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  CAPÍTULO DECIMOCTAVO.

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I.
 

 

En un discurso inaugural al Congreso de los Estados Unidos anglo­americanos, pronunciado por el presidente Washington, modelo de los verdaderos liberales, dijo estas notables palabras "Si hubiese entre nos­otros alguno que opinase que la monarquía es la forma de gobierno más conveniente en los Estados, él tiene la misma libertad para publi­car su opinión que nosotros para contradecirle, porque en un país libre como el nuestro, |no es la libertad la propiedad de un partido sino la de todos los ciudadanos."

En Londres he oído yo a un orador radical perorar en una plaza pública contra la monarquía en los términos mas exagerados, llamándo­la institución decrépita, tiránica, absurda. Lo silbaban los muchachos, y la policía ponía orden en los turbulentos, diciendo: "está en su derecho, no infrinjo la ley." Sucedióle en la tribuna un orador tory, y probó de la manera más concluyente que aquel hombre era un loco rematado; que una gran nación que tenia en su mano el tridente de Neptuno, que era al cetro del universo; que gobernaba en Europa, en Asia, en África y en las islas americanas la cuarta parte de la población del globo, civili­zando con la tolerancia y la libertad pueblos salvajes, y haciendo de ellos ciudadanos ingleses, es decir hombres libres; que una nación en fin, cuyo peso en la balanza de todas las demás era decisivo, no podía ser una república; que el ensayo que hizo la Inglaterra de aquel sistema de gobierno en el siglo XVII no pudo ser más funesto, derramándose a to­rrentes la sangre inglesa hasta que el poder real pudo estancarla; que la Historia probaba desde los tiempos de Roma y Cartago de Atenas y Esparta, de la Italia moderna y de Hispano-América (se dignó acordarse de nosotros), que las repúblicas no eran sino gobiernos de acciones en perpetua lucha; que el ejemplar que se citaba de los Estados anglo-ame­ricanos era una excepción transitoria de la regla jeneral, a que más tar­de o más temprano estaba sujeto aquel país que hasta entonces se ha­bía salvado por razones independientes del sistema y a pesar deI sistema; y acabó su discurso con aquella tesis lacónica y terminante de Lord By­ron: "Democracy is the aristocracy of the mob."

Un orador whig tomó enseguida la palabra y fijó, a mi modo de ver la cuestión: dije que los extremos eran igualmente perniciosos en todas las cosas; que la mas difícil de las ciencias era la de gobernar a los hombres; que ciertamente |no se podía gobernar de abajo para arriba, ni se podía aprender la ciencia del hombre de estado en las zapaterías y talabarterías; pero que dejando al mérito abierta la puerta del Capitolio, todo se conciliaba, siempre que se cuidase de que fuese al mérito verdadero, y no al fraude ni a la inmoralidad; que la Inglaterra respetando todos los derechos civiles, haciendo inviolable el fruto del trabajo y de la industria, es decir la propiedad, tolerando todas las creencias, protegiéndolas para que no se choquen trastornando el orden público, y asegurando estos inestimables bienes con un trono respetable y respe­tado, absoluto para hacer el bien, impotente para hacer el mal, había encontrado el medio |de poner límites a la ambición, la que, por exagerada que fuese no podía pasar del asiento en la primera grada de su pedestal; instituciones a las cuales, decía, era deudora la Inglaterra de su inmenso poderío, que le daba el dominio del universo, no como el que tuvieron los republicanos romanos con el hierro y el fuego reduciendo a la escla­vitud a pueblos y naciones, sino llevando a todas partes su industria, sus máquinas, sus periódicos, sus ciencias, sus artes útiles, poniendo en comunicación con su comercio y buques correos, a todos los pueblos de la tierra, y ejerciendo en todas las naciones una influencia benéfica a la li­bertad. Convenía el whig inglés en que todavía aquejaban a Inglaterra algunos males Crónicos que le quedaban de las enfermedades agudas que sufrió en la edad media: la propiedad de las tierras en pocas familias, y sobre todo el pago de diezmos de las sectas disidentes para man­tener sin culto que no es el suyo, que es la úlcera que corroe a la Irlan­da, eran en su concepto dos cancros que los legisladores ingleses tenían que ver como curaban poco a poco, con prudencia, sin pretender arrancarlos empleando el escalpelo, lo que frecuentemente no cura el mal y produce la muerte.

Otros oradores se sucedieron extendiendo, reproduciendo o combatiendo las ideas de los tres principales. La discusión versaba sobre la elección de diputados para la cámara de los comunes, y llegan­do la tarde se disolvió la reunión pacíficamente. Los antagonistas mas acalorados en la discusión se retiraron dándose el brazo, como amigos, y fueron a comer juntos en la mejor armonía. ¿Dónde se ve esto? Esto no se ve sino en los países donde se habla la lengua inglesa.

