INDICE

 




  CAPÍTULO DÉCIMOTERCERO.

 

 
 

I.

 

En los primeros meses de este año de 1828, se presentó en esta capital don José de Villa en calidad de enviado extraordinario del Go­bierno del Perú cerca del nuestro. Sus primeros pasos indicaban que a la sombra de su misión ostensible tenia otra secreta, que era la efectiva: "la de acalorar los bandos políticos, y excitar conmociones en Colombia, ofreciendo a los malcontentos auxilios del Perú," y esto lo prueba el que sin precauciones ni miramientos se ligó estrechamente con los primeros personajes del partido de oposición. Mal recibido el señor Villa por el Libertador, no tuvo su misión otro resultado que alentar en Colombia aquel partido, y preparar los ánimos para que por él fuese apoyada la invasión que el Perú se proponía ejecutar sobre nuestros depar­tamentos del Sur. Logrado que hubo esto, sin arreglar nada con el Gobierno, pidió pasaporte y se retiró. Contando ya el Gobierno del Perú con la cooperación del partido |liberal granadino, tomó sus medidas para llevar a cabo la ocupación de nuestros departamentos del Sur, para anex­arlos al Perú, siendo la principal la de deshacerse del jeneral Sucre y de la división colombiana en Bolivia. Al efecto, un ejército peruano de 4,300 hombres se estacionó en la frontera de aquella República, bajo el mando del jeneral don Agustín Gamarra, quien derramando el oro, ha­ciendo promesas halagüeñas y empleando otros medios de seducción, promovía la defección de las tropas colombianas y bolivianas, logrando su objeto. En uno de los motines militares que ocurrieron, queriendo el jeneral Sucre reprimirlo, se le hizo fuego, y una bala traidora le rompió el brazo derecho, fue hecho prisionero con sus ministros, y solo Dios sabe la suerte que habría corrido si otras tropas

fieles, llegando a tiempo, no lo hubieran rescatado con aquellos. Imposibilitado el jeneral Sucre, por la gravedad de su herida, de continuar en el ejercicio del Poder ejecutivo de aquella república, formó un consejo de gobierno y entregó el mando a su Presidente, delegándole las facultades de que él podía usar constitucionalmente.

Pretexto primero Gamarra defender la persona del gran Mariscal  Ayacucho, que declaraba sagrada por los servicios que había prestado a la independencia del Perú y Bolivia, y luego que iba a dar li­bertad a los "alto-peruanos," como se llamaba a los bolivianos, que opri­midos, según decían, por un gobierno vitalicio, invadió con su ejército aquella república, obligando al Consejo a una capitulación vergonzosa, estipulándose en ella que al día siguiente de su ratificación se convocaría el congreso que estaba en receso, para que oyera el mensaje y admitiese la renuncia del jeneral Sucre, quien como se ha visto antes, no aceptó la presidencia sino, hasta la primera reunión constitucional del congreso.

El día, 1º de agosto (1828) señalado pasa la instalación faltó un diputado para completar el |quórum constitucional. No pudiendo verificarse la reunión, llamó el jeneral Sucre al presidente y en presencia de seis diputados  le entregó entre otros pliegos cerrados, su mensaje al Congreso; e inmediatamente emprendió su viaje, embarcándose para Colombia.

Antes de estos sucesos había el jeneral Sucre ido mandando algunas de las tropas colombianas acantonadas en Bolivia y con el se trajo los últimos restos, que en todo, con jefes, oficiales y tropa no llegaron mas que a 925 hombres: las batallas, las enfermedades, las defecciones y la deserción dispusieron de las dos terceras partes que faltaban.

| El jefe del ejército peruano quedó, pues, árbitro de Bolivia y obró y como tal; mas a pesar de todo nunca pudo el Perú persuadir ni obligar a los bolivianos a renunciar a su soberanía, y a incorporarse a aquella republica  Con su independencia conserva Bolivia su inmarcesible nom­bre con orgullo: Dios la proteja y la prospere: ese hombre es un florón en la página de oro de la historia de la guerra de la emancipación de Hispano-América que recuerda mucha gloria.

