(continuación P RIMERA SECCION )  

Es imponderable el terror pánico que se infundió en todos los que componían la expedición, a excepción del Sr. Oidor Osorio que aunque parece en cierto modo culpable el que hubiese acordado con el capitán Barrera arrimar (como ellos dicen) a rendir las armas a un corto número de paisanaje (casi desarmado) que los más se inclinan a que no pasarían de 200 hombres, mayormente hallándose la tropa acuartelada en una casa alta de teja, atrincherando el frente con algún otro parapeto. Lo cierto es que tanto los soldados de la expedición como los 22 guardas y los pocos voluntarios agregados, fueron hechos prisioneros a excepción de los que salieron prófugos, sin que se hubiese hecho la menor demostración de defensa: y de que proviniesen otros pasajes ridículos y vergonzosos hacia los sujetos que mandaban la Expedición, los cuales por no hacer más extensa se omite y solo bastante decir que al paso que la mayor parte, o casi los cincuenta soldados que auxiliaban la expedición se mantuvieron en sus respectivos puestos esperando la orden de hacer fuego según se asegura, y quiere en parte cohonestarse; lo que se infiere es que no hubo quien se la diera sino la contraria de que se le rindieran las armas al paisanaje que se reconocía dividido y como a pelotones en la plaza, calles y otros parajes; sin que se discurriera ni premeditase una retirada honrada, haciendo fuego, con lo que tal vez hubiesen quedado tan insolentados los sublevados, tan abatido el honor de las armas y cohonestada en cierto modo la expedición: disculpase esta acción con que mutuamente fue convenio de que los unos y los otros hiciesen suspensión, y que por este medio no procederían los sublevados a incendiar las casas y ranchos del pueblo y que todo se acomodase interín se acomodaban los tratados. ¡Gran ligereza por cierto! Fiar la proposición a una gente inculta y desarreglada, que según se dice, venía con el objeto de introducirse hasta la capital, para asegurar en ella al Regente Visitador, llevárselo al Socorro, para que viera el trabajo que tenía la siembra de tabacos y que él mismo anulara lo que había hecho, o de no anularlo, lo declarase el Acuerdo en el caso que no encontraran oposición de fuerzas como no lo había y entablar las cosas a su arbitrio.

Finalmente apoderados los sublevados de las armas que se componían de los 50 fusiles de los soldados, 22 trabucos de los guardas y los fusiles que llevaban 100 de más para habilitar otros en auxilio de la expedición, recogiendo también los 20.000 cartuchos con bala, las dos cargas de pólvora, balas sueltas, pistolas, sables, espadines, dinero y equipaje y entregando únicamente el dinero al Sr. Oidor Osorio para que lo custodiase, dejándole guarda de ellos, fueron dando licencia a los soldados para que se regresasen a la capital de Santa Fe o a donde quisieran; y mientras estas disposiciones se daban, el ayudante Ponce oculto pudo escapar con el silencio de la noche, auxiliado de un vecino y se regresó a Santa Fe en traje de frayle franciscano a dar las primeras noticias de lo actuado.

Entró en esta ciudad el 12 de mayo a las dos de la tarde, atravesando las calles con el mismo traje hasta llegar a su casa, donde fue desconocido aún por su propia mujer, quien inmediatamente le pasó noticia al Sr. Regente Visitador que le envió a llamar y habiéndose mudado de traje le informó a boca todo lo hasta aquí relacionado y mucho más que se omite, dándole a entender que los sublevados por él y por su director D. Francisco Moreno y que el número de tropas que se les iba aumentando por instantes, se hallarían ya cerca de esta capital con el objeto de saquearla y de pasar tal vez a otras ideas y a mayores insultos.

Con esta novedad no esperada, lleno de pavor el señor Regente Visitador, convocó a junta de ministros y tribunales y habiéndose presentado en ella el mismo D. Francisco Ponce informó a boca segunda otra vez de lo acaecido. Con cuya noticia y teniendo el mismo señor Regente anticipada desde aquella tarde su salida, la verificó en aquella noche después de concluída la junta; abandonando su comisión, considerando ya destruídas por todas las rentas y botados los caudales del Rey y acordando en ella antes de su partida y con el común acuerdo de todos los vocales el que con respecto a que en la capital solo había 25 hombres, resto de los 50 que se perdieron en la expedición y que los sublevados se hallaban tan inmediatos, les saliera al encuentro uno de los señores ministros con el Alcalde ordinario más antiguo; y que respecto a que el Illmo. Señor Arzobispo se ofrecía acordarse el modo de impedir la entrada por cuantos medios dictase la Prudencia, a fin de embarazar los insultos y contener una tumultuosa plebe tumultuada.

