INDICE

 




CAPITULO TRIGESIMOTERCERO
 

 

I
 

 

Un sudor frío baña mi frente, la mano me tiembla al escribir estas líneas; días enteros me he detenido al empezar a trazarlas. Alguna vez he pensado pasar a la ligera por sobre este incidente, que marca con negro borrón la noble faz de la Nueva Granada. Pero no hay remedio: no cumpliendo mi promesa de "decir la ver­dad sin consideraciones de ninguna clase, de aclararlo todo", yo infirmaría mi escrito, si me detuviera en el camino espinoso que he emprendido.

El gran mariscal de Ayacucho Antonio José de Su­cre regresó a esta capital de su comisión de Venezuela, el 5 de mayo, en los últimos días de las sesiones del Congreso. Casado en Quito con una mujer joven y bella, de la que la guerra y el servicio público le habían tenido separado casi siempre, conociendo apenas a la hija, único fruto de su amor legitimo, sin ambiciones mezquinas, radiante de gloria inmarcesible que no podía aumen­tar, no pensaba Sucre sino en reunirse a su familia en una vida tranquila en el hogar doméstico, la sola felici­dad verdadera que le es dado gozar al hombre sensible y moderado, en su peregrinación por este mundo.

La última entrevista de Sucre con el Libertador fue tierna y congojosa: estrechamente abrazados derramaron lágrimas uno y otro sobre el corazón del uno y del otro. Ambos veían que sus sacrificios eran perdidos.

Antes de emprender su viaje, tuvo Sucre varias conferencias con el Vicepresidente Caicedo. El señor Caice­do quería que el general Sucre influyese en mantener la unión de los departamentos del sur con los del cen­tro, en una república centro-federal: es decir, quería que se conservase la unión de la Nueva Granada. Sucre le ofrecía procurarlo, aunque temía que antes de su llegada a Quito hubieran ocurrido algunos trastornos por allá, en cuyo caso serian infructuosos sus esfuerzos. "De. todos modos yo tengo confianza en que usted, lle­gando a Quito en tiempo, podrá hacer mucho en este sentido", le dijo el señor Caicedo, "pero haga usted su viaje por el valle del Cauca al puerto de Buenaventura, mejor que por Neiva y Popayán".

Sucre le objetó qué no era seguro encontrar buque en Buenaventura para Guayaquil, y que deseaba pasar el día de San Antonio con su familia. El señor Caicedo; insistía con ahinco, pretextando que habiendo Sucre hecho la guerra a los pastusos, tan tenaces defensores de la causa del rey, era natural que tuviese enemigos que debía evitar. Sucre, arrastrado por el destino, le contestó que había venido por Pasto y nada le había sucedido. ¿Tendría el general Caicedo alguna sospecha, algún temor del riesgo que corría Sucre por aquella vía? ¿Sería una inspiración? Otras personas dieron a Sucre el mismo consejo, y siempre lo despreció, ponién­dose en camino por la vía fatal.

 

 

II
 

 

El general José Hilario López estaba en Neiva cuan­do llegó el general Sucre a aquella ciudad. Dice el ge­neral López en sus memorias:

"Todos mis corresponsales de la capital de la Repú­blica y de otros lugares inmediatos, se acordaron en noticiarme cuanto sigue: 1º, que aunque el general Bo­lívar estaba resuelto a partir, asegurando que iba a sa­lir, de la República, temían que nunca abandonara nues­tras playas, con la esperanza de que el ejército y sus demás partidarios, todos en connivencia, obrasen una asonada general para echar abajo el nuevo orden de cosas y aclamarlo nuevamente dictador; 2º, que al efecto se diseminarían por todas partes generales, jefes y ofi­ciales de su confianza, para obrar simultáneamente la reacción; que estos recelos los habían tomado de buen origen y que muchos de los pasos que se daban en la capital los confirmaban a no dejar duda...

 

"El amor propio de Bolívar -continúa López- me decía uno, ofendido en esta vez, como nunca lo ha sido, no puede tolerar que otro mande en la nación mientras él exista, y así es necesario no aletargarse en la con­fianza: ¡alerta! ¡amigo mío, alerta! pues todavía hay muchos elementos antisociales, y no hay duda que todos se pondrán en acción para disolver lo que ha hecho el Congreso, y entregar de nuevo esta tierra al dictador vencido en el Congreso constituyente.

"En efecto -sigue López- todo persuadía que no se pensaba de buena fe en sostener la nueva constitu­ción y las leyes dadas por el constituyente. Las intrigas más pérfidas se ponían en juego para crear una nueva necesidad, en virtud de la cual se disolviese la República, y que el temor de la anarquía obligase a los pue­blos a ocurrir otra vez al general Bolívar como el único redentor, el único piloto que pudiese conducir la nave a un puerto de salvamento. No se necesitaba de un gran criterio para conocer que algunas personas de notabi­lidad que recientemente se suponían enemigas del general Bolívar, lo hacían únicamente con el designio de infundir confianza al partido liberal, y obtener por este medio colocaciones en qué poder obrar más a mansalva la reacción combinada con tanta astucia".

Si el general López hubiera proferido estas palabras en 1830, tendría la disculpa de la exaltación de las pasiones en aquella época; de la de él mismo, que joven aún era de los más violentos; ¡pero veintisiete años después, cuando todos los hechos eran ya conocidos...! Mucha moderación se necesita para no irritarse al leer semejantes gratuitas imputaciones.

¿Quiénes eran los que no pensaban de buena fe en obtener la constitución y las leyes dadas por el Con­greso? ¿No eran los santanderistas de Cúcuta, los llameados liberales en San Gil, en El Socorro, en esa misma provincia de Neiva en que estaba el general López, en todas partes, en fin? El general López hablaba en 1857 de esta manera apasionada e injusta, por la fuerza aparente que le daban los acontecimientos que tuvieron lugar unos pocos meses después de publicada la Constitución de 1830; acontecimientos imprevistos, origina­os por mala política del Gobierno, por el insulto, por la amenaza de muerte, por la persecución que su­fría el partido llamado boliviano, ofensas intolerables que llegaron a precipitarlo después. ¿No es evidente que este partido, cuyo oriflama era la integridad de Colombia, bajo la Constitución que él había expedido, no podía promover la disolución de la República, que quería conservar como única tabla de salvación que le quedaba?

