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(continuación
CUARTA
SECCION)
España e Indias. Logró
hacerse reconocer por tal a beneficio de los Virreyes, Gobernadores y Ministros que la
prestaron obediencia al mismo tiempo que recibieron de ella la confirmación de sus
empleos, no pudiéndose entender, cuál de estos dos actos hubiese sido el primero, o si
este contrato, ocurriese lucrativo, no fue otra cosa que un círculo vicioso. La América
entonces fue criminalmente engañada, así por que la Junta de Sevilla se dio a conocer
bajo el aspecto de Suprema, y habida por tal en la Península, como porque se dio por
hecha la expulsión de los franceses, y la pronta reposición de nuestro Soberano a su
trono. ¡De cuántas fraudulencias usó aquella Junta entonces para engañarnos! Ya
fingió triunfos por parte de España, pérdidas de parte de los franceses, ya supuso una
declaración de la Rusia contra Napoleón, ya la revolución de la Prusia, ya las
divisiones interiores del Estado francés, ya...
Introducida bajo de aquel
falso aspecto la Junta de Sevilla, los Jefes y Ministros de este Reino hallaron el medio
de sostener las representaciones que hasta aquel punto habían tenido, o la recompensa del
reconocimiento de la Junta de Sevilla. Engaños sobre engaños, ilusiones sobre ilusiones
formaron el plan de sus maniobras para perpetuar su denominación. La Junta de Sevilla es
un Tribunal erigido en una parte de Andalucía, y con todo se atribuye el pomposo título
de Suprema de España e Indias. Se hace en España la creación de Juntas Provinciales, y
se priva de este derecho a las Américas. Se proclama allí la confraternidad de los
americanos, su igualdad con los europeos, la identidad del uno con otro hemisferio; pero
esta proclama es dolosa, y destinada a deslumbrar a la América, y jamás llega el caso de
que ésta goce de una representación activa en los negocios nacionales. Las Provincias de
España erigen libremente sus Juntas; en la América se ha mirado como un delito, como una
insurrección el solo pensar en erección de Juntas, y los calabozos, y los cuchillos se
prepararon para los que han tomado en su boca el nombre de Junta. Las Provincias de
España nombran libremente sus Diputados para la Junta Suprema Central; en América es
coartada esta libertad, y depositada substancialmente, en las manos del Virrey y de los
Oidores. Napoleón penetra libremente hasta Madrid; en América se publica por el Gobierno
su derrota, y aun se añade que el ejército español le había hecho prisionero. Zaragoza
cae en manos del francés; en América se niega este hecho, y se inventan diferentes
fábulas para desmentirlo. Mil infortunios habían desconcertado nuestras operaciones en
la Península desde la batalla de Talavera; y en la América se trabajaba por ocultarlos,
y por fingir sucesos favorables. El ejército de la Mancha había sido derrotado en
la acción de Ocaña; en el Nuevo Reino de Granada era un crimen decirlo, y sus moradores
se veían precisados a diferir a las imposturas de los enemigos de la verdad. El ejército
de Castilla había sucumbido a las armas francesas en la batalla de Alba de Torres y
Tamames; en América se trataba de hacer creer que se había reconquistado a Madrid. En
España se disponía la celebración de Cortés, y no se había contado con la América.
La América es parte integrante de la Nación, conforme a lo que dijo la Junta Central; la
Junta Central se disuelve, y el Consejo de Regencia se instala sin el consentimiento y sin
el voto de los pueblos americanos. ¡Qué tejido de falsedades y de contradicciones!
Castaños vindicándose de los zaherimientos de sus
perseguidores, ha dicho que España no será feliz mientras no arroje hasta la última
semilla de los secuaces del despotismo. ¿Qué otra cosa puede decir la América? Estos
secuaces son los que viendo frustrados sus infames designios, adoptaron el plan de
acomodadores a los sucesos de la fortuna, y llegaron a proferir por boca de la mujer del Virrey
(1)
, del Fiscal D.
Diego Frías, y del Secretario D. Josef de Leyba, que la América seguiría la suerte de
la Metrópoli y se sugetaría a la dominación de cualquiera que reinase. Estos son los
que sin alguna consideración hacia las leyes de la equidad, no tuvieron escrúpulo de ser
jueces de su propia causa, y de echar el fallo contra los patriotas, que celosos
levantaban la voz en tono de acusadores. Estos en fin los que siendo entre sí enemigos al
parecer irreconciliables cuando con más ardor hacia el Virrey la guerra a los Oidores, y
los Oidores al Virrey, repentinamente se unieron e hicieron
la paz entre sí, para
acordar la pérdida de los más celosos americanos. ¿Qué prueba esta serie de medios
torcidos que emplearon los gobernantes de este Reino para conservar su dominación
despótica, sino que ella no encontraba algún apoyo en los principios de equidad y de la
justicia? Pero pasemos adelante.
