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CAPITULO VIII
 
| USO DE LOS TUNJOS

El arte está en todas partes ligado de una manera muy especial con la religión, con las ideas de una vida ideal, de seres sobrehumanos. La religión abriéndonos un mundo espiritual que si no aparece externamente, requiere al menos, para satisfacernos, una representación material, o también, en la idolatría, dándonos seres u objetos que adorar, nos guía, hácenos al momento acoger a las artes representativas como a nuestro único refugio, las cuales aunque imperfectamente tal vez, nos representan nuestras ideas. Los chibchas eran idólatras y los objetos que adoraban debían ser producciones de su mismo arte. Ellos tenían sus templos y adoratorios de los cuales los de Sogamoso, Bogotá, Tunja y Guatavíta eran los más celebrados. Para culto y propagación de su creencia tenían ministros sacerdotales los cuales llamaban |chuques o bien jeques. Casi todas las naciones de la Nueva Granada profesaban, con los chibchas, el fetichismo, algunas naciones, como los tanez, habitantes de los llanos junto a Casanare pertenecían a la excepción, y todas ellas fabricaban sus mismos ídolos. Estos eran muy diversos, tanto en lo que representaban como en el material de que se componían. Adoraban las figuras del sol y de la luna, las de los hombres y las de las mujeres. Unas eran hechas de oro, otras de plata, como también de madera, de hilo y de cera. Su tamaño era diverso, siendo unas muy pequeñas y otras muy grandes. Se cuenta que cuando los españoles descubrieron el lago de Guatavita, uno de entre ellos halló el adoratorio del pueblo de Iguaque, a donde tenían los indios un niño de oro, el consorte de Bachué, su ídolo, tan grande y tan pesado que ni aun con las fuerzas que ganó con su avaricia y capacidad, pudo cargar con él. Los indios, descubriéndole en su hallazgo, le acardenalaron el cuerpo de tal manera a golpes que le quitaron, bien a su pesar, el antojo de enriquecerse a costa de ellos. Renovó su tentativa en compañía de otros, pero no pudieron encontrar otra vez el ídolo. Los indios lo habían tomado y, o fue enterrado, o entregado en grandiosa ofrenda a las aguas de la laguna. | 16 | Vestían estos ídolos con mantas pintadas, que eran las de mayor estimación, y puestos en orden, siempre colocaban las figuras de la hembra al lado de las del varón. Como ellos adoraban el sol y también la luna, considerándola como su consorte, parece que no querían en sus demás ídolos, tener uno solo, sino siempre guardar la semejanza con los primordiales de estos, y he aquí la razón de poner siempre juntos al hombre y a la mujer.

Los sacrificios humanos, hemos visto, eran muy raros entre los chibchas y solo se ofrecían al sol y no a los tunjos. Las ofrendas que hacían a estos, como a dioses de segundo rango, eran también por medio de sacerdotes y consistían en esmeraldas y oro en polvo, | 17 | también en oro labrado en formas de culebras, sapos, lagartijas, hormigas y gusanos, así como de casquetes, brazaletes, diademas, monas, zorras y vasos de oro. Qfrecíanles también leones, tigres, pájaros y vasijas de barro con comestibles y aun sin ellos. El señor Hamilton |I en su viaje a la Nueva Granada consiguió una de las culebritas que se encontraron en el lago de Guatavita y como más adelante veremos, se halló mucho oro en polvo entre el receptáculo que representa la lámina II.

Si estos tunjos que representan al hombre se usaban solo para ofrendas o solo para adorar, es incierto, pues las noticias que de ello tenemos son contradictorias. En caso de que se usasen para ofrendas es muy probable que la figura representase al ofrendante, v.g. el soldado sería quien hizo su ofrenda con el tunjo número 2 y una mujer con el número 3. A pesar de que los indios usaban mucho oro en sus cuerpos nada se dice sobre el uso de los tunjos de esta manera, lo que sí me parece probable de las figuras cuarta y quinta.

