APENDICE
TRES CAPITULOS DE LA
|TERCERA
NOTICIA
DE LA SEGUNDA
PARTE DE LAS NOTICIAS HISTORIALES DE TIERRA FIRME EN EL NUEVO REINO
DE GRANADA
POR
|PEDRO SIMON
CAPITULO I
|1. Las pérdidas y desgraciados fines, que han sucedido en las
jornadas que se han hecho en demanda del Dorado.
|
|I
2. Dáse noticia de donde tuvo
principio este nombre del Dorado, y cómo fue el nuevo reino.
3. Comiénzase a dar la razón y
fundamento que se tuvo, sobre que se fundó la primera noticia.
1. La ocasión a que hemos llegado con nuestra historia, nos la
da, para que sin pasar de aquí demos noticias de los principios que
tuvo este nombre en la provincia del Dorado, aunque dejamos ya
tocado algo de esto de paso en la Primera Parte, por haberlos
tenido de este reino Nuevo de Granada, y la verdad que hay en ello
ser hija legítima de esta historia, aunque el nombre se le puso en
la ciudad de San Francisco de Quito en los Reinos del Perú, desde
donde ha volado por tantas partes, que pienso hay pocas, aunque
sean remotas, no solo en este Nuevo Mundo, sino aun en todas las
otras partes de él, por donde no esté extendido este nombre y
noticias de las provincias del Dorado, que ha sido ocasión de dejar
a tantos no solo
|desdorados, sino perdido sus haciendas,
casas y vidas; no habiéndose perdonado nada de esto en los
descubrimientos que se han intentado de las tierras que publica
esta fama, fingiéndolas cada uno donde quiere y poniendo la proa de
sus diligencias para donde lo gobierna su pensamiento sin más luz
que unas ciegas relaciones, que algunos dan sin bastante
fundamento. Si bien es verdad, que todas las enderezan hacia el
corazón y entrañas de esta tierra firme, de quien solo están
habitadas de españoles todas sus riberas en redondo del mar de que
está cercada: porque lo está por una parte de el del Norte, por
otra, del mar de Etiopía, por otras del estrecho o canal de
Magallanes, y por la otra del mar del Sur; de hacia donde corre y
vacia en el mar del Norte por las bocas del Drago el famoso río
Orinoco: por cuyas feroces aguas suele meterse el ánimo y brío
español, como hemos dicho en nuestra primera parte, lo hizo don
Diego de Ordas, y don Pedro de Silva y otros muchos, porque desde
las márgenes de este río, que subiendo por él demoran a la mano
derecha hasta las del río Papamene, que bajando por las provincias
del Caguán, que está a las espaldas de este Nuevo Reino, entra en
el mismo Orinoco; cerca de sus bocas fingen las de los que dan
estas noticias, están las del Dorado; en cuya demanda se han puesto
en ejecución grandes y costosas jornadas, trasegando mares y ríos,
trastornando tierras y provincias de dificultosísimos caminos,
estalages, y habitaciones; sin haber surtido otro efecto que
pérdidas de familias, que a la fama de este nombre campanudo del
Dorado, no han reparado en dejar sus tierras en los reinos de
España, y venir a buscar su perdición y total ruina de que son
buenos testigos los lastimosos fines que han tenido cuantos han
intentado estos caminos y entradas; sin que haya habido uno de los
muchos que se han puesto a ello, que le haya sucedido otra cosa que
calamidades sin un día de descanso; que no deja de ser ocasión de
espanto, ver que todos los que intentan esto, corren igual fortuna
de desgracias. Cuya verdad nos desempeñan los sucesos referidos en
la Primera Parte de las jornadas de don Diego de Ordaz por el
Orinoco, las de don Pedro de Silva; las del capitán Juan de Cerpa;
las del capitán Antonio de Berrío desde este reino, y las del
capitán Domingo de Vera: cuyos fines han sido lastimosas tragedias,
celebradas con tristes y mal ejecutadas lágrimas que duran hoy.