 

 

Al despedirse para siempre el invicto gran Mariscal de Ayacucho del pueblo boliviano, renunció, en su mensaje, su inviolabilidad consti­tucional, sometiéndose en cualquier tiempo a responder en juicio, si había infringido alguna ley durante su administración, y terminaba aquel im­portante escrito, monumento eterno de honor americano, con estas her­mosas y tiernas palabras: "De resto, señores, es suficiente remuneración de mis servicios regresar a la tierra patria, después de seis años de ausencia sirviendo con gloria a los amigos de Colombia; y aunque por resultado de instigaciones extrañas llevo roto este brazo que en Aya­cucho terminó la guerra de la independencia americana, que destrozó las cadenas del Perú, y que dio sep a Bolivia, me conformo cuando en medio de difíciles circunstancias, tengo mi conciencia libro de todo crimen. Al pasar el Desaguadero, encontré una porción de hombres di­vididos entre asesinos y víctimas, entre esclavos y tiranos, devorados por los enconos í sedientos de venganza. Concilié los ánimos, he formado un pueblo que tiene leyes propias, que va cambiando su educación y sus hábitos coloniales, que está reconocido de sus vecinos, que está exento de deudas exteriores, que solo tiene una interior y en su propio provecho, y que dirigido por un gobierno prudente será feliz. Al ser llamado por la asamblea jeneral para encargarme del gobierno de Bolivia, se me declaró que la independencia y la organización del Estado se apoyaban sobre mis trabajos. Para alcanzar aquellos bienes en medio de los partidos que se agitaron quince años y de la desolación del país, no he hecho gemir a ningún boliviano; ninguna viuda, ningún huérfano llora por mi causa, he levantado del suplicio muchos infelices condenados por la ley, y he señalado mi gobierno por la clemencia, por la tolerancia y la bondad. Se me culpará acaso, y se dirá que esta lenidad es el origen de mis heridas; pero estoy satisfecho si mis sucesores con igual lenidad acostumbran al pueblo boliviano a conducirse con arreglo a las leyes, sin que sea necesario que el estrépito de las bayonetas esté perenne­mente amenazando la vida del hombre y acechando la libertad. En el retiro de mi vida privada, veré mis cicatrices y nunca me arrepentiré de llevarlas, cuando me recuerden que para for mar a Bolivia preferí el im­perio de las leyes a ser el tirano o el verdugo que llevara siempre una espada pendiente sobre la cabeza de los ciudadanos.

"¡Representantes del pueblo! Hijos de Bolivia, que los destinos os protejan! Desde mi patria, desde el seno de mi familia, mis votos cons­tantes serán por la prosperidad de Bolivia."-¡I este hombre fue ale­vosamente asesinado en la Nueva Granada! ¡I hubo un partido que aplaudiera este horrendo crimen ¡ I este partido se titulaba |partido liberal!

| 


II.
 

 

Seguro ya el Gobierno peruano por la parte de Bolivia, se apresuró el jeneral Lamar a llevar adelante sus proyectos movido por interés per­sonal, pues sin la calidad de peruano de nacimiento no podía conservarse a la altura a que con aquel fin lo habían elevado. Para esto contaba con un poderoso auxiliar: ¿quién era éste? Apenas podría decirse quién era, si los hechos históricos no hablaran: era el partido que se llamaba |liberal en Colombia, o mas bien dicho, en la Nueva Granada.

