CAPITULO VIGESIMONONO
I
Apenas salido el Vicepresidente, el señor Salvador Camacho,
liberal verdadero, diputado por El Socorro, y yo, propusimos que
por un decreto especial se manifestase al Libertador la gratitud
nacional por sus servicios a la patria, y declarándose que se le
continuaba por toda su vida la pensión de treinta mil pesos anuales
que le había señalado el Congreso de Colombia de 1823. Nuestra
moción se oyó con benevolencia, nadie hizo la menor objeción, y
votada, fue aprobada unánimemente, nombrándose una comisión de tres
granadinos, a saber: el señor Juan Defrancisco Martín, el señor
Alejandro Vélez y yo, para que redactásemos el proyecto
correspondiente, como en efecto lo hicimos.¹ He aquí el texto:
|"El Congreso constituyente,
"CONSIDERANDO
"Que el Libertador Simón Bolívar, no sólo ha dado existencia y
vida a Colombia por sus interesantes e inauditos esfuerzos, sino
que ha excitado la admiración del universo por sus proezas y
eminentes servicios a la causa americana;
"Que ha cesado de ser Presidente de la República, desde que,
insistiendo en la dimisión del mando, el Congreso nombró su
sucesor;
"Que el desinterés y la noble consagración de que ha dado las
más distinguidas pruebas desde que comienzo su carrera pública,
exigen una demostración de la
|
1 Consta en el acta de la sesión del
día 4 de mayo, inserta en
|Gaceta Oficial número 464.
|
gratitud nacional, que le ponga a cubierto de los efectos de un
generoso y sin igual desprendimiento,
DECRETA:
"Artículo 1º El Congreso constituyente, a nombre de la Nación
colombiana, presenta al Libertador Simón Bolívar el tributo de
gratitud y de admiración a que tan justamente le han hecho acreedor
sus relevantes méritos y sus heroicos servicios a la causa de la
emancipación americana.
"Artículo 2º En cualquier lugar de la República que habite el
Libertador Simón Bolívar será tratado siempre con el respeto y la
consideración debidos al primero y mejor ciudadano de Colombia.
"Artículo 3º El Poder Ejecutivo dará el más puntual y exacto
cumplimiento al decreto del Congreso de 23 de julio de 1823, por el
cual se concedió al Libertador Simón Bolívar la pensión de treinta
mil pesos anuales durante su vida, desde el día en que terminasen
sus funciones de Presidente de la República; y esta disposición
deberá tener efecto cualquiera que sea el lugar de su
residencia.
"Dado en Bogotá a 9 de mayo de 1830".
Me honro, y lo recuerdo con orgullo, de haber tenido parte en
este acto de rigurosa justicia hacia el HOMBRE DESVALIDO, al tiempo
que la liberal Venezuela, su patria, lo proscribía de la manera más
injuriosa e inmerecida, no sólo por las publicaciones de la prensa,
sino hasta por decreto fríamente discutido en su Congreso
constituyente; y precisamente también en los momentos de que acá
en la capital semejante manifestación me exponía a mí y a todos a
insultos y a interpretaciones malignas de los
|calificadores, que en todos los tiempos son temibles.
Al día siguiente, inquieto el Vicepresidente con la
efervescencia que se notaba en los partidos, principalmente entre
los militares y servidores del gobierno anterior, que se creían
amenazados y se consideraban insultados con los "vivas y mueras,
expidió una proclama conciliatoria y muy oportuna, en cuyo
lenguaje resaltan la modestia y la bondad de aquel honorable varón.
Hela aquí:
"CONCIUDADANOS: el voto de vuestros representantes me ha
colocado en la segunda magistratura de la República. Con más feliz
acierto llamaron ellos a la presidencia al antiguo y distinguido
patriota Joaquín Mosquera. Por su ausencia de la capital en
ocasión tan solemne, la Constitución deposita en mis manos
inexpertas la dirección del Gobierno ejecutivo.
"COLOMBIANOS: después de penosas y prolongadas oscilaciones se
presenta a Colombia un nuevo pacto que combina y afianza de un modo
estable y permanente la fuerza del gobierno y la libertad del
pueblo. Los escogidos intérpretes de la voluntad nacional han
conservado intactas las formas republicanas que reclamábamos con
exigencia: pueda ser la Constitución del año 30 el iris de la paz
que calme la agitación de los espíritus, avasalle el poder hostil
de las pasiones y concilie todos los hombres y todos los
intereses.
"Ministros respetables del santuario, soldados valientes,
ciudadanos honrados y pacíficos: yo no habría admitido la penosa
carga que se me impone sino contando con vuestra cooperación.