2. El fundamento pues que hubo, de donde se han levantado estas
pulvoradas del Dorado, fue de esta suerte. Recién poblada la ciudad
de San Francisco de Quito por el capitán Sebastián de Belalcázar el
año de 1534, siendo adelantado del Perú don Francisco Pizarro, y su
teniente general el Belalcázar, este capitán andando con cuidado,
inquiriendo por todos los caminos que podía sin perder ocasión, de
todas las tierras y provincias de que pudiese tener noticias, entre
los demás indios de quien se andaba informando, las tuvo de que
había allí en la ciudad un forastero, y preguntándole por su
tierra, dijo que se llamaba Muizquitá y su cacique Bogotá, que es
como hemos dicho este Nuevo Reino de Granada, que los españoles le
llamaron Bogotá. Y preguntándole si en su tierra había de aquel
metal que le mostraba, que era oro, respondió ser mucha la cantidad
que había y de esmeraldas, que él nombraba en su lengua piedras
verdes. Y añadió que había una laguna en la tierra de su cacique,
donde él entraba algunas veces al año en unas balsas bien hechas al
medio de ella, yendo en cueros, pero todo el cuerpo lleno desde la
cabeza a los pies y manos, de una trementina muy pegajosa y sobre
ella echado mucho oro en polvo fino; de suerte que cuajando de oro
toda aquella trementina, se hacía todo una capa o segundo pellejo
de oro, que dándole el sol por la mañana que era cuando se hacía
este sacrificio y en día claro, daba grandes resplandores, y
entrando así hasta el medio de la laguna, allí hacía sacrificio y
ofrenda, arrojando al agua algunas piezas de oro y esmeraldas con
ciertas palabras que decía.
Y haciéndose luego lavar con ciertas yerbas, como jaboneras todo
el cuerpo, caía todo el oro que traía a cuestas en el agua: con que
se acababa el sacrificio, y se salía de la laguna, y vestía sus
mantas. Fue esta nueva tan a propósito de lo que deseaban
Belalcázar y sus soldados, que estaban cebados para mayores
descubrimientos con los que iban haciendo en el Perú, que se
determinaron luego a hacer este de que daba noticia el indio, y
confiriendo entre ellos qué nombre le darían para entenderse, y
diferenciar aquella provincia de las demás de sus conquistas,
determinaron llamarle la
|Provincia del Dorado, que fue como
decir: llámese aquella la provincia donde va a ofrecer sus
sacrificios aquel hombre o cacique con el cuerpo dorado. Esta es la
raíz y tronco de donde han salido por el mundo las extendidas ramas
de la fama del Dorado; y fuera de esto todo lo demás es pura
ficción y nombre sin cosa sobre que caiga, si no es que lo fingen
donde lo pone el deseo que tienen de hallar tanto oro, que puedan
dorarse como el otro cacique, y así poder llamar a la tierra que
tan abundantemente se descubriese, otro Dorado; y de esta suerte
irlos multiplicando hasta los que quisieren, de que ya dejamos
tratado en nuestra Primera Parte.
3. Pero para que sepa el lector de fundamento, el que el indio
tuvo para decir lo que dijo de esta su tierra de Bogotá, habré de
hacer aquí una forzosa disgresión, en que se dirá adónde y cómo se
hacía aquel ofrecimiento del Dorado, según más cierta opinión; con
que se hallará aquí consecutivo, uno tras otro, sin atormentar el
deseo, mientras no lo haya escrito, y yo quedaré ya desocupado,
para cuando llegue a parte donde me será forzoso decirlo, no
pudiéndome excusar por ser cosa de consideración de esta historia.
Pues para que mejor se entienda la que aquí hay, digo, que entre
las demás supersticiones que tenían los indios de este Nuevo Reino
(de que después hablaré muy largo) en ofrecer sacrificios a sus
fingidos y falsos dioses, sino porque el demonio, cuyas eran las
trazas por donde estos miserables se gobernaban, se las tenía
dadas, de manera que lo honrasen a él en las aguas, queriendo con
su depravada voluntad igualarse con esto con Dios, que tanto se da
por honrado y servido en las aguas, como lo dio a entender luego a
los primeros pasos de la creación del mundo, cuando el espíritu del
Señor anduvo sobre las aguas
|II
: también quiere que lo bendigan todas
las aguas del mar, fuentes y ríos, y al fin quiso ser honrado con
las aguas del bautismo, ordenando que ellas fuesen instrumento con
que saliesen las almas del poder del demonio, y se escribiesen y
alistasen debajo sus banderas de Cristo, por la gracia que allí
reciben.
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I
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Por razones de antigüedad, ya que
el presente texto data de 1624, y para respetar la forma como estas
expresiones se usaban en las tierras del zipa, nos hemos separado
de la práctica general escribiendo Guatabíta, Suacha, Boza y el
Dorado.
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II
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Génesis cap. II
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