2
La Junta de Sevilla, Junta
Provisional, que se arrogó el título de Suprema de España e Indias, como hemos dicho,
envió comisionados a la América para engañarla y empobrecerla. De repente se apareció
en este Reino D. Juan Pando Sanllorente. Este impostor que solo podía ser admitido como
enviado de aquella Junta por los enemigos de la América, ya porque no había sido
destinado por aquella Junta para la Comisión, ya porque solos dos Vocales de ella le
habían subrogado en Cádiz en lugar del Brigadier Justiniani, que había recibido su
misión de Sevilla. Este impostor, menospreciando con altanería las disposiciones que se
habían tomado para recibirle y hospedarle, se introdujo a la manera de un ladrón bajo
las sombras de la noche en el Palacio del Virrey. A este primer paso correspondieron los
demás de una misión que a nadie menos que al público parecía dirigida. Los estilos
personales de él eran más los de un señor que venía a hacerse obedecer, que las de un
amigo que venía a estrechar los vínculos sociales entre uno y otro
hemisferio. Negado a toda comunicación, trataba solo con el Virrey sobre los objetos
de su embajada, los que jamás se revelaron al pueblo. Por inspiración de la Audiencia,
que quería entonces deprimir al Virrey, se formó una Junta de multitud de Vocales para
que se reconociese la dominación de la Junta de Sevilla, y se oyese a su Representante.
Presidió el Virrey con los Oidores el día cinco de septiembre de ochocientos ocho.
Apareció Sanllorente colocado en un asiento casi igual al del Virrey. La actitud del gran
enviado de Sevilla era la de un Príncipe otomano, inmodesta, y ridícula al mismo tiempo
que acompañada de un aire chocante de elación y superioridad. Sus labios no pronunciaban
alguna palabra. La Junta se abrió con una pequeña arenga del Virrey tan misteriosa y
confusa como dirigida a sofocar la voz de los circunstantes. Se leyó el manifiesto de
Sevilla por el Secretario Leyva, y se cerró la Junta sin oír a los Vocales, los que
sospechaban como había sospechado la Provincia de Cartagena de la dicha Junta, de Sevilla
y de su Enviado. Tal fue la farza con que se dio a conocer la Junta Sevillana. ¿Queréis
saber cuáles fueron los resultados? Perpetuarse el Virrey y los Oidores en sus destinos,
doblar las cadenas que oprimían al Reino, y partir Sanllorente cargado de los tesoros de
la hacienda Real, de las rentas eclesiásticas y de todas las preciosidades de los
individuos del Reino, que recogió con nombre de donativo.
¿Quién no había de pensar que esta deferencia del
Reino había de ablandar los corazones de los gobernantes para con los americanos, y que
su generosidad y condescendencia, nos había de merecer, ya que no la gratitud, a lo menos
la indiferencia del Gobierno? Mas no fue así. Después de habernos burlado, insultado y
empobrecido, pensose en deprimirnos más y más. Erigióse la Junta Central, aquel
Tribunal defectuoso en su establecimiento, donde se erigieron en Gobernadores los que solo
tenían voz de las Provincias para establecer un Gobierno
(2)
. Sin esperar el consentimiento y aprobación de
la América, a aquel nuevo Cuerpo, sin que tampoco se le ofreciese alguna ventaja, o a lo
menos algún alivio con su establecimiento; allí se redujo a problema la representación
que la correspondía en el Congreso Nacional; se resolvió la cuestión a favor de
nuestros derechos, pero en calidad de pura gracia, y no como de justicia; se la coartó su
libertad para la elección de sus representantes, limitando a solos ocho el número de
ellos, para que la voz de éstos quedase siempre ahogada con la de treinta y seis de la
Península; se convocaron las Cortes nacionales, y no fue requerida en tiempo para enviar
sus Diputados.
De este modo trabajaba la
Junta Central desde su instalación contra la América, y el Virrey de Santafé con los
Oidores la acompañaban en este empeño por su parte. Hechuras de Godoy, tramaban asegurar
todas las Provincias a su partido. Desconfiados de que los americanos entrasen en sus
ideas, arrancaron de los Gobiernos y Corregimientos a todos los Patricios para
sustituirles europeos de su partido. Así fue que el benemérito Camacho se vio arrojado
de Pamplona, y poco después de la Provincia del Socorro. El respetable Sanmiguel fue
expulsado de la Gobernación de Neiva; Popayán halló colocado en su Provincia a otro
cuyas relaciones con Godoy se dejan ver por la próxima afinidad de su mujer con la famosa
Tudó. La Provincia de los Llanos sufrió el enorme peso de la vara gobernante de
Bobadilla. Planes, uno de los dependientes del Virrey, fue a ocupar el partido de
Casanare. La ilustre Provincia de Quito vio por árbitro de su fortuna al inútil y
anciano Conde Ruiz de Castilla al tiempo que D. Felipe Fuertes, sobrino del Virrey, fue a
acompañarle acompañado de una de las Togas de aquella Audiencia. D. Juan Aguirre, primo
de la Virreina, fue destinado a mandar en el Chocó, y tomó por su cuenta el exterminio
de aquella preciosa Provincia. En fin, el sistema de aquel Gobierno fue el dar el último
golpe a los americanos, y en reconocimiento a los donativos cuantiosos con que habían
socorrido a la Península en sus necesidades, meditaba el modo de no dejar con qué
subsistir a los americanos, y declaró con el hecho, que todo cuanto fuese útil debía
pasar a manos europeas, ya fuesen joyas, ya Gobiernos, ya Corregimientos, ya
Administraciones de Rentas, ya Prebendas a excepción de las que se daban por oposición,
porque éstas no se adquieren sino con ejercicios literarios, y por oposiciones en
concurso.