¿ Quiénes eran esas personas |de notabilidad que aparentemente se suponían enemigas del general Bolívar "solamente con el designio de inspirar confianza al par­tido liberal, y obtener por este medio colocaciones en qué poder obrar más a mansalva la reacción combinada con tanta astucia", según asegura el general López? In­dudablemente ha querido designar al señor Castillo Ra­da y al general Rafael Urdaneta, y principalmente al segundo. ¿No es esta una suposición injuriosa, desmen­tida de la manera más incontestable por la historia? El señor Castillo y el general Urdaneta fueron los que impidieron que el Libertador hubiese sido elegido pre­sidente por el Congreso constituyente; ellos tuvieron la franqueza y el valor de aconsejarle que se ausentase del país, incurriendo en su enojo: ¿no basta esto para des­truir la grave aseveración del general López? Si Castillo y Urdaneta hubieran unido sus votos a los de los treinta y dos diputados que tan tenaces estaban por la elección del Libertador, a pesar de él mismo, o siquiera que no los hubiesen contrariado ¿no se hubiera decidi­do la elección en favor de Bolívar en primer escrutinio? ¿para qué, pues, tenían que ocurrir a supercherías in­dignas, con un objeto que pudieron lograr por medios lícitos, con sólo haberlo querido?¹

 

1 Según el general Obando, con referencia a sus corresponsales de Bogotá, el general Urdaneta estaba en completo rom­pimiento con el Libertador, próximo a asesinarlo y a hacer lo mismo con todos los bolivianos, lo cual verificado, se propo­nían los liberales asesinarlo a su turno. Según el general Ló­pez, Urdaneta fingía enemistad con el Libertador para inspirar confianza al partido liberal y obtener empleos para obrar una reacción en favor de Bolívar. ¿Cuál de los dos dice la verdad? Ninguno de los dos, respondo yo terminantemente, y estoy se­guro que esto responderán mis lectores, si son justos.

 

 

Las referencias que hace el general López a los informes que le daban sus corresponsales de esta ciudad, indican el estado de efervescencia en que se encontraba su partido. Separado el Libertador del mando, en viaje. para el extranjero, el poder cayendo de la manera mas deplorable en manos de los liberales, todavía no se creían seguros, y como la calumnia ha sido siempre el arma que han manejado con más destreza, se valían de ella para impresionar a un hombre tan inflamable como lo era entonces el general López, por otra parte crédulo y candoroso.

El general Sucre era a los ojos de aquel partido el hombre más peligroso, después de Bolívar. El noble comportamiento que siempre tuvo con él, y más en los días de su desgracia, que se interpretaba por inteligencia secreta en planes que se suponía se fraguaban entre los dos para después; el inmenso prestigio que le daba su esplendente gloria militar; el ascendiente que tenía sobre el ejército; su capacidad y variada instrucción, y el respeto que inspiraba la rigidez de sus costumbres públicas y privadas, todo hacía que se le viese como el sucesor más digno de Bolívar, como el único que podía con probabilidades de buen suceso intentar el mantenimiento de la unión de Colombia, bajo la Constitución en que tanta parte tuvo, o bajo una confederación de tres Estados regidos por un gobierno federal; y por consiguiente, este hombre, en la flor de su edad, de sa­lud robusta que le prometía largos días de vida, era más temible aún que el mismo Bolívar para el partido disol­vente y ambicioso que aspirando al dominio de la tierra granadina, bajo su caudillo ausente, odiaba al héroe que podía impedírselo, y que era el más notable de esos generales que, suponían los corresponsales del general López, se diseminaban por todas partes para obrar si­multáneamente la reacción. He aquí descifrado el enig­ma.

 

III
 

 

El general Sucre seguía incauto su camino, desaten­diendo como César los siniestros augurios, los idus de marzo, los fatídicos anuncios, acompañado sólo del señor García Tréllez, diputado al Congreso por Cuenca, y de dos asistentes, sargentos licenciados. En Neiva se vio con el general López, hablaron de política; la dis­cusión se excandeció y se dijo hasta por la prensa que el general López tuvo la idea de hacerlo prender e im­pedirle seguir: la fatalidad no quiso que el general Ló­pez ejecutara aquella salvadora tropelía, si realmente pensó en ella. El general López en sus Memorias no dice una palabra sobre este notable incidente, y si bien la acalorada disputa fue cierta, lo segundo puede no serlo.

Antes de salir el general Sucre de Bogotá, partió para Neiva anunciando su marcha, un posta privado, y de Neiva, apenas llegado éste, salió otro para Popayán con el mismo objeto. "Sin embargo de los rumores y hablillas que hubiera en Neiva sobre asechanzas y planes contra la vida de Sucre, él llegó a Popayán sin no­vedad alguna. Allí observaron sus amigos que se le detenía con frívolos pretextos de que no se hallaban ca­ballerías para los bagajes; supieron también, y esto lo hemos oído después de su arribo, el estado mayor de Popayán había dirigido un correo extraordinario al co­mandante general de Pasto, Obando, sin que hubiera motivo alguno que lo exigiese. Tales antecedentes y el conocimiento de los hombres que residían en los cami­nos del tránsito excitaron las sospechas de varios mora­dores de Popayán. Estos aconsejaron nuevamente a Su­cre que siguiese el camino de Buenaventura, porque sospechaban que se le quería matar. Conducido por un destino fatal, él de ningún modo accedió, fundándose en los ardientes deseos que tenía de unirse a su familia, y de ver si podía evitar la separación del Sur que todo el mundo aguardaba; tampoco pidió una escolta, lo que le aconsejaron igualmente. El comandante Delgado le manifestó en Patía los mismos temores, suplicándole que se demorase un día a fin de acompañarle, pero Su­cre dijo que no se podía detener, y continuó su viaje con impavidez".¹ El posta de Popayán alcanzó al general Obando en Meneses, pocas horas antes de llegar a Pasto. ¿Qué significan esos postas anticipando avisos

 

1 Restrepo, |Historia de Colombia.  

 

de cada paso que daba hacia el sacrificio el incauto Sucre? ¿Quiénes mandaban esos postas? Esto se conje­tura, pero yo no lo sé con precisión, y sobre un negocio de tanta magnitud no quiero aventurar un concepto en que puedo equivocarme.

 

 

IV
 

 

El número 39 de |El Demócrata de 19 de junio de 1830 apareció tremebundo, justificando los recelos de los amigos del ilustre viajero, que ya perdieron toda esperanza de que volviese a gozar de la sonrisa de su ino­cente hija, que es uno de los placeres más intensos que Dios permite disfrutar sobre la tierra al hombre sensi­ble; y desde aquel momento aguardaban en la mayor ansiedad la noticia del trágico suceso, que temían desde antes de ser tan claramente anunciado.

