INDICE

 




 CAPITULO TRIGESIMOPRIMERO  

 

I
 

 

Describí con la mayor exactitud el motín del bata­llón |Granaderos y del escuadrón |Húsares de Apure, con todos los incidentes de aquel día, que amaneció tan nublado y concluyó disipada la tempestad. Viven dos de los ministros del vicepresidente Caicedo, viven varios militares, viven algunos diputados al Congreso que pudieran desmentirme si yo hubiera alterado la verdad; escrita está por el señor Restrepo la historia, aunque diminuta y superficial, de aquel suceso. Veamos en com­pendio la versión que hicieron de él, con imprudencia irritante, los llamados liberales.

En el número 4º de |La Aurora del 10 de mayo se lee lo siguiente:

EL GENERAL BOLÍVAR O LA ASONADA DEL 7 DE MAYO.

Tenemos el dolor de anunciar a nuestros lectores el acontecimiento más escandaloso que haya podido presentarse en el teatro de nuestra revolución, y que aca­bará por convencer a los incrédulos, si es que los hay, de los nefandos crímenes del general Bolívar. Este hom­bre, separado del gobierno por el voto unánime de toda la República, no pudo ver con impavidez que se arran­case de sus manos el cetro de hierro con que pretendía convertirnos en miserables esclavos, y con que nos ha­bía destituido hasta del derecho de pensar. Apenas nom­bra el Congreso los altos funcionarios de la República, y le manifiesta que han cesado esas facultades escanda­losas que él mismo se había usurpado, cuando trama la más negra traición contra el gobierno establecido legalmente".

Ya les convenía empezar a decir que ese gobierno, que había establecido el Congreso que declararon desde

el principio hasta el fin, sin misión legítima, era un gobierno legal. Pero continuemos el extracto del articu­lo de la rabiosa |Aurora.

"El día 4 ---sigue- tuvieron lugar las elecciones, y el día 7 estalló la funesta conspiración dirigida a asolar esta ciudad con el fuego y con el hierro, a con­vertirla en teatro de horrores y a que le sirviese por segunda vez para plantear desde ella el más horrendo despotismo. La víspera de este día fatal dispuso la rebelión de los cuerpos veteranos que guarnecían la ciu­dad, y con este objeto pasó por la noche, asociado de otras personas, al cuartel del batallón |Granaderos en donde, después de haber hecho prender a los dos comandantes del cuerpo, que por su honradez conocida no podían tomar parte de aquel proyecto, encargó el mando de él al general Portocarrero y arengó a la tro­pa ofreciéndole el SAQUEO de la ciudad como concu­rriese a sus planes. Estos se reducían a formarse los dos cuerpos al amanecer del día siguiente, amenazar e intimidar a los habitantes de Bogotá, proclamarlo dic­tador y en seguida inmolarlos a todos a su venganza..

"A las cinco de la mañana del día 7 toda la tropa reunida y municionada comenzó a amenazar la seguri­dad pública, y se disponía a salir de la ciudad, pues tal era el pretexto que se había abrazado para paliar el crimen".

Aquí por una nota confiesa el articulista que "el general Portocarrero dirigió desde muy temprano una representación al Gobierno manifestándole que el bata­llón |Granaderos estaba dispuesto a marchar a Venezuela, porque sus individuos eran todos venezolanos y aquí sé les trataba de extranjeros".

Con solo esto manifiesta el periodista el objeto del movimiento, y queda desmentido lo que está diciendo. Sigue hablando de las medidas que tomó el Gobierno, del entusiasmo de la población, de la reunión de las milicias; supone que se juntaron dos mil hombres en la plaza, se extasía con la decisión de los jóvenes por combatir, y dice que si no hubieran sido contenidos por los jefes, se habrían precipitado a escarmentar a esos mercenarios que, llenos de pavor con los gritos de alarma que asegura "resonaban por todas partes y con la heroica disposición que manifestaba la juventud, no

se atrevieron a llevar al cabo sus proyectos".

Este disparatorio también lo desmiente la represen­tación elevada "desde muy temprano" al Gobierno an­tes de la alarma y con estarse "disponiendo a salir de la ciudad los cuerpos", como lo confiesa el mismo acusador; y más todavía con la actitud pacifica de los suble­vados, que se reían de la bulla y bravatas de los concu­rrentes a la plaza.

