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El Libertador, resuelto ya, resistió a todas las observaciones de los partidarios de su elección, dentro y fuera de las cámaras. Habló a todos los diputados uno por uno, suplicándoles que no le dieran su voto, que no lo comprometieran, porque por nada aceptaría la pre­sidencia, y sólo así pudo hacerlos desistir; y cumplien­do lo que ofreció pasó al Congreso el siguiente men­saje:

"CONCIUDADANOS: Concluida la Constitución, y encargados como os halláis por la Nación de nombrar los altos funcionarios que deben presidir la República, he creído conveniente reiterar mis propuestas repetidas de no aceptar otra vez la primera magistratura del Estado, aun cuando me honraseis con vuestros sufragios. De­béis estar ciertos de que el bien de la patria exige de mí el sacrificio de separarme para siempre del país que me dio la vida, para que mi permanencia en Colombia no sea un impedimento a la felicidad de mis conciu­dadanos.

"Venezuela ha pretextado, para efectuar su separa­ción, miras dc ambición de mi parte; luego alegará que mi reelección es un obstáculo a la reconciliación, y al fin la República tendría que sufrir un desmembramiento o una guerra civil.

"Otras consideraciones ofrecí a la sabiduría del Con­greso el día de su instalación, y unidas éstas a otras mu­chas, han de contribuir todas a persuadir al Congreso que su obligación más imperiosa es la de dar a los pue­blos de Colombia nuevos magistrados, revestidos de las eminentes cualidades que exigen la ley y la dicha pú­blica.

"Os ruego, conciudadanos, que acojáis este mensaje como una prueba de mi más ardiente patriotismo y del amor que siempre he profesado a los colombianos.

 

"SIMON BOLIVAR.

"Bogotá, abril 27 de 1830".

 

 

La discusión sobre este mensaje fue corta, circuns­pecta, y de la misma manera se discutió y aprobó uná­nimemente la siguiente respuesta:

 

"Excelentísimo señor Simón Bolívar, Libertador,

Presidente de la República.

 

"Señor: El Congreso se ha instruido de vuestro men­saje de 27 de este mes, en que reiteráis vuestras propues­tas de no aceptar otra vez la primera magistratura del Estado, aun cuando fuerais honrado con los sufragios de los representantes del pueblo, y lo ha tomado en con­sideración.

"Aprecia debidamente el Congreso esta nueva prueba que dais a la Nación de vuestro civismo y del desin­terés que os anima. Ella, en su concepto, realza la glo­ria que por tantos títulos habéis adquirido, y desmin­tiendo las imputaciones que se os habían hecho, afianza vuestro crédito y consolida vuestra reputación.

"Debéis confiar, señor, que cada uño de los dipu­tados del Congreso, siguiendo las inspiraciones del de­ber y del patriotismo, y su modo de percibir las con­veniencias públicas, pesará en el fondo de su conciencia el día de las elecciones, las razones que os han inducido a solicitar que no os reelija para la primera magistratu­ra del Estado, y ellas determinarán su sufragio.

"Sea cual fuere, señor, la suerte que la Providencia prepara a la Nación y a vos mismo, el Congreso espera que todo colombiano sensible al honor y amante de la gloria de su patria, os, mirará con el respeto y consi­deración debidos a los servicios que habéis hecho a la causa de la América; y cuidará de que conservándose siempre el brillo de vuestro nombre, pase a la posteri­dad, cual conviene al fundador de la independencia de Colombia.

"Tales son, señor, los sentimientos del Congreso, que de su orden, tengo el honor de transmitiros.

"Sala de las sesiones, en Bogotá, a 30 de abril de 1830.

