallamos alerta. Hemos convenido que sin embargo de tantos agravios y de ser el ministerio el que, hollando la Constitución, las leyes y cuanto hay de más sagrado, ha provocado a estos pueblos y tropa, lle­vándolos hasta la desesperación, ahora que sabemos que el ministerio ha presentado su dimisión y que natural­mente se debe renovar el consejo de estado, debemos ser aún más moderados en nuestras pretensiones de lo que el Gobierno puede esperar. Determinados a pedir sim­plemente lo absolutamente indispensable para la segu­ridad de todos los comprometidos y obtener una reforma en lo que más nos toca, evitando mezclarnos en las fun­ciones exclusivas del Poder Ejecutivo, presentamos a su excelencia los siguientes artículos, en calidad de peti­ción, sancionados los cuales, antes de las dos de este día, se pondrán en ejecución. Pasada cuya hora, sea cual fuere el pretexto que se alegara para no sancio­narlos, en el acto se tendrán por no presentados y de la sangre que se derrame en seguida no seremos nosotros responsables.

"1º | Aunque se pidió el cambio de ministerio, el se­ñor Borrero, del Exterior, podrá seguir en su puesto, a lo que nadie se opone.

"2º Que se aumente la fuerza del batallón |Callao hasta igualarla con la de los otros cuerpos que hay en Bogotá, lo que se debe hacer hoy mismo sin falta alguna y antes que entremos en la ciudad, con el objeto de equilibrar las fuerzas veteranas y hacer que si los partidos no se pueden refundir, se respeten a lo menos mutuamente.

"3º Que ninguna persona o corporación, ya sea de los partidarios del ministerio caído, o ya sea de los que se han armado contra él, sea perseguida, y que todo lo pasado sea enteramente olvidado por todos los partidos y por el mismo Gobierno, como si nada hubiera sucedido.

"4º | Que en el caso de que el Gobierno se crea con facultades para derogar las sentencias de los conspirado­res del 25 de septiembre de 1828, ahorre su presencia a esta sensible población, con siquiera hacerlos perma­necer a bastante distancia por el tiempo de su condena y de ningún modo tengan mando, ninguno de ellos, so­bre ciudadanos honrados.

"5º Que se inste para que su excelencia el general en jefe Rafael Urdaneta se encargue del ministerio de la guerra cuanto antes, por | considerarlo el único que pue­de dar garantías a todos los partidos, por su austera conducta, el único que puede hacer muy respetable al Gobierno y que es querido y deseado por toda la milicia; el solo, en fin, que por su energía, conocimientos e influ­jo puede contener los desórdenes entretanto se fija el Gobierno definitivo.

"Con lo cual se concluyó la presente junta a las cin­co de la mañana del día 15 de agosto de 1830, y firman conmigo los dichos jefes y vecinos.

 

FLORENCIO JIMÉNEZ

 

"(Siguen las firmas | de todos los señores jefes presen­tes y multitud de vecinos los más respetable).

 

"Es copia.-El coronel jefe, VICENTE PIÑERES"¹.

 

El considerando o parágrafo 12 es justo. Por decre­to de 3 de dicho mes el Gobierno, bajo la firma del ministro de lo anterior, declaró derogado, el decreto contra conspiradores dictado por el Libertador en 20 de febrero de 1828, por ser inconstitucional; y nueve días después (el 12), a la primera noticia dé los movimien­tos de los pueblos de la Sabana, y de la detención de la marcha del batallón |Callao en Gachancipá, lo declara

 

1 | Manifiesto de la división |Callao.  

 

 

vigente bajo la firma del mismo ministro, a pesar de su inconstitucionalidad. El | señor Restrepo dice sobre este escandaloso proceder lo siguiente:

"Los que ejercían el PODER, sobre todo Azuero, | habían sido perpetuos declamadores contra todas sus disposiciones (las del decreto del Libertador). Publicar­las para su observancia fué confesar paladinamente la justicia o conveniencia con que se adoptaron por el Go­bierno del Libertador en circunstancias críticas y de ma­yor urgencia".