Como entre nosotros no se habla sino un mal castellano, algunos incautos creyendo que la palabra |libertad tenia en Colombia valor intrínseco como en Inglaterra y los Estados Unidos, autorizados por la circular del libertador para que todos emitieran sus opiniones sobre la forma de gobierno que conviniere, se reunieron y acordaron indicar al congreso UNA ANARQUÍA CONSTITUCIONAL, llamando al trono un príncipe de la familia de Orleáns ¿Qué se hacia con Bolívar, supuesta la posibili­dad de realizar semejante idea? Bolívar, según el proyecto, debía con­tinuar gobernando en calidad de Libertador-presidente, hasta su muer­te, que no | podía tardar, y en el entretanto el Príncipe real seria su pre­sunto sucesor.

Para, realizar semejante delirio, era menester contar con el Liberta­dor y con los generales de mas poder e influencia, y se les consultó, espe­rando con ansiedad la respuesta, principalmente la del primero.

Fueron los miembros del consejo de ministros los que principalmente adoptaron el proyecto y lo sometieron a la discusión pública por la im­prenta. Solo un ilustrado cartagenero, (García del Río) lo sostuvo en las "Meditaciones colombianas," que llamaron la atención pública por la lucidez de su lenguaje, vigor de estilo y novedad de ideas. Veamos algo de este interesante escrito, trascribiendo algunos trozos de la 4.ª |Meditación que dedicó al Congreso constituyente.

 


II.
 

 

"En el cuadro que desarrollamos (dice) a los ojos de nuestros conciudadanos (en las tres meditaciones anteriores) de las desgracias y triun­fos, de los errores y aciertos, de los vicios y virtudes de Colombia, hemos notado que la revolución política que nos agita veinte años ha y formará un episodio interesante en la historia del continente americano, aun no ha dado los frutos que de ella se prometían sus autores y que aguardaba el mundo. Han corrido torrentes de sangre; se han acumulado montones de osamentas; hemos comprado la independencia a mas caro precio que cuanto recuerdan los anales de los pueblos; pero solo está hecho lo mas fácil de los trabajos de un pueblo que se regenera; está libertado el suelo patrio. Falta ahora que la sangre colombiana, vertida con tanta profusión para vivificar las simientes de la libertad, no sea perdida; falta establecer el reinado del orden y de las leyes, renunciando a nuestras pasadas ilusio­nes y tomando por gula principios ilustrados que la experiencia de los siglos haya sancionado. La cadena social que Colombia se impuso, se ha ido corroyendo pieza a pieza. Tratase de recomponer ahora esta ca­dena, y es necesario hacerlo conforme a lo que aconseja la civilización; la civilización, que va siempre extendiendo el circulo de las luces, de las relaciones, de los intereses y de los goces; la civilización que no es otra cosa que el bienestar de todos, fundado en el mejor acuerdo entre el go­bierno y los derechos de los gobernados.

"Ardua es, sin duda, la empresa, que tiene que cometer el con­greso constituyente, porque no se cambia fácilmente en un día la dirección que por mucho tiempo han tenido los hábitos y las ideas. Pero lo difícil no es lo imposible. Llamados a establecer la gran convención so­cial de Colombia, paréceme que los depositarios del poder nacional pueden facilitar sus obra y aun darle cierto grado de perfección, si recejen cuanto la marcha del tiempo ha desenvuelto en los períodos sucesivos de la Historia, e interrogan también la nuestra. Evocando así el espíri­tu de los tiempos que fueron, no menos que el espíritu del tiempo que corre; consultando juiciosamente las causas de nuestras dolencias pasadas, como también la actual condición de aquestos pueblos reduciendo de este modo el socorro de la razón y de los hechos, espero que se conoce­rán nuestras verdaderas necesidades y podremos darnos instituciones y leyes que aseguren la felicidad del país.

"La circunstancia que va a ofrecerse de poner término a la ansie­dad e incertidumbre en que vivimos es importante; puede quizás ser ya la única. Ahora, que han desaparecido tantos códigos y perecido tantos ídolos, los pueblos que les dieron su fe comienzan a, estar disgustados de lo presente; tienen inquietud por lo porvenir, y solicitan el precio de tantos cruentos sacrificios y de los trabajos de tantos hombres ilus­tres. Tiempo es ya, justo es que aparezca al fin una nueva creencia política que asegure nuestra tranquilidad y nuestra dicha: ¿hasta, cuándo ha de diferirse la época de adoptar ideas permanentes, principios fijos, alrededor de los cuales se sucedan los accidentes y los progresos de la civilización en un orden constante?........

"Diversas ideas han predominado alternativamente en Colombia; varios sistemas de gobierno han combatido entre si. La federación fue el que adoptó nuestra infancia; un centralismo mas concentrado y sin embargo bastante débil, fue el ídolo de nuestra juventud; ahora que ya hemos llegado a la edad viril, opino que debemos buscar un sistema político en que las prerrogativas del magistrado sean respetadas a par de los derechos del ciudadano; en el cual perfeccionada nuestra organización social, esté desembarazada de obstáculos la acción del poder, al mismo tiempo que se den más sólidas garantías a los pueblos; es pre­ciso, en suma, y lo diré mirando la cuestión desde la altura a que puedo remontarme, o ADOPTAR LA MONARQUÍA CONSTITUCIONAL O ACERCARNOS A ESTA FORMA CUANTO NOS SEA DABLE.