"El Gobierno -continúa el articulista-, inocente de la parte que en esto tuviese Bolívar, le manifestó la necesidad que había de que con su influjo contuviese aquel desorden; pero este traidor protestó que no lo haría, porque no era ya jefe de la República, y sabo­reándose en su crimen, esperaba ansioso el momento de verlo completamente perpetrado..."

"El general Bolívar -sigue diciendo el escritor---, a quien Portocarrero dejó una guardia de cien hombres, marchó con dirección a Cartagena el día 8, y no se ignora que su plan es pasar a Ocaña, a donde también debe ir aquel por diferente vía a reunirse con otros cuerpos que establecerán allí el cuartel general de Bo­lívar, con el objeto de minar toda la República y de hacernos la guerra para destruírnos y destruír también a Venezuela...

"El es ya un traidor declarado, un faccioso, un ene­migo del Gobierno..."

En el número 2º del |Dernócrata de 20 de mayo se refiere el suceso con igual ultraje a la verdad, pero con un poco más de miramiento. El |Demócrata no afirma, se escuda detrás del alevoso "se dice" y cómo sostenerse la inicua inculpación de que Bolívar estuvo en el cuartel de |Granaderos la noche del 6 al 7 era ya imposible, supone que algunos que negaban el hecho, confesaban que estuvo en vela toda la noche, y anduvieron oficiales y edecanes, y el mismo Portocarrero, del cuartel a su casa y de ésta al cuartel, lo que es tan falso como lo primero. El comodín "se dice" ha probado Larra que es el más propio para falsearlo todo, dejándose una retirada cuando la verdad se aclara y la impostura se muestra. "Algunos aseguran", es otra frase usual y convenida entre los acusadores que carecen de pruebas; pero la historia la rechaza. En otra calumnia, más fá­cil de desmentir, estuvo afirmativo el |Demócrata, co­piando a su cofrade |La Aurora, y fue la de que el Li­bertador, invitado por el Gobierno para ir a los cuar­teles a sofocar el motín, se negó a ello.

 

II
 

 

Después de treinta y tres años, hierve la sangre y el ánimo se excandece al leer estas absurdas inculpaciones. Al mismo tiempo que los escritores liberales derramaban con tal profusión el ultraje sobre el hombre inocente, a quien más que a otro alguno debieran la libertad de hacerlo impunemente, la columna sublevada continuaba su marcha a Pamplona en el mayor orden, respe­tando las autoridades en todo el tránsito, no dando ni colectiva ni individualmente el menor motivo de queja, y llegados a dicha ciudad se pusieron a las órdenes del general que mandaba la división allí estacionada. Este general estaba ya en negociaciones con el general Mariño para ir a unírsele y pasar a Venezuela, que era la decisión de los militares venezolanos que se encontraban en los departamentos del centro, y lo único que pensa­ban. En efecto, el 27 de mayo llegó la columna a Pam­plona, y el 2 de junio se reunieron todas las tropas en Cúcuta al ejército del general Mariño, y hasta entonces no repasó este general la línea con su ejército.

El Libertador, que había continuado su viaje agra­vándose día por día, llegó a Turbaco cuando sus calum­niadores denunciaban al mundo que iba a Ocaña a po­nerse a la cabeza de las tropas, hacer la guerra a Ve­nezuela, degollar liberales allá y volver a degollarlos acá.

La indignación que causaron generalmente, aun en algunos liberales honrados, tan groseras como estúpidas mentiras, produjo respuestas agrias rebatiéndolas. En Cartagena lo hicieron en |La Gaceta y otros papeles, y los partidos, prodigándose recíprocamente el insulto, se enconaban más y más, se agitaban, y se encaraban con la hiel en el corazón y el acero en las manos.

 

El Libertador, que había sufrido en silencio las in­jurias más soeces con que en Venezuela y Nueva Gra­nada pretendían los liberales de allá y de acá difamarlo, no pudo hacerse indiferente a estas últimas, y de Tur­baco, de donde el fatal estado de su salud no le había permitido pasar, escribió al general Caicedo una sentida carta, en la que entre otras cosas le decía (con fecha 1º de junio).

