INDICE

|CAPITULO II
 
CONTINUACION DEL ANTERIOR

El más antiguo zipa de que se tiene noticia fue Saguanmachica, que se calcula comenzó a reinar en 1470 de nuestra era. Este sujetó a los sutagaos, venciendo en batalla campal a su jefe Usathama, que auxiliado por el cacique Tibacui, se presentó a defender el valle de Fusagasugá cerca de Pasca, en el principio de las tierras limpias. La resistencia de los sutagaos fue insignificante desde que se vieron atacados por dos puntos, y herido Tibacui, el cual aconsejó a Usathama se sometiera al zipa para evitar la devastación de sus estados, después de la derrota. Saguanmachica bajó con su ejército por el páramo y monte de Fusungá a Pasca, que era entonces el camino más trillado para el valle del Magdalena, recorrió los campos amenos del valle de Fusagasugá y volvió a la planicie de Bogotá por la montaña de Subaya por sendas difíciles y trabajosas que lo detuvieron algunos días.

Envanecido con esta ventaja el zipa se preparó a extender sus dominios al oriente y al norte, tuvo varios combates con el cacique |Ebaque (sangre de madero), hoy Ubaque, al cual obedecían todos los pueblos del valle de Cáqueza, desde Une hasta las fronteras del Guatavita. Luego siguió hacia Chocontá, en donde lo esperaba Michua, zaque de Hunsa, con su numerosa hueste. El combate fue tan reñido que murieron ambos jefes y se separaron los dos ejércitos a celebrar los funerales con prolongadas borracheras, pues tal era siempre el término de los duelos como de los regocijos. Mientras más sobria y regular era esta raza en las circunstancias ordinarias de la vida, más disipada y extravagante se mostraba en las ocasiones en que sus ritos y religión les permitían la relajación.

A Saguanmachica, que reinó veinte años, sucedió |Nemequene (hueso de león), que se propuso continuar la obra de su antecesor, y así envió a su sobrino y heredero Thisquezuza á castigar a los sutagaos, que se habían rebelado, para lo cual se hizo un ancho camino por la montaña de Subia, del cual se han conservado vestigios por muchos años.

Para sujetar al cacique |Guatavita (remate de sierra) se valió Nemequene no solo de la fuerza, sino también de la astucia, y aprovechándose de un mandato del Guatavita que prescribía que ninguno de sus vasallos, celebrados por su industria y habilidad en labrar el oro en joyas y diversas figuras, se ausentara para país vecino sin que el cacique de este le enviara dos reemplazantes que le sirvieran y pagaran los tributos, llenó el pueblo de sus confidentes el zipa, ganó luego con dádivas y promesas al cacique Guasca, y una noche acercándose silenciosamente por las alturas vecinas, a la señal dada con cierto número de candeladas sorprendieron los bogotaes al cacique descuidado, y le mataron con sus mejores soldados, acometiendo al mismo tiempo las tropas de Nemequene por el exterior, con lo que quedó definitivamente agregado Guatavita a los dominios del zipa.

La provincia de Guatavita era una de las más fértiles y ricas de la Nueva Granada, ninguna le aventajaba entonces en gente ni en poblaciones. Dilatábase hasta las fronteras del Turmequé, y era su cacique tan poderoso que todos los pueblos situados alrededor del sitio de su corte le rendían homenaje, como eran las tierras que ocupaban los quecas y tocancipaes, las dos famosas ciudades de Suesca y Chocontá también inclusas. Dominaba además las tierras de los gachetaes, confinantes con los teguas de los llanos, y separados del Guatavita por una montaña que se interpone.

Sometido Guatavíta dirigió sus armas Nemequene contra el Ubaque, que dominaba todo el valle templado y desigual situado detrás de las montañas al oriente de Bogotá, que hoy decimos de Cáqueza. En su conquista gastó algunos meses, por la dificultad de apoderarse con gente del llano de las fuertes posiciones que por dondequiera ofrece aquel áspero terreno.

Pasó luego a Zipaquirá y se preparó a entrar en el territorio de |Ebaté (sangre derramada), así llamado por sangrientos combates de que se conservaba la tradición en el país. Aunque este cacique era el más poderoso, no dominaba ni en |Susa (paja blanca) ni en |Simijaca (pico de lechuza). Los jefes de estos pueblos juntaron sus fuerzas con las del Ebaté (hoy Ubaté), y se prepararon a defenderse en una garganta estrecha que hace la cordillera en su descenso al valle, que hoy se llama Boquerón de Tausa, posición fácil de sostener, si aquellos tres jefes hubieran podido ponerse de acuerdo, pero que fue tomada por los bogotaes a consecuencia de su discordia. Estos no hallaron después obstáculo alguno de consideración y sujetaron todos aquellos pueblos hasta Savoyá.

