INDICE

 




CAPITULO DECIMOCUARTO.
 

                                                          

 

I.
 

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Desde que el Libertador tuvo noticia de la llegada del jeneral Sucre a Colombia, le nombró jefe superior civil y militar de los tres departamentos del Sur, confiriéndole facultades extraordinarias hasta para hacer la paz con el Perú, si era posible, y poniendo a sus órdenes al jeneral Flores, que era el jefe inmediato del ejército en ellos acantonado; tan luego como la tuvo del pronunciamiento de los coroneles Obando y López, que coincidía con la invasión peruana, hizo salir al jeneral Cór­dova con una división de 1,500 hombres sobre Popayán. También dio órdenes para que algunas tropas de Cartagena y de otras partes se mo­vieran sobre la misma ciudad, a fin de formar un ejército de reserva para hacer frente a una desgracia posible en el Sur; y se proponía seguir en persona, considerando ser necesaria su presencia en aquellos depar­tamentos, pues en el resto de la República se conservaba la paz y la obe­diencia a su gobierno, a pesar de los deseos y esfuerzos del partido |liberal.

Antes de ponerse en marcha, dictó el Libertador muchos decretos importantes, cuyo relato y análisis son ajenos del objeto de este escrito. Sin embargo citaré, como unas trascendental el de 24 de diciembre de 1828, convocando el Congreso constituyente para el 2 de enero de 1830, y prescribiendo las reglas para las elecciones de diputados, con toda la Iiberalidad del sistema electoral de la Constitución de Cúcuta, la cual, como muí bien ha dicho recientemente el doctor Ezequiel Rojas, "daba mas garantías de acierto que |todas las inventadas posteriormente." Encargó al Consejo de ministros su cumplimiento de preferencia, en­cargo que el Consejo llenó con la mas honorable rectitud, y habiendo con esto acto demostrado Bolívar la buena fe con que lo prometió al investirse del poder dictatorial partió para Popayán (28 de diciembre.)

El general Córdova con la división de su mando, unido en la Plata a coronel Mosquera, había ocupado a Popayán (27 de diciembre) sin encontrar resistencia, por consiguiente sin pérdida, pues solo en un ti­roteo de dos guerrillas cayeron en manos del tan terriblemente célebre comandante Juan Gregorio Sarria, un oficial y dos soldados, y al resca­tarlos una columna de la división Córdova, según dice el jeneral Mos­quera los alanceó Sarria, los dejó moribundos en el campo, y huyó con el piquete de caballería que le acompañaba.

El coronel López no teniendo fuerza para resistir, se replegó con su pequeña columna sobre el valle de Patía. Córdova le persiguió a la ligera dejando todo lo pesado en Popayán, y habiendo alcanzado la retaguardia en la Horqueta (7 leguas de Popayán) y hecho que cargase sobre ella una columna de cazadores al mando del teniente coronel Lino de Pombo, la dispersó, con muy poca resistencia. Córdova que no iba en disposición de continuar operaciones a larga distancia, regresó a Popayán a prepararse debidamente para abrirlas sobre Pasto. Esto no era cosa de poca monta, y requería medios suficientes no solo en hombres sino en bagajes, municiones de boca y guerra y dinero.

Veamos cómo refiere este suceso el jeneral Mosquera: "Alcanza­da en la Horqueta (la columna de López), y deshecha por una carga de cazadores que mandó ejecutar el teniente coronel Pombo, López huyó solo, y todos hubieran sido aprehendidos si el jeneral Córdova no manda cesar el fuego y contramarchar a toda la columna que conducía. Este suceso me hizo desconfiar de la pureza de las intenciones de Córdova, y resolví en mi calidad de prefecto y comandante jeneral del departamento, oponerme a sus despropósitos. El Libertador estaba en la provincia de Neiva, y le escribí manifestándole la necesidad de dar una orden terminante de no obrar hasta que él no llegara; y lo conseguí."

En esta acriminación, suponiendo en Córdova deslealtad, resalta la mas apasionada injusticia: voy a demostrarlo. Si la columna enemiga había sido deshecha, si López había huido solo, ¿contra quién debía continuar haciendo fuego Córdova? No habiendo, pues, contra quién continuarlo, ¿en qué faltó mandando que cesase? I ¿cómo es que ha­biendo continuado el fuego se hubiera podido aprehender a |todos los fugitivos? Pretender que una tropa rendida de cansancio en una marcha desde Bogotá hasta Popayán, pudiera aprehender a timbianos y patia­nos, descansados, en un territorio dificilísimo, de cañadas, de lomas, de faldas, de malezas que ellos conocían a palmos y sus adversarios no, y pretender que esto pudiera hacerse sin haber rodeado y cortado al enemigo en todas direcciones, ¿no es una injusticia que demuestra una malquerencia pronunciada? Teniendo Córdova que regresar a Popayán, ¿hasta dónde se quiere que continuara una persecución ineficaz con atraso de su principal atención y objeto?