"Ya está pronunciada esta terrible palabra a cuyo solo nombre se asustan muchas personas de buena fe que no han examinado a fondo la cuestión, y de la cual se aprovechan otras, |no con igual sinceridad, para alarmar las pasiones de la multitud o mas bien para halagar las suyas propias. Ya se me condena quizá por haber tenido la osadía o la fran­queza de enunciar semejante opinión. Pero como por una parte yo no pretendo que mi dictamen valga mas que aquello en que quiera estimarlo la razón nacional; y como por otra, tan solo hago uso del dere­cho imprescriptible de pensar y expresar mi pensamiento inocente, pro­curaré fundar mi opinión sin temor de que me proscriban por ello los que se titulan liberales, pues que esto se hallaría en contradicción con los principios de libertad y tolerancia que para si propios reclaman.

"Mucho se ha disputado en el viejo y en el nuevo continente acer­ca de si debe darse la preferencia al sistema monárquico o al republica­no. 'Los disturbios y las catástrofes de las repúblicas, los juicios inicuos del pueblo, su ingratitud para con los mejores ciudadanos, la versatili­dad de las leyes las facciones siempre renacientes han favorecido la opinión de los partidarios de la monarquía. Los abusos y la corrupción de las cortes, la larga cadena de opresión y de vejaciones que ejercen los depositarios, del poder desde el soberano hasta el último empleado, la miseria, las calamidades de los pueblos, la degradación del hombre bajo el gobierno despótico, han dado armas poderosas a los defensores de la república' Pero al fin, el buen sentido ha acabado por triunfar de las orgullosas pretensiones de la filosofía. Las eternas discusiones sobre el gobierno y su forma han tenido que abandonar el primer puesto entre los principios políticos, y cederle a otras consideraciones que son mas esenciales a la naturaleza y al objeto de la sociedad. Los espíritus libres de preocupaciones están persuadidos hoy día de que LA BONDAD DE TO­DOS LOS ESTABLECIMIENTOS POLÍTICOS CONSISTE EN COMBINAR EN JUSTAS PROPORCIONES EL ORDEN I LA LIBERTAD. La cuestión de la forma de gobierno es ya para ellos cuestión de voces. Poco importa, en efecto, que se llame monárquico, aristocrático o democrático: "en la naturaleza, en la división y en la distribución de los poderes, es donde debe buscarse la verdadera diferencia, y los medios de fundar una libertad sabia y duradera: el despotismo existe dondequiera que todos los poderes estén | acumulados." Así pues, lo que merece atención es las garantías verdaderas que existan para la seguridad de las personas y de las propiedades para la mejor administración de la cosa pública. Lo que interesa es que bajo cualquiera forma no domine la fuerza física a la voz nacional, que el despotismo o la anarquía no ocupen el lugar de la libertad; que el reinado del sable no se sustituya a los beneficios de una constitución durable y a las esperanzas de la civilización.

"Juzgo ocioso hablar de las repúblicas de la antigüedad y | de la edad media porque, presumo que ni aun los mas ardientes partidarios del sistema republicano querrían ver a su patria en la condición política de Atenas o Esparta, de Roma o Cartago, de Florencia o Venecia. ¿Qué es en verdad lo que encontramos en la historia de aquellos estados? Todas las pasiones del hombre inflamadas por grandes intereses, distur­bios, guerras continuas, la muchedumbre dando la leí en las plazas pú­blicas, la fuerza creando la mayoría, los demagogos dominando los sufragios, o los ambiciosos enseñoreándose del Estado a fuerza de artifi­cios, "Jamás hubo verdadera libertad en unos ni en otros a causa de la acumulación de los poderes; no podía existir en cierto grado, sino por excepción, es decir, por la sabiduría de los hombres, con la cual no se debe contar nunca. Los poderes se encontraban sucesivamente en ma­nos de partidos diferentes; pero como esta acumulación viciosa conti­nuaba siempre subsistente, se veía reproducir la misma tiranía agrava­da por todas las venganzas del vencedor con los vencidos. Cada cual era a su vez tirano o esclavo, opresor u oprimido, siendo esta perpetua lucha causa de nobles esfuerzos y de horribles catástrofes........'

"Aunque los antiguos tenían idea de la monarquía mixta, los pue­blos modernos son los que han encontrado el sistema representativo, o por mejor decir, delegativo, y ya nadie pone en duda esta forma de gobierno es la única donde puede existir orden y regularidad; la única en donde cada cual tiene o puede tener su lugar merecido y sus atribu­ciones definidas. Por el gobierno delegativo (dice un célebre publicista) se ha resuelto el problema en cuya investigación ha consumido el espíritu humano tantos siglos; el que determina el orden en que goza me­jor el hombre de los tres grandes objetos que le hicieron jurar su in­dependencia natal para aceptar el yugo de la sociedad, a saber: la libertad, la seguridad, la propiedad. El gobierno delegativo ha puesto término a la tutela harto larga del género humano. Si el gobierno abso­luto es propio de los pueblos que se hallan en la infancia, el gobierno de­legativo lo es de las naciones que han llegado a la virilidad. En los sistemas puramente democráticos, todo es agitación e inestabilidad bajo el régimen absoluto todo es silencio y sueño; | el gobierno delegativo ha colocado al hombre entre estos dos extremos: él ocupa el centro determinado por la razón: ni está muy lejos ni muy cerca del poder: se halla a igual distancia de la servidumbre, que se somete a todo yugo, y de la independencia, que desecha todo freno. Por él han desaparecido y se han borrado todas las deformidades del orden social.

