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  |CAPITULO TERCERO.
 

 

 

I.
 

 

El señor Leocadio Guzmán que había seguido para Caracas, no llegó a aquella cuidan sino a principios de noviembre, llevando al jene­ral Páez otra carta del Libertador, de la que debo copiar aquí los trozos siguientes:

"Usted me envió ahora meses al señor Guzmán para que me informara del estado de Venezuela, y usted mismo me escribió una hermosa carta que decía las cosas como eran. Desde esta época todo ha marcha­do con una celeridad extraordinaria: los elementos del mal se han desa­rrollado visiblemente. Diez y seis años de amontonar combustibles van a producir el incendio que quizás devorará nuestras victorias, nuestras glorias, la dicha del pueblo, y la libertad de todos. Yo creo que bien pronto no tendremos mas que cenizas de le que hemos hecho.

"Algunos de los del Congreso han pagado la libertad con negras ingratitudes, y han pretendido destruir a sus libertadores. El celo indis­creto con que usted cumplía las leyes y sostenía la autoridad pública, debía ser castigado con oprobio y quizás con pena. La imprenta, órgano de la calumnia, ha desgarrado las opiniones y los servicios de los beneméri­tos. Además ha introducido el espíritu de aislamiento en cada indivi­duo; porque predicando el escándalo de todos, ha destruido la confian­za de todos.

" | El Ejecutivo, guiado por esta tribuna engañosa, ha marchado en busca de una perfección prematura, y nos ha ahogado en un piélago de leyes y de instituciones, buenas, pero superfluas por ahora. El espíri­tu militar ha sufrido mas de nuestros civiles que de nuestros enemigos; si les ha querido destruir hasta el orgullo.....   

 

"Las provincias se han desenvuelto en medio de ese caos: cada una tira para sí la autoridad y el poder; cada una debería ser el centro de la nación. No hablaremos de los demócratas y de los fanáticos; tampoco diremos nada |de los colores, porque al entrar en el hondo abismo do estas cuestiones, el genio de la razón iría a sepultarse en él como en la mansión do la muerte. ¿Qué no deberemos temer de un choque tan vio­lento y desordenado de pasiones, de derechos, de necesidades y de prin­cipios? El caos es menos espantoso que su tremendo cuadro, y aunque apartemos la vista de él, no por eso dejará de perseguirnos con toda la saña de su naturaleza. Crea usted, mi querido jeneral, que un inmenso volcán está a nuestros pies, cuyos síntomas no son poéticos, sino físicos y harto verdaderos. Nada me persuade que podamos franquear la suma prodigiosa de dificultades que se nos ofrecen.....

"Considere usted, mi querido jeneral, quién reunirá mas los espíritus. Los odios apagados entre las diferentes secciones, volverán a galope como todas las cosas violentas y comprimidas. Cada pensamiento querrá ser soberano; cada mano empuñar el bastón; la toga la vestirá el mas turbulento; los gritos de sedición resonarán por todas partes, y lo que todavía es mas horrible que todo esto, es que cuanto digo es la verdad. Me preguntará usted ¿qué partido tomaremos? en qué arca nos salvaremos? Mi respuesta es muy sencilla. |Mirad el mar que vais a surcar en una frágil barca cuyo piloto es tan inexperto.......     

"Pienso que si la Europa entera se empeñase en calmar nuestras tempestades, no haría quizás mas que consumar nuestras calamidades. ¹ El Congreso de Panamá, institución que debiera ser admirable si tuvie­ra mas eficacia no es otra cosa que aquel loco griego que pretendía dirigir desde una roca los buques que navegaban. Su poder será una sombra, y sus decretos meros consejos, nada mas.....

 

1   Yo pienso como Bolívar. Por otra parte, a las potencias europeas les conviene dejarnos como estamos. La historia antigua nos enseña que los espartanos, para que sus hijos viesen los espantosos efectos de la crápula y la mirasen con horror, obligaban a los infelicísimos ilotas a embriagarme. Las repúblicas americanas, su siguen como van, ¿no producirán el mismo efecto en los pueblos europeos que la vista de los ilotas em­briagados debía producir en los hijos de los espartanos? Nosotros nos estamos deba­tiendo para resolver un problema social de la mas alta importancia, y es saber si en las repúblicas modernas se podrá afianzar el orden sin encadenar la libertad. Bien consi­derado, estas dos palabras son rigurosamente sinónimas: libertad y orden son una mis­ma cosa: sin orden no hay libertad porque no hay seguridad; sin libertad, no hay orden porque el sometimiento forzado al poder arbitrario es pusilanimidad, es abyección, es ignominia, no es orden, y para el caso, lo mismo es que el opresor se llame sultán, em­perador, rey, dictador, presidente o partido liberal. Es pues de un interés universal que se nos abandone a nuestra propia suerte a ver en qué paramos. Yo temo mucho, mu­chísimo que la solución de este problema no nos sea favorable si el partido conservador | | no tiene valor y energía para decir: ¡Alto ahí! ¡Dios salve la república!    