"El Presidente del Congreso,

"VICENTE BORRERO"

 

 

Entramos luego a conferenciar privadamente, pro­curando ponernos de acuerdo sobre los ciudadanos que hubiéramos de elegir presidente y vicepresidente de la República. El Libertador fue el primero que indicó pa­ra la presidencia al señor Joaquín Mosquera, quien ha­biendo sido siempre su amigo personal, y aceptándolo el partido liberal por su conducta moderada en la Con­vención de Ocaña, era de esperar que fuera el mediador entre los partidos. Yo habría preferido que se hubiera adoptado al general Caicedo, y me parecía que el Con­greso debía darle esta muestra de aprobación de su con­ducta, pero acepté la candidatura Mosquera, porque mi opinión no tuvo acogida, conviniendo el mayor número en que el señor Caicedo fuese el vicepresidente; mas me reservé el derecho de votar por él en el primer escru­tinio, como lo hice. Dice el general Mosquera en su |Examen crítico, página 62, que el Libertador fue el más empeñado en la elección de su hermano, y en esto hay alguna exageración. Ciertamente el Libertador, como he dicho, lo recomendó antes que ninguno otro; pero no tomó empeño por nadie, ni quiso intervenir en lo más mínimo en la elección. Los treinta y dos diputados que querían la reelección del Libertador, disgustados por lo que llamaban sus vacilaciones, prescindiendo de él y obrando por su propia cuenta, se reunieron, y vein­tiséis de ellos adoptaron por candidato al honrado car­tagenero doctor Eusebio María Canabal, abogado dis­tinguido, prócer de la independencia de Cartagena desde 1810, que había ocupado altos puestos en aquel Estado en los primeros peligrosos días de nuestra transforma­ción política, y después en Colombia los de senador, re­presentante, ministro de la corte suprema y otros. Hom­bre probo y laborioso, de buena palabra e instrucción poco común, en nada desmerecía el señor Canabal; pero bastaba que fuese el candidato de los llamados bolivia­nos, para que se levantara tormenta contra él, siendo lo particular que los señores liberales, que lo rechaza­ban como boliviano, aceptaban al señor Mosquera, can­didato de Bolívar, porque había sostenido por la im­prenta la necesidad de considerar la separación de Ve­nezuela como un hecho consumado, que era la gran cuestión que los ocupaba.

 

 

Firmada la Constitución el tres de mayo, se proce­dió al día siguiente a la elección de presidente y vice­presidente, que podían considerarse como provisorios, pues en el mes de octubre debían los colegios electora­les elegir los que hubieran de serlo para el próximo período constitucional. Verificado el primer escrutinio, dio el siguiente resultado: veintiséis votos por el señor Caicedo. Necesitándose los votos de las dos terceras partes de los miembros presentes para que hubiese elec­ción, se procedió a votar nuevamente, contraída la elección a los señores Canabal y Mosquera, y como a los primeros nombres que se publicaron se juzgó que el resultado seria el mismo que el del primer escrutinio, los espectadores, entre los que figuraban principalmente los colegiales, prorrumpieron en gritos y amenazas, y la voz de "vamos a llamar al pueblo para que impida esta elección", se dejó oír, corriendo un grupo consi­derable hacia la puerta gritando "a las armas", mientras otros amenazaban casi saltando la barra. Tan grande des­orden hizo suspender por un rato la publicación del re­sultado de la votación, y el señor García del Río domi­nando, a lo Mirabeau, con su voz y su imponente ade­mán la algazara, excitó a los diputados a que no se dejaran imponer por una turbamulta criminal, y conti­nuasen votando conforme les dictara su conciencia: ce­der a la amenaza, dijo, es viciar la elección, y en seme­jante caso la obediencia a los magistrados elegidos no es obligatoria". El señor Defrancisco habló en el mismo sentido, y lo particular es que se hizo silencio para oírlos, y la vergüenza asomó a las mejillas de algunos rostros imberbes. Pueblo había muy poco; esto es, se­gún el significado que se le quiere dar a esta palabra:

entonces los artesanos eran muy diferentes de lo que en lo general son ahora; conocían mejor sus intereses y no se dejaban engañar. Contraídos a su trabajo, que les proporcionaba la paz del hogar, y la gallina en la olla5 de que hablaba Enrique IV de Francia, lo preferían a la política, y no se prestaban a ser instrumentos de los falsos apóstoles de la libertad. Tampoco había pueblo de otra categoría; algunos militares de los que siempre figuran en estas escenas, algunos doctores, aspirantes, y la juventud escolástica, formaban el grupo que se llamó

"el pueblo", en aquel día de escándalo, que sirvió de modelo a otro día más funesto y vergonzoso.