A renglón seguido dice el jeneral Mosquera: "Al entrar en Popayán traicionado y vendido vilmente, como dejo expuesto, ¹ | | cuál debería ser mi conducta? Respondí a los agravios con favores, no permití que se juzgase a nadie, y no permití que el jeneral Córdova usurpase mis facultades para fusilar unos prisioneros. El auditor, doctor Escobar, que hoy vive en Quito, recibió orden de condenarlos a muerte, y avisándome lo que deseaba el jeneral, le manifesté que debía contar con que yo era el juez de la causa y no el jeneral de la división, y que no se fusilaría a nadie arbitrariamente. El auditor apreció mi resolución de apoyarlo para negarse con mas firmeza a la despótica orden de Córdova. Expedí un indulto hasta donde me lo permitían mis facultades, que cumplió después el Libertador. Al cabo de once años los mismos rebeldes atacaron el Go­bierno constitucional, con las mismas palabras y con las mismas protes­tas, con los mismos asesinos y cometiendo los mismos robos." ²

Estas dos gravísimas y contradictorias acusaciones requieren el aná­lisis severo de la Historia. En la primera se presenta a Córdova como un traidor que intencional-

1 | Cuando habla de su regreso de la Plata con Córdova.  
2 |Examen |crítico.  

 

mente salvó a los enemigos que perseguía, pu­diendo cogerlos a todos; en la segunda se le acusa de haber procurado el asesinato judicial (que es el peor de los asesinatos) de los prisioneros hechos a aquellos mismos enemigos a quienes protegía, crimen que no cometió por la energía del prefecto Mosquera, el cual |parece reprobaba en aquella época los fusilamientos arbitrarios. Cómo pueden conciliar­se estas dos proposiciones? Yo no lo sé. Si Córdova hacia traición, si protegía a los enemigos que iba a combatir, ¿porqué se empeñó en i­nmolar odiosamente a los que de ellos cayeren en sus manos? Este con­trasentido ¿no hace presumir un odio concentrado de un subalterno resentido contra su jefe? No es esta la única solución que admite semejante contradicción?

Se dijo generalmente en aquellos tiempos que el jeneral Córdova cuando llegó a la Plata, y los coroneles Mosquera y Murgueitio se le unieron, ofendió al primero, llamándole inepto y cobarde, y fue también notorio que en toda la campaña, trataba Córdova a Mosquera con dure­za y desprecio, a pesar del apoyo que éste tenia en el Libertador, quien siempre distinguió a la familia Mosquera con una predilección notable. La aversión, pues, del uno contra el otro, y mas la del ofendido contra el ofensor, debía ser profunda y traer mas tarde funestos resultados para el uno o para el otro, y esto lo explica todo. El jeneral Obando en sus |Apuntamientos para la Historia refiere que el Libertador le dijo, ha­blando de la acción de la Ladera y de la pérdida de Popayán, que no había fusilado al jeneral Mosquera por su mal comportamiento, por las con­sideraciones que tenia por el señor José María Mosquera, su padre, por el señor Joaquín Mosquera, su hermano. Aunque Mosquera en su |Examen crítico rechaza esta aserción como una calumnia de Obando, es indudable que el Libertador se expresó con varios jefes y amigos des­de antes de llegar a Popayán, en términos acres contra Mosquera.

El general Córdova era un joven infatuado con el brillo de su bien merecida gloria militar, de carácter impetuoso y pródigo para con sus subalternos en injurias de cuartel: no es pues extraño ni dudoso, sino muy verosímil, que se comportara con el coronel Mosquera como generalmente se dijo. Siendo este último conocido por su incansable perseve­rancia en la intriga, insinuante para obtener de los demás lo que desea, teniendo acceso con el Libertador, habiendo sabido introducirse en su confianza, seguro era que Córdova, que se evaporaba en sarcasmos y bra­vatas, había de sucumbir bajo una persecución sorda, disimulada, cons­tante, que sabia explotar hábilmente las sospechas con, que lo iban mi­nando sus émulos en el ejército, por su inocente equivocación en la no­che del 25 de septiembre. En cuanto a esos mismos rebeldes que al cabo de once años, dice el jeneral Mosquera, atacaron al Gobierno consti­tucional, con las mismas palabras, con las mismas protestas, con los mis­mos asesinos, y cometiendo los mismos robos que en 1828, debo aclararse en obsequio de la juventud, que el jeneral Mosquera habla de los reyo­lucionarios de 1839 a 41, que todos los que viven y los hijos de los que han muerto son sus conmilitones de hoy, y muchos de los que entonces quiso fusilar arbitrariamente, y persiguió, y expatrió, son sus generales, sus secretarios, sus satélites, en fin. Tales son los cambios extraordinarios, inexplicables, incomprensibles que, con ultraje de la moral, se ven en nuestro país. I pretende el doctor Rojas que hay en él sanción moral!

 


II.
 

 

Volvamos un poco atrás, y pasemos a los departamentos del Sur. La invasión peruana se verificó de una manera formidable. La ciudad de Guayaquil sin medios de prolongada resistencia, cañoneada por la escuadra enemiga, y casi destruida, tuvo al fin que rendirse por capitulaciones después de dejar bien puesto el honor de las armas colombianas en una heroica y temeraria resistencia con casi solo sus milicias.