"A la cabeza de los pueblos que felizmente han adoptado esta forma de gobierno, debemos colocar a la Gran Bretaña, los Estados Unidos de América, los países bajos y la Francia. Haciendo algunas excepciones en esta última potencia, a causa de haber entrado recientemente da la carrera delegativa, y de conservar ciertos restos de las pasadas agitaciones, por lo demás se disfruta de igual libertad en todos aquellos pueblos. Yo no solo he estudiado algo sus instituciones sino que he re­sidido en ellos. He pasado de Londres al Haya, del Haya a Paris y de Paris a Washington; he viajado por varias provincias de los cuatro es­tados, y he encontrado que tenían en ellos toda latitud la seguridad in­dividual, la libertad civil, la política, la de industria, la de cultos la de expresar el pensamiento. ¿Negará el amante mas exaltado de las insti­tuciones liberales que estas son cuantas garantías requiere el hombre para vivir feliz en sociedad? ¿I cuál es la diferencia sustancial que se encuen­tra en las instituciones de aquellos países? Tememos por punto de comparación la Gran Bretaña y los Estados Unidos de América.

"En qué estriba la libertad individual en Norte-América?

Sobre los mismos fundamentos que la libertad inglesa: en el |Habeas corpus y el juicio por jurados. Asistid a las sesiones del Congreso, y a las legislaturas de los Estados particulares; atended a las discusiones al for­marse las leyes nacionales: de dónde se toman sus citas, sus analogías, sus ejemplos?....de las leyes inglesas, de los usos de la Gran Bretaña, de las reglas del parlamento. Entrad en los tribunales de justicia: qué autoridades se citan?....    los estatutos, los juicios, las decisiones de los tribunales ingleses. En vano parece que los nombres de monarquía y de república colocan entre los dos gobiernos distinciones que no es permiti­do confundir: es claro para todo hombre que examine a fondo sus ideas, que en la constitución representativa de Inglaterra hay algo de republi­cano, así como hay algo de monárquico en el Poder ejecutivo de los americanos.' ¿Quiere saber el lector quién es el que se ha expresado en estos términos? Es un hombre que ha residido en los Estados Unidos, uno de los observadores mas sagaces que quizás hayan existido; uno de los hombres de estado mas distinguidos de nuestro siglo: Talleyrand, en fin.

"El derecho de elección, de representar los intereses del pueblo, de súper vigilar | a la administración o de participar del gobierno, de con­ceder o negar subsidios al Poder ejecutivo, de aprobar o rechazar los todos tratados debidos, todos cuantos derechos puede y debe ejercer el ciuda­dano, todas cuantas trabas conviene oponer a los abusos de la autoridad, existen igualmente bajo la monarquía constitucional de la Gran Bretaña y bajo la república de los Estados Unidos de América. Lo único en que sé distinguen es en la permanencia y en la sucesión hereditaria de la pri­mera magistratura, y en la composición y modo de ser de la alta cámara. Veamos cuál de los dos gobiernos, el monárquico o el republicano, hace ventajas al otro a este respecto.

"Aunque se llama monarca al primer magistrado de la Gran Bre­taña no puede hacer mas daño, en el ejercicio de las funciones que le están cometidas por la constitución, que el presidente de los Estados Unidos. Aquel es inviolable, es verdad, y éste no lo es; pero el minis­terio que tiene la dirección del poder, y que constituye en realidad el go­bierno es responsable a la nación de todos sus actos. "La voluntad del monarca es nada en su consejo; él no ejerce su poder sino por la elección que hace de sus ministros; fuera de esto, no teniendo responsabilidad, tampoco tiene acción. Esta responsabilidad ha cambiado las relaciones de los ministros constitucionales comparativamente con los ministros de los gobiernos absolutos. En estos el monarca cubre a su siervo; en aquellos el súbdito cubre al monarca; en unos el ministro es el instru­mento de la voluntad del príncipe; en otros es independiente de ella. Los ingleses que han entendido admirablemente esta parte de su esta­blecimiento, llaman a sus ministros |servidores de la corona: y estos se glorifican de semejante título. Si ellos no fueran mas que y ministros del rey, podrían ceder a veces a las voluntades del hombre; empero al acor­darse de su glorioso título de servidores de la corona, son llevados con­tinuamente hacia una cosa que no puede tener ni pasión ni interés: sir­ven a un sujeto inmutable, incorruptible, en vez de servir a una persona que puede participar de las fragilidades que son el dote común de la hu­manidad. Desde sus elevado puesto mandan, por decirlo así, al príncipe mismo; se exponen a desagradar al hombre para servir al rey, y defienden a un tiempo el trono, el estado y su propia cabeza.' Siendo esto así, ¿cuál es la diferencia sustancial que la inviolabilidad del monarca ingles y la responsabilidad del presidente americano ofrecen entre si?

