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amigos de Cartagena para oponerse a su salida del país, impresionándolo y decidiéndolo. La historia habla de él tan superficialmente, que yo me veo en la necesidad da darlo aquí a conocer en toda su extensión, porque él, entre otros actos oficiales, me preocupo y persuadió todavía más de que el Presidente Mosquera, o no tenía por el Libertador el respeto y consideración que mani­festó en su proclama inaugural, o estaba sojuzgado y oprimido por el partido que se llamaba liberal, sin atre­verse a contrariarlo en nada; y que por consiguiente no mandaba sino se sometía, y como lo primero no podía admitirse en un hombre de honor tan caballeroso como el señor Mosquera, todo el partido colombiano quedó convencido de lo segundo, y esto era lo cierto.

Para discutir después el hecho, veamos los documen­tos siguientes:

 

"NOTA OFICIAL

 

del | presidente del Congreso revolucionario de Venezuela al presidente del Congreso constituyente de Colombia.

 

"Valencia, junio 2 de 1830 - 20 y 1º

"Excelentísimo señor: Cumplo con gusto el deber que me ha impuesto el soberano Congreso de anunciar su instalación por el órgano de vuestra excelencia al augusto cuerpo que preside. Venezuela, al separarse del resto de la República de Colombia, desconociendo la autoridad del general Simón Bolívar, pensó sólo en mej­orar su administración, en asegurar sus libertades y en que no se malograse la obra de tantos años y de tantos sacrificios. Por eso fue que ante todas cosas se ocupó en reunir su representación nacional, y ésta, instalada el 6 de los corrientes, juzgó oportuno participar a to­dos y muy particularmente a los granadinos, que los pueblos de la antigua Venezuela se hallan congregados en la ciudad de Valencia por medio de sus legítimos re­presentantes para ocuparse de su bienestar.¹ Era impo­sible que pueblos que como hermanos han formado una sola nación, una familia, que juntos pelearon por la

 

1 ¿Lo han conseguido? ¿Están mejor ahora que antes?

 

 

independencia y que después han sufrido unas mismas calamidades, dejasen de guardar esta justa considera­ción.

"No obsta que Venezuela se haya pronunciado por la separación, ni que el soberano Congreso haya ratifi­cado este voto solemne escrito en el corazón de cada uno de sus hijos, para que conozca que es necesario que uno y otro cuerpo se entiendan, porque hay diferencias que transigir e intereses que arreglar. El temor de perder la paz, que sobre todo desean los venezolanos, les hace temblar al concebir la idea de que pudiese ser preciso librar en las armas el arreglo de sus negocios, arreglo que no sería ni exacto, ni útil, si no lo forman en calma la justicia y la prudencia. Tales fueron las consideraciones que guiaron el ánimo del soberano Con­greso al acordar en la sesión del día 22, que estaba pronto a entrar en relaciones y transacciones con Cundi­namarca y Quito, y que así lo ofrecía a nombre de los pueblos sus comitentes.

"Benéficas serán sin duda para uno y otro Estado semejantes relaciones. No era fácil prever hasta dónde se extenderían sus útiles resultados; pero Venezuela, a quien una serie de males de todo género ha enseñado a ser prudente, que ve en el general Simón Bolívar el ori­gen de ellos, y que tiembla todavía al considerar el ries­go que ha corrido de ser para siempre su patrimonio, protesta que no tendrán aquellas lugar mientras éste permanezca en el territorio de Colombia, declarándolo así el soberano Congreso en sesión del día 28.

"Estos son los sentimientos del pueblo venezolano, y de orden de sus representantes lo manifiesto a vuestra excelencia para que se sirva ponerlo en conocimiento de la respetable Asamblea a cuya cabeza se encuentra.

"Dignaos, señor, honrarme aceptando el respeto y estimación con que me suscribo de vuestra excelencia atento, obediente servidor,

 

"FRANCISCO JAVIER YAÑEZ"

 

 

 

 

 

 

CONTESTACION

 

|"República de Colombia - |Ministerio del Interior

y Justicia.

 

Bogotá, julio 16 de 1830

"A | los señores secretarios del Congreso de Venezuela.

 

"El señor ministro de relaciones exteriores me paso una comunicación, sin fecha, venida por su conducto y dirigida por el excelentísimo señor Presidente del Con­greso de Venezuela al excelentísimo señor Presidente del Congreso constituyente celebrado en esta ciudad, en que el primero anuncia la instalación de la misma asamblea, y participa que en la sesión del día 22 de mayo acordó el Congreso venezolano que estaba pronto a entrar en relaciones y transacciones con Cundinamarca y Quito, y que en la del 28 declaró que no tendrían aquellas lugar mientras permanezca en el territorio de Colombia el general Simón Bolívar.

