CAPÍTULO VIGÉSIMOPRIMERO
I.
Desde que el jeneral José María Córdova se separó del
Libertador, desechando ignominiosamente como infiel siendo
inocente, ofendiendo en su orgullo, con el corazón ulcerado,
respirando venganza; impetuoso y franco hasta la indiscreción como
era, a cada paso que daba, no hacia mas que cometer imprudencias, y
comprometerse ya realmente, dando fuerza aparente a las calumnias
anteriores.
Lo primero que hizo fue ponerse en relación con el jeneral José
María Obando, a quien antes miraba con aversión, proponiéndole que
le ayudara en una revolución para derribar al Libertador, la que él
iniciara en Antioquia. Obando astuto y cauteloso daba cuerda al
imprudente joven con refinada precaución, sin denegarse ni acceder.
Apenas hubo llegado Córdova a Popayán, se dirijo a su cuñado el
señor Manuel A. Jaramillo, gobernador de la provincia de Antioquia,
y a su hermano el coronel Salvador Córdova, comandante de armas de
dicha provincia, ambos bolivianos, haciéndoles las mismas
indicaciones que en el Sur había hecho al jeneral Obando. En
extremo sorprendidos uno y otro, le contestaron negándose
resueltamente a ayudarle, porque en el puesto que cada uno ocupaba,
cometerían, si tal hiciesen, negra traición; mas procuraban con
buenas razones calmarlo y detenerlo en el camino en que corría a la
perdición ciego y desatentado. Yo probaré esto con el testimonio
del mismo coronel Salvador Córdova.
También se acercó al jeneral López en Popayán: veamos lo que
este jeneral refiere en sus
|Memorias sobre el particular:
"Su primer cuidado (de Córdoba) fue saber qué pensaba yo respecto
de las cosas políticas, e infundirme una gran desconfianza
relativamente al jeneral Bolívar, persuadiéndome que este persistía
en su antiguo proyecto de dominar sin rienda alguna; y que mientras
él (Bolívar) existiera en Colombia no había que contar con
libertad; que para conquistar ésta era preciso una nueva
revolución, para la cual contaba con muchas provincias,
principalmente con la de Antioquia; pero que era preciso principal
el movimiento en Popayán, y extenderlo en todo el Cauca; que él se
hallaba resuelto a ponerse a la cabeza de la revolución, y que yo
seria su segundo. Mi respuesta fue la siguiente: 'Jeneral, lástima
es que usted no hubiera pensado esto mismo a fines del año pasado,
pues todo se habría entonces conseguido a medida de sus deseos.
Usted era el único jeneral y su hermano Salvador el único jefe en
toda Colombia que nos hubieran impuesto respeto en el departamento
del cauca después del triunfo de la Ladera, porque a sus cualidades
militares reunían la de conocer el país y sus habitantes. Yo
provoqué a usted muchas veces para que se entendiese conmigo y aun
le aseguré que el jeneral Obando y yo nos pondríamos a sus órdenes;
pero usted no quiso oírme y nos hostilizó hasta el extremo de
haberme obligado a retirarme a Pasto y hecho frustrar todos
nuestros proyectos. ¿Qué hubieran podido contra nosotros todos los
otros generales de Colombia una vez penetrados en el territorio de
Patía, acosados por nuestras guerrillas, por el clima j por la
falta de toda clase de recursos? Habrían tenido que sucumbir y sus
soldados habrían engrosado nuestras filas y contribuido a llevar el
pabellón de la libertad a todos las ángulos de la República en
donde él no tremolase entonces. ¡Cuántos males se hubieran
evitado,,
|
cuantos bienes se hubieran producido y cuánta
gloria habríamos reportado!
"Sin embargo, yo aplaudo los sentimientos que usted abriga, y su
resolución de combatir la dictadura hasta el restablecimiento de la
libertad; pero en cuanto al fondo del proyecto, permítame usted que
le dé mi opinión con toda franqueza, pues no estoy enteramente de
acuerdo con él.
