INDICE

 




 CAPITULO VIGESIMOQUINTO (Continuación)  

 

I
 

 

Libertada Venezuela en 1813 por un puñado de granadinos conducidos por Bolívar de triunfo en triunfo, tratose en Caracas de establecer un gobierno regular, y como sucede en semejantes casos, las opiniones no podían avenirse. "En aquel tiempo (dicen Baralt y Díaz) los republicanos estaban divididos en dos parti­dos principales: uno aferrado a las divisiones provin­ciales, aspiraba a hacer triunfar el federalismo, no bien convencido de que éste hubiese sido la causa de las desgracias del país, o por lo menos no queriendo con­fesarlo; otro profesaba el principio de la unidad y la concentración en el gobierno, como único medio de fuerza y consistencia. A la cabeza de aqueste se halla­ba Bolívar... Sostenía que sin unidad e indivisibilidad no podía haber salud para la patria; que un estado homogéneo en religión, producciones, usos y costumbres, no podía admitir el sistema federal sino en un instante de delirio, y echando en el olvido sus más caros interteses ...

"Al frente del otro lado se veían algunos patriotas distinguidos, pero ilusos, que ya creían conseguida la independencia; que no renunciaban por ningún desen­gaño a seguir el ejemplo de los norteamericanos, atri­buyendo sólo a las leyes su prosperidad".

LI partido de Bolívar triunfó no sin la oposición de algunos gobernantes de provincia que saboreaban ya el mando independiente, QUE ES EL GRAN ALICIENTE DEL SISTEMA FEDERATIVO. El gobernador de la provincia de Barinas principalmente armó hulla; pero Bolívar zanjó la dificultad pasándole una nota en que le decía:

"A nada menos quisiera prestar materia que a las sospechas de los celosos partidarios del federalismo,

que pueden atribuir a miras de propia elevación las providencias indispensables para la salvación de mi país; pero cuando penden de ellas la existencia y la fortuna de un millón de habitantes y aun la emancipación de la América entera, toda consideración debe ceder a objeto tan interesante y elevado. Lamento ciertamente que re­produzcáis las viciosas ideas políticas que entregaron a débil enemigo una república entera, poderosa en pro­porción. Recórrase la presente campaña, y se hallará que un sistema contrario ha restablecido la libertad. Malograríamos todos los esfuerzos y sacrificios hechos, si volviésemos a las embarazosas y complicadas formas de la administración que nos perdió... ¿COMO PUEDEN PEQUEÑAS POBLACIONES IMPOTENTES Y POBRES ASPIRAR A LA SOBERANÍA Y | SOSTENERLA? En la Nueva Granada la lucha de pretensiones semejantes a las vuestras, de­generó en una abominable guerra civil, que hizo correr la sangre americana, y hubiera destruido la indepen­dencia de aquella vasta región, sin mis esfuerzos para conseguir una reconciliación y el reconocimiento de una suprema autoridad. JAMÁS LA DIVISIÓN DEL PODER HA ESTABLECIDO Y | PERPETUADO GOBIERNOS: sólo la concen­tración ha infundado respeto, y yo no he libertado a Venezuela sino para realizar este mismo sistema. ¡Oja­lá hubiera llegado el momento de que pasara mi auto­ridad a otras manos! Pero mientras dure el peligro actual, a despecho de toda oposición llevaré adelante el plan enérgico que tan buenos sucesos me ha proporcio­nado...

"Si un gobierno descendiera a contentar la ambición y la avaricia humana, pensad que no existirían pueblos que obedeciesen. Es menester sacrificar en obsequio del orden y del vigor de nuestra administración, las pre­tensiones interesadas, y mis innovaciones que en nada se oponen a la práctica del más libre gobierno del mun­do, serán sostenidas a toda costa por exigirlo mi deber y mi responsabilidad".

