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El triste nombre que Panamá tiene, y los malos recuerdos que involuntariamente acuden á la memoria cuando tal poblacion se nombra, datan de la época en que aún no se habían emprendido las obras del ferro-carril, y no por lo que en ella ocurriera, ni por los males que una vez allá hubiera que lamentar, sinó por los mil peligros, penalidades y fatigas con que había que luchar, ante las que no eran pocos los que sucumbían. Desde luégo hay que tener presente que en aquel tiempo ninguna de las líneas de vapores tenía el servicio tan bien montado como hoy día, razon porque los pasajes, sobre ser más incómodos, eran mucho más caros : esto, que ya era para presentar graves inconvenientes, iba seguido de otras muchas dificultades, tras las que los emigrantes desembarcaban en el poco seguro y revuelto-puerto de Chagres, en el que muchas veces no pocas canoas se fueron á pique en los remolinos de la barra, al querer ganar tierra. Salvado esto, era necesario remontar las sinuosidades del Chagres, ascensión que no podía hacerse en ménos de cinco días, los que habían de usar los viajeros prensados en estrechas piraguas, sin techo ni toldo que los preservara ni poco ni mucho de los ardores del sol ó de la lluvia, y del pernicioso relente durante la noche, y de esta manera, sumamente fatigados, llegaban á la Gorgona. Desde este punto hasta Panamá árales aún necesario hacer una marcha de más de veinte horas á pié, ó cuando más en mulas, bajo un sol abrasador y por un terreno arcilloso y tan resbaladizo, que el viaje era un suplicio, pues á más de esto, las huellas anteriores se convertían en charcos y profundos baches al paso del menor torrente, de la menor cantidad de agua. Por la tarde no puede contarse con ninguna comida confortable, ni por la noche con ningun albergue; sin poder cambiar de ropas, que con harta frecuencia se llevan mojadas desde por la mañana; hay necesidad de acostarse sobre una tierra empapada de agua, si es que se quiere descansar, lo que, bien visto, se hace indispensable tras las fatigas que se llevan experimentadas, y no es menester esforzarse mucho para comprender que en tales condiciones el organismo más fuerte y vigoroso decae, la naturaleza irás sana y robusta se resiente y se debilita, el cuerpo se predispone grandemente á la absorcion de los miasmas palúdicos, y con harta frecuencia se dan casos de fiebres fulminantes, que llevan la desanimacion y la congoja al ánimo de los que sobreviven, que ven hasta qué punto se hallan faltos de medios para prestar auxilios ó evitar al ménos la prolongacion del mal. Conviene tener presente que casi siempre se daba la circunstancia agravante de ser aquellos mineros gentes de la peor clase y condicion social, dispuestos siempre á los mayores abusos, no contenidos nunca por la voz de la experiencia ni de la razon, y que en su mayor parte iban minados por enfermedades que en cualquier region habían de diezmarlos.

Ruínas de la iglesia de las Monjas, en el Viejo Panamá.

Peligros de otra naturaleza contribuían á aumentar el terror que el clima del Istmo infundía, y eran la multitud de bandidos que infestaba toda la comarca, los que con una audacia, sin nombre sorprendían y atacaban á las caravanas en su vuelta, con lo que á muy poca costa y con gran facilidad se hacían con una parte del oro conseguido en las minas de California por aquellos infelices, que tanto habían sufrido y trabajado para poseerlo. Este estado de cosas, tan perjudicial y comprometido, duró hasta que un hombre que apénas contaba veinte años tuvo la feliz idea de fundar en Panamá un comité de vigilancia. Con un valor y una constancia que no pueden ser pagados con nada, marchando á la cabeza de sus atrevidos compañeros, el americano Ran-Rumels recorrió en todos sentidos los laberintos intrincados de aquella floresta, las sinuosidades de aquellas montañas, donde tras cada piedra, tras cada árbol, había un peligro, y sin formacion de causa, sin exámen ni trámite alguno, fué ahorcando sin compasion á todo bandido que en su guarida encontraba ó que sorprendía sobre el campo, con lo que en ménos de un mes aquel moderno Hércules dejó limpia de salteadores toda la zona.

