CAPITULO III
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1. Aparécese el demonio en figura de
la cacica, para con firmarlos en sus supersticiones, y el modo que
tenían de hacerlas.
2. Echóse mucho oro en la laguna
cuando se supo la llegada de los españoles.
3. El desagüe que le hizo Antonio de
Sepúlveda, para sacar el oro, y en lo que paró.
1. No fue perezosa la fama en divulgar por toda la tierra este
supuesto así en lo que tuvo verdad, como en lo fabuloso y mentira,
como lo era el decirse estaba la cacica viva, después de haber
muerto en las aguas de la laguna; lo cual se creyó con la facilidad
que la verdad del caso. Porque el enemigo de ella disponía los
ánimos a que se persuadiese a ello: con que también lo quedaron de
ser verdad lo que ya les tenía introducido, de que después de
muertos, había otra vida, donde comían y bebían, y eran servidos de
sus criados como en esta. Por donde se venían a perder más temprano
tantas almas, como eran las de aquellos criados y criadas que
enterraban consigo vivos, los caciques y señores, demás de sus
comidas y bebidas, armas, vestidos y telas, con que se hacen otros
en rompiéndose aquellos con que los enterraban. Luego comenzaron a
tomar fuerza los sacrificios que se hacían en la laguna, yendo con
ellos allí en todas las necesidades, pareciéndoles a los vasallos
de Guatabita, que pues estaba allí viva su cacica, se las
remediaría; y lo mismo hacían los que no lo eran, a quien había
llegado esta fama, que fue por largas tierras, viniendo de todas
con sus oblaciones a la laguna. Y así había muchas carreras o
caminos anchos, que estos indios usaban para ir a sus santuarios,
que llegaban a la laguna, y cada pueblo tenía y conocía el suyo,
que guiaba desde aquella parte por donde venían, como el de Tunja,
o Chocontá, Ubaté, Bogotá, etc. por donde entraban a echar sus
sacrificios, que venían hechos desde media legua antes de llegar a
la laguna, como los hallaron los españoles, y aun hoy se conocen, y
yo los he visto. Los sacrificios se hacen por medio de los xeques.
El demonio viendo lo bien que le había salido la traza, para
asegurarlos más en aquellas vanas supersticiones, se aparecía de
cuando en cuando sobre las aguas de la laguna, en figura, gesto y
talle de la cacica, desnuda de medio para arriba, y de allí para
abajo ceñida de una manta de algodón colorada; y diciendo algunas
cosas que habían de suceder de las que penden de las disposiciones
y causas naturales, que él también conoce, como que había de haber
secas, hambres, enfermedades, muertes de tal o tal cacique que
estaba enfermo; desaparecíase quedando los miserables persuadidos
en que la cacica era la poderosa para enviar o quitar por su mano
aquello que había hecho, y veían, que sucedía. Conque no perdonaban
el buen oro, joyas, esmeraldas, comidas, y otras cosas, que no
ofreciesen en sus necesidades, usando de esta ceremonia en el
ofrecimiento. Tomaban dos cuerdas, que pudiesen atravesar la laguna
por el medio, y cruzándolas de una parte a otra, en la cruz que
hacían, se venía a conocer el medio o centro de la laguna, a donde
iban los xeques y la persona que hacía el ofrecimiento, en unas
balsas, que son de haces de encas o espadañas secas, juntos atados
unos con otros, o de palos con que se hace un modo de barca, donde
pueden ir tres, cuatro o más personas, según son de anchas y
largas, con que también se pasan los ríos donde no hay puentes. Con
estas llegaban pues al medio de las aguas de la laguna; y allí con
ciertas palabras y ceremonias echaban en ellas las ofrendas,
menores o mayores, según para la necesidad que se hacía, y el
posible del que la hacía; viniendo a ser algunas de tanto valor,
como hemos dicho en el capítulo antes del pasado, número 2, hacía
el cacique de Guatabita, dorándose el cuerpo; por donde vino a
decir el indio de la ciudad de Quito, lo que dijo, y los españoles
a ponerle a esta provincia el nombre del Dorado.
2. Y porque concluyamos lo que hay que decir de esta laguna,
digo, que como este era su principal santuario y común de toda la
tierra; y aún hay quien diga haber visto entierro de algunos
caciques, mandando cuando morían echar en aquellas aguas sus
cuerpos con sus riquezas, cuando se fue divulgando que entraban
unos hombres barbudos, y buscaban con cuidado el oro entre los
indios, sacaron muchos el que tenían guardado, llevándolo, y
ofreciéndolo en la laguna, o rogando con aquel sacrificio que les
librase la cacica de aquellos hombres que entraban por sus tierras,
como de las plagas que les solían venir; o queriendo más tenerlo
ofrecido en su santuario que en sus casas, a peligro que lo
hubiesen a las manos los españoles. Hicieron esto algunos con tanta
cantidad de oro, que solo el cacique del pueblo de Simijaca echó en
la laguna cuarenta cargas, que llevaron cuarenta indios desde el
pueblo a la laguna, como se verificó de ellos mismos y del cacique,
sobrino y sucesor en el cacicazgo, al cual lo envió, que fue el que
iba con los indios que lo llevaban, y lanzó en la laguna, que
cuando menos serían cuarenta quintales de oro fino. Tomóse motivo
para averiguar esta verdad, de que el encomendero del pueblo, que
es el capitán Gonzalo de León Venero, persuadiendo al cacique que
se llamaba don Alonso, que le mostrara algunos santuarios, pues era
mejor servirse del oro, que tenerle en ellos sin provecho ofrecido
al demonio, le respondió el indio de amistad y con secreto, que sí
desaguaba la laguna de Guatabita, sacaría infinitas riquezas,
porque su tío solo había enviado con él las cargas de oro
referidas. De que se hizo averiguación ser así, y haber hecho otros
muchos lo mismo, unos con más, otros con menos.