Ruego al lector que, sobreponiéndose a toda pasión política, fije su atención en los siguientes párrafos del citado artículo. Dicen así:

  "SECCION CRIMINAL

 

"Acabamos de saber con asombro, por cartas que hemos recibido por el correo del Sur, que el general A. José de Sucre ha salido de Bogotá ejecutando fielmente las órdenes de su amo, cuando no para elevarlo otra vez, a lo menos para su propia exaltación sobre la rui­nas de nuestro nuevo Gobierno. Antes de salir del de­partamento de Cundinamarca empieza a manchar su huella con ese humor pestífero, corrompido y ponzoñoso de la disociación. Cual otro Leocadio¹ | lleva el proditorio intento de minar la autoridad del Gobierno en su cuna; ridiculizándolo y burlándose aun de su mis­ma generosidad. Bien conocíamos su desenfrenada ambi­ción, después de haberle visto gobernar a Bolivia con poder inviolable; y bien previmos el objeto de su mar­cha acelerada, cuando dijimos en nuestro número an­terior, hablando de las últimas perfidias de Bolívar, que éste había movido todos los resortes para revolucionar

 

1 | El señor Antonio Leocadio Guzmán.  

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el sur de la República. Pero hablemos de lo que actual­mente sucede.

"Va haciendo alarde de su profundo saber... Se li­sonjea de observar una política doble y deslumbradora. Afirma que los liberales y pueblo de Bogotá, es lo más risible, lo más ridículo que ha visto. En fin, osa decir, denunciando sus aleves intentos, que si todos los pue­blos son así, está seguro de cantar victoria en todos ellos. Dice además contra el Gobierno que el actual ex­celentísimo señor Vicepresidente de la República sólo tiene capacidad para oír demandas verbales; que carece de talentos para intervenir en el Gobierno, pues actual­mente no sabe lo que deba hacerse; niega la aptitud a todos los ministros, y tiene el descaro de asegurar que en toda la Nueva Granada no hay quien pueda desem­peñar estos destinos. Se burla de que se piense en la restauración del orden, y manifiesta su conato, su de­cisión por separar los pueblos del Sur.

"Sería difícil marcar cuál de estas dos aserciones es más fatua, más atrevida, más subversiva, más calum­niosa, más llena de esa voraz ambición que le destroza las entrañas, y que en vano procura cubrir con una risa falaz y maligna: ¡Ved, colombianos, el más digno de los generales de Colombia! Pero él tiene razón cuan­do dice que en vano se procura restablecer el orden; él está al cabo de todos los planes para insurreccionar las tropas; él mismo es un agente de la intriga; él ve en la generosidad de nuestro Gobierno apenas debilidad e ineptitud. Ya empiezan a germinar las consecuencias de no haberse permitido al pueblo el 7 del corriente ama­rrar a todos los fautores descubiertos y ocultos del mo­tín que dio ocasión a la alarma de aquel día, para juz­garlos y castigarlos, probados que hubiesen sido sus crímenes. El 7 de mayo pudo haberse hecho célebre en nuestros anales, destruyendo del todo las esperanzas de Bolívar y asegurando la estabilidad de Colombia. Bolí­var es hoy un vesubio apagado, pronto a romper su cráter, vomitando llamas de odio, de destrucción y de venganza...

"Los pueblos del interior, que sirven obedientes al Gobierno y sin peligro, no tendrían motivo de armarse; pero afortunadamente se levantan batalladores con que auxiliar, si fuere preciso, a nuestros compatriotas del Sur, bien oprimidos aún por el general Flórez. Las car­tas del Sur aseguran también que ya este general mar­chaba sobre la provincia, de Pasto para atacarla; pero el valeroso general José María Obando, amigo y soste­nedor firme del Gobierno y de la libertad, corría igual­mente al encuentro de aquel caudillo y en auxilio de los invencibles pastusos. Puede |ser que Obando haga con Sucre, lo que no hicimos con Bolívar".

De este artículo se han hecho centenares de extrac­tos y glosas, principalmente del último período que he señalado en letra cursiva: todos lo han considerado el punto de partida de sus investigaciones y alegatos, y | es seguro que en todas partes, apenas apareció o llegó el periódico, se vio en él: 1º, la sentencia de muerte dic­tada contra el general Sucre; 2º, la designación nominal del ejecutor de la sentencia; 3º, el objeto principal de presentar la víctima bajo un carácter odioso para disminuir la indignación que el enorme atentado debía causar en todo pecho generoso, y disculpar el gozo que no podrían menos de manifestar los complicados en la trama de que ya se hablaba. Los rumores de un com­plot contra la vida del general Sucre fueron tan gene­rales, que ellos eran los que causaban la alarma y los temores del peligro que corría en el viaje por la vía que había elegido. El resultado debía pues, probar si éstos eran o no juicios temerarios.

 

 

V
 

 

Prescindiendo del desaliño e insulso lenguaje de |El Demócrata en todas sus acriminaciones, censuras y exigencias, se consideró generalmente este artículo, además de aleve, calumnioso por las consideraciones siguientes:

El general Sucre salió de Bogotá en la mejor inteli­gencia con el Vicepresidente Caicedo, de quien era ami­go personal y político, habiendo estado los dos siempre de acuerdo en cuanto debía hacerse y se hizo, desde su llegada a Bogotá al Congreso. ¿Cómo podía, pues, ad­mitirse que Sucre se expresara respecto de Caicedo de la manera que dice |El Demócrata? Es probable que lo juzgara, cuando más, como todos lo juzgaban: un honrado ciudadano, bondadoso, condescendiente, irresoluto por temor de errar, y que por tanto no era hombre para dominar la situación con energía. Esto mismo se dijo, y con más razón del honorable señor Mosquera. No habrían podido encontrarse dos hombres de más idoneidad Presidente o Vicepresidente en tiempos irregulares, o sean |normales, como se dice ahora; pero en los que fueron elegidos, sus virtudes, lejos de ser cualidades de aptitud para el mando, eran lo contrario. Esto, puede ser que lo dijera el general Sucre; mas la sana crítica no admite que hablara del modo que asegura |El Demócrata.

