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TERCERA SECCION
20 DE
JULIO
ACTA
DE LA INDEPENDENCIA
CABILDO EXTRAORDINARIO DE SANTAFE DE BOGOTA
(El original de este precioso documento,
conocido con el nombre de Acta de la Independencia, se quemó en el incendio de las
Galerías del Cabildo en 1900, pero una copia se publicó en 1872 en el Diario de
Cundinamarca.
correspondiente al 20 de julio de ese año).
CABILDO EXTRAORDINARIO
En la ciudad de Santafé, a veinte de julio de mil
ochocientos diez, y hora de las seis de la tarde, se presentaron los SS. M.I.C. en calidad
extraordinario, en virtud de haberse juntado el pueblo en la plaza pública y proclamado
por su Diputado el señor Regidor don José Acevedo y Gómez, para que le propusiese los
Vocales en quienes el mismo pueblo iba a depositar el Supremo Gobierno del Reino; y
habiendo hecho presente dicho señor Regidor que era necesario contar con la autoridad del
actual Jefe, el Excelentísimo señor don Antonio Amar, se mandó una diputación
compuesta por el señor Contador de la Real Casa de Moneda don Manuel de Pombo, el doctor
don Miguel de Pombo y don Luis Rubio, vecinos, a dicho señor Excelentísimo, haciéndole
presente las solicitudes justas y arregladas de este pueblo, y pidiéndole para su
seguridad y ocurrencias del día de hoy, pusiese a disposición de este Cuerpo las armas,
mandando por lo pronto una Compañía para resguardo de las casas capitulares, comandada
por el Capitán don Antonio Baraya. Impuesto Su Excelencia de las solicitudes del pueblo,
se prestó con la mayor franqueza a ellas. En seguida se manifestó al mismo pueblo la
lista de los sujetos que había proclamado anteriormente, para que unidos a los miembros
legítimos de este Cuerpo (con exclusión de los intrusos don Bernardo Gutiérrez, don
Ramón Infiesta, don Vicente Rojo, don José Joaquín Alvarez, don Lorenzo Marroquín, don
José Carpintero y don Joaquín Urdaneta) (salva la memoria del Intendente Patricio doctor
don Carlos de Burgos), se deposite en toda la Junta el Gobierno Supremo de este Reino
interinamente, mientras la misma Junta forma, la Constitución que afianza la felicidad
pública, contando con las nobles Provincias, a las que al instante se les pedirán sus
Diputados, formando este Cuerpo el reglamento para las elecciones en dichas Provincias, y
tanto éste como la Constitución de Gobierno debieran formarse sobre las bases de
libertad e independencia respectiva de ellas, ligadas únicamente por un sistema
federativo, cuya representación deberá residir en esta capital, para que vele por la
seguridad de la Nueva Granada que protesta no abdicar los derechos imprescriptibles de la
soberanía del pueblo a otra persona que a la de su augusto y desgraciado Monarca don
Fernando VII, siempre que venga a reinar entre nosotros, quedando por ahora sujeto este
nuevo Gobierno a la Superior Junta de Regencia, ínterin exista en la Península, y sobre
la Constitución que le de el pueblo, y en los términos dichos, y después de haberle
exhortado el señor Regidor su Diputado a que guardase la inviolabilidad de las personas
de los europeos en el momento de esta fatal crisis, porque de la recíproca unión de los
americanos y los europeos debe resultar la felicidad pública, protestando que el nuevo
Gobierno castigará a los delincuentes conforme a las leyes, concluyó recomendando muy
particularmente al pueblo la persona del Excelentísimo señor don Antonio Amar;
respondió el pueblo con las señales de mayor complacencia, aprobando cuanto expuso su
Diputado.
Y en seguida se leyó la lista de las personas elegidas
y proclamadas en quienes con el ilustre Cabildo ha depositado el Gobierno Supremo del
Reino, y fueron los señores doctor don Juan Bautista Pey, Arcediano de esta santa iglesia
Catedral; don José Sanz de Santamaría, Tesorero de esta Real Casa de Moneda; don Manuel
Pombo, Contador de la misma; doctor don Camilo
de Torres; don Luis Caycedo y
Flórez; doctor don Miguel Pombo; don Francisco Morales; doctor don Pedro Groot; doctor
don Fruto Gutiérrez; doctor don José Miguel Pey, Alcalde ordinario de primer voto; don
Juan Gómez, de segundo; doctor don Luis Azuola; doctor don Manuel Alvarez; doctor don
Ignacio Herrera; don Joaquín Camacho; doctor don Emigdio Benítez; el Capitán don
Antonio Baraya; Teniente Coronel José María Moledo; el Reverendo Padre Fray Diego
Padilla; don Sinforoso Mutis; doctor don Juan Francisco Serrano Gómez; don José Martín
París, Administrador general de tabacos; doctor don Antonio Morales; doctor don Nicolás
Mauricio de Omaña.