"Si miramos la cuestión bajo otro aspecto, el de las ventajas o inconvenientes que trae consigo la duración y sucesión hereditaria, o la mutación periódica de los primeros magistrados de una nación, hallaremos que bajo este respecto se quedan muy atrás los gobiernos democráticos. Los poderes del rey o poder ejecutivo, no son menos conocidos ni están peor definidos en Inglaterra o en Francia que en los Estados Unidos, y no hay mas riesgo de que se traspasen allá que acá. Bajo la monarquía constitucional hereditaria "el gobierno delegativo abre un vasto campo a todas las empresas, las fomenta unas por otras, desde los intereses de una aldea hasta las mas elevadas concepciones de la política, presenta el admirable conjunto de la fijeza en los jefes del poder y del poder y de la movilidad en sus agentes. Una familia inamovible y hereditaria no deja manco a las pa­siones ni deseo o posibilidad de mudanza, porque la única acción de que pudiera haber queja respecto de ella, es atacable y movible en la existencia de los ministros a quienes está confiada la autoridad, que son responsables de ésta.' El imperio de la ley, y la establecida herencia que se tributa a la real majestad, forman una completa barrera, oponen un obstáculo poderoso a todo grande hombre que quiera hacerle dominador, a todo ambicioso que aspire a trastornar las instituciones recibidas, o a sobreponerse al orden establecido. 'Está así el poder real al abrigo de todo ataque de las clases elevadas, de toda rebelión de los pueblos; la suprema potestad, colocada así fuera de los intereses y de las quejas, conserva todo su esplendor aun habiendo perdido su arbitrariedad.' En la Europa moderna en el espacio de muchos siglos, una sola monarquía ha perdido su existencia y ha sido rayada del número de los estados in­dependientes, a saber la monarquía |electiva de Polonia; y este hecho observado por un escritor, está calculado para llamar la atención. En Francia o en la Gran Bretaña fallece el rey, y sin el menor sacudimiento, sin que se advierta el menor movimiento social ocupa su lugar el sucesor designado por las leyes. En los Estados Unidos también sucede tranquilamente el presidente recién electo al que cesa en sus funciones conforme a lo prescrito en la constitución; pero aun en aquel pueblo |moral e inteligente, el ejercicio de un derecho tan importante come la elección del primer magistrado turba el cuerpo político en todas sus relaciones. ¡Qué agitación! qué lucha de todos los intereses! qué pugna­ de todas las pasiones! Con qué desenfreno, con cuánta malignidad y cuánto escándalo ataca la licencia hasta la santidad de la vida privada! I se concibe lo desagradable del estado de una sociedad donde cada cuatro años se pone la mitad de ella en guerra abierta con la otra mi­tad, y derrama a manos llenas una sobre otra el ultraje y aun la calum­nia! Pero no se crea que esto sucede únicamente en los casos de la elección de presidente y vicepresidente: a cada renovación del gobierne y legislatura de los diferentes estados, se ve a la nación devorada de la misma fiebre política, con igual escándalo de la moral y con detrimento de la prosperidad pública, por la suspensión de los trabajos industriales y científicos....

"Además de la sucesión hereditaria y de la inviolabilidad del jefe del Estado, hay otra diferencia esencial entre las monarquías y las democracias, que es una consecuencia precisa de aquellas, y que también uno parece ser en ventaja de las primeras: hablo de la herencia de los miembros de la alta cámara. El pueblo, o sea, los que llevan la voz por él, no tienen menos inclinación a usurpar facultades y a extender su influencia y dominación, que los encargados del poder; y es, por tanto necesario que haya un cuerpo intermedio ilustrado, independiente por su posición, que sirva de árbitro y regulador del orden público. En los gobiernos democráticos, los miembros del senado, como los de la cámara baja, son nombrados por el pueblo, salen del pueblo y vuelven a él; tienen en suma los mismos intereses que el pueblo. No sucede así en los estados monárquicos. Los Pares, o lo son por sucesión, o por la voluntad del monarca que los crea, las mas veces en recompensa de servicios seña­lados; se representan a sí propios, son del todo independientes. 'Como la muchedumbre tiene mas fuerza y fogosidad que el trono, la Cámara de los Pares a | fin de compensar esta desigualdad, debo tener una inclinación natural hacía aquel. Esta Cámara es en su destino, el escudo respectivo del pueblo o contra el pueblo, y el pueblo contra eh trono: deben los Pares considerarse como moderadores e ilustres mediadores entre rivales, y destinados a disminuir el efecto de los golpes que éstos pudie­ran darse mutuamente. Llamados desde su nacimiento los primogénitos de sus miembros a la alta función de legisladores, reciben una educación superior. El hábito de los negocios después, la constante ocupación de grandes relaciones y de grandes ideas, la necesidad de ser actores en importantes acontecimientos, el sentimiento de que pertenecen a una cosa pública y de que tienen elevados intereses que defender y sublimes deberes que desempeñar, los hacen capaces de llenar con honor los primeros puestos del Estado y de prestar eminentes servicios a la Patria.

