CAPITULO UNDÉCIMO.
I
|.
Informado el Libertador de lo que pasaba en la Convención, cuya
existencia estaba amenazada de disolución, escribió
confidencialmente a los ministros y a sus amigos a Bogotá
participándoles lo que llegaba a su noticia y excitándolos a que
meditaran las providencias que debieran dictarse en aquella
dolorosa hipótesis, que él no deseaba y que era muy probable iba a
suceder; que por consecuencia de tantas complicaciones había
resuelto regresar a la capital e indicaba otra vez la idea de
separarse de la escena pública, con lo que la consternación de los
hombres de orden fue extraordinaria.
Las dificultades de semejante crisis saltaban a la vista, en
circunstancias de que la España, animada por el espectáculo de
nuestras discordias y confiando en la debilidad en que ellas nos
ponían, nos amenazaba aumentando sus fuerzas de mar y tierra es
Cuba y Puerto rico; que el Perú avanzaba fuerzas considerables
sobre nuestras fronteras; y que Venezuela, aparentemente sometida,
no inspiraba confianza.
El consejo de ministros se ocupó seriamente en discutir lo que
hubiera de hacerse en semejante terrible emergencia; en los
corrillos particulares, en las oficinas, en los talleres no se
hablaba de otra cosa. Al fin el consejo, de acuerdo con las
autoridades políticas y judiciales, juzgó que era mejor que la
Convención no diera Constitución alguna, escogiendo, como se decía,
entre dos males, a cuál más graves, el menor.
En consecuencia, el ya jeneral Pedro Alcántara Herran,
intendente gobernador del departamento de Cundinamarca, expidió la
proclama siguiente:
"Conciudadanos, grandes peligros nos rodean y es necesario para
salvarnos que obremos ya por nosotros mismos.
"El Perú nos provoca e insulta: ha reunido un ejército en las
fronteras, y no ha abandonado el proyecto que puso en práctica,
por medio de nuestras mismas tropas, de apoderarse de los tres
departamentos del Sur.
"La España hace grandes preparativos para invadirnos; acumula
en la Habana fuerzas considerables de mar y tierra, y solo espera
un memento favorable para atacarnos.
"El Libertador se viene de Bucaramanga a esta capital, resuelto
a consignar el mando y a retirarse: entonces la guerra civil es
inevitable y el triunfo de los enemigos exteriores infalible.
"Las operaciones de la Convención van a producir este efecto. Ha
desoído los clamores de los pueblos por el Libertador, y habiendo
ellos solicitado un Gobierno enérgico y vigoroso, según que le
exigen nuestras circunstancias y necesidades, en vez de esa
energía, se trata de aumentar la debilidad del ejecutivo,
multiplicando juntas que paralizarán su acción. Contra los votos de
los pueblos, quieren un gobierno federal.
"Nada hay que esperar de esa Convención en que les pueblos
tenían puestos los ojos para que les salvase. Dividida en partidos
que se chocan diariamente y a cada momento, sus actos participan
por necesidad del espíritu de facción, y puestos en práctica no
pueden producir sino males, aun mayores que los que padecemos. Ya
los diputados que aman el bien del país y su felicidad,
desesperanzados de todo buen suceso, están resueltos a retirarse,
para no sancionar con su presencia unos actos que serán el decreto
de muerte contra su patria.
"El Libertador ve bien que no puede salvar a Colombia con
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la Constitución que se ha presentado en la Convención y se
está discutiendo. Dejará el mando, se retirará, y faltando este
único vinculo de unión entre los colombianos, concluye la
integridad nacional. En él Norte y en el Sur están dispuestos a no
obedecer otra autoridad que la suya.
"Los días aciagos de la República, esos días que lloramos, han
venido por la ausencia del Libertador: solo él pudo entonces reunir
nuevamente a Colombia. Su marcha de la capital produjo poco ha el
movimiento de Cartagena, que pudo ser bien ominoso, sino
intervienen en circunstancias particulares que lo hicieron
ineficaz. I ¿qué será si deja el mando absolutamente? ¿Quién podrá
reunir estas partes dislocadas? ¿Quién será capaz de conservar y
dar vida a esta República?