En este estado proclamó el
pueblo con vivas y aclamaciones a favor de todos los nombrados; y notando la moderación
de su Diputado el expresado señor Regidor don José Acevedo, que debía ser el primero de
los Vocales, y en seguida nombré también de tal Vocal al señor Magistral doctor don
Andrés Rosillo, aclamando su libertad, como lo ha hecho en toda la tarde, y protestando
ir en este momento a sacarlo de la prisión en que se halla; el señor Regidor hizo
presente a la multitud los riesgos a que se exponía la seguridad personal de los
individuos del pueblo si le precipitaba a una violencia, ofreciéndole que la primera
disposición que tomara la Junta será la libertad de dicho señor Magistral y su
incorporación en ella.
En este estado, habiendo ocurrido los
Vocales electos con todos los vecinos notables de la ciudad, prelados, eclesiásticos,
seculares y regulares, con asistencia del señor don Juan Jurado, Oidor de esta Real
Audiencia, a nombre y representando la persona del Excelentísimo señor don Antonio Amar,
y habiéndole pedido el Congreso pusiese el parque de artillería a su disposición por
las desconfianzas que tiene el pueblo, y excusándose por falta de facultades, se mandó
una diputación a Su Excelencia, compuesta de los señores doctor don Miguel Pey, don
José Moledo y doctor don Camilo Torres, pidiéndole mandase poner dicho parque a órdenes
de don José Ayala. Impuesto Su Excelencia del mensaje, contestó que lejos de dar
providencia ninguna contraria a la seguridad del pueblo, había prevenido que la tropa no
hiciese el menor movimiento, y que bajo de esta confianza viese el Congreso que nuevas
medidas quería tomar en esta parte. Se le respondió que los individuos del mismo
Congreso descansaban con la mayor confianza en la verdad de Su Excelencia.; pero que el
pueblo no se aquietaba, sin embargo de habérsele repetido varias veces desde los balcones
por su Diputado que no tenía que temer en esta parte y que era preciso, para lograr su
tranquilidad, que fuese a encargarse y cuidar de la artillería una persona de su
satisfacción, que tal era el referido don José de Ayala. En cuya virtud previno dicho
Excelentísimo señor Virrey que fuese el Mayor de la Plaza don Rafael de Córdoba con el
citado Ayala a dar esta orden al Comandante de Artillería, y así se ejecutó. En este
estado, impuesto el Congreso del vacío de facultades que expuso el señor Oidor don Juan
Jurado, mandó otra Diputación, suplicando a Su Excelencia se sirviese concurrir
personalmente, a que se excusó por hallarse enfermo; y habiéndolas delegado todas
verbalmente a dicho señor Oidor, según expusieron los Diputados, se repitió el mensaje
para que las mande por escrito con su Secretario don José de Leiva, a fin de que se
puedan dar las disposiciones convenientes sobre la fuerza militar, y de que autoricen este
acto. Entretanto se recibió juramento a los señores Vocales presentes, que hicieron en
esta forma, a presencia del M.I. Cabildo y en manos del señor Regidor primer Diputado del
pueblo don José Acevedo y Gómez:
puesta la mano
sobre los Santos Evangelios y la otra formando la señal de la cruz, a presencia de
Jesucristo Crucificado, dijeron: juramos por el Dios que existe en el Cielo, cuya imagen
está presente y cuyas sagradas y adorables máximas contiene este libro, cumplir
religiosamente la Constitución y voluntad del pueblo expresada en esta acta, acerca de la
forma del Gobierno provisional que ha instalado; derramar hasta la última gota de nuestra
sangre por defender nuestras sagrada Religión
C. A. R.,
nuestro amadísimo Monarca don Fernando VII y la libertad de la Patria; conservar la
libertad e independencia de este Reino en los términos acordados; trabajar con
infatigable celo para formar la Constitución bajo los puntos acordados, y en una palabra,
cuanto conduzca a la felicidad de la Patria. En este estado me previno dicho señor
Regidor Diputado a mi el Secretario certificase el motivo que ha tenido para extender esta
acta hasta donde se halla. En su cumplimiento digo: que habiendo venido dicho señor
Diputado a la oración llamado a Cabildo extraordinario, el pueblo lo aclamó luego que lo
vio en las galerías del Cabildo y después de haberle excitado dicho señor a la
tranquilidad, el pueblo le gritó se encargase de extender el acta, por donde constase que
reasumía sus derechos, confiando en su ilustración y patriotismo, lo hiciese del modo
más conforme a la tranquilidad y felicidad pública, cuya comisión aceptó dicho señor.