"Todavía me tiene usted aquí porque no he recibido el pasaporte que usted me ofreció, a pesar de que han venido muchos amigos y dos correos después de mi sa­lida. De Mompós recordé a usted de nuevo este olvido, pues es imposible que verifique mi marcha sin el per­miso del Gobierno. No hay un. solo documento por el cual conste que puedo salir de Colombia, así es que' tendré que esperar aquel hasta que lo reciba. Mientras tanto estaré impaciente y molestísimo con su retardo, pues las desgracias se multiplican y las calumnias con ellas.

"Ultimamente ha venido una |Aurora (el número 4º), llena de groserías infames, y cuando yo estoy tra­bajando noche y día en mantener el orden y predicar la unión, se me supone un vil conspirador. A NADIE CONSTA MAS QUE A USTED LO QUE HA PASADO EN BOGOTA CON EL BATALLON GRANADEROS, y por lo mismo yo es­peraba que no se me dejase calumniar impunemente.

"Al general Flórez le he escrito por el Istmo, repi­tiéndole mis consejos por la unión con Cundinamarca y la obediencia al Gobierno. Después me corresponde­rán esto con nuevas calumnias.

"No será extraño que sucedan mil diabluras, y que también se me atribuyan, por lo cual ruego a usted nuevamente que me envíe cuanto antes mi pasaporte para salir del país.

"Nada sabemos de Silva ni de las tropas que estaban en Pamplona. Suponemos que se habrán ido para Ve­nezuela..." ¹

 

l Era prohibido por la Constitución, al ciudadano que hubie­ra ejercido el Poder Ejecutivo, salir del territorio de la Repú­blica hasta un año después de haber terminado su periodo.    

 

Esta carta se publicó en Cartagena y se reprodujo aquí en el número 5º de |El Baluarte con un valiente artículo dirigido al editor de |La Aurora, refutando pun­to por punto las falsas imputaciones, no sólo del núme­ro 4º, sino también otras iguales o peores del número 12 de dicho periódico. Transcribiré de aquel artículo los siguientes párrafos:

"Toda la ciudad sabe que es falso cuanto usted ha dicho sobre este particular (sobre que Bolívar estuvo en los cuarteles la noche del 7) y su mayor parte se hallaba irritada con las nefandas mentiras que usted publica. Lo desafiamos a usted a que nos cite un solo testigo que asegure que el Libertador fue al cuartel de |Granaderos en aquella noche, y nos damos por vencidos.

"Para que se vea la mala fe, o sea la ligereza con que usted habla cuando trata del Libertador, le des­mentiremos un hecho que trae usted en el mencionado artículo de su |Aurora número 4º. En él dice usted:

"El Gobierno, inocente de la parte que en esto tu­viera Bolívar, le manifestó la necesidad que había de que con su influjo contuviese aquel desorden; pero este traidor protestó que no lo haría, porque no era ya jefe de la República, y saboreándose en su crimen, espera­ba ansioso el momento de verlo cumplidamente perpe­trado".

"¡Asombrosa imprudencia! (continúa el artículo de  El |Baluarte. Nosotros estamos seguros que en aquella mañana se ofreció el Libertador al Gobierno, por medio le su edecán Diego Ibarra, para ir personalmente a contener la insurrección. El excelentísimo señor vice­presidente puede atestiguar la verdad de este hecho, como también decir que el motivo por que no acepto la oferta fue el de no comprometer más la dignidad del Gobierno y del mismo Libertador empeñándose en tra­tar con una facción militar. Si en esta parte, pues, ha mentido usted tan groseramente, ¿qué derecho tiene us­ted a esperar que se le crea en las demás imputaciones con que usted calumnia al Libertador?"...

El Gobierno fue, como se ha visto, provocado por el Libertador apelando noblemente a su testimonio; lo fue por los escritores públicos, a desmentir oficialmente las falsas aseveraciones de los escritores liberales. Así hubiera debido hacerlo por su propio honor y, ¿que hizo?, las desmentía de palabra, pero ya no se atrevía a arrostrar el enojo del partido audaz que contemplaba. Mas los calumniadores no cayeron en cuenta que actos de la mayor solemnidad los desmentían mejor de lo que pudieran hacerlo las palabras. Ellos reconocían hon­radez y patriotismo en el Vicepresidente, en sus minis­tros, en algunos diputados al Congreso: si, pues, hu­bieran sido ciertos los terribles cargos que se hacían a Bolívar, ¿ cómo se explicaría que el Vicepresidente, los ministros, el Arzobispo y gran número de ciudadanos de la más alta respetabilidad le hubiesen, un día des­pués, presentado la exposición firmada por ellos, tan honrosa y tan esforzada en expresiones de gratitud? ¿Cómo se explicaría que los diputados del Congreso todos, hubieran aprobado en tercer debate el decreto en igual sentido y conservádole su pensión, que fue acordado unánimemente? Lo natural era que la impro­bación más enérgica se hubiera dado a los actos de que se acusaba a Bolivar, retirándose el primer docu­mento, y negándose a lo menos por algunos votos el se­gundo. Siendo ciertos, tales hechos, debieron ser públicos, y eran el Gobierno y los miembros del Congreso quienes debían saberlos con precisión.