"CIUDADANOS: la moderación y la
concordia son las más urgentes necesidades en nuestra difícil
posición social. Que en tanto que el Gobierno proteja a todos,
cualesquiera que hayan sido sus opiniones, cualquiera que sea el
país de su origen, no se oiga entre nosotros sino una voz, un solo
sentimiento: OLVIDO ABSOLUTO DE LOS ERRORES PASADOS, AMOR AL ORDEN
Y A LA LIBERTAD, SUMISIÓN A LA LEY.
"Bogotá, 5 de mayo de 1830-20º.
"DOMINGO CAICEDO"
Además, andando por las calles, hablando con unos y otros,
visitando los cuarteles, aconsejando de palabra lo que aconsejaba
en la proclama, procuraba calmar a los unos e inspirar confianza a
los otros. Pero los militares venezolanos, que no se equivocaban
en sus presentimientos de lo que se les esperaba, se convenían
sordamente en irse para Venezuela al frente de las tropas de la
guarnición, de hecho y por la fuerza, si el Gobierno se oponía. La
dificultad estaba en que la tropa de infantería era granadina en
más de la mitad; pero ofreciéndoles el pago de sus ajustes y
licenciarlos en la línea y siendo adictos a sus oficiales,
confiaban éstos en allanar el inconveniente.
El mismo día 5 decretó el Congreso, a propuesta del señor
Alejandro Vélez, diputado por Antioquia, también liberal verdadero,
que la Constitución acordada se propusiese por el Gobierno a las
provincias de Venezuela; que en el caso de exigir éstas que se le
hiciesen algunas variaciones para aceptarla, se convocara una
convención colombiana en Santa Rosa, villa de la Provincia de
Tunja; que si todos o la mayor parte de los departamentos del norte
(Venezuela) rehusaban absolutamente admitir la Constitución y
todos los medios de mantener la unión, no se intentase someterlos
por la fuerza, sino que el Gobierno inmediatamente convocase una
convención de diputados del resto de Colombia, en alguna de las
ciudades del Valle del Cauca, a fin de que revisase la Constitución
y prescribiera al Poder Ejecutivo la conducta que debiera observar.
No se hizo mención en el decreto de los departamentos del sur, por
ser granadinos; pero sus diputados repitieron que en este último
caso aquellos departamentos se constituirían también en república
independiente.
Con este decreto pusimos nosotros el "ejecútese" al principio
desorganizador de, que cada provincia o departamento, o estado,
como quieran llamarse, pueda hacer lo que se le antoje, sin
represión posible; mas en las circunstancias en que se hallaba la
República y el Congreso, aquella medida era una necesidad
inevitable.
II
El Libertador había fijado su salida para el día 8. La mayor
dificultad que tenía para realizarla era la escasez de recursos.
Desde el mes de marzo había introducido en la casa de moneda su
vajilla de plata que sólo produjo 2.500 pesos. Vendiendo sus
alhajas, caballos y cuanto le quedaba, sólo pudo reunir 17.000
pesos. ¿Cuál de los mandatarios de América ha quedado en esta
situación al terminar su poder? Bolívar gozaba con delicia del
placer de DAR, que es el placer de Dios. Los 30.000 pesos de sueldo
anual de que disfrutó como Presidente de la República, antes de
concluir el año, estaban ya consumidos la mayor parte en socorros a
las viudas, en auxilios a los militares y en limosnas a los pobres
vergonzantes; hasta su quinta en las inmediaciones de esta ciudad,
que cualquiera otro hubiera conservado como un retiro en
circunstancias posibles, la regaló a un amigo suyo; el último
soldado que ocurriese a él recibía cuando menos un peso; espadas,
caballos, hasta su ropa misma, todo lo daba: así, no sólo era
respetado y querido, era idolatrado; pero quedaba en la
indigencia, si La patria no Le tendía una mano caritativa.
En esos días recibió el Libertador una exposición firmada por
los principales ciudadanos de Quito, en que le manifestaban haber
visto con asombro que algunos escritores exaltados de Venezuela se
habían avanzado a pedir que él (Bolívar) no pudiese volver al país
donde vio la luz primera, y le rogaban que eligiese al Ecuador
por residencia: "Venga vuestra excelencia (le decían) a vivir en
nuestros corazones y a recibir Los homenajes de gratitud y respeto
que se deben al genio de la América, al Libertador de un mundo.
Venga vuestra excelencia a enjugar las lágrimas de los sensibles
hijos del Ecuador y a deplorar con ellos los males de la patria.
Venga vuestra excelencia, en fin, a tomar asiento en la cima del
Chimborazo1 a donde no alcanzan los tiros de la
maledicencia, y a donde ningún mortal sino Bolívar puede respirar
con gloria inefable".
El obispo de aquella diócesis, a su nombre y al de su clero,
también le dirigió un tierno llamamiento en esa fecha. Esto lo
consoló, pero no Le hizo variar de resolución: ya estaba convencido
que debía irse fuera de la patria para que su nombre no sirviera de
pretexto a más trastornos y para ponerlo a salvo de la
calumnia.