Desde el mes de julio pensó el Libertador anticiparse al Perú llevándole la guerra que su Gobierno iba a traer a nuestro territorio; cosa ya evidente y que no podía dudarse, y al efecto hizo publicar un manifiesto amenazador, con exposición de los principales agravios que recapitulados, oran: "el motín de la 3.ª división auxiliar que se atribula a los gobernantes del Perú; su regreso a Colombia sin órdenes de su Gobierno, convoyadas las tropas por buques de guerra peruanos; la expulsión de nuestro agente en Lima dentro del término de cuarenta y ocho horas con ignominia y afrenta; la prisión injusta de varios oficiales colombianos, y el haber acogido a traidores a nuestro Gobierno; el en­vío de un ministro plenipotenciario sin instrucciones sobre los puntos capitales que se disputaban, con las siniestras miras de adormecer la vigilancia del Gobierno colombiano y de turbar la tranquilidad de la República; el haber negado el paso por su territorio a las tropas libertadoras existentes en Bolivia; el haberlas sublevado por instigaciones de generales peruanos; el haber, en fin, invadido en plena paz, y con la mas negra perfidia a Bolivia, con cuya República tenia Colombia inti­mas relaciones de fraternidad y amistad. A tan poderosos motivos para hacer la guerra, añadía que el Gobierno del Perú acumulaba tropas en nuestras fronteras meridionales; enviaba una escuadra para bloquear los puertos colombianos del Pacifico, y publicaba las injurias mas atro­ces contra Colombia y su Gobierno." |¹

El Congreso del Perú dictó un decreto autorizando al presidente Lamar, para hacer la guerra y mandar en persona las tropas, lo que era la pretensión ya manifestada de este jeneral. Mas no se caía en cuenta de que el pretexto era posterior a la invasión de Bolivia, estando ya el jeneral peruano Gamarra, dominándola, desarmándola, encadenándola, para privar a Colombia de un aliado fiel; que las tropas peruanas se equipaban como para hacer guerra y se aumentaban mas de lo que el estado de paz exigía; cosa que en todas las naciones limítrofes se mira como un acto de hostilidad, produce reclamaciones y exigencias de explicaciones, y casi siempre se considera como un perfecto |casus belli, principalmente cuando  su objeto es conocido, y cuando otros agravios lo hacen evi­dente.

El Libertador también hizo preceder su manifiesto de que he ha­blado, de otra proclama (3 de julio), en la que en represalia de los insul­tos que a él y a Colombia prodigaba la prensa del Perú, se permitió ex­presiones coléricas, impropias de un documento de aquella clase, excitando a los pueblos del Sur a armarse y volar a las fronteras, y diciéndoles: "mi presencia entre vosotros será la señal del combate," frase que después con sobra de jactancia ridícula ha repetido el jeneral Mosquera para combatir a conciudadanos suyos, que fueron sus leales amigos, has­ta que se hizo el instrumento de la implacable venganza de sus eternos enemigos, contra aquellos.

La guerra, pues, era ya irremediable, y hasta cierto punto urgente, porque el ejército del Sur carecía de recursos de subsistencia, estaba desnudo, y era indispensable o disolverlo entregando el país a los ene­migos ex

1  Restrepo. |Historia de Colombia.

 

 

teriores y a los internos, o buscar una pronta solución en el campo de batalla, porque aunque al jefe del Estado se le llamaba |tirano eran bajo aquella |tiranía desconocidos los medios |liberales a que recientemente se ha ocurrido para obtener dinero, caballos, vestuarios, equipos, y toda clase de recursos.

Pero el Consejo de gobierno unánimemente se opuso a que Colom­bia tomase la iniciativa, y aconsejó al Libertador que antes de dispararse el primer cañonazo, se intentasen, hasta agotarlos, todos los medios de conciliación posibles, para desmentir, con una conducta moderada y prudente, las imputaciones calumniosas de ambición y proyectos liberticidas que le hacían sus enemigos. Bolívar, siempre dócil a la razón, y no pensando ya en otra cosa sino en salvar su gloria, se conformó con el dic­támen del Consejo. En consecuencia encargó a su primer edecán, el co­ronel Daniel F. O'Leary de una misión cerca del gobierno del Perú para negociar una suspensión de armas, a fin de que los des gobiernos pudieran entenderse y arreglarse por medio de la negociación y trámites acostumbrados entre las naciones, cuando prefieren este medio racional al de la guerra. Tiempo perdido! Cuando el coronel O'Leary llegó a Guayaquil, ya había sonado el primer cañonazo: lo disparó la corbeta de guerra peruana |Libertad, sobre la goleta colombiana |La Guaya­quileña, que salvó el honor del pabellón, aunque tuvo que retirarse, porque la corbeta |Pichincha, que la acompañaba, se quedó atrasada. Aquella corbeta peruana cruzaba sobre nuestras costas, registraba y detenía los buques mercantes que entraban a Guayaquil, sin que prece­diera declaración de guerra en forma. Desentendiéndose de este grave incidente, dirigió O'Leary a Lima su credencial pidiendo un salvo con­ducto pasa trasladarse a aquella ciudad. El presidente Lamar sin mandar el pasaporte pidió á O'Leary que enviara las bases sobre que rodaría la negociación, lo que, rotas las hostilidades, equivalía a una negativa formal. Con este paso salvó Colombia su responsabilidad ante Dios y ante los hombres.