Yo digo más. El Libertador dictó su decreto en uso del poder dictatorial que ejercía; decreto que ya tenía antecedentes en otros dictados por el Poder Ejecutivo en usó de las facultades |dictatoriales que le concedía el artículo 128 de la Constitución de Cúcuta, y lo dictó como medida preventiva, sin encono contra persona al­guna. El Gobierno constitucional sin facultades extraor­dinarias, que nuestra Constitución de 1830 no le conce­día en ningún caso, dictó el suyo a sabiendas de que co­metía una arbitrariedad flagrante, y acabando de decla­rar, él mismo, la inconstitucionalidad del decreto que restablecía; lo dictó |ad hoc contra personas determinadas y conocidas, cometido ya el delito que el decreto casti­gaba, lo que establecía trámites breves y sumarios y penas graves |es post facto contra la Constitución y las le­yes vigentes. Si este proceder no es inmoral, aunque se adoptara en nombre de la libertad y por el partido li |­beral, yo dejo al lector que lo decida.

En el considerando o parágrafo 19 | manifiestan los disidentes arrepentimiento del escándalo que daban, no | pareciéndoles justo empeñarse en aumentarlo obligando a dar pasos humillantes al Gobierno, a quien (dicen) "respetamos y deseamos obedecer cuando esté libre de todo temor", es decir, libre de la presión probada en que lo tenía el partido que con ultraje de la lógica y burla del buen sentido se llama liberal. También pro­curaron atenuar su falta, al hacer exigencias al Gobierno para deponer las armas, diciendo que lo hacían en clase de petición. El término que fijaron para la resolución de un |ultimátum perentorio, considerado bajo cierto punto de vista, era un acto de irrespeto que hacía caer al Go­bierno, si cedía, en la humillación que decían querer evitarle; inconsecuencia frecuente en semejantes casos, que no puede justificarse. Apenas cabe la disculpa de que después del compromiso en que se habían puesto, toda demora, facilitando al Gobierno el aumento de sus fuerzas, resolvía la cuestión en contra de ellos. Lo malo es lanzarse con los ojos vendados a semejante resbaladizo terreno; mas una vez dado el primer paso es muy di |­fícil detenerse, y casi imposible volver atrás. Debo llamar la atención al silencio absoluto que en este |ultimátum se guarda sobre el llamamiento del Libertador a ningún mando, lo que prueba concluyentemente que todavía no pensaban en ello los pronunciados en el | departamento de Cundinamarca.

Reconozco que no podía el Gobierno, sin rebajarse, acceder más que el artículo 3º del |ultimátum, es decir, que no debía ofrecer sino el olvido de lo pasado. Lo demás era útil que lo hiciera de |motu propio, pero no aparecer doblegándose a la amenaza. Uno de los princi­pias que más interesa fijar en nuestro país, donde la imprenta y la tribuna son libres, es el, de que no se deben hacer nunca exigencias al Gobierno |legítimo por la fuerza. Sólo a los Gobiernos intrusos establecidos por el crimen se puede y se debe, en cualquier tiempo, no sólo exigirles que cedan, que vuelvan atrás, sino com­batirlos y derribarlos. Inculcados estos saludables prin­cipios en la juventud y en las masas populares, se harían menos frecuentes las revoluciones, y los ambiciosos ten­drían menos facilidades de buscar su engrandecimiento por medios violentos, y de conservar lo que por ellos han adquirido, alegando actos írritos con los que pre­tenden legitimar los criminales que ejecutaron, por ser "hechos consumados"; principio inmoral que podrían alejar todos los delincuentes; aunque a veces circuns­tancias excepcionales, un largo tiempo transcurrido que traiga la prescripción y alguna otra causa de convenien­cia pública, obliguen a callar sobre la moralidad y a conformarse con lo hecho.