'Usted sabe que a principios del año entrante debe reunirse en
Bogotá un congreso constituyente que ha sido convocado por el
jeneral Bolívar para hacer una constitución, basada sobre los
mismos principios republicanos que la de Cúcuta y que en virtud de
esta promesa, tantas veces repetida por Bolívar es que nosotros
consentimos en el tratado de la Cañada. ¹
|
Usted sabe que los
pueblos de Pasto, Patía, Popayán y Caloto que nos han seguido en el
movimiento contra la dictadura, están persuadido de esa
circunstancia, y que nuestros soldados han ofrecido solemnemente
respetar el tratado mientras él lo sea por parte de las autoridades
dictatoriales. Usted sabe que hasta hoy esas autoridades lo han
respetado con religiosidad y no nos han dado motivo para hacer la
mas ligera reclamación. Usted sabe queriendo condicional nuestra
pasiva sumisión a esas autoridades, o por mejor decir, estando
convenidos en guardar una especie de neutralidad hasta que se nos
dé la nueva Constitución, en el concepto de que no se nos ha de
faltar a ninguna de las cláusulas del tratado, nosotros no debemos
entretanto obrar contra el actual orden de cosas. Yo he dado mi
palabra de ser consecuente a los compromisos que se contrajeron en
el Juanambú con el Dictador, y nunca sume me será lícito
perjurarme. Si el Congreso constituyente no nos diese la
constitución liberal que reclama la opinión; si el Dictador se
opusiese a la reunión del Congreso que él mismo ha convocado; o si
de cualquiera manera se nos faltase a las seguridades que se nos
han dado a todos los comprometidos en la pasada revolución, U.
puede contar con mí cooperación para combatir la tiranía hasta el
restablecimiento de la libertad, y puede contar igualmente con que
estos puebIos oirán mi voz y se levantarán en masa para
reconquistar sus derechos, puesto que por el mismo hecho quedarían
disueltos los lazos que hoy nos ligan hasta cierto punto a la
autoridad de Bolívar."
"El general Córdova que me había oído atentamente (sigue
López), me replicó de esta manera: "Us-
|
1 Aquí se olvida el jeneral López de
lo que el general Obando y
|
él
|
mismo dijeron sobre el
motivo que tuvieron para ceder.
|
ted tiene razón en cuanto a no querer faltar a su palabra; pero
este exceso de delicadeza no me parece muy patriótico, porque se
pierde la mejor ocasión de destruir la dictadura."
Esta conversación tiene todos los visos de verídica y hace honor
al jeneral López. Ella comprueba que Córdova rechazó todas las
insinuaciones que se le hicieron para capitanear una revolución
contra el Libertador en la época en que el jeneral Mosquera
pretende que lo intentaba, y que no fue sino después de su
separación del ejército del Sur cuando pensó en ello. En las
respuestas que López dio a Córdova faltó la mas oportuna
|
de
todas; debió decirle:
|El hombre del foete de 13
|de junio
de 1828
|no me inspira confianza: esta hubiera sido la
perentoria.
También escribió Córdova a sus amigos de Bogotá que lo
alentaron, lo excitaron, lo lisonjearon, destruyendo las
impresiones que le causaron las observaciones de sus hermanos de
Antioquia y las del jeneral López.
Fluctuando entre tan diversas opiniones y sus propios deseos,
estaba el desgraciado Córdova en Popayán sin decidirse, pero
hablando y amenazando sin discreción ni
|
precauciones, y
todas sus palabras eran transmitidas por espías al cuartel jeneral
acabando de persuadir al Libertador de que le era infiel. ¿Quién
habrá establecido estos espías en Popayán? Conjetúrelo el
lector.
II.
El batallón Callao a las órdenes del coronel Francisco Jiménez
estaba en Popayán: este cuerpo enteramente adicto al Libertador,
era para Córdova un obstáculo y una amenaza en aquella ciudad.
En tal estado y en tal incertidumbre llegó a Popayán, de
tránsito para Santamarta el jeneral Francisco Carmona, venezolano,
hombre de arrebatado carácter, de pretensiones exageradas, que
también venia del cuartel jeneral resentido y vociferando contra el
Libertador, contra el jeneral Flores, contra el jeneral Mosquera,
por el proyecto de monarquía, en que ninguno de ellos tenia parte,
y asegurando que el ejército del Sur iba a hacer la proclamación,
por cuyo motivo, decía, lo habían separado a él. La acriminación es
la primera arma que esgrime la venganza, y con ella se vengaba
Carmona exaltando al fogoso Córdova, por no haber obtenido en el
ejército del Sur la posición que pretendía.
