INDICE




CAPÍTULO PRIMERO


 

 

I.
 

 

Colombia, |la famosa, apareció después de una lucha larga y sangrienta, digna de entrar con honor en la sociedad de las naciones independientes; y llevando su estandarte victorioso desde los pantanos de Guyana hasta la cima del argentoso Potosí, llenó el mundo con su fama.

Mil batallas gloriosas habían hecho resonar en el universo entero el nombre augusto del gran caudillo de los libertadores, y bajo el reflejo de su radiante aureola, brillaban los de otros guerreros de eterna y honrosa recordación: Páez, el Abd-el-kader- del Apure; Sucre, Nariño, Urdaneta, Santander, Bermúdez, Monágas, Soublette, Montilla, Córdova, Padilla, Flores y cien otros mas, dando renombre a su patria con hazañas inmortales, se habían hecho dignos de pasar a la posteridad, en el libro de oro de la guerra heroica.

Colombia, hija de la victoria, presagiaba pues, una larga vida de paz y de dicha, cuando la fatalidad que pesa con mano de hierro sobre estas repúblicas hispano-americanas, vino a burlar tantas esperanzas halagüeñas, a hacer infructuosos tantos sacrificios, iniciando, la era de las olimpíadas revolucionarias, que celebramos nadando en lagos de sangre, y que celebrarán nuestros nietos; porque escrito está que "las culpas de los padres las pagarán los hijos hasta la quinta generación."

Fue el 30 de abril de 1826 cuando el jeneral José Antonio Páez, mal aconsejado y excitado por hombres malévolos, remeció el coloso con las

actas tumultuarias de Valencia y Caracas, separando una parte de Venezuela de la obediencia del gobierno nacional y pronunciando por primera vez la palabra fatídica "Reformas," que entre nosotros arrastra en pos de sí, la desolación, la muerte. I ¿ por qué causa se lanzó el jeneral Páez en tan escabroso camino? Por una acusación apasionadamente exagerada que el intendente del departamento de Venezuela y la municipalidad de Caracas elevaron contra él a la Cámara de Representantes, que la acogió llevándola a la del Senado con sobra de precipitación y de impru­dencia. Hacia dos años que la guerra de la independencia había termi­nado, los temores de que el gobierno español la renovase sé debilita­ban empezaba, pues, la ingratitud republicana a manifestarse de todas maneras, y la acusación, por trivial que fuera, de un jeneral ilustre, tenía que ser admitida. Se habló de Catón, de César, de Catalina, de Cicerón; la elocuencia parlamentaria lució con otras citas de la historia griega, de la historia romana y de Napoleón: el jeneral Páez fue por tanto, llamado a responder de su conducta ante el Senado, sin embargo de la oposición del jeneral Santander, Vicepresidente de la República, que dijo terminantemente al Congreso, que no prestaba mérito para ello una queja de tan poca monta; siendo los senadores y los representantes de Caracas, los que más se exaltaron í los que más influyeron en la resolución que se dictó.

¡Ah! Si el jeneral Páez hubiera obedecido! Su marcha habría sido una marcha triunfal; las poblaciones enteras habrían salido a regar flores en su camino; esta capital habría engalanado sus balcones y ventanas para recibirle; todas las campanas habrían repicado en señal de con­tento, y la población en masa se habría precipitado a encontrar al ilustre campeón de tan retumbante nombradía!

Dando el jeneral Páez esta muestra de respeto a la representación nacional, con solo haberse presentado í explicado en pocas palabras los hechos, es fuera de toda duda que el Senado le habría absuelto por aclamación. I el invicto guerrero se habría ceñido una corona cívica de encina, como obediente a la ley, de mas valor a los ojos del patriotismo, que las de laurel o de ciprés que se siegan en los campos homicidas. Con tan excelso ejemplo las instituciones se habrían afianzado de una manera irresistible; Colombia, la |verdadera, probablemente existiría libre, res­petable í respetada; el Libertador no se habría extraviado, y los escán­dalos subsiguientes no habrían quizás aparecido.

 

 

II.
 

