INDICE

 




CAPÍTULO DECIMONONO.
 

 

I.
 

 

Era yo el año de 1829 gobernador de la provincia de Mariquita, y tuve el honor de recibir y tener en mi casa por cuatro días al conde de Bresson y al duque de Monte bello mientras les preparaba lo necesario para seguir su viaje. Con tal motivo tuve relaciones de amistad con di­chos caballeros franceses, y cuando vine a esta capital los traté mas de cerca y con mas intimidad. El señor de Bresson traía la misión de examinar el estado de las nuevas repúblicas, conque la América Española alborotaba al mundo, para ver si la realidad correspondía a la bulla­ y para juzgar y decidir si la rama mayor de la casa de Borbón, reinante en Francia, podía entrar sin desdoro en relaciones diplomáticas con unos pueblos sobre los que la rama menor de la familia, reinante en Espa­ña, no había renunciado sus derechos de soberanía. Con este motivo el señor de Brossen había ­estado en Venezuela, í su juicio en aquella parte de la república, no fue favorable, o a lo menos era vacilante.

El duque, muy joven todavía hijo del mariscal Lannes muerto en la batalla de Esling en 1809 no traía misión ninguna. Después de la restauración de los Borbones en 1814, el rey Luis XVIII, filósofo, y el mas instruido de los reyes de su tiempo, tuvo por las familias de los hombres ilustres de la Francia, cualesquiera que hubiesen sido sus com­promisos en la revolución y en el imperio, las mayores consideraciones, exceptuando a las regicidas manchados con la sangre de su hermano Luis XVI. ¹ Sin embargo de que el ma-

1  En 1815 después de la segunda restauración, tuvo aquel reí que ceder a las exigencias de la Razón de Estado, nombrando ministro de Policía a Fouchet, regicida y trai­dor a todos. La duquesa de Angulema, hija de Luis XVI, de quien decía Napoleón que era el único hombre de la familia, no quiso admitir a su presencia al |montañés feroz manchado | con la sangre de sus padres. A semejante resistencia de la mártir del Temple, el tuvo que someterse y Fouchet cayó del ministerio, cesando el escándalo que su presencia en el palacio de los hijos de San Luis causaba Después de una larga revolución hay que aceptar en una restauración muchos hechos consumados y no rechazar los hombres de mérito, los servidores del país; pero jamás con los malvados ha de transigirse: la esponja no debe pasar sobre la sangre.    

 

riscal Lannes era hijo de un sim­ple mozo de cuadra, y él mismo de oficio tintorero en su primera ju­ventud; de que abrazó con ardor los principios de la revolución france­sa; y de que con Bonaparte hizo la campaña de Italia, le acompaño después a Egipto regresó con él y se distinguió en Monte bello, en Marengo, en Australia, en Jena, en Eylau, en Friedland; sin embargo, digo, de estos recuerdos tan terribles para los Borbones, el sabio y tolerante rey conservó a la familia del héroe plebeyo el titulo y honores que tuvie­ra en tiempo del imperio, y nombró a su hijo mayor |Par de Francia, para que tomase asiento en la Cámara cuando cumpliese la edad reque­rida por la constitución |(la charte.) Ese joven de educacion esmerada de carácter dulce, simpático a primera vista, que es uno de los mas pre­ciosos dones que Dios puede hacer a los hombres, instruido, sin preten­siones, accesible para con todos fue el que estuvo aquí con el señor de Bresson, viajando por via de instruccion práctica, y tuve también con él buenas relaciones de amistad.

Yo merecí el alto honor de ser nombrado diputado a aquel congre­so de 1830 llamado |admirable por el Libertador. Por consiguiente desde mucho antes de la reunión del Congreso, apenas fui elegido. Se me inició en los misterios del proyecto de que tanto, y así puedo hablar sobre él con perfecto conocimiento de todos sus antecedentes.

 

En su discurso de recepción hizo el señor de Bresson un magnífico elogio de las virtudes cívicas y de los talentos militares y políticos del Libertador, manifestando que los votos de su gobierno eran: "por la tranquilidad de Colombia, por su prosperidad, por el desarrollo de sus inmensos recursos, y por el restablecimiento y consolidación de institu­ciones libres y fuertes, que dieran a la Europa garantías de que el orden público se conservase."