A pesar de esto, vacilaba Córdova, y aun se proponía venir a
Bogotá, como se lo aconsejaban su hermano y su cuñado, cuando, no
se sabe cómo, se hizo a una carta del Libertador al coronel Jiménez
en la que aquel recomendaba a este que vigilara mucho a Córdova,
oponiéndose vigorosamente a cualquiera intentona de dicho jeneral,
|hasta haciendo uso de su espada, llegado un caso
desesperado, pues según los avisos repetidos que de Popayán le
daban, era indudable que Córdova conspiraba. Esto lo decidió.
Estaba entonces en Popayán el coronel Ramón Espina, jefe de
Estado mayor del departamento, y teniendo una licencia para venir a
Bogotá, se preparaba a verificar su viaje en aquellos días:
aprovechando esta oportunidad, escribió Córdova con dicho jefe a
sus amigos de esta ciudad anunciándoles que seguía para Antioquia a
donde debían contestarle y en efecto se puso en marcha
inmediatamente, gritando por todo el tránsito contra el proyecto de
establecer una monarquía en Colombia, lo que le permitía
pronunciarse contra el Consejo, contra el Libertador contra los
generales que suponía apoyaban el proyecto dando por hecho que
Mosquera y Espinar eran los principales agentes de Bolívar, a que
por eso lo habían separado a él y a Carmona del ejército.
Es indudable que Córdova impugnaba de buena fe el mencionado
proyecto, como lo impugnaba yo aunque sin entrar a calificarlo,
sino porque era inadaptable para Colombia; pero mucho mas eficaz
habría sido su oposición en el Congreso, al que había sido elegido
diputado, que por una revolución prematura y desconcertada.
El 8 de septiembre (1829), llegó el jeneral Córdova a la ciudad
de Río negro, su país natal, y a causa de la festividad de un día
grande para los católicos y en celebración del natalicio de una
señora joven, se había preparado un banquete que se hizo mas
espléndido y alegre con la presencia del ilustre joven, para quien
esta casualidad fue funesta. En aquella bulliciosa reunión, en la
que otros jóvenes de cabezas sulfúreas hacían rueda al recién
llegado, empezaron bien pronto los brindis patrióticos, tanto más
republicanos cuanto mayor era el número de botellas de champaña
que se destapaban; y conocido, ya el carácter de nuestro héroe,
puede juzgarse hasta donde se excitaría cuando le daban o él tomaba
la palabra. La monarquía fue declarada aborto del infierno, la
república don del cielo; el Libertador tirano, cuya sangre debía
derramarse; el jeneral Córdova, salvador de la patria; la Europa
monárquica, poblada de esclavos salvajes; la América republicana,
el país clásico de la libertad, manchando a la vanguardia de la
civilización de todos los pueblos de la tierra; Colombia una nación
decrépita que debía desaparecer, y la Nueva Granada renacer como
eh fénix de sus cenizas, más bella y
|
rozagante que en los
días de Corral, de Camilo Torres, de Nariño y de Madrid. Antioquia,
por supuesto, debía ser la cuna de la libertad, y la ciudad de Río
negro, metrópoli del mundo liberal. Córdova tenia algo de
Alcicibíades.
En Medellín, capital de la provincia, se pintó esta zambra
juvenil con unos colores oscuros, aterradores, que no tenia. Los
hombres de seso que en ella se encontrasen, procuraban evitar las
consecuencias de las ligerezas cometidas, aconsejando a Córdova y a
sus amigos la prudencia, y se esforzaban en impedir que siguieran
adelante en el camino que ellas indicaban. El señor Jaramillo y el
coronel Córdova fueron los mas empeñados en calmar y disuadir a su
hermano, y ya lo habían conseguido cuando imprudencias contrarias
produjeron acontecimientos lamentables, que indudablemente no
habrían ocurrido sin ellas.
El alarma producido en Medellín por las noticias exageradas que
circularon sobre los brindis del día ocho, continuaba, suponiéndose
que había juntas revolucionarias, que se trataba realmente de un
pronunciamiento en Río negro, y algunos exaltados bolivianos
creyeron que se debían tomar providencias fuertes para
evitarlo.
En Medellín estaba el coronel Francisco Urdaneta (después
general) sin mando y sin fuerza alguna, y le persuadieron que debía
salvar la provincia tomando medidas para prender en Río negro al
Córdova, al gobernador, y al comandante de armas; lo que era un
verdadero pronunciamiento de diferente género del que temían. El
coronel Urdaneta se dejó persuadir, y con la idea de hacer un
servicio, mandó veinte hombres de la milicia a las órdenes de un
oficial veterano, al que dio la de que marcharse en silencio en la
misma noche (18 de septiembre) a Río negro, ciudad que dista seis
leguas de Medellín, a aprehender a los tres hermanos mencionados.