 

Desde que se aprobó por el Congreso constituyente de 1821 en Cúcuta, la unión de los pueblos del antiguo virreinato de Nueva Granada de la capitanía jeneral de Venezuela en una república que llevara el nom­bre de Colombia, la municipalidad de Caracas protestó contra tal unión, se formó en dicha ciudad un partido que pretendía separar de nuevo a Venezuela y constituirla en una república independiente. El Congreso de Angostura ( hoy ciudad de Bolívar) había decretado esta unión en 17 de diciembre de 1819, sin la concurrencia de los representantes de los pueblos de Nueva Granada; de modo que el Congreso de Cúcuta, donde ya los hubo, no hizo mas que ratificarla. Los periódicos de Caracas, predicaban la disolución, o cuando menos, que se adoptase el sistema federativo a pesar de la oposición del Libertador y de otros venezolanos de juicio patriotismo, que temblaban al solo nombre de un sistema que tantos estragos habían cansado en los primeros años de la Revolución, en que fue adoptado, abriendo la puerta a la reconquista después de haber inundado en sangre el suelo de la patria en guerras civiles.

Los celos, la rivalidad, la emulación contra Bogotá (llamada en­tonces Santa fe), que por su situación central, por su grandeza, salubri­dad de su clima e ilustración, fue designada por capital de la nueva gran República, no se disimulaba ni se ridiculizaba a los y las censuras mas amargas e infundadas abundaban contra el gobierno co­lombiano, por la doble razón de ejercerlo un granadino (el jeneral San­tander como vicepresidente encargado del P. E.) y de residir en Bogo­tá: buscóse, pues, desde entonces una ocasión de romper abiertamente, está se presentó con la acusación del jeneral Páez. Veamos en que se fundó esta acusación.

El Gobierno había expedido en 21 de agosto de 1824 un decreto en ejecución de una ley del Congreso de Cúcuta, previniendo el alista­miento jeneral de los colombianos |Libres desde la edad de diez y seis has­ta cincuenta años, para organizar la milicia nacional. En la mayor parte de la República se cumplió con lo dispuesto en el decreto sin oposición; pero los periódicos de Caracas lo atacaron como inconstitucional e ilegal, porque en todo tiempo la argucia demagógica encuentra incons­titucionalidad o ilegalidad donde quiera, tomando de ello pretexto para realizar planes criminales.

Mas de un año estuvo el jeneral Páez contemporizando con lo que se llama prudencial yo llamo debilidad, alejando el cumplimiento del decreto; pero en diciembre de 1825, le informó el comandante de ar­mas de Caracas que se habían descubierto en aquella ciudad proyectes de una revolución |de mal carácter; que se inquiría judicialmente para descubrir lo que hubiese de cierto; que en consecuencia era probable que hubiera muchos pesos que custodiar en circunstancias en que no te­nia tropas para ello y para auxiliar a los pueblos que pudieran necesitarlas. Alarmado el jeneral Páez con estos informes y temiendo comprometer su responsabilidad, resolvió verificar el alistamiento y organizar la mili­cia, y dio las órdenes consiguientes, al comandante de armas de Caracas.

Participóse esta noticia al jeneral Juan Escalona, intendente go­bernador del departamento, quien la consideró arreglada y útil, y con­testó que estaba pronto a cooperar con cuanto necesario fuese, a lle­varla a efecto.

Dos veces fueron convocados los ciudadanos de Caracas para con­currir a alistarse, í se reían y no iban. Palpando el jeneral Páez lo infruc­tuoso de estas excitaciones y la burla que se hacia de ellas, hizo un ter­cero y último llamamiento a los ciudadanos para la mañana del 6 de enero, resuelto a hacerse respetar, y se asegura que dijo, "haría sentir todo el peso de su autoridad." Como tampoco se hiciera caso de aquel llamamiento, habiendo concurrido a él poquísimas personas, mandó salir algunas patrullas, a que llevasen al cuartel a cuantos hombres encon­trasen por las calles. En la ejecución de esta medida, que por fuerte que fuera se hacia necesaria, se cometieron por los oficiales que mandaban las patrullas, algunas violencias con los que oponían resistencia, y esto produjo una alarma que pronto se generalizó por toda la ciudad: unos corrían a refugiarse en sus casas o en las de sus amigos; las puertas se cerraban con estrépito; las mujeres gritaban; ¿ Sin saber el motivo de la alarma, suponían algunos que se estaba efectuando una gran revolución, cuyo objeto no alcanzaban?
 

