CAPITULO V
ETNOLOGIA DE LOS
ARMAS
Algunas pocas noticias añadiré acerca de otra nación cuyos
restos artísticos representan las láminas III y IV.
La nación de que hablamos, el Arma, fue una de las muchas que
habitaban el valle del Cauca. Como no hubo tantos viajes a este
valle, al menos de los cuales se hayan escrito los acontecimientos,
ni los autores hayan estudiado con tanta pausa como era debido las
diversas naciones, tenemos que contentarnos con una descripción
mucho menos satisfactoria que la de los chibchas, pues los datos
que acerca de estos últimos poseemos, pertenecen a los mejores
retazos etnológicos de América.
Las costumbres de todas las naciones que habitaban el valle del
Cauca eran tan parecidas, que bien podía reunirse en la de una gran
familia la descripción de todas las que habitaban el valle desde
Antioquia a Popayán. He preferido sin embargo, hacer la narración
de una sola, pues es la única de la cual doy restos artísticos,
reservando la ocasión para más felices días, en que no solo ésta,
sino todas las naciones primitivas de la Nueva Granada, contribuyan
con sus restos artísticos a formar un honroso monumento
arqueológico, y den ocasión a una obra más general. Conténtome al
presente con hacer conocer solo aquellas naciones cuyos restos
artísticos representan las láminas que acompañan esta memoria,
siguiendo con los armas.
La nación de los armas habitaba, como ya dije, en el valle del
Cauca, en la banda oriental del río, y al nordeste de Supía. Por su
territorio pasaba el río del mismo nombre, que aún hoy retiene: el
riachuelo Arma. La extensión de su provincia era diez leguas de
longitud, seis de latitud y como dieciocho de circuito,
calculándosele una población de veinte mil almas. Estos terrenos y
sus comarcanos son riquísimos en antigüedades. Como lo eran también
en oro, la mayor parte de éstas eran del mismo metal y han sido
fundidas; pocas de éstas y de las de loza han tenido aficionados de
gusto que las conservan. Solo la Sociedad Colombiana de Minas, ha
sacado desde 1826 inmensas cantidades de oro labrado, encontrado
por los habitantes en los sepulcros que frecuentísimamente se
descubrían.
La religión de esta nación no fue estudiada con el fundamento
debido y si los viejos manuscritos no se sacan a luz, quedará tal
vez siempre un secreto insoluble, pues hoy en día no están ya las
naciones en un estado normal y propio para sacar del estudio de
ellas, conclusiones muy exactas acerca de sus antepasados, habiendo
sido ya muy contaminadas de la civilización. Sin embargo, que
practicaban la idolatría es muy claro, pues en las casas de los
caciques se encontraban, bien hileras de ídolos, quince hasta
veinte en número, puestos a la entrada, o bien cuartos muy bien
aderezados con estos sus dioses. Los ídolos eran regularmente
hechos de madera, de figura humana, y con caras disformes hechas de
cera, sobre las calaveras de aquellos que habían muerto a sus
manos. Aunque los historiadores no mencionan los ídolos de oro, las
sepulturas que se han excavado han dado millones de éstos en forma
de diversas y bellas figurillas, que sin duda también servían para
ofrendas. Los habitantes de Anserma, comarcanos de los armas,
tenían también en sus cercados tablas en las cuales esculpían
figuras humanas o de animales, las cuales adoraban y a quienes
rogaban cuando lluvia o sol les hacía falta. Eran pues los dioses
de la agricultura.
Algunos pueblos, se supone, creían en la resurrección de los
muertos en diferente forma, la creencia de los budistas o
lamaístas, pero esto parece más bien conjetura que un hecho
histórico.
Los armas tenían sus sacerdotes, por medio de los cuales hacían
sus sacrificios y quienes, como entre los chibchas, eran los
intérpretes entre los dioses y ofrendantes. Aunque no se tiene
noticia de habérseles hallado otro adoratorio que los cuartos de
los caciques, me parece muy probable que también los tuviesen
separados, puesto que vivían en tribus o pueblos estables y
arreglados; pero sabiendo la avidez que los españoles tenían por el
oro, supieron ocultárselos. Tenían incensarios de barro, en los
cuales quemaban delante de sus ídolos, una mezcla de unas pequeñas
y menudas yerbas y resinas olorosas. Las ofrendas consistían en oro
y en los corazones de los prisioneros que en sus guerras prendían,
los cuales morían víctimas a su idolatría y poco después eran
comidos sus cuerpos por los ofrendantes. Sacrificaban también a sus
enemigos en altos tablados, a cuyo rededor había un cercado de
gruesas guaduas. Subían por una escalera y a muchos los colgaban
con gruesas cuerdas de fique.
