CAPÍTULO VIGÉSIMO.
I.
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Desde que el Libertador tuvo noticia de que el mariscal Lamar
rompía el convenio de Girón, no entregaba el departamento de
Guayaquil y se preparaba para la guerra, previno al Consejo de
ministros que privada y confidencialmente, manifestasen a los
ministros de Inglaterra y los Estados Unidos, las pocas esperanzas
que había de que los nuevos estados hispano-americanos pudieran
consolidar un gobierno tolerable, que las probabilidades eran que
se despedazasen unos con otros, en guerras civiles por
revoluciones intestinas, si una nación poderosa no intervenía en
sus diferencias o los tentaba bajo su protección; que según el
resultado de la conferencia privada, podrían dirigirse oficialmente
a dichos ministros, siempre que hubiera probabilidades de buen
suceso; pero que principalmente se dirigieran al ministro de los
Estados Unidos respecto a obtener la mediación de su gobierno en
la guerra con el Perú, como que fue la nación invocada por el
jeneral Lamar al tiempo del convenio de Girón. La protección (decía
la nota) es mas propia de una potencia europea.
El Consejo de ministros consideró que semejante conferencia y
propuestas a los dos ministros extranjeros mencionados serian
incongruentes por varias razones, y lo manifestó así al Libertador,
sin dar un paso en la negociación. Empero el Libertador
insistió.
II.
Razones de dignidad, de conveniencia e imposibilidad, retrajeron
al consejo de iniciar la negociación, a pesar de los deseos de
Bolívar; su rechazo por la potencia solicitada habría sido
desdoroso, y Colombia no podía tampoco hablar sino en su nombre y
no en el de la América española toda. Pero inició el consejo, por
su propia cuenta, con el señor de Bresson y con el ministro de
Inglaterra, la del proyecto de monarquía, no sin aprensiones sobre
la contestación que el Libertador diera a la consulta que sobre el
particular se le había hecho.
Algunos de los generales a quienes se les consultó sobre el
particular dieron respuestas evasivas, que no eran ni de
aprobación ni de rechazo. El jeneral Páez envió un mensajero cerca
del Libertador, reservándose responder al consejo hasta que
supiese la resolución de Bolívar al regreso de su mensajero. El
jeneral Montilla escribió al jeneral Urdaneta mas terminantemente,
diciéndole: que aunque el proyecto fuera bueno, lo consideraba
impracticable y arriesgado.
En el entretanto el partido
|liberal, se aprovechaba de
esto incidente que tanta apariencia de justicia daba a sus
declamaciones, para hacer al Libertador una guerra cruel, no solo
en Colombia sine en toda la América. Con el ministro de los Estados
Unidos y con el de Méjico, tuvieron intimas relaciones los
prohombres de aquel partido, persuadiéndoles que el plan de
establecer una monarquía era de Bolívar no siendo el consejo mas
que su instrumento. El ministro mejicano, dice al señor Restrepo,
"no se ocupaba sino en dirigir a su gobierno chismes oficiales
contra el Libertador a quien suponía la intención de querer
sojuzgar a Méjico para dominar en la América española." Calumnia
estúpida que sin embargo de su absurdidad, fue acogida por el
ministro Poinsett de los Estados Unidos en Méjico, y por el
gobierno de aquella república.
Los hechos comprobados del ministro mejicano, sus relaciones
sospechosas con los enemigos del gobierno existente en Colombia,
autorizaban para haberle despedido: pero el gobierno se contentó
con solicitar del de Méjico su retiro.
III.
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Un violento partido de oposición que se levantaba en los cuatro
departamentos de Venezuela; vino a dar un apoyo mas eficaz que el
anterior a los
|liberales de Nueva Granada. Vimos ya la
organización política y militar que dio el Libertador a aquellos
departamentos en 1827, la cual en cierto modo los constituyó
independientes del gobierno nacional; y es preciso confesar que si
aquella organización bajo la autoridad casi absoluta de un jefe
superior, fue útil para mantener el orden público y evitar el
progreso de las numerosas y fuertes partidas realistas que
amenazaron seriamente la causa de la independencia, tuvo
inconvenientes que produjeron un grande y justo descontento. EI
jefe superior dictó varios decretos que excitaron amarga censura:
uno de ellos el que estancaba en la provincia de Caracas la venta
de la carne de res mayor, en el que la maldicencia le atribuía
interés personal, porque así podría vender mejor los novillos de
sus hatos; otro, estableciendo una policía urbana y rural,
presidida por el jeneral Arizmendi, hombre de carácter violento,
uno de los mas crueles de los generales de la Independencia,
servida por una gavilla de hombres del pueblo bajo, que cometían
excesos irritantes principalmente en las parroquias y caseríos
lejanos, exigiendo arbitrariamente el cumplimiento de
prescripciones impracticables para la cría de ganados y de otros
animales domésticos. Pero mayormente los que el mismo Libertador
dictara, restableciendo el derecho dc alcabala y el de aranceles
para las aduanas, ambos obra de su secretario, señor José Rafael
Revenga, causaron un jeneral descontento en los comerciantes y en
los hacendados, por las numerosas trabas que imponían al comercio
por mayor y por menor. Se pensó con aquellos decretos aumentar
las rentas públicas, y se hizo el daño sin conseguir el objeto: lo
que sucederá siempre que se falseen los principios de la economía
política, ciencia exacta de la que en aquella época apenas
empezaba a oírse hablar.