Pocos fueron los hombres qué condujeron las patrullas al cuar­tel, cuando intervino el jeneral Escalona ofreciendo al jeneral Páez que él se encargaba de hacer que los ciudadanos concurrieran al alistamiento, en cuya virtud se mandaron retirar las patrullas, e inscribiendo a los que habían ido voluntariamente y a los conducidos por la fuerza, se les dejó volver tranquilamente a sus casas. Tres días después se verificó el alistamiento jeneral, en virtud de un bando publicado por el intendente gobernador, o mas bien, es de creerse, porque ya se vio claro, que la autoridad militar, a la que entonces estaba cometido este negociado, había resuelto hacerse obedecer.

Esto fue el hecho que en la acusación se pintó con los colores más sombríos por la municipalidad y por el mismo intendente Escalona. ¿ Qué dirían en Caracas si vieran cómo se hacen en los tiempos que corren, estas cosas por acá entre nosotros? Mas es probable que lo mismo suceda por allá, por el progreso gime allá come acá ha hecho la |libertad.

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III.
 

 

 

El jeneral Francisco de P. Santander gobernaba la República como Vicepresidente, en ausencia del libertador presidente: el jeneral Car­los Soublette era Secretario de guerra: yo había tenido el honor de ser­vir en Venezuela a las órdenes de este jeneral, y llamado por él, hacia pocos días que había llegado de Cartagena, a ocupar el puesto de jefe de la sección central de aquella secretaría,  í fui testigo de la tribulación, de la angustia del desconcierto que causó en el gobierno y en el público la infausta noticia; y por mi sección pasaron las mas de las órdenes, instrucciones, etc., a ella consiguientes

La memoria del jeneral Santander es respetable para mí; pero al tomar la pluma para escribir este libro, me resolví a hablar con todo la verdad sin consideraciones personales de ninguna clase: esto sentado, empiezo por decir que el jeneral Santander, débil y tímido en aquella ocasión solemne, faltó a su deber como jefe del gobierno nacional, y que es­ta timidez y esta debilidad perdieron la República.
 

La Constitución le mandaba conservar el orden público, restable­cido cuando fuera turbado, y emplear para ello la fuerza amada si era necesario: esto, pues, debió hacer, levantando la nación en masa; y lo que hizo fue, después de mucho días de vacilaciones, llamar al Liber­tador que estaba en el Perú, hechizado y embriagado con el incienso dela admiración y también con el de la adulación.                       '

En la nota que el jeneral Santander le pasó el 29 de junio comunicándole la noticia de aquellos sucesos (que él había recibido el 1.º), explicaba con exactitud los antecedentes y pretextos de la deplorable defección del jeneral Páez, y de los cuerpos militares que le sostenían; de los males que se seguirían de que una facción militar continuase, co­mo en Venezuela, promoviendo tumultos para romper la Constitución: que él (Bolívar) como el presidente de la República, como su liberta­dor, como el padre de la patria, como el soldado de la libertad, como 'el primer súbdito de la nación, |tomase |el partido que creyese mas con­veniente a nuestra salud y a la causa de la América. Es decir que no le llamaba a sostener la Constitución y a establecer su imperio en los departamentos en que había sido turbado, sino que le invitaba a hacer lo que le pareciera conveniente. "Colombia (decía) ha nacido porque V. E. la concibió; se ha educado bajo la dirección de V. E., y debía robustecerse bajo el suave influjo de la Constitución y de V. E, mismo. hoy está atacada en su infancia con gran peligro de perecer, y V. E. es el único que debe salvarla."

En esta nota, pues, declaraba el jeneral Santander que las instituciones nacionales no tenían mas apoyo que el que les daba el prestigio de un hombre, lo que era lo mismo que anunciar que no tendrían mas duración que lo que durara la vida de aquel hombre. ¡Herida mortal fue esta, dada a la fuerza moral de la ley y de la unión Colombiana!

Los generales de mas nombradía de Venezuela, dignos rivales del jeneral Páez, por su mérito eminente y por el lustre que les daban sus servicios y su rango en el ejército, se pronunciaron contra el movimien­to subversivo de Valencia y Caracas, manteniendo los departamentos de Oriente, el del Zulia y parte del de Apure en la obediencia del Gobier­no nacional, y levantaban fuerzas para obrar contra la revolución, que quedó circunscrita a las provincias de Caracas y Carabobo, y parte de ha de Apure.

En el entretanto en Bogotá se reunían consejos, se escribían manifiestos, se daban proclamas; y se enervaba la energía de los generales fieles, que obraban en Venezuela, previniéndoseles que se opusieran al progreso de la rebelión por cuantos medios les fuera posible; |"aunque sin romper hostilidades ni comprometer una guerra civil.".