Lo que así certifico bajo juramento, y que esto mismo proclamó todo el
puebloEugenio Martín Melendro.
En este estado, habiendo
recibido por escrito la comisión que pedía el señor Jurado a Su Excelencia, y esto
estando presentes la mayor parte de los señores Vocales elegidos por el pueblo, con
asistencia de su particular Diputado y Vocal el Regidor don José Acevedo, se procedió a
oír el dictamen del Síndico Personero doctor don Ignacio de Herrera, quien impuesto de
lo que hasta aquí tiene sancionado el pueblo y consta del acta anterior, dirigida por
especial comisión y encargo del mismo pueblo, conferida a su Diputado el señor Regidor
don José Acevedo, dijo que el Congreso presente compuesto del M. I. C., cuerpos,
autoridades y vecinos, y también de los Vocales del nuevo Gobierno, nada tenía que
deliberar, pues el pueblo soberano tenía manifestada su voluntad por el acto más solemne
y augusto con que los pueblos libres usan de sus derechos, para depositarlos en aquellas
personas que merezcan su confianza; que en esta virtud los Vocales procediesen a prestar
el juramento y en seguida la Junta dicte las más activas providencias de seguridad
pública. En seguida se oyó el voto de todos los individuos del Congreso, que convinieron
unánimemente y sobre que hicieron largas y eruditas arengas, demostrando en ellas los
incontestables derechos de los pueblos, y particularmente los de este Nuevo Reino, que no
es posible puntualizar en medio del inmenso pueblo que nos rodea.
El público se ha opuesto en
los términos más claros, terminantes y decisivos a que ninguna persona salga del
Congreso antes de que quede instalada la Junta, prestando sus Vocales el juramento en
manos del señor Arcediano Gobernador del Arzobispado, en la de los dos señores curas de
La Catedral bajo la fórmulas que queda establecida y con la asistencia del señor
Diputado don José Acevedo; que en seguida presten el juramento de reconocimiento de
estilo a este nuevo Gobierno los Cuerpos civiles, militares y políticos que existen en
esta capital, con los Prelados seculares y regulares, Gobernadores del Arzobispado, Curas
de la Catedral y Parroquias de la capital, con los Rectores de los Colegios. Impuesto de
todo lo ocurrido hasta aquí el señor don Juan Jurado, comisionado por Su Excelencia para
presidir este acto, expuso no creía poder autorizarle en virtud de la orden escrita que
se agrega, sin dar parte antes a Su Excelencia de lo acordado por el pueblo y el Congreso,
como considera dicho señor que lo previene Su Excelencia. Con este motivo se levantaron
sucesivamente varios de los Vocales nombrados por el pueblo, y con sólidos y elocuentes
discursos demostraron ser un delito de lesa majestad y alta traición el sujetar o
pretender sujetar la soberana voluntad del pueblo, tan expresamente declarada en este
día, a la aprobación o improbación de un Jefe cuya autoridad ha cesado desde el momento
en que este pueblo ha reasumido en este día sus derechos y los ha depositado en personas
conocidas y determinadas. Pero reiterando dicho señor su solicitud con el mayor
encarecimiento, aunque fuera resignando su toga, para que el señor Virrey quedase
persuadido del deseo que tenía dicho señor de cumplir su encargo en los términos que
cree habérsele conferido. A esta proposición tomó la voz el pueblo ofreciendo a dicho
señor garantías y seguridades por su persona y por su empleo; pero que de ningún modo
permitía saliese persona alguna de la sala sin que quedase instalada la Junta, pues a la
que lo intentase se trataría como a reo de alta traición, según lo había protestado el
señor Diputado en su exposición, y que le diese a dicho señor certificación de este
acto para los usos que le convengan. Y en este estado dijo dicho señor que su voluntad de
ningún modo se entendiera ser contraria a los derechos del pueblo que reconoce y se ha
hecho siempre honor por su educación y principios de reconocer; que se conforma y jurará
el nuevo Gobierno, con la protesta de que reconozca al Supremo Consejo de Regencia. Y
procediendo al acto del juramento, recordaron los Vocales doctor don Camilo Torres y el
señor Regidor don José Acevedo que en su voto habían propuesto se nombrase Presidente
de esta Junta Suprema del Reino al Excelentísimo señor Teniente General don Antonio Amar