Combinemos ahora todos estos
procedimientos de la Junta Central con los que gobernaban entonces este Reino. Estos
restos miserables de la Tiranía recibieron bajo de un oscuro velo los manifiestos de la
misma Junta Central hicieron menos solemne su reconocimiento que el de la Junta de
Sevilla; escondieron de la vista del público los requerimientos de la Corte del Brasil;
mantuvieron las gentes en perpetua ilusión respecto de los sucesos de la Península;
interesados en asegurar el plan que se habían formado, aumentaron, el número de los
Regidores del Cabildo con desprecio de las leyes, y dieron a conocer que el fin de sus
operaciones era, el, de aumentar su partido, el de colocar al frente de los pueblos
personas dispuestas a sacrificar a los americanos, e instruídas en el modo de perder este
Reino. ¿Qué otra cosa podíamos pensar en vista de estos preparativos ordenados por la
Junta Central, que meditaba hacernos la burla que anunció la Junta Provincial de Valencia
(3)
y a que cooperaban un Virrey, y unos Oidores y
Gobernadores, aquél rodeado de franceses y adictos de la persona de Godoy, y éstos
criaturas del mismo Godoy, o hechuras de sus criaturas, unidos todos en sentimientos, y en
deliberaciones con el fatal Gobierno?
3
Tal, como hemos dicho, era el
estado deplorable del Reino, cuando a pesar de la vigilancia del Gobierno en ocultarnos
las infaustas de la Península, se llegaron a traslucir las de la toma de Madrid por los
franceses, y sus conquistas en la Mancha. De cuántos ardides usó entonces el Gobierno
para desmentirlas y engañarnos. ¡Cuántos terrores fulminó para imponer silencio, y
para ahogar el eco de la verdad!
Valga por, todos la prisión que se hizo, y el sacrificio
que se intentó hacer en Pamplona de un americano
(4)
que se atrevió a comunicar tales noticias. Pero ellas
no obstante obraron en los corazones americanos todo lo que podía el celo de la Religión
y de la Patria. La muy ilustre ciudad de Quito levantó la voz: Dijo que era ya llegado el
caso de no dejarse sorprender del enemigo, el que se aproximaba ya a los puntos marítimos
de España, y que de repente podía dar un salto a la América; representó que sus
puertos se hallaban sin guarnición, y sin defensa; que su Presidente y Oidores en nada
pensaban menos que en la seguridad y salud del pueblo; y que en esta misma inacción daban
vehementes sospechas de que deseaban recibir al enemigo, y le abrían todas las puertas.
Desengañados de que en el Gobierno no encontraban remedio a este mal gravísimo, e
instruídos por el ejemplo de México, y por la Proclama de Sevilla que decía a los
americanos: si entre vosotros se esconden
venales,
y bastardos españoles, estad alertes y corra la sangre de los malvados hasta el Betis;
resolvieron hacer el último esfuerzo a servicio de su Dios, de su Rey y de su Patria.
Depusieron las autoridades sospechosas, usaron con ellas de una generosidad noble, o más
bien diremos, de una demasiada indulgencia que les ha costado muy cara; y sancionaron
oponerse a los designios de los partidarios de Bonaparte, y sacrificarse por conservar su
Provincia a la Religión Católica, a Fernando VII, y a la felicidad de sus paisanos.
¡Generosa resolución, si hubiera sido mejor dispuesta, y más detenidamente ordenada!
Para no invertir el orden cronológico de los sucesos,
pasemos ahora del Gobierno de Quito al de la Capital. En el momento en que se supo en
ésta la revolución de Quito, se conmovieron todas las Autoridades; y para descubrir si
en la ciudad de Santafé reinaban las mismas ideas de los quiteños, dispuso el Virrey con
anuencia de los Oidores convocar una numerosa Junta de todos los Cuerpos. Junta falaz y
sospechosa, Junta en que sin razón, y con oposición a las leyes, fueron los militares
representantes de ella
(5)
; en que fueron también Vocales el Marqués de Valdehoyos hombre transeúnte, y que no
tiene vecindad ni oficio en ella, el Gobernador de Rio Hacha, sujeto separado de su
Gobierno por el mismo Virrey, y acusado en su propio Tribunal por el Fiscal Frías de los
crímenes de contrabandista, y de comunicación con los ingleses
(6)
, con otros que no debían, según las leyes, presentarse
en aquel Congreso, Junta en fin formada en medio de las bayonetas de una Compañía entera
de soldados con los fusiles cargados, llevando cada uno de ellos ocho cartuchos con bala,
al mismo tiempo que toda la tropa estaba en los cuarteles sobre las armas. En esta Junta
parecida a la de Bayona, no temieron los verdaderos patriotas sacrificarse al furor de sus
enemigos, y manifestaban con ingenuidad sus opiniones. Veintiocho fueron los votos que
pedían la erección de una Junta Provincial, que reuniese las voluntades
y sentimientos
de todas las Provincias, y. que atrajese con blandura a los quiteños sin el estrépito de
las armas. Pero después de muchos altercados de los que contradecían estas ideas de
prudencia, se disolvió la sesión sin algún escrutinio de los sufragios, y sus actas, a
pesar de haber sido muchas veces reclamadas por el Cabildo, jamás se vieron ni firmaron;
antes bien fueron desatendidas con despotismo las instancias que sobre el particular hizo
el muy ilustre Ayuntamiento.
