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En cuanto á las iglesias que no pertenecen á comunidades, como son San Miguel, Malambo, San Juan de Dios, San José y la Merced, su ornamentacion es aún mucho más recargada que en las basílicas de España. Se ven en ellas inmensos altares de madera dorada y tallada, sostenidos por gruesas columnas labradas en anchas espirales, llenas de nichos en los que hay Santos vestidos con diversos trajes, con el rostro iluminado por medio de colores chillones, abrumados por una peluca de verdaderos cabellos. Los pedestales están adornados con lambrequines de madera, pintados y festoneados con oro, cercados al rededor con macizas balaustradas. En muchas capillas se ostenta buen número de reliquias locales, á las que los naturales profesan gran veneracion.

Iglesia de San Francisco, en Panamá.

Los artistas que han tallado aquellas imágenes, los pintores que han embadurnado aquellos cuadros, las señoras que visten á Jesus, á la Vírgen María y á otros santos de seda color de rosa ó morado, tachonado con. lentejuelas, y velos de muselina ó de encajes, han logrado, aunque otro fuera su designio, formar una tan chocante y ridícula galería, que todos los extranjeros, y hasta las personas de la ciudad que sé toman el trabajo de pensar en ello, se irritan contra aquellas exhibiciones escandalosas que constituyen verdaderas profanaciones. Desde hace mucho tiempo, y en distintas ocasiones, el obispo de Panamá ha tratado de hacer quitar de los santuarios aquellos indignos maniquíes, que no sólo apartan de la devocion, sinó que excitan la risa; pero no ha podido conseguirlo más que en su propia catedral, donde, á pesar de las murmuraciones de los sacerdotes y el descontento de la gente del pueblo bajo, ha quitado toda la muñequería religiosa, relegándola al polvo de los desvanes, comprendiendo entre ello un grandísimo altar plateado, más profusamente adornado con estatuas, cuadros y milagros de todas clases, que los demas santuarios de la religion. Tal era la aficion de la gente del pueblo á dichos recargos y extravagancias, tal era la fé que prestaban á tanta ridiculez, que son muy pocos los que han hecho justicia á las rectas determinaciones del obispo, que aún no ha conseguido se le perdone tan gran golpe de Estado.

De todos los monumentos que podrían servir para atestiguar la grandeza de que Panamá disfrutara un día, la catedral es el único que ha escapado á la decrepitud. Sus torres, que sirven de faros para indicar la entrada de la rada y del puerto, son las más altas que existen en toda la América Central y América Meridional. Gracias á la extincion completa de las fuerzas volcánicas en el istmo, sus torres no se han movido ni una línea siquiera en los dos siglos que cuentan de existencia. La arquitectura de la iglesia, fea y de mal gusto, pertenece á lo que por convencion ha dado en llamarse estilo jesuítico, y tiene un grandísimo parecido con la catedral de Méjico. Sus torrecillas, como todos las de las amazacotadas iglesias del itsmo, estaban recubiertas con láminas de brillante madreperla; habiéndose caído estas escamas poco á poco, y siendo costoso reponerlas de la materia de que primero eran, se las ha sustituído económicamente por pedazos de cualquier otra sustancia, pintados de blanco.
Excepcion hecha de las iglesias, conventos y fortificaciones de que acabamos de hacer mencion, Panamá no posee otros monumentos que puedan hacer recordar su pasado. Los antiguos edificios presentan muy poco de interesante, pero son dignos de ser visitados el viejo palacio en que se reune el Cuerpo legislativo del Estado libre é independiente de Panamá, y el cabildo ó consejo municipal, situado en la plaza misma de la catedral. Un inmenso balcon, en el que se apoya la techumbre, y que avanza más de tres metros de la vertical del edificio, es lo único que puede llamar la atencion, pues por lo demas no tiene nada que ver.

Gran Hotel de Panamá.