¿Qué queda, pues, de las mil fábulas y tremendas narraciones que se han hecho correr por el mundo? ¿No han llegado á decir, ó, lo que es aún peor, dicen todavía, que cada traviesa en que los rails se ajustan está apoyada en el cadáver de un infeliz trabajador? Los anales mismos de la Compañía del Panamá Trascontinental pueden servirnos para contestar con la mayor exactitud y destruir las exageraciones que en esto, como en todo lo que á aquellas comarcas se refiere, se forjan con tanta facilidad. Segun los registros á que nos referimos, no ha habido más que doscientas noventa y tres defunciones de hombres blancos en todo el tiempo que duraron las obras de la construccion, número relativamente pequeño si se atiende á las malas circunstancias en que los trabajos se llevaban á cabo, y que en más de una ocasion hubo hasta siete mil obreros ocupados.

Es cierto que en los trabajos preliminares, cuando aún se estaba construyendo la línea á traves de los pantanos de Mindi y de Gatum, las enfermedades hacían bajas considerables en los cavadores; mas hay que tener presente que el mayor número de aquellos infelices eran irlandeses, que, segun todos afirman, son los europeos ménos á propósito para resistir los ardores de aquel sol; cosa que no puede ménos de ser cierta, si se atiende á la enorme diferencia que tiene que existir para todas las condiciones de la vida entre las nevadas montañas del N. de Europa, donde casi todo el año las nieves tapizan el suelo y las brumas apénas dejan paso á los rayos del sol, y las ardientes llanuras del centro de América, en las que el calor lo arrasa todo y las lluvias constituyen un nuevo peligro. En aquellos primeros momentos era tambien cosa sumamente difícil atender y cuidar á los obreros para disputárselos á la muerte, más segura entónces á cualquier accidente, por pequeño que éste fuera, pues en primer lugar no se tenía perfecto conocimiento de lo que podía suceder, y por tanto no se observaban las reglas que más tarde habían de dar buenos resultados, ni se tenían á prevencion los medios de defender que se arbitraron. Aglomerados en dos viejos cascos de buques, donde no era posible hallar ni las más pequeñas comodidades, los hombres no podían ni áun permitirse el desahogo de permanecer en el entrepuente, pues el calor era violentísimo, y obligados á estar bajo cubierta, fuera cualquiera el tiempo que hiciera, como no disponían de mosquiteros y las filas de los que dormían eran tan apretadas, quedaban expuestos á las crueles picaduras de los mosquitos, que tanto abundan allí, y á las excitaciones calenturientas que producen.

Como más arriba dejamos dicho, la situacion de la compañía mejoró mucho en 1852, en los momentos en que tan precaria era, que todos veían ya muy próximo el momento en que los trabajos tuvieran que suspenderse, tanto por la falta de fondos como porque ganancias mayores, más seguras y con ménos riesgos conseguidas, habían dado lugar á que muy pocos trabajadores quedaran en aquellas perniciosas regiones. Luégo que circunstancias que nadie podía prever hicieron cambiar el curso de los acontecimientos, los altos dignatarios del Trascontinental parecieron ocuparse algo más de las condiciones de higiene y salubridad, cuya falta había sido una de las principales causas para temer que la empresa fracasara: en la isla de Manzanillo se levantaron algunas casas, con las que no fué ya necesario ir á bordo para pasar la noche, y Colon fue fundada; esta ciudad, aunque de malas condiciones, ofrecía algunas comodidades, y en sus almacenes pudo tenerse el abastecimiento necesario; se organizó el servicio sanitario, se hicieron ir más médicos, que no faltaron, gracias á las buenas retribuciones que se les daban, y se adquirieron completos botiquines; á lo largo del camino, y en los sitios más convenientes para ello, fueron construídos sotechados, en los cuales los obreros podían pasar la noche al abrigo y dormir la siesta á la sombra. A partir de aquel día, destruidas muchas de las causas que ántes produjeran tan terribles efectos, la mortalidad decreció infinitamente, y no fué ni mayor ni menor que lo habría sido en cualquiera otra empresa en que hubiera habido que desmontar grandes masas de terreno, en las condiciones climatológicas de aquel suelo. Los irlandeses, que juntamente con los mulatos de Cartagena habían estado en las obras, y en los que más habían hecho presa los males endémicos, fueron sustituídos por negros de las Antillas, americanos del Norte y europeos de más fácil aclimatacion, por las condiciones de los países de que procedían, ademas de los celtas de Erin, manifestando estas secciones desde luégo más fuerza de resistencia contra las fiebres palúdicas. Hay que añadir á esto que la índole de los trabajos que quedaban por ejecutar no era ni tan dura ni tan perjudicial como en un principio, pues no se trataba ya de trasportar grandes cargas, ni de enclavar estacas, ni de hacer terraplenes con medio cuerpo cubierto por el cieno de los pantanos, en tanto que la cabeza quedaba expuesta á los abrasadores rayos de aquel sol; lo que quedaba por realizar era remover un terreno seco y duro.