El resultado de la Junta fue decretar la perdición de
todos los que en ella manifestaron patriotismo. Ante todas cosas se despacharon rayos
contra Quito; se llamaron las tropas de Cartagena; se dieron órdenes para que éstas
unidas a las de Popayán, Pasto, y parte de las de Santafé entrasen desolando aquella
rica Provincia, que había jurado conservarse fiel a su Soberano, y defenderle aquel país
que el Gobierno exponía a la irrupción de los franceses; los Jefes de Cuenca y Guayaquil
fueron provocados igualmente, no a pacificar la revolución sino a apoderarse de la
Presidencia, y despreciando con arrogancia todos los medios suaves, que se habían
pronunciado en la Junta para tranquilizar, aquella tierra, se prefirieron todas las
medidas hostiles y destructoras. Solo D. Felipe Fuertes, sobrino del Virrey, hombre
idolatrado en Quito, distinguido y honrado por los Representantes de aquel pueblo,
aparentó no solo indiferencia sino adhesión al designio de los quiteños; pero luego
renunció con desdén el honorífico empleo de Regencia que le había dado la Junta, se
quitó la máscara, descubrió la hipocresía de su conducta, y es hoy el mayor enemigo de
aquella gente. Quito, por fin fue la presa de los furores del Gobierno, y padeció todas
las violencias de las tropas, a quienes el Comandante había ofrecido cinco horas de
saqueo, el que se conmutó en el disimulo de los robos, públicos estupros, y otros
atentados. Asombra leer la condescendencia con que aquel Gobierno autorizaba la insolencia
de las tropas limeñas. ¡Baste decir que a los quejosos que ocurrían al Tribunal por
remedio a sus males, se les respondía fríamente: id
a pedir remedio la Junta!
(7)
lo aseguran.
No habla así a un pueblo
rendido y pacífico, sino el Organo de la tiranía. Alerta ciudadanos de Santafé! Que
este ejemplo os enseñe a ser más cautos, menos confiados, y más atentos a la política
de Machiavelo!
Como el fin de la Junta era
envolver a Santafé en las ruinas de Quito, no se preparaba una mejor suerte a esta
Capital. Dolosamente se nos presentaba la oliva de la paz; y a la sombra de una seguridad
aparente, se proyectaba en quietud el arte de ligar nuestras manos para conducirnos al
sacrificio. Se nos empezó a mirar ya con un ojo irritado que no podía desmentir el
disimulo; se publicaron y difundieron en papeletas los sufragios de los Vocales de la
famosa Junta, todos desfigurados y alterados en la substancia. Clandestinamente fueron
sumariados los Vocales que abiertamente habían pronunciado el dictamen pacífico; y se
publicó un bando tan impolítico como el de la Junta Central en Sevilla, abriendo la
puerta a los denuncios con la calidad de encubrir los nombres de los delatores. Máxima
nueva del despotismo que no ocurrió a la inquieta imaginación de Tácito, ni al genio
maldiciente de Bocalino! Máxima detestable, que por sí sola y sin necesidad de otra
prueba demuestra el exceso a que había llegado la tiranía!
Pero esto solo no les
pareció bastante a asegurar el plan que se habían propuesto. Juzgaron que era también
necesario deprimir el Cabildo de esta capital, y colocar en él sujetos que siguiesen sus
máximas, y cuyos votos sofocasen los sufragios de los Patricios. Desde luego, sin temor
de hollar todas las leyes introdujeron en aquel Cuerpo otros seis Regidores, nombrados por
el Virrey en calidad de interinos, oponiéndose a la Ley que prohíbe semejantes
nombramientos, y que previene que en caso de hacerlos, sea a propuesta del Cabildo y sin
exceder el número de los de ordenanza. Este paso se dio con el fin de asegurar a los de
su partido la elección próxima de Alcaldes, la que les era interesante. Con el mismo fin
se había ya introducido en el Ayuntamiento a D. Ramón Infiesta, y aún desconfiando del
éxito de su maniobra, convidaron a D. Bernardo Gutiérrez con el empleo de Alférez Real,
que se le había negado por el Virrey en otro tiempo, en que no era necesaria su persona
para asegurar sus designios. No importa que el Cabildo se oponga abiertamente a la
recepción de este sujeto: el Virrey lo ordena con soberanía. No importa que se
representen al Gobierno las causas que le excluyen de aquel empleo distinguido. D. Diego
Frías pronuncia en su vista fiscal, que aun cuando Gutiérrez se hallase comprendido en
aquellos casos, debía ser admitido en el Cabildo; dice más que el Cabildo mismo es reo
de desobediencia, y que por haber representado, como se ha dicho, está comprendido en el
mal caso de la Ley. Finalmente, no importa que el día destinado a violentar al
Ayuntamiento sea un día festivo, el día más sagrado para la Iglesia y para España,
cual es el día ocho de diciembre, en que se celebra la Purísima Concepción de la
Santísima Virgen María. El Virrey habilita este gran día para trabajar en la grande
obra de hacer Alférez Real a D. Bernardo Gutiérrez, despacha a favor de éste la
patente, y conmina con multa de quinientos pesos y otras penas arbitrarias a los que se
opusiesen a su recepción. Veis aquí en un solo acto violadas las leyes sagradas de la
Iglesia, las leyes de la Justicia, y las leyes de la Nación.