 

XI
 

 

A pesar de los esfuerzos de los dos enérgicos dipu­tados cartageneros, corrió sordamente en los bancos del Congreso la voz de "evitemos mayores males", pronun­ciada por la pusilanimidad, y al tercer escrutinio re­sultó electo presidente el señor Joaquín Mosquera, sin que el Libertador hubiera tenido un solo voto, habien­do convenido todos en esto por honor de él. Acto con­tinuo fue elegido Vicepresidente, en primer escrutinio, el general Domingo Caicedo.

La turba vocinglera, obtenido este resultado, salió en tropel dando vivas a la libertad; los que por fuera espe­raban para saber a quién habían de vitorear, se unie­ron a ella con el |entusiasmo que produce siempre en semejantes hombres el triunfo a que se adhieren, cuan­do ha pasado todo riesgo de equivocarse, y la zambra por las calles fue completa, a estilo democrático.

Sin embargo, los liberales entraron en cuidado por las consecuencias que podía tener la coacción ejercida sobre el Congreso, y resolvieron negarla y desfigurarla en sus periódicos, a pesar de la notoriedad y del alarde que hacían los gritones de haber decidido la elección en su sentido.

En el número 4º de |La Aurora, al hablar de las elecciones de que trato, se dice lo siguiente: "Debemos advertir que al hacerse el escrutinio de la elección de presidente, el pueblo todo, informado de las intrigas, de los manejos sórdidos que se habían empleado estu­diosamente con el fin de que recayese en el señor Canabal, para convertirlo en instrumento de los planes de Bolívar, no pudo menos que manifestar el alto des­agrado con que miraba los votos que obtenía, y que se habían arrancado obrepticia y subrepticiamente, apro­bando a la vez los emitidos a favor del honorable señor Mosquera, en uso del derecho que tienen todos los ciu­dadanos en todos los países libres, para aplaudir o no aquello que crean conforme o contrario a sus intereses y bienestar. No existió sin embargo el menor desor­den, y sólo se notaba en los espíritus aquella desagra­dable agitación que ordinariamente produce la idea de verse un pueblo hecho el juguete y la víctima de la in­triga, de la traición y de la mala fe. No era por tanto el señor Canabal el objeto preciso de su desagrado, sino la convicción íntima de los males que a su sombra de­bieran cometerse". En una nota de este artículo dicen los editores: "El mismo día de las elecciones salió muy temprano a luz un impreso en que se anunciaba haberse fraguado en las dos noches anteriores una intriga en la casa de ciertos señores diputados para que reca­yese la presidencia precisamente en la persona del señor Canabal, de acuerdo en todo con el general Bolívar, pre­tendiendo hacer a aquel respetable individuo el blanco de sus planes liberticidas y e] instrumento del sistema de opresión que se quería continuar en Colombia".

Resaltan tanto y tan claramente las observaciones que se pueden hacer a estas relaciones de un hecho co­nocido de todos, que debiera yo dejar que el lector las hiciera por sí; pero no puedo prescindir de llamar la atención sobre algunos puntos. Al "respetable" señor Canabal no le hacían otra objeción, porque no había otra que hacerle, sino la de ser el candidato de los lla­mados bolivianos, es decir, de los que deseaban un pre­sidente que hiciese esfuerzos por salvar la integridad de Colombia bajo la Constitución acabada de sancionarse, y esto era lo que no se quería. La existencia de Colom­bia podía volver a elevar a Bolívar en las próximas elecciones o darle el mando en jefe del ejército, alejan­do indefinidamente al general Santander del primer puesto en la Nueva Granada y esto era lo que se llama­ba planes liberticidas, sistema de opresión. La reunión de algunos diputados para convenirse sobre los candi­datos por que hubieran de votar, cosa que se practica siempre en todas partes, por todos los partidos, y que es natural que se practique para llevar a la Cámara un acuerdo previo que facilite la elección y no contrariarse los hombres de una misma opinión; he aquí lo que se llamaba, una intriga para obrepticia y subrepticiamente arrancar votos en favor de un ciudadano que se recono­cía digno, pues que era "respetable". Declarar cómplice en la suprema intriga al Libertador, que había indicado al candidato opuesto al señor Canabal, y que no pensa­ba ya sino en proporcionarse recursos para ir a exhalar su último suspiro en una playa extranjera, entraba en el plan de atribuírselo todo. El papel publicado en la mañana del mismo día de las elecciones fue el toque de generala para facilitar el crimen aguzando las armas de que siempre usan "los seductores de los pueblos": la mentira, las acriminaciones calumniosas y la tergiversa­ción de hechos inocentes y naturales.