3. De cuya fama movidos muchos de los soldados que descubrieron
la tierra, intentaron desaguar la laguna, como lo puso en ejecución
el capitán Lázaro Fonte, después que salió de las borrascas en que
se vio; aunque como no fue mucho el caudal con que lo intentó, no
pudieron ser las diligencias que era menester para conseguir el
efecto, con provecho. Y así con menos de esto que de gasto, dio de
mano a la labor; aunque no faltó quien la pasase adelante más de
propósito, por hallarse con más caudal y suficiente a su parecer
para hacer el desagüe, pareciéndole no poderlo emplear en cosa de
mayor ganancia que en la que esperaba sacar de la laguna. Y así
determinóse a esto un Antonio de Sepúlveda, mercader de esta ciudad
de Santafé. Pasó desde aquí en España por los años de 1580, donde
sacó del concejo una cédula con ciertas condiciones, para poder él,
y no otro, desaguar la laguna, y que se le diese de la real
audiencia todo el favor que fuese necesario, y los indios que
pidiese para la labor del desagüe. El cual se pasó a hacer luego
que fue de vuelta de España muy de propósito, haciendo casas junto
a la laguna, y un barco para ella, desde donde sondeaba la altura,
que se halló ser, por medio, de 25 brazas. Juntó luego muchos
indios gastadores, que tomando las zanjas desde la altura, que
pareció a los ingenieros bastaba, las iba siguiendo con mil
dificultades, que se ponían delante de grandes peñas. Con que se
comenzó a descubrir luego, ser la dificultad mayor que lo que se
entendía; aunque rompiendo por todo con grandes gastos de
herramientas y vino, por ser la tierra de fríos páramos, y no poder
los indios de otra suerte sufrir el trabajo, se fue llegando el
desmonte de los dos cerros, que tiene a los lados el desaguadero de
la laguna, a donde yendo cortando la una y la otra parte del cerro,
y apuntalando, o ademando con maderos muy gruesos, se comenzó a
abrir boca al desaguadero; de manera que ya iba vaciando más de lo
ordinario, y dejando descubrirse sus orillas, donde iban hallando
algunas joyas de oro de mil hechuras -chagualas, o patenas,
sierpezuelas, águilas, esmeraldas- que sacaban de entre la lama y
cieno que se iba descubriendo. Y la razón porque las hallaban, era,
porque no todos entraban a ofrecer al medio de la laguna, cuando
eran de poco precio los ofrecimientos, sino desde fuera del agua
las ofrecían por las orillas. Al fin, aquello poco que allí
hallaban, daba al Sepúlveda ánimo de pasar adelante con la
esperanza de sacar lo que gastaba, y mucho más, como fuera sin
duda, si su caudal hubiera sustentado la labor que fue menester:
porque a cada desagüe que iban dando, se hallaban mayores y más
ricas piezas de oro, y esmeraldas, y tal vez sacaron una como un
huevo, una mitra y báculo de obispo hecha de planchas de oro, y el
báculo aforrado de las mismas canoíllas y otras joyas; que fue todo
hasta en cantidad de cinco o seis mil ducados, que iban metiendo en
la caja real, por haber sido una de las condiciones con que se le
había dado la licencia, para que se partiese después de junto todo
lo que se sacase por mitad al mercader y la caja, habiéndole pagado
la costa, de la cual no había de poner el rey alguna. Al fin siendo
más la que hacía, que lo que podía su bolsa, sucedió que no
teniendo bien puntalados los cortes del desagüe, y sobreviniendo
muchas aguas del invierno, dieron abajo la una y la otra banda de
las barrancas, volviendo a cegar la salida del agua en tiempo que
ya no alcanzó el caudal del mercader a volver a limpiar la tierra.
Y así le fue forzoso dejar la ranchería y labor, e irse a morir a
un hospital, sin haberle quedado caudal para otra cosa, ni haber
habido después quién se atreva a tomar entre manos la empresa de
propósito.
Véase además sobre el desagüe de José Ignacio París el viaje de
Cochrane vol. II p. 193-208, y la vista del lago en las «Vues des
Cordilléres, etc. par Humboldt» pl. 60 de la edición en folio y 19
de la en 8vo.