Puede ser también que dijera en su disputa con el general López algo parecido a que los liberales de Bogotá fuesen "lo más ridículo, lo más risible que había visto, componiéndose en la generalidad, entonces el partido liberal, de muchachos de las escuelas y jóvenes colegiales; y aunque los corifeos de aquel partido,  además del general Santander, eran los catedráticos y el general Obando (José María), que veía claro que ese era su camino para llegar a donde él deseaba, esto no destruye la regla en lo principal. En tiempos de tanta exaltación, no sería extraño que en una acalorada disputa política se escapara al general Sucre alguna expresión, acaso imprudente, que diera ocasión a las exageraciones de |El demócrata, o de sus corresponsales: en un hombre tan grave y circunspecto como Sucre no puede suponerse otra cosa. Lo que no dice |El Demócrata, y es probable que se lo dijeran sus corresponsales, es la calificación que el general López haría del libertador y de los partidarios de la integridad de Colombia, llamados bolivianos; pero pueden suponerlo todos los que sepan lo intolerante que era el general López en aquel tiempo, y lo exaltado que estaba desde la disolución de la convención de Ocaña.

 

 


VI
 

 

He dicho ya que los diputados al congreso por los departamentos del Sur en su comisión a Venezuela, amenazaron en plena cámara, que aquellos departamentos se constituirían independientes si Venezuela lo hacía definitivamente. Era público y se sabía en Bogotá desde fines de marzo que en Quito se trataba de un pronuncia­miento, tomándose medidas para generalizarla, el cual tuvo en efecto lugar; se sabía que Pasto se había pro­nunciado, agregándose al departamento del Ecuador. ¿Cómo, pues, podía ir el general Sucre, cumpliendo las órdenes del Libertador, que |El Demócrata llama "su amo" para revolucionar el sur de la República, que ya estaba revolucionado? El presidente Mosquera se en­contró con el general Sucre cuando aquel venía de Po­payán y éste iba. Antiguos e íntimos amigos, confiando sin reserva el uno en el otro, hablaron sobre lo que de­bía hacerse para restablecer el orden y la paz interior. Sucre le ofreció su cooperación, hasta donde alcanzasen sus fuerzas, pero desconfiaba de lograrlo. El señor Mos­quera habló de esta conversación con varias personas a su llegada, manifestándose indignado por el artículo de |El Demócrata: ¿Cómo se concilia esto con lo que se supone dijo Sucre en el tránsito, lo que el señor Mos­quera habría precisamente sabido?

Pero hay un documento expresivo, auténtico, que puede considerarse el testamento de la víctima que mar­chaba al sacrificio, el cual desmiente de la manera mas terminante las aseveraciones injuriosas de los enemigos del general Sucre. Helo aquí:

 

"Popayán, 27 de mayo de 1830

 

"Señor general Vicente Aguirre.

 

"Mi apreciado amigo: ayer llegué a esta ciudad, y mañana sigo. Hoy he recibido la carta de usted de 13 del corriente, que me instruye de lo que ocurría en Quito ese día.

"Lo que se ha hecho no ha sido en tiempo, porque yo creo que debió esperarse el término de las sesiones del Congreso; mas era cosa calculada por todos, que debía suceder una novedad en el Sur, porque era im­posible que sus ciudadanos fueran del todo indiferentes al estado de Colombia. Opino, pues, que si hay modera­ción y buen juicio y si se lleva por guía mejorar la administración interior del país, bajo principios fijos y de provecho público, este acontecimiento será provechoso. Repito que para todo esto es necesario sólo buen sentido, unión y patriotismo; y llamo unión la más es­trecha y buena inteligencia entre los tres departamentos del Sur. Colombia no puede existir por mucho tiempo, sino compuesta de los tres grandes estados confederados. Venezuela está corriente en esto, y también lo está la Nueva Granada; pero ésta podría tener a la larga pre­tensiones sobre el Sur, si allí se descubren rivalidades de provincia.

"Yo llegaré pronto allá y les diré lo que he visto y todo lo que sé, para que ustedes vean lo mejor, y tam­bién todo lo que el Libertador me dijo a su despedida, para que de cualquier modo se conserve esta Colombia, y sus glorias, y su brillo, y su nombre.

"Puede usted entretanto enseñar esta carta al gene­ral Flórez, a quien no tengo tiempo de escribir, porque estoy ocupado en mis cosas de viaje. Recomiendo siem­pre moderación y prudencia, para que todos los colom­bianos se entiendan con calma y sin ruido de guerras civiles.

"Siempre su buen amigo,

"SUCRE"

 

Esta fue probablemente la última carta que escribió el gran Mariscal de Ayacucho. La puso en el correo que debía llegar antes que él, y se publicó en la |Gaceta Oficial de Quito, número |64.

He aquí a Sucre improbando como extemporáneos los movimientos del Sur, antes de saberse lo que hubie­ra hecho el Congreso, y recomendando moderación y juicio. Considerando inevitable la separación que había previsto de aquella parte de la República, temía que las rivalidades provinciales la comprometiesen con la Nue­va Granada, a la que, aunque con precauciones para no chocar con las opiniones ecuatorianas le concede el de­recho de tener pretensiones sobre aquellos departamen­tos. Pero lo que resalta en esta carta más que todo, es la idea dominante de Bolívar, de que de cualquiera manera se conservase la gran Colombia, "y sus glorias, y su brillo, y su nombre"; y a este noble y patriótico objeto se reducían esas instrucciones que dice |El Demó |crata, iba ejecutando fielmente Sucre por todo el cami­no. Y este deseo de Bolívar y | | Sucre no querían llevarlo a cabo sino "con moderación y prudencia para que to­dos los colombianos se entendieran con calma' y sin rui­do de guerras civiles". Desde sus conferencias con los comisionados en Cúcuta, estuvo Sucre fijo en que este era el único medio de mantener la integridad nacional, y así lo dijo al señor Caicedo y al señor Mosquera. ¿No era lo más natural que Bolívar y Sucre desearan esto e hicieran esfuerzos por conseguirlo? "En Colombia amaban justamente aquellos hombres, la obra de sus sacrificios y de sus proezas. Dividirla valía para ellos tanto como borrar un nombre glorioso; despedazar un territorio vasto, magnífico, repleto de riquezas, fecundo en esperanzas de prosperidad y de grandeza, y por fin entregar sus fracciones a la irregular oscilación que se notaba en todos los de América, donde las ideas de un demagogismo frenético habían deshonrado la causa de la libertad y HECHO MAS PERNICIOSA QUE UTIL LA CON­QUISTA DE LA INDEPENDENCIA". ¹

De los militares colombianos, llamados bolivianos, puede decirse lo mismo: esa era la idea que nos arras­traba hasta a hechos reprobables. Teníamos ciertamente afecto, veneración personal por nuestro antiguo jefe que nos había conducido a la victoria, ilustrando el nombre de la República, que mirábamos como un deber conser­var; pero nuestro bolivarianismo consistía no en esto, sino en que considerábamos a Bolívar como el repre­sentante del principio de unión y como el hombre que con más probabilidades podría hacerlo triunfar. En Su­cre veíamos un sucesor de, Bolívar, en influencia y en capacidad, en prestigio y ascendiente, en el caso, que juzgábamos inminente, de que aquel faltara; y como los partidarios de la disolución de la República temían más a Sucre, en todo el vigor de la edad viril, que a Bo­lívar gastado y moribundo, empleaban para con éste el ultraje que debía acelerar su fin, y afilaban para aquel el puñal del asesino. Esta es historia, esta es la verdad, no es declamación, no es calumnia.