De este discurso se dedujo que el noble francés indicaba la monarquía constitucional, y bajo este concepto se le informó del proyecto, consultándolo confidencialmente si en caso de que el pueblo colombiano, el Congreso constituyente que iba a reunirse y el Libertador lo acogie­sen, aceptaría el gobierno del rey Carlos X | la idea de exaltar al trono de Colombia a un príncipe de su familia, de la casa de Orleáns. El señor de Bresson contestó que no tenia instrucciones para satisfacer a seme­jante consulta, que aunque privada, podía comprometerle; que él, por su parte, consideraba aquel pensamiento como la tabla de salvación, no solo de Colombia sino de los demás estados hispanoamericanos que lo adoptasen, y que lo apoyaría con su indujo personal por cuantos medios estuviesen a su alcance.

Pero en las conferencias oficiales que tuvo con nuestro ministro de Relaciones Exteriores, señor Estanislao Vergara, uno de los mas ardientes promotores de aquel proyecto, se abstuvo de pronunciar una sola palabra sobre el particular, y dijo explícitamente que el objeto de su misión era manifestar al Gobierno de Colombia que S.M. cristianísima no había podido reconocer la independencia de las repúblicas hispanoamericanas por las relaciones íntimas de alianza y de sangre que lo ligaban con la familia reinante en España, principalmente en circunstancias en que las tropas francesas ocupaban el territorio español; que sin embargo de las consideraciones políticas a que estas circunstancias obligaban a la Fran­cia, ésta había siempre dado buenos consejos a la España para que hi­ciera terminar los sufrimientos de la América; que el Gobierno de S.M. se inclinaba a reconocer la independencia de Colombia y a establecer relaciones políticas con su gobierno, paso que se retardaba por el estado interior del país, que esperaba se fijaría por el Congreso constituyente; que la falta de garantías, de orden, de estabilidad y de paz, que  con­tinuas turbulencias de estas repúblicas hacían palpable a las naciones, era lo que había retenido a la Francia para entrar en relaciones con los nuevos estados hispano-americanos; que sin embargo, era Colombia una excepción por los esfuerzos que siempre había hecho el Libertador para consolidar las instituciones en la República. "El Libertador presidente, añadió Bresson, es a nuestros ojos el hombre de gobierno y de buen orden nosotros sabemos apreciar sus talentos y su firmeza; él es la mas fuerte garantía de lo presente y de le porvenir...."

Bolívar! Tú eras el faro mas resplandeciente del continente hispa­no-americano: el mundo no veía sino tu brillante resplandor; las pasiones contemporáneas lo apagaron, no comprendiéndote; fuiste calumniado y moriste al rigor de los dolores morales. Pero la Historia- te vindi­cará y te ensalzará, porque tus previsiones proféticas las realizan los pueblos que quisiste salvar, y que son hoy la piedra de escándalo del universo. Si, serás justificado en la posteridad, a pesar de tu único error: el de 1826!

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II.
 

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Se ha visto que el proyecto de establecer una monarquía en Co­lombia, fue adoptado por el consejo de ministros y algunos ciudadanos de Bogotá sin consultarlo previamente con el Libertador. La América española era un vasto campo de anarquía turbulenta que entristecía y espantaba a los hombres de alguna previsión. En Méjico se batían los partidos en las calles, y en el entretanto los |léperos, saqueaban las principales casas, cometiendo toda clase de excesos. Centro-América ­se despedazaba, trayendo consigo la federación los desastres que le son consiguientes y que concluyeron con la república fraccionándola en republiquetas, enemigas haciéndose eterna guerra. He referido cómo fue militarmente destituido de la presidencia del Perú, e ignominio­samente deportado el general Lamar. En Buenos Aires, todavía peor que en las otras repúblicas, habían sido asesinados los presidentes Dorrego y Blanco, derramándose con profusión espantosa la sangre de los ciudadanos En Chile, a la sazón, los partidos, |Pipiolos y Pelucones, se mataban en feroz guerra civil acusándose mutuamen­te de haber violado las leyes y de haber faltado a la buena fe en las elecciones de presidente de la República. Bolivia después de la separación del filántropo Sucre, se sacudía para zafarse de las garras del Perú, a fin de que entregada a su propia suerte, pudiera entrar a figu­rar mejor en el drama de desórdenes sangrientos del continente de que hacia parte. Colombia cavaba la fusa en que había de sepultarse con su gloria, con su respetabilidad, con sus esperanzas, y en que se sepultó, no mucho después, legando a sus tres hijas una herencia de anarquía, de sangre y devastación. En fin, en todas partes entonces, como antes des­de los primeros días de la revolución, como después, como ahora, se veían, como ahora vemos: "Los partidos armarse unos contra otros procurando los mismos principios, invocando la misma justicia, que­jándose de las mismas violencias, asesinándose con los mismos pretextos y escandalizando al mundo con las mismas calumnias. El que vence tiene la razón mientras le llega su turno de ser vencido. La fuerza o la traición, m casi siempre la mala fe son las que consiguen dar a cada país de estos algunos meses de sosiego; pero mal pronto los nuevos intereses que se crían, las nuevas ambiciones que se forman, los descontentos que nacen de la misma falta de principios, dividen al partido vencedor, salen de éste los nuevos ejércitos que deben continuar la devastación de los infelices pueblos."