 

 "Se me ha escrito que muchos pensadores desean un príncipe con una constitución federal; pero dónde está el príncipe? ¿y qué división política producirá armonía? Todo es ideal y absurdo. Usted dirá que de menos utilidad es mi pobre delirio legislativo que encierra todos los males. Lo conozco; pero algo he de decir para no quedarme mudo en medio de este conflicto.......    

"Yo |deseara que con algunas ligeras modificaciones se acomodara el Código boliviano a estados pequeños enclavados en una vasta confederación; aplicando la parte que pertenece al ejecutivo, al gobierno jeneral, y el poder electoral a los estados particulares. Pudiera ser que se obtuviesen algunas ventajas de mas o menos duración, según el espíritu que nos guiara en tal laberinto.....

"En fin, mi querido jeneral, el señor Guzmán dirá a usted todo lo que omito aquí, por no alargarme demasiado en un papel que se queda escrito aunque varíen mil veces los hechos.

"Hace cien días que ha tenido lugar en Venezuela el primer suce­so de que ahora nos lamentamos; y todavía no sabemos lo que usted ha hecho, y lo que ha ocurrido en ese país: parece que está encantado.

"Confieso a usted francamente que tengo muy pocas esperanzas de ver restablecido el orden en Colombia, tanto mas que yo me hallo su­mamente disgustado de los acontecimientos y de las pasiones de los hombres. Es un verdadero horror al mando y aun al mundo el que se ha apoderado de mí. Yo no sé qué remedio pueda tener un mal tan extenso y tan complicado. A mis ojos la ruina de Colombia está consumada des­de el día en que usted fue llamado por el congreso."....-BOLÍVAR."

Esta carta es clara. El Libertador Viendo alterado tan gravemente el orden público, creyendo quizá con razón que el mal nacía de las instituciones, se ofuscó y cometió el error indisculpable de ofrecer su Có­digo político como el arca de salvación, sin esperar la época en que, constitucionalmente, podía hacerlo con esperanzas fundadas en los he­chos. Otro mal produjo la carta y fue que con dar terminantemente la razón al jeneral Páez contra el Gobierno, agrió al jeneral Santander, y le dejó la defensa del principio constitucional, con lo qué se hizo mas fuerte que Bolívar.

Verbalmente se esforzaba el señor Guzmán en conseguir que las actas de dictadura de Guayaquil se reprodujeran en Venezuela. "Pero ni las cartas, ni el mensajero, ni la misión fueron recibidas con benevo­lencia en Caracas.......... "Tampoco tuvo aceptación ninguna el pro­yecto de constitución boliviana, cuya adopción se proponía." ¹

Por el contrario, lo que resultó de estas diligenciáis, que desaIenta­ban a los constitucionales, fue que la revolución se fortificase y extendie­se a las provincias que se habían mantenido fieles hasta entonces.

 

 

II.
 

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Ya se ha visto el efecto benéfico que causó en el público el discur­so del Libertador, en respuesta al del Vicepresidente. Los partidos pues, dormitaron: solo la rivalidad entre los granadinos y venezolanos iba en aumento, pero sin romper abiertamente, sino preparando la mina, hasta que llegase el día de prender la mecha.

El Libertador se declaró, como presidente de la República, en ejercicio del Poder ejecutivo constitucional, y en el de las facultades ex­traordinarias del artículo 128 de la constitución, que le autorizaba a dictar todas

 

¹ Restrepo. |Historia de Colombia.  

 

 

aquellas medidas que fueran indispensables, y que no estuvieran en la esfera de las atribuciones legales del Gobierno, convocando el Congreso, si no estuviese reunido, para proceder con su acuerdo, o consultándole previamente, si lo estuviese, y dichas facultades no debían ejercerse sino en el tiempo y lugares absolutamente necesarios, (Decreto de 03 de noviembre.)