"Di cuenta de ello á su excelencia el Presidente de la República, y su excelencia me ha ordenado contestar por el órgano de usías, como tengo el honor de verificarlo, que el cuerpo a quien la mencionada carta era di­rigida, terminó sus sesiones desde mayo; que en con­formidad con su decreto de 11 del propio mes, que fija las reglas para la publicación de la Constitución que acordó, ha seguido ya desde fines del mismo mayo una comisión encargada de desempeñar los objetos del re­ferido decreto; y que aguarda los resultados que ella produzca para deliberar en consecuencia lo que le co­rresponda en uso de sus deberes y en cumplimiento de las demás disposiciones de la citada ley. Pero que sien­do de una importancia tan vital el que se restablezcan esas relaciones y esos lazos de unión que ya dieron a Colombia existencia, poder y gloria, y que siempre se­rán necesarios a la recíproca felicidad de sus pueblos, su excelencia no puede menos de repeterir en esta oca­sión, que ningún otro medio nos conduciría más direc­tamente a tan sublime designio, como la celebración de una convención colombiana, en donde se transigirían de común acuerdo todas las diferencias y todos los intereses, y quedarían de una vez arregladas por la mayoría, las relaciones que en lo sucesivo deba conservar la fa­milia colombiana.

"Sírvanse usías elevar esta exposición al conocimien­to de su excelencia el Presidente del Congreso de Vene­zuela, y acepten usías los tributos del profundo respeto y distinguida consideración con que soy de usías muy obediente servidor,

"VICENTE AZUERO"

 

  NOTA DEL GOBIERNO AL LIBERTADOR COMUNICANDOLE LAS ANTERIORES

 

"República de, Colombia.- Ministerio del Interior

y Justicia.

 

Bogotá, julio 14 de 1830

 

"Al excelentísimo señor Libertador, general

Simón Bolívar.

 

"Excelentísimo señor: Por conducto del ministerio de relaciones exteriores se acaba de recibir una comuni­cación del Presidente del Congreso de Venezuela al Presidente del Congreso constituyente que se reunió en esta capital. El excelentísimo señor Presidente de la Repú­blica, embarazado con el contenido de dicha comuni­cación, y en la duda acerca del partido que deba adop­tar, al fin ha resuelto que se remita a vuestra excelencia una copia, como tengo el honor de verificarlo, a fin de que Vuestra excelencia quede informado de esta notable circunstancia, por lo que puede influir en la dicha de la Nación y por la trascendencia que tiene con la gloria de vuestra excelencia.

Soy, con perfecto respeto, de vuestra excelencia muy obediente servidor,

"VICENTE AZUERO"

 

Estos documentos, como por hacer más agudo el dolor de la víctima, se publicaron en la |Gaceta Oficial número 474, y también se publicaron las actas y discu­siones del Congreso de Venezuela, en las que se trataba al Libertador de la manera más indigna, haciéndose de la |Gaceta una trompeta de difamación contra él. Mas sin caer en cuenta de la impresión que causaría el con­traste, le precedían en dicho periódico las siguientes notas:

 

"República de Colombia

|Ministerio de Hacienda: Sección

 

Bogotá, 28 de mayo de 1.830

 

"A | su excelencia el Libertador Simón Bolívar.

 

"Tengo la honra de incluir a vuestra excelencia co­pia auténtica del decreto en que el Congreso constitu­yente, a nombre de la Nación, expresa a vuestra excelen­cia su admiración y reconocimiento por los eminentes servicios que le ha hecho, y declara en su fuerza y vigor el decreto del Congreso constitucional de 23 de julio de 1823, que concedió a vuestra excelencia la pen­sión de treinta mil pesos anuales durante su vida.

"Me es sobremanera grato ser el órgano por el cual se presenta a vuestra excelencia este tributo de gratitud, no menos que aprovechar esta oportunidad para ofre­cerle la expresión de respeto y distinguida considera­ción con que tengo la honra de suscribirme de vuestra excelencia muy humilde servidor,

 

"JOSE IGNACIO DE MARQUEZ"

 

 

CONTESTACION

 

Turbaco, 16 de junio de 1830

 

"'Al honorable señor Ministro secretario de Estado en el departamento de Hacienda.