La oposición de tantos generales de influencia a la revolución, la impopularidad que por todas partes se manifestó, a no dejar duda, ins­piraron confianza al jeneral Santander; y a los cincuenta días de recibida la primera noticia de aquellos sucesos, como arrepentido de lo que dijo a Bolívar en su nota oficial del 9 de junio, le escribió otra carta (19 de julio) en la que entre varias cosas le decía: "Respecto a la venida de usted, permítame que le diga mi opinión: usted no debe venir al gobierno, porque este gobierno rodeado de tantas leyes, amarradas las manos y envuelto en mil dificultades, expondría a usted a muchos dis­gustos y le granjearía enemigos. Una vez que uno solo de ellos tuviera osadía para levantar la voz, toda su fuerza moral recibiría un golpe te­rrible, y sin esta fuerza, ¡ adiós Colombia, orden y gloria! Cuando hablo así, solo tengo presente el bien público y de ninguna manera el mío. Yo estoy, como he dicho, loco, porque ya me faltan fuerzas para resistir tanto golpe, y ojos para llorar los males de la patria; por lo mismo Vallarta de contento el día que usted tomase el gobierno.......... Supuesto, pues, que no debe usted venir a desempeñar el gobierno, este debe autorizarlo para que siga a Venezuela con un ejército a arreglar todo aquello."

En esta carta descubría el jeneral Santander su deseo de continuar en el ejercicio del poder ejecutivo nacional, reduciendo al Libertador a simple jeneral de operaciones en Venezuela, por consiguiente bajo sus órdenes, lo que era algo fuerte. También descubrió aversión al sistema legal establecido, haciendo de él censura amarga. Baralt y Dina dicen sobre esta carta del jeneral Santander, lo siguiente: "Así, la parte delicada del negocio quería el jeneral Santander encargarla a Bolívar, mientras él se quedaba en Bogotá a la cabeza del gobierno; intención poco generosa, por decir de ella lo menos, y en la cual entraban a un tiempo el miedo y la ambición."

 

 

IV.
 

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Antes de los acontecimientos que quedan referidos había seguido al Perú el señor Antonio L. Guzmán en comisión cerca del Libertador, llevándole una carta del jeneral Páez y otras de personas notables de Venezuela, en las que se le proponía que matando a Napoleón, se ciñese una corona imperial, estableciendo una monarquía en Colombia. Bolívar con fecha 6 de marzo (1826) contestó la carta a Páez con la siguiente:

"He recibido la muy importante de usted de 19 de diciembre del año próximo pasado, que me envió usted por medio del señor Guzmán, a quien he visto y oído, no sin sorpresa, pues su misión es extraordinaria. Usted me dice que la situación de Colombia es semejante a la de Francia cuando Napoleón se encontraba en Egipto, y que yo debía decir con él: 'los intrigantes van a perder la patria; vamos a salvarla!' Ciertamente casi toda la carta de usted está escrita por el buril de la verdad; mas no basta la verdad sola para que un plan logre su efecto, Usted no ha juzgado, me parece, bastante imparcialmente del estado de las cosas y de los hombres. Ni Colombia es Francia, ni yo Napoleón. En Francia se piensa mucho y se sabe todavía más; la población es homogénea, y además, la anarquía la ponía al borde del precipicio : no había otra república más grande que la de Francia, y la Francia había sido siempre un reino. El gobierno republicano se había desacreditado y abatido hasta entrar en un abismo de execración. Los monstruos que dirigían la Francia eran igualmente crueles e ineptos. Napoleón era grande, único, y además sumamente ambicioso. Aquí no hay nada de eso. Yo no soy Napoleón, ni quiero serlo: tampoco quiero imitar a Cé­sar, menos a un aIturbide. Tales ejemplos me parecen indignos de mi gloria: el título de Libertador es superior a todos los que ha recibido el orgullo humano: por tanto me es imposible degradarlo. Por otra parte nuestra población no es de franceses en nada, nada, nada. La República ha levantado el país a la gloria y a la prosperidad dándole yes y libertad. Los magistrados de Colombia no son Robes Pierre ni Maralt. El peligro ha cesado cuando las esperanzas empiezan. Por lo mismo nada urge para semejante medida. Son repúblicas las que rodean a Colombia, y Colombia jamás ha sido un reino. Un trono espantaría tanto por su altura como por su brillo. La igualdad seria rota, y los |colores temerían perder sus derechos por una nueva aristocracia. En fin, amigo, yo no puedo persuadirme de que el proyecto que Guzmán me ha comunicado sea sensato, y creo también que los que lo han sugerido son hombres semejantes a los que elevaron a Napoleón y a Iturbide, para después abandonarlos en el peligro; o si la buena fe los ha guiado, crea usted que son unos aturdidos o partidarios de opiniones extranjeras ba­jo cualquiera forma o principios que sean. Piré a usted con toda franqueza que este proyecto no conviene ni a usted, ni a mí, ni al país. Sin embargo, creo que en el próximo período señalado para la reforma de la Constitución se pueden hacer en ella notables mutaciones en favor de los buenos principios conservadores, y sin violar una sola de las reglas republicanas. Yo enviaré a usted un | proyecto de constitución que he formado para la república Boliviana: en él se encuentran reunidas to­das las garantías de permanencia y de libertad, de igualdad y de orden. Si usted y sus amigos quisiesen apoyar este proyecto, sería muy conve­niente que se escribiese sobre él y se recomendase a la opinión del pue­blo. Este es el servicio que podemos hacer a la patria, servicio que se­rá admitido por todos los partidos que no sean exagerados, o por mejor decir, que quieran la verdadera libertad con la verdadera utilidad. Por lo demás, yo no aconsejo a usted que haga para sí lo que no aconsejo para mí ; mas si el pueblo lo quiere y usted acepta el voto nacional, mi espada y mi autoridad se emplearán con infinito gozo en sostener y de­fender los decretos de la soberanía popular. Esta protesta es tan since­ra como el corazón de su invariable amigo. -BOLÍVAR."

