PROLOGO
Llevado, años ha, por el amor patrio
y el deseo de conservar las obras de sus primeros moradores, dibujé
unos tunjos de oro que tenía nuestro cónsul en Nueva York, el señor
Gregorio Domínguez. Como no teníamos entonces ni él ni yo noticia
mayor de dichas obras de los antiguos neogranadinos, me contenté
solo con tener los dibujos, sin poder hacer más. Luego he recibido
yo algunos otros y al fin los suficientes para hacer una lámina muy
completa. En el curso de mi lectura he ido llegando a encontrar
varias noticias, un resumen de las cuales se encuentra en las
páginas siguientes, con lo poco que yo he podido añadir.
La segunda lámina contiene dos
cráneos que yo copié de la obra del señor Delafield, «An Inquiry
into the origin of the American antiquities» y otras dos figuras
mías. Las dos últimas láminas se componen de las antigüedades que
el señor Degenhardt tuvo la bondad de permitirme dibujar y que él
mismo trajo de su viaje en la Nueva Granada. En los dibujos
originales he puesto el mayor cuidado, para hacerlos tan exactos
como fuese posible y todas las láminas han sido grabadas bajo mi
dirección, una sola de las cuales, la segunda, yo mismo he
ejecutado.
En ninguna ocasión más propicia puedo
llamar la atención de mis compatriotas y de los extranjeros que
visitan nuestro país, a los restos de nuestras antigüedades, que en
la presente. Algunos años ha, tuve la desgracia de presenciar el
ningún aprecio en que se tienen las obras de los antiguos
neogranadinos. Una plancha o patena de oro, de las que usaban los
caciques, la chaguala de los cronistas, muy bellamente trabajada,
tuve apenas tiempo de ver y de admirar pocos minutos antes de ser
derretida, sin haberse tomado siquiera un dibujo.
Nuestros compatriotas, que con tanto
desapego se deshacen de estas reliquias, que una vez destruidas es
imposible reproducir, sin haber tomado un diseño o dibujo o haber
hecho algo por su conservación, contribuyen pasivamente a esta
destrucción, pues sin duda van estas antigüedades a manos que no
las aprecian sino por el metal de que están hechas y que sin
remordimiento pronto entregan al crisol.
Muy sensible, mucho, es tener que
recordar este proceder, pero sean sus resultados benéficos, cuídese
más por la preservación de aquello que una vez perdido no podemos
restituir, y yo estoy seguro que para aquel que es digno de
aprecio, no lo seré yo menos por esto.
El apéndice lo he tomado de la obra
del Lord Kingsborough «Mexican antiquities» vol. VIII p. 219,
quien hizo imprimir esta parte de la historia de Pedro Simón, del
artículo manuscrito que se halla en la biblioteca de Oxford. El
artículo sobre la etnología de los chibchas está reproducido con
las mismas palabras de nuestro distinguido compatriota, Joaquín
Acosta, y varias adiciones que yo he hecho. Muchas razones he
tenido para tomar la relación de este autor, a pesar de haber yo
leído también los originales que a él sirvieron de base, y no la
menor el poco deseo que tenía de dar una relación mía, que no había
sido copiada con diferentes palabras.
No he querido ensalzar ciegamente los
pueblos de que trato, pero tampoco me he dejado llevar por ideas
rancias y contradictorias a la verdad.
El pueblo chibcha pasó como el
centelleante meteoro por nuestra vista, siguiendo como los demás
indígenas, a su destrucción; guiado por la humeante cuchilla
despótica e hija del fanatismo sucumbió al infernal yugo que lo
arrancó de nuestro lado, a. la civilización, a la sed de oro y al
recíproco odio de los con quistantes y conquistados: ¡su lengua
desapareció y con ellos ella!
Si tenemos restos de este pueblo que
más fuertes que sus criadores, han resistido por tres siglos de
vicisitudes, hagamos el último esfuerzo para salvarlos de un entero
olvido. Ya que no me es dado llenar en el todo mis deseos, renovar
un interés hacia estos pueblos, ya por años adormecido, sacar su
nombre victorioso de entre los escombros de la ruina, sea lo muy
poco que mis débiles fuerzas contribuyen, un estímulo para mis
compatriotas y la ofrenda más grandiosa que puedo dar a las cenizas
de los primeros habitantes de nuestra patria.
|Querría en este pequeño escrito haber puesto todo lo conocido
y por conocer con respecto a los antiguos neogranadinos, a sus
monumentos, tristes recuerdos de su antigua grandeza, a sus
instituciones civiles, ritos particulares, costumbres sociales,
querría, en una palabra, presentar la materia como debe ser,
agotar, por decirlo así, un asunto con el cual un sentimiento
patriótico me inflama y lleva mi tardía pluma y escasos
pensamientos más allá de lo que mis fuerzas pueden. Pero aquí se
rinde el hambre a su
|imposible, a quien una veintena de años
no ha dado la experiencia suficiente; se rinde quien sola en la
esperaza de mejorar, dá el primer paso.
Quien conoce el increíble trabajo de
imprimir un libro en castellano, en un lugar a donde por primera
vez se hace, y el que, como yo, por muchos años se ha visto
obligado a hablar diferentes lenguas, voluntarios dispensarán las
faltas que encuentren en las páginas siguientes.
Sean mis esfuerzos para aclarar, y no
lo producida, los que llamen la benevolencia de mis lectores y un
cándido recuerdo de mis compatriotas, y contribuya lo poco que
ensayo a hacerme digno de mi patria y del nombre que anhelo, un
verdadero neogranadino.
Góttingen 5 de Julio de 1854.