Algunos escritores de nota, y recientemente el Sr. Ezequiel Rojas, cuyos talentos yo respeto, se han esforzado en restringir estas facultades considerando solo su espíritu y no su letra. Casi todas, o mejor dicho, todas nuestras innumerables constituciones, y nuestras innumerables leyes, tienen una ambigüedad en sus disposiciones y en su lenguaje, que da lugar a interpretaciones, si bien alguna vez lógicas, otras erróneas o malignas.

Desde que el jefe del gobierno es |el único que, no estando reunido el Congreso, se halla autorizado por dicho artículo para decidir cuáles son las medidas extraordinarias que considere indispensables para llenar | | el objeto de las facultades que se le confieren, y cuáles los lugares y tiempos donde las ha de ejercer, es claro que todo argumento de restricción tiene que encallar en el juicio que haga el |único que está autorizado para formarlo y para obrar según él. He aquí, pues, la dictadura com­pleta conferida por dicho articulo constitucional al Gobierno en su caso, quizá contra la intención del legislador.

según la ley que designaba la ciudad de Bogotá por capital | de la República, no podía el Presidente o sus subrogantes ejercer el Poder ejecutivo en otra parte. Esta disposición no era obligatoria, sino cuan­do el orden público no hubiese sido turbado y no estuviera el Gobierno en el ejercicio de las facultades del artículo 128 citado. Si el Presidente en uso de esas facultades, creía indispensable dictar la medida extraor­dinaria de trasladarse fuera de la capital en ejercicio del Poder ejecuti­vo, sin lo cual seria frustráneo el acto, siempre alarmante, de haberse declarado en el caso de ejercerlas, ¿podría decirse que había faltado? que había infringido la constitución? Consecuencia legal fue por aquel decreto, la de césar el Vicepresidente en el ejercicio del Poder ejecuti­vo desde el día en que se dictó; y si el Presidente pudo, sin infringir la constitución, trasladarse a |los lugares donde era indispensablemente ne­cesario el uso de las facultades de que constitucionalmente se revistió, es claro que el Vicepresidente, que ya no estaba encargado del Poder ejecutivo, no podía ejercer ninguna autoridad, sino la que el Presidente le delegare, como una |medida extraordinaria, cuya necesidad, |él, y solo él, estaba autorizado para graduar.

Este decreto, como todos los muchos e importantes que dictó el Libertador en los once días que estuvo en Bogotá, fueron acordados en Consejo de gobierno, con asistencia y aprobación del Vicepresidente de todos los Secretarios del despacho. El Vicepresidente no hizo la me­nor objeción a que se reservase el Presidente el ejercicio exclusivo del Poder ejecutivo, en uso de sus facultades extraordinarias, en los depar­tamentos de Venezuela ni a que las delegase al Vicepresidente en el resto de la República: luego si hubo delito en esto, como tanto se ha declamado, fueron el Vicepresidente y todo el Consejo, cómplices de él, y es injusto y apasionado hacer recaer toda la responsabilidad sobre el Presidente, que resolvió como le consultaba su Consejo. Yo pregunto:

¿Era indispensable que el Libertador marchara a Venezuela?

¿podía ni debía ir sin autoridad suficiente para llenar el | objeto de su marcha?

¿podía gobernar toda la República desde allá, y entender debida­mente en los diferentes y complicados negocios de la administración jeneral?

¿Tenia potestad para delegar las facultades extraordinarias de que se había revestido al Vicepresidente, o a cualquiera otra autoridad, para que las ejerciera donde él no podía?

Seamos imparciales: el decreto era constitucional, era imprescindible, era útil en todo el rigor de la palabra.

No faltó para cubrir el expediente sino convocar el Congreso sin la menor demora. Pero el Congreso estaba convocado para sesiones or­dinarias; debía reunirse el 2 de enero: hasta ridículo, pues, habría sido hacer una nueva convocatoria el 23 de noviembre, cuando por ella no podía verificarse la reunión extraordinaria, antes del día señalado para la ordinaria.

He debido tratar este asunto con alguna detención, porque él ha sido el argumento de que mas se ha usado, no para disculpar, sino para justificar la conspiración del 25 de septiembre de 1828 contra la vida del Libertador y fundador de la República. ¡Suceso infausto y terrible que llevó el encono de los partidos y el odio entre granadinos y vene­zolanos, al último grado de exacerbación! En su debido lugar me ocuparé de él, con la extensión que requiere.