Apenas empezó a reunirse la partida salió furtivamente un posta de
Medellín a avisar a Córdova y a sus compañeros el riesgo en que
estaban, con cuyo aviso se prepararon en el acto a la resistencia,
reuniendo unos cuantos hombres de milicia de infantería y diez
jóvenes decentes de lanza a caballo. El oficial comandante de la
partida de Medellín al llegar a Río negro, creyendo sorprender fue
sorprendido con la noticia de que le esperaban, y regresó al trote,
en lo que hizo bien. Eran las dos de la madrugada.
Tardó Córdova dos horas en saber que la partida que iba a
aprehenderlo se había regresado; así fue que aunque la siguió, no
pudo alcanzarla.
En Medellín el coronel Urdaneta mandó tocar genérala, y nadie se
presentó, y aunque hizo esfuerzos por alarmar la población y reunir
gente, todo fue en vano. A las ocho de la mañana se presento
Córdova con
|su ejército de 50 hombres sobre Medellín ciudad
de veinte mil almas, y aunque el coronel Urdaneta con la poca
gente que tenia, pensó en hacer resistencia, se vio pronto rodeado
de los principales vecinos, es decir, de los ricos, suplicándole
que procurase una transacción, para que no se derramase sangre, y
evitar mayores males: frase que ha tenido muchas veces entre
nosotros una influencia fatal, haciendo derramar mas sangre al fin
que la que se hubiera derramado al principio. Urdaneta que no podía
confiar en los pocos milicianos que había reunido, que no sabia la
fuerza que trajera Córdova, cedió, y entró en transacciones con
este jeneral, de las que resultó que cesara toda resistencia, que
el coronel Urdaneta se viniese inmediatamente para esta capital y
que Córdova, ofreciendo garantías a sus contrarios, tomase posesión
de Medellín, declarándose general en jefe del ejército de la
|Libertad, el que una hora después llegaba a
|cien
hombres.
En Medellín encontró 2.000 fusiles, muchas municiones y otros
elementos de guerra.
Haber dejado Córdova venir al coronel Urdaneta, lo perdió.
El 26 (septiembre) llegó a esta capital la noticia
circunstanciada de dichos sucesos enviada de Nare por el coronel
Urdaneta, e inmediatamente el consejo y el jeneral Urdaneta
(Rafael) tomaron las medidas mas eficaces para que ochocientos
hombres de la guarnición veterana que estaban disponibles, salieran
para Honda al siguiente día, como en efecto así se verificó, con el
jeneral de brigada Daniel F. O'Leary que fue nombrado para mandar
la expedición. El Consejo tomó además cuantas medidas eran
conducentes para impedir que la revolución se propagase, y en
efecto no pasó de Antioquia, bien que tampoco en aquella provincia
secundada por los pueblos, a pesar de la actividad y energía que
Córdova desplegara para conseguirlo. Dos oficiales se dijo que
proyectaban una contrarrevolución apoderándose de un cuartel de
reclutas, y los fusiló Córdova inconfesos en el acto, sin forma de
juicio, sin embargo de las súplicas de su cuñado Jaramillo, de su
hermano Salvador y de otros ciudadanos respetables. Es digno de
notarse que en toda revolución liberal se empieza por asesinar a
algunos infelices para inspirar terror: el que causó esta
arbitrariedad en Antioquia hizo gritar a todos humildemente: "Viva
la libertad!"
III.
|
Yo acababa de llegar de Honda con una licencia por quince días,
dejando encargado de la gobernación de la provincia al jefe
político; pero en el acto de recibirse la noticia, se me hizo salir
a preparar champanes y balsas para el trasporte de la expedición a
Nare, dándoseme orden de detener el correo del Atlántico en Honda,
y de colocar destacamentos en los caminos de Antioquia para cortar
la comunicación.