 

 

V.
 

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Aquí debo recordar que después de la batalla de Ayacucho, funda­da la república de Bolivia, dio el Libertador a esta su hija predilecta, como él la llamaba, una constitución calcada por la de la república de Haití; que el Perú de grado o por fuerza adoptó esta constitución, y nombró presidente al Libertador, quien manifestó |el deseo de que Co­lombia la adoptase cuando terminado el período de duración fijado por la Constitución, pudiera hacerse legalmente, formándose entonces una confederación de las tres repúblicas, con un gobierno federal, análogo al de cada una de ellas.

Desde el Congreso de Angostura en 1819, tuvo el Libertador estas ideas, declarándolas lealmente en un discurso, en el que proponía un senado hereditario; porque le atormentaba el temor de las perturba­ciones, de las borrascas, que por lo regular terminan en guerras civiles asoladoras, que preveía habían de causar las frecuentes elecciones populares, principalmente las de los altos mandatarios. Lo que está pasando en todas partes, ¿ no disculpará, a lo menos, la rectitud de las intencio­nes del Libertador, o mejor dicho, su luminosa previsión?

El señor Leocadio Guzmán escribió en Lima una apología de la constitución boliviana, en la que trató la conveniencia de que se adopta­sen en Colombia aquellos principios, y tanto la una como la otra se cir­cularon con profusión; pero la opinión pública en todas partes y sin excepción de personas, se pronunció contra semejante innovación, tan contraria a las ideas políticas proclamadas desde 1810 por los próceres de la Independencia, y arraigadas ya en los pueblos.

En el Perú, país que tiene algunos elementos monárquicos, hubo por aquel tiempo "un partido bastante numeroso y compuesto de hombres influyentes por su saber, por su posición social y sus riquezas, que había concebido, y adelantaba el proyecto de hacerle (a Bolívar) Empe­rador de los Andes, o sea de Bolivia, Perú y Colombia, poniéndose príncipes que bajo su dependencia gobernaran el territorio de estas Repúblicas." ¹

Conocido este proyecto por el Libertador, se apresuró a impro­barIo, principalmente en el discurso con que presentó al Congreso de Bolivia sin proyecto de constitución mencionado.