He aquí al grande hombre; he aquí lo que era Bo­lívar en aquellos tiempos. Esta energía que tuvo hasta que se enervó en la Capua del Perú, dio la independencia. Con ella pudo sojuzgar a sus numerosos, turbulen­tos y ambiciosos rivales, muchos de ellos ignorantes,

indóciles y pretenciosos; pero con su genio y con esta energía lo dominó todo, y a todos. Este es, en mi con­cepto, su mayor mérito. Washington no tuvo que luchar con este terrible inconveniente.

 

II
 

 

Uno de los más notables ejemplos de lo pernicioso del sistema federativo es el que presenta nuestra historia en la desobediencia de los gobernantes del Estado de Cartagena en 1815 a las órdenes perentorias del Gobier­no federal. Destinado Bolívar a libertar a Santa Marta con una división de 2.500 hombres de la Unión, lle­vando sólo 500 fusiles, mandó el Gobierno general que del gran Par que de Cartagena se completase el armamento y se proveyese de municiones a dicha división. Llegado Bolívar a Mompós, se encontró con que no sólo no se le auxiliaba en nada, sino que se le prohibía que transitase por territorio del Estado. Después de cruzarse notas y contranotas en reclamaciones y nega­tivas, repitiendo el Gobierno general sus órdenes y des­atendiéndolas el del Estado, se disminuyó la división de operaciones en la mitad, pereciendo en Mompós unos 800 hombres de estos infelices serranos, que los más van a una muerte segura cuando se les lleva de repente de la cordillera a las orillas del Magdalena, o a nuestras costas insalubres. Bolívar, desesperado, se dirigió a Cartagena a obtener por la fuerza el armamento, municiones y reemplazos indispensables, para poder cum­plir las órdenes del Gobierno federal, obrando sobre Santa Marta. Entonces Cartagena era una plaza de ar­mas de primer orden y tenía una guarnición mayor de lo que quedaba a Bolívar: nada consiguió, pues, ni po­día conseguir por un sitio sin bloqueo; ocurrió al rue­go, y tampoco logró nada. Súpose entretanto la llegada del ejército español (10.500 hombres) a Venezuela; a las órdenes del general Morillo, y entró la alarma en la plaza. Fue preciso iniciar arreglos, de lo que resulté que Bolívar se fuese para Jamaica, y los miserables res­tos de su división se pusieron a las órdenes de las auto­ridades del "Estado soberano de Cartagena"; Santa Marta no se ocupó; vino el general Morillo y encontró

en esa ciudad y toda la provincia auxilios y refuerzos; Cartagena sucumbió, y tras ella, toda la Nueva Granada dobló la noble cerviz al vencedor; vinieron en seguida' los banquillos, los destierros, los confinamientos, las confiscaciones ...

¿No fue pues la federación, más que las armas rea­listas, la que causó tan terrible desgracia? Con estos desengaños ¿no tenía razón Bolívar en maldecir seme­jante sistema de desgobierno? Se me dirá que las cir­cunstancias han variado después de terminada la guerra de la independencia, que hoy estos recuerdos son incon­ducentes. ¿Pero no quedan y quedarán siempre el or­den público que conservar, las disensiones civiles que evitar, el respeto que inspirar con un gobierno sólida­mente establecido, y la vida de los ciudadanos que conservar impidiendo las matanzas fratricidas? La desobediencia de las autoridades de un Estado soberano a las órdenes del Gobierno nacional, ¿no puede repe­tirse? Y en este caso, ¿qué sucederá? ¿qué se hará? ¿Estamos hoy más avanzados que entonces en ilustra­ción positiva, en civilización? ¿Hemos ganado o retro­cedido, en moralidad, en virtudes, sea como cristianos, sea como ciudadanos? ¿Saben hoy nuestras masas si­quiera la Doctrina Cristiana que sabían entonces?   ¡Ah! ¡Ojalá pudieran contestarse estas preguntas satis­factoriamente! Se dirá que al Estado que desobedezca se le hará la guerra. ¿Pero en este caso se gritará: |"A la invasión"; y otros Estados se unirán con el refrac­tario; y el Gobierno caerá y vendrá la dictadura, y ven­drán los patíbulos, y habrá confiscaciones, y ... | | ¿Puede esto llamarse gobierno?