"Otra de las ventajas que hacen las monarquías constitucionales a los gobiernos populares es que, como todo Estado tiene precisión de mantener en pie una fuerza armada mas o menos considerable por mas o menos tiempo, son menores los riesgos con que ella amenaza la libertad en aquellas. 'Las repúblicas han sido destruidas por los ejércitos permanentes, porque estos han asistido a sus jefes a establecer una dictadura perpetua y a derribar los senados y las leyes en favor de un despotismo militar.' La forma monárquica, satisfaciendo o reprimiendo todas las ambiciones, previene semejante mal.

"La democracia por su número, y por sus necesidades siempre renacientes, cuenta sin cesar muchos brazos prontos a herir, y muchas bocas que piden que las llenen. Aun no pueden jactarse los Estados Uni­dos, (dice lord Russell) de ser, por sus instituciones felices que Inglaterra. Han estado poco expuestos a los peligros | internos que nacen de una guerra extranjera. Han tenido un continente en que extenderse, vastos desiertos para ocupar a la parte inquieta de su población. Los Estados se han gobernado sin dificultad; el congreso ha hecho la guerra, ha negociado la paz sin la menor aprehensión de conquista. Cuando la república cansada de paz y de prosperidad, mida sus nuevas fuerzas y suspire por grandeza y gloria; cuando la voluntad de la opinión haya crea­do una deuda nacional y un ejército nacional, |cuando Méjico sea un imperio rival; cuando se levanten generales de talentos mas brillantes y de carácter menos virtuoso que Washington, cuando el amor del poder y del dominio corrompa a sus presidentes y hombres de estado, entonces se decidirá si las instituciones de los Estados Unidos son mas sabias que las de Inglaterra." |¹

1 | " | A nuestro ilustrado compatriota Florentino González le oí decir en una animada conversación sobre el particular que el poder, la prosperidad, la libertad, la seguridad, la grandeza de Inglaterra venían de que "Inglaterra era monarquía en la cabeza y re­pública en los pies" No se puede dar una definición mas exacta de aquella nación admirable.

 

 

"Si resulta, pues, que el gobierno monárquico constitucional, en vez de ser inferior al republicano, le hace algunas ventajas; si él es la idea dominante del siglo, el producto de la mas alta civilización, el fruto de la mas dilatada experiencia, veamos si es adaptable a la situación de Colombia, y capaz de hacer nuestra felicidad.

Por más que se haya dicho frecuentemente que las instituciones forman los pueblos, yo opino por el contrario que el estado social debe ser y es un resultado del estado moral. Por haber descosido esta verdad, por haber querido darnos instituciones calculadas para otras socie­dades mas bien que para la nuestra y mas digna de Salento que de Colombia, ni el gobierno se cimentó sobre bases convenientes, ni la autoridad tuvo jamás la fuerza o el apoyo necesario, mas |respetó con la religiosidad debida el pacto político, ni se conservaran abiertas y puras las fuentes de nuestra prosperidad. Registrando la atmósfera social en que vivimos; recorriendo las escenas que han afligido al país examinando las causas que hicieron desmoronarse nuestras instituciones, hemos encontrado que nuestra sojuzgacion primero, y después nuestros desórdenes, instabilidad, flaqueza y parálisis adentro y nuestra falta de consideración afuera, han provenido de que pretendimos luchar contra la naturaleza y esencia de las cosas. Ni nuestra dilatada esclavitud, ni lo vicioso de la educación que recibimos, se prestan al establecimiento del régimen republicano en Colombia.

Cuando la cosa pública ha vagado tantos años entre las teorías y los desastres; cuando hemos visto el deseo de innovarlo todo, y que los ensayos hechos bajo el sistema democrático no han producido mas que males cuando hemos sido testigos de que, aun aclamando constante­mente a la libertad, los abusos, las pequeñas tiranías y las agitaciones han pululado en toda la superficie de la República, sin que las instituciones y la autoridades fuesen bastantes a reprimirlos; cuando hasta hoy día, a pesar de las amargas lecciones de la experiencia, vemos el Estado con­vertido en el teatro que escoge para hacer su papel trágico |la ambición o el descontento del primer jefe militar que se siente con |arrojo o con pre- |suncion suficiente para efectuar un alzamiento criminal; cuando lo pa­sado y lo presente concuerdan para suministrarnos instrucción, y señalarnos a cada momento los escollos que debemos evitar en lo futuro, ¿no seria el colmo de la demencia y de la obstinación el empeñarnos en continuar marchando por la misma ruta donde antes nos extraviamos, y que nos condujo junto con la patria hasta el borde de la ruina? ¿No seria necesi­dad el dar por bases a nuestra nueva existencia las bases de nuestra des­graciada existencia anterior? ¿No es, por el contrario, un deber del legislador buscar en un sistema opuesto del que se ha seguido hasta aquí, los bienes que aun no hemos podido hallar? Creo que así lo dicta la razón y lo aconseja la experiencia.

