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INDICE
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Despues de tomar los informes que nos parecieron suficientes,
supimos que el río Congo, cuyo valle tenemos que estudiar aún,
desagua en el Caimito en un punto bastante próximo á La Chorrera, y
que á él conduce un ancho y cómodo sendero. Relevados, pues, de
seguir estudiando la planimetría y el nivelamiento del Caimito, no
tenemos más que reconocer sumariamente las corrientes, pues por la
sabana llegaremos con facilidad á la embocadura del río Congo.
Con bastante anticipacion para que pudiéramos adelantar más,
despaché á José, Hipólito y Merced, á fin de que fueran abriendo la
trocha por el camino que teníamos que seguir. El trabajo es
excesivamente duro en aquellas sabanas, abrasadas por el sol, donde
el calor se hace insoportable y la sed devoradora. Todas las
precauciones que quieran tomarse son inútiles; nada basta á
preservarse de aquellos rayos, capaces de hacer hervir el agua, por
lo que á cada paso experimentamos mayores angustias é
incomodidades.
Lo único que para nuestro bien llevamos ganado es que cada uno y
todos los individuos que componen la expedicion tienen amigos y
conocidos en todos los puntos del istmo: por la noche fuimos á
visitar á la Sra. Recuero, esposa del más importante, ó mejor dicho
del único negociante del Darien. Esta señora ha pasado muchos años
viviendo en Pinogama en compañía de sus hijos, cuando los buenos
tiempos de la explotacion del cautchouc, época en la que toda
aquella comarca estaba ocupada casi exclusivamente por mestizos de
indios, hostiles de todo punto á los inmigrantes que llegaban,
atraídos por el descubrimiento del árbol que durante años fué la
principal fuente de riqueza de aquel país, y que aún lo sería si el
inmoderado afan de lucro no hubiera llevado á los exploradores á
causar destrozos irreparables, que ya lamentan, y que aún tendrán
que lamentar más pasado el tiempo. Como decimos, la hostilidad que
siempre manifestaron los mestizos á cuantos llegaban á disputarles
parte de las ganancias con que seguros contaban, fué causa de que
la Sra. Recuero escuchara mas de una vez amenazas de muerte, y en
no pocas ocasiones tuvo que permanecer en su tambo, sin atreverse á
salir, temiendo ser asesinada por hombres de aquellos que en un
estado absoluto de embriaguez la esperaban con este fin, razones
por las cuales conserva siempre muy malos recuerdos de aquel punto.
A más de lo que durante su permanencia allá sufriera y que tantos
motivos le dieran para desear con todas las fuerzas de su alma
volver al punto donde había vivido, y en el que al ménos no tenía
que temer odios ni rencores al emprender el viaje que realizara en
una canoa parecida á la nuestra, tardó en realizarlo once días, á
causa de una porcion de accidentes que tuvo que lamentar: al salir
del río cerca de Punta Mala la embarcacion perdió el timon,
comenzando inmediatamente á hacer rumbo hacia los escollos, y al
mismo tiempo sin cuidarse del peligro, como si hubieran ido
navegando en las más normales circunstancias y nada hubieran tenido
que temer, el patron y los pasajeros comenzaron á disputar á
grandes voces, sin atender á lo que más urgía: por fin lograron
anclar, asegurándose para pasar la noche, pero en toda ella dejó de
mover la canoa un enorme cachalote. En vista de todo esto, claro es
comprender que la Sra. Recuero no ha pensado jamás en repetir tal
viaje, y que sólo considerar que la necesidad pudiera obligarle á
ello, le causa espanto. Esta señora ha vivido tambien en la
provincia de Chiriqui, gracias á lo que pudo darnos algunos
detalles sobre los indios que en aquella region habitan. Aquellas
buenas gentes admiten la propiedad, pero sola y exclusivamente la
propiedad individual. El marido compra de su mujer los víveres que
le son necesarios para el día, y á su vez la mujer compra al marido
los productos que haya obtenido en la caza ó en la pesca. Si el
matrimonio emprende un viaje, él ó ella, segun de quien sea
propiedad la bestia, la conduce y ocupa la silla, el otro monta en
la grupa, pero siempre en sentido inverso. Lo que más nos llamó la
atencion, por ser verdaderamente extraño y que por más que hicimos
no nos pudimos explicar, fué el saber que entre aquellos indios el
nacimiento de una criatura cualquiera es un motivo de pesar y
duelo, en tanto que los fallecimientos son celebrados con
|chicha, y dan ocasion para grandes alborotos y
regocijos.