 

III
 

 

La situación de Bolívar en Jamaica era en extremo aflictiva: desprestigiado por los malos resultados de la campaña de Venezuela en 1814; más todavía por íos últimos acontecimientos de Cartagena, de los que se le hacia responsable; ofendido por los insultos de sus ému­los en libelos calumniosos, en que se le trataba de inep­to, de cobarde, ya que no de traidor, como se usa en nuestros países con todo el que cae; reducido a pedir

prestado para sostenerse, lo que es uno de los más agu­dos dolores de la vida; asechada su existencia por el puñal de asalariados asesinos, del que sólo la Provi­dencia divina lo salvó; cualquiera otro que no hubiera sido Bolívar habría desmayado, cayendo en la desespe­ración.

Los ejércitos realistas triunfantes por todas partes, Venezuela sojuzgada, la Nueva Granada sucumbiendo a pedazos, todo hacía temer, todo persuadía que la causa de la independencia estaba perdida. Pero el proscrito de Jamaica no se desalentaba: el porvenir se le presen­taba claro y seguro en cuanto al triunfo de la indepen­dencia. Sin embargo lo conturbaban las dificultades de la organización posterior, lo afligía, lo desesperaba una sola palabra: "LA FEDERACIÓN".

En esos días de escaseces pecuniarias que lo suje­taban a privaciones angustiosas, en esos días de tristeza por los desastres de la guerra; en esos días de agita­ción de ánimo por los planes que hervían en su cabeza volcánica, escribió a un caballero inglés de aquella isla, adicto a nuestra causa, su amigo personal que le favorecía, una carta interesantísima explicándole con candor y claridad las causas de las desgracias de Ve­nezuela y Nueva Granada y desenvolviéndole sus ideas políticas para asegurar el porvenir: "Los acontecimien­tos de la Tierra Firme (le decía) nos han demostrado que las instituciones perfectamente representativas no son adecuadas a nuestro carácter, costumbres y luces actuales. En Caracas el espíritu de partido tuvo su ori­gen en las sociedades, asambleas y elecciones populares, y estos partidos nos tomaron a la esclavitud. Y así como Venezuela ha sido la República americana que más ha adelantado en sus instituciones políticas, también ha sido el más claro ejemplo de la ineficacia de la forma federal para nuestros nacientes Estados... | | En tanto que nuestros compatriotas no adquieran la ilustración y las virtudes políticas que distinguen a nuestros her­manos del Norte, los sistemas enteramente populares, lejos de sernos favorables, temo mucho que vengan a se nuestra ruina...

"Yo deseo más que otro alguno ver formar en Amé­rica la más grande Nación del mundo, menos por su  extensión y riqueza que por su libertad y su gloria. Aunque aspiro a la perfección del Gobierno de mi pa­tria, no puedo persuadirme que el Nuevo Mundo sea por el momento regido por una gran república. Como es imposible, no me atrevo a desearlo; menos aún deseo una monarquía universal en América, porque este pro­yecto sin ser útil es también impracticable... No sién­donos posible lograr entre las repúblicas y monarquías lo más perfecto y acabado, evitemos caer en anarquías demagógicas o en tiranías monárquicas. Busquemos un medio entre los extremos opuestos que nos conducirán a los mismos escollos: a la desgracia y al deshonor"...

Baralt y Díaz, comentando esta carta, se expresan a continuación en estos términos: "Y aquí entraba Bolí­var a explicar a su corresponsal en qué consistía, se­gún él, ese medio difícil entre una y otra forma de go­bierno, aplicándolo con algunas modificaciones a los principales Estados de América. Duélenos (dicen) no poder insertar aquí entera aquella célebre carta, donde con exquisito talento y una facilidad admirable de ex­presión desarrolla Bolívar el plan de gobierno más adop­table a cada sección independiente del Nuevo Mundo, demarca sus límites, predice sus destinos. Ninguno de los escritos que nos ha dejado aquel grande hombre tan hábil para pensar como para expresar lo que pensaba, es más ingenioso que éste, ni más notable, así por la originalidad y exactitud de las ideas, como por la que nos da de su carácter e inteligencia. ¡Cuán admirable no debía ser y era en efecto la de un hombre que veía en el porvenir libre y dichosa su patria, en el instante mismo en que para el común de las gentes estaba per­dida sin remedio! ¡Cuán fuerte era el alma y cuán no­ble el corazón de aquel a quien las desgracias daban energía, elevación y grandeza!"