No penséis que Gutiérrez
fuese ingrato a su benefactor; el Gobierno causó muchas violencias al Cabildo por colocar
a Gutiérrez; Gutiérrez recíprocamente quiso violentar al Cabildo mismo, por servir y
corresponder al Gobierno. En los poderes que se dieron al Excmo Sr. Diputado del Reino
para la Junta Central se habían limitado sus facultades para el caso en que la Península
fuere ocupada por los franceses, Gutiérrez hizo empeño para que se borrase esta
cláusula; alegó y sostuvo, que la América debía seguir la suerte de España, conforme
lo había dictado ya el Fiscal Frías y obstinándose en esta pretensión, tuvo el
atentado gravísimo de poner manos violentas en una persona distinguida y respetable, como
la del Procurador General. ¿Y no descubre este hecho que Gutiérrez obraba de acuerdo con
el Gobierno, que el apresuramiento de éste en colocarle al frente de la capital, era para
ahogar en ella los sentimientos de fidelidad, que descubría en sus miembros, y para
engrosar el partido de los que pensaban en preparar los caminos a los enemigos de la
Nación?
Sí:
esta era la idea que habían formado, la que les traía
inquietos, y afanosos, y la que deseaban verificar en el momento, temiendo que algún
contratiempo se la arrebatase de entre las manos. Solícitos y bulliciosos, los Oidores
miraban como muy lentos los pasos que el Virrey daba sobre el plan acordado; les parecían
muy tardías sus operaciones, se quejaban de su inacción que les parecía perezosa, y
pensaron avivar por sí solos la maniobra. Volvieron a adoptar el medio que antes se
habían propuesto de defender al Virrey para deshacerse de un hombre que aunque iba de
acuerdo con ellos, pero no trabajaba con la precipitación que les parecía conveniente.
Para conseguirlo, le desacreditaron difundiendo por el pueblo especies muy odiosas contra
su opinión, proyectaron llamar al Gobernador de Cartagena, hombre más vivo y enérgico,
para que ocupase su lugar, y tomase las riendas del Gobierno de todo el Reino: consta que
muchos europeos del bando de los Oidores se armaron para prenderle, y aun se preparaban a
asesinarle. Los Oidores convidaron a algunos americanos a que tuviesen parte en esa
maniobra, y la resistencia de éstos fue la fortuna del Virrey y el desenlace de la
tramoya del modo siguiente:
D.
Joaquín de Ricaurte denunció ante el Alcalde Ordinario
la sumaria que los Oidores habían hecho al Virrey; el Alcalde dio noticia a este Jefe y
le pidió auxilio para escudriñar los papeles del Oidor Alba, en cuyo poder, decía el
denunciante, paraba el sumario.
En la perplejidad de si doy o
no doy el auxilio, eligió el Virrey el medio de conciliar los dos extremos igualmente
arriesgados y peligrosos. Fingió recibir con indiferencia este aviso:
dijo que el tal denuncio debía darse al desprecio, y negó el auxilio que se
le pedía para el escrutinio. Mas al cabo de tres días, cuando ya esta noticia se había
difundido en el pueblo, y cuando ya Alba había tenido sobrado tiempo para ocultar sus
papeles, llamó el Virrey a los Oidores y al Alcalde, y ordenó que se hiciese el
escrutinio indicado, ¿quién no se había de reír de semejante pantomima? El pueblo se
confirmó entonces en la opinión de que el Virrey y los Oidores eran igualmente
culpables, de que aquél había temido que apareciese el sumado que le había formado
Alba, que Alba había temido también ser recíprocamente descubierto por el Virrey, y que
de acuerdo de entrambos se había representado aquella farsa con que, a su pesar, quedaban
ambos a cubierto. El resultado de todo fue que el sumario no apareció, que se hicieron
las paces entre el Virrey y los Oidores, que aquél empezó a obrar con más viveza en los
proyectos comunes de uno y otros, y que a pesar del bando en que habían ofrecido
seguridad y secreto a los denunciantes, D. Joaquín Ricaurte fue perseguido con furor por
esta denuncia, solicitado con suma diligencia y se vio precisado a emigrar y refugiarse en
Caracas.