El general Lamar habiendo contestado en Lima la proclama y mani­fiesto del Libertador en términos mucho mas impropios que los que éste usara, se embarcó en una fragata de guerra trayendo dinero, otros re­cursos y refuerzos al ejército que venia a mandar; y desembarcado en Piura, publicó otra proclama contra Bolívar, mas injuriosa que la anterior. Con la llegada de Lamar ascendió el ejército peruano sobre nues­tra frontera a mas de 4,000 hombres, í allí debía esperar otros 4,000 que conducía el jeneral Gamarra después de haber imposibilitado a Bolivia para ayudarlos. En el entretanto, la escuadra peruana compuesta de una fragata, de una corbeta, de una goleta, tres lanchas cañoneras, y de nuestra corbeta |Pichincha cuya tripulación extranjera, se sublevó con­tra sus oficiales y se pasó al Perú, donde pagaban mejor estableció un riguroso bloqueo sobre la vía de Guayaquil, donde no había buques co­lombianos que oponerle, privando a la República de les productos de la aduana, que formaban la renta principal de aquellos departamentos.

Dije que el Perú contaba con un poderoso auxiliar para su injusta agresión en el partido llamado |liberal en la Nueva Granada: va a verse que dije verdad.

Los coroneles José María Obando y José Hilario López, el último de los cuales había sido convencioncita de Ocaña, se |pronunciaron en la pro­vincia de Popayán. el 12 de octubre (1828) contra el Gobierno estableci­do, manifestando que lo hacían en defensa de la Constitución que el jeneral Páez, el Congreso de 1827, la mencionada Convención y las actas populares habían despedazado. Pero lo particular de este pronunciamien­to del 12 de octubre en algunos pueblos de la provincia de Popayán, es que la prensa peruana lo anunciara, lo asegurara y casi lo detallara en Lima, un día antes que se verificase; y que el mismo día 12 en su primera proclama dijera el coronel Obando: "La poderosa Perú marcha triunfante sobre ese ejército de |miserables." Esos miserables de que ha­blaba el coronel Obando eran los viejos veteranos de Colombia, que formaban el ejército del Sur. I no se contentó con tal blasfemia el coronel Obando, sino que dijo también que el Perú, |triunfante de Bolivia y de Colombia, marchaba a proteger su alzamiento. Qué se deduce de todo esto? Dedúzcalo el lector.


 


III.
 

 

Era intendente y comandante general del departamento, (hoy Esta­do) del Cauca, el coronel Tomas C. Mosquera cuando tuvo lugar el pronunciamiento de Obando y López en los pueblos de Patía, Timbío y otros al sur de Popayán. Veamos como lo describe Mosquera en su |Examen crítico. "Volví (dice) al valle del Cauca a regularizar algunas ofici­nas y concluir mi visita en los primeros días de octubre y debía regresar el 13 de aquel mes. Obando, para corresponder a la deferencia que había tenido con él, promovió una rebelión a mano armada y se preparaba a dar el golpe asesinándome el 13 en el río del Cofre. Mi muerte debía ser el primer hecho para revolucionar el departamento. Un posta que recibí del secretario de lo interior comunicándome el atentado del 25 de septiembre en Bogotá, me hizo, precipitar la marcha, y entré a Popayán el 11 de octubre por la tardé. En el momento paso a mi casa el doctor José María Grueso, provisor y vicario jeneral del obispado, a informarme que sabia por la mujer de uno de los conjurados la conspiración, cómo debía darse principio a ella el 13 inmediato y que mi anticipación me había salvado."