 

"Señor Ministro: He tenido la honrosa satisfacción de recibir la apreciable nota de usía de 28 de mayo úl­timo, comunicándome un decreto del Congreso consti­tuyente del mismo mes, por el cual se ha dignado darme las gracias a nombre de la Nación y ratifica la concesión que me hizo el Congreso de 1823 de una pensión de treinta mil pesos anuales durante mi vida. Tanta generosidad y benevolencia hacia mi de los poderes supremos, por servicios que todo ciudadano debe a su patria y que por mi desgracia han quedado imperfectos, me confunde y humilla, sin que pueda ofrecer a la República más que lealtad y gratitud eternas.

"Yo me lisonjeo de que los distinguidos magistra­dos que el Congreso ha tenido la sabiduría de elegir CUMPLIRAN CON LA GLORIOSA OBLIGACION DE MANTENER LA UNION, | la paz y la libertad para cuya obtención di­rijo al Ser Supremo los votos más ardientes; y tributo al Gobierno el reverente homenaje de sumisión a la ley, y profundo respeto al ilustre Presidente que la Provi­dencia ha concedido a nuestras esperanzas.

"Acepte usía, señor Ministro, las gracias que le debo, por la atención con que me ha favorecido, y sírvase usía acoger las expresiones de mi distinguida conside­ración con que soy su muy obediente servidor,

 

"BOLIVAR"

 

 

V
 

 

Quedaba ya resuelto, por la nota del Presidente del Congreso de Venezuela, que aquella importante sec­ción de Colombia rompía definitiva y absolutamente la unión, ofreciendo sólo entrar en relaciones y transac­ciones amistosas con Cundinamarca, como llamaban en­tonces los departamentos del centro de la gran Repú­blica, que después formaron la de la Nueva Granada y con Quito, esto es con los del sur, que constituyeron la del Ecuador. Y estas relaciones y transacciones como de nación a nación, se limitaban a entenderse, porque había "diferencias que transigir e intereses que arreglar", esto es, dividir entre los tres la deuda nacional y fijar sus fronteras. Para esto, ¿qué necesidad había de exigir la expatriación del Libertador, que ya no mandaba ni en el todo de Colombia ni en ninguna de las tres fracciones en que la ambición la dividió? ¿De qué manera fue que Colombia estuvo expuesta a ser el patrimonio del ge­neral Bolívar para que se temiese su permanencia, co­mo un simple ciudadano, en algún rincón del país? ¿Se aludía al proyecto de establecer una monarquía consti­tucional en Colombia? Pero este proyecto tuvo origen en Venezuela, y los hombres que presidían su revolu­ción lo propusieron a Bolívar, que lo rechazó enérgica­mente: esto lo he probado. ¿Se aludía al mismo pro­yecto, formalizado algo más por el consejo de minis­tros? Pero Bolívar lo improbó y desbarató con su im­probación. Y ¿de dónde se saca que los pueblos que se han salvado en la monarquía constitucional, del des­potismo y de la anarquía haciéndose con ella gran­des, poderosos y felices, sean el patrimonio de ninguna persona? ¿Habrá un solo individuo de los que cobija el pabellón de la cruz de San Jorge, desde el primer lord hasta el último marinero, que no tenga orgullo en decir "soy súbdito inglés", sin creerse por esto ser el patri­monio de la reina Victoria? ¿Qué palabrotas son esas "que todavía se repiten, con las que la demagogia preo­cupa a los tontos, y que los hombres de sano criterio desprecian? ¿Se aludía al proyecto de constitución que el Libertador presentó a la República de Bolivia y que DESEABA | se adoptase en Colombia? Pero ¿intentó Bolí­var plantear su idea por la fuerza? Si el ver en ella una tabla de salvación para su país fue un error, lo que está muy lejos de haberse probado, ¿era un crimen ese error inocente, producido por el patriotismo? ¿No ha­bía ya desistido absolutamente de esa idea, respetando la opinión pública? ¿No la había desechado el Congreso constituyente? ¡No! Nada de esto indujo a los revolu­cionarios de Venezuela a consumar el parricidio. El ge­neral Mariño, más franco, descifró el enigma: Venezuela, dijo, quería ser independiente porque la unión no le convenía, y se aprovechó del |primer pretexto que se le presentó. Y esta es la verdad. ¡El primer pretexto! Siempre pretextos! El Libertador era el representante y la columna más fuerte del noble principio de la inte­gridad nacional, de la conservación de Colombia, y para los hombres de destrucción, tensar y procurar esto era un delito. En sacrificar, pues, a Bolívar para cohonestar el parricidio había, por decir lo menos, poca hidalguía.