Con esta resolución que quedó acordada en la citada noche del día 12 de mayo como a las 12 de ella a poco rato salió el Sr. Regente Visitador precipitadamente con solo dos criados para la Villa de Honda, garganta del río Magdalena y pasaje proporcionado, en el que pudiese libertar la vida entregado a sus rápidas corrientes a la menor novedad y como después lo hizo cuando se vio obligado.

Con la citada Junta fue acordado el que saliera el Señor Oidor D. Joaquín Vasco y Vargas y el alcalde ordinario más antiguo Dr. D. Eustaquio Galavis, los que salieron de la capital de Santa Fe en la siguiente mañana del día 13 en compañía del Illmo. Sr. Arzobispo D. Antonio Caballero y Góngora, quienes llegaron en aquella noche a la parroquia de Zipaquirá distante una jornada corta de la capital de Santa Fe, a donde los sublevados venían a reunir sus fuerzas para entrar en dicha capital; los cuales como se tuviese noticia de hallarse más distante de lo que se creía y que venían divididos en trozos por distintos parajes, al siguiente día 14 de mayo resolvieron los dichos señores comisionados despachar varios Chaquis con cartas misibles de los principales jefes o capitanes de los comunes dándoles a entender su misión y que los oirían gratos luego que les avisaran el paraje de la reunión.

Mas como la principal fermentación estaba dentro de la capital, donde se cree se formaron los pasquines y se comunicaban frecuentemente los avisos al cuerpo de los sublevados sin que esto pudiera impedirse por las pocas fuerzas para calmar en parte y aquietar los ánimos de los moradores de Santa Fe, en una junta de los tribunales que se celebró en ella el día 15 de mayo después de la salida de los señores comisionados y aún sin noticias de éstos, fue acordado por prudente medio según se consideró, la rebaja de los Ramos y efectos de la Real Hacienda, exención de la Armada de Barlovento, guías y tornaguías establecidas por el señor Regente Visitador que se publicó por bando inmediatamente en la capital de Santa Fe, expidiendo orden para que los señores comisionados lo hicieran también publicar en la parroquia de Zipaquirá y su jurisdicción, como lo hicieron publicar en cumplimiento de ella.

El 16 de mayo asaltaron en Zipaquirá unos pocos sublevados, unidos con los vecinos de aquel pueblo, el estanco de tabaco y aguardiente en el que botaron una porción del primero repartiéndolo entre los mismos vecinos y del aguardiente como unas cinco botijas, que fueron las que se encontraron y en aquella noche por particulares resentimientos, se entraron en la casa de un vecino europeo llamado don José Mozos, la que saquearon enteramente, sin que bastase la presencia del Illmo. Sr. Arzobispo para contenerlos y en cuyas malvadas operaciones consumieron toda la noche hasta las 7 de la mañana del siguiente día, en que los pocos sublevados se dejaron ver y fueron recogiendo y restituyendo a sus dueños la mayor parte de las alhajas y prendas robadas por los vecinos, sin exceptuar las puertas y ventanas que rompieron con las hachas y por cuyo medio quisieron vengar su encono sin respetar la presencia del Illmo. Sr. Arzobispo ni de los señores comisionados que dieron las más exactas providencias para impedir el insulto y que no pudieron evitar por si solos y no haber hallado en el pueblo persona alguna que les auxiliase.

Desde el día 16 hasta el 29 de mayo se mantuvieron los señores comisionados en Zipaquirá dando otras disposiciones, aunque sin noticia del paradero de las tropas de los sublevados, hasta que el citado 29 se recibió carta de don Juan Francisco Berbeo, Comandante Jefe de los Comunes, en que daba noticia de la reunión de sus tropas en el campo de Nemocón por donde salieron dichos señores y comisionados al siguiente día 26 y habiendo llegado como a las 11 del día y hospedados en la casa del Administrador de Salinas, que tiene varias ventanas con vista a la plaza contigua a la iglesia, se dejaron venir a ella como unos 500 hombres armados mandados por sus capitanes, y estando formados y el que hacía de jefe habiéndose desmontado del caballo y hecha la genuflexión a la iglesia, en voz alta y perceptible dijo: “Viva nuestra santa fe católica, nuestro católico monarca el señor don Carlos III, viva el Illmo. Sr. Arzobispo, vivan todos los SS. jueces y ministros de S. M., y muera el mal gobierno”, y concluído se fueron desfilando para el campo; en aquella tarde se les fueron reuniendo varias tropas de afuera y en la misma entró don Juan Francisco Berbeo con un grueso trozo de las suyas y habiendo trasladado su campamento al Mortiño, paraje más inmediato a Zipaquirá los S.S. comisionados se regresaron a dicho pueblo para embarazar que se fuera acercando y obervarle su movimiento.