En esos once días en que el Libertador permaneció en esta capital, restablecido aparentemente el orden constitucional, el jeneral Santander y todos sus amigos se manifestaron contentos y satisfechos.

El doctor Vicente Azuero había escrito con fuerza de lógica irresis­tible, una larga representación, enérgica en el fondo, moderada en la for­ma, que debía elevarse al Libertador, manifestándole los males que para él y para la patria se seguirían, si no se sacaba la constitución incólume en aquella crisis. Muchos ciudadanos se apresuraron a firmarla; mas no se lo elevó, porque se dijo que ya no era necesaria; pero se publicó y cir­culó profusamente. De esta manera se lo hirió sin resultado plausible para la causa constitucional. No habría sido así, habiéndosela presenta­do en forma: entonces habría tenido que dictar una resolución razona­da en la que los principios que se controvertían habrían sido desenvuel­tos de manera que el público hubiera sabido a qué atenerse.

 

 

III.
 

 

Acercándose el día de la partida del Libertador para Venezuela. a donde su deber le llamaba con urgencia, un acto tristemente vergonzoso tuvo lugar. El jeneral Santander manifestó al Libertador que habiendo sido uno y otro reelegidos para la presidencia vicepresidencia, no podían tomar posesión sino presentando el juramento constitucional ante el Con­greso que debía reunirse el 2 de enero; pero que siendo seguro que el Congreso no se reuniría el día prefijado, concluido el período anterior, tendrían que cesar uno y otro en el ejercicio de sus funciones, y debería en­cargarse del Poder ejecutivo el presidente del senado, señor Luis Ba­ralt; que el único medio de allanar este inconveniente era que el Libertador lo autorizase, en virtud de sus facultades extraordinarias, para que, si no se reunía el Congreso, continuara él (Santander) desempe­ñando el Poder ejecutivo, en virtud de su reelección de vicepresidente. ¹

"El Libertador convino en esta providencia, pues no le parecía entonces que debiera hacerse variación en la persona encargada del Poder ejecuti­vo colombiano. Firmó pues, un oficio, |redactado por el mismo Santander, y como escrito en la villa del Rosario dé Cúcuta, en 12 de diciembre, y sin intervención de ninguno de los Secretarios de Estado, que ignoraron este paso, concediendo la autorización que se pedía. Mas a causa de la avenida de un río, se fue Bolívar en derechura a la villa de San José de Cúcuta sin tocar en la del Rosario, quedado por consiguiente la orden con una fecha falsa." |²

Cuando ya el 21 de diciembre juzgó el jeneral Santander que había tiempo para que la supuesta nota del Rosario de Cúcuta hubiera lle­gado, la dio a conocer como recibida, con una contestación tan humilde, que cualquiera otro que la hubiera escrito habría sido calificado de ser­vil. "En todas circunstancias (decía Santander) la opinión de V. E. es una égida formidable contra la maledicencia; pero hoy que la tierra en­tera se ocupa en admirar a V. E. y después de las proclamaciones y mues­tras de confianza que le acaban de dar los pueblos de la República, ¿cuál no será la fuerza de esta opinión? Me atrevo a repetir lo que en cierta ocasión dijo a V. E. el virtuoso presidente de la Nueva Granada: ³ | |" |Un rasgo de V. E.

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1 Por la constitución de 1821, era permitida Ia reelección inmediata del presidente y vicepresidente de la República, lo que se ha prohibido en las posteriores, errónea­mente en mi concepto. Nosotros hacemos bastardear el sistema federativo de los Esta­dos Unidos Anglo-Americanos. Tomamos de él todo lo que tiene de peligroso y difícil, ya que no de pernicioso, y desechamos todo lo que tiene de útil.  
2     Restrepo. |Historia |de Colombia.  
3 |    El doctor Camilo Torres.  

 

 

|impone mas en la opinión pública que todas las declamaciones envenenadas de los calumniadores. Señor, las circunstancias en que se halla V. E. colocado me inspiran confianza para someterme A SUS DESIGNIOS | respecto a mi continuación en el Gobierno. V. E. está encargado de la salud pública, |y puede en su beneficio, dictar las medidas que en su sabiduría estime convenientes. V. E. quiere que no me separe del gobierno, y yo debo hacerme el honor ­de pensar que V. E. estima este paso conveniente a la salud pública."...