El día 6 me llamó, y apretándome la mano con efusión, me dio
las gracias por la parte que yo había tenido en el proyecto de
decreto que le permitía presentarse en el extranjero con honor; y
ya esto lo había hecho con el señor Camacho y con otros diputados
que habían ido a verle; pero me dijo además: "Herrán me ha
indicado que usted, como gobernador de la provincia de Mariquita,
puede ir a Honda a prepararme las embarcaciones necesarias para no
detenerme; el Vicepresidente ha tenido la bondad de ofrecerme una
compañía de granaderos que me escolte hasta Cartagena, y algunos
jefes y oficiales de los que se llaman aquí extranjeros, me
acompañarán. Si usted pudiera anticiparse a hacerme este servicio,
se lo agradecería". Yo, oprimido el pecho, le contesté que miraba
aquel encargo como una honra para mí; que pediría licencia al
Congreso para separarme, y me esforzaría en llenar sus deseos con
la prontitud' posible. El general Herrán también me habló sobre el
particular; y de acuerdo con éste envió anuncio el mismo día a mis
amigos de Honda, para que fueran anticipando algo sobre champanes y
bogas (porque entonces no había vapores) y para preparar lo
necesario en mi casa para recibir dignamente al ilustre huésped.
Aquella confianza probaba que había cesado toda prevención del
Libertador contra mí, si es que la tuvo, por mis opiniones sobre
que no debía reelegírsele Presidente, y por la amistad con que me
honraban el general Urdaneta y el señor Castillo Rada, con quien
ya hemos visto que estaba en desacuerdo y resentido.
III
La relajación de la disciplina militar aumentaba la crisis que
corría la República: el soldado, de todas las categorías, no era ya
el ciudadano armado para hacer respetar la ley y para defender la
sociedad: deliberaba y resolvía por sí, porque las pasiones
políticas también entran a los cuarteles, recorren la filas y
producen sus consecuencias. El aplauso imprudente que dimos al
motín de la 3ª división del ejército auxiliar del Perú, y más
todavía, el que otros dieron al del batallón
|Boyacá, debían
producir otros movimientos militares en sentido contrario.
En efecto, al amanecer del día 7 la alarma cundió por toda la
ciudad, sabiéndose que el batallón
|Granade
|ros, fuerte
de 700 hombres, y el escuadrón
|Húsares de Apure, de unos
200, estaban sobre las armas con avanzadas y centinelas en las
esquinas de las calles contiguas a los cuarteles; que el edificio
del parque de artillería en que estaban almacenadas las armas y
municiones, se hallaba ocupado por una fuerte columna de
granaderos con las piezas listas. El general de brigada José
Trinidad Portocarrero, que hacía pocos meses había sido ascendido
a dicho empleo, fue comandante del
|Granaderos de tiempo
atrás, y conservaba un grande ascendiente sobre aquel brillante
cuerpo, compuesto de soldados antiguos, escogidos en todos los del
ejército, hombres de aventajada talla, orgullosos por sus
servicios, dignos en su porte, soldados, en fin, como deberían ser
todos los soldados. El general Portocarrero, digo, aparecía
acaudillando aquel movimiento, pero es indudable que el general
Ignacio Luque y otros jefes estaban comprometidos, aunque no lo
manifestaban sino en su semblante airado, en su silencio cauteloso
y en su mirar ceñudo: así tenía que ser; habían sido y eran
gravemente ofendidos.
El escuadrón, todo de llaneros apureños, armados de carabina y
lanza, era de los cuerpos más antiguos y más acreditados de aquella
afamada caballería de los llanos de Venezuela. Nada, pues, podía
oponerse en la ciudad al movimiento de semejantes tropas, mucho más
estando el parque en sus manos. A las cinco de la mañana fui yo
avisado de este acontecimiento, cuyo objeto no alcanzaba, e
inmediatamente monté a caballo y pasé a participarlo al general
Urdaneta, a la quinta de La Floresta, en que vivía con su familia;
allí encontré al general París y a algunos jefes que acababan de
llegar, y con el general Urdaneta regresamos dirigiéndonos al
cuartel de
|Granaderos. Una guardia avanzada nos detuvo. El
general Urdaneta preguntó al oficial que la mandaba si lo
desconocía como comandante general que era del departamento, y el
oficial contestó afirmativamente. La avanzada estaba sobre las
armas y en actitud amenazadora. -"A quién obedecen ustedes?",
preguntó el general Urdaneta-. "Al general Portocarrero", contestó
el oficial. En este momento llegaba Portocarrero, y saludando
atentamente al general Urdaneta, le dijo: "Mi general, ruego a
vuestra excelencia que se retire". "¿Qué es esto, Portocarrero?