Este cuadro sombrío, lúgubre, terrorífico, que en tan pocas palabras resume la historia del medio siglo que llevamos de independencia, y que adulterando la lengua, ultrajando la verdad y haciendo escándalo del buen sentido, llamamos de |libertad, entristecía a los hombres reflexivos, presentándoles el porvenir en toda su espantosa realidad. En su desconsuelo, creyeron aquellos hombres venerables encontrar | el remedio en la variación del sistema que consideraban origen del mal, y este fue su inocente pecado.

Los miembros del consejo de ministros eran el señor José Maria Castillo Rada, presidente del consejo; el general en jefe (capitán jeneral) Rafael Urdaneta, ministro de guerra y marina; el señor José Manuel Restrepo, ministro de lo interior; el señor Estanislao Vergara, ministro de relaciones exteriores; el señor Nicolás Tanco, ministro de hacienda: todos patriotas distinguidos desde 1810, próceres de la Independen­cia, eminentes ciudadanos en toda la extensión de la palabra; que po­dían errar de buena fe, porque el error es el patrimonio mas cierto de la humanidad, pero jamás hacer traición a la patria, por la que habían expuesto su vida, sufrido prisiones y destierros, y por la que habían visto perecer o el hermano, o el deudo, o el amigo en el patíbulo realista.

 


III.

 

 

Establecer una monarquía constitucional en Colombia era, lo re­pito, una idea irrealizable, imposible, pero nacida del mas puro patriotis­mo en los que sinceramente deseaban evitar su disolución y establecer un gobierno que, en su concepto, aseguraba la libertad civil, la libertad verdadera de que goza el pueblo mas poderoso de la tierra.. El tiempo dirá si el pensamiento era moralmente execrable aunque fuera prácti­camente inadmisible; y quiera Dios que no llegue el día en que en lo hondo del pecho, aunque no con los labios, digan todos EL CONSEJO DE MINISTROS DE 1829 TENÍA RAZÓN!

Algunos hipócritas afectan espantarse de la palabra |Monarquía como si fuera sinónima de |Tiranía, y al mismo tiempo aceptan las vio­lentas tiranías que abortan las revoluciones que ellos mismos hacen pa­ra ejercerla sin freno y sin pudor, y sin mas que cambiar los nombres de las cosas. ¡I | esta falacia la llaman patriotismo! Lo que hay de cierto es que no hay gobiernos absolutamente buenos ni absolutamente malos: el abuso es el malo y nada puede justificarlo. Los gobiernos son buenos o malos relativamente, como lo son todas las cosas de este mundo, según el estado intelectual y moral de los pueblos, y según sus hábitos las ideas que dominan en ellos. Que por siglos sea republicana casi toda la América, es una necesidad que reconozco, porque está en la naturaleza de las cosas; que un gobierno republicano, si no se exageran los principios, si las vir-tudes sociales lo apoyan, logre existir y llenar el objeto de todo gobierno, que es proteger y hacer respetar los derechos legítimos de sus súbditos, es posible en pequeños estados; pero que la república democrática lo sea en las grandes naciones, rodeadas de otras gran­des y fuertes, lo niego absolutamente. Los Estados Unidos anglo-ame­ricanos, cuyo ejemplar es único desde la creación del mundo, se citan siempre, sin examinar las causas que los hacen una excepción, mientras ­les llega. su época, porque la cuestión es de tiempo, y ya han entrado en la vía que los conducirá infaliblemente a la disolución. Aquella gran re­pública, digo, | ha tenido muchas causas, muchas circunstancias favorables y exclusivas para haber prosperado para haberse sostenido; causa y circunstancias de que carecemos y careceremos eternamente los hispano-americanos. Un país inmenso, sin naciones fronterizas que le impongan o amenacen, gozando de las cuatro estaciones de la zona templada, el mas cercano a la Europa de todo el continente americano; | un país sin­gular en todo, con unas ocho a diez mil leguas de navegación interior por ríos caudalosos, lagos que son mares de agua dulce, y canales artificia­les; un país cuyos habitantes en su mayor parte son de la |raza de Ja­phet, que tenían al tiempo de su independencia hábitos de orden y práctica del gobierno municipal de que tan latamente gozan las colonias bri­tánicas; un país donde todos saben leer y escribir y comen a la mesa con cubierto; un país, en fin, dónde la tolerancia religiosa es la única religión­ del gobierno, llamando con solo esta palabra a todos los pueblos de la tierra a gozar tranquilos de la más preciosa de las libertades, la de adorar a Dios según la propia conciencia; ese país, digo, ¿puede compa­rarse en algo con los nuestros? I todavía hay que observar que esa pros­peridad sorprendente que en tan corto tiempo de emancipación ha hecho subir al décuplo su población, y centuplicado su riqueza, no proviene únicamente de las circunstancias que le favorecen directamente, sino también | otras que se olvidan: las terribles guerras continentales que desolaron la Europa a fines del último siglo y a principios del presente, por consecuencia de la revolución francesa, empujaron a la nueva y pacífica república corrientes de emigrados de todas las naciones, llevando sus capitales, sus ciencias, su industria; y por último, la len­gua, el clima, la tolerancia, y la protección del gobierno y de las leyes de que gozan los emigrados a los Estados Unidos, hacen que la Irlanda sea para ellos un criadero de proletarios trabajadores, que con sus bra­zos robustos manejan el arado de sus campos, excavan sus canales, nive­lan el terreno de sus caminos de rueda y de sus caminos de hierro, sacan el carbón mineral de las entrañas de la tierra, tripulan sus numerosos buques de alta mar, y sus innumerables de los ríos, y han formado hasta hace poco tiempo, casi exclusivamente los soldados voluntarios de su ejército. La Alemania derrama también anualmente en aquel país sin­gular, el sobrante de su población, enviándole por millares familias religiosas, trabajadoras, de austera moral, como son casi todas en Alemania, las que al poner el pié en tierra, encuentran el mismo clima, los mismos alimentos, las mismas costumbres, la preponderancia de su raza, todo, en fin, igual a lo que en su patria dejaron; y además SEGURIDAD que es la gran necesidad del hombre civilizado. ¿Podremos nosotros ofrecer iguales ventajas a una inmigración extranjera aunque fuera de hotentotes o mandingas?