Nuestro ministro de lo interior se desentiende en su contestación de la exigencia indigna del ostracismo de Bolívar. Semejante omisión en un hombre como el doc­tor Azuero, no provenía ciertamente de olvido, y con

ella hizo al Gobierno de COLOMBIA faltar a un | deber de decoro que pudo llenar, aunque empleara mesuradas pa­labras, a estilo diplomático. El Congreso constituyente, a quien debía su existencia el Gobierno de quien el se­ñor Azuero era el órgano constitucional, ese Congreso ADMIRABLE | al que Venezuela había enviado sus diputa­dos, salvó de toda responsabilidad al Libertador con el decreto acordado unánimemente, a que se refiere la nota del señor Márquez que acabamos de ver; y este decreto, que era ley de la República, proporcionaba al doctor Azuero un medio diplomático de rechazar las inculpa­ciones que Venezuela hacía a Bolívar con exagerada in­justicia, a las que el Gobierno, guardando silencio, dio una tácita aprobación. Todo lo demás de la nota de Azuero era de poca importancia, pues en lo que menos pensaba Venezuela (lo que Azuero no ignoraba) era en convención colombiana que se ocupara de una unión que todos querían romper definitivamente, y sólo indi­caba arreglos internacionales para deslindar sus inte­reses recíprocos pacíficamente; y esto también lo que­ría Azuero y lo querían los liberales granadinos, por lo que se aunaban con los de Venezuela en su persecución al partido colombiano y principalmente a su jefe.

He indicado que esta aprobación que el Gobierno diera con su silencio a los fundamentos, esto es, a los pretextos que aducía Venezuela para no entrar con él en relaciones "mientras el general Bolívar permaneciese en el territorio de Colombia", fue reforzada con la nota de Azuero en que comunicaba a Bolívar los documentos que lo denigraban, diciéndole que lo hacía a fin de que se informase de lo que Venezuela exigía, por lo que pudiera influir en la dicha de la Nación, y por la trascendencia que tenía con su gloria; lo que significaba que el Gobierno consideraba una dicha para la Nación que Bolívar se expatriase aunque para dulcificarle algún tanto la cicuta le hablara de su gloria personal.

El señor Mosquera convino con su ministro en que se comunicase a Bolívar la nota del Presidente del Con­greso revolucionario de Venezuela; pero no vio los tér­minos en que se redactara, y su publicación en la |Ga­ceta Oficial, y la de las actas de aquel Congreso, se hizo sin su conocimiento y le desagradó.

 

El Libertador sintió profundamente la ofensa y no contestó la nota; pero la amargura que ella le causó, que agravó la dolencia que lo llevaba rápidamente al sepulcro, la devoró hasta su último día.

Sus amigos en Cartagena no guardaron el mismo si­lencio, y la prensa se ocupó con violencia de ella, la glosó y la maldijo. Aun los que, allá y acá, mirába­mos como una necesidad de las circunstancias que Bo­lívar se ausentase por algún tiempo de la patria injusta e ingrata que lo desconocía, juzgamos que ya no podía hacerlo decorosamente. Irse por su voluntad, honrado con un decreto del Congreso soberano que le permitía presentarse con dignidad en el extranjero, era muy di­ferente a irse arrojado con ignominia, como un traidor por exigencia del país de su nacimiento acogida por el Gobierno nacional. Con calor e indignación le hicieron muchos en Cartagena esta observación, y de todas par­tes se las hicimos por cartas expresivas los ausentes. Todavía vacilaba Bolívar: la fragata inglesa a su regre­so no le trajo los medios pecuniarios que pidió a Ca­racas, y agotados sus recursos por su liberalidad, vivía ya de préstamos, que es una de las más grandes aflicciones que pueden acibarar la vida de un hombre deli­cado. Tantos sinsabores hacían que sus males físicos se agravasen. Un día, estrechado por el general Montilla, por los señores Juan de Francisco Martín, Juan García del Río, Juan de Dios Amador y por otros ciu­dadanos honorables, en quienes confiaba y debía con­fiar, que le hacían estas observaciones, les contestó con despecho: "tienen ustedes razón, nobles amigos míos: por mi voluntad estaba resuelto a irme; echado no debo hacerlo, por el honor mismo de Colombia, por el honor de Venezuela. Además, me siento morir, mi plazo se cumple. Dios, me llama; tengo que prepararme a darle cuenta y una cuenta terrible, como ha sido terrible la agitación de mi vida, y quiero exhalar mi último sus­piro en los brazos de mis antiguos compañeros, rodeado de sacerdotes cristianos de mi país y con el crucifijo en las manos: NO ME IRE". Y | al pronunciar estas palabras en que rebosaban la dignidad del hombre público y la contrición del cristiano católico, dos lágrimas corrieron por las hondas mejillas del más noble, del más generoso, del más grande de los suramericanos. ¿Quién no habría tomado la misma resolución en igualdad de cir­cunstancias?