El gobierno del cacique era despótico; éste juzgaba, imponía
penas y era capitán de sus vasallos en las guerras. Estos a su
turno tenían que labrarle sus campos y lavarle ciertas cantidades
de oro con las cuales él hacía sus cambios con las naciones
comarcanas. El cacique tenía muchas mujeres, una de las cuales sin
embargo, era tenida por la principal. Muerto el cacique, envolvían
su cuerpo en las más ricas mantas que tenían, ligándole luego con
largas cabuyas a las cuales ataban varios aderezos y figurillas de
oro, exactamente, parece, como lo hacían los peruanos, según
descripción y láminas de la excelente obra de Rivero, y Tschudi; y
también los habitantes de Tunja, cuyas momias no ha muchos años se
encontraron, pero que según nuestro ilustre compatriota Acosta se
lamenta, también en pocos años desaparecerán
|.
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Entre los tauyas,
también habitantes del valle del Cauca, ponían el cuerpo en una
hamaca y haciendo fuego alrededor, lo secaban perfectamente,
envolviéndolo luego en mantas para preservarle por algunos años en
la casa de sus deudos, antes de darle sepultura. Esta era, bien en
la misma casa, o en las cimas de altos cerros o colinas elevadas a
donde hacían grandes bóvedas bien enlosadas. El día del entierro se
juntaban sus deudos y parientes a presenciar la ceremonia y
contribuír a ella con sus pésames, lloros, lamentos y embriaguez.
Enterraban al cacique con sus armas, joyas, plumaje, oro,
comestibles y chicha, de la cual todos participaban en alto grado.
Además enterraban con él a sus mujeres más queridas y algunos
sirvientes que para la ceremonia preparaban y ponían beodos. Estos
debían acompañarle en su resurrección. El fin de esta ceremonia,
como entre muchas otras naciones, era la perfecta embriaguez, con
la cual parece querían deshacerse del dolor que la muerte les
causaba, o solo servía de un pretexto para dar lugar a su apetito,
convirtiendo un entierro doloroso en una fiesta de alegría. En el
cacicazgo heredaban al padre sus hijos, pero a falta de ellos lo
hacían los sobrinos hijos de la hermana y no del hermano.
Por lo general eran estos indios de pequeña estatura y el bello
sexo no poseía aquellos atractivos exteriores que, sí no comunes,
al menos no faltaban en otras naciones, a lo cual contribuía mucho
su poca limpieza. En las narices como en las orejas traían dos
botoncillos de oro o un clavo con dos cabezas; los de Cali traían
en su lugar un alambre de oro, retorcido en forma de tornillo y
llamado
|curicuris
(fig. 6, lám. IV), regularmente en las
narices, pero aun también en las orejas. En el cuello usaban bellas
gargantillas de oro y además otros aderezos del mismo metal en el
resto del cuerpo. Andaban casi desnudos, pues solo tenían una
pequeña manta de un palmo de ancho y palmo y medio de largo que les
cubría del vientre a los muslos; llamábase
|maure, y era
sustituída algunas veces por un gran caracol de oro. En algunos
pueblos usaban una manta larga los hombres y las mujeres un
faldellín, pero generalmente este era el vestido más bien de los
caciques y personas distinguidas que del común del pueblo.
Eran los armas grandes comerciantes de sal, que de fuentes
salobres sacaban, evaporando el agua de estas en grandes tinajas de
barro. En muchas partes conducían el agua de las fuentes en tubos
de guadua, al lugar donde se evaporaba. El artefacto era en general
excelente sal blanca, pero muchas veces, debido a la original
impureza del agua, era la sal negra y de mal sabor. Eran peritos en
el laboreo del oro y los restos artísticos que tenemos en tierra
cocida no los deshonran. Hacían sus maures y vestidos de cortezas
de palo (vid. Nota 10), pero también hilaban y tejían bien el
algodón. Uno de los pendones de huso, hecho de barro, he dibujado y
se ve en las fig. 3 y 4,
lám. II. También eran agricultores y aquí la generosa
naturaleza premiaba más que abundantemente sus pocos esfuerzos. Los
valles parecían a los españoles jardines o huertas, tan bellamente
sembrados estaban de todas clases de frutas y raíces de que ellos
se servían para su manutención. Sus alimentos eran, carne humana,
pescado, que solo a palos mataban en los ríos, que brotaban de
llenos, maíz, yuca, que sabían cocinar muy bien, palmitos y luego
todas las deliciosas frutas con que la prodigiosa vegetación
tropical los regalaba.