El ejército enemigo fuerte de 8,000 hombres, bajo el mando del mariscal Lamar, se extendió en el departamento del Azuay, desechando este jeneral las diferentes proposiciones de paz que le hizo el jeneral Sucre, a quien consideraba en impotencia de resistirle. En efecto, to­das las probabilidades estaban en favor del invasor: nuestro ejército lo era inferior en número, carecía de todo recurso, casi sin medios de subsistencia para mantener la vida, desnudo y sin abrigo en páramos frigidísimos; el peruano bien vestido, calzado, con mucho dinero, go­zaba de comodidades y llamando a sus campamentos con el incentivo de la ganancia a los vivanderos de la comarca, no carecía de nada. Pero el jeneral Lamar se olvidaba de que los pocos y hambrientos soldados que tenia que combatir, eran colombianos, mandados por el mariscal de Ayacucho y por el jeneral Juan José Flores, con jefes y oficiales de mé­rito reconocido, que se creían y eran en efecto invencibles. La principal esperanza del jeneral Lamar se fundaba en la poderosa ayuda que le prestaban los coroneles Obando y López ocupando todo el Sur del de­partamento del Cauca con una fuerza ya muy considerable; pero estos jefes tenían a su frente al Libertador, que se había unido a la división Córdova y había reunido unos 3,000 hombres en Hato-viejo, en las riberas del Juanambú, y por consiguiente no podían obrar en combinación con el ejército invasor; tanto mas cuanto que a mediados de diciembre, cuando lo intentaron con una columna de 300 hombres, fueron completamente batidos en el cantón de Túquerres por otra volante del ejército del jeneral Flores. Pero interceptando completamente la comunicación entre el Libertador y el mariscal de Ayacucho, con solo esta hostilidad prestaban un gran servicio al ejército extranjero; e impidiendo que las fuerzas que el Libertador conducía pasaran a incorporarse al del ejército del Sur, daban al enemigo todas las probabilidades de triunfar. El je­neral Obando en sus |Apuntamientos dice que lo hizo porque el Perú no tenia mas mira en la invasión que el restablecimiento de la Constitución en Colombia, y la separación del Libertador del mando, pues así lo aseguraba el mariscal Lamar en sus proclamas: de manera que, según Obando, el Perú movía un ejército de 8,000 hombres y una fuerte escuadra y gastaba tres millones de pesos fuertes solo con un objeto en que no tenia el menor interés. ¿Puede admitirse, ni en gracia de controversia, semejante pretensión? Todos los antecedentes de la invasión, su fuerza misma, los inmensos gastos que en ella se hacían, el rechazo brusco de la negociación propuesta por O'Leary, probaban que el mariscal Lamar venia como conquistador y no como auxiliar de ningún partido: por tanto los colombianos que le ayudaban hacían traición, por mas que procura­ran negarlo con razones especiosas. Si la victoria hubiera abandonado su pabellón predilecto y pasado al lado del conquistador, los limites de la República del Perú serian hoy todavía las riberas del río Mayo. Pero este no importaba al partido |liberal con tal que cayera Bolívar, que se disolviera Colombia, y que volviera triunfante el jeneral Santander a gobernar a Nueva Granada, que sin la provincia de Pasto, quedaba bastante grande y suficientemente rica para pagar muchos empleados, que es la gran cuestión en la política Sur-americana. Que los tres departamentos del Ecuador fueron peruanos importaba todavía menos que el que lo fuera la provincia de Pasto; y que el honor de las armas colombianas sucumbiera tristemente con ignominia y afrenta de los Iibertadores, se aceptaba, porque daba el señorío del pedazo de tierra restante al partido que lo ambicionaba en nombre de la Constitución colombiana que no existía. También el orgullo de humillar al adver­sario interior, entraba por mucho en estos deseos antipatrióticos.

Confesó el jeneral Obando en sus |Apuntamientos que había escrito al mariscal Lamar, pero dice que lo hizo después de la invasión y no antes; cosa que no puede sostenerse: todos los antecedentes conocidos indican que la inteligencia entre ambos venia de atrás. Como algunas cartas de Lamar para Obando, y de Obando para Lamar fueron interceptadas, no podía esto negarse, y la confesión era forzosa, no suce­diendo lo mismo con la correspondencia confidencial no interceptada.

 

III.
 

 

En el entretanto se desesperaba el Libertador sin saber lo que su­cediera en el Sur, pues aunque confiaba en la excelencia de nuestras tropas, mandadas por jefes del mayor crédito, no era imposible un de­sastre por razón de la inferioridad del número, por la falta de recursos que podía producir la deserción y las enfermedades, y por la traición Posible de algunos militares y de algunas poblaciones. La barrera de Pasto era insuperable aun con dobles fuerzas de las que el Libertador tenia; y en semejante angustiosa situación, calculando las consecuencias palpa­bles que tendría la derrota de nuestras tropas, la gloria del ejército co­lombiano deslustrada, la República disuelta, los partidos interiores despedazándose, su gran nombre perdido en América y Europa; era na­tural que su ardiente imaginación se afectase causándole como le causó una enfermedad gravísima que lo puso a las puertas del sepulcro. Desde mucho antes su salud declinaba rápidamente: ya no pedía andar dos horas a caballo sin cansarse; su energía había caído en languidez, y desde la noche fatal del 25 de septiembre, podía decirse que Bolívar había ­muerto moralmente. Semejante situación alarmaba a los generales, a los jefes, a sus amigos todos, y alegraba a sus enemigos, aguardando unos y Otros de diferente manera en término de la crisis. Bien podía, pues, Bo­lívar prever y decir come Alejandro: "Mis funerales serán sangrientos."