¿qué quieren ustedes? ¿no ven ustedes que comprometen
terriblemente al Libertador?", preguntó Urdaneta. "Mi general,
contestó Portocarrero, somos continuamente provocados, se nos
llama serviles, pretorianos, se nos llama extranjeros a nosotros
los soldados de Colombia, que hemos expuesto nuestra vida y
derramado nuestra sangre por fundar la República; ya no podemos
sufrir 'más; antes que la paciencia se nos agote hemos resuelto
irnos a Venezuela reuniéndonos a la división estacionada en
Pamplona; el Libertador va a partir mañana para su destierro (al
decir esto palideció estremeciéndose), después que su excelencia
se haya ido no se tendrá ninguna consideración por nosotros,
seremos echados como perros; ahora mismo acabamos de elevar una
representación al nuevo Gobierno pidiéndole que ordene se nos
faciliten raciones y bagajes en el tránsito y que se paguen a la
tropa sus ajustes, que no pasarán de 70.000 pesos".
-"Esto es imposible, general", replicó el general Urdaneta:
"pero una vez que ustedes han representado al Gobierno, voy a tomar
sus órdenes: somos amigos y compañeros; no manche usted el nombre
colombiano, ni el nombre venezolano". -"No, mi generar', contestó
Portocarrero, "no habrá el más pequeño desorden; si se nos ataca
nos defenderemos por encima de los imprudentes que se opongan -"¿Y
si el Gobierno lo manda?", preguntó Urdaneta. -"Nos iremos, mi
general", respondió Portocarrero.
Los que acompañábamos al general Urdaneta le instamos a que se
retirase; la resolución de los insurrectos se mostraba irrevocable,
y cualquier incidente que produjese una desgracia podía tener
consecuencias funestas para la ciudad, para el Libertador y para
todo el país. "Bien -dijo el general Urdaneta- voy a tomar las
órdenes de su excelencia el Vicepresidente y volveré".
-"Hasta la avanzada, mi general", contestó Portocarrero. Al
volver el general Urdaneta el caballo, hizo Portocarrero una señal
al capitán de la avanzada, y la tropa presentó las armas y batió
marcha regular, haciendo al general Urdaneta los honores de
ordenanza que le correspondían como a capitán general.
Por la ciudad se tocaba generala y se publicaba un bando
llamando a la milicia al servicio y a los ciudadanos a las armas;
por las calles corrían algunos liberales amedrentando a cuantos los
oían, con las exageraciones más absurdas, atribuyendo el movimiento
al Libertador, quien, decían, había estado esa noche en los
cuarteles ofreciendo el saqueo de la ciudad a la tropa para qué lo
proclamase dictador, proponiéndose matar a todos los liberales, y
otras aseveraciones estúpidas por el estilo, que si bien eran
despreciadas por los hombres reflexivos, impresionaban a los que
no lo eran y aterraban a las mujeres. Los cuerpos insurrectos no
daban, sin embargo, la menor muestra de hostilidad, esperando la
resolución del Gobierno a su representación, arreglando los
oficiales y soldados sus maletas para marchar, y preparándose en
silencio a verificarlo.
En el entretanto se habían reunido en la plaza de 300 a 400
hombres de milicias y como 200 jóvenes (cachacos), la mayor parte
colegiales, unos y otros armados de malos fusiles de los cuarteles
de milicias, con escasas municiones, y muchos sin ninguna.
Los cachacos ocuparon el edificio de la corte suprema de
justicia, situado en el vértice del ángulo de la, plaza y de la
calle del cuartel de Granaderos, y hablaban, nada menos que de
atacar a las tropas veteranas empezando por el parque para
proveerse de municiones, disputando con los jefes, que resistían
semejante imprudencia, principalmente con el general Herrán, que
les manifestaba todas las consecuencias de la intentona. En su
despecho acribillaron a estocadas y a bayonetazos el retrato del
Libertador que adornaba la sala del tribunal, a los gritos de
"viva la libertad ¡muera el tirano! mueran los serviles!" Algunas
botellas de mistela que por vía de desayuno circularon de mano en
mano, aumentaron el entusiasmo patriótico de la cohorte juvenil y
multiplicaron los
|vivas y los
|mueras; las arengas se
atropellaban en los balcones, en los corredores, en la plaza, a lo
Camilo Desmoulins, y todo esto inquietaba a los hombres de juicio,
que temían los resultados de la menor imprudencia que la exaltación
de aquellos jóvenes hacía probable.
El Libertador, habiendo cesado de ser Presidente, dejó el
palacio, y pasó a preparar su viaje a casa de su noble y fiel amigo
el general Herrán; allí, al amanecer del día 7, le sorprendió la
noticia del movimiento de las tropas, y calculando todas las
consecuencias que podía tener para él semejante escándalo, solicitó
del Gobierno el permiso de pasar, él, a los cuarteles de los
sublevados a apaciguar la sedición. El Vicepresidente rehusó el
ofrecimiento dándole las gracias; y el principal motivo que tuvo
el Gobierno para esta negativa fue no exponer al Libertador en la
calle a un desacato grave, o a un tiro que lo hiriese o le diese
muerte, cosa posible y probable en unos momentos de tanta
exaltación, lo que hubiera producido un conflicto espantoso y
trascendental, con mengua del Gobierno, que habría sido
calumniado.
