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INDICE
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VIII
Los panameños en fiestas: la
celebration de la independencia de Nueva-Granada.-Corridas de
toros.-Carreras de caballos.
Tres días despues de nuestra llegada, se celebraba en Panamá el
aniversario de la Independencia, fiesta señalada con grandes
diversiones públicas, en las que en primer lugar están las carreras
de caballos y las corridas de toros, que se celebran durante tres
días consecutivos. De todos los puntos del Estado panameño acuden á
centenares los individuos, con lo que la etnografía puede ser
estudiada á las mil maravillas; en dicho día, allí mezclados y
confundidos, corriendo incesantemente de un lado para otro, se ven
por todas partes indios de Chiriqui, criollos del interior, negros
y mulatos, mestizos de todas clases. Desgraciadamente, la
sencillez, la poca variedad el los trajes y en los adornos, es
causa de que aquellas reuniones aparezcan pesadas y monotonas para
los viajeros, que, más aficionados á la alegría y á las diversiones
que á las ciencias, se encuentran defraudados en sus propósitos y
se cansan en vano. Los blancos y los criollos visten de perfectos
caballeros, y los restantes, que son la inmensa mayoría, gastan las
ropas confeccionadas en Francia, y que como género de comercio se
importan, ó que compran á algun americano émulo y competidor de
Godchau.
Las señoras, muy circunspectas en su manera de presentarse,
siguen, aunque muy léjos, las modas europeas: sus vestidos, de
matices suaves y claros, casi siempre son cortados y confeccionados
por ellas mismas, y no se sabe, viéndolas y conociendo la dicha
circunstancia, qué es más de admirar, si el gusto ó la modestia de
los tocados. Las mujeres de color llevan la poyera, falda ceñida á
la cintura, con grandes volantes que las ahuecan. Toda la
concurrencia en estos días se aglomera en la plaza de Santa
Ana.
Las carreras de caballos difieren mucho de como en Europa se
celebran. Los jinetes se desafían, alínean sus monturas y parten
como rayos por la ancha calle que conduce á la estacion del
ferro-carril; pican espuelas, animan los caballos con grandes
gritos, y se esfuerzan por adelantar los unos á los otros. Apénas
llegados á las últimas casas, cuyos balcones se encuentran
atestados de gente, sin preocuparse de á quién cupo la victoria,
dan una rápida vuelta y se dirigen de nuevo al punto de
partida.
Algunas veces tres ó cuatro jinetes, pero sólo los que están
reputados mejores como tales, se colocan de frente, ponen las manos
en las espaldas de los competidores de derecha é izquierda, y
formando una cadena, recorren la calle á paso veloz. No habiendo
sido impelidos los caballos al mismo tiempo, no llevan, como es
natural, ni la misma velocidad, ni el mismo paso; los jinetes, unos
van completamente vueltos hacia atras, los otros encorvados sobre
el cuello, procurando á fuerza de piernas retener ó avivar la
marcha de sus corceles, segun las necesidades de la empresa, que
así les parece, y no de pequeña importancia, segun el interes que
manifiestan y la gritería y bulla que mueven. Por lo dicho se
comprenderá que estas carreras, por las circunstancias en que se
llevan á cabo, no están exentas de peligros, disgustos y
sobresaltos; las bridas las llevan generalmente al cuello, las
monturas galopando á escape sin ser sostenidas; si lana de ellas
cae, hombre y caballo ruedan por tierra, exponiéndose con
frecuencia á ser pisoteados por los que detras le siguen. No son
pocas las cuestiones que tienen orígen por las disputas que se
entablan, ya entre los espectadores, ya entre los que en ellas
toman parte, á propósito de lo que hicieron ó debieron hacer, ó si
estuvo mejor ó peor hecho, y con frecuencia han ocurrido desgracias
por las faltas de precaucion, dado que no hay pista cerrada, sinó
que se sirven de una vía pública, y que ni se da señal de partida,
ni cosa que pueda avisar el peligro que se corre de hallarse en la
calle en los momentos en que la diversion comienza.
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El Cabildo.
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Las fiestas de toros son, á mi modo de ver, mucho más divertidas
que las corridas españolas, de las que difieren completamente.