y Borbón; y habiéndose vuelto a discutir el negocio, le hicieron ver al pueblo con la
mayor energía por el doctor don Fruto Joaquín Gutiérrez, las virtudes y nobles
cualidades que adornan a este distinguido y condecorado militar, y más particularmente
manifestada en este día y noche, en que por la consumada prudencia se ha terminado una
revolución que amenazaba las mayores catástrofes, atendida la misma multitud del pueblo
que ha concurrido a ella, que pasa de nueve mil personas que se hallan armadas, y
comenzaron por pedir la prisión y cabezas de varios ciudadanos cuyos ánimos se hallaban
en la mayor división y recíprocas desconfianzas desde que supo el pueblo el asesinato
que se cometió a sangre fría en el de la Villa del Socorro por su Corregidor don José
Valdés, usando de la fuerza militar, y particularmente desde ayer tarde, en que se
aseguró públicamente que en estos días iban a poner en ejecución varios facciosos la
fatal lista de diez y nueve ciudadanos condenados al cuchillo, porque en sus respectivos
empleos han sostenido los derechos de la Patria; en cuya consideración tanto los Vocales,
Cuerpos y vecinos que se hallan, presentes, como e! pueblo que nos rodea, proclamaron a
dicho señor Excelentísimo don Antonio Amar por Presidente de este nuevo Gobierno. Con lo
cual y nombrando de Vicepresidente de la Junta Suprema de Gobierno del Reino al señor
Alcalde Ordinario de primer voto doctor don Miguel Pey de Andrade, se procedió al acto
del juramento de los señores Vocales en los términos acordados. Y en seguida prestaron
el de obediencia y reconocimiento de este nuevo Gobierno el señor Oidor que ha presidido
la Asamblea; el señor don Rafael de Córdoba, Mayor de la Plaza; el señor Teniente
Coronel don José de Leiva, Secretario de Su Excelencia; el señor Arcediano, como
Gobernador del Arzobispado y como Presidente del Cabildo Eclesiástico; el Reverendo Padre
Provincial de San Agustín; el Prelado del Colegio de San Nicolás; los curas de Catedral
y parroquiales; Rectores de la Universidad y Colegios; el señor don José María Moledo,
como Jefe militar; el M. I. Cabildo secular, que son las autoridades que se hallan
actualmente presentes, omitiéndose llamar por ahora a las que faltan, por ser las tres y
media de la mañana. En este estado se acordó mandar una diputación al Excelentísimo
señor don Antonio Amar, para que participe a Su Excelencia el empleo que le ha conferido
el pueblo de Presidente de esta Junta, para que se sirva pasar el día de hoy a las nueve
a tomar posesión de él, para cuya hora el presente Secretario citará a los demás
Cuerpos y autoridades que deben jurar la obediencia y reconocimiento de este nuevo
Gobierno.
Juan Jurado Doctor
José Miguel Pey Juan Gómez Juan Bautista Pey José María
Domínguez-Castillo José Ortega Fernando de Benjumea José Acevedo y
Gómez Francisco Fernández Heredia Suescún Doctor Ignacio de Herrera
Nepomuceno Rodríguez Lago Joaquín Camacho José de Leiva Rafael
Córdoba José Maria Moledo Antonio Baraya Manuel Bernardo Alvarez
Pedro Groot Manuel de Pombo José Sanz de Santamaría Fr. Juan
Antonio González, Guardián de San Francisco Nicolás Mauricio de Omaña
Pablo Plata Emigdio Benítez Fruto Joaquín Gutiérrez de Caviedes
Camilo Torres Doctor Santiago Torres y Peñal Francisco Javier Serrano
Gómez de la Parra Celi de Alvear Fr. Mariano Garnica Fr. José Chaves
Nicolás Cuervo Antonio Ignacio Gallardo, Rector del Rosario Doctor
José Ignacio Pescador Antonio Morales José Ignacio Alvarez Sinforoso
Mutis Manuel Pardo.
Las firmas que faltan en esta
acta, y están en el cuaderno de la Suprema Junta, son las siguientes: Luis Sarmiento
José María Carbonell Doctor Vicente de la Rocha José Antonio Amaya
Miguel Rosillo y Meruelo José Martin Paris Gregorio José Martin
Portillo Juan María Pardo José María León Doctor Miguel de Pombo
Luis Eduardo de Azuola Doctor Juan Nepomuceno Azuero Plata Doctor
Julián Joaquín de la Rocha Juan Manuel Ramírez Juán José Mutienx
Ante mí, Eugenio Martín Melendro.
CARTA DE D. JOSE ACEVEDO
GOMEZ A D. MIGUEL TADEO GOMEZ
(Es esta la primera relación que se hace de los
sucesos del 20 de julio de 1810, escrita al día siguiente del Grito. Archivo
de José Acevedo Gómez. Publicada en la obra El Tribuno del Pueblo por Adolfo León
Gómez. Biblioteca de Historia Nacional.
Volumen VII Imprenta Nacional. Bogotá, 1910).
Santafé, 21 de julio de
1810.