Desmintió, pues, el Libertador en todo tiempo, en todas ocasiones de todas maneras, la inculpación que las malas pasiones le hicieran, aún después de dormir el sueño del sepulcro, de que había pretendido ha­cerse rey o emperador en Colombia, y aun del Perú y Bolivia. En con­versaciones puramente amistosas, tratándose en abstracto de formas de gobierno, había manifestado algunas veces su opinión de que acaso hu­biera convenido a las nuevas naciones formadas en las antiguas colonias españolas, adoptar el sistema monárquico constitucional, llamándose al trono príncipes de las familias reinantes en las grandes potencias euro­peas; y es seguro que muchos tendrán hoy esta opinión. El jeneral Santander también tuvo ideas monárquicas en un tiempo. Sabido es de todos, el brindis que pronunció en un banquete siendo vicepresidente de Cundinamarca, en favor de la monarquía, y de que se coronase el Liber­tador. Los que no lo sepan o lo hayan olvidado, pueden consultar el examen crítico del jeneral Mosquera, página 221.²

¹ Restrepo. |Historia de Colombia.  
² Si Carlos III hubiera seguido el consejo de su ministro, el célebre Conde de Aranda, de separar de la corona de España sus colonias del continente americano, constituyendo en ellas monarquías moderadas, les habría hecho sin gran servicio, y | lo habría hecho a España misma. Desde que ayudó en unión de la Francia a las colonias Anglo-americanas del Norte, en su guerra de independencia con Inglaterra, no hubo en España un solo hombre de Estado, que no viera, como consecuencia del ejemplo. perdidas para ella sus colonias americanas. Pero ni la corte, ni el pueblo español estaban a la altura del conde de Aranda ni de los hombres que adoptaron su idea, que fue mirada como una cuasi-traición. Pensar en monarquía, cuando la República había creado interés y despertado y puesto en agitación todas las ambiciones, era un delirio. Yo me extenderé después sobre este particular, tan importante en la actualidad.

 

VI.
 

 

Al mismo tiempo que el Gobierno nacional se dirigía al Libertador en los términos que hemos visto, el jeneral Páez, por su parte, le enviaba dos comisionados llamándole por nota oficial y carta particular, en las que atribuía los movimientos de Venezuela, que le habían conferido el título y poder de jefe superior civil y militar, a la política parcial e insidiosa del jeneral Santander quien, decía, había promovido y atizado su acusación, cuando, como he dicho se opuso a ella enérgicamente.

No pudiendo, pues, el Libertador resistir sin desdoro a las exigencias de la situación, resolvió venirse, y lo avisó al Gobierno de Colombia, enviando a Guayaquil de |precursor al ya citado señor Leocadio Guzmán con cartas para diferentes personas constituidas en autoridad en el país, recomendándoles el Código boliviano como el único remedio que podía salvar a Colombia, y refiriéndose a las indicaciones verbales que les haría Guzmán.

Pero la constitución colombiana era inviolable por diez años, y por consiguiente no podía ser alterada en una línea hasta el año de 1831 el Libertador había jurado sostenerla, tenia el deber de hacerlo, y esto era lo que todos esperábamos. En desear, pues, sustituirle otra, por buena que fuera, y manifestar ese deseo, cometió Bolívar un grande error, aun­que no un delito. Delitos son y serán siempre los que se cometan sobre­poniéndose a la Constitución y a las leyes, o destruyendo por la fuerza el gobierno establecido por ellas; y los que tal hagan son y serán en todo tiempo, a los ojos de la moral y del honor, rebeldes criminales. Pero Bolívar no hizo esto: él estaba convencido de que las instituciones adop­tadas eran malas, pensaba de buena fe que su proyecto encerraba las bases seguras de prosperidad y dicha para su patria, tenia pleno derecho para defenderlo y promover su adopción, y esto fue lo que hizo. Su error político consistió en adelantarse, aprovechando la criminal revolución de Venezuela, para |proponerlo.

Llegó por fin el Libertador a Guayaquil sin conocer, sino muy vagamente, el estado de las cosas en Colombia; sin tener la menor idea de la exaltación de la opinión pública en favor de la constitución existente; creyendo los movimientos de Venezuela de mayor trascendencia de la que realmente tenían, en fin, enteramente a oscuras de lo que pasaba; y si en Guayaquil se le hubiesen dado informes verídicos de la situación, es de creerse, es seguro que habría obrado de otro modo de como obró. Pero no oyó sino los que le dio el teniente coronel Tomas Cipriano Mosquera, intendente gobernador de aquel departamento.

 

  VII.
 

