INTRODUCCION
La civilización de un pueblo es, en los anales de su historia,
la parte que más nos interesa, especialmente si él no ha alcanzado
aquel grado que nosotros creemos poseer, o bien, si ayudado por sus
talentos naturales, superándonos, nos da un rayo de luz intelectual
que nos guía y refleja siempre a quien le dejó. Mucha fue la
conmoción que produjo el descubrimiento de América y grande el
interés que universalmente se tomó por este continente y sus
habitantes. Habían, sin embargo, llegado ya los europeos a un grado
tal de adelanto, que, al menos, la mayor parte de las naciones
americanas ni aun habían soñado, y así fue, debido a esta
inferioridad, que se descuidó mucho el estudio a fondo de estas
gentes, dejándonos a los sucesores, en las tinieblas, expuestos a
encallar en nuestras investigaciones, a solo hallar conjeturas y
tal vez nunca resolver bien la cuestión.
La vida social, la privada, los ritos y cultos, el comercio, en
una palabra, los usos y costumbres son los índices que nos marcan
el grado de civilización intelectual y material de un pueblo. Un
agente poderoso además tenemos, que, dichosos si lo hallamos, puede
guiamos en nuestras investigaciones y hacernos llegar a conocer el
estado de cultura de un pueblo, de la manera más fija y evidente.
Las bellas artes, hijas de lo ideal del hombre, compañeras de sus
gustos refinados y de cierto lujo, que nunca es de bárbaros, nos
están evidentemente mostrando a qué grado de perfección llegaron
los que a ellas se dedicaron y las naciones entre las cuales
florecieron; nos representan también el gusto de los pueblos, la
idea que ellos poseían de lo bello y refinado. En los monumentos
que las bellas artes en diversos tiempos producen, tenemos además
una historia verdadera e indestructible, guía fija y seguro
consejero en nuestras investigaciones.
¿Qué sería de la historia de Egipto hoy en día si sus habitantes
no hubiesen sido artistas? Este es un ejemplo para que nosotros
aprovechemos las artes americanas; y si los sabios europeos han
coronado de la manera más feliz y honrosa sus investigaciones sobre
las antigüedades egipcias, ¿por qué no podremos nosotros también
tratar de llenar los blancos en la historia de los pueblos de
América estudiando las suyas?
Si veneramos a los incas y el imperio peruano por su sabiduría y
adelanto, oblíganos a ello los grandiosos monumentos que de ellos
encontramos, restos de un pasado brillo y tablas en las cuales los
pueblos escriben una eterna historia. Los monumentos artísticos de
los peruanos nos dan una idea muy honrosa de estos pueblos y con
placer encontramos que su gobierno civil, sus usos y costumbres, su
carácter, el conjunto, en fin, en nada desdice nuestra bien fundada
creencia.
Cuando admiramos al mejicano y al azteca en sus monumentos de
escultura y arquitectura, se une siempre a nuestro juicio el de un
pueblo inteligente y laborioso, cuyos talentos hacen honor a quien
quiera que los posea; cuyos monumentos y restos artísticos, al vivo
nos están diciendo qué grado de perfección intelectual podemos
presumirles y cuál el que habían alcanzado.
Si en el Yucatán y Nicaragua encontramos exquisitas esculturas
en piedra, que se hacen respetar de naciones cultas y cuya
investigación ha sido el objeto de hombres eruditos, no debemos
menos tratar de buscar un índice tal para resolver la cuestión con
respecto a los primeros habitantes de nuestro suelo patrio.
Si tanto placer nos causa el contemplar los monumentos del
antiguo continente, nos recreamos en los egipcios, admiramos lo
grandioso de los romanos, juzgando, a la par, por ellos de quien
los produjo, si, en una palabra, vemos grandes y sapientísimos
volúmenes escritos sobre dichas antigüedades; ¿por qué no hemos de
tratar las de nuestros países de una manera semejante? Si las
sometemos a nuestras investigaciones, llegaremos, tal vez, a
resultados que más que nunca harán palpitar nuestro corazón de
gozo, al encontrar en vez de seres imbéciles, hombres instruidos;
en vez de estupidez, inteligencia.
