CAPITULO VI
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|LA ESCULTURA E
|N
AMERICA
Dos pueblos hemos ya conocido por sus usos y costumbres, hemos
recorrido su historia y delineado tan bien como nos era posible el
estado de adelanto o atraso intelectual y material. De estos
pueblos pues, es que tenemos que juzgar las obras artísticas. Sin
embargo para tener lugar de comparación y extender también nuestra
vista, haré preceder una corta noticia de la escultura en
América.
A viajeros tanto como a escritores ha causado admiración la
escultura indiana, cambiado sus ideas y tal vez producido un
sentimiento más de apego, una mirada compasiva hacia los artistas
que un día ejercitaban sus talentos, en los restos que nos quedan.
Aún en las naciones más cultas ha sido dificilísimo hacer una
historia de la escultura entre ellas; nosotros por ahora tenemos
que dispensarnos de este trabajo, pues la falta que sentimos, no
comprendiendo bien los quipus peruanos (nepohualtzitzin de los
mejicanos), los jeroglíficos de estos, y varios otros documentos
antiguos, es del todo imposible hacer apuntes históricos.
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Los
primeros moradores de América nos han sido conocidos con sus obras
y ellos mismos tal vez no tenían ni noticia del origen de sus artes
ni de su adelanto progresivo.
Entre casi todas las naciones de los indios primitivos, se
descubre un gusto, un estilo particular; este es el de obras
minuciosas y complicadas, tanto en sí mismas como en sus adornos.
Entre las pinturas mejicanas, encontramos muchas muy análogas a las
de los hindos; la diosa Siva de estos, se ve casi exactamente entre
las pinturas mejicanas, no así con la escultura, en la cual
difieren aún más las dos naciones. La paciencia con que debían
labrar las piedras, de que hacían labores complicadísimas y
grandes, teniendo muy malos utensilios, da una idea de estadío y
firmeza del carácter de los indios, que honraría a todo
artista.
De las naciones americanas debemos considerar la mejicana la
escultora por excelencia, a juzgar por las obras que aún tenemos
ocasión de ver. En tierra cocida, en piedras duras, en aderezos y
en grandes estatuas tenemos ejemplos del escultor mejicano. Los más
bellos restos artísticos de mano indiana son los de Yucatán y de
otras partes de Méjico y de Nicaragua. La gran piedra sobre la cual
hacían sus sacrificios los mejicanos, que antes estaba en la
catedral, ahora creo en el museo de la misma ciudad, es una obra
célebre en el mundo. Tiene veinticinco pies de circunferencia, en
el centro una cabeza, en relieve, y está rodeada por veinte grupos
de dos figuras cada uno. Como otro ejemplo citaremos el ídolo o
diosa Teoyamiqui, obra hecha de una sola pieza de basalto, de forma
terrible, como otra Medusa, llena de culebras y compuesta de partes
de diversos animales y de dimensiones colosales. Según Ampére está
compuesta esta estatua en general de dos figuras o deidades,
Teoyaotlatohua y Teoyamiqui y pertenece a las obras de más mérito
que hoy se encuentran en el museo de Méjico. El señor Stephens en
sus excelentes obras sobre el Yucatán ha mostrado cuán rica es esta
parte en grandiosos restos del imperio azteca, y las láminas que
las acompañan son el criterio más cierto de lo adelantado del arte
entre estos pueblos. Muchas obras y ciento de mérito podía citar
aquí, en las cuales los mejicanos han desplegado sus talentos, pero
una revista tan sucinta como la que me propongo no lo permite. Los
estudios arqueológicos han sido últimamente llevados a las
repúblicas de Centroamérica y el señor Squier con la maestría que
ya había mostrado en sus obras sobre las antigüedades de algunas
partes de los Estados Unidos, ha descrito las de Nicaragua en la
historia de su viaje. El estilo de estas obras es en general muy
parecido al yucateco y tal vez pertenecen a la misma época en que
la escultura floreció en estas partes de América. Si además notamos
las obras tan varias que se han encontrado hechas de barro o tierra
cocida, tendremos un sinnúmero de pruebas de lo muy adelantados que
estaban los mejicanos en el arte plástico, pues no solo se
restringían a hacer vasos y utensilios económicos, sino que también
hacían figuras humanas, estatuas e ídolos, flautas con dos, tres o
cuatro agujeros y otros instrumentos de música, cabezas de pipas
(churumbelas) con grotescas figuras de pájaros, sapos, etc., las
cuales muestran tanto su buen humor como su ingenuidad.
En el Perú no era el arte de la escultura menos conocido ni sus
habitantes le hacían menor honor. Ellos sin embargo toman el primer
lugar entre las naciones americanas por su arquitectura. Los
grandiosos edificios y excelentes calzadas que fueron construídas
en el tiempo de los incas son aun admiradas por todos y solo
encuentran un rival en Méjico, pues la «casa del gobernador» que
Stephens describió, merece toda la alabanza que al sólido mérito
artístico se debe. Las labores en tierra cocida que poseemos de
esta nación pertenecen a los más exquisitos de América. Sobre todo
eran los peruanos diestrísimos en labrar el oro y los artistas eran
mucho más adelantados que aquellos de entre los chibchas, pues la
rotundidad de sus formas, ligereza en el movimiento, acierto en la
posición y proporción de sus partes y así la verdadera forma
natural que ellos se esforzaban en representar con el dócil metal,
están muy fuera del alcance de los ídolos neogranadinos que
representa la lámina
I.