Al llegar el general Urdaneta a la plaza, a su regreso de la
avanzada del Granaderos, fue recibido con los mayores aplausos, y
la falange estudiantil salió de tropel a darle otros abrazos como
los del día 4 y pedirle que los dejasen ir a tomar el parque;
petición que hacían con tanto más calor cuanto que no podía
escondérseles que no se consentiría en tal disparate. La milicia,
compuesta de gente pobre de ruana y alpargatas, estaba formada
guardando orden, dispuesta a obedecer en silencio. En casos
semejantes vale más la alpargata que el zapato.
En la plaza estaban los primeros comandantes de los cuerpos
sublevados, que haciendo pocos días que habían sido colocados, por
influjo del general Urdaneta, fueron arrestados en sus propios
cuarteles al tomar la tropa las armas, y por la mañana los
pusieron fuera de las avanzadas; ellos informaron de cuanto pasó
en los cuarteles por la noche, hasta que se les expulsó; con su
testimonio era imposible sostener que el Libertador hubiera estado
en los cuarteles por la noche.
A la representación de los sublevados resolvió el Gobierno
permitirles la salida sin oposición; que en esta ciudad y en el
tránsito se les facilitasen. raciones, bagajes y los demás auxilios
que se dan a las tropas en marcha; que el general de división
Laurencio Silva, diputado al Congreso, los acompañase, encargado de
mantener el orden y de entenderse con las autoridades locales para
todo lo concerniente a auxilios de marcha, hasta la línea de
Venezuela; que en dinero sólo se darían aquí mil pesos para
raciones de los jefes y oficiales, y en él tránsito lo que
buenamente se pudiera para la tropa, a la que se racionaría con
carne fresca, sal y vituallas, conforme a reglamento; que la
compañía de granaderos (100 hombres) que el Gobierno había
destinado para acompañar al Libertador a Cartagena, quedase en
esta ciudad con tal objeto; y por último, que los soldados
granadinos que había en Granadero's fuesen licenciados donde cada
uno quisiese serlo. Esta especie de negociación la arregló con
tino y prudencia el general Herrán con Portocarrero, quien convino
en todo con la misma moderación que desde el principio mostró, pues
aunque insistió con alguna fuerza en que se diesen siquiera diez
mil pesos, por cuenta de lo que se debía a los cuerpos, manifestada
que le fue la negativa absoluta por falta de fondos disponibles,
cedió también. A los cuerpos se les debían más de setenta mil
pesos, así es que la petición no era injusta, aunque inoportuna y
hecha de un modo reprobable. Por otra parte, se ha acostumbrado
casi siempre no pagar sus alcances a los pobres soldados, y esto
los irrita. Cuando una que otra vez, en guarnición, se les dan
libretas, los asaltan al abordaje los corsarios de tierra a
comprárselas por una friolera; y de esta especulación se han
enriquecido algunos. La desistencia de Portocarrero en esta
exigencia era un poco peligrosa para él; pero supo emplear mucha
maña para persuadir a la tropa que en Cúcuta se arreglarían sus
cuentas, y ya no tuvo inconveniente para irse.
A las dos de la tarde, pues, desfilaron, tambor batiente y
banderas desplegadas, 600 soldados, granaderos de la guardia vieja,
y 180 húsares, con imponente seriedad, sin que en sus filas, ni en
la masa compacta de la población que se apiñaba en las calles y
plazas a verlos salir, se oyese una voz ni para alabar, ni para
injuriar, ni un
|viva ni un
|muera.
