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INDICE
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Bien pronto el golpe de vista le hace espléndido; la bella
montaña de Ancon deja ver sus atrevidas líneas sobre el azul oscuro
del mar y el más brillante azul del cielo; á sus piés se halla
Panamá, que desde lejos hace tomar á sus ruinas el aspecto de una
gran ciudad; á la derecha se percibe el ancho valle del Chagre
inferior, y más lejos las dentadas cimas del Cerro de las Cabras.
En el horizonte, sobre el que se eleva el Océano, medio velados por
una blancuzca bruma, la vista alcanza á distinguir con trabajo los
contornos de las islas de Taboga.
La pendiente nos conduce con suma rapidez á una llanura extensa,
en la que no crece más que la guagafa de hojas picoteadas en sus
bordes. Una desviacion del terreno, formada por una natural
depresion en la base del Ancon, levanta el nivel de la vía por
encima de un terreno húmedo, donde las aguas del mar se estancan
cada vez que la marea crece; cuando reaparece la selva, se advierte
una gran diferencia entre ésta y la que se veía en la pendiente que
mira al Atlántico; grandes vainas de cáctus con sus flores de color
de crema se ven por todas partes.
Se pasa en seguida entre dos empalizadas la barriada de Pueblo
Nuevo, y minutos más tarde el tren se detiene en la estacion de
Playa-Prieta, distrito de la ciudad situado en el extremo de la
curva que forma el puerto de Panamá. Dicha ciudad, con todos los
caseríos que están inmediatos, cuenta cerca de 14.000 almas. Algun
tiempo despues de la destruccion del viejo Panamá por el aventurero
Morgan, el gobernador Fernandez de Córdova escogió para la
construccion de la nueva ciudad una península rodeada de rocas
salientes en todo su perímetro y de muy fácil defensa, situada al
pié del Cerro Ancon. El célebre ingeniero D. Alfonso de Villacorta,
conociendo los riesgos por que anteriormente se había pasado, se
aprovechó de la ventajosa situacion del emplazamiento, y construyó
una plaza fuerte como no existe otra en toda la América del Sur,
sinó es la de Cartagena de las Indias. Rodeóla de fortísimas
murallas, cuyo ancho es de varios metros, construidas por sus tres
lados en el terreno que el mar deja en seco al bajar la marea, de
modo que al subir ésta, las olas se estrellan contra ellas. El
terreno desigual y pedregoso que quedó circuido, se rellenó en
seguida, con lo cual el suelo de la ciudad es igual y plano,
contando una elevacion de más de veinte piés, y en cada uno de los
extremos del frente que mira hacia el Pacífico, se elevan dos
colosales bastiones de defensa, con todo lo cual hubo un tiempo en
que por demas seria y comprometida empresa hubiera sido atacar
aquella plaza, que está hecha, como dejamos indicado, en la
experiencia de pasadas desventuras.
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Estacion de Mamei.
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Hoy que ha perdido su antigua importancia, que bajo ningun punto
de vista puede excitar la codicia de nadie, y que no son de temer
criminales y aventureros como el que destruyera la antigua, las
fortalezas, que desde hace mucho tiempo están desarmadas, se
desmoronan por todas partes; trozos enormes, que la marea socava,
piedras desencajadas por la no ménos destructora accion de los
sarmentosos arbustos y de las plantas parietarias, que aprovechan
la menor grieta para abrigar sus raíces, se hallan esparcidas acá y
allá en el terreno que el mar descubre.
El bastion situado al S.E., bastante bien conservado, sirve en
el día de paseo, donde las criollas aspiran por la tarde, con todas
las fuerzas de sus pulmones, la fresca brisa del mar, y nada existe
tan armonioso y agradable á la vista como el panorama que presentan
la rada y sus islas tapizadas de verde. En el otro bastion,
completamente desmantelado, se elevan aún, muy bien conservados,
los muros del monasterio de San Francisco.
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