Desde Popayán, al ponerse las tropas en marcha, fue nombrado el coronel Mosquera Jefe de estado mayor interino del ejército, y este destino le ponía mas en contacto con todos los jefes, y le daba mas medios de minar al desgraciado jeneral Córdova, introduciendo la desconfianza en el ánimo del Libertador y de los jefes de los cuerpos: a ello ya no solo le impulsaba el resentimiento sino el interés de conservar su des­tino, pues estando el ejercito reunido en él Sur habría sido Córdova nombrado Jefe de estado mayor jeneral, cuando la naturaleza de las ­cosas, las circunstancias, todo en fin, exigía que el jeneral Flores conti­nuase en el puesto que ocupaba..

Todo esto que yo digo, prescindiendo de ciertas intrigas de menor cuantía que la Historia tiene que dejar pasar desapercibidas, fue notorio en el ejército, y lo saben cuantos viven de los que vivían en aquélla época. Pero no pretendiendo yo que se me crea sobre mi palabra, voy a someter al criterio del lector concienzudo lo que el mismo jeneral Mosquera ha referido sobre el particular, que por poco que se analice, per­suadirá que es verdad cuanto yo digo: oigámosle:

"En este lugar (dice Mosquera) es donde debo desmentir la ca­lumnia de Obando estampada en la página 70 de su libelo, en que dice: "Aquel que no había tenido valor para ver siquiera el desenlace del cheque de la Ladera, era preciso que hiciera algunas reparaciones de aquel acto vergonzoso de cobardía y escogió a una mujer para mostrar su bravura. Mi virtuosa consorte, que no había podido emigrar por su avanzado embarazó, se había refugiado en el monasterio de la Encarnación. Mosquera lo supo y empezó a mandarle órdenes tiránicas para ha­cerla salir, sin que ni el embarazo, ni el comportamiento que yo acababa de tener con la suya, fuesen parte para aplacar su saña; ya la había amenazado con sacarla con soldados cuando entendió esta canallada el valeroso jeneral José María Córdova, y en el momento pasó en persona a decirle a mi señora que Mosquera no mandaba en Popayán, sino él; que nada tenia que tener de aquel perdonavidas, y que en el concepto de que él impediría cualquier intentona suya, podría salir cuando qui­siera, o no salir si no quería.' Es falso (continúa Mosquera) cuanto dice Obando: Córdova no era el prefecto sino simple jeneral de la ­división; no tenia autoridad ninguna ni política ni civil, ni se mezcló en negocios de este resorte. ¿Mas cómo había de perder el libelista, aunque fuese tergiversando los hechos una ocasión cualquiera de insultar­me? ¿Cómo no habría de inventar atroces calumnias, agotando el catá­logo de las injurias, a fin de vengarse de las derrotas que le he hecho sufrir en sus proyectos de robos y matanzas sistemadas? (así está). La verdad del suceso es esta. Al llegar a Popayán supe que muchas mujeres, consortes o allegadas de los fugitivos revolucionarios se habían acogido al monasterio de la Encarnación. Puse una orden jene­ral para que todas se restituyesen a sus casas, porque no tenían que te­mer, y aquel asilo era ya ofensivo a la conducta generosa de las autori­dades. La señora de Obando, Dolores Espinosa mi amiga de niñez (así está) y con quien tuve muchas relaciones como hermana de mi maestro de gramática, señor Cayetano Espinosa, me mandó llamar al locutorio del monasterio para pedirme en presencia de la priora, señora Ana Ma­ría Urrutia de Santa Catalina, y de la señora Nicolasa Cáldas de Santa Maria, que le permitiese permanecer allí mientras lo estimase conveniente. Tuve el gusto de complacerla, y me refirió cuánto había hecho u porque su marido no se comprometiera en aquella revolución." ¹

Cuál de estos dos relatos será el verdadero? Eso no me corres­ponde aclararlo. El carácter conocido del jeneral Mosquera, los actos recientes, el trato cruel que se ha dado a muchas respetables matronas de Bogotá y de otras partes, en la dictadura feroz que ha pesado sobre el país en estos últimos tiempos, y lo que por sus órdenes, y en algunas ciudades a su vista, se ha hecho con las vírienes del SEÑOR, son en sana crítica razones para persuadir que el jeneral Obando dijo verdad. Pero esto es el lector quien ha de juzgarlo; yo debo contraerme a la cuestión.