Detrás de la gran guardia marchaban unas ochenta mujeres de las
que, con el carácter ostensible de vivanderas, abundan a veces
demasiado en nuestras tropas, y que el vulgo llama "voluntarias",
agobiadas con sus maletas, y algunas con su hijo, todo encima de
sus espaldas. Siendo las más naturales de esta ciudad o de los
pueblos inmediatos, iban sollozando y despidiéndose de sus
conocidas, con lo que excitaron tan tierna simpatía, que todos se
apresuraban a darles algún pequeño socorro pecuniario: de las
tiendas salían las venteras a darles pan, pastillas de chocolate,
tabacos, queso, etc., que ellas repartían con las que no habían
alcanzado a recibir algo. Estas "hijas del regimiento", jóvenes las
más, algunas blancas y una que otra bella, son la Providencia para
el soldado en marcha y en campaña. Como hormigas arrieras se
adelantan, se dispersan por los caseríos, y cuando el cuerpo llega
a la aldea, o al lugar donde ha de vivaquear, ya la mujer le está
preparando a
|su marido, o le ha preparado el alimento con
cuanto ha podido conseguir; ellas cocinan, lavan la ropa a los
oficiales por una corta remuneración, asisten a los enfermos,
cuidan a los heridos, se prestan a toda clase de sacrificios para
que las toleren y no les impiden seguir a su compañero. En los
combates su heroísmo las santifica; en los mayores peligros, por en
medio de las balas, metiéndose por entre los caballos, apartando
las lanzas enemigas; buscan desesperadas al hombre que aman cuando
notan que falta en su fila, y a veces encuentran o su cadáver, y
lo sepultan, o lo hallan respirando todavía, y entonces, provistas
de tiras de lienzo, o sacándolas de su propia ropa, lo vendan,
avisan, piden auxilio hasta en el campo enemigo, y muchos
infelices deben la vida a la tierna solicitud de su mujer; algunas
de ellas caen traspasadas por las balas, y sin embargo ninguna se
retira, ninguna huye mientras tiene esperanza de servir en algo al
pobre compañero de su triste vida; alguna otra más dichosa, logra
proporcionar al moribundo, por algún capellán de los cuerpos, los
auxilios espirituales de la religión, y recibe su mano fría,
recogiendo el último suspiro del ya su esposo legítimo; y si
sobrevive ¡ qué felicidad!, aquella mujer ha conseguido la
recompensa de todos sus sacrificios, la que esperaba, la que
deseaba, la que merecía, y aunque ignorante, sin pretensiones, sin
alcanzar a ser vista sino de sus compañeras que la envidian, eleva
su corazón
a Dios dándole gracias, y se presenta delante de los hombres
radiante de alegría. Yo no he podido menos, muchas veces de admirar
con asombro en estas mujeres el poder inmenso de la fuerza de
voluntad sobre la debilidad física, y así las he soportado siempre
con lástima; en las tropas que he mandado, nunca les ha faltado
una ración de carne, cuando no ha faltado para el soldado.
Compadece, pues, lector y no desprecies a las pobres mujeres que
resueltamente seguían a los que las sacaban de su país, del regazo
de sus madres, y que llevando el corazón traspasado de dolor, no
volvían la cara atrás sino para decir: ¡Adiós!
IV
Desde por la mañana muchos ciudadanos respetables fueron a
acompañar al Libertador a su casa para hacer frente a cualquier
amago de los exaltados liberales. Por la tarde el alarma se
aumentó: se hablaba de oponerse por la fuerza a la salida de
Bolívar, porque dizque no iba para Cartagena sino a ponerse a la
cabeza de dos mil hombres que suponían había en Ocaña, donde no
estaba sino el batallón
|Apure, que apenas tenía 300; que con
esos 2.000 hombres pasaría la cordillera para reunirse a los 2.000
que estaban en Pamplona; que para eso había mandado salir al
batallón
|Granaderos y al escuadrón
|Húsares de Apure;
que con esas tropas y las de Cartagena y Santa Marta se proponía
invadir a Venezuela y después volver sobre Bogotá a degollar a los
amigos de la libertad. Otros hablaban de un segundo 25 de
septiembre; los abogados proponían que se le prendiese y se
convocase una convención para juzgarlo: ellos están siempre por
las fórmulas, que es su fuerte, porque bien que las fórmulas
judiciales se hayan establecido para proteger la inocencia, tambIén
suelen servir, tergiversándolas, para salvar las apariencias en la
injusticia.
El Vicepresidente, inquieto con tantas hablillas, se fue a pasar
la noche, con otros, a casa del Libertador, y lo hizo saber por
medio de los gritones a los que en los corrillos y en los
conciliábulos charlaban; la compañía de granaderos, que también
estaba en la casa, se mantuvo alerta, y en esta inquietud se pasó
toda la noche. En esas veinticuatro horas debió mucho Bogotá al
general Caicedo. Los servicios negativos no se reconocen
generalmente, pero yo, que fui testigo de vista de todo, que estuve
en todo y que oí a todos, lo aseguro y debo dar testimonio de ello
como un tributo a la memoria del hombre venerable que los hizo,
evitando con tanta prudencia como acierto, desgracias y atentados
criminosos. El general Herrán ayudó mucho en esa emergencia al
señor Caicedo, y por ello merece un recuerdo honroso de la
historia.
El general Urdaneta también estuvo cuidadoso, y al frente de la
subordinada milicia de infantería,
|la de alpargate, que se
mantuvo acuartelada, cumplió su deber dignamente. Aunque los
liberales lo agasajaran con falacia, aunque no estaba en buena
inteligencia con el Libertador, lo veneraba y era incapaz de
permitir ningún desafuero. En la mañana del 8, este general, con
dos escuadrones de caballería de milicia, que llegaron de la
Sabana, marchó siguiendo los pasos de la columna que había salido
el día antes, para promover la deserción de los soldados granadinos
y atraérselos, lo que consiguió en parte, bien que Portocarrero no
tenía interés en evitarlo.