 

1 | Baralt y | Díaz.  

 

  VII
 

 

En la tarde del 2 de junio (1830), el general Sucre con el señor García Tréllez, sus dos asistentes, un criado del señor García, y dos arrieros que conducían cuatro cargas de equipaje, llegaron al Salto de Mayo, a la casa de José Eraso, especie de tambo pajizo cercado, donde dormían amos, criados, pasajeros, hombres y mujeres, sanos y enfermos, y algunos animales domésticos; y en aquella pocilga pernoctó inquieto el general Sucre con sus compañeros. Y así tenía que ser, porque en tres le­guas a la redonda ningún viajero podía encontrar un techo hospitalario donde descansar un rato, y situada esta zahurda al borde mismo ¿el despeñadero por donde se baja al puente del río Mayo, en un punto preciso, inevitable, todo el que iba de Popayán a Pasto, o vice­versa, tenía que tocar con Eraso, y siendo de tarde, forzoso era pedirle un rincón, y una |barbacoa para pa­sar la noche. Hombre de baja extracción, indio de ins­tintos salvajes, avezado al crimen, antiguo guerrillero realista de los conmilitones del general Obando, presen­tado a la República a fines de 1827, rodeado de deser­tores y soldados licenciados del ejército todos armados, calificado de salteador de caminos; era Eraso en aquel sombrío despoblado una amenaza para los pasajeros, que temiendo ser robados o asesinados, compraban su seguridad con regalos ya espontáneos, ya solicitados. Su aspecto siniestro, el de su mujer, que montaba a caballo a horcajadas como hombre, con sable ceñido y pistolas cargadas en pistoleras de cuero de tigre; el de sus com­pañeros, que llamaba sus jornaleros, negros o indios, sucios, de tosco semblante y torvo mirar; todo inspira­ba en aquella forzada |pascana un terror que quitaba el sueño al hombre más fatigado. Y ese Eraso era teniente coronel y comandante de las milicias de aquellos con­tornos, que se llamaban "la línea de Mayo", nombrado, sostenido y mimado por el general Obando.

El general Sucre fue pródigo en obsequios con aque­lla gente, y dando gracias a Dios de haber amanecido con vida, se puso en marcha. con su pequeña comitiva en la mañana del 3 dejando a Eraso en su casa, apa­rentemente tranquilo y satisfecho. A las diez de la mañana llegó Sucre a "La Venta", caserío pajizo situado a poca distancia de la boca de la montaña de Berrue­cos, a tres leguas del Salto de Mayo, y encontrando allí a Eraso, le dijo en extremo sorprendido: "Usted debe ser brujo, pues habiéndole dejado en su casa y no ha­biéndome usted pasado en el camino, le encuentro aho­ra delante de mí". Las respuestas entrecortadas y ambi­guas de Eraso, lejos de tranquilizarle aumentaron la in­quietud que le causó la vista de aquel hombre allí, sin saber cómo ni por dónde se le adelantara.

Sucre, desconcertado, hizo alto, pidiendo albergue en la mejor casucha del villorrio, el que le fue conce­dido.

Pocas horas después se presentó allí el también comandante Juan Gregorio Sarria, como Eraso hombre más que vulgar, su antiguo compañero en las guerrillas realistas del tiempo de la guerra de la independencia, de más confianza que el mismo Eraso para el general Obando, a cuyo influjo debía ser comandante de caba­llería en 1830, no siendo más que alférez de milicias en las guerrillas españolas en 1823 cuando se pasó.

Sarria fue el azote de la comarca de Timbío, Pais­pamba, caseríos inmediatos, y haciendas hasta Popayán, antes como realista y después en las guerras civiles. Hombre de formas atléticas, fuerzas hercúleas, color blanquecino (mestizo), talla más que mediana, anchas espaldas, pecho alto, lampiño, ojos pardos, mirada cau­telosa, su presencia no inspiraba el horror instantáneo que causaba la de Eraso, pero tampoco inspiraba con­fianza. El corazón de Eraso se comparaba al de un ti­gre; el de Sarria al de un hombre pervertido, bien que yo no sé cuál de las dos cosas sea peor.

En el carácter de Sarria se notaba un contraste que indicaba haber recibido en su infancia POR UNA MADRE | algunas inspiraciones piadosas de que se resentía aun después de haberse corrompido en la feroz guerra de la independencia, y en las civiles que la sucedieron, ha­ciéndose cruel por hábito y no porque lo fuera natural­mente. Supersticioso más que religioso, como lo son en general los hombres ignorantes, llevaba a su cuello un medallón con la imagen en tosca pintura de Nuestra Se­ñora del Carmen, con el que se santiguaba cuando empapaba las manos en sangre humana, o mandaba asesi­nar a lanzadas a los prisioneros. Una ocasión, celoso de su mujer sin fundamento, cogió al joven de quien sos­pechaba que la galanteaba, lo amarró de pies y manos en una cama y lo mutiló como el tío de Eloísa hizo con Abelardo. Se le siguió causa por esto, y dijo que la Vir­gen le inspiró aquello, pues su intención fue matarlo, y que él rogó a Nuestra Señora que le diera |buena mano para que un se muriera el paciente. Este infeliz joven, a quien conocí, bastaba que oyese el nombre de Sarria para que le dieran convulsiones.

Cuando yo fui a Popayán en 1832 con el mismo ge­neral Obando, estaba Sarria oculto, porque tres días antes había maltratado con cinco heridas a su mujer. Estas cosas sucedían en la ciudad de Popayán, capital del departamento, residencia de las autoridades y tribu­nales superiores; pero Sarria, Eraso y otros de iguales condiciones, gozaban de la más completa impunidad, pues el general Obando los cubría con su égida, y nadie se atrevía a arrostrar el peligro de incurrir en el enojo del poderoso magnate, procediendo contra unos hom­bres, por criminales que fueran, a quienes miraba y protegía aquel, como sus más decididos servidores. Con la llegada del general Obando pudo Sarria salir.