 

 

XI

 

En la tarde del mismo día pasaron al campo de los disidentes los señores José María Castillo Rada y Joaquín Suárez con el señor Baralt, que había estado ya en él por la mañana. Estos señores hicieron a Jiménez la proposición de que se retirase con su fuerza a seis le­guas, de Bogotá, fundándose en que, situada esa fuerza tan cerca de la capital, parecería que se obligaba al Poder Ejecutivo a acceder por la violencia a las peti­ciones hechas.

Para tratar con dichos señores sobre el particular nombró Jiménez a los coroneles Castellí y Piñeres y al comandante Pedro Domínguez. En el diario histórico de la división |Callao se asegura que fue convenido por los comisionados del Gobierno y de los disidentes que éstos se retirarían a seis leguas de la capital, como se les exigía; pero (dice el diario) que para ello debía anticipadamente convenirse por parte del Gobierno en que todas las fuerzas en auxilio de la capital que volvie­sen de cualquier punto, contramarchasen al lugar de donde habían salido; que así lo acordaron; que en fe de ello se consignó en su campo al coronel Francisco V. Barriga en clase de rehén, y que bajo esta confianza la división contramarchó a Fontibón.

Es indudable que por los comisarios del Gobierno se convino, por lo menos, en que las fuerzas que de otras partes venían por su llamado, detuvieran su mar­cha; porque la concentración de las fuerzas, que no sería posible cuando las de un beligerante se hallan en capacidad de impedirla, es una operación militar de las más importantes, en la que no puede suponerse convenga éste cuando acceda a suspender las hostilidades y retirarse a cierta distancia para tratar. Los disidentes sostuvieron siempre con tesón y energía que los comisarios del Gobierno convinieron no sólo en que las tropas que venían en su ayuda se detuvieran, sino en que retrocedieran hasta el punto de donde habían partido esto último no es de suponerse; pero como el convenio no se escribió, la sana crítica persuade que fue simple­mente la suspensión de la marcha en lo que se convino. Además hay una prueba incontestable, concluyente, de que se contrajo algún compromiso solemne con los di­sidentes, y es la del envío de un jefe superior a su cam­pamento, en calidad de rehén, lo que es sabido significa dar una garantía de que se cumplirá lo pactado: Sin embargo, en el citado diario histórico se lee lo siguiente:

"Día 16 de agosto. - A las cinco de la mañana de esté día le fue advertido al señor comandante en jefe que una columna de 200 veteranos al mando del señor general Vélez marchaba hacia Tunja con el objeto de proteger la tropa que de este lugar venía a la capital. Sin embargo de manifestar con este paso el Gobierno roto el convenio, no hizo el señor comandante en jefe alteración alguna, queriendo de este modo dar a conocer la falta del Gobierno y afirmar más la opinión de los pueblos a nuestro favor. Marchó la división a Chía por el camino de Funza.

"Día 17 de agosto. - Convencidos evidentemente que el Gobierno no cumplía los tratados y trataba de ata­carnos, determiné el señor comandante en jefe que la división volviese a Funza con el fin de presentarnos ante la capital y exponernos a una batalla que decidiese de nuestras diferencias".

Hasta en el lenguaje de este documento se conoce que se escribía por algún subalterno adjunto al estado mayor, día por día, bajo las impresiones del momento, y esto le da una fuerza equivalente a la autenticidad. Di­gase lo que se quiera, al alejar a los disidentes a seis leguas de la capital, abusando de su buena fe, no se pensó sino en asegurar la entrada de las tropas que venían de Tunja, sin exponerlas a un revés infalible, si Jiménez, como podía y como lo habría hecho, marchaba oportunamente sobre ellas. La censura que esto merezca no quiero hacerla yo, pues aunque algunos sostienen que no está el Gobierno obligado a cumplir lo que ofrez­ca a los rebeldes, yo no pienso así. Yo opino que no debe ofrecérseles nada que mengue la dignidad del Go­bierno; pero que cuando se les ofrece algo, el honor y la moral exigen que se les cumpla religiosamente lo ofre­cido: y por mi parte siempre he obrado conforme a este principio.