|El Demócrata, periódico liberal que empezó a pu­blicarse en aquellos días, refirió el hecho tratando tam­bién de atenuarlo, pero se le escapó decir: "El pueblo con sus aplausos indicaba por quién se decidía entre los candidatos que obtenían sufragios, y con franqueza |impugnaba de mil modas los que no merecían su con­fianza".

Como el partido liberal desde que nació ha adoptado el sistema de negar los hechos más comprobados, pasa­dos a la luz del día en presencia de miles de testigos, diciendo; "calumnias de los conservadores", pudieran los jóvenes liberales que no vieron aquello, atribuir mi relato a espíritu de partido, dando más crédito al dicho de sus escritos que al mío; tengo, pues, necesidad de presentarles un testimonio que no pueden rechazar. El general José María Obando, en sus |Apuntamientos para la Historia, dice a la página 93, hablando de nuestro Congreso y de aquel suceso lo siguiente: "Y todos sa­ben también que los liberales de Bogotá, oponiendo la violencia a la violencia, se armaron alrededor de aque­lla pérfida corporación y. LA. OBLIGARON POR TEMOR, a pesar de la firmeza y denodados esfuerzos del diputado García del Río; a desistir de la elección de Canabal, y reemplazarle con el virtuoso Joaquín Mosquera.

Queda, pues, comprobado que los concurrentes a las tribunas del Congreso, que no pasarían de ciento, arro­gándose el título de pueblo, y nada menos que el de todo el pueblo colombiano, impugnaban de |mil modos los votos que se daban al "respetable" señor Canabal; que uno de esos |mil modos lo explica el general Obando con la mayor precisión; y por tanto queda probada la coacción ejercida sobre el Congreso, y con ella la nulidad, en rigor, de las elecciones, porque donde no hay libertad para votar no hay elección.

El general Obando, en su proclama de 7 de marzo de 1829, que ya hemos visto, dijo: "Compañeros de ar­mas: la representación nacional va a reunirse el año en­trante; ella fijará nuestros destinos, y no las armas". El Congreso de 1830 era esa representación nacional de que hablaba el liberal general Obando; ¿en qué se podía fundar, pues, este prohombre de los liberales para |llamar "pérfida corporación" al cuerpo representante de la Nación, por él mismo reconocido como tal? ¿qué violencia era la que tenían que resistir con otra violen­cia los liberales de Bogotá? ¿Hay perfidia, hay violencia en que algunos diputados prefieran un candida­to a otro? ¿No es este un derecho perfecto y legítimo que tienen todos los representantes del pueblo en aquel caso?

¡Jóvenes liberales! Yo os ruego que, prescindiendo de toda pasión política, de esas simpatías o antipatías personales que son las que deciden de todo en nuestro país, vayáis siguiendo conmigo el curso de los aconteci­mientos, para que veáis en ellos lo que ha sido desde su origen ese partido que se llama liberal, desvirtuando un adjetivo que en su significado genuino es un timbre honroso para los que lo somos verdaderamente. Los hechos os irán comprobando su mala fe, y veréis que en sus doctrinas disociadoras no tiene más objeto que corromper las masas y seduciros a vosotros para faci­litarse los medios de arrebatar el poder y dominar; y si la convicción entra en vuestros pechos, si estimáis en algo el honor, tomad el buen camino, repudiad des­de ahora un epíteto que llegará un día en Nueva Gra­nada, si es que no ha llegado ya, en que será una in­juria que imprima afrenta indeleble. Y esto, sin inten­ción de ofenderlos, me atrevo a decirlo también a algu­nos hombres honorables que por tradición, por compro­metimientos anteriores, por falta de valor moral para volver atrás, siguen llamándose lo que no son en el fondo, habiendo el mal inmenso de dar fuerza con su respetabilidad a un partido que sin ellos caería, sin necesidad de empujarlo, bajo el peso de sus propios excesos. La unión de los buenos de todos los partidos es la única esperanza que queda a nuestra patria común.