Llegado el coronel Mosquera a Popayán, dio algunos pasos conciliatorios con el coronel Obando, mandándole comisionados a persuadirle que desistiera de su intento, y entre otros lo fue uno de los mas respetables ciudadanos que ha tenido la República, cuya reciente pérdida ha aumentado la lista de las inmensas que ha hecho la Patria de hombres distinguidos en estos últimos tiempos: hablo de mi paisano y amigo de mi juventud, el señor Lino de Pombo y O'Donell, entonces teniente coronel de ingenieros y jefe de Estado mayor del departamento militar del Cauca. El general Obando en sus Apuntamientos para la historia dice que el jeneral Mosquera por aquellos conductos le ofreció unirse a él, si Venezuela se pronunciaba. El general Mosquera niega esta inverosímil aseveración con muy buenas razones, refiriéndose a documentos que dice tenia en su poder y que publicaría, y añade: "Porqué Obando no hace otro tanto? Porqué cuando le dijo al Libertador en Chacapamba que el doctor Valencia, Castrillon y el coronel López (el actual jeneral López) lo habían perdido con sus consejos, y que yo estaba de acuerdo con ellos para entrar en una revolución, no presentó estos documentos? El Libertador espantado de la maldad de Obando, me lo refirió todo. Por fortuna yo había dado cuenta de todo oficialmente para que este chis­me no hiciera impresión en el Libertador. LECTOR, CONOCED A OBANDO!" ¹

Dice también Mosquera hablando de aquel |pronunciamiento: "Este (Obando) mandó atacar los correos del sur y occidente para ro­barse los caudales que traían, y sublevó a los Patianos y Timbianos, enar­boló la bandera de la cruz, y tocó todos los resortes que le sugería su malicia, para sacar a los bandidos que andaban prófugos en la provin­cia de Pasto llamó los esclavos para darles libertad, y entregó al pillaje las haciendas de los vecinos de Popayán, y entre otras las de los señores Joaquín y Rafael Mosquera, que pertenecían a los diputados que sostu­vieron hasta el fin (en Ocaña) la existencia de la Convención. ²

Todo este relato es cierto. Uno de los correos asaltados fue el de Micai, que conducía una fuerte suma en barras de oro para la casa de moneda de Popayán, y la devastación de muchas haciendas fue comple­ta. Desgraciadamente, como consecuencia natural de la putrefacción moral que corroe el país, estos robos, estos pillajes, estas expoliaciones, estas iniquidades, han ido siendo mayores sucesivamente en cada revolución; y se han excedido en ellas los mismos hombres que antes los condenaron en sus adversarios.

Perdida, pues, toda esperanza de sometimiento voluntario de los jefes |pronunciados, hubo el coronel Mosquera de prepararse a someterlos por la fuerza; pidió al Gobierno cien veteranos, que no le llega­ron. El coronel Pedro Murgueitio, uno de los servidores mas antiguos mas beneméritos que tuvo la República, le llevó un refuerzo de mili­cias del valle del Cauca, y con éstas, las de Popayán, unos pocos vete­ranos de infantería y un

1 |  Apéndice al |Examen |crítico.  
2 | |Examen crítico.  

 
 