Vivían unidos, en pequeños pueblos edificados en los valles o en
las planicies de las colinas. Sus casas eran grandes, redondas y
bien fortificadas por medio de cercados de gruesas guaduas que las
rodeaban y que para plantarlas allí, arrancaban estos moradores de
raíz. Sus paredes eran hechas de grandes vigas, puestas
perpendicularmente y la armazón terminaba en la parte superior en
un arco bajo, sobre el cual edificaban el cobertizo o tejado, de
paja. Dentro de la casa tenían varios aposentos bien esterados, y
tantos, que hasta veinte vivían en una misma casa. El lujo no les
faltaba pues los españoles conquistadores vieron muy ricos vasos de
oro, algunos que contenían dos azumbres de agua, que usaban para
beber su chicha. Además ha pocos años se descubrió una canastilla
de tierra cocida, grande y de una forma que causaba admiración y
daba idea del buen gusto del autor. En algunas casas había también
un cercado de guaduas secas, con puntas, en las cuales blanqueaban
las calaveras de aquellos que habían sido presas de sus enemigos y
víctimas de su antropofagia.
El carácter de los armas era muy recio e indomable y preferían
morir a manos de otros indios enemigos y ser devorados por ellos o
darse la muerte a sí mismos, ahorcándose, que entregarse a los
españoles, quienes varias veces presenciaron, bien a su pesar,
estos dos actos que probaban o su terror o aborrecimiento.
Para ir a la guerra se ponían coronas de oro, y patenas del
mismo metal en el pecho, bellísimas plumas y mil otros aderezos de
oro, de suerte que se decía que «iban vestidos de oro de pies a
cabeza». Iban muy bien armados -y de aquí el nombre, armas-,
llevaban bocinas o trompetas, banderas, dardos, flechas, lanzas y
macanas y sin duda hondas también. Su música era de tambores,
flautas y otros instrumentos peculiares a ellos. Las banderas eran
hechas de una pequeña manta de algodón, puesta en un asta y tanto
esta como aquella adornada con pedazos de oro como estrellitas y
muchas de gran valor, como la que Jorge Robledo, conquistador de
estas naciones, recibió de regalo. Eran valientes y atrevidos, y
los prisioneros que cogían eran víctimas de diversos modos. A
algunos les sacaban el corazón delante de sus ídolos y comíanselos
después, a otros los colgaban con fuertes cabuyas de sus altos
tablados. Estas cabuyas eran criznejas muy largas y fuertes. Otros,
por fin, eran llevados a los pueblos, allí encerrados y cuando
estaban gordos hacían un suntuoso manjar para satisfacer el voraz
apetito de sus señores. En un pueblo comarcano había una gran casa
en la cual se encontraban las cutis de estos miserables cautivos,
tanto hombres como mujeres, llenas de ceniza, y bien preservadas,
las caras hechas de cera y todas estas momias paradas formaban una
gran colección, el orgullo del cacique.
En sus festines tenían usos parecidos a los de los chibchas, su
fin era emborracharse con chicha, cantando en intervalos sus
canciones patrióticas, en las cuales notaban y lamentaban sus
necesidades presentes y exaltaban los hechos de sus pasados.
Como ya se ha notado, estos indios y sus comarcanos eran
antropófagos en exceso. No solo se comían a sus prisioneros sino
que también sus propios hijos eran víctimas de esta infernal
costumbre. Los caciques de Nore hacían prisioneras las mujeres de
pueblos enemigos y vivían con ellas como con sus propias esposas.
Los hijos que de ellas tenían era su manjar delicioso. Otros
caciques hacían que los prisioneros viviesen con sus mujeres o
parientas para que produjesen pasto a su insaciable hambre; por
último estos genitores una vez impotentes, seguían el mismo hado
que sus desgraciados hijos. Así pues vivían en la más horrorosa
barbarie estos primeros habitantes del hermoso valle del Cauca,
cuyas riquezas son incalculables, cuyos hijos hoy en día
industriosos y cuyo futuro sin duda será brillante en la historia
neogranadina.
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Pedro Cieza de León. Crónica del
Perú. Part.1. Cap. XVII y sig.
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