 

Desde que el señor Guzmán llegó a Guayaquil tuvo varias confe­rencias con los principales personajes de la ciudad y particularmente con el comandante Mosquera: comienzan las reuniones, los conciliábulos; y todo indicaba que planes siniestros se tramaban o estaban ya acordados. Esto produjo una alarma jeneral que llegó hasta Bogotá. "Mas en breve se disipan las dudas, pues el intendente Tomas C. Mosquera convoca una junta popular. De esta resulta que el pueblo de Guayaquil reviste, ilegalmente y sin autoridad para dar este paso de las facultades dictatoria­les al Libertador por todo el tiempo que éste las juzgara necesarias. Au­torizábasele además por dicha acta para convocar la gran convención." ¹

Sobre el jeneral Mosquera pesa, pues, ante la historia, la responsabilidad de este delito de infidencia que repitiéndose en los pueblos del Sur, disminuyó en toda Colombia el benéfico prestigio del Libertador y aumentó terriblemente la gravedad de las circunstancias: qui-

 

¹  Restrepo. |Historia de Colombia.

 

 

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zá esas ac­tas que desconcertaron mas y mas al Gobierno, que produjeron el encono de los republicanos contra el Libertador, quizá esas actas, digo, fueron las que principalmente causaron la catástrofe que dio muerte a Colombia.

El jeneral Mosquera, ya en 1843, cuando la opinión pública y el juicio del mundo habían calificado como merecían aquellos sucesos ominosos, trató de justificarse diciendo que tuvo que ceder a las circuns­tancias, que los militares de la guarnición estaban por aquel cambio; que el no mandaba la fuerza armada; que los principales sujetos de Guayaquil le suplicaban que no les abandonase, etc.

¡ Tristes y menguadas disculpas para un alto mandatario, que tie­ne deberes escritos y morales que cumplir, y su dignidad y su honor que salvar!

El mismo jeneral Mosquera en aquel libro que escribió en Chile contra el jeneral Obando, en el que este jeneral no era tratado sino de montonero, de asesino, de malvado, no obstante que últimamente, según el mismo Mosquera, fue aquel un ciudadano ilustre, de altos merecimientos; en ese  dice el jeneral Mosquera, que cuando iba para Guayaquil en julio de 1826 a encargarse de la intendencia, al llegar a Daule supo que el jeneral Juan Páez del Castillo se había pronunciado el dia 6 en Guayaquil con las tropas de la guarnición en favor de la federacion: que en consecuencia se desembarcó y se fue a la ciudad sin que nadie lo supiera, í llegó el 10; que en ella había un gran tumulto y gritaban por las calles: "Muera el Gobierno; muera el Congreso y el intendente nom­brado": que entonces......Pero oigámosle a él mismo:

"Vestí, dice, mi uniforme militar, ceñí la espada y me dirigí a casa del comandante jeneral en medio del tumulto. Nadie me conoció, y cuando llegué donde estaba dicho comandante jeneral, encontré allí muchos jefes y oficiales. Me recibieron fríamente; pero luego que me oyeron, y les hablé de la patria y de aquella re-

 

      ² Véase el |Examen |critico del jeneral Mosquera sobre los Apuntamientos para lo |Historia que el jeneral José María Obando publicó en Lima.  


belion, convinieron en que su deber era prescindir de las asonadas del pueblo, í obedecer a la autoridad constitucional." ¹

Fumes si un teniente coronel de poca nombradía, pudo con solo vestir su uniforme, ceñir la espada y pronunciar un discurso, hacer en­trar en su deber a un jeneral |venezolano, de fama e influencia, y a los jefes y oficiales de la guarnición, deshaciendo con solo la fuerza de su elocuencia una rebelión consumada, ¿ cómo el primer magistrado civil del departamento, ya en ejercicio de su autoridad, a quien por las leyes | estaban subordinadas las tropas en todo lo relativo a orden público, no pudo evitar el que apenas unos síntomas alarmantes tomasen cuerpo? Todo lo que había en realidad no era sino vacilación, dudas, temores sobre las dificultades que presentaba la situación, y sobre cuál fuera su remedio; pero si hubiera habido reuniones o asonadas ¿ porqué el coman­dante Mosquera no volvió a vestir su uniforme, ceñir la espada y pro­nunciar otra arenga, cuando la experiencia había demostrado que aque­llo bastaba para que todo quedara concluido en cinco minutos?

En esto y en todo lo que yo digo y diga, no hago acriminaciones, no hago censuras: analizo los hechos, los califico, escribo historia.

 

 

VIII.
 

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Tan luego como el acta proditoria estuvo acordada, firmada en la reunión de padres de familia que convocó el intendente Mosquera, y autorizada con su firma, se embarcó dicho intendente y salió al mar a buscar al Libertador, y afortunada o desgraciadamente, a pesar del inmi­nente riesgo que había de extraviarse en la inmensidad del Océano Pa­cífico, le encontró cerca de la isla de Santa Clara y trasbordándose al bergantín "Congreso" en que venia, le presentó el acta dictatorial. ²

      ¹ Véase el |Examen |critico del jeneral Mosquera sobre los Apuntamientos para lo |Historia que el jeneral José María Obando publicó en Lima.  
² Véase el |Examen critico citado.  