Más que nada, todos los que de las obras del ferro-carril de Panamá á Colon se han ocupado, hablan de las hecatombes hechas con los chinos, suponiendo sin fundamento ninguno que se les trató mal, ó que fueron puestos en los sitios peores, si no con el deliberado intento de hacerlos víctimas, al ménos con el de procurar que otros no lo fueran. Volvemos á repetirlo: en nada absolutamente influyó allí el mal concepto que de los chinos se tiene formado generalmente, ni para nada se tomó en cuenta la mala condicion que se les supone, cosa que, dada por cierta con sobro da ligereza, ha sido motivo para que se extiendan las más extrañas y absurdas fábulas, indignas bajo todo punto de vista de los tiempos que alcanzamos, en que por fortuna no cabe trata á ningun hombre del modo que los debían haber tratado siendo cierto, lo que, como decimos, carece de verdad en absoluto. El chino fué considerado en las obras del Trascontinental como cualquiera de los demas trabajadores, y ocupado en las mismas faenas que sus compañeros de otros países. Lo cierto que allí ocurrió vamos á decirlo : para llenar los grandes vacíos que en las filas de trabajadores dejaba la frecuente y numerosa emigracion á California, que más y más crecía de día en día, y que tanto perjudicaba á la sociedad, fueron contratados 1.000 chinos: se tomaron cuantas precauciones fueron posibles para asegurarles el mayor bienestar, con arreglo á su condicion y clase; pero no bien hubieron dado el primer golpe de pico, pocos días despues de haber llegado á aquella region, cuando iningun motivo tenían , pues ni áun tiempo había para que se lo hubieran dado, y sin que se sepa, por tanto, la causa, se declaró entre ellos una epidemia terrible y de horrorosos resultados: la del suicidio. Todas las mañanas, con gran sorpresa de los demas trabajadores y de los jefes, que no sabían cómo evitar aquello, se encontraban por docenas colgados de los árboles , para lo que, como es fácil comprender, hacía falta gran premeditacion y vehemente deseo de morir. Refieren que una vez gran número de ellos se sentaron cómoda y tranquilamente en la orilla del Pacífico, estando la marea baja; al verlos, nadie hubiera dicho otra cosa sinó que era gente tranquila y satisfecha que, descansando de su trabajo, gozaba contemplando la majestuosa grandeza de aquel mar: despues, sin que hablaran una palabra, sin proferir la más leve murmuracion, sin exhalar la más tenue queja, permanecieron sin movimiento, viendo crecer la marea, que poco despues de esclavos los convertía en hombres libres; hecho trágico, al par que aterrador, digno de que llegue á conocimiento de nuestros descendientes ; pero por desgracia, los que tal refieren no se cuidan de revestir el suceso con carácteres que al ménos pudieran hacer dudar, y olvidan que los chinos comenzaron á trabajar en los terraplenes del centro del istmo, sobre la pendiente que mira al Atlántico, léjos del Océano, y de un Océano sin mareas.

De cualquiera manera, aunque haya mucha exageracion en lo que todos cuentan, es lo cierto que aquella fatal manía hizo muchas víctimas entre ellos, y que por esta razon fué necesario embarcarlos más que de prisa, y ellos tambien partieron entónces para los campos del Sacramento.

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