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 CAPITULO VIGESIMOSEXTO

 

I
 
 

En 1819 en el furor de la guerra a muerte, que rea­listas y republicanos se hacían con toda la ferocidad de las guerras civiles, porque guerra civil fue la de la inde­pendencia, convocó el Libertador un Congreso consti­tuyente en la ciudad de Angostura, hoy Ciudad Bolívar, y considerando ser llegado el tiempo de organizar un gobierno sobre bases sólidas, tuvo el valor de proponer a aquel cuerpo, ilustrado por la experiencia, un proyecto de constitución en el que desenvolvió el pensamiento que ya le conocemos, por medio de un discurso que in­dudablemente es el mejor de sus escritos:

"Ideal en gran parte era aquel proyecto: la imaginación poética de Bolívar, remontándose a los antiguos tiempos, buscaba lecciones y ejemplos para introducir instituciones, parte griegas, parte romanas, en una tie­rra aún no salida de la servidumbre".¹

Por entonces sus ideas políticas, aunque las más no se | adoptaron, no se atribuyeron a malos motivos; des­pués se le imputaron a crimen. Las principales censuras de los que se han llamado liberales han recaído sobre el senado hereditario y el presidente vitalicio. Veamos las razones que él dio en su discurso al Congreso para proponerlas. Entre otras de alta política, añadía:

"Por otra parte los Libertadores de Venezuela son acreedores a ocupar siempre un alto puesto en la Republica, que les debe su existencia. Creo que la poste­ridad vería con sentimiento anonadados los nombres de sus primeros bienhechores; digo más, es del interés publico, es de la gratitud de Venezuela, es del honor

1 Baralt y Díaz  

 

 

nacional conservar con gloria hasta la última posteri­dad una raza de hombres virtuosos, prudentes y esfor­zados que superando todos los obstáculos, han fundado la república a costa de los más heroicos sacrificios. Y si el pueblo de Venezuela no aplaude la elevación de sus bienhechores, no es digno de ser libre y no lo será jamás". ¹

En cuanto al Poder Ejecutivo prefería acercarse al de Inglaterra, adaptándolo a la república, con un pre­sidente vitalicio nombrado por el pueblo o sus repre­sentantes e irresponsable:

"Por exorbitante -decía- que parezca la autori­dad del Poder Ejecutivo en Inglaterra, quizá no sería excesiva en la república de Venezuela. Aquí el Congreso ha ligado las manos y hasta la cabeza de los magistra­dos. Este cuerpo deliberante ha asumido una parte de las funciones ejecutivas contra la máxima de Montes­quieu, que dice no deber tomar los cuerpos represen­tativos ninguna resolución activa... Nada es tan peli­groso para el pueblo como la debilidad del Ejecutivo, y si en un reino se ha juzgado necesario concederle tantas facultades, en una república son éstas infinita­mente más indispensables". ²

Y por conclusión decía:

"Un gobierno republicano ha sido, es y debe ser el de Venezuela: sus basas, la soberanía del pueblo, la libertad civil, la proscripción de la esclavitud, la abo­lición de la monarquía y de los privilegios. Necesita­mos la igualdad para refundir, digámoslo así, en un todo los hombres, las opiniones políticas y las costum­bres públicas".

En aquel congreso no faltaron diputados que habla­ran de federación, pero la mayoría se asustó y la funes­-

1 Hoy se piensa de otro modo. El que empleara este lenguaje sería calificado de godo. Ser un antiguo servidor, es un mo­ |tivo de proscripción, si no se lleva grabado en la frente un letrero que diga: "rebelde".  
2     Estos principios políticos son blasfemias hoy. Los sena­dos han de intervenir hasta en el nombramiento de un teso­rero, las asambleas son las que han de gobernar, y el llamado Presidente no ha de ser más que un ridículo estafermo.  