 

III
 

 

A pesar de las condescendencias con que iba el Go­bierno entregándose a los liberales, cuyo número au­mentaba con los de la |víspera y del día siguiente, en su calidad de desengañados y arrepentidos; a pesar de que el Vicepresidente indicó desde su primera proclama que seguiría una política conciliadora, se veía censurado y contrariado por sus actos de imparcialidad, porque el partido liberal no admite concesiones a medias, exige la plenitud del poder, los empleos, los contratos, los rema­tes, todo en fin para él, o mejor dicho para ellos. Los antiguos servidores debían conformarse con que se les dejara vivir, y debían agradecer tan insigne favor; co­mo aquel gran visir turco que alababa los sentimientos humanitarios del sultán diciendo a un embajador ex­tranjero en prueba de ello:

"Debo a mi gracioso soberano el conservar mi cabe­za sobre los hombros, pues su alteza tiene el derecho y el poder de hacer cortar la de sus vasallos cuando le plazca".

Puede creerse que yo exagero apasionado, y que se repita: "calumnias de los conservadores"; debo pues comprobar mi aseveración. Secundando |El Demócrata a |La Aurora en sus censuras al Gobierno, dice en un largo artículo de su número 3º entre otras cosas lo si­guiente:

"Por fortuna la revolución que acaba de hacerse entre nosotros y se consumó en toda Colombia es por la Libertad, deidad generosa e indulgente... Por for­tuna su explosión sólo hizo volar el coloso fatal del poder absoluto, sólo hizo estremecer a los que, despo­jando a la libertad de sus ornatos, trazaban sobre ellos el sacrílego plan de un trono ignominioso; |todos viven a pesar de su crimen... Pero si la humanidad no ha he­cho |respetar las vidas de los motores, encubridores y auxiliadores de los indignos proyectos liberticidas; aten­diendo a los intereses del pueblo, no menos que al mé­rito de tantos que han sido fieles servidores de la patria, y de otro lado al castigo que merecen aquellos, nos atre­vemos a manifestar opiniones que no se conforman mu­cho con las providencias del Gobierno".

Esto es claro y deja comprobado mi dicho. Siguen haciendo una amarga censura de algunos nombramien­tos de empleados, de la conservación de otros; pero co­mo es demasiado largo aquel artículo, bastará para que se forme juicio el siguiente párrafo:

"El general Herrán (dicen) aunque tenga un cora­zón humano, y otras cualidades personales igualmente recomendables, es capaz de sacrificar, quizá de buena fe, intereses públicos a lo que él llama su gratitud al Libertador. Prescindiendo de hechos anteriores, que que­remos olvidar, recientemente ha dado una prueba de que no era vana la desconfianza con que los liberales lo veían continuar ejerciendo el ministerio de la guerra. Nos referimos a la orden que dio para levantar en Honda un empréstito destinado a los gastos de viaje de Bo­lívar, no debiendo abonarse a este general otros auxilios que los que le corresponden por los reglamentos de ba­gajes; él dispuso que se le diese un costoso y suntuoso equipo, y a este fin mandó extorsionar a aquellos dig­nos colombianos ostentando generosidad y gratitud a costa del bolsillo ajeno, y a pesar de esto conserva to­davía destinos de confianza".

¡Cómo se pinta en esta ruin censura el partido libe­ral! ¡siempre el mismo! No es cierto que el general. Herrán dispusiese nada sobre los pormenores de los que hubiera de hacerse en Honda para el viaje del Liberta­dor. Siendo yo el encargado de esto, sabía el general Herrán que no tenía nada que prevenir. La autorización que me dio como ministro de guerra fue sencilla y con­traída a procurar un empréstito voluntario para los gas­tos de viaje del Libertador, si no había fondos en la tesorería de Honda. En lo que yo dispuse para que Bo­lívar lo verificara con la dignidad que correspondía, obré por mí mismo, no sólo por rendir un tributo al ilustre proscrito, que se alejaba de la Patria que había salvado, de la República que había fundado, sino por obrar como quien era yo.