Al día siguiente de mi llegada a Honda, se me presentó el
coronel José Manuel Montoya que había ido a revientacinchas,
con la comisión de pasar a Antioquia al salir la
expedición, a persuadir a Córdova que se sometiera voluntariamente
ofreciéndole una legación en el extranjero, o sur puesto en el
ministerio, y a ayudarme a facilitar los medios de trasporte de la
expedición. Pero llevaba otro objeto particular de gravísima
responsabilidad para él y para mi, que llamándome aparte, me
descubrió diciéndome; poco mas o menos, lo siguiente: "Espina, (el
actual jeneral) queda preso en Bogotá por sospechas de que trajo
cartas de Córdova de Popayán para algunos de sus amigos. En el
correo que está detenido van las contestaciones para Córdova. El
jeneral Urdaneta debe de llegar de un momento a otro; examinará la
correspondencia y algunos miembros de mi familia y otros
antioqueños estarán perdidos si Urdaneta coge esas cartas: tú
puedes salvarnos...."
|
Terrible compromiso era esto para mi;
vacilé un momento. Pero Montoya era mi amigo desde la campaña de
Maracaibo en 1823, siendo ambos capitanes: Espina lo era desde dos
años antes, siendo ambos tenientes. Montoya me instaba mostrando el
terror en su semblante. Yo luchaba dentro de mi mismo sin saber que
hacer. Por fin, un arranque de generosidad me hizo ceder, no sin
temer verme perdido si el jeneral Urdaneta sospechaba la extracción
de las cartas. Siempre he sido yo así: nunca me he rehusado a
hacer cuanto bien ha estado a mi alcance. Del que se me suplicaba
no podía ya resultar daño al gobierno a quien servía: pasé pues una
orden al administrador de correos, para que me mandase
|con el
portador, el paquete de la correspondencia para Antioquia. En
el acto el mismo Montoya sacó algunas cartas, y puso otras con el
timbre de la administración de correos de Bogotá que llevaba
preparadas para que no faltara el número de las contenidas en la
planilla; lo que prueba, o que hasta en la administración de
correos había inteligencias revolucionarias, o quizá hubo
condescendencias como la que yo tuve, que es lo mas cierto.
Llegó en efecto el jeneral Urdaneta siguiendo de cerca a la
tropa, y la primera pregunta que me hizo fue si había detenido el
correo. Le contesté afirmativamente, manifestándole que había
examinado las cartas que iban para Antioquia y que no había
ninguna para persona sospechosa. Pidió el paquete ya abierto,
examinó algunas cartas y me previno que el correo no siguiese hasta
que el jeneral O'Leary hubiera llegado a Medellín. I respire.-He
debido expresar este incidente, porque es uno de los muchos que en
mi vida pública dan a conocer mi carácter. Examinando y considerado
este hecho como militar y servidor del gobierno que yo era puede
ser censurable; pero la expedición estaba en vía; lo que hubiera de
suceder tenia que suceder sin que aquellas cartas influyesen en
nada, pues que no podían ya llegar a tiempo. Sea de ello le que
fuere, yo estoy como San Agustín, o como Juan Jacobo Rousseau,
haciendo mis confesiones, y no debo pasar por cima de nada que me
concierna, sea favorable como para mi. En una guerra extranjera
habría sido mi condescendencia una traición que por nada habría
cometido: en una guerra de hermanos vi yo la cosa de otra manera.
Mas me resigno al fallo que sobre el particular dicte el
lector.
"Para asegurar la capital de las maquinaciones de algunos,
cuando solamente quedaba guarnecida por milicias, dedicóse el
gobierno con empeño a descubrir el origen y los autores de
aquellas. Averiguó en efecto, que Torrens el encargado de negocios
de Méjico, que Henderson, el cónsul jeneral británico, que el
general Harrison, ministro que fue de los Estados Unidos, y su
antiguo secretario con otras personas particulares, sabían la
rebelión de Córdova desde antes que estallara; que algunos tenían
correspondencia con él, y concurrianda juntas clandestinas en que
se declamaba fuertemente contra el Libertador y su gobierno.
Habiendo el Consejo adquirido los datos suficientes para defender y
sincerar en todos tiempos los pasos que diera, determinó con
acuerdo de los enviados de la Gran Bretaña y de los Estados Unidos,
que salieran fuera de Colombia, y dentro de un breve término, el
cónsul Henderson y el general Harrison. También expidió sus
pasaportes a Torrens dirigiendo a sus gobiernos las
correspondientes explicaciones y documentos. Acreditaba con ellos
la indebida injerencia de aquellos extranjeros en los negocios
internos del país, con el designio de alterar la tranquilidad
pública."
|¹
Entre las cartas que Montoya recobró en Honda del paquete de
correspondencia para Antioquia, ¿había algunas de estos caballeros
extranjeros que dice Restrepo tenían correspondencia con
Córdova?....No sé. Yo me abstuve enteramente de tomar parte en
aquella operación: dejé que Montoya solo en mi gabinete hiciera lo
que yo le había permitido y la hidalguía me obligaba a no dirigirle
una sola palabra sobre el particular.