 

 

La palabra fue desechada. Si aceptada hubiera sido, es­taría Venezuela todavía gobernada por los capitanes ge­nerales, y Nueva Granada por virreyes. Es de notarse, y | debo llamar la atención sobre ello, que desde los pri­meros días de la revolución abogó Bolívar por la abo­lición de la esclavitud, empezando por dar libertad a sus numerosos esclavos, añadiendo al consejo el ejem­plo. El Congreso desechó las más de las ideas de Bolívar que prueba la libertad de que gozó en sus deli­beraciones. El poder legislativo por la Constitución que dicté debía ser ejercido por dos cámaras: una de re­presentantes y otra de senadores; éstos vitalicios, los otros por un período de cuatro años, pudiendo ser reelegidos. La responsabilidad del Presidente se limitaba a los delitos de traición, venalidad o mal uso de las ren­tas públicas. Un Vicepresidente debía sucederle en todos los casos de falta. Las demás disposiciones consti­tucionales eran aproximadamente las que han compren­dido las constitucionales posteriores. Aquella Constitu­ción quedó derogada por la de Cúcuta en 1821, en la que se eliminaron las pocas ideas de Bolívar que en la primera se habían adoptado, precisamente cuando Bo­lívar después de Boyacá y Carabobo se hallaba en el apogeo de su gloria y de su poder; pero en aquel con­greso como en el anterior se tembló a la palabra fede­ración, y en él también brillaron hombres de grande mérito, ilustración y patriotismo, granadinos y venezolanos.

 

II
 

 

El Congreso de Angostura, que rechazó el sistema federativo tan resueltamente, que desechó las ideas po­líticas de Bolívar, tenía mucho, en sus principios, del Senado romano de los tiempos felices de la República. Deliberaban sus diputados tranquilamente sobre los principios más abstractos de la alta política en una pe­queña ciudad a las márgenes del Orinoco, cuando la eran Colombia que fundaban estaba reducida al recinto de las trincheras de la ciudad y a los campamentos de las pocas tropas patriotas, que no llegaban a la cuarta parte de las que el enemigo tenía disponibles. La guerra sé hacía en tomo suyo con una actividad y energía que manifestaba el ahinco de los realistas por disolverlo, y la decisión de los patriotas por defenderlo; y la au­gusta Asamblea no se inquietaba y continuaba sus tra­bajos de organización general de la gran república que aún ocupaban y gobernaban los españoles, sin dudar un momento de su independencia. Esto me parece que es tanto o algo más que la venta del terreno en que acampaba Aníbal a las puertas de Roma, sin que hu­biera por eso perdido su dueño un sextercio de su valor.

El distinguido granadino doctor Francisco Antonio Zea, natural de Antioquia, literato y sabio de reputa­ción europea, que era uno de los diputados por la pro­vincia de Casanare, fue elegido Vicepresidente de la República, y se encargó del Poder Ejecutivo por la ausencia del Libertador a la inmortal campaña de Nueva Granada de aquel año. El señor Zea tenía dos condicio­nes por las cuales no podía mandar en Colombia: la primera ser granadino; la segunda vestir casaca negra. Forzósele pues a los pocos meses a renun­ciar en un tumulto acaudillado por el general Mariño, liberal que ya conocemos, que arrastrando sable y rodeado de sus amigos, y del otro general liberal, que también conocemos, el general Arismendi, ocupa­ron la barra en ademán amenazador y turbulento, con gritos que impedían la acalorada discusión que sobre el particular se suscitó. Aquel Congreso en los primeros días, cuando Bolívar se hallaba presente, tan grave y círcunspecto, se convirtió en una semiconvención fran­cesa: varios diputados armados hacían coro al tumulto agresor, y el Vicepresidente Zea cedió su puesto, nom­brándose en su lugar al general Arismendí, que se ha­llaba enjuiciado por un delito militar grave.

