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INDICE
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IV
Historia del camino de hierro
inter-oceánico de Colon á Panamá.
El año de 1848, un grupo de panameños, esto es, de habitantes de
Panamá, hizo venir un ingeniero de minas, llamado M. Garella. Los
acontecimientos de 1818 dieron lugar á que la Sociedad tuviera que
disolverse, siendo su presidente M. Joly de Sabla; pero en el mismo
año ocurrió en los Estados-Unidos un acontecimiento que hacía de
todo punto indispensable la construccion del ferrocarril ístmico:
nos referimos al descubrimiento de las minas de hierro de San
Francisco de California.
Una guerra desproporcionada con Méjico, en la que todas las
desventajas eran para esta nacion, por lo que el éxito fué seguro
para los Estados americanos del Norte, tuvo fin con el tratado de
GuadalupeHidalgo, por el cual se hacía cesion de la California á
la nacion del pabellon estrellado. Los terrenos auríferos de la
California se han hecho tan famosos en estos últimos años, que
podríamos creernos dispensados de dar detalles sobre ello. Si las
cuantiosas riquezas allí encontradas no hubieran determinado
influencia en los puntos que nos ocupan, y por otra parte,
conocidas en todo el mundo las maravillas que de esta region se
cuentan y sabido que, hasta en el lenguaje corriente, California es
sinónimo de tesoro inagotable, bueno será dar algunos detalles
históricos del descubrimiento que puede decirse ha causado una
revolucion en el mundo económico, y citar algunas cifras en apoyo
de la inmensa reputacion de las minas americanas.
En 1578 el atrevido viajero Francisco Drake, hiriendo con el pié
el suelo de la Nueva California, había exclamado: "¡Esta no es
tierra, es oro!," sin que nadie se hubiera fijado en estas
palabras. Hay, sin embargo, sobrados motivos para creer que los
misioneros que primeramente fueron allá, y el Gobierno español,
tenían conocimiento de la existencia de aquellos tesoros, olvidados
despues; pero diversos motivos obligaron al Gabinete de Madrid á
tenerlos ocultos, ó al ménos á no explotarlos inmediatamente. En
1829 M. Erman, profesor de la Universidad de Berlin, advirtió la
gran semejanza que existía entre el terreno aquel, y las rocas
auríferas del Oural, y supuso tambien que aquel suelo abrigaba
considerables riquezas; mas no obstante, sólo la casualidad vino á
ponerlas de manifiesto, sin que para nada influyeran los cálculos
ni suposiciones científicas. Un oficial de la Guardia suiza de
Carlos X, el capitan Sutter, originario del gran ducado de Baden,
que había sido expulsado del cuerpo á causa de su mala conducta en
1830, se embarcó para América en busca de fortuna, dirigiéndose
desde luégo al Oregon, y despues á la Alta California, donde le
fueron concedidas gratuítamente 30 leguas de terreno en el valle
del Sacramento, sobre las orillas del río de la Horca, uno de los
afluentes de aquél.
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Hotel Washington en Colon.
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Sutter estableció su residencia sobre una colina, donde
construyó un fuerte para poder dominar al país; más tarde, en 1849,
hizo construír un molino con objeto de poner en movimiento una
fábrica de aserrar maderas. Habiéndose encontrado con que la cajera
de la rueda de este molino era demasiado estrecha, decidió, con
objeto de que adquiriera mayor movimiento, dejar que la corriente
de agua la fuera socavando hasta hacerla más ancha y más profunda.
Las gravas y las arenas del fondo de la cajera, removidas
violentamente por el agua, cayeron sobre las orillas, dejando ver
una infinidad de pepitas y filamentos de oro. En vano fué que el
capitan Setter quisiera tener secreto este descubrimiento; la
noticia comenzó á cundir, y en algunas semanas la poblacion formada
por los que acudían en busca de oro se elevaba á 4.000 indivíduos,
situarlos en su mayor número sobre las orillas del río de la Horca.