¿No resaltan en el trozo que he trascrito, los celos, la rivalidad, la competencia de autoridad del coronel Mosquera para con el jeneral Córdova. El mismo Mosquera dice en otras partes de su libro que había sido nombrado 2.º jefe de la división Córdova, desde antes de llegar a Popayán; luego le estaba subordinado. Córdova obraba con facul­tades extraordinarias bajo un régimen dictatorial y de ley marcial; luego podía intervenir en hechos semejantes al de que se trata; y la prefec­tura civil de Mosquera era poca cosa comparada con el poder militar ampliamente autorizado? ¿I cómo puede explicarse que Mosquera fue­se a un mismo tiempo 2.º jefe de la división subordinado a Córdova, primer magistrado civil, a quien en sus casos, debiera estar Córdova subordinado? Lo que a mí me parece ver es lo que ya he dicho: los celos, la rivalidad, la competencia; y tres cosas se ven más claras to­davía: la presunción, la vanidad, la envidia.

 


IV.
 

 

Lo que sigue es de otro carácter mas grave, mas trascendental, mas reprehensible: es un crimen militar que se perpetra por un inferior contra su inadvertido superior. Refiéralo el mismo Mosquera: "Cuando llegamos (dice) con el ejército al Mayo, sufrió el Libertador un fuerte ataqué pulmonar que le tuvo bastante afectado,

1 |Examen |crítico.  

 

 

y a sus amigos mas, pues su vida nos era tan importante. Como era natural, el comandante en jefe (Córdova) y yo, que era su segundo, nos ocupábamos en algunos momentos de los negocios públicos y del éxito de nuestra campaña. Me habló el jeneral Córdova de la necesidad de pensar únicamente en la suerte del país, y me dijo que al entrar en Pasto, luego que hubiéramos salido de los riesgos de la campaña contra el Perú, debíamos pen­sar en segregar la Nueva Granada de Venezuela, porque el Libertador estaba muy enfermo, I SIN FALTARLE AL RESPETO, separarle del mando; que el Ecuador constituiría otro Estado, y que los jefes granadinos nos encargaríamos cada uno de una parte del plan; que él tomaría el mando supremo, y yo seria su mayor jeneral y secretario de guerra, fijándose el cuartel jeneral en Cartagena; que el jeneral Herran conservaría el mando interior y su cuartel jeneral en Bogotá; el coronel. López mandaría en Popayán, el coronel Borrero en el Cauca, el coronel Córdova (Salvador) en Antioquia; que a Obando, puesto que ya no era dudoso que sé sometería, se le dejaría en Pasto, país que conocía, y el coronel Espinar iría a mandar él Istmo. Pregunté mil jeneral; ¿I dónde reúne usted la representación nacional? Qué representación! me respondió: es necesario exterminar a los abogados; nuestra República debe tener una organización enteramente militar. Quedé admirado de tan descabellado proyecto, y le hice ver al jeneral que no era practicable, y a cuántos ma­les conduciría semejante revolución, y que los amigos del Libertador no debíamos serle infieles. La primera vez que dos jefes del ejército so­mos granadinos de nacimiento, añadí, fuera una mancha, para el país el abusar de nuestra posición para aprisionar al Libertador. Esto no es digno ni de usted ni de mi. Sorprendiese un poco de mi respuesta, y me dijo  que no había consultado el asunto sino ligeramente con Espinar, pero que si no me parecía bien aguardásemos el desenlace de los negocios para pensar en el particular. Un asunto de tal magnitud me llamó mucho la atención, y entonces pude ya explicarme a mí mismo los desconcerta­dos movimientos que ejecutó el general Córdova al principio de la campaña, faltando a las combinaciones que había hecho conmigo. Salvar al Libertador de una asechanza, no permitir una rebelión en las tropas de la división que mandábamos Córdova y yo, ni amargar al jeneral Bolívar sus días de convalecencia con descubrirle semejantes pensamientos y des­lealtad de Córdova, fue el objeto de mis meditaciones por muchas horas para obrar en consonancia. Tampoco un jefe de mi representación en el ejército podía ser un delator. Resolví llamar en esa noche a mi tienda de campaña a los coroneles Whittle y Ferier, que mandaban los batallones Várgas y Carabobo, para recomendados la vigilancia de sus cuerpos, e hice otro tanto con los comandantes de caballería España y Díaz, dán­dolos un conocimiento ligero de las ideas de Córdova. Me vi al día siguiente con el coronel de Granaderos, Porto carrero, y me manifestó que algo había él sospechado, pero que no tuviese cuidado. Desde ese día me empeñé mas en que ninguna orden se diese a la división que no fue­se por mi conducto como jefe de Estado mayor. "Y... Suspendo aquí estas inadmisibles acusaciones de Mosquera contra su jefe para que pasemos a ver al gran Mariscal de Ayacucho salvar el honor de las ar­mas colombianas; desbaratar los planes proditorios del partido interior que llamó a los peruanos, fundando en ellos sus esperanzas; y sacar al Libertador de la situación mas angustiada en que quizá jamás se viera.

 

V.
 