El mismo día 17 escribió Jiménez una carta al Presi­dente Mosquera, que por su importancia hubiera debido conservarse íntegra en la historia de aquellos aconteci­mientos; pero todos los que sobre ellos han escrito lo han hecho apasionadamente, cargando la mano sobre lo que perjudica a los disidentes y pasando por cima de lo que atenuase su error, o sea su delito. He aquí la carta:

 

Fontibón, agosto 17 de 1830.

 

"Excelentísimo señor Presidente.

"Multitud dé jefes con el cuerpo de mi mando, considerablemente aumentado en su fuerza, nos hallamos en los mayores conflictos después de habernos hallado en la precisión de abrazar la causa de los pueblos levan­tados en masa para impedir mi marcha. Desgraciada­mente el Gobierno, en lugar de acceder a las peticiones anteriores a este movimiento del pueblo, a consecuencia de él envió tropas para batirnos, y a pesar nuestra hemos tenido que batir a los primeros, y permitir a otro cuerpo de bisoños que no podía hacernos el me­nor peso, que se retirase sin estorbo; pero los exaltados de Bogotá que han dominado y oprimen al Gobierno, están poniendo estorbos de toda clase para im­pedir un avenimiento amigable, como lo desea el ex­celentísimo señor Vicepresidente encargado del Poder Ejecutivo a quien han intentado deponer del mando en la tarde del día 14.

"En el día de ayer hubo varias conferencias entre una comisión de nosotros y otra de la mayor respeta­bilidad de la parte del Gobierno, y cuando creímos que todo estaba al concluirse, se nos envió de Bogotá la proclama que el señor doctor Ramírez presentará a vuestra excelencia, la que puso el colmo a la efervescen­cia del pueblo y se han aumentado infinitamente las di­ficultades.¹ Por otra parte, las cláusulas convenidas ano­che con los señores comisionados no se han cumplido. Lejos de ello, el coronel Francisco Barriga, que vino de rehenes de los dos que debían venir, nos hizo saber que el Gobierno no dejaría de aumentar sus fuerzas mientras nos retirábamos a Facatativá, a lo que por el decoro del Gobierno nos habíamos constituido. Tarde de la noche transcurra, la tropa que tenemos sobre el camino de Tunja, al recibir la orden de parar las operaciones, interceptó un oficio del ministerio de la guerra por el

 

1 La proclama del prefecto Mantilla.  

 

 

que se instaba a una poca de tropa que hacía un movi­miento en Tunja, para que acelerase sus marchas, la que es diametralmente opuesto a lo convenido pues al retroceder nosotros debió retroceder igualmente toda clase de auxilio para la plaza, hasta la conclusión final de este negocio. Estos pueblos conocen que van a ser víctimas de los que están oprimiendo al Gobierno, y se hallan en la última consternación. En este estado no sa­bemos todavía bien lo que más convenga determinar; por tanto suplicamos encarecidamente a vuestra exce­lencia que venga a nuestro seno a disponer de nuestra suerte, persuadido de que no pretendemos más que la libertad del Gobierno, seguridad para todos indistinta­mente, inclusos nuestros más encarnizados enemigos, y ayudar al Gobierno con toda nuestra fuerza para su decoro y sostenimiento. Y | si a vuestra excelencia no le gustase permanecer con nosotros, podrá seguir a la ca­pital o devolverse donde guste.