Desde el 26 hasta el 31 de mayo sostuvieron los S.S. comisionados en asocio del Illmo. Sr. Arzobispo el numeroso ejército de los sublevados, que se componía de más de 15.000 hombres metidos en unos pantanos por las continuas lluvias y mala situación del paraje sin dar lugar a que se adelantasen; conteniéndolos con solo su prudencia y las repetidas sesiones que se tuvieron al efecto, y finalmente en el citado día 31 pidieron los sublevados el que para acomodar sus capitulaciones, viniera a Zipaquirá el Cabildo Secular de Santa Fe, con cuatro sujetos distinguidos a quienes nombraron capitanes y los hicieron por considerarse ellos (según decían) que les convenía incluir a la capital en la sublevación.

Mientras tanto y en 1º de junio intentaron levantar su campamento y trasladarse a los campos de Chía, distantes tres horas de la capital, lo que se les impidió, como también el que lo verificasen el 2, 3 y 4, socorriéndolos con dineros que repartieron el Illmo. Sr. Arzobispo y el Sr. Oidor Vasco, de su propio peculio, por cuyo medio y el de las limosnas que hicieron, desistieron de la empresa de entrar a la Capital el numeroso ejército de los sublevados, que sin duda hubieran dado la Ley respecto a las ningunas fuerzas que en ella había, pues todo era un aparato exterior que al mejor tiempo faltaría según lo tenía acreditado la experiencia en distintos parajes de que al fin se hará mención por lo que puede decirse con verdad que en el día 4 de junio del presente año de 1781 el Illmo. Sr. Arzobispo de Santa Fe y el señor Oidor Vasco y Vargas, con solo su prudencia y por medio de un aviso y ardiente celo de religión y fidelidad, conquistaron por segunda vez el Reino. Paso en silencio las fatigas, incomodidades y ultrajes que por espacio de 30 días sufrieron estos señores en los campos de Zipaquirá y Nemocón, sujetos a las continuas lluvias y rodeados de aquella numerosa plebe la mayor parte necesitada y que pedían con las armas en la mano y a las sumisas reflexiones con las que la fueron conquistando, hasta conseguir el que cediera y desistiera de un todo aquella numerosa plebe armada de entrar a la Capital; siendo lo más extraño que en tantos días que se mantuvieron acampados en parajes pantanosos, inundados de agua, no se experimentasen entre ellos la más leve indisposición en la salud, quimera ni otros disgustos que les obligasen a acelerar sus ideas: se tenía esto casi por milagro, respecto a que había casi quince mil hombres de distintos pueblos, sin los que se le agregaban con la novedad, y que traían consigo más de 4.000 bagages de que se veían poblados aquellos campos.

Últimamente llegó el día 5 de junio en el que remitió don Juan Berbeo, Comandante en Jefe, que se decía ser de los Comunes, sus capitulaciones extensivas a 85 capítulos, hablando todos con el Real Acuerdo. Los señores comisionados las recibieron a las 10 de la noche y no obstante que sobre ellas habían hecho varias reflexiones en las muchas juntas y secciones que mantuvieron con los capitanes que les proponían de palabra y aun en un mal formado borrador que pocos días antes pasaron: conociendo el que la idea de los sublevados era el que se remitieran a Santa Fe para que las aprobara el Real Acuerdo con quien hablaban y por no tener en aquella hora con quien contestar resolvieron el dirigirlas con un chasqui, que practicó activamente la diligencia, el cual las condujo en el 6 y al siguiente día 7 las volvió a regresar con oficio para que se aceptaran por los señores comisionados haciendo antes sobre cada una las reflexiones. Los señores comisionados convocaron en la mañana del mismo 7 a todos los capitanes que pasaban de doscientos y a don Juan Berbeo, Comandante en Jefe para tratar el asunto.

Se vinieron los más y se juntaron en la habitación del Illmo. Sr. Arzobispo y con la novedad se levantó la mayor parte del acampamento y se vio en pocos minutos ocupada de gente de armada la plaza de dicha Zipaquirá. El Illmo. Sr. Arzobispo tenía su habitación en la casa del Cura, que está en uno de los ángulos de la plaza en salas viejas y con ventanas a ella. Comenzose la sesión como a las 11 del día porque no pudo ser antes; y habiendo los señores comisionados dado principio a las reflexiones que anteriormente tenían hechas, capitulación por capitulación, al llegar a la 14, viéndose los comunes convencidos, se suscitó entre ellos tal confusión y alboroto que comunicada a todos de los de afuera, comenzaron a decir: “Traición, traición, a Santa Fe, a Santa Fe!”, con esta novedad se sorprendió el Illmo. Sr. Arzobispo y mas viendo que ni aun los capitanes, ni el Jefe eran bastantes a contener sus gentes y pidió a los señores comisionados omitiesen ya más reflexiones y que respecto a que los comunes insistían en que los aprobase el Real Acuerdo, se remitiesen a él para no aventurarlo todo y que si se cedía era a la fuerza. Los señores comisionados visitaron la diligencia y la aceptaron a nombre de dicho Real Acuerdo como se les prevenía en el oficio que se les pasó de Santa Fe, a donde las devolvieron inmediatamente para su aprobación.