"Es preciso que nos hagamos cargo de nuestros destinos; que
salvemos a Colombia, salvándonos nosotros mismos, y para esto no
hay otro arbitrio que el de uniformar nuestras opiniones, nuestros
deseos y sentimientos a los de las otras partes de la República.
Necesitamos un Gobierno fuerte y vigoroso y debemos
establecerlo.
"A todos tocan los males que sentimos y los que tenemos, y todos
debemos concurrir a su remedio. Que todos los padres de familia,
que tengan que perder se reúnan, y yo como la primera autoridad de
este departamento los convoco a una junta popular en que
deliberemos sobre lo que nos conviene. Los momentos son preciosos,
un instante no se puede perder en las actuales circunstancias sin
que también pierda mucho la República, por lo cual la junta se
verificará hoy mismo a las dos de la tarde, en la sala que sirvió
para el despacho de la secretaría de hacienda.
"Aguardo que todos los vecinos de esta capital, penetrados de
los riesgos que corremos, y de los peligros a que estamos
expuestos, concurrirán oportunamente. Su seguridad individual,
identificada con la de la República, les exijo este sacrificio. A
todos nos interesa que desaparezca hasta los motivos de la anarquía
y de la guerra civil. Reunámonos, y evitemos tan
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grandes
males.-Bogotá 13 de junio de 1828. -Pedro A. Herran."
II.
A las tres de la tarde del mismo día se reunió la junta popular
en los portales de la casa que hoy sirve de Tesorería jeneral, en
un número mucho más considerable del que se esperaba, y de
ciudadanos respetables en su mayor parte; la discusión fue libre y
digna en lo general; los jóvenes Rafael María Vásquez y Wenceslao
B. Santa Maria hablaron con moderación, aunque con energía, contra
el hecho ilegal de aquella reunión y sosteniendo los actos que
dictara la Convención, y nadie les interrumpió: solo el jeneral
José María Córdova, sentado en el brazo de una silla, cruzadas las
piernas, y blandiendo un foete que tenia en la mano, lo hizo al
doctor Juan N. Várgas, exaltado Santanderista, que hablaba en su
sentido, haciende con demasiada injusticia inculpaciones al
Libertador; y le dijo en tono amenazante que no permitiría que en
su presencia se pronunciara una sola palabra contra el jeneral
Bolívar, y que no había mas que hablar sino que se confiriese el
poder supremo a aquel jeneral, como el único que podía salvar la
República. El jeneral Herran; detuvo a Córdova en su brusca arenga
de cuerpo de guardia, y manifestó que la discusión era libre, que
todos los ciudadanos podían emitir sus opiniones sin
responsabilidad, pues para eso habían sido convocados, y excitó al
doctor Várgas a continuar. Este se excusó en palabras lisonjeras
al jeneral Herran y se retiró. Pronto se verá que el jeneral
Córdova por resentimiento personal, se extravió, se volvió
|liberal, se sublevó contra el Libertador y murió
combatiéndolo.
Redactóse por fin en la Asamblea popular de que voy hablando una
acta en que se acordó: 1.º La protesta de no obedecer los actos
que emanaran de la Convención de Ocaña; 2.º Revocar los poderes
conferidos a los diputados electos por la provincia de Bogotá; y
3.º
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Que el Libertador presidente se encargara del mando
supremo de la República con plenitud de facultades en todos los
ramos.