La columna de operaciones empezó a llegar a Honda en un estado
de cansancio lamentable, habiendo dejado trece infelices muertos de
fatiga en el camino, sin embargo de ser todos venezolanos, de
climas ardientes; y en las embarcaciones que yo tenia listas, se
embarcó y se echó río a bajo de la playa de Honda, en la mañana del
5 de octubre, a los ocho días de haberse recibido en Bogotá la
primera noticia del pronunciamiento de Córdova.
|
VI.
|
Al llegar la columna expedicionaria a la Bodega de remolino, se
habría encontrado en dificultades insuperables para moverse sin el
auxilio eficaz que le prestaron algunos pueblos, enviando peones
cargueros que sacaran de la fragosa montaña, municiones, equipajes
etc. El jeneral O'Leary hizo adelantarse al coronel Montoya,
dirigido a Córdova las mas generosas proposiciones y ofrecimientos,
si se sometía por un arreglo pacífico, cuando era imposible que
pudiera resistir con menos de 400 reclutas a 800 veteranos. Montoya
me consta que se esforzó en persuadir a su, amigo y antiguo jefe
(pues era uno de los oficiales que Córdova llevó al Magdalena en
1821 en el batallón Antioquia) y además excitaba a los parientes
que tenia en la columna de Córdova, principalmente a su primo
hermano el comandante, Benedicto González, a que le ayudaran a
persuadir al general. Todo fue inútil: los jóvenes compañeros
|
1 Restrepo
|Historia de
Colombia.
|
de Córdoba se negaron a ningún acto propio, aceptando lo que su
jefe hiciera, y decididos a correr su suerte. Córdova triste, pero
heroicamente resuelto, contestaba que después del paso a que lo
habían precipitado no le quedaba mas recurso que vencer o morir.
"Es imposible vencer," le dijo Montoya. " Pero no es imposible
morir," contestó Córdova. I
|
esperó el ataque en la hacienda
del Santuario situada fuera de la montaña. La acción se dio
terrible el 7 de octubre, y Córdova sucumbió.
En el
|Sagitario de Antioquia, número 5,º
|
se
encuentra una artículo escrito por uno de los compañeros de
Córdova, del que debo presentar a mis lectores un interesante
trozo, que aclara muchas cosas y desmiente muchas calumnias. Helo
aquí:
"El afecto y estimación que este guerrero magnánimo (Córdova)
profesaba al jeneral Bolívar, y la confianza absoluta que en él
tema, lo habían hecho abandonarse al curso de las cosas hasta 1829
en que se convenció en fuerza de los hechos, como ingenuamente dice
en sus notas de septiembre de aquel año al Libertador y al jeneral
Páez, de que continuando Colombia bajo el régimen despótico que por
la fuerza se había" sustituido a la constitución, no solo se
recuperaría la libertad perdida sino que estaba próxima a verse
sometida a un ominoso yugo, con apariencias de libertad. Este
conocimiento y la determinación que en aquel caso el deber le
imponía, se corroboraron con la noticia que en Popayán le dio el
jeneral Carmona, de que el ejército del Sur y la mayor parte de los
representantes de aquellos departamentos, de donde él venia,
estaban resueltos a ceñir a Bolívar la corona, como el único medio
de dar estabilidad a Colombia. Fiel siempre a sus juramentos, y a
la libertad de su patria, el joven denodado abrazó el único partido
que podía entonces salvarla, que era oponiendo la fuerza a la
fuerza, restablecer la Constitución y reintegrar a Colombia sus
derechos usurpados.