El presidente del Estado, los funcionarios públicos, los
espectadores de á caballo, que es tanto como decir todos los
panameños, se dirigen á buscar los héroes de la fiesta, encerrados
ya en un corral de la hacienda más próxima; estos animales, de
humor apacible como en casi todos los países templados, son ademas
viejos y derrengados, pues sólo emplean para estas diversiones el
ganado de desecho. Salen del encierro amarrados de dos en dos; los
jinetes los rodean por todas partes, los pican y llegan hasta
clavarles banderillas; pero para esto es necesario estar muy seguro
de su caballo, porque la escolta, apretada y numerosa, apénas si
deja campo á las evoluciones, y de esta manera son conducidos hasta
Santa Ana. Todas aquellas picaduras entonan primero á los pobres
animales, y terminan por irritarlos. Llegados que son al corral que
de antemano les han preparado, el cual es un simple acotado hecho
con tablas clavadas á fuertes maderos, son aún molestados por los
muchachos y por los que no siéndolo lo parecen, que al abrigo de la
barrera no les dejan momento de tregua ni reposo, con lo que logran
ponerlos furiosos. Este es el momento de soltar al que más lo está
en plena plaza, en medio de la multitud misma.
Los toros salen, ó completamente libres, ó trabados de los
cuernos con una larga cuerda. En este último caso, apénas se abre
la puerta, el animal parte ciego, dirigiéndose sobre un grupo
cualquiera de hombres y mujeres, los que todos se desbandan
precipitadamente, en tanto que por el extremo opuesto procuran
detener á la fiera, tirando de la cuerda todos los que á ella se
pueden agarrar. Despues de un instante de lucha, el toro se vuelve,
acometiendo en direccion contraria, y miéntras tanto, los del lado
que quedan á salvo realizan la operacion antes llevada á cabo y así
siguen. No siempre se logra detenr al toro, ya por falta de fuerza,
ya por ser demasiada larga la cuerda, y entónces se ve rodar á un
considerable número de personas, que involuntariamente se
atropellan y magullan, con gran exposicion de ser pateadas ó de
recibir una cornada; pero nunca ha habido que lamentar mayores
desgracias, pues estos toros no se encarnizan con ninguno caído en
tierra, antes al contrario, si la cuerda se rompe, cosa que tambien
ha sucedido algunas veces, ó. no pueden sujetarlo en la carrera que
toma, de ordinario no se detiene, y salvando los obstáculos en que
pueda tropezar, emprende el camino de la hacienda de que procedía,
por léjos que ésta se encuentre.
En otras corridas, muy semejantes á las que pueden verse en
nuestras ciudades de las Landas ó del Bearnés, al toro libre se le
da salida á la plaza: los toreros de profesion le presentan la capa
roja, ó le clavan banderillas de fuego, que despiden una espesa
humareda, con la que el desgraciado animal que da medio espirando,
y éste es el momento que aprovechan los jinetes aficionados para
lucir su audacia y su destreza, y entónces es tambien cuando
comienza lo más interesante de la escena. Los toreros de profesion
interesan bastante poco, y apenas si llaman la atencion, pues todas
las emociones se reservan para los brillantes voluntarios. Estos
ejercicios están muy en moda en casi toda la América del Sur. Los
hacenderos, que así llaman, á los propietarios, se ensayan con los
novillos; tan pronto como reciben una visita, la obsequian con una
pequeña fiesta de este género, sueltan un becerro en el corral, y
brindan al forastero los primeros pases. En Panamá no hay plaza;
así es que para las corridas libres echan sólo toros sin malicia.
La fiesta termina generalmente con la huida del toro, aunque muchas
veces se echa éste, sin que haya quien logre levantarlo.
Las fiestas del aniversario de la Independencia fueron
amenizadas tambien con riñas de gallos, y por parte de la gente de
color con danzas, bailes y algunos refrescos de anisado y un
pretendido coñac con el que los de los Arrabales se ponen casi
ébrios, siguiéndose algunos pugilatos, pero en menor número que
podría creerse. A la mañana siguiente, todo vuelve á tomar su
aspecto hasta en las miserables viviendas de los barrios de la
Reina del Istmo: en Santa Ana, en el Arrabal, en Pueblo Nuevo, las
sencillas gentes de todo color y de todas clases, así como tambien
de igual orígen, hombres y mujeres de poca actividad, tanto de
cuerpo como de espíritu, volvían indolentemente á sus ocupaciones
habituales. Pero al brillar la noche, el hombre de color de
chocolate, el cobrizo, el rojo, los habitantes de los barrios, de
todos los matices que forman al cruzarse el indio, el blanco, el
negro y el chino, no olvidan en sus conversaciones las mil
peripecias y lances de las pasadas fiestas, recuerdan los sustos,
carreras, peligros y luchas que hubo, y sobre todo lamentan que con
más frecuencia no se den días como aquéllos, en que la obligacion
era no hacer nada.
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