¡Qué lenguaje en el Vicepresidente de la República! ¿No es exacta la calificación que di a esta nota? En ella el jeneral Santander reconoce las actas de dictadura como pruebas de ilimitada confianza que ­daban los pueblos a Bolívar; le concede el ejercito legítimo del pedes omnímodo, pues que le dice que, encargado de la salud pública, puede en su beneficio, dictar |todas las medidas que en su sabiduría estime convenientes. He aquí pues, la mas absoluta dictadura proclamada por el jeneral Santander.

Hay que observar que esta nota solo era posterior en diez y ocho días a la carta que escribió al jeneral Santacruz ofreciéndole cooperar con todas sus fuerzas a la confederación de Colombia, el Perú y Bolivia y a la presidencia vitalicia. Si estos documentes no fueran históricos, auténticos, seria imposible creer tan inexplicables contradicciones en el hombre que aparecía, y que sus parciales quieren todavía aparezca, como el defensor incansable de la constitución, como el mártir de la libertad.

Pero lo que asombra mas e-a todo este menguado episodio de la historia de aquella época fatal, es que el día siguiente pasase el mismo jeneral Santander, otra nota al Presidente del Senado, poniendo en su noticia la resolución del Libertador, dictada de la manera irregular que hemos visto, y anunciándole que el 2 de enero de 1827 le entregaría el mando: "Ciertamente (decía) que me veo en el mas penoso conflicto: de un lado mi ciega y firme adhesión a las leyes constitucionales me dic­ta la separación del destino actual, y de otro mis deseos de cooperar con el Libertador Presidente a cuanto en el actual estado de cosas crea conveniente al bien común, me aconsejan no contrariar aquella determinación. Si el Libertador no estuviera revestido de la autoridad que ha declarado tener, y si los pueblos no hubieran mostrado tanta y tan absoluta e ilimitada confianza en S. E, no vacilaría un instante en tomar el partido que conviene a mi carácter y principios. He aquí reconocida otra vez la validez de las actas populares de la manera mas terminante, y he aquí reconocido por el mismo jeneral Santander que no debía con­tinuar en la vicepresidencia después del 2 de enero.

El Presidente del Senado contestó rehusando tomar el mando. Santander se dio por convencido, y lo conservó |sin tomar el partido "que convenía a su carácter y principios," o mas bien, digo yo, que era de su deber.

Todo este sainete desde su principio hasta el fin ¿no tiene mucho de vergonzoso?

En esto sí que se infringió la constitución evidentemente: tanto el Libertador como el jeneral Santander, terminado el período de su elección, dejaban de ser el uno Presidente y el otro Vicepresidente, y solo prestan­do el juramento constitucional podrían entrar en el goce de los derechos que la nueva elección les daba; por consiguiente las facultades extraordinarias que la constitución concedía al jefe del Gobierno, cuando ejer­cia el poder legalmente, cesaban desde que el Presidente cesaba en el derecho de ejercerlo, y en el mismo caso se encontraba el Vicepresidente que las obtuvo como tal, por delegación del Presidente, porque también cesaba de ser Vicepresidente.

Esta grave herida dada a los principios constitucionales por la ma­no del hombre que, según se pretendía, era su sostén y su personificación, produjo un cisma debilitante en el partido constitucional.

Desde aquel día perdió el jeneral Santander el derecho a ser lla­mado el hombre de las leyes calificación que le dio el Libertador en contraposición al jeneral Sucre, cuando se trataba de nombrar un jeneral para el ejército del Sur, e indicado el jeneral Santander, lo rechazó Bolívar, diciendo que se necesitaba un hombre de guerra, y que Santan­der era hombre de leyes.

Asegurado ya Santander en el mando, volvió a romper con el Libertador haciéndole la guerra de descrédito, con sus amigos, abiertamente. Dice el señor Restrepo que censuraba y anatematizaba todas las medidas de Bolívar, aun aquellas que él (Santander) había aproba­do y a que había contribuido con su voto en el Consejo: menos, digo  yo, debe suponerse, la irrita por la que continuaba en el mando.

A mediados de mayo, reunido el Congreso, prestó Santander juramento constitucional; es decir que por cuatro meses y medio ejerció un mando ilegal, que él mismo había solicitado del hombre a quien minaba. ¿Es posible que seamos tan desgraciados que no se salve ninguna reputación de los embrollos de esta nuestra política, tan ruin y tan rastrera?

Estas inconsecuencias de Santander desalentaban a muchos constitucionales, y todo concurría a que fueran los partidos perdiendo su ca­rácter político y haciéndose mas y mas personales, lo que desconsolaba a los hombres desapasionados e imparciales.

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