Creyendo el zipa que ya podía vengar agravios antiguos, se resolvió a marchar sobre Hunsa o Tunja con más de cuarenta mil hombres. El zaque, auxiliado por el de Suamos, salió a encontrarle hasta las inmediaciones de Chocontá, y dicen los cronistas que le propuso librar a un combate singular el suceso, sin derramar la sangre de sus súbditos, lo que sus oficiales no quisieron permitir que el zipa aceptase, haciéndole creer que era contrario a su dignidad medirse con un personaje tan inferior. Trabóse pues una reñida batalla cerca del arroyo de Las Vueltas que duró un día entero. Los combatientes eran cien mil por ambos lados, y aunque las armas no eran del mejor temple, pues se reducían a macanas, dardos, tiradoras de carrizo y hondas, no dejó por esto de ser sangrienta. El zipa gravemente herido fue sacado por sus súbditos del campo de batalla, quedando Hunsa victorioso, pero sin deseos de emplearse en la persecución, lo que raramente hacían estos indígenas por entregarse a los regocijos y borracheras que seguían a la victoria. Nemequene trasladado en sus andas con extraordinaria rapidez, por el número considerable de cargueros que se remudaban a cortas distancias, expiró al quinto día de llegado a Muequetá dejando por sucesor a Thisquezuza, que fue el que hallaron los españoles mandando en el país. Thisquezuza después de rehacer sus tropas sujetó a los caciques de Cucunubá, Tibirita y Garagoa, y aun estaba a punto de venir a las manos con el zaque de Hunsa sin la intervención de Nompaneme de Suamos, que les hizo concluír una tregua de veinte lunas, valiéndose de la influencia religiosa.

Tal es en resumen la serie de los sucesos del medio siglo que precedió a la entrada de los españoles y sobre los cuales sin embargo la tradición es confusa y dudosa. No así respecto de su mitología, usos y costumbres, en cuyo apoyo se encuentra el testimonio constante de diferentes autores que no pudieron copiarse. Sin embargo, antes de pasar revista sumaria a lo que se nos ha transmitido respecto de los usos, costumbres, ritos, etc., de los chibchas, debo decir algo de los dos jefes principales que dominaban en el norte, y al primero de los cuales, el zaque de Hunsa, según creen algunos, estuvo en otro tiempo sujeto todo el territorio chibcha, cuando para evitar las guerras intestinas nombró el pontífice de Iraca, que era venerado de todos, a Hunsahua por jefe superior, a quien sucedieron sus descendientes hasta Thomagata, gran hechicero, conocido con el nombre de cacique rabón porque arrastraba cierta cola bajo los vestidos y decía que tenía poder para convertir los hombres en animales. Thomagata no tuvo hijos y le sucedió un hermano llamado Tutasua. Poco a poco fueron perdiendo sus sucesores el dominio en el territorio del norte hasta verse amenazados bajo el último zaque Quemunchatocha de ser incorporados en las tierras del zipa de Bogotá. Al tiempo de la entrada de los españoles se extendía la jurisdicción de Hunsa o Tunja por el oriente hasta la cordillera; al occidente hasta Sáchica y Tinjacá, al sur a Turmequé y al norte el cacique de Tundama, que era independiente, y las tierras santas de Iraca o Sugamuxi (el desaparecido). Era este último jefe y sacerdote, elegido alternativamente de entre los naturales de los pueblos de Tobaza y Firavitoba, y por los cuatro caciques vecinos, Gámeza, Busbanza, Pesca y Toca, que así lo dejó establecido políticamente Nemterequeteba o Idacanzas, el instructor de los chibchas, a su muerte, la cual probablemente ocultó solo para dejar a su palabra una sanción religiosa, como en efecto se conservó por siglos, pues en cierta ocasión en que un cacique audaz de Firavitoba quiso usurpar el sacerdocio, fue abandonado por los suyos y pereció miserablemente sin conseguir su objeto, continuando la elección y la regla constitucional establecida por Idacanzas.