"Queda de vuestra excelencia con la más alta consideración y respeto, su más humilde, que su mano besa,

 

"FLORENCIO JIMENEZ"

 

El señor Mosquera que, como cumplía a su | deber, se había puesto en marcha de Anolaima para la capital, acompañado de unas sesenta personas, se encontró inesperadamente con una partida volante de los disiden­tes el mismo día 17. Veamos en el |Diario Histórico có­mo tuvo lugar este incidente. Dice así:

"Su excelencia el Presidente, que por vías extravia­das, venía de su retiro para la capital con una fuerte escolta, fue atacada, ésta por una partida al mando del capitán Mugüerza y puesta en fuga; pero habiéndose reconocido la persona de su excelencia al rendirse su escolta, se respetó ésta por decoro a su excelencia, y se le permitió seguir para la capital, tanto más cuanto que ofreció tranzar inmediatamente entre las tropas de la plaza y las nuestras".

Poco rato antes de este encuentro incidental había recibido en el camino la carta de Jiménez, y continuando su marcha aceleradamente entró en la capital, donde no se le esperaba. En ese encuentro, que pudo tener funestas consecuencias y agravar la situación de los disi­dentes de una manera terrible, si hubiera sucedido una desgracia al Presidente, se condujo éste con una noble­za, con un valor que no deben olvidarse. Huyendo to­dos sus compañeros y silbando las balas sobre su cabeza, avanza, se descubre, grita y se da a conocer intro­duciéndose entre los mismos que le hacían fuego. Al ser reconocido, caen las armas de la mano de los sol­dados: ¡Viva el Presidente! Viva el señor Mosquera! exclaman todos rodeándole. Mugüerza echa pie a tierra y le invita a pasar al campamento de Jiménez; el Pre­sidente rehusa, y Mugüerza y su partida lo acompañan más de media legua hacia esta capital. Al separarse le gritan los soldados suplicantes: "¡Transacción! ¡transac­ción señor! El Presidente se enternece, da a todos la mano y les contesta: "¡Adiós, amigos míos, yo haré lo que pueda!"... ¡Lo que pueda! El nada podía.

En la misma tarde arengó a las tropas de la guar­nición con aquella elocuencia fluida y natural que le era propia y que conmueve. Enternecido al principio, energizado al fin, habló de la necesidad de promover, si era posible, sin mengua del honor, una reconciliación, evitando la efusión de sangre entre hermanos; hizo una alusión al respeto con que había sido tratado por la partida de Mugüerza desde el instante mismo en que fue conocido, y que habiendo sido su prisionero se le había dejado seguir sin oponerle el menor obs­táculo; recomendó la moderación a todos, y animándose con dignidad imponente, dijo:

"La fuerza armada debe ser sumisa a las leyes y a las autoridades legítimamente constituidas, y nunca de­liberante; cuando la fuerza armada delibera y pretende imponer su voluntad al Gobierno, se hace culpable, y si el Gobierno desmaya y cede a las exigencias, deja de mandar y obedece". Estas palabras fueron recibidas por algunos de los jefes de la plaza y de los cuerpos, como una reconvención hecha a ellos, porque la conciencia, que late siempre, les gritaba que la merecían.

El señor Restrepo, que muchas veces contemporiza con cierta gente, y no se atreve a arrostrar su enojo, dice sobre el particular lo siguiente:

 

"En estas circunstancias regresó a Bogotá en 17 de agosto el Presidente Mosquera, a quien respetaron las guerrillas enemigas. Por la tarde arengó a las tropas en la plaza de la Catedral, insistiendo en recordarles la su­misión debida a las leyes, y que la fuerza armada nunca debía ser deliberante; mas no hizo elogio alguno del celo y fidelidad que manifestaba la que defendía al Gobierno, lo que disgustó a muchos".

¿Cómo podía el señor Mosquera hacer el elogio de la fidelidad de unas tropas, cuyas exigencias lo habían desesperado y enfermado, cuya imprudente conducta, desde la entrada del violento coronel Vargas con el ba­tallón |Boyacá, con distintivos provocadores y amenazas, habían precipitado la crisis, y cuando no hacía muchos días que habían tratado de desconocer al venerable Vice­presidente encargado del Poder ejecutivo durante su ausencia, si admitía la renuncia de los ministros?