Señor don Miguel Tadeo Gómez.
A las siete de la mañana,
querido primo, grandes acontecimientos políticos. ˇSomos libres! ˇFelices de nosotros!
Se completó la obra que comenzó esa ilustre Provincia. Antes de ayer averiguó este
pueblo que unos cuantos facciosos europeos nos iban a dar un asalto en la noche de ayer y
quitar la cabeza a diez y nueve americanos ilustres, en cuya fatal lista tengo el honor de
haber sido el tercero, Benítez el primero y Torres el segundo. Esta noticia,
semiplenamente probada por el infatigable celo de nuestros Alcaldes Gómez, europeo
ilustre, y Pey, patricio benemérito, con la del horrendo asesinato que hizo en esa villa
el tirano Valdés, puso furioso al pueblo de Santafé, que antes tenían por estúpido. La
noche del 19 vino el pueblo a guardarme, y si no lo he contenido, se precipita sobre los
cuarteles.
Ayer 20 fueron a prestar un
ramillete a don José González Llorente para el refesco de Villavicencio, a eso de las
once y media del día, en su tienda en la primera Calle Real, y dijo que no lo daba; y que
se c... en Villavicencio y en todos los americanos; al momento que pronunció estas
palabras le cayeron los Morales, padre e hijo; se juntó tanto pueblo, que si no se
refugia en casa de Marroquín, lo matan, En seguida, como a eso de las dos de la tarde,
descubrieron al Alcalde toda la conspiración. El pueblo no le permitió actuar:
descerrajaron la casa de Infiesta, Jefe de ella, y si no le rodean algunos patriotas,
brillaban los puñales sobre su pecho, lo mismo que sobre Llorente, a quien también sacó
de su casa con Trillo y Marroquín, que escapó vestido de mujer, pero le cogió el
Alcalde Gómez en una sala de armas. El Virrey mandó escolta para auxiliar a la Junta. Yo
estaba en mi casa con otros amigos, cuando a la oración vino el pueblo y me llevó a
Cabildo, pidiendo las cabezas de Alba, Frías y otros, con la libertad de Rosillo. La
plaza estaba completamente llena de gente y las calles no daban paso. Subí y al instante
me nombré el pueblo para su Tribuno o Diputado, y me pidió le hablase en público,
haciéndome mil elogios. Calló, y le hice una arenga, manifestándole sus derechos y la
historia de su esclavitud, y principalmente en estos dos años, con la de los peligros que
habíamos corrido sus defensores. Le demostré la peligrosa cruz en que se hallaba si
prevalecían la tiranía y la fuerza.
En seguida me gritó que
reasumía sus derechos y estaba pronto a sostenerlos con su sangre; que extendiese el acta
de libertad en los términos que me dictaran mi patriotismo y conocimientos; que le
propusiera Diputados para que unidos al Cabildo le gobernasen inter las Provincias mandan
sus Diputados, excluyendo de este Cuerpo a los intrusos.
Entré a la sala, extendí el
acta constitucional, formé la lista de diez y seis Diputados. Salí a la tribuna, hice
otra pequeña arenga, leí la lista, la aplaudió, y notando que faltaba mi nombre, dijo
que debía ser el primero. Y añadió otros Vocales, insistiendo en que iba a forzar la
prisión de Rosillo. Le aplaqué, ofreciéndole que el primer acto del nuevo Gobierno
sería la libertad de este ilustre Vocal; que usara el pueblo con dignidad de sus derechos
y no comprometiera con violencias la seguridad de ningún ciudadano. Oyó mi voz. ˇQué
placer es merecer la confianza de un pueblo noble! Llegaron a Cabildo los Diputados,
Prelados, Jefes, autoridades, etc., y el Oidor don Juan de Jurado, comisionado por Su
Excelencia para.. .(no se entiende la palabra en el original). Era tal la confusión
que nadie se entendía. El pueblo gritaba que si no era cierto que tenía que pelear con
tiranos, se le entregase la artillería. El Virrey la puso a disposición de don José
Ayala, quien con cien paisanos se unió a su Comandante. Pidió también una compañía
para guardia de las Casas Consistoriales, comandadas por Baraya, y la mandó; pero no
cesaban las desconfianzas. A las doce de la noche se trató de acordar, comenzaron a dar
votos disparatados y a pedir la lectura del acta del pueblo, certificada por el
Excelentísimo, y dije que el Congreso no tenía ya autoridad para variar la institución
del pueblo. El Síndico dijo lo mismo; el Oidor se oponía, y revistiéndome de la
cualidad de Tribuno, salí al medio de la sala. Hice una arenga y declaré reo de lesa
majestad al que se opusiera a la instalación de la Junta. El pueblo me abrazaba, etc. El
asesor del Cabildo siguió el mismo dictamen, y el Síndico, cuyo voto fue el primero que
puse, dijo lo mismo. Se retractaron los cuatro que habían propuesto adjuntos para el
Virrey.