4
La combinación de todos
estos tiránicos y maliciosos procedimientos abrió los ojos del pueblo y derramó un
golpe de luz, que le hizo ver el precipio a cuyo borde estaba descansando. Empezaron las
gentes a desconfiar de su seguridad, temieron que se les preparaba la sorpresa de los
franceses, y comenzaron ya a hablar, a difundir sus temores, y a buscar unos de otros el
consejo y el remedio. Se aumentaban cada día las infaustas noticias que venían de
Europa, y a esta medida crecían también los temores y recelos de los americanos; y
desesperando de la reconquista de España, se estremecían al acordarse de las
proposiciones vertidas y sostenidas por algunos europeos, de que las Américas debían
seguir la suerte de la Metrópoli. No pudieron ocultarse al Gobierno estos temores del
pueblo, y entonces, a pretexto de remitir fuerzas contra Quito, hizo venir nuevas tropas
de Cartagena, llamó de Río Hacha al Teniente Coronel D. Juan Sámano con la guarnición
de aquel Puerto, la que fue recibida en tiempo con vivas y aclamaciones de los Oidores,
que se prometían engrosar con ella su partido; dio la Comandancia del Batallón Auxiliar
al mismo D. Juan Sámano, continuó en el grado de Mayor de la plaza el cuñado de Alba,
en el de Oficial del propio Batallón al cuñado de aquél, dio los cordones de Cadetes a
dos hijos del mismo Oidor, los que dentro de pocos días fueron Oficiales, como lo fueron
también Llorente, Girardot y otros de aquella facción antiamericana. Se declararon
sospechosos todos los Patricios, y se les miraba con un ojo amenazador. Se sumariaron los
hombres de bien, las sospechas se graduaron de realidades, las denunciaciones de pruebas,
las apariencias de principios, la posibilidad de testimonio. El terrorismo se dejó ver en
su propia figura, la tropa se mantuvo siempre sobre las armas, se difundieron por las
calles patrullas diarias y nocturnas, se llenó todo el Reino de espias y vigilantes, y
aguardaban los hombres sensatos una próxima ruina. Veían el preñado de la nieve y
esperaban los rayos. Véislos aquí:
De repente sorprendieron en
esta capital a D. Baltasar Miñano de las Casas, y a D. Antonio Nariño. Inmediatamente
fueron conducidos a Cartagena como unos criminales. Sepultaron a Nariño en la bóveda de
un castillo, le cargaron de cadenas y grillos tan pesadas como las que sufrió hace poco
el Barón Trenk; le negaron no solo la comunicación, sino el pan y el agua, le embargaron
todos sus bienes y dejaron en la mendicidad a su ilustre familia. ¿Cuál ha sido el
delito de este hombre desgraciado? El no lo sabe, el público lo ignora; después de seis
meses de prisión de cadenas, de hambre y de enfermedad, aún no se le ha hecho saber la
causa de su arresto, no se le ha confesionado, no se le ha pedido ni una declaración. El
no habló en la Junta de 11 de septiembre, pero se sospechó, que en caso de haber
hablado, se habría declarado a favor de la humanidad. Este es su delito y el de todos los
de esta capital. ¿Y no podíamos ahora preguntar si hay leyes en España, o si estamos en
Constantinopla?
Igual a esta fue la suerte de los Presbíteros
Estévez, Gómez y Azuero. Los dos últimos fueron arrancados de sus curatos, reducidos a
prisión y privados de comunicación por largo tiempo. El primero (Estévez), había
predicado en la Capilla del Sagrario, sobre la caridad y perdón de los enemigos. Nada
había dicho contra el dogma, nada que no fuese ortodoxo, nada que pudiese aparecer
subversivo. La Inquisición de Cartagena lo ha declarado, pero como no era del parecer de
los tiranos, la malignidad acusó sus sermones de impíos y sediciosos, se denunciaron
como tales al Tribunal de la Fe, se fingieron decretos del mismo Tribunal contra su
persona, se le intimó orden por el Provisor y por el Doctoral Lazo (entonces Comisario de
la Inquisición), de que no volviese a predicar jamás; se pretendió sorprender al propio
Tribunal para arrancarle de esta ciudad y sepultarle en sus cárceles, y no habiendo
conseguido este proyecto tan ofensivo al honor de un sacerdote de probidad y de
literatura, se procedió contra él de mano armada en el silencio de la noche, fue rodeada
su casa por los soldados capitaneados por el Provisor y por el Doctoral de esta Iglesia,
se pretendió forzar las puertas de su habitación, se llenó de insultos a su inocente
familia, se pronunciaron contra ella anatemas por el Provisor y Comisario, y Estévez se
vio precisado a saltar por sobre los muros de su casa, a huír del furor de sus enemigos,
y a emigrar a Maracaibo. ¿No podíamos decir que aquel Gobierno había adoptado las
visitas domiciliarias de Robespierre en los tiempos de la anarquía de Francia? ¿Cuál
fue el delito de estos tres sacerdotes? ¿ Cuál fue la causa que movió a tanto
escándalo? La Inquisición de Cartagena como imparcial, y a donde no habían podido
penetrar las maquinaciones del despotismo, declaró a Estévez por inocente, decretó su
reposición a su ministerio, procuró que se subsanase su honor y su fortuna, y privó de
la Comisaría al Doctoral Lazo, que por su adhesión al sistema tiránico había cooperado
al escándalo. Al doctor Azuero después de las violencias dichas, y de una larga
prisión, se puso en libertad y se dictó la sentencia de que se abstuviese de ir a
bailes, suponiendo contra la verdad, que este fuese un motivo para tan grave escándalo.