escuadrón de caballería, pudo disponer Mos­quera de unos 700 hombres. Los coroneles Obando y López habían reunido a la sazón cerca de 400. En las fuerzas de Mosquera abundaban las milicias; pero había algunos veteranos, todos bien armados y muni­cionados, y la milicia de Popayán ha sido siempre superior. En las de los jefes disidentes, no había ni un solo veterano, sino indios y negros de los campos a medio armar y con muy pocas municiones, de manera que en número, calidad y medios de destrucción, todas las ventajas, todas las probabilidades estaban de parte del coronel Mosquera. Sin detenerse por esto, los coroneles Obando y López marcharon con su |montonera has­ta el ejido de Popayán amenazándole de cerca. El coronel Mosquera, que había recibido del secretario de guerra orden de atacar, para no dejar tomar cuerpo a un movimiento que podría propagarse, y confiando en la superioridad de sus fuerzas, aceptó el reto mas por obedecer aquella orden que voluntariamente (11 de noviembre). Empeñóse desde luego un corto tiroteo, y Obando y López fingieron retirarse en desorden hacia la colina llamada la |Ladera, detrás de la cual habían dejado la mitad de su fuerza. En aquel momento se incurrió en un error muy común entre nosotros, y aun en otras partes, y fue el de creerse vencedores los engañados, y mandar cargar la caballería, que tuvo que pasar en desfilada por un mal puentecillo sobre la honda zanja de un arroyuelo que divide el llano del ejido de la Ladera, y continuando la carga cuesta arriba, al llegar a la cima se vio a su vez cargada, arrollada y acuchillada, en impo­sibilidad absoluta de repasar la zanja por tan estrecho y débil puente, a ponerse bajo la protección de la infantería que había quedado en el llano del ejido. Pocos del escuadrón se salvaron, porque en las guerras del Cauca se acostumbra en lo jeneral no dar cuartel, y los asesinatos de hombres indefensos rendidos, no se consideran criminales; costumbre que se ha generalizado mucho entre los revolucionarios de nuestros días. En aquella matanza, los dos jefes de la caballería del coronel Mosquera, el comandante Sira Koski, polaco, y el comandante Cedeño, llanero venezolano, cuya muerte, siendo estos dos jefes de gran prestigio por su valor, haciendo mas grave el revez sufrido, desmoralizó el res­to de la columna |Mosquera, que se replegó sobre la ciudad. El coronel Murgueitio que mandaba la columna de ataque fuerte de 300 hombres, acuchillada la caballería y habiendo perdido una guerrilla de infantería que pasó la saonja, tuvo que replegarse sobre la ciudad, perdiendo mas de la mitad de su gente. Hasta ese momento no se atrevió el coronel Mos­quera a salir del cuartel a proteger ya en las calles los restos de la co­lumna Murgueitio. El jeneral López, en sus |Memorias, dice que hicieron como 400 prisioneros en la acción, lo que no es cierto, y hace un cargo de felonía al coronel Murgueitio, que no puede creerse del noble carác­ter de aquel caballero: dice López que estando hablando con Murguei­tio, cada uno frente a su tropa, le mandó éste hacer fuego. Lo que hay de positivo es que los vencedores asesinaron unos 60 hombres, acorralados, sin poder defenderse y pidiendo gracia de la vida. Las consecuen­cias de este revez fueron las que generalmente tiene en las guerras ci­viles todo revez de alguna importancia: la desmoralización de la tropa, el desaliento en todos. y la deserción de muchos; unos que se vuelven al seno de sus familias; otros que en grupos armados se enrolan en las filas del enemigo que combatieron, viendo aumentarse las probabili­dades favorables de su lado.

"Propuse a Obando (dice Mosquera, canjear los prisioneros y suspender las hostilidades para entendernos. Aceptó y en el, lugar desig­nado para el canje, se apoderó traidoramente de los que yo le mandaba y no me devolvió ninguno. Cargó de grillos al comandante Luque, que había caído en su poder con un brazo roto, y a mi cuñado el señor Vicente Arboleda." ¹ | | Este hecho lo calificó el jeneral Mosquera en su citado libro de felonía y, si es cierto, merece la calificación.

 


V.

 

Al siguiente día resolvió el coronel Mosquera abandonar la ciudad, que calculó no podía ya defender, y al anochecer se retiró con el coronel Murgueitio hacia la
 

1 |  |Examen crítico.  