Sin embargo, Sarria, de vez en cuando, era generoso, perdonaba y agradecía los beneficios que hubiera reci­bido. En las guerras robaba abiertamente los ganados de las haciendas que él llamaba botín, pero daba limos­na y socorros a cuantos pobres veía, diciendo que así debían hacer todos los cristianos, porque si no se les quitaba a los ricos para dar a los pobres, éstos morirían de hambre, pues aquéllos tenían muy duro el corazón.

Otra diferencia notable había entre estos dos hom­bres de tan espantosa nombradía en aquellos contornos. Eraso era cobarde, Sarria era valientísimo. Yo no he conocido en estos últimos tiempos más que un hombre que le igualara a caballo lanza en mano: el teniente co­ronel Pedro José Carrillo, que murió a mi lado el in­fausto 18 de julio de 1861.

 

VIII
 
 

"La presencia de dos enemigos semejantes, de los cuales uno se ha dejado algunas leguas atrás y luego se les encuentra por delante reunido el uno al otro, sin haberle visto pasar, y habiendo sido necesario que to­mase un largo rodeo para hacer aquel camino, no era cosa que el pasajero podía ver con indiferencia".¹ | En efecto, viendo allí el general Sucre a estos dos hombres aparecidos, como por arte infernal, se alarmó sobrema­nera, y en lugar de continuar su marcha, tomando algu­nas precauciones, teniendo como tenía tiempo de pasar la montaña de Berruecos, y llegar al poblado del otro lado, haciéndose preceder de algunos vecinos que hicie­sen el oficio de exploradores; desconsertado insistió en quedarse en la venta, dando así tiempo a que los asesi­nos se acordaran y preparasen el golpe con desahogo, con precauciones para no ser descubiertos, y tomando medidas que lo hiciesen seguro. Un hombre de la previ­sión de Sucre, tan afortunado en la guerra por la exactitud con que calculaba lo que el enemigo hiciera, para prevenirlo, ¿cómo pudo ofuscarse de tal modo?

En su conturbación creyó evitar el peligro domesti­cando las fieras que le acechaban, y convidó a Sarria y a Eraso a tomar una copa de brandy, a que le acom­pañasen a comer y a que se quedasen aquella noche en La Venta. Ambos, aceptando el licor a que eran en ex­tremo aficionados, rehusaron lo demás, pretextando Sa­rria que iba en comisión urgentísima, que llevaba seña­ladas las paradas en su itinerario y no podía detenerse un momento en ninguna parte, y Eraso, que tenía que volverse a su casa; y uno y otro se pusieron en efecto, acto continuo, en marcha para el Salto. Si Sucre, aleja­dos aquellos hombres siniestros, hubiera continuado su marcha, se habría salvado; pero ya más confiado no lo hizo. Algunas veces creo yo que los turcos tienen razón de ser fatalistas.

Sin embargo tomó algunas precauciones para pasar la noche en La Venta. Hizo cargar sus pistolas, las del señor García Tréllez y las carabinas de sus dos asisten­-

 

1 | A. J. Irisarri.  

| 
 

tes y del criado del señor García, y estuvieron todos vi­gilantes durante la noche, acompañándolos el señor Ma­nuel de Jesús Patiño, comerciante que venía de Pasto, y habiéndose encontrado con Sarria en la montaña de Berruecos, llegó con él a La Venta. El señor Patiño pre­guntó a los viajeros dónde habían dormido, y habién­dole contestado que en el |Salto de Mayo dijo: "Ustedes viven de milagro, han dormido en medio de asesinos"; y aunque pudo seguir se quedó a acompañarlos.

 

 

IX
 

 

La aurora del 4 de junio, apareciendo clara, resplandeciente, disipó los temores de los viajeros; el sol, mostrando su inmenso disco rojo, como un globo de sangre, no sobre el horizonte que allí no hay, sino levantándose detrás del negro perfil de la funesta montaña, derramó en su corazón una engañosa confianza. Sucre, creyendo que todo peligro había pasado, | se puso en marcha con sus compañeros, cerca de las ocho de la mañana, en este orden: delante los arrieros con Francisco Colmena­res, uno de sus asistentes; seguían a éstos el señor Gar­cía Tréllez y su criado, y tras ellos inmediatamente el general y su otro asistente Lorenzo Caicedo. A poco más de media legua de camino del punto de donde habían partido, en una angostura barrealosa y difícil, sale del enmarañado laberinto de corpulentos árboles y es­pinosas malezas un tiro de fusil. "¡Ay! ¡balazo!..." exclama el general Sucre, y no habían acabado sus la­bios de pronunciar esta su última palabra, cuando parten tres tiros más de un lado y otro del lóbrego sendero, y el inmaculado gran Mariscal de Ayacucho, a los treinta y siete años de edad, cae atravesado el cora­zón, sobre el hondo lodazal de aquel oscuro, tenebroso y solitario bosque, escogido por mano oculta con fría y premeditada traición, sin odio, sin idea de venganza, y sólo por miras políticas, porque estas pasiones en nuestra América hacen de nosotros, antes tan mansos y benévolos, un pueblo de caribes.

El señor García, los criados y arrieros que iban por delante, a la detonación de los aleves tiros y al oír la exclamación de la víctima, creyéndose atacados por la­drones, picaron aterrados, al trote largo, y a poca dis­tancia les alcanzó, herido y sin, jinete el mulo que mon­taba el general. Con esto no les quedó duda que el cri­men se había consumado, y continuaron su marcha tan aceleradamente cuanto el mal camino lo permitía.

Caicedo, que seguía el último, se había atrasado a poca distancia, y oyendo los tiros corrió hasta el lugar donde encontró el cadáver de su señor, a quien amaba, y vio agazapados a los cuatro asesinos con fusiles o ca­rabinas, y uno de ellos con sable ceñido; por lo que espantado volvió riendas hacia La Venta. Los asesinos le gritaron dos veces, "¡párate Caicedo, no es contigo, párate!" lo que asustándole aún más, le hizo picar cuan­to lo permitía el lodazal de aquel infernal camino, y llegando anhelante a La Venta dio parte a gritos de la horrenda catástrofe. Eran las diez de la mañana. Tem­blante y consternado hizo diligencia para buscar quien lo acompañase a enterrar el cadáver, y no pudo conse­guirlo: el miedo lo impedía.