Hablaron los nuevos vocales
divinamente. El Demóstenes Gutiérrez se hizo inmortal. Torres, Pombito, etc. El pueblo
gritaba lleno de entusiasmo. Jamás Atenas ni Roma tuvieron momento tan feliz, ni fueron
superiores sus oradores a los que hablaron la noche del 20 de Julio en Santafé. Resultó
por unanimidad que no había facultad para variar el acta extendida por el Diputado del
pueblo: que jurasen los Vocales y se instalase la Junta.
El Oidor quiso dar parte al
Virrey antes, y el pueblo gritó que era un traidor, pues sujetaba la soberanía del
pueblo a la decisión de un particular. Me asombré cuando oí esta proposición en boca
de gentes al parecer ignorantes. No hubo arbitrio: se instaló la Junta unida al Cabildo:
hice presente al pueblo la consideración que debía a don Antonio Amar por su prudencia
en esta circunstancia, y las políticas que debían tenerse presentes para que lo hiciera
Presidente. Gritó que viva Amar. No, no es tirano pues que lo abona nuestro Diputado; sea
Presidente. Fue una Diputación a Su Excelencia, a las tres de la mañana, compuesta del
Arcediano, Cura Omaña, Torres y Herrera con el Oidor; le dio parte de todo; recibió con
sumo gusto la noticia y aceptó el cargo con que le honró el pueblo, ofreciendo reconocer
la Junta a las nueve de hoy y recibirse, suplicando sí que le dispensen venir a Cabildo,
pues está malo. En seguida la han reconocido todos los Cuerpos que estaban presentes, el
Cabildo, Prelados, Gobierno Eclesiástico y los Jefes militares, con expresa orden del
Virrey. Solo falta la audiencia de algunos Prelados, etc.
Tenemos que ir a las nueve a
la primera sesión, en que quedarán concluídas todas estas formalidades. El pueblo no
creyó los juramentos de Sámano. Quito gritaban y el Socorro acusan a
estos pérfidos. Sámano consignó el bastón muy sentido. Yo aplaqué al pueblo.
Hay en este momento, que son las ocho de la mañana, sobre 4.000 hombres a caballo, que
han entrado de la Sabana, y mi casa no se entiende. Toda la noche ha estado el pueblo
frente a mi balcón gritando vivas; mi mujer y mis hijos no se han acostado. Esta fuera
una Troya si el Virrey no se porta como se portó. Las campanas no han cesado de tocar a
fuego; todo iluminado. El pueblo registró todas las casas sospechosas, pero no hizo daño
alguno; solo recogió las armas y municiones. En este estado nos hallamos. Adiós, mi
querido primo.
JOSE DE ACEVEDO Y GOMEZ
La Constitución debe
formarse sobre bases de libertad, para que cada Provincia se centralice, uniéndose en
ésta por un Congreso Federativo. Está jurada así por todos (aquí una palabra que no se
entiende) por mi Patria a su valor y a sus desgracias debemos esta resolución. ˇQue viva
la Espada de la América, el terror de los tiranos! Di a mis queridos paisanos que los
adoro, que somos libres por su valor y constancia, que se estén tranquilos pero avisados.
Allá irá Plata con el acta impresa. Benítez es Vocal y Gómez el clérigo, mis dignos
paisanos.
(Hay una rúbrica).
LA REVOLUCION DEL 20 DE JULIO
DE 1810, REFERIDA
POR UN TESTIGO OCULAR
(Boletín de Historia y Antigüedades. Tomo
VIII. Bogotá,
1913).
Santafé, julio 26 de 1810.
Señor N. N.Cartagena.
Mi estimado amigo: Después
de mi última, tengo tantas cosas qué decirte, que no sé por dónde comenzar, ni si
acierto a hacerlo, porque estoy atolondrado, y todavía creo estar en sueños. Los sucesos
son tan memorables, que no han tenido ni tendrán iguales en la América. Tú lo dirás
después que los hayas leído.
El viernes 20 del corriente
comenzó en la Calle Real a divulgarse la especie de que el español don José Llorente
había dicho iniquidades contra los criollos con motivo de habérsele ido a prestar unos
adornos, entre otros un florero, para el recibimiento de Villavicencio. La voz se fue
esparciendo, y tuvo la fortuna de electrizar a varios patricios, y particularmente a
Francisco Morales, en términos que, no pudiendo contenerse, le dijo a Caldas, que pasaba
por el frente de la puerta de Llorente, que no le hiciese atención alguna a éste, porque
era un pobre sastrezuelo y había dicho mil cosas contra los criollos. Llorente, que
estaba a la puerta, lo negó, y con este motivo levantó Morales la voz y se comenzó a
agregar gente, dirigiéndose toda en pelotón hacia la tienda, gritando todos
desaforadamente, y en particular los Morales, padre e hijos.