Elevada esta célebre acta por el intendente Herran al consejo de
ministros, en la misma tarde le contestó éste "que juzgaba muy
fundado y de imperiosa necesidad el pronunciamiento de la capital"
y, acto continuo, se lo dirigió al Libertador, por la secretaria
de lo interior, en cuya nota remisoria al secretario jeneral se lee
lo siguiente: "El consejo al emitir su opinión ha tenido presente
la gravedad e importancia de la matera, y aunque sin tener órdenes
ni instrucciones del Poder ejecutivo, para un caso tan inesperado e
imprevisto, no ha dudado de tomar sobre sí la responsabilidad de
aprobar el acta de esta capital. Los motivos que han influido en el
consejo para adoptar semejante resolución, han sido los más puros y
han emanado principalmente del íntimo convencimiento en que se
hallan sus miembros, de que no hay otro remedio capaz de salvar la
patria sino el de constituir un gobierno fuerte y enérgico,
ejercido por su S. E. el Libertador. Los miembros del consejo
esperan que su resolución, aunque de tamaña trascendencia, no será
desaprobada por el Libertador, o que por lo menos merecerá su
indulgencia.''
III.
El Libertador recibió esta nota en el Socorro, al mimo tiempo
que recibía la noticia de la disolución de la Convención, y
contestó aceptando el acta, y anunciando que seguía inmediatamente
para la capital.
En la proclama del jeneral Herran y en la nota del secretario
del interior se observa, 1.º que el Libertador pensó formalmente en
dejar el mando, y que esto sobresaltó a sus amigos; 2.º que no tuvo
la menor parte en la disolución de la Convención ni en la
celebración de dicha acta, porque en este caso no se habría ella
fundado principalmente en desconocer los actos de una asamblea que
se habría sabido iba a desaparecer, y se hubiera esperado a que
esto sucediera para promover la reunión popular con mas fundados
motivos, y 3.º que el consejo temió que el hecho en sí mismo y la
aprobación que diera, no fuesen bien recibidos por el Libertador.
Esto resalta de una manera notable en el párrafo de la nota del
consejo que he trascrito.
El señor Castillo, el jeneral Herran, los secretarios del
despacho, los diputados que se separaron de la Convención, todos
rechazaron siempre la imputación de que el Libertador hubiera
tenido parte en aquellos actos, no obstante que estaba en sus
intereses hacerlo partícipe de su responsabilidad mas bien que
eximirlo de ella.
Fueron pues ligeros Baralt y Díaz al decir en su Historia de
Venezuela que la Convención se disolvió "a instigación de
Bolívar," repitiendo esta calumniosa imputación del partido
Santanderista. La Convención se disolvió el 19 de junio en Ocaña;
el acta se acordó en Bogotá el 13, desconociendo a la Convención,
que se suponía iba a continuar a expedir una Constitución que el
acta rechazaba, ¿cómo, pues, pudo Bolívar, promover a un tiempo,
dos hechos contradictorios?
El señor Restrepo, en su Historia de Colombia, negándolo dice:
"Esto es cierto. El Libertador, aunque desde Sangil con fecha 12 de
junio dijo al consejo oficialmente que meditara sobre lo que
debiera hacerse en el caso de que se disolviera la Convención de
Ocaña sin constituir a Colombia, jamás hizo la menor indicación
acerca del partido que debiera tomarse. El consejo contestó a la
mencionada indicación "que habiendo aprobado él acta de Bogotá,
había emitido ya su opinión sobre lo que debía hacerse en las
circunstancias." El señor Restrepo era en aquella época secretario
de Estado del despacho de lo interior, y como tal, estaba impuesto
mas que ninguno otro de los pormenores de los sucesos en que tuvo
parte.
Mas los
|liberales, que continuaré llamando así, porque
así se llaman ellos mismos, y no quiero emplear ninguno de los
epítetos que pudiera en represalia y en justicia; los
|liberales, digo, por respetables que sean los hombres que
aseguren una cosa, como esté en su interés asegurar lo contrario,
lo hacen con una sangre fría y un atrevimiento que irritaría si en
las doctrinas y en los hechos de su partido no produjera todo
indignación. Ellos solos dicen verdad, ellos solos son hombres
honrados, ellos solos son patriotas. Los que no les pertenecen son
falsarios, traidores, absolutistas. En los liberales todo es
acierto, virtud; en sus adversarios, todo es malignidad; no se
admite ni el error inocente.