 

XII
 

 

Una comisión participó al Libertador haber el Con­greso cumplido con los objetos de su convocatoria; que por consiguiente quedaba abrogado el decreto orgánico de 27 de agosto de 1828, cesando el Poder Ejecutivo en el uso de facultades extraordinarias; participándole las elecciones hechas para presidente y vicepresidente de la República de Colombia, y manifestándole la gra­titud de la Nación por los servicios que le había pres­tado. El Libertador contestó por medio de la misma comisión, que se congratulaba con el Congreso por el feliz término de sus trabajos, dando una Constitución a la República y nombrando para regir sus destinos a ciudadanos que tenían la fortuna de merecer la con­fianza de la Nación; que él quedaba reducido a la vida privada, que tanto había deseado, y que si el Congreso quería una prueba especial de su ciega obediencia a la Constitución y a las leyes, estaba 'pronto a dar la que se le exigiese.

Bolívar quería probar que sabía obedecer como ciudadano y como militar; pero ya era imposible emplear­lo en nada sin chocar con el partido que se engrosaba por los acontecimientos mismos con todos los cama­leones políticos, y que sintiéndose fuerte se hacía cada momento más implacable.

Hallándose el señor Mosquera en Popayán, otra co­misión pasó a llamar y conducir al Vicepresidente, pa­ra que, prestando el juramento de posesión, entrase a ejercer el Poder Ejecutivo constitucionalmente, durante la ausencia de aquel. La comisión regresó informando que el general Caicedo rehusaba absolutamente admitir la magistratura que se le confería, y que en la misma tarde expondría por escrito las razones por que lo ha­cía. Esta respuesta nos desconcertó por un lato: el ge­neral Caicedo, por su respetabilidad personal, por la confianza que todos tenían en él, era un hombre nece­sario en la terrible crisis que corríamos. Pero con algo de enojo se acordó en el acto enviarle otra comisión excitándolo a prestar el juramento, como un deber de que el Congreso no podía eximirle; que después expu­siese las razones que creyese convenientes, y que en­tonces las tomaría el Congreso en consideración.

Una grita inmensa con música y cohetes nos anun­cio su llegada, continuando la algazara dentro del re­cinto mismo de la cámara, y el tropel para tomar asien­to, hasta el momento de la religiosa ceremonia.

El general Caicedo, con su presencia de rey, con su noble semblante, inspiraba siempre simpatía y respeto, y | al ocupar su puesto bajo el solio, a la derecha del Presidente del Congreso, la multitud hizo silencio es­pontáneamente.

Prestado el juramento, pronunció el ilustre bogotano un corto discurso dirigiéndose al presidente del Congre­so:

"Señor -dijo- Recibo en este momento el testimo­nio de la ilimitada confianza, del Congreso soberano, al depositar en mí la segunda magistratura de la Re­pública. Yo habría manifestado en mi renuncia, si se me hubiera permitido, que no soy el hombre llamado a regir la Nación en tan críticas circunstancias. Si mis ardientes votos por la prosperidad nacional me diesen la aptitud necesaria, la República triunfaría de su difí­cil posición; pero ella demanda en la efervescencia de las pasiones y de los partidos en que hoy desgraciada­mente nos encontramos, un tino, luces y talentos supe­riores a mi capacidad" ... | | y concluyó ofreciendo que la Constitución sería su guía.