"Duro es, pero es necesario, proferir una verdad humillante. Don­de la masa del pueblo no es capaz de juzgar por sí; donde por su faIta de virtudes y de conocimientos es casi insensible a las ventajas de una constitución libre; donde es indiferente a todo cuanto concierne a la cosa pública; donde no conoce ni sus derechos |ni sus deberes; donde está inclinada o dispuesta a continuar sumida en la ignorancia y la degradación, la frecuencia de elecciones para las primeras magistraturas y | funciones del Estado es un semillero de males; y el sistema republicano es; un instrumento en manos de cualquier perturbador osado y diestro. En semejante sociedad es necesario impedir que los ambiciosos y los dema­gogos puedan poner en movimiento a la ciega y brutal multitud, y se val­gan de sus brutos para invadirlo o trastornarlo todo en beneficio propio con ruina de prosperidad jeneral, y bajo la capa de la libertad nacional. Pero al mismo tiempo que se les quiten las amias que ponen en sus manos Ia inestabilidad y la continua variación de los primeros destinos del Estado; al mismo tiempo que se establezca una autoridad "cuya fuerza sea proporcionada a la magnitud de los desórdenes que debe remediar, a la extensión del territorio y al número de individuos que ten­ga obligación de proteger," es necesario también que se den a la nación instituciones favorables a la libertad y a la riqueza que se observen de buena fe y por todos y que capten, por consiguiente, la confianza univer­sal; es preciso que el poder que se cimiente, no proceda jamás sino con­forme a leyes fijas, inexorables, fundadas en principios dignos del siglo, y que se asegure a los ciudadanos la seguridad, la libertad, el reposo, el orden. Estos bienes seducen a todo ser humano; y los pueblos, que no racionan pero que sí sienten, vivirán en la abundancia, vivirán contentos y permanecerán tranquilos, sin cuidarse de que su primer magistrado se denomine presidente o monarca. Como posean la libertad, y tengan las garantías que necesitan para sus personas, sus intereses y su indus­tria, poco les importará vivir bajo esta o aquella forma de gobierno. Como haya estabilidad habrá trabajo, y en habiendo trabajo, el reposo no es fácilmente turbado. 'El amor propio, la ambición, la envidia, en­tran poco en las ideas del hombre sencillo y ocupado. El espíritu de par­tido y la intriga no son el móvil de sus acciones.' Los pueblos no son instrumentos de los facciosos sino cuando sufren o son oprimidos.

"'Cuando al salir de una revolución, todo tiende a reconstituirse sobre bases nuevas, una oscilación largo tiempo prolongada precede al reposo. En este intervalo, los espíritus movidos por una actividad prodigiosa, se empeñan en mil y mil rutas diversas, abrazando las opiniones mas opuestas, y ensayándolas todas antes de ponerse de acuerdo sobre ninguna.' Tal ha sido hasta aquí la situación de Colombia: por una di­ferencia inevitable de principios y de ideas ha habido entre nosotros di­versos partidos, que si bien fueron de honroso origen, han llegado al tér­mino injustificable de animosidad personal y de encono profundo. Mas el tiempo, en su marcha silenciosa, y los acontecimientos se han combinado para preparar una revolución pacífica. Los hábitos han reco­brado gradualmente su imperio, las opiniones se han ido ilustrando, la necesidad de fijeza y de reposo se ha hecho sentir, y el contraste que se nota entre el orden político cual ha subsistido hasta aquí y el estado so­cial entre la forma de gobierno y las necesidades del pueblo, ha produ­cido una completa mudanza. De las desgracias de la cosa pública ha na­cido la experiencia; del choque de las ideas se ha formado una opinión ilustrada; y si bien existen todavía ilusos que se resisten a ver la luz, aspirantes que cierran los oídos a la voz de la razón, ambiciosos y proletarios que no quieren ni pueden vivir sino de desórdenes y de anarquía la parte sensata de la nación colombiana, la parte influyente, la que tiene que conservar, la que está interesada en que se abran nuevas fuentes de predicción y en que cada cual pueda gozar tranquilamente, y con plena seguridad, de los frutos de su industria, siente la necesidad de un orden de cosas estable, lo apetece, desea que se sofoquen todos los resentimien­tos, que se acaben todas las disensiones, que se ponga termino a la Iu­cha política, y se apague el volcán revolucionario; anhelen fin porque |se establezca una monarquía constitucional lo mas profunda posible........

El primer principio de nuestra constitución debe ser sin duda que la soberanía emana de la nación. Empero 'hay que hacer una distinción importante entre la soberanía primitiva o radical, que en todos tiempos reside en la masa jeneral de aquella, y la actual o de ejercicio, que reside respectivamente en los diversos mandatarios o magistrados encargados de cualquier ramo del poder. La diferencia de la soberanía de la nación a la soberanía constituida de los gobiernos libres consiste en que, en la primera no, hay mas que personas y voluntades; en la se­gunda derechos e intereses. Las individualidades desaparecen entonces; todo se eleva de lo particular a lo jeneral; la sociedad ha pasada, toda entera a su gobierno. Allí, y allí solo, reside la soberanía, y porque allí solo allí tienen los intereses sus órganos y los derechos su salvaguarda." Todo lo que sea desviarse de este principio, reclamar derechos o cometer actos que no estén en consonancia con él, atentar al orden legal, es crimen de lesa-patria y debe castigarse como tal.