"Con este fin pasó a esta provincia, y manifestó sus opiniones:
un jefe olvidándose seguramente 'de quién era el jeneral Córdova
intentó prenderlo
|
y remitirlo preso a Bogotá,¹
|
pero
solo consiguió probar prácticamente, lo que ya todos sabían; que no
era el hombre calculado para atar a aquel valiente jeneral; y hacer
que se precipitara en la ejecución del plan. Todos estos pueblos
confiados en el apoyo que la temible espada de su compatriota les
ofrecía, desconocieron el gobierno dictatorial y proclamaron las
leyes. Para sostener este pronunciamiento era necesario un
ejército, y no había un soldado; y fue entonces que la actividad
del jeneral Córdova hizo prodigios: en poquísimos días reunió y
equipó 300
|
hombres. Pero la celeridad con que marchó de
Bogotá la expedición que debía reconquistarnos no dio tiempo para
disciplinarlos. No obstante, su valor y pericia militar habrían
triunfado si algunos ingratos no hubieran traicionado sus piases y
favorecido al enemigo de mil modos. O'Leary auxiliado por los
mismos que debían hostilizarlo se presentó en el Santuario con
cerca de 1.000 veteranos. El jeneral Córdova solo tenia 300
reclutas, sin la menor disciplina; pero acostumbrado a vencer
grandes ejecitos con pequeñas fuerzas, jamás lo intimidó el número
de los enemigos. Presentó el combate, y peleó como siempre había
peleado, con esa intrepidez, con ese ardor que ha sido el espanto
de los opresores de la patria, y el asombro de los republicanos.
Los jóvenes que lo acompañaban hicieron a su ejemplo, prodigios de
valor: la resistencia fue firme y prolongada; pero era necesario
que el pequeño cuerpo sucumbiese a las ventajas desproporcionadas
del número, de la disciplina y de la localidad; y los restos de
corto ejército fueron dispersas. Su jefe solo, que no conoció
jamás medio entre la victoria y la muerte, combatió como un león en
medio de mil enemigos, hasta que traspasado de heridas, exhausto de
sangre y no pudiendo mantenerse ya de pié, fue a caesa una casa que
había allí inmediata. Ya las reliquias de sus tropas habían
desaparecido; los enemigos eran dueños del campo de batalla; la
casa estaba rodeada y el ilustre jeneral entre sus manos; lo
hallaron tendido en unas varas nadando en sangre é inerme, porque
agotadas las fuer-
|
1 El coronel Francisco Urdaneta,
después general; como ya hemos visto.
|
zas, su brazo no podía ya empuñar esa espada tantas veces
vencedora. En esta situación el héroe de Pichincha y de Ayacucho,
el terror de los enemigos de América, la esperanza y la gloria de
su patria, fue vilmente asesinado a sablazos por un infame
extranjero, digno instrumento de las voluntades de un consejo
bárbaro y sanguinario."........
|
|
V.
Como se ve por esta relación de un testigo idóneo, el general
Córdova fue, trasladado mortalmente herido y exánime a la casucha
donde el inglés Ruperto Hand lo remató, hallándose tan grave que
sin los dos sablazos que lo dio este bárbaro, no podía vivir media
hora mas, lo que es un hecho reconocido por todos. Es también de
notarse que en aquella casucha se refugiaron muchos soldados y
oficiales, que sostuvieron un fuego vivísimo hasta que fue tomada
por la fuerza. El jeneral O'Leary se hallaba ocupado en otra parte
cuando la casa fue tomada. ¿Qué culpa, pues, pudo tener en el hecho
innoble del innoble Hand, que embriagado según su costumbre, hizo
lo que casi siempre en todas partes hacen en ocasiones semejantes,
no solo los hombres que se le parecen, sino los que pretenden no
parecérsele? ¿Cuántos infelices heridos, hasta de la ínfima clase
de los pobres soldados, que por la fuerza obligan a combatir sin
saber por qué ni con qué objeto, no son rematados cruelmente sin
que los jefes principales puedan evitarlo? Estas atrocidades son
iguales cuando se cometen con el mas humilde de los hombres que
cuando se cometen con el mas excelso; porque el derecho a la vida
lo tienen unos otros, y es tan sagrado para los unos como para los
otros. Pero en lo jeneral, cuando estos hechos ocurren con hombres
de humilde esfera, nadie se ocupa de ellos, y cuando tienen lugar
con u hombre notable, se levanta hasta las nubes el clamor
apasionado, culpando a los inocentes. El jeneral O'Leary que llegó
a la casa pocos momentos después, prodigó a Córdova moribundo y a
los domas heridos, cuantos auxilios y consuelos pudo; pero ya
Córdova estaba espirando: qué mas podía hacer?