 

 

Plata con 55 soldados, según el señor Restrepo, y según Mosquera con 25 |, entregándole antes el mando al comandante Pombo y ordenándole que capitulara con el enemigo. "Cuando le dio parte a Obando de mi marcha (dice Mosquera en su libro) un empleado fallido a quien yo perseguía por dilapidaciones que hacia de la renta que tenia a su cargo, ¹ | | se llenó de furor porque sin mi sangre no llena­ba sus deseos. Me persiguió con una columna de 75 hombres, y fui ata­cado en la cordillera de Guanácas...." | Efectivamente el coronel Oban­do supo por el coronel Ángel Maria Varela la fuga de Mosquera y Mur­gueitio, y rabioso los persiguió con un encarnizamiento que manifestaba a un mismo tiempo encono personal y pasión política, y alcanzándoles en el tambo de Gabriel López, al pié del páramo de Guanácas, los atacó matando al capitán Salgar, ayudante de Mosquera y a algunos de los pobres soldados, y cogiendo los mas. Mosquera y Murgueitio huyeron ale­jándolos de aquel lugar sus excelentes caballos. Obando irritado por no haber podido hacerse a ellos, les puso a la pista una partida de jinetes bien montados, mandados por un capital Guevara, con orden de alan­cearlos donde los alcanzasen, pero los fugitivos al llegar al páramo tuvie­ron la precaución de echar pié a tierra, y abandonando los caballos y se­parándose del camino real, pudieron salvarse trasmontando la cordillera, burlando así a sus perseguidores; éstos siguieron por todo el camino, hasta que perdida la esperanza de alcanzarlos regresaron. Esto prue­ba que Mosquera dice verdad en sus aseveraciones, sobre el proyecto de Obando de asesinarlo en el río del |cofre, y sobre el furor que se apo­deró de éste cuando supo su salida de Popayán; "porque sin su sangre no llenaba sus deseos." ¿Qué decís, jóvenes, de estos nuestros |grandes hombres? Qué dirán los extranjeros al saber estas cosas? I todos ellos han sido presidentes de la República, y........El patriotismo se contrista, el ánimo se aflige, se oprime el corazón al escribir estos hechos. Pero qué hacer? La Historia es el juez inexorable de los hombres públicos, es el castigo que inflijo la posteridad a los culpables, y su ana­tema es un freno

1 | El señor Manuel José Castrillon.  

 

 

que contiene a los que se estimen en algo y quieran vivir con honor en la memoria de los hombres, después de muertos.

En Popayán se hicieron los vencedores a 1,600 fusiles, a todos los  elementos de guerra que allí existían, que eran cuantiosos, incorporaron en sus filas la milicia cívica y los restos de las otras tropas que dejara el coronel Mosquera y que capitularon, y con todo esto se hizo muy serio. Ya movimiento que al principio no lo era. Tuvo pues razón el jeneral Obando en decir en sus |Apuntamientos, que había obtenido "un, es­pléndido triunfo en la |Ladera"; y no la tuvo el jeneral Mosquera, en su |Examen crítico, para rebatirle esta aserción desfigurando los hechos suponiendo deslealtad en su tropa, porque después de su fuga se reu­nieran algunos, mas bien por necesidad que por voluntad a los vence­dores. Prescindiendo de la justicia o injusticia de la causa; vencer en combate desigual al enemigo; obligar a sus jefes a salvarse por medio de la fuga, y a la fuerza vencida a capitular; apoderarse de todos los elementos de guerra que aquellos abandonaran y ocupar la capital y una gran parte de su territorio, es un triunfo no solo espléndido sino glorio­so, militarmente hablando.

Con referencia a la orden de atacar dada por la Secretaría de gue­rra, dice el jeneral Mosquera: "Siempre me quejaré de que haya gobiernos que quieran entrar en los pormenores de las operaciones militares a tantas leguas de distancia, y a ello se debió la pérdida de Popayán. Si hubiera tenido la libre dirección entonces, con cuatro días de demora en atacar a los revolucionarios, me habría encontrado con fuerzas ve­teranas, y la milicia nacional tampoco habría sido seducida. A esta orden debo la única desgracia militar de mi vida."