 

Además de vileza en esta censura había también malignidad en hablar de extorsiones, tratándose de un miserable empréstito voluntario de unos mil doscientos pesos, que los hondanos se apresuraron a dar con com­placencia. Y ¿qué delito era éste para que causase ad­miración el que un general en quien se reconocían "cua­lidades recomendables" conservara destinos de confian­za? Continúan en aquel peregrino artículo criticando acremente algunos nombramientos de gobernadores, por­que éstos no eran hijos de la provincia que iban a go­bernar, cuyos intereses suponen que no conocían los nombrados, y dice:

"Contra estos principios choca el nombramiento que se ha hecho del señor Villoria para gobernador del So­corro, dejando a un lado muchos socorranos con cuyos méritos él no puede competir".

El doctor Ramón Villoria, que vive, es conocido por su honradez, inteligencia y laboriosidad. Por esto puede

juzgarse de la naturaleza de la oposición que se hacía al nuevo gobierno; y sabiéndose que dos de los editores de |El Demócrata eran socorranos, se trasluce perfecta­mente el motivo de la censura.

Por último, continúa el artículo en que me ocupo con los conceptos siguientes:

"Diremos en resumen que nos parece poco agrada­ble para los que sufrieron por la catástrofe de 1828, ver hoy gozando de sus honores y sueldos a los mismos que se cebaron en oprimir a los inocentes proscritos. Estos y sus familias deben disgustarse..."

Lo que quiere decir que para el partido liberal no había más mérito que haber sido conspirador el 25 de septiembre de 1828. Las gobernaciones, los destinos, to­do debía entregárseles a ellos; y a esto se ha reducido siempre el liberalismo en nuestro país y quizá en toda la América española.

El general Urdaneta, que fue juez de los |inocentes proscritos, empezaba ya a ser ofendido de diferentes maneras. Bastaba ocupar algún empleo para ser califi­cado de servil, perseguidor de los dichos |inocentes pros­critos. La reacción, pues, se anunciaba perseguidora, vengativa, feroz, y el Vicepresidente, disgustado, siendo su poder transitorio, esperaba en la inercia la llegada del Presidente "para soltar la carga", como él decía.

El partido amenazado, a pesar de ser numeroso y fuerte, sufría garantías imponiendo a los turbulentos demagogos y gobernando con imparcialidad. En nin­gún tiempo fue más fácil una reconciliación de los par­tidos, a lo menos en los departamentos del Centro, o sea la Nueva Granada: el Congreso había terminado sus sesiones dando una Constitución republicana; Bo­lívar salía del país; se habían elegido dos magistrados supremos que los más exagerados de ambos partidos aceptaban; la disolución de la gran República, inevi­table ya, levantaba el estandarte granadino, a cuya som­bra protectora habrían podido acogerse y abrazarse todos; pero el partido liberal no quería sino venganza, considerarse sólo él triunfador, y como tal dominar exclusivamente. Sus escritos, sus censuras al Gobierno, sus exigencias lo dejan probado.

 

 

IV
 
 

El 12 de junio hizo su entrada en esta capital el nuevo presidente Mosquera, recibido por ambos parti­dos con demostraciones de contento y respeto: el uno esperando de él la protección a que tenía derecho; el otro proponiéndose atraérselo y dominarlo para opri­mir a su adversario.

"Era el señor Joaquín Mosquera natural y rico pro­pietario de la ciudad de Popayán; varón de gran saber, doctrina y probidad, justo y patriota. Poseía grandes do­tes oratorias a las que daba realce la compostura y na­tural gallardía de su persona. Y era tan aventajado en las prendas morales que, admirado sin envidia y ataca­do después sin odio, obtuvo respeto y estima hasta de sus propios enemigo. Pertenecía, en fin, al pequeño, nú­mero de hombres que habrían podido conservar la unión del Estado en medio del más completo desorden de las rentas, de la insubordinación de las tropas, de la divi­sión de los pueblos y de la ambición de los caudillos., si hubiera bastado la virtud sola para conseguirla". ¹