En efecto, el espectáculo que presentaba la América española, justificaba de tal manera todas y cada una de las palabras evangélicas de aquel hombre incompara­ble, que ahora después de treinta y cuatro años de haber sido empujado por las malas pasiones a la tumba, es que puede sondearse toda su profundidad. Bolívar se justifica en la posteridad; y dentro de algunos años, ¡quién sabe si la América toda no tendrá que estudiar sus doctrinas, con santo respeto, para salvarse en ellas, si no quiere desaparecer de la sociedad de las naciones civilizadas!

"La Nueva Granada se unirá con Venezuela (con­tinúa Bolívar en su carta) si llegan a convenirse en formar una república central, cuya capital sea Mara­caibo, o una nueva ciudad que con el nombre de |Las Casas en honor de este héroe de la filantropía, se funde entre los confines de ambos países o en el soberbio puesto de Bahía-honda...¹  Esta nación se llamará |Co­lombia, como un tributo de justicia y gratitud al descu­bridor de nuestro hemisferio. Su gobierno podrá imitar al inglés, con la diferencia de que en lugar de rey habrá un poder ejecutivo de elección, cuando más vitalicio y jamás hereditario, si se quiere república; una cámara o senado legislativo hereditario, que en las tempestades políticas se interponga entre las olas populares y los rayos del gobierno y un cuerpo legislativo de libre elec­ción, sin otras restricciones que las de la cámara baja de Inglaterra. Esta constitución participará de todas las formas, y yo deseo que no participe de todos los vicios ...

 

IV
 

 

El Senado hereditario, o sea la cámara de los pares de Inglaterra, es un elemento de estabilidad indispen­sable en las monarquías constitucionales, es el poder intermedio que mantiene el equilibrio entre el poder real de la corona hereditaria y el poder popular de la cámara electiva, lo que asegura el orden en la nación y la libertad del pueblo. Pero en las repúblicas, seme­jante institución sería exótica y contraria a la índole del Gobierno. Indudablemente este pensamiento de Bo­lívar, erróneo en mi concepto, prueba el terror que le inspiraba la anarquía demagógica, y creyendo encon­trar en él un remedio a mal tan terrible, peor que el ab­solutismo más despótico, lo enunciaba como una simple opinión, sujeta a discusión y que no era él quien iba a resolver definitivamente.

1 En La Goajira.  

 

 

Los citados Baralt y Díaz, republicanos decididos por tanto competentes sobre el particular, en su análisis de esta carta de Bolívar dicen con imparcialidad y fuerza y nobleza de expresión lo siguiente: "Esto escribía Bolívar en el abandono de intima confianza, cuando se hallaba solo, pobre y ausente de la patria. Sinceros eran, pues, sus sentimientos: ninguna mira de política o de interés personal podía moverle ni le movía en efecto a ocultar otros que tuviese. Demás que esos mismos principios u otros semejantes había él manifes­tado ya, como ' sabemos, en los primeros años de la re­volución cuando encargado del poder supremo (en 1813) descartó con energía las ideas del federalismo que algunos hombres buenos, pero ilusos, quisieron re­vivir. Después de esa época nuevos hechos y reflexio­nes más poderosas habían afirmado en su mente aque­llas convicciones, dándoles la evidencia de verdades demostradas El conocía el pueblo, había tratado a sus compañeros de armas, veía sin ilusiones ni prestigios los elementos de aquella nueva sociedad; y en ellos, así como en las conspiraciones de que había sido vícti­ma, creía hallar un vicio radical contrario al estableci­miento de un sistema puramente democrático. El desea­ba para su patria gloria y libertad; pero no entendía que ésta fuese el poder de la muchedumbre; la espada en manos de ciegos o de niños".

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