Este lenguaje del general Caicedo, no era el de la hipocresía de costumbre en semejantes casos: él sentía lo que decía y desconfiaba de sus propias fuerzas. En efecto, el general Caicedo, de una larga y distinguida familia del país, de mansa condición, de probidad polí­tica y privada reconocida, prócer esclarecido de la in­dependencia, podía hacer, e hizo mucho bien en cierto sentido. Luces y talento no le faltaban, su instrucción era vasta; pero calificado de "demasiado bueno" aun­que venerado y querido, carecía de influjo sobre los militares, en cierto sentido, y teniendo que hacer frente al furor de las pasiones se necesitaba para dominarlas algo más que bondad de corazón y honradez, más que talento e instrucción, y de ese algo más carecía el señor Caicedo; bien que la descomposición social era tan vio­lenta que ninguna fuerza humana habría podido evi­tarla. El señor Vicente Borrero, diputado por Popayán, Presidente del Congreso, le contestó más bien como co­rrespondiera al Presidente que no al Vicepresidente, que apenas debía ocupar el puesto unos pocos días; pero los pensamientos de su discurso eran nobles y patrió­ticos, si bien uno que otro erróneo. Copiaré algunos tro­zos de él para darlo a conocer:

"Señor -dijo- séame permitido felicitar más bien que a vos a la República, en este día en que por el voto de la representación nacional se ha depositado en vues­tras manos el poder supremo.

"Agitada nuestra patria por sus desgracias y ator­mentada por el torbellino de los sucesos que la han mantenido en continuos vaivenes, ha vuelto a todas par­tes sus ojos como para buscar remedio a sus males. Sin Constitución; sin leyes, que son las que hacen servir to­das las pasiones y todos los talentos al bien público, las que protegen a los débiles, reprimen a los grandes y unen los pueblos a los gobiernos, y los gobiernos a los pueblos, era fácil prever que el edificio del Estado iba a desplomarse sobre sí mismo. Sigue haciendo una pintura triste, pero verdadera, de la situación en que se encontraba el país, y continúa: "Sois el ídolo del pueblo, y vais a ser instrumento de la pública felicidad: emplead, pues, vuestros desvelos en afianzar la paz, la unión y la seguridad del Estado.

"El Congreso, por su parte, ha llenado la misión importante que se le con fió: la malignidad no encon­trará mancha en su reputación, y nadie podrá dispu­tarle la gloria de haber dado a los colombianos la dig­nidad de una nación legalmente constituida. Suspiraban los pueblos por la paz, y ellos saben que este don pre­cioso no se obtiene sino en un gobierno fundado sobre la fuerte base de la ley. Deseaban garantías, y el goce de éstas no se asegura sino bajo el imperio de la Cons­titución ...-

"Mas si por desgracia la opinión extraviada de al­gunos pueblos rehúsa la debida sumisión y obediencia

al código fundamental, que se presenta como el áncora de salud, la moral y la humanidad reprueban en este caso la violencia para castigar un error que puede ser inocente. La dulzura calma las pasiones; el rigor las írrita5 y no es justo, para decidir nuestras contiendas, apelar a la fuerza de las armas; a esos instrumentos de destrucción y de venganza, que sólo deben servir de barrera y de defensa del Estado y de hacer florecer la libertad a la sombra de la victoria... Este último pensamiento es disolvente, anárquico; el partido liberal lo proclamaba para destruir la unidad de Colombia; es el mismo que el general Páez alegó en su nota al Li­bertador cuando le comunicó la segunda revolución de Venezuela, y el señor Borrero lo repetía por esa debili­dad fatal con que el partido conservador ha plegado complacientemente a la palabrería de sus adversarios. Semejante principio destruye toda posibilidad de orden en una nación; las facciones que se arrogan el nombre de pueblo, facultadas según él a rehusar impunemente el sometimiento a las leyes, anulan la fuerza moral de éstas, y si oponiendo a ellas la resistencia armada, "la moral y la humanidad" reprueban el que se les someta y castigue, no hay vínculos sociales que puedan man­tener ninguna nacionalidad. Es probable y casi se pue­de asegurar, pues que estamos en plena federación, que la Nueva Granada disolviéndose en pequeñas repúblicas hostiles, como las de Centro América, dé una prueba más de lo peligroso que es aceptar ciertas doctrinas que, una vez generalizadas y proporcionando a los facciosos antecedentes que alegar, no es fácil contrariarlas cuando producen sus consecuencias.