Es imposible delinear con más exactitud y con más justicia a un hombre. Sobre las eminentes dotes de sa­bio, elocuente, honrado, que adornaban al señor Mos­quera, a las que daba realce la riqueza que lo da a to­do, su noble presencia, la bondad y candor que se pin­taban en su bello rostro y en su dulce mirada; sus mo­dales aristocráticos, todo en él inspiraba un sentimiento de fuerte simpatía, a que ni el espíritu de partido podía resistir. Las exterioridades que impresionan favorable­mente a primera vista, son un don del cielo de más va­lor del que se piensa. Pero con todas estas cualidades, con todas estas ventajas físicas y morales, el señor Mos­quera por su carácter condescendiente, irresoluto, con­temporizador, cualidades que también abundaban en el general Caicedo, era el menos llamado a dominar la si­tuación: "faltábale la fuerza de espíritu necesaria para hacer frente a los sucesos y a los hombres en aquellos momentos de crímenes y desenfrenos"; faltábale energía para interponerse entre los partidos y contenerlos a to­-

 

1 Baralt y Díaz.

 

 

dos, sin inclinarse ni al uno ni al otro, que es el deber de los altos magistrados que lo son de la nación y no de banderías.

Cuando hablo de energía no se entienda que hablo de la que se practica y de la que se hace alarde en estos nuestros tiempos, para matar hombres inocentes al son del |bambuco, para robar con descaro nunca visto, para incendiar, para oprimir y ultrajar a ciudadanos beneméritos, a matronas respetables, al anciano, al sacerdote, a las vestales del SEÑOR: hablo de la energía que se funda en hacer respetar las leyes y el derecho de terce­ros en todo sentido, teniendo con mano firme la balanza del poder en equilibrio, sin dejar que su peso abrume al uno o al otro, sin ceder en fin a las exigencias de los partidos, sino resistiéndolas.

 

V
 

 

El señor Mosquera se sorprendió al recibir en Popa­yán la nota del Presidente del Congreso comunicándole su elección. Su primera idea fue no aceptar; pero las muchas cartas suplicatorias que recibió, entre ellas una del Libertador, le hicieron vacilar, Por otra parte consi­deró que habiendo el Congreso cerrado sus sesiones, no tenía ante quien excusarse, y se decidió asustado, desconfiando de sus propias fuerzas, manifestándolo así en su respuesta al Presidente del Congreso. En sus con­testaciones a los discursos que el Vicepresidente y autoridades locales le dirigieron en su recepción, se conocía que no era fingido el temor que le dominaba. Rebo­sando, empero, en buenas intenciones, y teniendo por necesidad que dirigir la palabra a la República, lo hizo el mismo día que prestó el juramento de posesión en una sentida proclama excitando a los partidos a la con­cordia. "El Congreso constituyente -decía- os ha dejado arbitrios legales de expresar la voluntad nacional por medio de diputados de vuestra libre elección. El Li­bertador de Colombia se ha retirado de entre nosotros para calmar a los amigos celosos de la libertad, ocul­tando sus laureles, y ha quitado todo pretexto al desor­den. Yo invoco a la patria y a la libertad para merecer que me escuchéis...

 

"Ciudadanos de todas las opiniones, unios por el interés de la patria: no miremos atrás. Los verdaderos amigos de la libertad no son los que experimentan una constante necesidad de movimiento. Que no se hagan revoluciones nuevas; que se termine la que está comen­ ¡Tiempo perdido! Estas palabras dictadas por el más puro patriotismo, que si hubieran sido atendidas habrían reanimado la patria moribunda, fueron califi­cadas de blasfemias por el partido liberal, que levanta el grito contra ellas, y poco faltó, si es que faltó, para que se hubiese declarado al señor Mosquera traidor. En el atrio, o sea el altozano de la catedral, hervían corrillos maldiciendo de la proclama, y la prensa se desaté contra ella, aunque con ciertos miramientos. Vea­mos algunos párrafos de un artículo de |El Demócrata, en que a pesar de sus precauciones para atenuar la acri­monia de su lenguaje, probará lo que acabó de expre­sar: Dice así:

"La. entrada de su excelencia el Presidente de la República en esta capital, tan deseada por todos los ami­gos de la libertad; el júbilo que se manifestó a su lle­gada y la confianza que se tiene en los principios, rec­titud, honradez y liberalidad de su excelencia, prometer una era de paz, de consuelos y de esperanzas. Es de creerse que varíe el giro de la administración, para inspirar más confianza y hacer el bien de los pueblos. Nosotros, atentos a sus pasos, diremos siempre con fran­queza nuestro modo de verlos y juzgarlos; y no duda­mos tener con frecuencia el placer de elogiar justamente sus providencias. Empero, la desgracia ha querido que rompiese su marcha presidencial con una proclama loa­ble a la verdad, en su mayor parte, llena de sentimien­tos patrióticos, emanados de un corazón puro y todo consagrado al bien de la patria; pero que, manchada con una frase demasiado honrosa para Bolívar, desma­ya, languidece y resfría mucho a cuantos la lean, con mengua, tal vez, de la inmensa confianza que goza el encargado del Poder Ejecutivo. Acaso se creerá que su excelencia es capaz de anteponer rancios respetos por aquel traidor, a los vivos intereses de Colombia. Noso­tros estamos muy lejos de pensar de esta suerte; pero sabemos el desagradó con que se ha visto, aun por los más íntimos amigos del señor Mosquera, su citada proclama.

"Por nuestra parte observamos que haber llamado a Bolívar Libertador, cuando está demostrado general­mente que sólo le conviene el dictado de traidor, es un insulto a la opinión pública, y decir que quiso ocultar sus laureles por quitar este pretexto al desorden, es un ultraje vergonzoso a los republicanos...

"¿Qué necesidad había de alabar a Bolívar diri­giéndose a los pueblos por la primera vez? ¿Para que abrir este campo de censuras que no son merecidas? Empero, nosotros esperamos los hechos: digan lo que quieran las palabras, según una máxima del mismo Bo­lívar. Sería sin embargo deseable que se hablase en el sentido de lo que se hiciese, para no engañar o produ­cir confusiones que, cuando menos, perjudican la vera­cidad de la historia.

"No podemos tolerar los respetos por Bolívar ni las contemplaciones con los boliveros. Nuestra causa es nacional: la de ellos es una facción bien pronunciada y criminal: ¿por qué, pues, usar consideraciones que ellos nunca tuvieron con los libres? ¿Para qué se engaña a la Nación, ocultándole el verdadero norte que conduce al Gobierno? Porque ciertamente si no se piensa en fa­vorecer a Bolívar ni a sus secuaces, ¿para qué se habla a los pueblos ensalzándolo? Bueno que no se les per­siga; pero déjeseles privados en el oprobio que los cubre.

"Concluiremos protestando que confiamos altamen­te en su excelencia el Presidente de la República, a pe­sar de no convenir con el lenguaje de la primera proclama; y creemos que su excelencia es muy capaz de hacer a Colombia bienes positivos y muy durables. Y no obstante la injuria indirecta que acaban de sufrir los liberales, el Gobierno los llamará para rodearse de hombres no sólo de su confianza, sino también, y prin­cipalmente, de la del pueblo. Con estos hechos, y otros que favorezcan directamente la causa de la libertad, será desmentido el concepto que haya podido producir la proclama ¡ ¡ ¡ No más contemplaciones con Bolívar! ! !"

 

Prescindiendo de estas ruindades contra el hombre ausente y moribundo, qué debía excitar más bien com­pasión que odio en todo pecho generoso, se descubre en este exabrupto democrático su verdadera tendencia: la de la exclusión absoluta de los llamados bolivianos y que el Gobierno, a pesar de la injuria que dizque había hecho a los liberales, se rodeara de ellos: más claro, que se les entregase el país, para esquilmarlo, que se les diesen los empleos arrojando a la calle a los antiguos servidores. ¡Siempre lo mismo! Es verdad que ya habían dicho antes que éstos debían conformarse con que se les dejase vivir. El señor Mosquera, que no había oído jamás una censura ni una palabra contra él, se espantó y tembló al ver la improvación de sus senti­mientos y de sus ideas de gobierno, por la falange que se erguía amenazante, y desde ese momento empezó a ceder tomando, desconcertado, el sendero de perdición que se le indicaba: él y la patria fueron las víctimas de su pusilanimidad; y así ha sucedido y sucederá siempre a todo mandatario que se deje imponer y uncir al carro de una facción intolerante; y sobre el particu­lar lo mismo es que el jefe de la nación sea de un par­tido que de otro: en todos hay pasiones que dominar y exigencias que desatender.