 

Obrando el mariscal Lamar en el departamento del Azuay, habien­do encontrado simpatías y apoyo en las autoridades y en el pueblo de la provincia de Loja, hubo el jeneral Flores de reconcentrar el ejército colombiano en Cuenca. El jeneral Sucre estaba todavía en Quito, pero siendo las órdenes del Libertador terminantes de que como jefe superior civil y militar de aquellos departamentos dirigiese las operaciones de la guerra, que tan imponente se anunciaba, y perdidas las esperanzas de que el mariscal peruano entrase en ningún arreglo pacífico aceptable por Colombia, pasó Sucre a Cuenca, en donde fue reconocido en el mando superior que el Gobierno le había confiado, quedando Flores a sus órdenes. El mis­mo día anunció su entrada al mando, manifestando en una proclama a las tropas (28 de enero 1829) los motivos por que no lo había hecho desde que se le confirió, pero que su deber le Ilamaba "cuando enemigos ex­tranjeros ingratos a nuestros beneficios y a la libertad que nos deben han hollado las fronteras de la República. Colombianos! añadía, una paz hon­rosa o una victoria espléndida son necesarias a la dignidad nacional y al reposo de los pueblos del Sur. La paz la hemos ofrecido al enemigo: la victoria está en vuestras lanzas y bayonetas.

"Un triunfo más aumentará muy poco la celebridad de vuestras hazañas, el lustre de vuestro nombre; pero es preciso obtenerlo para no mancillar el brillo de vuestras armas."

Enumeraba en seguida los nombres de los mas célebres combates de la guerra de la independencia y concluía así: "Cien campos de bata­lla y tres repúblicas redimidas por vuestro valor en una carrera de triun­fos del Orinoco al Potosí, os recuerdan en este momento vuestros de­beres para con la patria, para con vuestros compañeros y para con Bolívar."

Esta proclama excitó en el ejército un vivo entusiasmo, por el cré­dito inmenso del hombre que la expedía, por la confianza que él inspi­raba, mas que por las palabras que contenía­, y por los recuerdos que evocaba. El prestigio del jeneral en jefe en un ejército es casi siempre la mejor probabilidad de la victoria, y el de Sucre era ya igual o mayor que el del Libertador, pues éste declinaba visiblemente y se le veía rodar al sepulcro con rapidez alarmante. Este predicamento era para el jene­ral Sucre un peligro que no muy tarde le hundió en la eternidad, por el plomo de cobardes asesinos, antes que Dios llamase a sí a Bolívar.

Al jeneral Flores principalmente se debía la formación de aquel ejército, cuya base la formaban los viejos veteranos de la 3.ª división, que él había vuelto a las banderas del deber; y por tanto el gran Maris­cal le conservó en su mando inmediato, reservándose únicamente la dirección superior de la guerra.

Cumpliendo Sucre con las órdenes y deseos del Libertador de procurar la paz por un avenimiento, si podía conseguir sin deshonor, ex­citó al enemigo a entrar en negociaciones, quien contestó con desdén, haciendo proposiciones inadmisibles, y sin dar al Libertador los títulos con que el país le reconocía, cuya validez no tocaba a un jeneral extranjero decidir, y por esta falta devolvió Sucre las notas, manifestando que no admitirla documento alguno que tuviera aquella informalidad. Sin embargo, volvió Sucre a proponer a Lamar que ambos nombraran diputados que discutieran las pretensiones mutuas, en lo que convino Lamar; se reunieron, pues, los comisarios de ambos, pero no pudieron avenirse y rompieron por unanimidad las conferencias. Sucre temió desde el prin­cipio que esté sucediera, pues Lamar confiando en la superioridad de sus fuerzas, en las ventajas que había obtenido en Guayaquil, en el apoyo que le daba la provincia de Loja, en el de los coroneles Obando y López en Pasto, y en la penuria extrema a que se veía reducido nuestro ejercito, hacia exigencias exageradas que ni vencida habría Colombia acep­tado. Pero quiso Sucre probar al mundo y dejar consignado en la Historia, que no era su Gobierno quien promovía la guerra ni el que rehu­saba una paz razonable. Disuelta la comisión de paz, se vio claro que el mariscal peruano no pensó en ella: el mismo día que firmó la creden­cial para su principal comisario, disponía un movimiento secreto con una columna volante de 300 hombres a fin de ocupar a Cuenca y obrar a re­taguardia de nuestro ejército? privándolo de todo recurso de subsisten­cia. En Cuenca no teníamos mas que los hospitales con 500 enfermos. Apenas 70 convalecientes podían tomar las armas, y con ellos se situó el prefecto, jeneral de brigada Vicente González, en la torre de la Catedral, haciendo una vigorosa resistencia que le facilitó obtener una capitulación honrosa, salvando con ella a Cuenca de las violencias y exacciones fre­cuentes en la ocupación de una ciudad por la fuerza (12 de febrero de 1829); pero bien pronto tuvo la columna peruana que evacuar la ciudad, obligada por los movimientos de nuestras tropas.