Al día siguiente 8, las devolvió el Real Acuerdo y Junta Superior, aprobadas y habiéndose recibido en Zipaquirá como a las 8 del día, celebró misa su Illma. patente el Santísimo Sacramento, y concluída con las solemnidades acostumbradas y como se pedía en las mismas capitulaciones, ratificaron los señores comisionados el juramento. Concluído este solemne acto, se cantó el Te Deum, hubo repique de campanas y los sublevados tendieron bandera blanca con las armas reales, que fijaron en una de las ventanas de la habitación de su Illma., con muchos vítores al Rey.

El Illmo. Sr. Arzobispo y señores comisionados de la capital, se mantuvieron al siguiente día 9 en Zipaquirá, haciendo retirar las gentes a sus respectivos pueblos, suministrándoles dinero para que lo verificasen como lo consiguieron; siendo bien de extrañar que en todo aquel día se disipó a todo el numeroso concurso de gente armada, a excepción de unos pocos que quedaron con don Juan Berbeo.

Al día siguiente se regresaron el Illmo. Sr. Arzobispo y señores comisionados a la capital, la que les salió al encuentro de todas clases en señal de reconocimiento y aplaudiéndolos como verdaderos libertadores de la Patria y el Reino. En estas demostraciones se señalaron las comunidades religiosas, especialmente los cuatro conventos de monjas, que con su virtud supieron guardar más bien el peligro en que se vieron inmediatas. El Illmo. Sr. Arzobispo a los ocho días de haber llegado volvió a emprender su marcha para el Socorro, distante 12 jornadas de Santa Fe, en persecución de su pastoral visita, donde se halló tranquilizando los ánimos de aquellas gentes y de los pueblos del tránsito.

Hasta aquí el derrotero que se hizo en la pacificación de los pueblos, más porque se pueda hacer concepto del origen de estos movimientos, del gran trastorno que amenazaba el Reino, y de las simuladas ideas con que se encaminaban algunas gentes, promoviendo pueblos enteros y alegando causa común para sacudir el peso de las citadas contribuciones y la poca seguridad que con este pretexto se podía tener aun de aquellos de quienes se esperaba; se expresarán sucintamente varios parajes que acaecieron en el intermedio.

El 12 de mayo como a la media noche, como se ha dicho, salió el señor Regente Visitador precipitadamente de la capital y llegó a la Villa de Honda, garganta del río de la Magdalena: el 16 del mismo encontró en ella unos 200 fusiles y 2 cañones de batir, que con anticipación había remitido el señor Virrey; habilité con ellos y con otras armas hasta el número de unos 400 hombres para su custodia y dispuso que los cañones se enviasen a la capital, a donde se persuadió podrían ser más útiles. Con esta noticia se destacaron de la capital 29 hombres a caballo, armados de medias lunas puestas en un, palo, al mando de un vecino honrado, y algunos otros en quienes se tenía alguna confianza. Los sublevados que venían marchando para Nemocón hubieron esta misma noticia y adelantaron unos 16 hombres, armados de lanzas y algunas pistolas para el mismo paraje aunque todos a pie: encontráronse los unos y los otros en la medianía del camino y a dos jornadas de la capital y sin haberse causado el mayor daño de una a otra parte, desarmaron los 16 hombres del Socorro a los 29 de Santa Fe, despojándolos de 4 pares de pistolas, 2 espadines, 1 sable, dos espadas de estoque y de 22 medias lunas o desgarraderas, las que pusieron en depósito en el pueblo inmediato manteniendo prisioneros a los principales, y al siguiente día dejaron a todos en libertad y sin ofenderles dándoles pasaporte para Santa Fe, de donde se destinaron otros 50 hombres que fueron rechazados por los mismos sin la menor desgracia. Estas dos funciones vergonzosas llegaron inmediatamente a oídos del señor Regente Visitador, que se hallaba a dos jornadas cortas del paraje donde acaecieron estos dos sucesos, con especialidad el primero por su mayor cercanía a la Villa de Honda, y lleno de valor escribió quejándose del poco espíritu de la Capital y que en cierto modo celebraría que los del Socorro se acercaran a la Villa de Honda, sin acordarse ya de que pocos días antes salió huyendo precipitadamente de la Capital.