Otros decretos benéficos dictó el Libertador en dicha época. A
la Universidad de Caracas, dicen Baralt y Díaz "dio unos buenos
estatutos, la dotó con rentas suficientes y aumentó con varias
sumas las que servían
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al único establecimiento destinado en;
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aquella ciudad a la educacion de las niñas."
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Es de
notarse que Bolívar, aun en las épocas mas calamitosas de la
guerra, jamás perdía de vista la instruccion de la juventud.
Pero los pueblos no se fijan en esta clase de beneficios, de que
se aprovechan pocos, y sienten y se exasperan con los actos que
lastiman su bienestar y sus intereses materiales; así es que los
decretos anteriores del Libertador í aun los dictados por el
jeneral Páez, a los que se atribuía la situación forzada en que se
encontraba Venezuela por la decadencia del comercio,
despopularizaron completamente a Bolívar, y en semejante situación,
el proyecto de establecer una monarquía no podía ser mas
inoportuno, poniendo en manos de la oposición que allí se levantaba
imponente, una arma formidable contra el gobierno. En tal situación
la idea de complementar la Independencia de hecho, en que realmente
se encontraba Venezuela, por la independencia absoluta, rompiendo
la unión colombiana, se aceptó por hombres de respetabilidad y se
hizo popular. Los venezolanos se olvidaban de que los males de que
se quejaban traían su origen de su infausta revolución de 1826 que
destruyó el régimen constitucional, y se olvidaban de que el
proyecto de establecer una monarquía en Colombia fue venezolano
desde 1825, patrocinado por el jeneral Páez, por el señor Guzmán y
por otros hombres notables de su país, y rechazado por Bolívar. I
olvidándose de todo esto levantaron el grito hasta las nubes, y
jamás, ni entonces ni después, en ninguna otra parte, fue el
Libertador ultrajado como lo fue en Venezuela. Lo particular es
que el partido que se levantó allí en este sentido, se llamó
|liberal, y su caudillo fue el mismo jeneral Páez; y el
partido constitucional de 1826 que no admitía la separación, se
lIamó
|boliviano; y mas particular es todavía que consumada
después la disolución de Colombia, muerto el Libertador, erigida en
república independiente Venezuela, bajo un gobierno civil, el
partido boliviano, centralista, viniera a ser
|liberal y
fedelista, acaudillado por el señor Guzmán; y el
|liberal de
entonces que había roto la unión y destruido el poder del
Libertador, fuese calificado de oligarca, retrógrado, conservador.
Vengan, pues, todos los estadistas del mundo a desembrollar el caos
de la política militante de estas llamadas repúblicas en
Hispano-América.
IV.
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El partido
|liberal de la Nueva Granada, con la fuerza que
le daba el malhadado proyecto de monarquía, aumentaba sus filas, y
se aliaba con el que en Venezuela se prenunciaba en contra de
tamaña innovación en favor de la división de la Gran República, no
importándole nada que ese partido fuese el mismo de la nunca
bastantemente maldecida revolución de 1826, y el mismo que tan
cruda guerra hiciera al jeneral Santander calumniándole. El partido
llamado boliviano, fijo en sus principios de mantener la
integridad de la República y el régimen central, sin aceptar la
monarquía, deseaba el mantenimiento del Libertador en el poder,
como una garantía de unión, y por esto era acriminado
suponiéndosele monarquista, a pesar de sus protestas en contra;
porque no había mas cuestión para los
|liberales granadinos
sino la de romper la unión para que volviera el jeneral Santander
al mando, para que regresaran los conspiradores del 25 de
septiembre, y se destituyera a los servidores públicos, cualquiera
que fuera su mérito, para repartirse ellos los empleos. Siempre lo
mismo!
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V.
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En el entretanto los ministros del consejo no recibiendo
respuesta del Libertador sobre un proyecto que la opinión publica,
o mejor dicho, todos los partidos rechazaban, estaban en la mayor
inquietud. Dejémosles purgar su error en su angustia que ya no
disimulaban, para remover las cenizas del héroe granadino, víctima
de las intrigas de sus émulos, a quienes su gloria tanto
atormentaba.
Los sucesores de Alejandro no pensaron en repartirse el imperio
hasta después de su muerte, que no esperaban tan pronto: los de
Bolívar contaban sus días, espiaban sus quejidos dolorosos,
observaban su agonía, ponían oído a los latidos de su corazón, í
se preparaban, empujando a los mas dignos a la muerte, para el
momento que veían cercano de que el gigante moribundo exhalase el
último suspiro. Córdova y Sucre debían morir a los golpes de manos
cobardes, y murieron: Córdova precipitado a la rebelión, y cayendo
arrepentido en el campo de batalla; Sucre asesinado en celada
alevosa.