Una cosa me aflige al decir estas verdades, y es que los hombres
más estimables, como simples particulares, colectivamente como
hombres de partido, son tan injustos como lo es su partido, o
aunque no lo sean, aparentan serlo por falta de valor moral para
arrostrar el enojo de su parcialidad.
No pretendo yo que este modo de juzgar sea exclusivo del partido
|liberal. Con mas o menos pasión, participan de él todos los
partidos políticos, a veces no solo contra sus adversarios sino
también contra sus mismos copartidarios, debilitándose por la
división, alejando a hombres útiles, ya que no empujándolos
irritados al otro bando.
Pero en el partido
|liberal es una doctrina, es un sistema
seguido constantemente el justificarse ellos y condenar a sus
adversarios con razón o sin ella, y asÍ se hacen fuertes. En el
partido conservador, por el contrario, la tendencia es a formarse
círculos de tribunos apasionados, que a oírlos, vendría el partido
a quedar reducido a ellos solos, y así nos hacemos débiles. Para
mí es este un hecho que me parece ha demostrado la experiencia, y
por él, exclusivamente por él, se nos sobrepone el partido
|liberal siendo nosotros los mas y ellos los menos.
IV.
El acta de Bogotá, disuelta ya la Convención, fue secundada por
las de todos los pueblos de la República, sin exceptuar la más
miserable aldea, y por todos los generales, corporaciones
eclesiásticas, cuerpos militares, etc.
|¹
En fin, el sentimiento público se manifestó espontáneo de una
manera indudable; y así era natural, porque era el sentimiento de
la propia conservación. ¿Qué s debía o qué se podía hacer? ¿Dejar
la República sin gobierno?
El 24 de junio entró el Libertador a esta ciudad en una especie
de triunfo popular voluntario que no se viera en sus mejores días.
El temor a la anarquía y a la guerra civil, que es su consecuencia,
dominaba en todas las clases de la sociedad, y viendo en Bolívar
un centro de unión, una tabla de salvación en aquel naufragio,
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1
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En el acta de los militares de Popayán aparece en el
segundo lugar la firma del entonces coronel José María Obando.
Este, en su manifiesto de Lima, niega aquella firma y dice que el
jeneral Mosquera se la falsificó. Es notable que desde 1828 hasta
1842 no hubiera el jeneral Obando reclamado ésta suplantación. El
jeneral Mosquera le contestó victoriosamente en su Examen critico,
página 265.
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el entusiasmo fue grande y verdadero; y lo mismo puede decirse
que sucedió en toda la República. Si alguna vez ha habido una
manifestación libre y positiva de la voluntad del pueblo, expresada
de la única manera que se podía, fue entonces, porque la necesidad
imprescindible de pasar por encima de las fórmulas para salvar la
sociedad confiriendo un poder eficaz, transitorio, al legítimo jefe
de la nación, la sentían los ciudadanos todos, sin mas excepción
que la de los exaltados santanderistas, o llámense
|liberales, si se quiere, que entonces todavía no eran
muchos.
Bajo una manifestación tan solemne de la voluntad popular, quedó
el partido Santanderista sufocado por unos días, hasta que llegado
el jeneral Santander, empezaron a ponerse en ejecución, tanto en
la capital como en las provincias, por los convencionistas
afiliados, los planes que se acordaron en Ocaña; y las
aprehensiones volvieron a conturbar los ánimos introduciendo la
desconfianza.
El partido constitucional uniéndose al boliviano por la fuerza
irresistible de la naturaleza de las cosas, no se contaba ya como
entidad política. Quedó, pues, el partido boliviano dueño del
poder, el santanderista conspirando, y la expectación pública se
fijó en lo que haría el Libertador y en la conducta que seguiría
una vez revestido de la autoridad dictatorial.