|Cielo de los chibchas y sus tradiciones mitológicas. - Al principio del mundo la luz estaba encerrada en una cosa grande que no saben describir, y que se llama Chiminigagua o el creador; lo primero que salió de allí fueron unas aves negras que volando por todo el mundo lanzaban por los picos un aire resplandeciente con que se iluminó la tierra. Después de Chiminigagua los seres más venerados eran el sol y la luna como su compañera. El mundo se pobló de la manera siguiente: poco después que amaneció el primer día, salió de la laguna de Iguaque a cuatro leguas al norte de Tunja una mujer hermosa llamada Bachué o Fuzachogua, | 3 que quiere decir mujer buena, con un niño de tres años. Bajaron luego a lo llano, en donde vivieron hasta que ya adulto el niño, casó con la Bachué, y en ellos comenzó el género humano, que se propagó con extraordinaria rapidez. | 4 Pasados muchos años, viendo la tierra poblada, volvieron a la misma laguna, y convirtiéndose en serpientes, desaparecieron en las aguas. Los chibchas veneraban a la Bachué y se veían estatuas de oro y de madera, representándola con el niño en diversas edades. Creían estos indígenas que las almas salen de los cuerpos de los que mueren y bajan al centro de la tierra por unos caminos y barrancas de tierra amarilla y negra, pasando primero un gran río en unas balsas fabricadas de telas de araña, por cuyo motivo no era permitido matar estos insectos. En el otro mundo tiene cada provincia sus términos y lugares señalados, en donde encuentran sus labranzas, porque la idea de ocio no estaba ligada en ellos con la de la bienaventuranza. Adoraban a Bochica como dios bienhechor, y a Chibchacum como dios encargado particularmente de la nación chibcha y con especialidad de ayudar a los labradores, mercaderes y plateros, porque el Bochica era también dios particular de los usaques y capitanes y de sus familias. Nencatacoa era el dios de los pintores de mantas y tejedores, y presidía a las borracheras y a las rastras de maderos que bajaban de los bosques. Lo representaban en figura de oso cubierto con una manta y arrastrando la cola. A este no le presentaban ofrendas de oro, cuentas, ni otros dijes como a los otros, porque decían que le bastaba hartarse de chicha con ellos. Este Baco chibcha era el dios de la torpeza, no le guardaban consideración alguna y decían que bailaba y cantaba con ellos. Llamábanle también Fo o zorra. El dios que tenía a su cargo los linderos de las sementeras y los puestos en las procesiones y fiestas se llamaba Chaquen, y le ofrecían las plumas y diademas con que se adornaban en los combates y en las fiestas. La diosa Bachué, origen del género humano, tenía también a su cargo las sementeras de legumbres, y quemaban en su honor moque y otras resinas.

Adoraban también el arco iris, bajo el nombre de Cuchavira, y era especialidad para los enfermos de calentura. Solían invocarle las mujeres de parto. Las ofrendas que le hacían eran esmeraldillas pequeñas, granitos de oro bajo, y cuentas de colores que venían desde el mar por cambios. Este culto se fundaba sobre la tradición más general que hallaron los españoles, tradición vulgar hoy en la Nueva Granada. Indignado Chibchacum, decían los indígenas, a causa de los excesos de los habitantes de la planicie de Bogotá, resolvió castigarlos, anegando sus tierras, para lo cual lanzó repentinamente sobre la llanura los dos ríos Sopó y Tibitó, afluentes principales del Funza, que antes corrían hacia otras regiones, los cuales la transformaron en un vasto lago. Refugiados los chibchas en las alturas, y en vísperas de perecer de hambre, dirigieron sus ruegos al Bochica, el cual se apareció una tarde al ponerse el sol en lo alto de un arco iris, convocó a la nación y les ofreció remediar sus males, no suprimiendo los ríos que podrían serles útiles en tiempos secos para regar sus tierras, sino dándoles salida. Arrojando entonces la vara de oro que tenía en las manos, abrió esta, la brecha suficiente en las rocas de Tequendama, por donde se precipitaron las aguas, dejando la llanura enjuta y más fértil con el limo acumulado. | 5 Ni se limitó a esto el justiciero Bochica, sino que para castigar a Chibchacum de haber afligido a los hombres, le obligó a cargar la tierra, que antes estaba sostenida por firmes estantillos de guayacán. Desgraciadamente esta medida no ha dejado de traer sus inconvenientes, pues desde entonces suele haber grandes terremotos, los que explican los indios diciendo que provienen de que cansado Chibchacum traslada la carga de un hombro a otro, y según el mayor o menor cuidado con que lo verifica los vaivenes son más o menos fuertes. Todo hace creer hoy que en la serie de los tiempos la cordillera de los Andes es una de las últimas protuberancias que se han formado en nuestro planeta, y al mismo tiempo en pocas tradiciones se halla tan transparente la explicación geológica de un cataclismo, como en la de los chibchas.

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