Sin pensar en nada de esto, sin examen de las causas que producían los efectos que admiraban en aquella |su república modelo, los primeros patriotas desde Chile hasta los confines de Méjico,: "La federación es la divinidad que obra tan portentosos milagros," y doblaron la rodilla ante el ídolo monstruoso, y le erigieron estatuas en todas partes. Error fatal, origen de los espantosos desastres de Hispano-América! Calamidad funesta que ha hecho de tan hermosos países vastos cemente­rios, osarios profundos, y de sus ciudades catacumbas, y de sus campos desiertos, y de sus apacibles habitantes tigres feroces!.....

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IV.
 

 

En el entretanto, el Brasil, única nación monárquica que se encuen­tra en el continente americano, no ha tenido mas oscilación política, des­de que en 1822 se declaro independiente de la corona de Portugal, que la de 1831 para obligar a don Pedro 1.º a abdicar en favor de su hijo don Pedro 2.º nacido en el país. Desde entonces el imperio organizado constitucionalmente según los principios liberales, marcha por si mismo con una regularidad que no era de esperarse en un estado nuevo y rodeado de repúblicas turbulentas. Sus progresos en todos los ramos son notables; cada día adquiere mas respetabilidad en la familia de las naciones: sus producciones aumentan, su comercio crece en proporción, su marina de guerra es considerable, y sus inquietos vecinos le respetan. Tiene sin embargo aquel bello país una llaga: la esclavitud. Pero esta úlcera cancerosa es común a la |república modelo y a otras repúblicas. La monarquía inglesa la curó en sus colonias indemnizando previamente a los propietarios, y declarando en sus dominios a los libertos así como a toda la raza africana, antes deprimida, los mismos derechos de que go­zan en ellos los demás ciudadanos; derechos de que no gozan en los Estados Unidos de América, ni aun en los Estados del norte. Esto prue­ba que hay dolencias sociales que no dependen de la forma de gobierno, sino de abusos antiguos, de las ideas dominantes en el país donde sen arraigan, y de preocupaciones heredadas. Bendigamos nosotros a los legisladores de Cúcuta de 1821 que fueron los que con la sabia ley de manumisión, hallaron el medio de cortar el mal sin violencia: a ellos toca esa gloria que treinta años después han pretendido arrebatarles otros, por haber extinguido, sin inconvenientes, los restos de la esclavitud, cuan­do ya no quedaban casi esclavos, lo que no habría podido hacerse sin la ley primera, a menos de conmover todo el estado social, estancar de gol­pe la producción agrícola, arruinar miles de familias y causar un cuasi cataclismo.

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