"Cuando se establece un nuevo orden de cosas, es necesario cimentarlo sobre las bases de la eterna justicia, como que es de tanta importancia que las primeras impresiones sean favorables y duraderas, y nunca pueden dejar de serlo las que produzca aquella virtud, que ocu­pa el primer lugar entre todas las sociales y políticas. El amor a la li­bertad es inherente a la naturaleza humana, y es tanto mas apetecible su ejercicio en la sociedad, cuando que por él se corrige la falta de aque­lla de que se despojara cada uno de los asociados en beneficio propio y de la comunidad. La libertad, dice un célebre escritor, es la sola gloria del orden social. La Historia no tiene otro ornamento que las virtudes de los pueblos libres, los únicos nombres que resuenan de siglo en siglo en el fondo de todas las almas generosas, son los nombres de aquellos que amaron la libertad. Pero para que la libertad sea 'la madre del co­mercio, la madre de la riqueza, la madre del saber, la madre de todas las virtudes, debe entenderse por esta palabra, |no aquel deseo desenfre­nado de poder que impele al demagogo o al ambicioso a trastornar lo existente y sobreponerse a todo, aun cuando sea a costa de la ruina del edificio social; no aquel furor democrático que aspira a nivelarlo y a innovarlo todo; no aquella vocería que denigra y calumnia infunda­da, escandalosa y malignamente a todo magistrado, y aun a cualquier ciudadano que opone un dique al torrente devastador de la licencia popular, y a las aspiraciones y a los disturbios; sino aquella facultad de hacer todo cuanto no perjudique a otro, todo lo que no esté prohi­bido por las leyes; aquel derecho de participar del gobierno o de vigilar lo que concedan las mismas leyes; aquella completa seguridad que en toda sociedad  organizada debe disfrutar el mas ínfimo ciudada­no, en su individuo, en su industria en su pensamiento, que no reconoce otro amo que el mismo Dios, y cuya seguridad ha de ser acompa­ñada, además, de la plena convicción de que existe. La perfección del orden social consiste, |no en un nivel quimérico de clases y fortunas, no en el principio antisocial de las leyes agrarias, sino en la imparcialidad de la ley y en el goce igual para todos de los derechos civiles. Este es lo que se llama libertad, lo demás es licencia; esto es lo que desea todo hombre racional y de bien; lo demás tan solo lo apetece un insensato o |un malvado.

"No hay tiranía donde cada cual goza individualmente de la liber­tad que puede acordarse con el orden jeneral; donde cada cual puede colocarse en este orden general en razón de la utilidad de que da prueba; donde puede hacer uso del mas noble privilegio de la especie humana, que consiste en pensar y en expresar sin temor, de palabra o por escrito |sus ideas inocentes; donde hay facultad de producir y de disfrutar tran­quilamente del fruto de la industria legal; donde puede cada uno adorar al Creador del modo que su conciencia le dicte, sin tener que responder a otro que a Él | de sus opiniones o actos religiosos, en cuanto no traspasen los limites señalados por una ley de tolerancia ilustrada; donde 'el súbdito no puede ser desterrado o en manera alguna molestado, sea en su persona o en sus efectos, de otro modo que por juicio de sus iguales,  conforme a la ley de la tierra;' donde existe una delegación nacional, sin cuyo consentimiento no se puedan levantar contribuciones; donde haya derecho de petición; desde sabias instituciones en fin, impidan que el depositario del poder legal abuse de su autoridad y tenga facultad de interpretar las leyes; donde todo esto existe, repito, no hay tira­nía. He aquí lo que se comprende bajo las denominaciones de libertad, igualdad, seguridad. Tales son los elementos de que debe componerse nuestro código, para afianzar los derechos de los colombianos....

"El amor a la patria, el respeto a sus leyes, es el principio mas elevado, mas sagrado que deben aclamar los hombres |, y ciertamente no lo aplican en el interés de su libertad y de su felicidad los que ultrajan­do la majestad de las leyes, hollándolas y apellidando a la rebelión en nombre de la libertad, dilaceran su seno, contribuyen a su descrédito y oponen obstáculos a su reorganización pacífica...."

 


III.
 

 

 Consideradas estas doctrinas en abstracto, ¿pueden calificarse de serviles, absolutistas, traidores, al eminente escritor que con tanta valentía las proclamó, y a los hombres honorables que tan de buena fe las adoptaron? Las malas pasiones de la época así los llamaron, pero yo apelo al fallo de los verdaderos liberales del mundo civilizado, y me con­formaré con él.

Que no fueran apreciadas en Colombia, que fuesen | rechazadas, era natural. Yo mismo no las acepté, no porque las condenase, sino porque vi claro, al ser enunciadas, que no serian exequibles y que serian anatematizadas. De repente no pueden cambiarse las instituciones de un pueblo, al que por muchos años se le han estado inculcando principios enteramente contrarios. Haberse olvidado de esto, fue el error de los patriotas que el proyecto indicaron, y que no sirvió sino para hacer mas fuertes a sus enemigos.

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