Hallábase en La Venta el capitán José María Bel­trán, conduciendo la caja y las municiones de reserva del batallón |Vargas, con una pequeña escolta, y en lu­gar de tomar medidas para ir en el acto a descubrir los asesinos, lo que hizo fue escribir a Eraso, al Salto de Mayo, recomendándole que viniera con gente para proveer a la seguridad de las municiones, avisándole lo que había sucedido en la montaña. El conductor de este papel llegó al Salto después de mediodía, y encontró a Eraso tocando guitarra; y Sarria, que no pudo quedarse en La Venta el día anterior porque dijo que marchaba en una comisión importante que no le permitía dete­nerse un momento, se encontraba todavía, más de vein­ticuatro horas después, a tres leguas, en casa de Eraso, sin motivo ni objeto conocidos para aquella sospechosa demora, y montando a caballo en el acto llevándose el papel de Beltrán, siguió para Popayán a escape.

En la tarde del mismo día llegó a La Venta un pasa­jero que venía de Pasto, y dijo haber encontrado el ca­dáver, que le había sacado el reloj, el que entregó al criado Caicedo, y aseguró que en todo el tránsito no había visto un solo hombre, sino a los compañeros del general, que habían seguido adelante. Con este aviso se animaron en La Venta y salieron el señor Patiño, el capitán Beltrán, Caicedo y uno de los arrieros de Bel­trán, precediéndoles Caicedo: al alcanzar éste a ver el cadáver, impresionado como estaba, creyó oír un ruido en el bosque y gritó: "ahí están los asesinos", a cuya voz volvieron aterrados a carrera a La Venta.

Al siguiente día, sabiéndose que no había gente en la montaña, se animaron el señor Patiño, Caicedo y otros a ir al lugar de la catástrofe, y encontrando el ca­dáver lo reconocieron. Tenía tres heridas mortales, y no le habían robado ni la bolsa en que llevaba algunas monedas de oro, ni nada de su vestido, lo que demostró más a las claras que el asesinato no se había cometido para robarle, y que se tuvo cuidado en que esto pare­ciera así.

Hay allí cerca un pequeño espacio desmontado que llaman La Capilla, sin haber capilla, en donde lo ente­rraron, poniendo sobre la sepultura una tosca cruz de madera: esa cruz, custodia sagrada de la tumba del cristiano en el bosque, en el desierto, en la humilde se­pultura del pobre, en el mausoleo del rico; madero sim­bólico que él sólo encierra toda una religión de caridad, de consuelo y de esperanza; esa cruz, que ha civilizado el mundo que la reconoce, abolido los sacrificios huma­nos, emancipado la mujer, desgraciada mitad del géne­ro humano, esclava antes y esclava aún en todas partes donde la sombra del madero emblemático no la pro­tege; esa cruz, que siendo en su origen instrumento bárbaro de afrentoso suplicio se ha colocado ella misma hace cerca de mil novecientos años sobre la corona de los reyes, sobre la tiara de los pontífices, sobre las to­rres y muros de las ciudades, haciendo tan estupendos milagros sólo con mostrarse bañada en sangre sacrosan­ta, en la mano de doce hombres oscuros, sin poder, sin ejércitos, sin letras; esa cruz, en fin, que dice al género humano: todos sois hijos de un Dios, todos sois iguales si sois virtuosos, amaos como hermanos, creed y es­perad!

El general López había salido de Neiva después que el general Sucre, para encargarse de la comandancia de armas de Popayán, por la ausencia del general Obando.

 

Sarria, que salió el 4 del Salto, después de mediodía, llegó a Popayán como a las tres y media o cuatro de la tarde del 6, habiendo andado treinta leguas por un mal camino, en menos de dos días, cuando del 3 al 4 no an­duvo sino las tres leguas de La Venta al Salto; y en­trando a la ciudad, al pasar por la tienda del señor Francisco Javier Cobos, le preguntó éste: "¿Qué nove­dad trae usted?" "No hay nada; ha muerto Sucre", fue la respuesta de Sarria, que sin detenerse se dirigió a casa del general López a darle la noticia.

En la mañana del 5 la recibió el general Obando en Pasto y la comunicó a Popayán al prefecto del depar­tamento, y al general Flórez en el mismo día, en los términos siguientes:

 

 

"NOTA OFICIAL | AL PREFECTO

|"República de Colombia - |Comandancia general

del Cauca.

"Cuartel general en Pasto, á 5 de junio de 1830.

"Señor Prefecto del departamento del Cauca.

| 

|"Ahora que son las ocho de la mañana acabo de re­cibir de la hacienda de |Olaya, en esta jurisdicción, una noticia que al expresarla me estremezco: ella es que el día de ayer se ha perpetrado un horrendo asesinato en a persona del general Antonio José de Sucre, en la montaña de La Venta, |por robarlo. El parte es tan informe, que apenas comunica el suceso sin detallar ningún par­ticular, sino que un tal Diego pudo escapar y fugar. En este mismo momento marcha para ese punto el se­gundo comandante del batallón |Vargas, con una partida de tropa, para que asociado con las milicias de Buesaco, siquiera el hecho, haciendo conducir el cadáver a esta ciudad para su reconocimiento. Al mismo tiempo ordeno | a este jefe que escrupulosamente haga todas las aver­iguaciones necesarias, y que tale esos montes y persiga los fratricidas hasta su aprehensión. Ellos probablemente deben haber seguido hacia esa ciudad, cuando se cree que los agresores han sido desertores del ejército el Sur, que pocos días ha he sabido han pasado por esta ciudad. El esclarecimiento de este inesperado su­ceso le es al departamento del Cauca y a sus autorida­des tan necesario, cuanto que en las presentes circuns­tancias puede ser este fracaso el foco de calumnias para alimentar partidos con mayores miras.

"Dios guarde a Usía.

"JOSE MARIA OBANDO"

 

 

 

"CARTA DEL GENERAL OBANDO AL GENERAL | FLOREZ

 

"Pasto, 5 de junio de 1830

 

Mi amigo: he llegado al colmo de mis desgracias: cuando yo estaba contraído puramente a mi deber, y cuando un cúmulo de acontecimientos agobiaban mi al­ma, ha sucedido la desgracia más grande que podía es­perarse. |Acabo de recibir parte que el general Sucre ha sido asesinado en la montaña de La Venta, ayer 4. Míreme usted como hombre público y míreme por todos aspectos, y no verá sino un hombre todo desgraciado. Cuanto se quiera decir, va a decirse, y yo voy a cargar con la execración pública. Júzgueme usted y míreme por el flanco que presenta siempre un hombre de bien que creía en este general el mediador en la guerra que actualmente se suscita. Si usted conociera esto con toda su frente, usted vería que este suceso horrible acaba de abrir las puertas a los asesinatos; ya no hay exis­tencia segura, y todos estamos a discreción de partidos de muerte. Esto me tiene volado; ha sucedido en las peores circunstancias y estando yo al frente del depar­tamento: |todos los indicios están contra esa |facción eterna de la montaña: quiso la casualidad de haber es­tado detenida en La Venta la comisaría que traía algún dinero; quedó ésta allí por falta de bestias, y es pro­bable hubiesen reunídose para este fin; pero como man­dé bestias de aquí a traerla, vino ésta y llegaría la par­tida cuando no había la comisaría, llegando a este tiem­po la venida de este hombre. En fin, nada tengo que po­der decir a usted sino que yo soy desgraciado con seme­jante suceso.