La extension de los terrenos auríferos es inmensa, sin que á punto
fijo puedan determinarse los límites. El gran valle que se extiende
desde la vertiente occidental de la Sierra Nevada hasta la gran
cadena que forma la costa, todo el territorio del Oregon, al Norte
de la California, algunas porciones del Nuevo Méjico hasta la Vieja
California, es decir, una extension de más de 1.200 kilómetros de
largo por 150 de ancho; tal es la mina que una mera casualidad ha
abierto á la explotacion humana. La noticia de este descubrimiento
dichoso fué acogida en todas partes con verdadero entusiasmo, y
repetida por millones de voces, los dos mundos se conmovieron, y el
choque galvánico de las ideas revolucionarias que agitaba á los
espíritus se amortiguó un tanto; cuentos maravillosos y fábulas
extraordinarias corrieron con la velocidad del relámpago por
Oriente y Occidente, y de todos los puntos del Globo partieron
verdaderas legiones de emigrantes : europeos, chinos, indios y
americanos surcaban el mar y atravesaban los Continentes, y
dirigiéndose con precipitacion se aglomeraban sobre aquel Eldorado,
sobre aquel jardin de las Hespérides, la nueva Cólquida de los
vellocinos de oro. Pero desgraciadamente eran muchas las
decepciones que habían de experimentar los que tan imprudentemente
habían marchado á aquel punto de la tierra. Aquella inmensa
aglomeracion de hombres que repentinamente cayera sobre una region
en la que la agricultura, el comercio, la navegacion y todo había
sido abandonado por el laboreo de las minas, dió lugar á un hambre
que todo el oro recogido no podía satisfacer. Entónces fué cuando
un huevo se llegó á pagar en 125 francos, una lata pequeña de
sardinas, 200, y una libra de harina, 50; dándose el caso de que
una caja de pasas fuera vendida literalmente á peso de oro. Lo
mismo sucedía con los instrumentos de tra bajo: una azada se vendía
en 150 francos, y una mala pala en 250. Un caballo, que ántes del
feliz descubrimiento valía 40 ó 50 francos, costaba entónces 500;
el indio que cobraba un real por día, no quería trabajar si no sele
pagaban 100 y hasta 150 francos por día.
Este estado de cosas se hallaba agravado aún por la carencia de
policía y la falta de seguridad; los que en ninguna parte podían
encontrar cabida, los prófugos de todas partes, los reos convictos
que lograban escapar á la accion de los tribunales, se refugiaban
allí, y encontraban mucho más cómodo y fácil despojar á los mineros
que trabajar ellos mismos en las minas. Las bocas estaban vigiladas
sin cesar por hábiles ladrones, que acechaban al afortunado
rebuscador, y matándolo en el fondo de su mina, se marchaban con
sus riquezas. Si faltaba seguridad á los trabajadores en el campo,
la ciudad no estaba exenta de peligros para sus vidas y sus
fortunas: en ella les esperaba el juego y los incendios. Los
barroom (casas de juego) permanecían abiertos de día y de noche.
Los incendios, con frecuencia intencionados, se daban muy á menudo
en una poblacion de madera como San Francisco. Tal estado social no
podía prolongarse durante mucho tiempo: los Estados-Unidos, una vez
dueños de la California, le reglamentaron, habiendo entrado hoy en
la vía comun en un período de calma, lo mismo en las minas que en
las poblaciones. El minero no trabaja aisladamente como en otro
tiempo, ni se ocupa en buscar pepitas; la amalgamacion en grande
escala por medio del mercurio, el lavado, la fuerza hidráulica, han
reemplazado el trabajo puramente manual, y cada día se añaden
nuevos perfeccionamientos. En cuanto á los canales construidos en
el terreno aurífero para llevar á ellos el agua necesaria, á pesar
de todos los obstáculos, miden una extension de 7.280 kilómetros, y
han costado 70 millones de francos. Es sumamente difícil formarse
una idea de la cantidad de oro que desde 1848 ha vertido la
California sobre los dos continentes. Ateniéndonos al período de
1848 á 1856, la cifra total de la exportacion anual es próximamente
de 250 millones por año, siendo necesario aumentar esta cifra en un
tercio, dado que en él puede calcularse los valores no declarados,
así como tambien el polvo de oro, las pepitas y lo acuñado que
queda en el país para las necesidades del consumo local.
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