V
Se creyó entonces, aun por algunos amigos del Libertador, que
éste había tenido conocimiento anticipado del motín y que pudiera
haberlo evitado; pero después se supo de la manera más concluyente,
y yo lo sé de cierto, que no sólo no tuvo parte, sino que no tuvo
la menor noticia, ni pudo presumirlo. El Libertador quería poco a
Portocarrero, y éste y los demás comprometidos en el movimiento se
abstuvieron de hacerle la menor indicación, temiendo que con su
influjo irresistible sobre los subalternos y sobre el soldado, lo
impidiese. Muchos militares venezolanos le habían dicho que cuando
él se fuese se irían ellos también, llevándose la tropa para no ser
ultrajados y arrojados de la Nueva Granada ignominiosamente; pero
nunca creyó que lo hicieran antes de su salida ni como lo hicieron,
habiéndoles aconsejado que no cometiesen locuras y que apoyasen
al Gobierno establecido, único medio que tenían de hacerse proteger
por él. Es conocido un documento que prueba esto de una manera que
no deja duda; y es la carta que escribió al coronel Whittle, que
con su cuerpo
|(Vargas) estaba en Popayán, despidiéndose de
él y del cuerpo a quien le debía la vida, recomendándoles que
sostuviesen al Gobierno con lealtad, diciéndoles que el Congreso
había escogido dos ciudadanos de mérito y de honradez para regir la
República, y que él se iba del país para siempre. El hidalgo inglés
miró aquella recomendación como un precepto sagrado e inspiró este
sentimiento a sus oficiales y soldados: después veremos el elogio
que de él y del cuerpo hizo el general Obando por esto. Luego si el
Libertador hacía tales recomendaciones al jefe y al cuerpo de su
predilección, ¿no es lógico creer que las hizo a todos? Algún
tiempo después otros acontecimientos obligaron al batallón a
separarse del general Obando, como se verá en su lugar.
En esa misma mañana, tan agitada para Bolívar (8 de mayo), tuvo
el consuelo, al tiempo de marchar, de que se le presentara una
manifestación escrita y firmada por el Vicepresidente, general
Domingo Caicedo; por el arzobispo, señor Fernando Caicedo; por el
señor Alejandro Osorio, ministro de lo interior; por el señor José
Ignacio de Márquez, ministro de hacienda; por el general Pedro
Alcántara Herrán, ministro de guerra y marina, y por los
principales ciudadanos de Bogotá. En ella, después de una ligera
mención de los heroicos y eminentes servicios a la causa de nuestra
emancipación política, prestados por él, le decían:
"En la vida privada recibirá vuestra excelencia pruebas
inequívocas de nuestra adhesión a la persona de vuestra excelencia.
Recordaremos sin cesar vuestros méritos y servicios y enseñaremos
a nuestros hijos a pronunciar vuestro nombre con tiernas emociones
de admiración y de agradecimiento.
"¡El cielo, que ha velado sobre vuestra conservación, sacándoos
indemne de tantos riesgos, prospere vuestros días y derrame sobre
vos todas sus bendiciones, a que os hacen tan digno vuestras
sublimes virtudes ".
Bolívar leyó esta exposición, y hondamente conmovido, estrechó
en sus brazos al general Caicedo, rogándole que manifestase su
profunda gratitud a los señores que la habían firmado; se despidió
de él y de los presentes, entre los que había señoras, y montó a
caballo, con los ojos humedecidos, tembloroso el cuerpo y
palpitante el corazón.
Los ministros del despachó, el cuerpo diplomático, muchos
militares y ciudadanos notables, casi todos los extranjeros,
principalmente los caballerosos ingleses, que entonces abundaban en
la capital, acompañaron al Libertador más de dos leguas, y algunos
fueron hasta Facatativá, donde debía pasar la noche. Dejémosle en
camino, que luego le alcanzaremos.