Al doctor Gómez se le quiso hacer creer que su prisión había sido una pesadilla que
había tenido durmiendo, y jamás se supo por orden de quién ni por qué causa había
sido sorprendido por los soldados, conducido como un criminal a las prisiones, y detenido
en ellas sin
comunicación por largo
tiempo. Falta aún añadir la pesquisa, y las patrullas que salieron armadas en solicitud
del Magistral de esta Iglesia, doctor Rosillo, que se hallaba ausente de la capital, y que
fue conducido a ella en medio de doce soldados y sepultado por muchos meses en una
prisión como la Bastilla de Francia, o como la Rambla de Granada. Ya se había decretado
la muerte de este sacerdote, la que se evitó con la mutación de Gobierno. ¿Queréis
saber cuál era su crimen? El de oponerse a la sorpresa de los franceses, el de defender
los derechos de Fernando VII y la justicia. de su patria.
Pero lo que acaba de
descubrir el Gobierno es la tragedia de Pore. Allí fueron presos dos jóvenes de edad de
veinte años, con otros mozos que alarmaron al Gobernador declamando contra el despotismo,
y asustando a la ciudad. Diose parte al Virrey, y éste de acuerdo con la Audiencia
dividió la causa, hizo conducir a esta ciudad a algunos de los cómplices y dejando a los
dos jóvenes Rosillo y Cadena en Pore, y que omitiendo el seguimiento formal de una causa
que debía presentar en todo su aspecto el delito, sentenciase; y que sin necesidad de
consultar el Tribunal, les hiciese ejecutar. Así se hizo: un solo letrado les juzgó, les
sentenció y sin permitirles defensa, sin darles abogado, sin oír sus descargos, les
arcabucearon y cortaron las cabezas. Nosotros no nos quejamos de que se castiguen los
crímenes sino de que se profanen las leyes. Preguntamos ahora: ¿Las leyes no piden tres
votos de toda conformidad para la imposición de la última de las penas? ¿A beneficio de
los procesados las mismas leyes no exigen su formal audiencia, ensanchando los términos y
vías que en causas de otra naturaleza estrechan? Aun en la milicia, en cuyos consejos las
ejecuciones son más prontas, ¿no se forma un Tribunal? ¿ No se oye al reo? ¿No se le
da un defensor, no se exige la uniformidad y conveniencia de muchos votos para dar muerte
a un delincuente? y en Pore, un solo letrado pronuncia, y sin oír, sin necesidad de
consultar al Tribunal, sentencia y quita la vida a dos muchachos! ¿Hay leyes? Ya aquí no
había sino caprichos. Las cabezas fueron conducidas a esta capital, se pensó por los
Ministros levantarlas públicamente en escarpias para insultar al pueblo, y lo hubieran
ejecutado así, si no hubiera habido consideraciones que lo impidieron. ¿ Qué más
hicieron en Francia los asesinos marselleses asalariados por el infeliz Egalité?
5
Estos, y otros muchos sucesos que omitimos por la
brevedad con que debemos instruír a nuestros hermanos, y que daremos a luz cuando
escribamos sin la precipitación a que ahora nos obligan las circunstancias del tiempo,
todos estos sucesos formaban la escena, y el escándalo del Reino en los últimos momentos
de la Junta Central y en los días en que empezó a balancear el Gobierno de esta capital
y sus Provincias, cuando recibimos noticias de la disolución de dicha Junta Central, y
formación del nuevo Consejo de Regencia. A la manera que, en el helado invierno, cuando
el cielo está obscurecido con densas y negras nubes, suele aparecer de cuando en cuando
un rayo de sol pálido, que aunque no calienta, ilustra a lo menos, y alegra la faz
desnuda de la tierra; así por un instante, se consoló la América con la fausta novedad
de la aniquilación de aquel Tribunal, que perpetuaba en sus empleos a nuestros opresores,
para que éstos asegurasen la dominación de aquél sobre nosotros. Alucinados con la
esperanza de mudar de Jefes, no advertíamos que el mal no estaba en los Representantes,
sino en el sistema del Gobierno. Pero en fin el Consejo de Regencia nos dijo: que desde aquel momento éramos ya libres, que no
éramos ya los que encorvados bajo un yugo mucho más duro, mientras más distantes
estábamos del Trono, habíamos sido mirados con indiferencia, vejados por la codicia y
destruídos por la ignorancia...
(8)
Esta confesión que la
necesidad arrancó al Gobierno, dio a la América el triste consuelo de que los opresores
reconociesen su injusticia y condenasen sus propias operaciones. ¡Qué dulce es para el
hombre el testimonio de su inocencia, y más cuando lo suscribe su enemigo! Pero al mismo
tiempo advertimos en
esta forzada confesión el dolo y la maña sutil con que se confesaba
un delito para cometer otro mayor, y con que al reconocer la injusticia con que se nos
había oprimido, se intentaba hacer más dura y más duradera la opresión. Tratemos con
método sobre el Consejo de Regencia y descubriremos esta verdad.