Los 16 hombres del Socorro se fueron lentamente acercando y al paso sublevaron los tres pueblos inmediatos de Guaduas, Piedras y Villeta, y avisaron a Honda el día de la entrada; con este motivo y conociendo el señor Regente que los 400 hombres que tenía armados para su defensa serían del partido de los sublevados a excepción de unos pocos europeos vecinos del pueblo, les mandó recoger cautelosamente las armas y con la mayor precipitación se echó río abajo en una barqueta de a 12, gobernada por 3 o 4 bogas, con solo dos criados navegando día y noche sin hacer mansión, de suerte que en menos de 5 días se puso en Cartagena. Siendo lo más extraño que habiendo encontrado al paso parte del destacamento de 500 hombres que mandaba el señor Virrey desde aquella plaza, compuesto en la mayor parte del regimiento Fijo, no se encontró seguro en el Paraje donde lo encontré; y así siguió rápidamente creyendo que aun los caimanes y peces del río, se habían vuelto socorreños, con lo que acredité su valor que sólo lo tuvo en apariencia mientras tuvo el mando, a la sombra de tanta adulación que ha sido la causa de toda su desgracia.

Omítese en esta relación la buena acogida que tendría el señor Regente en Cartagena con su intempestiva llegada, con especialidad del señor Virrey que sorprendido con la novedad no esperada, llegaría tal vez a persuadirse que el destacamento de los 500 hombres de tropa arreglada, habría sin duda padecido estragos a manos de los sublevados; cuando reflejaría que encontrándose el señor Regente indispensablemente con ellos como sucedió, no fueron bastantes a contener su precipitada bajada a la plaza y que superaría el número de los sublevados para una revolución de que no hay ejemplar en las historias.

Los pocos vecinos honrados de la Villa de Honda, compuesto la mayor parte de europeos, que por todos no llegaron a 30 o 40 según las noticias que dieron a la capital, luego que vieron la precipitada salida del señor Regente que la ejecutó el 11 de junio, procuraron poner en defensa su persona y bienes, temiéndose algún insulto de los sublevados que se hallaban cerca; estos antes de entrar en ella resolvieron conmover la plebe y hacerla a su partido como lo consiguieron, nombrando de ellos dos capitanes para su dirección. A los dos o tres días y como los sublevados encaminasen sus ideas a la ciudad de Mariquita, inmediata a Honda, por ser pueblo de minas y algunos caudales que intentaron robar, mientras tanto la plebe de Honda impaciente de la retardación, acometieron la noche del 15 a la casa del Alcalde ordinario, y de otros vecinos para que les franquearan las llaves de la administración de Aguardiente y Tabaco para repartir entre ellos y disponer de los citados efectos a su arbitrio: esto lo ejecutaron la noche del citado día como a las ocho de ella, en que los pocos europeos y algunos vecinos honrados los recibieron con algunas descargas; de modo que con la confusión y oscuridad de la noche e inmediación al río, no pudo saberse a punto fijo el número de muertos pues solo se encontraron tres por la mañana y ocho heridos, retirándose los demás prófugos a los montes y sobre que recae la reflexión de que si en el Puente Real se hubiera hecho la más leve demostración de defensa, a las primeras descargas de los 80 hombres con 20.000 cartuchos de baja, no hubiera quedado ni aún el más leve indicio de los sublevados y como escarmentados en su temeridad, hubieran desistido de hacer la guerra con las mismas armas, pólvora y dinero de que se apoderaron.

Mientras tanto acaecieron estas desgracias en la Villa de Honda, de los 16 hombres del Socorro que se hallaban en Guaduas, pasaron unos 8 o 10 de ellos a la ciudad de Mariquita, gobernados por un cabo llamado Galán; estos se dirigieron inmediatamente a la casa y mina de un vecino rico de la Villa de Honda que por hallarse con los demás conteniendo la plebe, no pudo pasar a defender su hacienda ni caudales de que le despojaron, llevándoles el dinero y alhajas que tenían de mucho valor, como también los papeles de su correspondencia, que después le devolvieron los mismos sublevados aunque no el todo de los efectos que le habían robado.

Encamináronse estos pocos a Ambalema y dispusieron igualmente de los tabacos del Rey, continuando en dar otras disposiciones y arbitrando a su modo de los bienes de particulares, hasta que poco a poco se fueron disipando y separando de la plebe que se les agregó, cargados de riquezas, de alhajas y dinero que tenían robado y siguiendo su camino para el Socorro según las noticias que fueron llegando.

Como la fermentación se había hecho general y los pueblos se veían propensos, en Neiva mataron al gobernador porque quiso impedirla; lo mismo ejecutaron en la provincia de Pasto con el teniente de Popayán, auditor de guerra que fue de la plaza de Cartagena don José Ignacio Peredo por haberse opuesto uno y otro a la revolución de los sublevados, intentando sostener las providencias del Regente Visitador.

En la parroquia que llaman el Pie de la Cuesta, encontraron los del Socorro alguna resistencia por los de Girón que está contiguo a ella, donde mataron dos de los tumultuados y con cuya noticia despacharon del Socorro y sus parroquias unos 500 hombres que cuando llegaron a la ciudad de San Juan Girón a vindicar el agravio que suponían les habían inferido, no tuvieron con quien contestar por hallarla desierta.