En estas operaciones la pericia del jeneral Sucre, perfectamente obedecido y secundado por los jefes del ejército y por el valor y discipli­na del soldado, lo hizo todo sin que la fortuna tuviera la menor parte en los resultados. Como por inspiración sospechó Sucre cuáles serian las que el enemigo ejecutara, y obrando en consecuencia no se equivocó. Una sorpresa que ordenó al jeneral Flores sobre el puente del pueblo de Saraguro, en donde se hallaba la 3.ª división peruana y que se ejecutó en efecto a las órdenes del jeneral Luis Urdaneta con dos compañías esco­gidas, tuvo el éxito mas completo (en la noche del 12 de febrero). El enemigo, creyéndose atacado por todas nuestras fuerzas, se retiró en desorden sobre el grueso de su ejército abandonando sus almacenes, equipajes, algún armamento, municiones, caballos y acémilas.

Al día siguiente hizo el jeneral Flores perseguir a los fugitivos, en­tre los que iba el mismo mariscal Lamar, que estaba en el pueblo de Saraguro cuando la sorpresa del puente, y en la persecución se le cogieron 200 mulas, 80 cargas de municiones, 2 piezas de batalla y muchos prisioneros. Empero, a pesar de esta ventaja quedaba siempre el ejército enemigo doblemente fuerte que el nuestro, en cuanto al número, pero no así en la confianza que se aumentó en los colombianos y disminuyo en los peruanos.

La relación detallada de las operaciones estratégicas del mariscal Sucre para buscar la victoria entre tantas probabilidades contrarias, no es de mi incumbencia: me bastará decir para llenar mi objeto que en el Portete de Turquí, Sucre en persona sorprendió con 1.500 hombres de infantería y un escuadrón de caballería una fuerte división peruana allí situada, al mando del jeneral Plaza; que derrotada esta división, apareció el jeneral Lamar con otra de su ejército y restableció la bata­lla, teniendo. ya en aquel punto 5.000 hombres; que sin embargo de ésta superioridad obtuvo Sucre en tres horas de combate una victoria completa, llegando la 2.ª división. colombiana, a marchas forzadas, cuando los peruanos se replegaban en plena derrota.

El enemigo perdió en la sorpresa de Saraguro y en la batalla del Turquí mas de 2.500 hombres, entre muertos, heridos, prisioneros y dis­persos, inclusos 60 jefes y oficiales, contándose entre los prisioneros al jeneral Plaza; además muchos fusiles, banderas., cajas de guerra y otros despojos. Nuestra pérdida fue, de 154 muertos, entre ellos tres jefes seis oficiales, y 206 heridos, los mas de mucha gravedad.

En el campo de batalla ascendió el gran Mariscal de Ayacucho a general de división, al de brigada Juan José Flores, y a jeneral de briga­da al coronel Daniel F. O'Leary, por su distinguido comportamiento en la batalla y en, la campaña, y concedió otros ascensos. Expidió también un decreto de honores y recompensas a los cuerpos de su ejército, mandó que se eligiese una columna de jaspe en el mismo campo de batalla, en cuyos tres lados se leerían los nombres de los cuerpos que habían com­batido, de los generales, jefes, oficiales y soldados muertos, y que en el lado que miraba al campo enemigo se incrustase en letras de oro la si­guiente inscripción: "El ejército peruano de ocho mil soldados que in­vadió la tierra de sus libertadores, fue vencido por cuatro mil bravos de Colombia el 27 de febrero de 1829."

 


VI.
 

 

El mariscal peruano rehaciendo los dispersos y apoyándose en su retaguardia hizo alto en Girón y allí recibió un heraldo que el Mariscal de Ayacucho le envió el mismo día ofreciéndole una honrosa capitulación que salvara los restos de su ejército, bajo las mismas proposiciones de arreglo que le hiciera antes de la batalla, al que Lamar con altivez con­testó negativamente, pidiendo que Colombia abandonara a Guayaquil. Sucre, irritado con semejante exigencia, le pasó en el acto un mensaje la­cónico y terminante diciéndole que si no aceptaba las proposiciones he­chas, al amanecer del día siguiente (28 de febrero) no le concedería capitulación alguna sin que se estipulase "la entrega del resto de sus armas y banderas y el pago de los gastos de la guerra." Tal imperio­so |ultimátum obligó a Lamar a pensar mas detenidamente en su situación, y reuniendo una junta de guerra de todos los generales y jefes superiores de su ejército les consultó: 1.º Si siendo todavía tan fuertes en número como los colombianos, no podría esperarse mejor fortuna en una nueva batalla, y 2.º si no podría emprenderse como último recurso una retirada hacia las fronteras del Perú apoyándose en Guayaquil, cuya ciu­dad y ría poseían. El Consejo de guerra unánimemente declaró que fue­ra cual fuese el partido que el Mariscal adoptara, bien el de aventurar otra batalla, bien el de retirarse, el ejército se perdería infaliblemente que por tanto no creía la Junta que quedase otro recurso que el de capitular.