  XIII
 

 

Retirado el Vicepresidente, acompañado de los secretarios del despacho, del general Urdaneta y de algu­nos otros jefes y empleados, se precipitó la turba de las tribunas a la calle, y la grita aumentó con el re­fuerzo de los nuevos acompañantes, que con la música, los cohetes, las canciones y las arengas, pasaban y re­pasaban tajo las ventanas del Libertador, por la puerta de los cuarteles, y encarándose a cuantos militares o ciudadanos encontraban y que se consideraban amigos del gigante abatido, prorrumpían en las aclamaciones más provocativas victoreando al general Santander, al doctor Vicente Azuero, al doctor Francisco Soto, a los desterrados por la conjuración del 25 de septiembre, y algunos |vivas como por cortesía les daban también a los nuevos magistrados, y a la libertad, por supuesto, con sus correspondientes mueras a la tiranía, a los tira­nos, a los serviles, a los pretorianos, pero sin nombrar persona determinada, lo que era mucho en tan bulli­cioso |entusiasmo.

|El Demócrata, periódico que he citado, y que ten­dré que citar otras veces como órgano principal del partido liberal, refiriendo los sucesos de este día, dijo:

"Bogotá, a quien el general Bolívar ha llamado el trono de la opinión nacional, presenta el día 4 de mayo co­rriente el más hermoso, el más sublime de los cuadros históricos. Nosotros no podemos resistir al raudal de ideas que despierta en nuestra alma tan bello espectácu­lo; trazaremos algunos para conocimiento y asombro del mundo, de los pueblos, de los reyes y de la poste­ridad". Sigue haciendo relación de la elección de presi­dente y cómo impugnaba el pueblo de |mil modos los votos que se daban a los que no merecían su confianza, y seguía: "Bien pronto, decidida la elección |conforme a sus votos (los del pueblo), prorrumpió en vivas al Congreso y a los nuevos magistrados, y salió por las calles con gritos de alegría ... Todos se abrazaban, to­dos se daban la enhorabuena, todos vieron nacer la li­bertad. La música avivaba los sentimientos, y las almas puras se elevaron hasta los cielos" (nada menos) ... "El pueblo desahogó su corazón, honró las cenizas de los ilustres campeones muertos por sostener sus dere­chos, aclamó a los ciudadanos beneméritos". (Todos és­tos eran los del 25 de septiembre de 1828). "El ilustre Urdaneta recibió con el mayor placer entre sus brazos a los ciudadanos que se agolpaban para abrazarlo: él vio cuán importante, cuán dulce es seguir al pueblo obrando de acuerdo con sus intereses" ... ¡Desgraciado Urdaneta! Se olvidaba de que desde el célebre abra­zo del jardín de las Olivas, esas caricias judaicas anuncian una corona de espinas, siete caídas en la calle de la amargura, un suplicio en el Gólgota y la saliva en el rostro, que es peor que todo: no pasaron muchos días sin que el general Urdaneta lo recordara; el partido liberal no tarda en desengañar a los que creen que ol­vida.

Pero prescindiendo del ridículo que brota a manos llenas de este lenguaje, veamos otras cuatro palabras del entusiasmado |Demócrata: "Tal es la escena -dice-- en que nosotros vimos los más bellos rasgos de virtudes sociales. En medio del DESORDEN GENERAL, casi locos los hombres porque habían asegurado bienes que ya se les escapaban para siempre, cualquier pueblo hubiera clamado, como se vio en otros muchos y con menos motivos: ¡muera ese criminal, derrámese la sangre de aquel traidor, quitemos la cabeza a ese ambicioso!". Y hacían alarde de que no se hubieran dado tan sangrien­tas voces. En efecto, no llegaron a estos extremos, con­formándose con herir a punzadas de lanceta. Pero, ¿podían hacer más? Había mil veteranos de guarnición con ceño torvo y temblando de rabia; la mayoría del ver­dadero pueblo era adicta al héroe proscrito, y en las clases superiores contaba con numerosos amigos per­sonales: al menor amago, pues, en aquel sentido ha­brían concluido en cinco minutos música, cohetes, gri­tos y gritones.

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