Posesionado Arismendi, la primer medida que tomó fue la de decretar un empréstito forzoso, que hizo efec­tivo, y la segunda declarar como pertenecientes al Es­tado, sin reserva ni excepción, todos los cueros de ga­nado vacuno existentes y que existieran, mientras dura­sen las necesidades del Gobierno, cualesquiera que fue­sen sus dueños, apoderándose así del ramo principal del comercio de aquel país. Mariño fue nombrado ge-neral del ejército de Oriente, y Urdaneta y Bermúdez destituidos.

Degenerado ya aquel Congreso en club apasionado, discursos acaloradísimos se pronunciaron contra el Libertador, a quien siempre quisieron rivalizar Mariño y Arismendi, y se trataba nada menos que de suspenderlo y llamarlo a juicio como desertor, por haber abierto operaciones sobre la Nueva Granada sin el previo con­sentimiento del Congreso.

Bolívar contestó con la batalla de Boyacá y la liber­tat de las provincias centrales de Nueva Granada, que tan insigne victoria produjo, y siguiendo él en persona llevando $ 500.000, y muy cerca a la noticia que le precedía, se presentó de repente al desconcertado Con­greso, radiante de gloria y fuerte por los resultados, que en el mundo de todo deciden. Nada dijo sobre los criminales hechos consumados por aquel Congreso; vio con desprecio a sus amigos que en ellos tomaron parte, elogió con calor y verdad la patriótica conducta de los pueblos granadinos, sin la que, dijo, la campaña habría sido perdida, y recabó la reunión de las dos repúblicas, acordándose a su voz la ley fundamental de la de Co­lombia, el 17 de diciembre con sólo cinco diputados granadinos de la provincia de Casanare, única que al tiempo de la reunión del Congreso no estaba en poder de los españoles.

 

III
 

 

La interesante provincia de Casanare fue la primera de la Nueva Granada que se libertó del poder real, y fue lo hizo por sí misma, después de la ocupación de todo el virreinato, en 1816, por el ejército expediciona­rio al mando del general Morillo, Todos los esfuerzos que hizo el virrey para recobrarla fueron inútiles; pero entre los valerosos jefes patriotas que en ella se levantaron, reinaba, por celos de supremacía y mando, la discordia más alarmante y peligrosa.

Informado el Libertador de ello, ascendió a general de brigada al coronel Francisco de Paula Santander, y desde Angostura lo destinó a Casanare a fines de 1818, nombrándole jefe superior civil de la provincia, y comandante general de las fuerzas que allí hubiera y de las que él pudiera organizar. Al efecto le proveyó de armas, municiones y otros elementos de guerra que de­bía Santander llevar consigo. El coronel Jacinto Lara, venezolano, los comandantes Joaquín París, Antonio Obando y Vicente González, granadino, fueron desti­nados igualmente a Casanare a órdenes de Santander.

Llegados a dicha provincia sé sometieron los jefes que en ella mandaban al general Santander, y el orden se restableció. En poco tiempo llegó a organizar San­tander una división como de mil hombres de infantería y otros tantos de caballería.

Instruyendo al Libertador de su situación respeta­ble, Bolívar pronto como era en concebir y en ejecutar lo que concebía, conoció que una invasión rápida al virreinato granadino, dejando el grueso del ejército rea­lista en Venezuela, era la operación más importante que podía ejecutarse durante la estación en que todos los llanos están inundados. De tiempo atrás tenía Bolívar este proyecto, pero los inconvenientes eran grandes. Las excitaciones del general Santander y la base de 2.000 granadinos que le ofrecía sacar de Casanare le decidie­ron. Resuelto ya, guardó silencio, y desde Apure movió cuatro batallones de infantería, uno de ellos compuesto de ingleses, Y dos escuadrones de caballería hacía Nueva Granada. Los sufrimientos de estos hombres, teniendo que atravesar los llanos inundados, lo que es lo mismo que decir un mar de agua dulce, desde el corazón de Venezuela hasta llegar al pie de la cordillera, no se pue­den describir. Un gran número quedaron enfermos en el tránsito, otros se desertaron, y cuando se conoció el objeto de tan penosa marcha, los más de los llaneros venezolanos se volvieron, y al emprender la peligrosa operación, muchos casanareño se resistían a transmon­tar la cordillera, desnudos y sin abrigo, por el formida­ble páramo de Pisba: Las murmuraciones gruñen sorda­mente, y la opinión de que debía desistirse de semejante empresa, que se calificaba de locura, se generalizó en las tropas. Bolívar reunió en junta de guerra a los ge­nerales Soublette, Anzoátegui y Santander, a los coroneles Salón y Lara, y a los comandantes París, Obando y González. El general Santander, que era elocuente, habló con energía apoyando la idea del Libertador, y la junta la aprobó con entusiasmo, restableciéndose por la persuasión la moral en las tropas que quedaban. Es­forzándose Santander en allanar los inconvenientes con todo el fervor que inspira una íntima convicción, pu­dieron moverse 2.500 hombres, desprovistos de todo, menos de ganado vacuno, y lanzarse, a ojos cerrados, a la peligrosísima empresa.