 

VI
 

 

Entre otras medidas de contemplación al partido que se suponía triunfante, fue de las primeras, la ruin y miserable de improbar el empréstito de que ya he hablado, levantado en Honda para el viaje del Liberta­dor. No parecía sino que había yo comprometido la Re­pública en algunos otros veinte millones, según la perse­verancia con que se reclamaba del amedrentado Go­bierno aquella improbación. Al conseguirla palmoteó en masa el partido liberal, y no le faltaba razón, pues ha­bía obtenido |¡de un Mosquera! la sanción de los motivos en que se fundaba la censura y la reclamación: hay cosas que parecen de poca significación, y sin em­bargo bien examinadas, la tienen inmensa. |El Demó­crata se apresuró a tranquilizar al señor Mosquera, con un elogio a manera de desagravio tan miserable como lo fue su anterior crítica: "Sabemos -dice- que el Presidente ha ordenado que de ninguna manera se ex­traiga un solo real del tesoro público para pago del empréstito levantado en Honda por orden del ministro de guerra Pedro Alcántara Herrán, para obsequiar a un traidor que incidentalmente pasaba por allí. Esto prueba que el Gobierno no estaba de acuerdo con el que comunicó tal orden porque sería una contradicción bien notable, en la que no era fácil se incurriese; fuera de que si el Vicepresidente hubiera dictado tal provi­dencia, la habría comunicado por el ministerio correspondiente. Está, pues el gobernador que cobró el em­préstito (yo) en el caso de pagarlo y repetir contra el señor Herrán, quien tiene a su vez igual derecho para reclamar aquel empréstito del traidor que lo consumió. Resultan, pues, culpables el gobernador y el ministro de guerra Herrán.

"Lo que es más notable en el no pago nuevamente decretado, es la honradez e integridad del Presidente, que no permite cargar a la República con una deuda ilegal de un particular en su marcha, por pequeña que sea" .

Yo rechacé y vuelvo a rechazar toda mancomunidad con el general Herrán en este asunto: si merece cen­sura debe recaer exclusivamente sobre mí; si procedí dignamente no quiero que se me defraude nada de lo que me corresponde, aunque se trate de una cosa sobre la que debieran despreciarse las censuras liberales, si no fuera por la importancia que le dio el señor Mos­quera con su resolución. Lo be dicho y lo repito: el general Herrán no indicó nada que pasara de preparar los champanes y víveres, no sólo para el Libertador sino para los jefes, oficiales y tropa que le acompañaban, lo que era estrictamente legal: al último alférez licenciado le conceden las leyes militares raciones, bagajes por tierra y el buque necesario por agua, para trasladarse al lugar de su retiro. Lo que no dejará de sorprender es que haga treinta y tres años que se está atribuyendo al general Herrán mancomunidad conmigo en cosas que yo hago bajo mi propia responsabilidad, sin que él tenga la menor intervención en ellas; injusticia que después se ha repetido en procedimientos exclusivamente míos, más trascendentales, como lo veremos en su lugar.

|La Aurora y |El Demócrata, que como habrá visto el. lector eran los adalides del partido liberal, eran a cual más exigentes y descomedidos en sus censuras. En estos periódicos se insertaban |remitidos y cartas de las provincias, a cual más exagerados, en el sentido de exclusión, persecución, aislamiento del partido adver­sario, considerándose pertenecientes a él muchos hom­bres indiferentes, pacíficos, porque eran o fueron em­pleados, o votaron en algún congreso en oposición a las doctrinas llamadas liberales, o porque tenían algún enemigo personal en el partido que iba a fuerza de audacia sojuzgando al Gobierno. La alarma, la descon­fianza, la indignación que causa la injusticia, iban agriando, irritando día por día a los hombres designa­dos como víctimas de la venganza, que se sentían bas­tante fuertes para no dejarse sacrificar, como mansos corderos, ni menos como si fueran reos de algún delito. Una explosión provocada por tan torticera política te­nía pues que estallar no muy tarde.

Pero no invirtamos el orden de los sucesos, y pase­mos a examinar las principales disposiciones de nuestra Constitución, esa Constitución rechazada, escarnecida por el partido perseguidor, esa Constitución calificada de más monárquica que la boliviana.

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