Respecto a que los gobiernos, y por la misma razón los generales en jefe, entren en los pormenores de las operaciones militares, dando órdenes de atacar, u otras, a grandes distancias sin poder, por consiguiente, estimar las circunstancias en que se encuentre el jefe que las recibe, tiene el jeneral Mosquera razón en su censura, y ruego al lector que no la olvide para cuando lleguemos a mis campañas en 1841 en la provincia de Neiva, y en 1854 en la de Santamarta. Mas en cuanto a que con cuatro días de demora no habría sido seducida la milicia, no cayó en cuenta el jeneral Mosquera de que incurría en un solemne des­propósito. Si la milicia estaba seducida cuatro días antes, con mayor razón lo estaría cuatro días después; si había riesgo de seducción de la milicia, pudiera ser que no hubiera sido seducida cuatro días antes y que lo fuera cuatro días después. Examinando, pues, los he­chos con imparcialidad, no puede atribuirse la pérdida de Popayán a la orden de atacar, porque sobraban medios de vencer, sino a imperi­cia en el ataque; y en cuanto a la supuesta infidencia de la milicia, nada la indica, ni es prueba el que Obando la incorporara en sus filas después de la capitulación, porque esto se hace siempre entre nosotros.

En aquellos días se censuró a Mosquera que hubiese expuesto la columna Murgueitio sola, quedándose él con una fuerza mayor que la que sacó Murgueitio. La ciudad nada tenia que temer sino del enemigo que estaba al frente: fue, pues, aquello una falta inexcusable, y si hubiera ocurrido en estos tiempos no se habría atribuido a error o incapacidad, sino a traición.

 

| |
 
V.
 

 

Ocupada la ciudad por el vencedor, e hicieron las correspondientes actas populares en favor de los principios, esto es, de las palabras pronunciadas; y tomaron partido casi todos los oficiales subalternos que en ella había, recibiendo uno o dos ascensos, según el |entusiasmo que manifestaban; como se practica en todas las revoluciones. El contagio, sin embargo, no cundió al bajo Cauca: por el contrario las grandes poblaciones de Cali, Palmira, Buga y Cartago, todos los pueblos de menor importancia y los militares de alguna respetabilidad, se armaron espontáneamente para resistir a los vencedores del coronel Mosquera si intentaban una invasión al valle; así fue que el coronel López, que marchó con una columna sobre él, hubo de regresar a Popayán desde Calo­to, vista la actitud de todos los pueblos resueltos a rechazarlo, sin que las proclamas, los emisarios ni ninguno de los otros medios que se em­pIearon para generalizar la revolución en dichos pueblos, surtiera efecto.

 

No teniendo, pues, Obando y López esperanza de propaganda en el bajo Cauca, se propusieron extender la revolución a la provincia de Neiva, y al efecto enviaron dos columnas de tropa a la ciudad de la Plata, una por el páramo de Gunanácas y otra por el de Pitayó. Esta fue batida por el coronel Murgueitio con fuerzas de la Plata, y la primera contramarchó al recibir la noticia de aquella derrota.

Volvió, pues, el coronel Obando sus miradas hacia el sur del departamento, que le daba mas esperanzas, y dejando al coronel López en Popayán, marchó sobre Pasto con 200 hombres, llevando armas y municiones para levantar los pastusos, y lo consiguió, |ofreciéndoles proclamar al rey de España, que era el ídolo de aquellos pueblos. En una réplica del jeneral Obando al jeneral Flores, sobre cargos que éste le hacia por la imprenta, dice Obando: "Es una farsa bien ridícula y muy pro­pia del libelista la invención de haber proclamado al rey de España cuan­do extendí la revolución hasta Pasto." Ciertamente la |proclamación  no llegó a hacerse; pero sí hizo la promesa formal en arengas en excita­ciones confidenciales, y por medio de emisarios, a todos los guerrilleros realistas, sus compañeros en los tiempos en que él lo era; si así fue que alucinando a los indios con la defensa de la religión y del rey llegó a po­ner en la provincia de Pasto 3,000 hombres sobre las armas. Este me consta, porque hombres respetables me lo aseguraron en Pasto, y es un hecho notorio.

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