Volviendo a considerar esto ahora que lo estoy escribiendo, me parece que en efecto las palabras del se­ñor Mosquera eran una reconvención muy significativa a los disidentes desenmascarados de afuera y los disi­dentes enmascarados de adentro, exceptuando solamen­te el batallón |Cazadores de Bogotá. Y a hacer esta ex­cepción no me mueve ninguna consideración personal, sino la estricta justicia. El señor Restrepo anduvo corto en decir que la arenga del señor Mosquera disgustó a muchos. Fue algo más que disgusto lo que causó, fue­ron acres censuras, mirándola muchos como un insulto a los leales patriotas, es decir, a los liberales, y en los corrillos de los calificadores fue considerado el Presi­dente de la República, si no como sospechoso, sí como contemporizador.

 

 

XII
 

 

El 18 se dirigió al Gobierno por los principales ve­cinos de la Sabana la siguiente representación:

 

"Excelentísimo señor:

 

"Los vecinos del Departamento de Cundinamarca, que abajo firmamos en este papel, por no haber abso­lutamente en estos pueblos del sellado, con el debido respeto y sumisión, a vuestra excelencia representamos y decimos: que deseosos de ver, restablecida la paz de este departamento, y restituido el Gobierno a su plena libertad, de que carece hace algún tiempo, y la vuelta del imperio de las leyes y la disciplina militar; debién­dose a nuestro sentir evitar el que una fracción o par­tido quede dominando al Gobierno, especialmente te­niendo la fuerza armada a su devoción, con lo cual compele al jefe del Gobierno a obrar según sus pasio­nes y caprichos, en baldón de la voz sofocada de los pueblos y en desprecio de la Constitución. Atendiendo a las causas que han movido los llanos de Bogotá, que el día 15 de este mes fueron presentadas al Gobierno, que expresan las repetidas violaciones de la Constitución y de las leyes, por parte del ministerio actual, que a consecuencia del triunfo de su partido oprime tanto al Gobierno cuanto al pueblo, a nombre del jefe del Eje­cutivo, sumisamente suplicamos a vuestra excelencia:

"1º Que reforme cuanto antes el ministerio que opri­me al Gobierno y a la masa de la población, y que ha causado tantos males, para que cesé en sus venganzas.

"2º Que por un decreto solemne se prohiba toda clase de divisas que un partido tenga o pretenda adop­tar, ofreciendo a todos los comprometidos de cualquiera opinión, garantías para las personas, sus bienes, em­pleos, destinos y opción a éstos, olvidando enteramente lo pasado, haciendo obligatorio este olvido general, no tan sólo a las autoridades, más también a los particula­res, imponiendo penas al que lo infrinja directa o indirectamente aunque sea por medio de la imprenta, bien entendido que no se entienda perdonar a los autores y fautores de robos y alevosías.

"3º Que supuesto que el batallón |Boyacá debe mar­char para el Cauca, consideramos que un pequeño au­mento que se haga al batallón |Callao para igualarlo al de |Cazadores, unido a la opinión popular tan libremen­te pronunciada, podrá asegurar una plena independencia al ejecutivo y servir de suficiente garantía para estas poblaciones y demás gentes moderadas, amigas del or­den y de la religión, sirviendo en la capital de contra­peso a la demás tropa, que es toda adicta al pequeño partido opresor.

 

"4º Que se llame de su retiro al excelentísimo señor Ministro de la guerra, |1 que se halla gozando de licen­cia temporal, para que venga a servir su ministerio; y para el caso en que la salud de su excelencia no se lo permita absolutamente, escoja vuestra excelencia un jefe amado y conocido por el ejército, que no obre contra la Constitución y la ley orgánica, y con los co­nocimientos necesarios para un destino tan importante, y sin que sea sindicado por exaltado de un partido.

"5º Que los muy cortos gastos impendidos para el sostén de las tropas que nos han acompañado, sean reconocidos y | saldados por las cajas nacionales.