Las varias figuras con que el señor d'Orbigny hizo acompañar su
obra, restos de la escultura boliviana y lo mismo el señor Gay
respecto a Chile, bien nos muestran que estos países tampoco
carecían de buenos artistas americanos. Por fin, los primeros
moradores de la Nueva Granada si no descollaban, al menos no
carecían de muy regulares artistas. Una cabeza labrada en piedra
dura, cuarzo verde, transitorio al
|hornstein, y traída por
el sabio Humboldt de su viaje en la Nueva Granada, es la única obra
de escultura que hasta ahora se haya hecho pública, pues él la hizo
grabar en su bellísima obra «Vues des Cordilléres» (Plan. 66).
Según el dibujo esta obra es muy regular en sus proporciones,
expresión y ejecución. El aderezo de la cabeza es de notarse
especialmente pues que es de un estilo verdaderamente agradable.
Otra pequeña obrita, muy sencilla pero regular en sus proporciones
también de una piedra verdusca, al parecer chisto de talco
|(talkschiefer), tengo al presente (vid. lám. IV, fig. 4 y 5) y solo serviría
de aderezo pues no es otra cosa que dos conos unidos por su base,
pero tan redonda, pulida y regular como el mejor tornero podía
hacer; la piedra es a la verdad bastante blanda pues se puede
cortar fácilmente con una cuchílla. De notarse son los agujeros que
se encuentran tanto en la cabeza descrita por Humboldt como en esta
pequeña figurilla, de una pulgada de extremo a extremo. Su uso en
esta última es algo claro, pues debían servir para un hilo al cual
la colgarían del cuerpo, pero en la otra, si no fuesen hechos con
el mismo objeto no sabemos con cuál.
De las obras en tierra cocida tenemos muchos restos de los
artistas neogranadinos y aun se encuentran en cantidad
considerable.
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De los chibchas sé yo de bellas
sillas de barro, de instrumentos de música, que hoy en día
arqueófilos neogranadinos y algunos museos poseen y varios otros
restos de su habilidad, pero cuya descripción, ya que no puedo
representarlos en dibujo, omito por no hacerme confuso. Los
arhuacos, habitantes de la sierra de Santa Marta, eran también
expertos en el arte, pues nuestro compatriota Acosta bien lo
muestra en las láminas tercera y cuarta de su excelente obra sobre
el descubrimiento de la Nueva Granada. Sin embargo las caras de las
figuras en el adoratorio (lám. IV) tienen un carácter tan chinesco u
oriental que parece no fue muy exacto en su ejecución el grabador,
siendo la expresión totalmente extraña, a toda cara u obra de los
indios. En fin, los chibchas eran, así como otros habitantes de la
Nueva Granada, muy regulares plateros, de lo cual sin embargo trato
más adelante.
Labraban la madera muy bien, pues Cieza de León nos refiere de
las muchas estatuas, hechas de ella, que por todas partes se
encontraban en el valle del Cauca del tamaño natural y aun una con
los brazos abiertos, es decir, ya apartándose, en lo libre de su
posición, de las primitivas columnas estatuarias que así como entre
los griegos al principio del arte, hasta el tiempo del famoso
artista Dédalo, así también se usó entre los habitantes de América.
El señor Rivero descubrió una clava o maza en Tunga (cerca de
Pasto) en la Nueva Granada, que según él, es exactamente como las
mazas que usan los habitantes de la Nueva Zelandia y otras islas
del Pacífico (véase lam. 33 de las Antig. Peruanas) y la madera es
chonta
|(Guilielma speciosa o
|Martinezia ciliata) y
muy dura.
He visto yo además un canalete labrado en Cartagena, en la
posesión del señor Degenhardt, que muestra en su forma como en sus
adornos un gusto muy refinado y que los habitantes han usado
instrumentos muy pequeños y muy cortantes. Es posible que este
canalete date desde poco después de la conquista, cuando los indios
pudieron obtener algún instrumento de hierro, pero la falta de
autenticidad de su verdadero origen en cuanto al tiempo, ha sido la
causa de no dibujarlo.
Es probable que los primeros habitantes de la Nueva Granada
hayan usado otros instrumentos cortantes que los hechos de piedra,
para ejecutar sus labores. Como hemos visto hay una, aunque débil
conjetura, de que los indios de Norteamérica conociesen el hierro;
los mejicanos, según Humboldt, sin duda lo conocían aunque no su
uso; en el Perú, como ciertamente en el norte, se servían del
cobre, pues se ha encontrado un escoplo de este metal y del mismo
hay muchas lanzas y otros instrumentos en el museo de Lima y
algunos de ellos están dibujados en el atlas de las Antigüedades
Peruanas. De los chibchas y neogranadinos en general no podemos
hacer aserción ninguna hasta el presente, pero sí tenemos razón de
sospechar que usaron otros instrumentos y de esperar que no estarán
aún mucho tiempo envueltos en la oscuridad que cubre los restos
arqueológicos de nuestra patria. Se ha supuesto que se servían de
una mezcla de cobre y estaño para labrar piedras duras. La
discusión de este punto, por no repetir, se verá en lo que
sigue.
Esta cortísima revista de la escultura en América nos da al
menos una idea, y esto solo es lo que me propongo, de lo que antes
de la conquista por los españoles se había hecho en América por
este arte. Bástenos, pues, esto, para entrar a considerar las obras
que en las láminas que acompañan esta memoria se encuentran
dibujadas y sea también un término de comparación que nos haga
asignar el lugar que es debido a la escultura neogranadina entre la
de las otras partes de América.