 

El Libertador, que conocía la funesta influencia que tienen ciertas palabras, manifestó su desagrado de que se indicara en el acta la idea de |dictadura, y contestó al intendente que reservase la presentación oficial de aquel documento, hasta que desembarcado en Guayaquil, lo hiciese cuando le felicitase públicamente por su llegada a Colombia, en presen­cia de todos los que asistieran a aquella ceremonia; y así se hizo.

Cuál seria la oficiosidad del intendente Mosquera en aquel triste drama, puede deducirse de un hecho muy significativo, y es que, en el momento de desembarcar el Libertador en Guayaquil, le ascendió a coronel efectivo, con infracción de la Constitución, que no permitía hacerlo sino al Gobierno, con el previo consentimiento del Senado; y el Libertador no venia ni podía venir sino como un simple jeneral sin mando; siendo este él primer acto que ejerció en uso del poder dictatorial. En esto sí cometió Bolívar una falta gravísima, porque por semejante acto demostraba aceptar el hecho criminoso del comandante Mosquera, a quien por su propio decoro y para acallar justas inculpaciones hubiera debido hacer juzgar y castigar.

 

IX.
 

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Desde que se supo en Bogotá que el Libertador salía del Perú para Colombia, el entusiasmo que tal noticia produjo no puede describirse con palabras. La capital se disponía a hacerle un recibimiento digno de ella y del grande hombre de quien se esperaba la salvación da la patria, el restablecimiento del imperio de la Constitución por solo el prestigio inmenso de su nombre, y también que salvara al jeneral Páez por algún arreglo Honroso para el Gobierno, o por una amnistía generosa, |sin condiciones humillantes, que es el término obligado de todas las guerras civiles, y que los merecimientos del héroe del Apare hacían necesario, con aplauso jeneral.

Mas poco tiempo después llegaron las noticias de los sucesos de Guayaquil, repetidos en Cuenca, Quito y otros pueblos del Sur, y que como toda mala nueva, se trasmitían de boca en boca con la rapidez del telé­grafo eléctrico, derramando por todas partes la consternación y el desa­liento; y la susceptibilidad republicana se alarmó, y el deseo ardiente, in­conmensurable de ver a Bolívar entrar a la capital a encargarse del go­bierno conforme a la Constitución, y la apoteosis que se le preparaba, se cambiaron en frialdad, en inquietud, en zozobra

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X.
 

 

 

En Guayaquil y en el tránsito se previno el ánimo del Libertador con­tra el vicepresidente Santander, haciéndoles creer que el mal gobierno de este había originado la revolución de Venezuela; que la acusación del jeneral Páez había sido obra de Santander; que el empréstito colom­biano de 1824 se había disipado como el humo, y no había servido sino para enriquecerlo a él y a sus parciales, con otras acriminaciones malig­nas, calumniosas, que produjeron al fin sus consecuencias: el rompimien­to unas veces público, otras disimulado, de los dos magistrados eminen­tes de la República; y otra mas trascendental, mas desastrosa y de naturaleza permanente: la división funesta de los ciudadanos, engala­nándose los unos con el título de |liberales, y tratando a los otros de |ser­viles. De entonces acá la primera de estas calificaciones ha variado por intervalos, unas veces en |progresistas, otras en |radicales, subdividiéndo­se a veces en |gólgotas, en |draconianos; otras en   |democráticos, en |fe­deralistas, y últimamente en Mo |squeristas.

La segunda calificación, |servil, como se recibía del partido adver­sario, ha venido variando como a él le ha parecido que seria mas inju­riosa, ya en |beatos, rabilargos, fanáticos, romanistas, papistas; ya en |retrógrados, centralistas, y últimamente en |godos, que parece será el apodo que prevalecerá por haber sido importado por los revoluciona­rios de Venezuela que se han desbordado sobre nuestra pobre patria, para que no quede ninguna calamidad que no la aflija.

Y | estos epítetos absurdos, que apenas podrían oírse sin empacho en la boca inmunda de la plebe de la plebe, hombres decentes y de posición social respetable no temen ensuciar sus labios repitiéndolos!

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