Si los trabajos en la marcha por los llanos fueron grandes, mayores fueron los que tuvieron que sufrir pa­ra transmontar la cordillera. Más de cien hombres mu­rieron al rigor del frío, todos los caballos de los ardien­tes llanos perecieron, y una gran parte del ganado, los equipajes de los oficiales y las municiones de repuesto se perdieron, muertas las acémilas que los conducían; le deserción de los llaneros fue considerable, en térmi­nos que poco más de la mitad de los que salieron de Casanare llegaron al valle de Sogamoso. La 3ª división del ejército realista, fuerte de 3.400 hombres, lo ocu­paba, y si su jefe hubiera esperado con la cuarta parte a los patriotas, a la salida del páramo, sin duda los ha­bría destruido.

Santander se multiplicaba con incansable actividad para aumentar el ejército, reunir recursos y proporcio­nar a aquellos valientes cuantas comodidades para su des­canso y reposición eran posibles en el territorio grana­dino; los pueblos espontáneamente se apresuraron a ayudarles, hasta que con la batalla de Boyacá, coronó Bolívar la más gloriosa de todas su campañas, y obtuvo la más fecunda en resultados de todas las victorias de la guerra de la Independencia.

Este fue el servicio más importante que hizo el ge­neral Santander en toda aquella guerra terrible, cuyo mérito no conoce el mundo ni conocerá la posteridad; pero fue tan grande ese servicio, que él solo bastaría a hacer a Santander benemérito de la Patria y merecedor de la gratitud de sus conciudadanos, aunque no tuviera otros títulos.

 
 

IV
 

 

Se comprenderá bien que al regreso de Bolívar a Angostura, el desertor se cambió en salvador, en reden­tor, y los más entusiasmados fueron los que más le ha­bían injuriado en la ausencia. Así han sido, son y se­rán los más de los hombres: gloria al triunfador; opro­bio y baldón al desgraciado.

Dicen Baralt y Díaz que aunque el Libertador disimuló con el general Arismendi, sin reconvenirle siquiera, creyó inmoral y de pernicioso ejemplo el que continuara en el puesto que le había dado la violencia. Y como por uno de los artículos de la ley fundamental, debían ser nombrados interinamente el presidente y el vicepresiden­te de la República por el mismo Congreso, elegido el Libertador para el primer puesto, solicitó y obtuvo la elección del segundo en favor del mismo señor Zea, co­mo una satisfacción merecida al ilustre granadino que tan injustamente ofendido fuera; agravio que nunca per­donó el general Arismendí, y que pudo vengar en 1829, haciéndose liberal, y promoviendo en calidad de tal la célebre junta de Caracas de aquel año, que no sólo hirió a Bolívar sino también a la República, por cuya existen­cia y nombre había sido removido. El señor Zea estuvo poco tiempo y sin ejercicio en el puesto, pues Bolívar estaba en Venezuela, y el Congreso de 1821 nombró vice­presidente al general Santander.

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