Antonio, aunque procuraron
contenerlo, se metió hasta dentro del mostrador y hartó de palos a Llorente, que por
pura casualidad escapó vivo de entre las manos de éste y de un inmenso pueblo que se
había congregado. Sosegado un poco aquel primer bullicio, se entró Llorente a la casa de
las Morenos, situada en la primera Calle Real, en donde se mantuvo medio privado hasta la
una o una media, que lo llevaron a su casa en silla de manos para que no fuese conocido.
Pero ni aun esto le valió al infeliz, porque llegaron a descubrirlo, y empezó a gritar
un
muchacho y a seguirlo mucha gente hasta su casa. Allí lo metieron y cerraron, pero cada
vez iba creciendo más y más el concurso junto a la casa, y toda la Calle Real estaba
llena de corrillos, de modo que parecía día de Corpus. A las dos y media de la tarde
comenzó a desenfrenarse el pueblo, pidiendo a gritos satisfacción del agravio que les
había hecho Llorente, y que no se contentaban con menos que con su cabeza, y que al
instante lo llevasen a la cárcel. A este tiempo se apareció en la Calle Real el Alcalde
Pey, con el fin de pacificar a la gente; entró en la casa de Llorente, en compañía de
don Camilo Torres y de don Lorenzo Marroquín. Salió luego al balcón de la calle y
procuro tranquilizar al pueblo, que se hallaba reunido en número muy considerable; pero
fueron inútiles todos sus esfuerzos, hasta que hubo de prometerles que lo llevaría, a la
cárcel para satisfacerlos. En efecto, así lo verificó inmediatamente, sacando a
Llorente de su casa para la cárcel chiquita, y yendo detrás de ellos, adelante y a los
lados toda la multitud, blasfemando públicamente contra los chapetones y su
conducta en orden al tratamiento que daban a los americanos.
En este intermedio, y desde
el principio del pasaje referido, no faltaron algunos que bajo de cuerda energizaron al
pueblo y lo levantaron, en términos que, luego que metieron a Llorente en la cárcel,
comenzaron a gritar que hiciesen lo mismo con Infiesta, Trillo, Bonafé y otros. No
aguardaron orden de nadie, porque ya no respetaban autoridad ninguna, y se dirigieron a
casa de Trillo e Infiesta. Estos, que desde el principio temieron mucho, procuraron
esconderse, y el primero salió fuera de su casa, quedándose el otro escondido en ella en
un zarzo. Luego que el pueblo llegó a la casa, quiso forzar las puertas de la calle, que
estaban cerradas, y creyeron que por dentro habían hecho fuego. Esta circunstancia, que
creo falsa, irritó más los ánimos, y empezaron a tirar tanta piedra contra la casa, que
no dejaron vidrieras, espejos ni ninguna cosa sana de cuanto había en ella. Lograron
últimamente entrar, anduvieron por los tejados de toda la manzana, se metieron a varias
casas vecinas, y después de mucho rato encontraron al pobre Infiesta escondido en el
zarzo. Le vi salir de su casa a empellones de la gente, no siendo bastante a contenerla ni
el respeto del Alcalde ni otro Regidor, que lo llevaban en medio, ni la escolta ni un
piquete de soldados que iba en auxilio. Yo creía que lo volvían pedazos, según la furia
con que se echaban encima. Puesto ya Infiesta en prisión, se volvieron contra Trillo, y
después de mil pesquisas inútiles le cogieron a las siete de la noche, sin que con éste
hubiese habido la bulla que con los otros, porque no lo supo el pueblo. El desenfreno de
este día había crecido tanto, que ya pedían la prisión de cuantos sujetos se les
antojaba, y era preciso condescender con sus peticiones. No se oía otra cosa que baldones
contra los españoles, que se estableciese la Junta y que para ello se hiciese Cabildo
abierto. El Procurador General fue a casa del Virrey a representarle lo que pedía el
pueblo, y al instante otorgó su petición, lo mismo que todas las demás que le hizo el
Alcalde, relativas a que le franquease auxilios.