"Es gracia y justicia que esperamos alcanzar del imparcial y recto proceder de vuestra excelencia, a 18 de agosto de 1830".

(Siguen las firmas).

El señor Mosquera, desentendiéndose de la primera carta de Jiménez, y de la anterior representación, y otras notas cruzadas con el Vicepresidente, dirigió con el general Joaquín París a dicho Jiménez la siguiente carta, que manifiesta toda la bondad de su corazón y sus rectas intenciones:

 

Bogotá, 19 de agosto de 1830

 

"Señor coronel Florencio Jiménez.

 

"Mi apreciado señor: A pesar de mi enfermedad, he venido ayer a esta ciudad arrastrado por mi deber, al medio del incendio, por ver si puedo ahorrar la san­gre y los desastres, y por salvar mi responsabilidad con Dios y con los hombres. No queda ya medio entre la lenidad compatible con los deberes del Gobierno y un combate. Por parte del Gobierno, el honor, la vida, las personas y propiedades, serán garantidas. Esta carta no tiene otro objeto que asegurar a usted de esto y que previamente a toda medida deseo hablar con us-

 

1 Esta representación también prueba qué se tuvo por objeto al hacer la revolución, llamar al Libertador al mando, derribando el Gobierno existente, y que respecto del general Ur­daneta no se pensó sino que volviera al ministerio de la guerra, del que se había separado; y esto se pensó después del pronun­ciamiento.    

 

ted y con todos los oficiales y principales hombres comprometidos. No dé usted paso, no haga nada has­ta no verse con el general París, que sigue ahora mis­mo a hablar con usted y demás oficiales que le acom­pañan. Recíbale usted como el mensajero de la salud y de la concordia, y contésteme. Yo he hablado en público, siempre con sinceridad, y jamás he engañado a nadie como simple particular. Escúcheme usted ahora bajo el carácter sagrado de jefe del Gobierno y créame usted su afecto servidor,

"JOAQUIN MOSQUERA"

 

 

XIII
 

 

Si se examinan con imparcialidad los documentos anteriores, se conocerá por la primera carta de Jimé­nez al Presidente, que la revolución no tuvo por objeto la caída del Gobierno; Jiménez confiesa hallarse en con­flictos, sin saber qué hacerse, lo que sucede siempre que se da un paso falso sin prever hasta dónde puede conducir; y manifiesta cierta dignidad tierna y supli­catoria en las siguientes palabras:

"Estos pueblos conocen que van a ser víctimas de los que están oprimiendo al Gobierno, y se hallan en la mayor consternación. En este estado no sabemos to­davía bien lo que más convenga determinar; por tanto suplicamos a vuestra excelencia que venga a nuestro seno a disponer de nuestra suerte, persuadido de que no pretendemos más que la libertad del Gobierno, se­guridad para todos indistintamente, inclusos nuestros más encarnizados enemigos, y ayudar al Gobierno con toda nuestra fuerza para su decoro y sostenimiento. Y si a vuestra excelencia no le gustase permanecer con nosotros, podrá seguir a la capital o volverse donde guste".

Lo que puede compendiarse reduciéndolo a esta palabras: sacudios, señor, de la presión que ejerce so­bre vos un círculo de frenéticos que con su vocinglería rabiosa os aturden sin dejaros pensar en calina lo que conviene, y salvadnos; que no sabemos lo que hemos hecho, ni | lo que debemos hacer en la situación en que nos hemos colocado.

 

 

Si el Presidente y Vicepresidente hubieran tenido libertad de acción, y si Jiménez no hubiera mandado mas que a los oficiales y soldados de su cuerpo, el con­flicto habría terminado, con honra del Gobierno y sin baldón de los disidentes, que por culpables que fueran tenían las armas en la mano y podían hacer usó de ellas. Pero tan sojuzgado estaba el uno en la capital por los exaltados que se le habían sobrepuesto, como el otro en su campamento por los del partido amenazado que no se equivocaban en pensar que serían víctimas de aquellos, en caso de una transacción.