VI
He referido con leal veracidad los motivos del desacuerdo entre
el Libertador y el general Urdaneta, desde el proyecto de
monarquía hasta las discusiones respecto a la elección de
presidente de la República por el Congreso, desacuerdo que no llegó
nunca a la enemistad ni disminuyó en lo más mínimo el respeto y
adhesión personal del segundo para con el primero. Yo, que merecí
al noble general Urdaneta la más absoluta confianza, puedo
asegurarlo, y lo aseguro como hombre de honor. Resfrío en la
intimidad, quejas recíprocas, más bien de sentimiento que de
animosidad, fue todo lo que hubo. Y esto sabido, quiero presentar a
los jóvenes liberales un trozo de aquel libro del general Obando,
|Apuntamientos para la historia, en que para defenderse de la
acusación que pesaba sobre él por el asesinato del gran Mariscal de
Ayacucho, tomó el fatal medio de despedazar la reputación de los
hombres más honorables del país, que tuvieron alguna intervención
en su acusación o la creyeron fundada. Desfigurar los hechos más
notorios, exagerar los más insignificantes, o inventar cosas que no
sucedieron, fue su sistema, y esto en un lenguaje tan virulento,
que todavía hoy la lectura de aquel libro, a pesar de que las cosas
se han aclarado después, produce indignación. Los ultrajes, las
acriminaciones, las calumnias, debo decirlo terminantemente, fueron
tantas y contra tan crecido número de personas de la más alta
respetabilidad, que solo el general Mosquera se consideró obligado
a refutar el libelo en su
|Examen crítico de dicho libro. De
los demás, ninguno creyó que semejantes frenéticos desahogos
merecían respuesta.
He aquí el trozo sobre el general Urdaneta, a que aludo:
"A mi regreso a Popayán hallé detenido un pliego que por expreso
me habían dirigido los liberales de Bogotá, dándome parte de un
plan que estaba arreglado ya, para derrocar la tiranía con los
mismos brazos que la habían levantado y sostenido. El general
Bolívar, al marchar de Bogotá para Quito, disgustado con
|el
general Sucre por haber perdido a Bolivia, había ofrecido la
vicepresidencia de Colombia al feroz Urdaneta; pero en el Sur todo
había cambiado. La presencia de Sucre, sus recientes servicios, el
estado actual de las cosas y la necesidad de conciliar con sus
intereses ese ascendiente que ocasionaba los celos de Su
Excelencia, le habían hecho variar de determinación y había
escrito a sus amigos designando a este general para la
vicepresidencia que había ofrecido a aquel; y Urdaneta, como por
encanto, habiendo anochecido servil, amaneció republicano y
destapado liberal. El pliego, pues, contenía un plan, de que
Urdaneta sería el ejecutor, en virtud del cual, puesto éste a la
cabeza de los republicanos, asesinaría al dictador y haría que
éste se llevase en su comitiva para el otro mundo a los bolivianos
diputados al Congreso, con todos los que le habían ayudado a
derramar la sangre de Padilla, Azuero, Guerra, Ormán, Zuláibar, el
gran Córdoba, etc., asesinados después del 25 de septiembre; que
logrando por este medio salir del general Bolívar, después
fusilarían a Urdaneta, y mandarían en seguida a llevarme para que
me encargara del gobierno. Yo enseñé confidencialmente estos
papeles al señor Joaquín Mosquera, quien, como era de esperarse, se
horrorizó al verlos.
"El correo estaba pronto, y yo escribí al general Bolívar
diciéndole que importaba muchísimo su pronta separación del mando,
antes que tuviese lugar una gran desgracia que le aguardaba por
donde menos debía esperarla; y que en aquellas indicaciones le
daba una prueba inequívoca de la sinceridad de mis sentimientos y
aun de la perfidia de Urdaneta y de los demás, que haciéndole creer
que eran sus amigos, eran los que le habían precipitado. En fin, en
esta carta, que fue leída en Bogotá por muchos hombres públicos,
Caicedo entre ellos, le di a entender lo puramente necesario para
que se salvase, sin dejar por esto de mencionarle los personajes
boliviano-liberales contra quienes debía precaverse, y que me
importaba hacer conocer todavía mas .
Impuesto ya el lector de los antecedentes, dejo a su juicio, si
es imparcial, el calificar la acriminación; pero debo manifestarle
que Bolívar no pudo ofrecer a Urdaneta la vicepresidencia a su
partida para el Sur: siendo infalible el nombramiento del
Libertador para la presidencia, sin los sucesos que ocurrieron
posteriormente a su marcha, el Vicepresidente tenía que ser
granadino, y el señor Castillo Rada, Presidente entonces del
consejo de ministros, era naturalmente el indicado.
No dudo que algún liberal escribiera al general Obando algo de
esperanzas en el general Urdaneta,
por la interrupción de su amistad con el Libertador, porque así
somos los hombres generalmente: sí oímos a alguno de nuestros
adversarios políticos una queja, una censura; si le notamos el más
pequeño disgusto contra el poder existente, o contra el mandatario
supremo, ya lo consideramos de los nuestros, y si es un personaje
de valía, fundamos en él las más extravagantes esperanzas.
Lo, que sí debo hacer observar a los jóvenes que estas mal
trazadas líneas mías lean, es aquello de que si los liberales
lograban salir de Bolívar por medio de Urdaneta, fusilarían, esto
es, asesinarían después a éste. Como semejante aseveración dice,
por si sola, más que cuanto yo pudiera decir, no quiero
comentarla.