En comparacion de Colon, Panamá es un verdadero paraíso. Aquí encontramos una distinguida sociedad francesa y un hotel monumental, dirigido por un compatriota nuestro, que nos ofrece confortables y cómodas habitaciones, así como tambien todo lo necesario que puede desearse; es, sin disputa, el mejor de los establecimientos de su clase que á orillas del grande Océano puede encontrarse en toda la América, excepcion hecha de la California. No quiero detenerme en hablar de su ancho y cómodo salon, ni de sus espaciosas habitaciones abiertas á extensos corredores, en los que el fresco es tan delicioso, que los viajeros no curiosos (y es ésta una especie muy abundante) pasan en ellos todo el tiempo de su permanencia en Panamá. Puede decirse que no se ha descuidado nada para aumentar el bienestar del cliente. Una gran máquina de vapor tiene en accion constantemente aparatos para obtener hielo, un lavadero y una panadería mecánica. Todas las personas distinguidas de la ciudad, todos los extranjeros que se hallan de paso, parece se dan cita en el café, situado en el cuarto bajo; y si el mostrador de dicho café (ó como aquí se dice, el bar-room) no es de zinc, pues se ha temido su excesivo coste, es á lo ménos la verdadera bolsa de Panamá, el lugar donde se tratan todos los más importantes asuntos de la poblacion. A la derecha y á la izquierda, puertas distintas dan paso al comedor, á la casa de M. Brooks, el tirador de la ruleta, á la casa de un peluquero que es al mismo tiempo librero y vendedor de periódicos, y, por último; á la casa del más rico banquero de aquellos contornos, M. Ehrmann, hombre rico que cuenta su capital por millones, pero que entre operaciones importantes sobre los soles del Perú, los dollars de América y los soberanos de Inglaterra, no se desdeña de vender cigarros y tabaco. No tiene más que un solo punto en el que se desordena, pero propiamente hablando, no lo compran, sino que lo juegan: banquero y cliente cogen los dados; si este último pierde, paga dos cigarros, de los que sólo se lleva uno; si gana su contrario, le ofrece un excelente habano, sin tomar el precio. La pasion dominante en Panamá es el juego, pero no puede decirse, por fortuna, que cause grandes estragos. Los aficionados á rarezas no dejan nunca de visitar á M. Erhmann, pues el es quien recibe todas las curiosidades chinas y las antigüedades indias. Estas últimas, por regla general, consisten en grandes objetos especiales ó en pequeñas estatuas de oro, representando divinidades en figura de hombres ó de animales, halladas en los sepulcros de sus primeros poseedores. Desde hace muchos ayos, el precio de estos objetos ha subido considerablemente, gracias á las aficiones arqueológicas que se han despertado; por regla general, se venden en dos ó tres veces el valor del metal, y gracias á esto, había un número considerable de personas que se ganaban la vida registrando las tumbas en que tenían seguridad de hallarlos. Esta era en aquellos tiempos una de las ocupaciones favoritas de los grandes conquistadores; pero poco á poco lo malo de los tiempos, lo mucho que se ha agotado, ha sido causa de que hoy sea casi exclusivamente ocupacion de los indios, más pobres. Casi todos los hallazgos importantes provienen ahora de Chiriqui, lugar donde más abundan los sepulcros, y en el que se habían practicado ménos excavaciones, pues en los demas sitios todas las necrópolis habían sido rebuscadas una y muchas veces.

Cuando á tal ocupacion llevaban sólo la avaricia y gran deseo de riquezas que durante largo tiempo fuera el móvil principal que impulsara á muchos á cruzar los mares para trasladarse á aquellas remotas regiones, los ídolos y objetos de metales preciosos que se hallaban en las tumbas eran fundidos inmediatamente, pues no se les reconocía otro valor que el que representaban por el metal de que estaban hechos: de aquí que relativamente sea muy corto el número de los que existen, pues sólo se les ha dejado su antigua forma, cuando los adelantos conseguidos en la. ciencia y en las artes han hecho conocer las especiales condiciones que presentaban semejantes necrópolis para el conocimiento de aquella civilizacion.

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