Concedida pues la licencia
para el Cabildo abierto, y más y más entusiasmado el pueblo con los discursos de don
José Maria Carbonell, se juntaron los capitulares en la sala como a las seis o más de la
noche, y como podía entrar todo el que quisiera, se llenó aquello de gente, de modo que
no se cómo ha podido aguantar tanta aquel edificio. El pueblo que estaba abajo en la
plaza, nombró diputados que lo representasen, cuatro por cada barrio, de manera que
fueron por todos diez y seis. Presidió la Junta por comisión del Virrey el Oidor Jurado,
y antes de entrar en materia y solo para aclarar los términos y límites de la comisión,
fue necesario enviar varias diputaciones al Virrey, hasta que la dio por escrito. No
cesaba el tumulto de la gente y el toque a fuego en casi todas las iglesias de la ciudad,
que hacía la noche lúgubre y horrorosa. Duró el Cabildo abierto hasta las seis de la
mañana, en que quedó instalada una Junta Suprema, habiéndola jurado y reconocido los
jefes militares y el pueblo. Se nombró Presidente de ella al Virrey, y por Vicepresidente
al Alcalde Pey, con el tratamiento de Usía. La Junta lo tiene de Excelentísima. El
Virrey la reconoció y juró al día siguiente, quedando todos muy contentos.
CARTA DE D. JOSE ACEVEDO GOMEZ A D. J. M. REAL
DE CARTAGENA
(Archivo José Acevedo
Gómez. En la obra El Tribuno
de 1810 por Adolfo León Gómez. Biblioteca de Historia
Nacional. Vol. VII. Imprenta Nacional, Bogotá, 1910).
Señor don J. M.
Real-Cartagena.
Mi Querido amigo:
Ya sabrá
Vuestra Merced que se perfeccionó la obra de nuestra redención política. Gracias al
Todopoderoso, ya somos libres e independientes, y solo falta para completar nuestra
felicidad que reunidas aquí dignamente las Provincias, traten de los grandes intereses
del Reino, en medio de la paz y la tranquilidad.
Ha sido tan
extraordinario el entusiasmo del pueblo de esta capital y de todos los contornos desde el
día de la revolución hasta el 25, en que se prendió al ex-Virrey, ex-Regente y
ex-Oidores, y Fiscal con el ex-Secretario Leiva y el ex-Asesor Bierna, que la Junta se ha
visto sumamente embarazada dictando providencias para serenar al pueblo y evitar una
violencia en estas personas y otras que el mismo pueblo había prendido ya, como Alba,
Frías, Trillo, Llorente e Infiesta. Estas providencias de seguridad pública, el acta de
independencia que se extendió luego que estuvimos completamente libres, y la convocatoria
de Diputados y Representantes de las Provincias que deben venir a sustituir los que
provisionalmente ha elegido este pueblo, han ocupado de tal modo la prensa hasta hoy, que
no ha sido posible se imprima el acta primordial de la revolución, la que dictó este
pueblo mismo, por mi conducto, en el momento en que resumió sus derechos y los depositó
en personas determinadas provisionalmente. Acompaño a Vuestra Merced testimonio
autorizado de dicha acta para que haga imprimir en esa, como se hará aquí luego que se
desembarace la imprenta.
En ella verá
Vuestra Merced la parte que quiso darme este pueblo generoso en el acto más augusto y
solemne que puede ocurrir a un pueblo que desea su libertad, y en el momento en que
desencadenado y furioso, no parecía uno de tantos sujetos ilustrados que tuviese valor
para explicarle sus más sagrados derechos, proponiéndole los fijase y depositase antes
que sus aprehensores volviesen sobre sí y le tratasen como a insurgente. Dios me inspiró
esta resolución, y aunque sin las luces necesarias, hice una arenga al pueblo, en que
desenvolviendo los principios del día, demostré que si en el instante no reasumía el
pueblo la autoridad que se le había usurpado hace dos años, dentro de ocho días
estaría la capital llena de patíbulos y todo el Reino cubierto de luto; le exhorté a
que calmase su furor explicado contra las cabezas de muchos europeos que pedía a gritos,
enfurecido de que varios ciudadanos le hubiesen, con su mediación y propio peligro,
evitado el sacrificio de los que ya habla prendido en aquella tarde; y finalmente a que se
persuadiera que si no se unían todas las clases, era imposible establecer nuestra
felicidad. Tuve el placer de calmar la tempestad más deshecha; que se me dieran por
el pueblo las comisiones que constan en el acta, y la incomparable de que al día
siguiente, después que regresó la Junta Suprema de recibir el juramento al ex-Virrey don
Antonio Amar, me hiciese salir el pueblo a la galería del Cabildo y me significase por
demostraciones sumamente expresivas que agradecía mis oficios precedentes. Este día fue
para mí más glorioso que aquel en que entró Octavio en Roma después que se hizo dueño
del imperio del mundo. Las recompensas que concede un pueblo libre a quien como yo está
que lo anima el alma de Bruto, es la suprema felicidad a que puede aspirar sobre la tierra
un hombre de bien.
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