La ceremonia de la ofrenda era precedida, como queda dicho, por un ayuno riguroso de parte de los ofrendantes así como del jeque. Durante este tiempo no se permitían comer cosa alguna con ají, la salsa más apreciable entre ellos y no se lavaban el cuerpo, cosa que en todo otro tiempo muy frecuentemente repetían. El contacto de los sexos era también prohibido. Concluído el ayuno o |zaga, como ellos lo llamaban, entregaban su ofrenda al sacerdote, quien la presentaba a sus ídolos y les consultaba sobre el éxito de las peticiones de quienes la daban, respondiendo, en seguida, aquellos, según la inspiración que él creía haber tenido. Recibida la respuesta por los dueños de la ofrenda, como casi siempre era propicia volvían llenos deregocijo y contento. Se lavaban entonces por primera vez el cuerpo desde que habían principiado a ayunar, con cierta fruta como especie de jabón que llamaban |guaba, sin duda la que conocemos en Bogotá con el nombre de jabonera. Convidaban a sus deudos y parientes y pasaban algunos días de regocijo, cantando las leyendas de sus héroes y antepasados, bailando y consumiendo grandes cantidades de chicha, la cual tenían que transportar sus mujeres.

Estas ofrendas eran el efecto de una necesidad inmediata y no sabemos si además tenían en cada casa sus ídolos particulares, como eran los lares entre los romanos a los cuales de vez en cuando se hacían también ofrendas.

No nos debe admirar que los indios adorasen sus mismos retratos en figuras de oro, pues según la creencia de algunas naciones, tenían en su mano el hacer dioses de los otros hombres, sus convivientes. Esta no era en realidad la creencia de los chibchas, pero sí la de otros pueblos comarcanos, y no hay duda que la religión de los unos se contaminaba con la de los otros. Los pijaos, por ejemplo, con los coyaimas y natagaimas, habitantes los unos de las sierras y los otros de los valles de Neiva, indios los más valientes que los españoles encontraron, tenían naciones cuyo dios era el hombre. Estos no adoraban el sol, la luna o ídolo alguno. Creían que el hombre que moría inocente se hacía dios y que protegía a aquel que le había hecho el beneficio de matarle, como también a su familia, mas no a otra, pues era patrón o dios muy especial. Para hacer del hombre un dios era necesario matarle con esa intención y expreso objeto. No podían para ello escoger un enemigo o alguno perteneciente a pueblo contrario, ni uno de su mismo pueblo; era una guerra de amigos, y así satisfacían su creencia con la sangre de caminantes, de mujeres y niños. Otros, como los laches, habitantes de la provincia de Tunja adoraban las piedras, pues creían que los hombres se convertían en piedras y que un día volverían a ser hombres. Asimismo adoraban su sombra, de modo que habiendo sol, siempre llevaban a sus dioses consigo, teniéndola en gran veneración, pues la consideraban como dádiva del más grande de sus dioses, del sol. No solo era la veneración de seres humanos peculiar a los antiguos neogranadinos; los peruanos también participaban de la misma creencia. En primer lugar, los incas, renombrados señores de estos pueblos, gozaban de adoración general de parte de sus vasallos y a sus cenizas se ofrecían dádivas y sacrificios. Según algunos historiadores, cuando Gonzalo Pizarro mandó desenterrar y quemar el cuerpo del inca Niracocha en Haquijahuana, los indios recogieron sus cenizas con profundo respeto y adoración, en una tinajuela de oro, en la cual las conservaban, haciéndoles grandísimas ofrendas. En algunas provincias adoraban los peruanos también a sus héroes y Tschudi opina que este culto tuvo su origen antes de que los incas conquistasen aquellas comarcas. Tenían además otros dioses de familia que llamaban |mallquis o |mamos, los cuales no eran otra cosa que las momias o esqueletos de sus antepasados depositados en tumbas |(machays), dispuestas de tal manera que con facilidad podían verlos y hacerles ofrendas.

Los japoneses también adoran los hombres que han vivido virtuosamente. Los antiguos romanos tenían entre sus dioses privados a Lares y Antino, un bello joven que se ahogó en un viaje a Egipto, en el Nilo. Su amigo, el emperador Adriano, le erigió un templo, mandó se hiciese anualmente una fiesta a su memoria, y puso su imagen entre las constelaciones. Por último, aún en nuestros días, tenemos los santos de la creencia católico-romana, que si no son objetos de adoración, al menos se les dirigen súplicas y son intercesores con el Ser Supremo.

Vemos pues en otras creencias, entre otros pueblos, la veneración del hombre, al cual en su representación material o en sí mismo adoraban los antiguos neogranadinos.

I   |J. P. Hamilton. Travels through the interior provinces of Colombia. London 1827. 2 vols. octavo.

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