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CAPITULO II
 

1. Descúbrese la laguna de Guatabita.

2. Ahógase la cacica en la laguna; y cuéntase la hechicería para sacarla con unas niñas que también se ahogaron.

3. Ofrendas, que se hacían en la laguna; adulterio de la cacica, y su castigo.

4. Segunda hechicería para sacar la niña: la sacan muerta, y la vuelven al agua.

1. Lo cual determinado por el demonio y obedecido por ellos, hacían estas ofrendas, no en cualesquiera aguas, sino en aquellas que parecía había alguna particular razón, por ser extraordinario su sitio, asiento o disposición, como en partes extraordinarias de ríos, como lo hacían en una parte peñascosa del de Boza, cuando pasa por cerca de un cerro que llaman del Tabaco, dos leguas media de esta ciudad de Santafé; en lagunas de sitios y puestos peregrinos, como se hacía en una que está cerca de este pozo del río, en la mitad de tierra que hay desde él al pueblo de Suacha. Llaman a este puesto Bochacio (o Bazazio). Pero entre todas estas partes el más frecuentado y famoso adoratorio fue la laguna que llaman de Guatabita, que está una legua poco más del pueblo así llamado, de quien ya dejamos dicho algo. Esta laguna tiene mil razones de las que los indios buscaban, y el demonio pedía para hacer en ella sus ofrecimientos. Porque está en la cumbre de unos muy altos cerros a la parte norte respecto del pueblo. Cáusese de unas fontezuelas o manantialejos, que salen de lo alto del cerro, que la sobrepuja, que marcarán por todos como un brazo de agua, que es la que de ordinario sale de la laguna, o poca más; aunque puede ser tenga otros manantiales dentro de agua, que aún no se ha podido saber por ser tan profunda: la cual no tiene de ancho en redondo, aunque un poco ovalada, más de un tiro largo de piedra. A la redonda subirá desde el agua otro tanto por lo más alto, porque no están parejas las cumbres, que la cercan. Algunos árboles bajos, como los consiente la frialdad del páramo donde está, cercan sus riberas de sus aguas claras, aunque no gustosas, por picar un poco en sabor de agua de bomba.

2. Aquí pues, como en lugar acomodado de los que el demonio pedía, se solían hacer algunos ofrecimientos con el modo que él les tenía ordenado; el cual se solía aparecer en las mismas aguas en figura de un dragoncillo, o culebra grande. Y en apareciendo le habían de ofrecer algún oro, o esmeraldas, para lo cual estaban con vigilancia los xeques aguardando en unas chozuelas a la vera del agua. Duraron estos ofrecimientos, que no eran muy en grueso, hasta que se aumentaron después con lo que sucedió a la mujer del cacique Guatabita. El que en tiempos muy atrasados, cuando todos los caciques gozaban libremente de su señorío, antes que el Bogotá tiránicamente los sujetase, era el más poderoso señor, que había en el reino de los moscas, reconociéndole superioridad muchos caciques sus convecinos, no por motivo de tiranía y servidumbre, como después sucedió con el Bogotá, sino por un respeto y reverencia, que le tenían como a mayor señor, y de mayor linaje, sangre, y prendas. Sucedió pues en aquella edad, que entre las mujeres que tenía, estaba una de tan buenas partes en sangre y hermosura, que así como en esta excedía a las demás, también les excedía en la estimación que hacía de ella el Guatabita. Lo cual no advirtiendo la cacica como debiera, hízole traición con un caballero de la corte, y no tan en secreto que no llegara a los oídos del marido; el cual puso tan buenas diligencias en haber a las manos el adúltero, que presto le cayó en ellas, y desde aquellas en aquel cruel tormento de muerte, que usaban en tales casos, como era empalarlos, habiéndoles primero hecho cortar las partes de la puridad, con las cuales quiso castigar a la mujer, sin darle otro castigo, que dárselas a comer guisadas en los comistrajes que ellos usaban, en una fiesta que se hizo, por ventura, solo para el propósito, en público, por serlo ya tanto el delito. De que fueron tan grandes los sentimientos de la mujer, que no hubieran sido mayores si hubiera pasado por la pena del agresor; a que se añadieron otros no menores, cantando el delito los indios en sus borracheras y corras, no solo en el cercado y casa del cacique, a la vista y oídos de la mujer, sino en los de todos sus vasallos, ordenándolo así el Guatabita, para escarmiento de las demás mujeres y castigo de la adúltera.

3. En la cual fueron creciendo todos los sentimientos de estas fiestas amargas para ella, que por huír de ellas, trató de huir de esta vida con desesperación, para entrar en mayores tormentos en la otra. Y así un día que halló la ocasión que deseaba, se salió del cercado y casas de su marido, a deshora y con el mayor secreto que pudo, sin llevar consigo más que una muchacha que llevaba cargada una hija que había parido poco hacía, de su marido el cacique, y caminando a la laguna, apenas hubo llegado, cuando por no ser sentida de los xeques, que estaban a la redonda en sus chozuelas, arrojó las niñas al agua, y ella tras ellas, donde se ahogaron, y fueron a pique sin poderlas remediar los mohanes que salieron de sus cabañas al golpe, que oyeron en el agua; aunque conocieron luego, por ser de día, quién era la que se había ahogado. Y así viendo que no tenía ya aquello remedio, partió uno de ellos a mayor correr, a dar aviso al cacique del desgraciado suceso; el cual partiendo al mismo paso para la laguna con ansias mortales, por no haberse persuadido que los sentimientos hubiesen traído a tal estado a su mujer que hiciese aquello, y por la desgracia de su hija, luego que llegó, y no las vio, por haberse ya sumido los cuerpos que pretendía sacar si estuviesen sobreaguados, mandó a uno, el mayor hechicero de los xeques, que hiciese cómo sacar a su mujer e hija de aquel lago. El xeque trató luego con sus vanas ceremonias y supersticiones de poner por obra lo que se le ordenaba. Para lo cual mandó luego encender lumbre a la lengua del agua, y poner en las brasas unos guijarros pelados, hasta que quedasen como las demás brasas. Y estándolo ya, y él desnudo, echólos en el agua, y él tras ellos, hasta que salió solo, como entró, diciendo que había hallado a la cacica viva, embuste que el demonio le puso en la imaginación, y que estaba en unas casas y cercado mejor que el que dejaba en Guatabita, y tenía el dragoncillo en las faldas, estando allí con tanto gusto, que aunque la había dicho de parte de su marido el que tendría en que saliese, y que ya no trataría más del caso pasado, no estaba de ese parecer; pues ya había hallado descanso de sus trabajos, a que no quería volver, pues él había sido causa de que le dejasen ella y su hija, a la cual criaría allí donde estaba, para que la tuviese compañía.

4. No se aquietó el cacique con el recado del xeque; así diciéndole que le sacara siquiera a su hija, se la hizo buscar otra vez. Con los mismos guijarros hechos ascuas repitió la ceremonia zambulléndose; y volviendo a salir, trajo el cuerpo de la niña muerta, y sacados los ojos, diciendo, se los había sacado el dragoncillo estando todavía en las faldas de la madre, para que no siendo la niña con ojos, ni alma de provecho para los hombres de esta vida, la volviesen a enviar a la otra con su madre, que la quedaba aguardando. A que accedió el cacique, por entender así lo ordenaba el dragoncillo, a quien él reverenciaba tanto; y así le mandó volver a echar el cuerpezuelo en la laguna, donde luego se hundió, quedando el Guatabita sin poder consolarse en nada, por lo mucho que quería a la hija y madre, no obstante lo que había usado con él.

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