El general París fue recibido por Jiménez y por to­dos, con las consideraciones que personalmente se me­rece, y que ha merecido siempre en todas partes, hasta estos últimos tiempos; pero su misión no produjo, ni podía producir ningún resultado plausible. Los disiden­tes insistían en su pretensión de garantías y cambio de ministerio; el Presidente ofrecía lo que no podía cum­plir, es decir, lo primero, y negaba lo segundo. Bien que la principal dificultad para conseguirse un arreglo pacífico, consistía en que los unos obraban en el sentido de la conservación de Colombia, a toda costa, y los otros en el de su destrucción; aquellos rechazaban a los conspiradores del 25 de septiembre, y éstos y sus parciales dominaban en la ciudad y en los consejos de Gobierno; y para que la discordia llegara a su mayor exacerbación, el atroz asesinato del general Sucre com­plicaba más las dificultades de una situación demasiado violenta de suyo. Los disidentes acusaban a los genera­les Obando y López; sus adversarios defendían a éstos y acusaban, al general Flórez, y la prensa servía de ve­hículo para atizar más y más el incendio con el sarcas­mo, el insulto, el ultraje, y las acriminaciones recípro­cas, en las que no se economizaba la calumnia.

Cuando la sociedad se encuentra en semejante estado de perturbación moral, la catástrofe sangrienta es in­evitable.

El señor Mosquera, que ponía de su parte cuanto podía para que ella no sobreviniese, sin hacer caso de las hablillas y censuras de los calificadores, que llega­ban hasta sus oídos, pasó al campo de los disidentes, en la hacienda de |Techo, a una legua de esta ciudad, al a conferencia a que había invitado a Jiménez. Hablan­do de esta conferencia dice el señor Restrepo que los jefes "de los facciosos" no trataron con respeto al Pre­sidente, y que nada se adelantó, y esto necesita acla­rarse. Es cierto que algunos jefes de los escuadrones de milicias de la Sabana y algunos. de los |clérigos sueltos, que abundaban en el campamento de los disidentes, o sea "de los facciosos", dijeron en tono impropio pa­labras algún tanto irrespetuosas al señor Mosquera; pe­ro el señor Restrepo se olvida de decir que Jiménez y otros jefes veteranos los contuvieron con energía. Las palabras irrespetuosas de que hablo, se pronunciaron en la acalorada discusión que tuvo lugar en |Techo, en la cual todos tomaron parte, como sucede siempre en las que se tienen en nuestros campamentos militares; discusiones que todo lo dañan, que todo lo pierden y que vienen de tiempo atrás: vienen desde que se anuncio la era de las olimpíadas revolucionarias. Algunos de los disidentes exigían en aquella conferencia que el Go­bierno convocara a los padres de familia a que decidie­ran lo conveniente; esto es, a que se hicieran actas en los pueblos. Desde las del general Páez en Venezuela en 1826, la del general Mosquera en Guayaquil y las que éstas produjeron, estaban las actas en boga, y hasta nuestros días se ha ocurrido a este medio como el más expedito para trastornar el orden público y dar cierta apariencia de popularidad a las vías de hecho, si bien alguna vez son el único remedio que queda para esta­blecer algún orden, cuando el legal ha sido roto. El Presidente, como era natural y de su deber, rechazó se­mejante proposición, y en medio de la confusión de aullidos más o menos roncos de los presentes, se re­dactó un pliego con cinco proposiciones que contenían el siguiente

 

 

"ULTIMATUM

 

presentado al Presidente en la conferencia de |Techo, pa­ra el caso en que no prefiriese reunir los padres de familia a cuya decisión nos remitimos.

"Se supone que el batallón |Boyacá marcha al Sur. El batallón |Callao se situará en Guaduas, y el de |Caza­dores de Bogotá en Tunja. la guarnición de la capital

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