Los liberales, sin embargo, miraban su permanencia en Cartagena como una resolución premeditada con pro­ditorias miras; negaban que estuviese enfermo, decían que hipócritamente lo fingía para adormecer a los ami­gos de la libertad. ¡Y Bolívar apenas podía disputar a la muerte unos pocos días más de amarga vida, cuando esto se suponía!

 

 


VI.

 

Las pasiones políticas, tan fuertemente excitadas, llegaban en esta capital a su mayor excandecencia: los conjurados del 25 de septiembre, que en su mayor par­te habían regresado, y sus cómplices incógnitos, no res­piraban sino venganza, difundiendo las doctrinas más peligrosas para santificar el asesinato, a la manera de Carlos VII, de Francia, que decía: "asesinar es lo más seguro"; los letreros amenazantes escritos en las paredes se multiplicaban, principalmente contra el general Urda­neta; las cintas encarnadas con que se divisó el batallón |Boyacá a su entrada, y que conservaba, produjeron otras, el batallón |Callao, y los partidarios de la integri­dad nacional adoptaron la cinta verde; las disputas y las riñas en las calles eran frecuentes; la alarma y la desconfianza paralizaban el trabajo, los negocios y las empresas de todo género; "los ministros de la Gran Bretaña, del Brasil y de los Estados Unidos vivían ar­mados y dormían con guardias en sus casas temiendo que se les matara, como sucedió con el inglés Duncan en Zipaquirá";¹ | las | rentas nacionales, sin las cuales no pueden los gobiernos existir, no alcanzaban a satisfacer en lo más urgente las necesidades del erario, lo que au­mentaba el descontento de todos y multiplicaba los pe­ligros. El Presidente Mosquera, acongojado, estrechado por todas partes con exigencias exageradas, gritándole los unos: "Exclusión, persecución, venganza"; los otros reclamándole "imparcialidad, garantías, justicia"; el se-

 

1 | Restrepo, |Historia de Colombia.  

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ñor Mosquera, digo, viéndose en incapacidad de calmar y satisfacer ni a los unos ni a los otros, desesperado de haber echado sobre sus hombros una carga que no ha­brían podido sostener las fuerzas de un Hércules, ni las de un Napoleón, se enfermó gravemente. Tuvo por esta causa necesidad de separarse del Gobierno, y en efecto se separó (19 de agosto de 1830), retirándose a buscar alivio y tranquilidad de espíritu en el pueblo de Anolai­ma, de benigna temperatura, distante unas diez leguas de esta capital. Ese mismo día habían amanecido en las paredes de los edificios de casi toda la ciudad, con una profusión notable, letreros con insultos y amenazas al general Urdaneta y a los bolivianos, y el de "libertad o muerte". Este incidente hizo ver, por unos y por otros, la separación del señor Mosquera de su puesto, como un acto de pusilanimidad, lo que, aunque no era cierto, pues lo era el mal estado de su salud, lo parecía.

El señor Azuero, como ministro de lo interior le ha­bía hecho dictar pocos días antes algunos decretos, cier­tamente constitucionales, pero inoportunos en momentos de tanta agitación. Uno de ellos fue el de la supresión del fuero militar de que gozaban los cuerpos de mili­cias, lo que alborotó la numerosa y regularizada milicia de caballería de la sabana, principalmente a los |gamo­nales, que como jefes y oficiales, tenían sobre el gran número de ciudadanos pobres, que componían las clases de tropa, una influencia y poderío que les costaba tra­bajo resignarse a perder. Mas lo particular es que esos mismos hombres de las clases de tropa, que el desafuero beneficiaba, lo recibieron mal, porque la palabra "fuero" y la independencia en que ella los ponía de las autorida­des civiles, los halagaba. Así son los hombres. La igual­dad no se funda, ni puede fundarse, sino en que todos los asociados estén sometidos a unas mismas leyes y a unas mismas autoridades; en esta igualdad se funda también la libertad racional, y sin embargo los alucina la idea del privilegio, aunque éste sea ilusorio y les sea más bien oneroso, como lo es para los militares el fue­ro. Otra medida que irritó, con razón, al partido co­lombiano, fue la separación del doctor. Estanislao Ver­gara de la prefectura del departamento de Cundinamar­ca, nombrándose en su lugar al general de brigada