En consecuencia, apenas apuntó la aurora del siguiente día sobre aquellos campos teñidos de sangre americana y cubiertos de cadáveres insepultos y de heridos moribundos, un oficial del Estado mayor del ejército peruano se presentó en nuestros reales con mensaje del jene­ral Lamar, proponiendo un armisticio para tratar, lo que en el acto le fue concedido; y en efecto se celebró un convenio (1.º de marzo), cuyas principales estipulaciones fueron: suspensión de hostilidades; que las fuerzas militares de los departamentos limítrofes de una y otra república se redujesen a 3.000 hombres; que los límites de ambos estados se arre­glarían por una comisión, según los que tenían los virreinatos de Nueva Granada y el Perú en 1809; que la misma comisión liquidaría la deuda del Perú a Colombia en el término que se conviniera; que se daría una satisfacción por haberse expedido al agente de Colombia en Lima; que ninguna de las dos repúblicas tendría derecho de intervenir en los ne­gocios domésticos de la otra; que se devolverla por el Perú la corbeta |Pichincha, entregada por traición; que el Perú pagara 150.000 pesos para satisfacer las deudas contraídas por su escuadra y su ejército en los departamentos de Azuay y Guayaquil; que el territorio colombiano seria evacuado dentro de veinte días, devolviéndose todo lo que se entre­gó en depósito en Guayaquil, al tiempo de su capitulación; que ambos gobiernos otorgarían una amnistía para todas las personas. que de cualquier manera se hubieran comprometido en la guerra; en fin, que di­cho convenio se tuviese como base forzosa del tratado definitivo que debía celebrarse; y en consecuencia pudo el ejército peruano retirarse en orden sin ser molestado.

Sobre esta capitulación emite el señor Restrepo en su Historia de Colombia, el concepto siguiente:

"En el estado en que se hallaba el ejército peruano, destruido en su mayor parte, perdida sus moral y enteramente desalentado, estas concesiones del jefe colombiano parecieron a todo el mundo demasiado amplias, y que Sucre habla consultado en ellas mas bien a la generosidad de su noble corazón, que a las exigencias de la política y de los intereses de su patria. En buena hora que se hubiese abusado de la victoria ni h­umillado al pueblo peruano, motivos que él mismo decía a su gobierno que habían influido en su conducta. Empero debió exigir garantías sufi­cientes para asegurar la entrega de la ciudad de Guayaquil y la terminación de la guerra. No habiéndolo hecho, es claro que se dejó engañar por Lamar y sus negociadores, y que en la mayor parte perdió el fruto de la victoria y de tantos sacrificios como había costado la guerra."

En efecto, un clamor jeneral se dejó oír en toda la República improbatorio de la capitulación concedida por el grande hombre que veía mas lejos que sus censuradores. El calificativo de "demasiado bueno" con que se designaba a Sucre por las capitulaciones que concedió a las tropas realistas que venció en Pichincha en 1822 y en Ayacucho en 1824, se repitió de la manera que se ha repetido después con respecto de otros hombres a quienes se ha pretendido rebajar con él; y Sucre sufrió las mismas censuras que después se han hecho por actos semejantes a otros, diciéndole el que menos: "Aníbal! sabes Vencer; pero no sabes apro­vecharte de la victoria." y estas criticas amargas se hacían al hombre que en una campaña de treinta días había salvado la República de un gran desastre....!Yo también he tenido que sufrir por actos análo­gos....Pero no interrumpamos el orden de los acontecimientos....

El general Sucre trataba con el presidente de una república, gran mariscal y jefe de su ejército, que reputaba caballero, y no debía sospe­char una felonía de un hombre que ocupaba tan elevada posición social. Esto por un lado. Por otro tuvo Sucre razones de alta política que demuestran su clara inteligencia. Dos naciones limítrofes, llamadas a, ser amigas; por recuerdos gloriosos y por su propio interés; dos pueblos hermanos, como son, o como debieran considerarse, los pueblos hispano-ame­ricanos, no deben ofenderse de manera que llegué a ser imposible entre ellos una reconciliación sincera y durble. Las naciones mas extrañas en­tre sí, como las que tengan vínculos de fraternidad; los pueblos, |los partidos políticos, los hombres todos, perdonan el agravio de hecho, pero jamás olvidan la humillación. La humillación imprime afrenta; la afrenta ulcera el corazón, y es insensato el vencedor que hace beber has­ta las heces el cáliz de la amargura al vencido; y lo es mas todavía cuan­do por las peripecias inexplicables que ocurren en estos países ese vencido puede algún día ser vencedor. Sucre no, sé dejó engañar aunque después fuera engañado, pues obró como debía para no hacer de dos pueblos hermanos dos pueblos eternamente enemigos. Si Lamar faltó a lo estipulado, el oprobio cayó sobre su cabeza, y el Perú y su mismo ejército lo condenaron.

 

Tuvo también Sucre otra razón no menos fuerte que las manifesta­das, y fue la de que aquel decreto que dictó en los primeros momentos de contento y de entusiasmo por la victoria obtenida, hirió profunda­mente, y con razón, el orgullo nacional de los peruanos, y quiso Sucre, siendo generoso, borrar aquellas impresiones para facilitar mas un trata­do de paz de que ambas naciones necesitaban urgentemente, en el cual podría, sin mengua suya, variarse el decreto, y prescindir de la construcción de un monumento que por sí solo bastaría a imposibilitar toda concordia entre los dos pueblos.

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