En la provincia de los Llanos compuesta de muchas poblaciones contiguas a los indios bravos y cuyos parajes por lo montuoso y dilatados se hacen de difícil penetración, se sublevaron por orden de un vecino de los más caudalosos, no solo los indios ya civilizados sino también los de la parte de afuera que se les reunían, suponiendo órdenes del rebelde Tamazo y queriéndoles dar a entender que todos estaban exentos de tributos y que habían cesado las contribuciones de Diezmos y obligación de cumplir con los preceptos eclesiásticos; para esto y como el principal motor y cabeza fue un vecino llamado don Francisco Javier de Mendoza, éste por particulares resentimientos con el gobernador se apoderó de todos sus caudales, le embargó sus haciendas, publicando que los esclavos de ellas habían quedado libres, y manteniendo como en depósito las mujeres de algunos vecinos, haciéndose dueño absoluto y dando otras providencias relativas a negar el debido homenaje.

Es fuera de toda exageración el terror pánico que se infundió en todas aquellas gentes que no eran del partido de los sublevados, y el desenfado y valentía comunicado a estos a quienes miraban con la mayor veneración y respeto; de modo que uno solo que entrase en un pueblo manifestando ser del Socorro, bastaba para que se le reuniesen todos y los Administradores y recaudadores de rentas reales pusieron a su disposición los efectos.

Últimamente aunque también se han tenido noticias de varios pueblos distantes que aun subsisten algunos alborotos con especialidad en la ciudad de Pamplona y Cúcuta, Valle muy dilatado, no se sabe haya sucedido desgracia; y habiendo llegado a esta el destacamento de los 500 hombres el día 19 de agosto al mando del coronel don José Berneo, se ve la plebe más contenida.

El señor Oidor don José Osorio fue conducido a esta capital en un guando o cama cubierta sobre hombros, el 1º de agosto y el 11 del mismo amaneció muerto en su cama. Tal vez a impulso de la pasión de ánimo que le dominaba desde la pérdida de la pasada expedición, desde cuyo tiempo revestido de honor no levantó la cabeza; y así hubiera sido muy justo pues que no quedó por resolución y presencia de espíritu, que le tenía muy grande, se le hubiese puesto en su lápida el epitafio siguiente:

“Aquí yace un cadáver que animado
daba muestras de ser muy valeroso, 
pero cierto accidente vergonzoso
trocó la suerte y anunció el Hado:
y por tanto del lance sonrojado
el pecho heroico que en la tumba yace
con su muerte acreditada lo hace
el fiel vasallo con ánimo leal, que es rendir el espíritu vital
cuando no en guerra, a lo menos in paze”.

Requiescan.—Amén.

Grande ejemplar para algunos, pero como todos no gastan el mismo humor, baste con decir que se ha dado una idea suscinta de todos los pasajes y que solo resta pedir a la Divina Majestad, la paz y tranquilidad de los reinos, salud y felicidad de nuestro católico monarca don Carlos III, aumento y conservación de nuestra santa fe y verdadera religión, para que de este modo vivamos en gracia y consigamos la gloria, que a todos deseo conmigo.

Amén.

Santa Fe 31 de agosto de 1781.


TEXTO DE LAS CAPITULACIONES REDACTADAS POR LOS
COMUNEROS PARA PRESENTARLAS AL COMANDANTE GENERAL

(Archivo de la Biblioteca Nacional. Publicadas en el libro Los Comuneros — Historia de la Insurrección de 1781, por Manuel Briceño. Imprenta de Silvestre y Compañía. Bogotá, 1880).

El Comandante general de las ciudades, villas y pueblos que por comunidades componen la mayor parte de este Reino, y en nombre de las demás restantes, por quienes presto voz y caución, mediante la inteligencia en que me hallo de su concurrencia , para que unánimes y todos juntos como a voz de uno se solicitase la quitación o relevación de unos pechos y minoración de otros que insoportablemente padecía este mísero Reino, que no pudiendo ya tolerarlos por su monto, ni tampoco los rigurosos modos instruídos para su exacción, se vió precisada la villa del Socorro a sacudirse de ellos, del modo que es notorio, a la cual siguieron las demás parroquias, pueblos, ciudades y lugares, por ser en todos ellos uniforme el dolor, y como haya mediado por su intermedio y se acelere por la convención a que todos los principales unívocamente propendemos: parezco ante V. A. con mi mayor rendimiento por mí y en nombre de todos los que para dicha Comandancia me eligieron, y de los demás que para este fin se han agregado, presentes y ausentes, en virtud de lo que se me ha prevenido por los señores comisionados exponga: propongo las Capitulaciones siguientes:

I.   Que ha de fenecer en el todo el ramo de Real Hacienda titulado Barlovento, tan perpetuamente que jamás vuelva a oírse su nombre.

II.  Que las guías que tanto han molestado en el principio de su establecimiento a todo el Reino, cese para siempre jamás su molestia.