VI.
|
Hand era un hombre de la ínfima plebe de Irlanda, y es sabido
que todas las canallas son iguales. Perteneciente a uno de los
cuerpos de voluntarios auxiliares que vinieron de Europa en 1818
había ascendido, porque era valiente y había servido: hombre
ignorantísimo, se disculpaba diciendo que había hecho aquello
maquinalmente, para que el herido no penara mas, terminando su
agonía, cuya idea es muí común en la clase de gente que por su
nacimiento y educación pertenecía Hand. Despenadores
|liberalísimos y de otra alcurnia ha habido entre nosotros
que de la manera mas infame despenaron a sus víctimas, lo que
cuando lleguemos a los atroces asesinatos del coronel Mariano Paris
y del jeneral Sardá, quedará demostrado. Pero como estos hechos
inicuos fueron
|liberales, se aplaudieron.
También se ve por el escrito que he copiado, que Córdova fue
adicto y fiel al Libertador hasta 1829, y en efecto lo fue hasta
que despedido del ejército, hubo de precipitarse, como me parece
haberle probado. Tan humillante injuria se necesitó para arrancar
del corazón de Córdova su afecto por el Libertador.
Sobre sus quejas personales, vino a exaltarlo el proyecto de
monarquía por las exageraciones del jeneral Carmona, informes que
Córdova apasionado aceptó sin criterio, sin considerar que el
Libertador desde que se le comunicó aquel proyecto manifestaba
públicamente su improbación; y esto lo confiesa el mismo jeneral
Obando en sus
|Apuntamientos para la historia, siendo
enteramente falso, como ya hemos visto, que en el ejército del sur
lo aprobara nadie, ni aun el mismo Mosquera.
|
VII.
|
Solo la pasión mas exacerbada pudo hacer decir al escritor del
|Sag
|itario que Hand era "digno instrumento de las
voluntades de un Consejo bárbaro y sanguinario," en lo que quiso
dar a entender que la muerte de Córdova fue premeditada y ordenada
por el Consejo de ministros: calumnia que entonces hizo cundir el
espíritu de partido, recayendo principalmente sobre el ministro de
la guerra, jeneral Rafael Urdaneta, y también sobre el general
O'Leary que se suponía instruido por aquel, dándose por sentado que
O'Leary había autorizado a Hand, a quien despreciaba y a quien por
ese hecho separó de su división. ¿Qué se quería que hiciera el
Consejo? ¿se debía dejar sacrificar con los brazos cruzados?
Estando próxima la reunión del Congreso, ante quien Bolívar y sus
ministros desaparecían de la escena política, ¿debía el Consejo
dejar triunfar una revolución que traería por consecuencia la
guerra civil mas espantosa, e impediría la reunión del Congreso?
¿Pudo el Consejo manifestar por el jeneral Córdova mas
consideraciones, mas deseos de salvarlo, que mandar a un paisano
suyo, su amigo personal, hombre de toda confianza del partido a que
se había afiliado, a persuadirle que volviera sobre si, a
proponerle la paz sin humillación, y una legación en el extranjero,
o el puesto en el ministerio que antes se le había conferido? ¿Ha
hecho esto jamás con nadie el partido
|liberal en casos
semejantes? No!
|
No fue el Consejo de ministros, ni el
jeneral Urdaneta, ni el jeneral O'Leary, ni aun el mismo Hand, los
que precipitaron al abismo de la eternidad al heroico
|
í
malogrado joven.
según la célebre baronesa de Staen el mejor escrito no es el que
lo dice todo, sino el que mas ideas despierta al lector. Pero
aunque este pensamiento sea rigurosamente exacto, yo no puedo
prescindir de preguntar, conociéndose los antecedentes: ¿No son
responsables de esta desgracia los primeros calumniadores de
Córdova? I, entre estos, ¿no aparece uno más culpable que los
demás?....El jeneral 0'Leary después de su victoria, restableció la
tranquilidad inspirando confianza a todos: expidió una amplia
amnistía, con pocas excepciones, sendo las principales el señor
Manuel A. Jaramillo y el coronel Salvador Córdova, que gobernador
el primero, y comandante de armas el segundo, habían faltado a la
confianza del gobierno a quien servían. El coronel Córdova por
orden expresa de su hermano, pude retirarse cuando todo estaba
perdido. Éste se precipitó en medio de las columnas enemigas
buscando la muerte como lo había ofrecido, y dándola a su alrededor
en un verdadero estado de desesperación. ¿Pudo prever esto el
consejo de ministros?