El yugo servil es más duro cuanto quien lo sufre, habiéndose
granjeado un grado mayor de libertad moral, es más susceptible e
intelectual. Nuestros indios, los chibchas, sucumbieron al poder
infernal de este sin dejar otro rastro de su existencia, que en su
muerte el más poderoso monumento de un adelanto intelectual que
nosotros mismos no podemos juzgar y que en nuestra ceguedad sin
duda menoscabamos pues, ignorándolo, a ello nos vemos
obligados.
Si hoy en día lamentamos la pérdida de los hombres ilustres que
entre nosotros brillaban y que en 1816 fueron víctimas de la
cuchilla despótica, no vemos en éste sino el segundo acto, el
reflejo de aquel que años atrás bravos habitantes de la planicie de
Bogotá e inmediaciones, tuvieron que sufrir de manos no menos
bárbaras: queda sin embargo el consuelo que fue dirigida por
mejores sentimientos y no por la malicia, el odio y el rencor.
De las primitivas naciones americanas, siguiendo las ideas de
los primeros cronistas, no se ha podido desunir la idea de
barbarie. En aquellos tiempos dados los hombres al bigotismo y
siendo los escritores, por lo regular, miembros de alguna sociedad
religiosa, no podían ver en gentes que no tenían su misma creencia
sino seres ineptos y envilecidos. Calificábanlos de bárbaros sin
ver sus instituciones civiles y el régimen ordenado de su gobierno
estable y leyes sabias a la vez. Más de una ocasión tendremos de
cambiar las ideas que otros nos dieron de estas naciones, de tomar
la pluma y campear contra preocupaciones que ya por trescientos
años esparcidas, no son un enemigo poderoso pero en ninguna manera
inconquistable siendo la bandera de la justicia la que defendemos y
nuestro estímulo el amor natural de la humanidad. Entre otros
Ulloa, Paw y Robertson han sido, según d'Orbigny
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los que han sido llevados a
su delirio barbárico al último extremo, y muy acertadamente
pregunta el mismo autor, ¿qué idea se tendría de Europa si solo se
visitasen los pequeños pueblecillos, qué de Francia si solo se
viesen los paisanos de la Baja Bretaña? Cuando tratamos de la
civilización americana, no debemos juzgar esta por la de los grupos
o pueblos nomádicos que se encontraban en las selvas pero sí por la
que habían alcanzado los moradores de Méjico, Cuzco y Bogotá. No
queremos con esto menoscabar de modo alguno el mérito de autores a
quienes tanto se debe, solo sí evitar errores. Los escritores
modernos han sabido desprenderse de estas nociones añejas, y con
gran placer debemos citar aquí los nombres de d'Orbigny, Tschudi y
Rivero, quienes después de haber vivido entre los pueblos
americanos por muchos años, con maestría honrosa nos dan ideas
imparciales.
De las otras partes de América ha habido quienes con laudables
escritos hayan hecho conocer sus antigüedades. Desgraciadamente de
la nuestra aún faltan hasta pequeñas memorias, y no tenemos sino
que, desconsolados, llorar la pérdida de hombres que un día
pudieron haber hecho inmortales sus nombres y con ellos las obras
de los indios y los monumentos que la ignorancia, el bigotismo, la
envidia talvez, destruyó.