III. Que el ramo de barajas se haya también de extinguir y para que se evite su mal uso, las que se trajesen de nuestro Reino de España a la llegada de los puertos de la América se hayan de echar a fondo, o las retrocedan otra vez para España, y al que las condujere para acá por otra vía, les sean confiscadas éstas y toda la carga que las acompañaba, con cuyo fin cesará su mal uso, y al que se encontrare jugando con baraja, se le pene en cien patacones, aunque sea por vía de diversión, y si no los tuviere, en cien días precisos de cárcel, sin excepción ni distinción de persona de nuestro fuero.

IV. Que el papel sellado, atenta la miseria en que está constituido este Reino, sólo quede corriente el pliego de medio real, para los eclesiásticos, religiosos, indios y pobres y el pliego de a dos reales para los títulos y litigios de personas de alguna comodidad, y no de otro de ningún sello.

V. Que por cuanto los más Jueces que se nombran de Alcaldes ordinarios de la Hermandad y Pedáneos, es su nombramiento contra su voluntad por el abandono con que dejan sus casas y cortos haberes de su manutención, y que a más de esa incomodidad, se les exigen cantidades para ellos muy crecidas de medias annatas , es expresa. Capitulación como las antecedentes, cese su contribución en el tiempo venidero, por no reportar en semejantes empleos ningún cómodo, ni para su manutención, ni sufragarle el oficio para las pérdidas de la casa que abandona.

VI.   Que en el todo y por todo se haya de extinguir la renta, frescamente impuesta, del estanco del tabaco, la que aún en tiempo del excelentísimo señor don Sebastián de Eslaba que entraban chorros de oro y ríos de plata en la garganta de la ciudad de Cartagena con su sabia administración y notoria prudencia, conociendo la deficiencia del Reino, no tuvo por conveniente su imposición, ni los dos excelentísimos señores don José Alfonso Pizarro y don José Solís, por el práctico conocimiento que tuvieron de su miseria, hasta que el Excelentísimo señor don Pedro Mesía de la Zerda, con el título de proyecto experimental, aparentando beneficio al público, fue la vara en que se cimentaron tamaños perjuicios, como se han experimentado por los que lo beneficiaban, y con los canjes de otros frutos de este Reino lo traginaban los pobres que alcanzaban a tener cinco cabalgaduras, y que si se miran las cuantiosas asignaciones a los rentados para esta Administración, los utensilios correspondientes para ella y la alcabala que en tantas ventas, reventas y cambios rendía, y la muchedumbre de cargas que de él se han quemado, se hallará que a S. M. (que Dios guarde) poco o nada ingresaba en su Erario, y los míseros vasallos tuvieron con este establecimiento tan imponderables amarguras, que no cupieran en los volúmenes del Tostado si se hubieran de referir.

VII.  Que hallándose en el estado más deplorable la miseria de todos los indios, que si como la escribo porque la veo y conozco, la palpase V. A., creeré que, mirándolos con la debida caridad, con conocimiento que pocos anacoretas tendrían más estrechez en su vestuario y comida, porque sus limitadas luces y tenues facultades de ningún modo alcanzan, con sus cortas siembras, a satisfacer el crecido tributo que se les exige con tanto apremio por sus Corregidores, y concurso de sus respectivos Curas, por el interés de sus asignados estipendios; que atenta la expresada miseria, solo quede en la contribución total y anual de cuatro pesos, y mulatos requintados a dos pesos, y que los Curas no les hayan de llevar derecho alguno por sus obvenciones de óleos, entierros y casamientos, ni precisarlos con el nombramiento de Alférez para sus fiestas; pues éstas, en caso de que no haya devoto que las pida las costee la cofradía, cuyo punto pide de necesario y previo remedio; como asimismo, que los indios que se hallen ausentes del pueblo que obtenían, cuyo resguardo no se haya vendido ni permutado, sean devueltos a sus tierras de inmemorial posesión, y que todos los reguardos que de presente posean les queden no solo en el uso, sino en cabal propiedad para poder usar de ellos como tales dueños.

VIII.  Que habiéndose establecido la renta de Aguardientes con la pensión a los ingenieros de trapiches de ocho reales por botija, cuyo método se varió hasta el acrecentamiento en que hoy se hallaba este ramo, sólo haya de tener el precio de seis pesos botija de ocho frascos bocones de cabida de aguardiente superior, y no más perpetuamente, sobre cuyo pie se saque el pregón, y rematado, si lo quisieren, por el tanto, las ciudades, villas y lugares, puedan encabezarse en él, según las reales disposiciones de las leyes de Castilla 6a., 7a. y 3a. de las condiciones generales de los arrendamientos, y la municipal sobre el tanto de los Diezmos, estancos y rentas, capitulando con la debida expresión su cumplimiento, y si esta renta quedase por arrendamiento haya de ser penada la persona que la defraudare en el cuarto tanto de la cantidad de batición o licor que en dicho fraude se les encontrase, y si fuese persona miserable, que no tenga con que satisfacer la expresada multa, se le den tantos días de prisión cuantos pesos había de pagar, y que no se le pueda imponer otra pena alguna.