La Junta Central se disolvió, no por las armas
francesas, sino por el pueblo español que no tenía confianza en ella, y la acusaba de
criminal. Los miembros de que se componía habían sido sindicados de venalidad y de
traición desde el momento en que se descubrió que habían dejado brecha a los franceses
para que entrasen en Sierra Morena. Todos estos Vocales fueron dispersos por el pueblo que
les aborrecía, fueron perseguidos y proscritos. Todos ellos huyeron precipitadamente de
Sevilla huyendo del furor del pueblo que quería castigarlos con muerte, y afortunadamente
algunos de ellos escaparon con vida a favor del ejército del Duque de Alburquerque, que,
les escolté hasta conducirles a la Isla de León. Allí unos miembros muertos quisieron
engendrar un cuerpo vivo: las reliquias de una Junta proscrita, se juntaron para formar
otra, que querían hacer que pareciese legítima, y unos hombres sin autoridad intentaron
dar la que no tenían al Consejo de Regencia, contra las protestas de Granada, de
Valencia, de toda la Nación. Veintitrés Vocales de la extinta Junta Central, veintitrés
Vocales fugitivos, acusados y aborrecidos, como diremos adelante, veintitrés Vocales sin
autoridad y sin representación nacional, instalaron el Consejo de Regencia y le dieron
los poderes de que ellos mismos estaban desnudos. Verdaderamente el presente siglo es el
siglo de las paradojas y de los engaños! Quizá ya se habrá disuelto el Consejo de
Regencia y mañana sabremos que el Excelentísimo o sea Serenísimo Sr. Saavedra, como se
explica en una carta al Gobernador de Cádiz
(9)
acostumbrado a la dominación de Caracas y de Sevilla, ha
levantado otro Cuerpo que se llama Soberano de España y de las Indias.
El Consejo de Regencia se
instaló por fin con todas las nulidades que hemos visto. Se dio la residencia en él a un
Obis
po anciano, el que por sus muchos años no hará otra cosa
en venir desde Orense hasta la Isla de León, que ocupar inútilmente el lugar de su
nombramiento. El Excelentísimo o sea Serenísimo Sr. Saavedra, por esta razón tiene el
Gobierno de tal Consejo, y dice, que ya es llegado el caso de hacer revivir la Junta de
Sevilla, aquella Junta se usurpó el título de Junta Suprema de España e Indias.
(10)
En vista de
esto parece, que no nos engañamos cuando dijimos que no tardaría mucho el tiempo en que
veamos sustituír otro Cuerpo Representante al nuevo Consejo de Regencia. ¿Y la América
le prestará también obediencia, como con violencia la presté a la Junta de Sevilla en
su nacimiento primero? El Gobierno de este Reino tardó mucho tiempo en sancionar su
reconocimiento al Consejo de Regencia. ¿Sería acaso porque tenía presente la
ilegitimidad de su origen? Sería porque guardaba su obediencia para prestarla a la nueva
Junta Sevillana, cuyo renacimiento anunciaba Saavedra? Tal vez fue porque desconfiaba de
que el dicho Consejo de Regencia quisiese perpetuar las autoridades que actualmente
gobernaban, como las habían perpetuado la primitiva Junta de Sevilla y después la Junta
Central. Los que gobernaban en uno y otro Continente se daban siempre las manos, y éstos
no habían obedecido a aquellos, sino al precio de su estabilidad. En efecto: cuando
se anunció la creación del Consejo de Regencia, se anunció también la creación de
nuevos Virreyes, y la mutación de los Jefes que dominaban. De aquí nació la frialdad e
indiferencia con que se miró este nuevo Representante, de aquí el silencio y la falta de
aquel apresuramiento con que se nos había exigido el reconocimiento a los dos primeros
extinguidos Tribunales, de aquí el no hacer Junta, el no conocer a todos los Cuerpos, el
no avisar prontamente a las Provincias, el no comunicar esta noticia de oficio a los
Tribunales interiores, como se había ejecutado antes, cuando se erigieron las otras
Juntas de Sevilla y la Central. Entonces este Cabildo provocó al Virrey para que se
explicase sobre este asunto, y apenas consiguió, el que se anunciase esta novedad al
pueblo por medio de un simple bando. El Consejo de Regencia debe estar quejoso de
los antiguos Jefes de este
Reino, por no haberlo recibido con el ruido, la pompa y aparato magníficos con que
habían sido reconocidos y publicados sus predecesores.
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(1)
Sumar. Decl. 1. (regresar 1)
(2)
Aviso importante a los
Españoles por un celoso Patriota, en Cádiz año de 1810. (regresar
2)
(3) Proclama de Valencia.
(regresar
3)
(4) D. Manuel Silvestre.
(regresar 4)
(5)
El Mayor de la Plata, los dos
Capitanes de Guardias de Alabarderos.
(regresar 5)
(6)
Causa seguida en el Superior
Gobierno. (regresar 6)
(7)
Carta del Ilustrísimo Sr.
Obispo de Quito.
(regresar 7)
(8)
Papel del Consejo de Regencia a
los americanos españoles. (regresar 8)
(9)
Colección de Ordenes, etc.,
Edicto. (regresar 9)
(10) Carta del 24 de enero de 1810 al señor don Francisco
Venegas.
(regresar 10)
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