 

 

José María Montilla, hombre el más exagerado e into­lerante de los liberales.

 

 

VII
 

 

El señor Márquez, disgustado por las exigencias de los partidos que impedían al Presidente o al Vicepre­sidente obrar con libertad conforme a sus propias ideas, hizo renuncia del ministerio de Hacienda, la que no se le admitió, y hubo de ceder, mal de su grado, a las súplicas que se le hicieron para que continuase; forzado a ello luchaba con las dificultades insuperables de la bancarrota, y consagrado exclusivamente al negociado de su ministerio, no se ocupaba de la apasionada polí­tica militante, que miraba con aversión.

El señor Vicente Borrero, ministro de relaciones ex­teriores, hacía lo mismo, y con más prescindencia aún, pues su encargo se lo, facilitaba.

Por la separación del general Urdaneta, era ministro de la guerra el general de brigada Luis Francisco de Rieux, militar antiguo y honrado, pero desprestigiado por la pérdida de Santa Marta, de cuya provincia era gobernador en 1822.

La ciudad capital de la provincia (Santa Marta), tomada y saqueada por los realistas del pueblo de la Ciénaga y de los demás de sus inmediaciones, todos in­dios, tenaces defensores de la causa real, culpó con in­justicia al general Rieux de su desgracia, corno sucede siempre, y esto lo anulaba. Este general, de educación distinguida, de modales cultos, estimable por sus pren­das personales, era generalmente querido como hombre privado; pero de carácter débil, contemporizador, que pretendía quedar bien con todos, no siguiendo una política enérgicamente imparcial, sino dando la mano a los unos y a los otros y sonriéndoles con timidez, que es lo peor que puede hacer un hombre público en circunstancias difíciles, era el general Rieux el menos adecuado para ministro de la guerra en las terribles circunstancias que corría la República en aquellos días.

Los amigos del Libertador, los hombres de orden que habían servido a la anterior administración, entre

los que había algunos que dieron, como diputados al Congreso, su voto en favor del señor Mosquera, se habían alejado de él, o le hacían oposición.

Era, pues, árbitro del gabinete el ministro de lo in­terior, y conocido ya el señor Azuero se puede juzgar cuál sería la marcha política del Gobierno, con la que tomaba el mal cada día más incremento.

Por momentos se temía un choque sangriento de los partidos en las calles mismas de la capital. El liberal se apoyaba en el batallón |Boyacá; el colombiano en el ba­tallón |Callao. El batallón |Cazadores de Bogotá (no de |Cundinamarca, como lo llama el señor Restrepo) era el único que podía considerarse perteneciente al Gobierno y no a los partidos. Este cuerpo de nueva creación, com­puesto en su totalidad de reclutas completamente biso­ños, era mandado por el entonces coronel Ramón Es­pina, quien a pesar de ser del partido colombiano y ami­go del Libertador, pudo conservarse, no sin descontento de los liberales, porque el Presidente y Vicepresidente lo sostuvieron conociendo que podían contar con su leal­tad. El coronel Espina resistió a todas las exigencias del coronel Vargas para que adoptase en su cuerpo la di­visa de cinta encarnada con el letrero de "libertad o muerte", pero no pudo impedir que algunos de sus ofi­ciales la llevasen, fuera de formación. Esto no inquie­taba al coronel Vargas ni a sus paisanos y copartidarios que lo azuzaban, pues el batallón |Boyacá, compuesto de soldados viejos del antiguo ejército, era más fuerte que el |Callao y |Cazadores juntos, y por consiguiente los exaltados liberales tenían asegurada su preponderancia, haciéndose con ella más provocativos.

Tal era la situación: el desconcierto era completo. Estábamos, pues, en plena República hispanoamericana, y la crisis tremenda tenía que llegar; y llegó terrible, cruenta; y el torrente irresistible me sorprendió descui­dado y me arrebató.

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