IX. Que la Alcabala, desde ahora para siempre jamás, haya de seguir su recaudación de todos los frutos, géneros, ganados y especies, el dos por ciento de todo lo que se vendiese, trajese o cambiase, y que se saque ésta al pregón, y que si su remate fuese con persona de desagrado de la ciudad, villa, parroquia, pueblo o lugar, se le conceda el encabezamiento y milite lo mismo que en la renta de aguardientes, y que las fianzas que de su importe se dieren, hayan de ser siempre y por siempre a satisfacción del Cabildo, con el bien entendido que ésta no se cause de la plata emprestada por dos o tres años, aunque esta se escriture e hipoteque finca raíz, pues dicho empréstamo es con el recto ánimo de enajenar el todo o parte de su finca, y solo sí cuando sobre ella le toma, aunque no sea a censo perpetuo o real redimible; como si alguno este patrimonio real defraudare, sea penado en cualquier caso que se le aprehendiere, en la pena de cuatro tantos más de lo que importare la cantidad defraudada, y solo queden libres en el ramo los granos que en el mercado se expenden para la provisión de su vecindario y demás que a él se congreguen, renunciando, como todos unánimes conmigo lo hacen, las mercedes y franquezas de las cosas boticarias, caballos ensillados y enfrenados, armas acabadas, libros en blanco, o escritos, rollos de esparto, algodón, que se nos preparaba su fábrica para nuestros vestuarios , pues de todos y cada uno de ellos, cuando los vendamos, fiemos o cambiemos, no obstante su privilegio, hemos de satisfacer el dos por ciento de su respectiva alcabala.

X. Que hallándose la entrada a la capital de Santafé con demasiada incomodidad para su tráfico, se solicité por el Cabildo de aquella ciudad ante el Excelentísimo señor don José Alonso Pizarro se estableciese un nuevo impuesto de tres cuartillos por bestia, y un real la carga de negociación, desde el año pasado de 750, e importando la cuenta dada por el Administrador de Alcabalas más de 4.000 pesos en cada un año, es preciso que ascienda su contribución, desde aquel tiempo al presente, más de 180.000 pesos, y siendo el mayor avalúo que en aquel tiempo se le dio, el de setenta y tantos mil pesos, debieran sobrar cerca de sesenta y haber cesado esa exacción desde que se concluyó el camellón para que se destinó, y que con el sobrante se hubiesen construído otras obras públicas en el resto de las ciudades y pueblos contribuyentes, pues no es bien visto que, llevando el mayor gravamen los vecindarios de Vélez, Socorro y Tunja, se hayan quedado sin parte alguna en la composición de sus caminos, por lo que es muy conforme que cese la circular contribución, y que si Santafé la necesita, solo lo haga con su demarcación.

XI.   Que habiéndose establecido el correo en el año pasado de 50, por el Excelentísimo señor don José Alfonso Pizarro en aquel principio no causó las incomodidades que en su reforma impuso el Director general Pando, el cual instruido por personas inexpertas de las distancias que hay de los lugares de su carrera, ni de las de sus colaterales, les asignó crecidos e indebidos portes, por lo que han resultado continuadas extracciones en los pliegos, y para que en este ramo haya aumento al real Erario, y los vasallos no sean incomodados, tanto en sus intereses como en la disminución de sus comunicaciones, debe arreglarse del modo siguiente: Las cartas de Tunja, Villa de Leiva, Chiquinquirá y Puente real de Vélez, y los lugares de igual distancia, las sencillas a medio real, las dobles a real, la onza a real y medio, y las que excedieren para adelante, a real cada una. Las de Pamplona, San Gil, Girón, Socorro y lugares de iguales distancias, a real la sencilla, dos reales la doble y tres la onza, y del mismo modo con equiparación, la demás circunferencia, y que las penas de los trasgresores lo sean la quinta parte más de los valores asignados, y si se establecieren desde sus cabeceras de ocho en ocho días, será duplicado su ingreso, y verificado el alivio del vasallo, evitado el fraude causado de las urgencias y libres las cartas que cada uno mande por propio o sin él.

XII.  Que por cuanto la solicitud de la concesión de la Santa Bula es dirigida en utilidad espiritual y corporal de los vasallos de nuestro Soberano, y por su precio asignado en un Reino de tan limitadas comodidades, por cuya escasez no será ni aun la décima parte de sus habitantes los que la toman, y será duplicado si se le minora su precio a la mitad del que al presente tiene, como se experimentará en la siguiente publicación, pues o se nos ha de dar al que ofrecemos o nos privaremos del beneficio que entonces la reportábamos.


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