 

"En estas circunstancias, las peores de mi vida, he­mos pensado mandar un oficial y al capellán de |Vargas para que puedan decir a usted lo que no alcanzamos.

 

"Soy de usted su amigo,       

                                                     JOSE MARIA OBANDO"

 

Al comandante general de Quito le dice de oficio el mismo día que el inveterado malhechor Noguera había asesinado al general Sucre.

El prefecto del Cauca dio parte al Gobierno del su­ceso con un atraso notable, seis días después de haberse sabido en Popayán (el 12 de junio) en nota al secre­tario del interior, en la que dice:

"Señor: El día 6, con la venida del comandante Juan Gregorio Sarria, que vino de Pasto, conduciendo pliegos del señor comandante general avisando su en­trada feliz en aquella ciudad, dio parte el mismo Sarria que hallándose por el punto de La Venta, cerca del río Mayo, vino el criado del excelentísimo señor general Antonio José de Sucre, a pedir auxilio porque lo habían acometido en la montaña. Sarria con referencia al pro­pio criado decía que a su regreso lo había hallado muer­to. Esta noticia tan infausta, desgraciadamente se ha confirmado por el adjunto oficio del señor comandante general del departamento. (Es el que se vio arriba).

"Por comunicaciones posteriores de Pasto, y por las declaraciones recibidas aquí por la comandancia (el ge­neral López) resultan indicios o pruebas muy ciertas para creer que esta obra ha sido proyectada en el Sur y remitidos de allí los asesinos. Lo cierto es que los autores de la separación del Sur, temían que fuera el señor general Sucre, porque les trastornaría su plan y aun este fue el motivo de haberla precipitado".

 

 

X
 

 

Bajo estas diferentes fases, se anunció la noticia del nefando suceso, y circuló por todas partes.

Por la imprenta se acusó al general López de haber cometido la imprudencia de decir al recibirla que "si

el asesinato no se hubiera perpetrado en la provincia de Popayán lo habría celebrado con un banquete", y otra mayor, la de malquistarse con el señor Rafael Mosquera, que invitó a los ciudadanos por papeletas impresas, a llevar unos días de luto en señal de senti­miento y de aprecio a la memoria de la noble víctima, tan bárbaramente sacrificado; y López, dando muestras de irritación por esto, circuló inmediatamente otras pa­peletas semejantes, haciendo la misma invitación en ho­nor y memoria del general Córdoba, muerto un año an­tes combatiendo contra el gobierno que él, tanto como el que más, había contribuido a establecer.

Los periódicos liberales anunciaron la noticia en la capital con las mismas palabras de Sarria al llevarla a Popayán: "muerte de Sucre", como si se tratase de la muerte de un perro.

El honrado Presidente Mosquera se afectó hasta caer enfermo, y mandó por un decreto que los generales, j e­fes y oficiales del ejército llevaran luto riguroso por ocho días, lo que se cumplió en los departamentos del Centro. Pero la sensación que causó la terrible nueva en todos los hombres de bien, verdaderos patriotas, tan­to en el Ecuador como en Nueva Granada y Venezuela, fue profunda, inmensa; y los comentarios, acrimina­ciones, injurias recíprocas que ella produjo, hicieron crujir las prensas por todas partes, deslindando con foso más hondo los partidos.

La carta del general Obando al general Flórez fue contestada de oficio en términos terribles por el secre­tario de gobierno de la nueva república del Ecuador.

La prensa de todos los departamentos en ella, se des­ató haciendo inculpaciones aterradoras al general Oban­do, y en un manifiesto se publicaron extractos de tres cartas anteriores de aquel general, a su basta entonces íntimo amigo el general Flórez. En la primera de éstas decía Obando a Flórez: "Pongámonos de acuerdo, don Juan: dígame si quiere que detenga en Pasto al general Sucre, o lo que debo hacer con él; hábleme con fran­queza y cuente con su amigo"... En sus |Apuntamientos para la historia confiesa Obando haber escrito esta car­ta a Flórez a fines de febrero, pero dice que lo hizo con referencia a unos informes que el coronel Ayaldeburre

le dio sobre planes del general Sucre de separar los departamentos del, Sur y agregarlos al Perú. En la segun­da le escribía lo siguiente:

"A... lleva a usted un recado preventivo de las mi­ras de don Antonio José, de un diputado del Sur. Usted, usted, y sólo usted, debe contar con mi amistad, per­suadirse de la posición de ambos y que nuestra íntima, buena y franca inteligencia mantendrá la común tran­quilidad y futura felicidad: no se desvíe de mi amistad, que el peligro es más grande de lo que se piensa. Si las cosas se ponen de peor data, quería hablar con usted; para ello, yo iría a Tulcán si a usted le parece; pero de un modo tan privado, que sólo usted y yo sepamos nuestro viaje, de otro modo no convendría". En la ter­cera se expresaba así:

"A... y un comandante G.... que van para ésa impondrán a usted de mil cosas que son utilísimas a usted para su conducta: ambos llevan a usted advertencias de amigos que no lo engañan, y que le dirán que el general Sucre lleva la intención de sustraer al Sur, y ponerse bajo la protección del Perú. Si no estuviéra­mos viendo todos los días mil fenómenos, yo no me atrevería a creer semejante perfidia. Cuide usted mucho de esto, y cuente con el Cauca y con mí mismo para estorbar tal suceso".

Con fecha 18 de mayo (1830) escribió el mismo ge­neral Obando, desde Popayán, al general Pedro Mur­gueítio a Cali, entre otras cosas, lo siguiente:

"Otro riesgo vamos a correr con el regreso del ge­neral Sucre. Este general ha ofrecido que si la Repúbli­ca se separa, sustrae al Sur y se pone bajo la protec­ción del Perú. ¿Qué le parece a usted este golpecito? Vaya, mí amigo, se prostituyó Colombia. Tenga usted mucho cuidado con ese señor si viene por ahí, y |haga que venga por esta plaza".¹

 

 

 

1 | Esta carta la publicó el general Murgueítio en 1841 en un manifiesto sobre los acontecimientos del Cauca en 1830.  

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