De la nación Chibcha o Muisca, poseemos varios escritos de sumo
interés para nosotros y que forman la base de todo lo que acerca de
ellos sabemos. De sus obras y monumentos artísticos poseemos
desgraciadamente muy pocas noticias para hacer despreciable aun la
más mínima de ellas y lo mismo podemos decir y aun con más razón,
del resto de las naciones que antiguamente habitaban la Nueva
Granada, pues, en general, de las artes de estos pueblos se sabe
muy poco o por mejor decir, casi nada. El señor Vélez Barrientos
con un celo digno de un neogranadino ha coronado sus
investigaciones con un descubrimiento no menos interesante que
inesperado, probando con él los conocimientos adelantados que
nuestros indios poseían de la arquitectura, y en lo grandioso de la
obra, su buen gusto. Recordamos aquí las ruinas de un antiguo
templo, cuyas grandes columnas él encontró en la provincia de
Tunja, muchas en sus puestos, pero otras que iban rodando en
pedazos y fuera de su lugar, cediendo ya al impulso de los años y a
la descomposición de la materia. como también a la mano destructora
del hombre ignorante. Este descubrimiento no ha muchos años se hizo
público y ha sido el primer paso, a nuestro saber, que se ha dado
sobre esta materia y que siempre recordaremos con placer,
haciéndose el autor acreedor a una gratitud de nuestra parte que
más que gustosos le concedemos.
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Las labores de oro de los indios fueron las que primero llamaron
la atención, un tanto por el arte con que ellos estaban ejecutados,
pero mucho más por el material de que se componían. Parece que no
ha habido nación alguna que poseyendo el oro no haya dado la
preferencia a este metal para hacer de él aderezos, casi
inseparables de su vestido y con los cuales se adornaban sus mismos
cuerpos. Entre los americanos, servíales tanto para sus adoratorios
y personas como para hacer ofrendas, lo cual no sucedía en la
antigua Europa, como luego veremos, siendo las ofrendas siempre de
otra clase. Las propiedades del metal han sido sin duda las que han
hecho, al principio, su uso tan general. En los Estados Unidos del
Norte, se han encontrado pocas reliquias de este metal, sin duda
porque los indios carecían de él en cantidades suficientes para
hacerlo de uso común. En Marietta, Ohio, se han encontrado en la
barranca de un río, además de un vaso de plata bien pulido, formado
como un cono invertido, varios aderezos de cobre,
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los cuales no son nada
raros en esta parte de América, pues se encuentran en casi todos
los túmulos indígenas que diariamente se descubren. La región junto
al lago Superior, mina casi inagotable de cobre nativo, les daba el
material, como también otras... Con plomo trabajaban también y se
conjetura que el hierro y el modo de trabajarlo no les era
desconocido, si bien todos los autores lo dudan mucho y otros
enteramente lo niegan. Excepto el Perú, de las demás partes de
América no se yo que se hayan publicado noticias algunas sobre las
antigüedades de oro, a pesar de que poseemos obras de muchísimo
mérito sobre antigüedades de Méjico y de pocos años a esta parte,
sobre el Perú, Bolivia y Chile.
Si un velo impenetrable nos dejaron la ignorancia, la avidez de
riquezas y el poco amor de la humanidad que los conquistadores
mostraron, y con los cuales sus nombres se ennegrecen a nuestros
ojos y una nube oscura parece ocultar a nuestra vista aquellos
heroicos hechos con que brillan sus nombres en la posteridad; si
ellos se opusieron a conservar los gérmenes de la civilización
indiana y han conseguido casi dejarnos en tinieblas; opónganse
nuestras investigaciones y estudios a sus hechos e ignorancia;
busquemos en los monumentos que nos quedan y que ni el tiempo ni la
avaricia han podido destruir, el verdadero carácter y el grado de
perfección intelectual de aquellas gentes, primeros moradores de
América; busquemos en las producciones del hombre al hombre y
juzguémosle por sus obras.
No queremos poner la cuchilla en la mano y menoscabar o degradar
con crítica mano aquellos que tal vez merecen nuestra alabanza; más
bien veamos en lo que encontramos, si no una perfección deseada, al
menos la llama del saber que inspira al hombre en todos tiempos y
aun inspiraba en aquellos. Seamos nosotros los que damos el último
tributo del hombre a los que ya desaparecieron sucumbidos por el
yugo de la esclavitud e ignorancia y levantemos con nuestros
esfuerzos el último monumento al indio, a sus talentos y a su
saber.
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I
|
L'homme américain, pág. 81.
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II
|
Bradford.
American Antiquities, pág. 27.
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