La mañana del día siguiente fué en extremo deliciosa y
agradable: un poco más atras de la ciudad entramos en la sabanas
por la derecha y seguimos caminando con gran facilidad, sin
tropezar con obstáculo alguno que nos detuviera ni nos causara la
menor fatiga hasta llegar al sendero de La Chorrera, al río Congo,
tributario del Caimito. En esta marcha pasamos muy cerca de un
potrero, dónde algunas vacas flacas hasta el punto de inspirar
lástima, comen una hierba seca, abrasada por los rayos del sol, al
lado de unos esqueletos completamente descarnados y limpios por los
gallinazos.
Tanto como estas aves de rapiña escasean en la selva virgen,
abundan en las sabanas: Todos los días, ántes de que el sol llegue
al más elevado punto en su carrera, se les ve en grandes bandadas
revolotear hacia Panamá, abarcando con su poderosa mirada todo el
país. Ningun animal muerto, por pequeño que sea, escapa á su vista;
siendo tan voraces, que sólo algunas horas les bastan para hacer
desaparecer un buey: no sólo se atreven con los animales muertos,
como muchos creen, sinó que tambien si algun ternero se ha separado
de su madre ó de las demas vacas, se les ve descender para
destrozarlo, casa que fácilmente consiguen si el
|hacendero
que vigila á estos feroces pájaros no acude pronto á disputarles la
presa. Algun tiempo ántes de nuestra llegada á La Chorrera, un
jóven, dominado por amorosos pesares, que sin cesar le
atormentaban, huyó al bosque, internándose en él; temiendo su
familia, al ver que tardaba, que hubiera tomado una desesperada
resolucion, corrieron en su busca por todos lados, y una bandada de
gallinazos que se posaba en un punto determinado, les reveló,
despues de muchas infructuosas pesquisas, dónde se hallaba el
cadáver del infortunado jóven, medio destrozado ya.
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Caida del Caimito.
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En no sé qué libro de historia natural he leído que nuestros
buitres, despues de cada uno de los inmundos festines que se
permiten siempre que se les presenta ocasion, sienten como una
imperiosa necesidad de lavar las manchas de que se llenan en las
puras corrientes, en las fuentes de la montaña. Sus congéneres de
América, por lo que hemos podido observar, afirmamos que no han
llegado aún á tal grado de delicadeza; la sangre cae en rojizas
gotas por su pelado cuello, pasando luégo de una á una á otra de
las plumas de su vientre. Son aquéllos unos pájaros horriblemente
sucios y desaseados, que ponen de una manera que da asco todos los
techos en que tienen costumbre de posarse. Pudiera llamar la
atencion que en vista de la natural repugnancia que deben causar,
no se les persiguiera hasta conseguir destruirlos; pero muy léjos
de esto, no sólo no se les incomoda, sinó que hasta se les protege,
lo cual se explica atendiendo á lo muy útiles que son estos
animales en aquellas regiones. Ellos son los que casi única y
exclusivamente están encargados del aseo y limpieza de las calles;
ellos limpian las aguas de todos los detritus que los habitantes
arrojan, y más que nada destrozan y hacen desaparecer toda la carne
muerta, con lo que se destruyen todos los focos de infeccion que
puedan existir, y que de otro modo, dado el natural descuido de
aquellos naturales, serían causa de un infinito número de males.
Estas razones son las que mueven á las autoridades de aquellos
pueblos á cuidar de que nadie los ahuyente, y á que sea castigado
con multa de una piastra la contravencion de esta órden.
Ademas de los gallinazos existe en aquella region otra especie
de buitres de mayores dimensiones, á los cuales dan el pomposo
nombre de reyes de los gallinazos; y en efecto, se observa
fácilmente que los gallinazos los respetan y los consideran
excesivamente. En atencion á esto, tal vez los han llamado así,
cosa perfectamente justificada, pues cuando una bandada de buitres
ordinarios se está cebando en cualquier presa, y uno de los
llamados reyes se aproxima, los otros abandonan inmediatamente el
campo, formando un círculo á alguna distancia, donde esperan
pacientemente á que el monarca acabe su repugnante festin, dejando
para ellos los restos del banquete.
En el punto en que nos hallamos el Caimito está limitado por
paredes escarpadas, cuya altura excede de cuatro ó cinco metros; en
el lecho del río, los pozos anchos y profundos se suceden casi sin
interrupcion, constituyendo de esta manera un peligro del que es
necesario cuidar incesantemente. En el que tenemos delante
desemboca el Congo, mas encajado y mucho más estrecho, determinando
en su corriente curvas insensibles: sus aguas son negruzcas y
sucias, y sus declives están casi totalmente obstruidos, cubiertos
de árboles y de arbustos que se cruzan y enredan por encima de las
aguas. Grandes fueron los trabajos que tuvimos que realizar para
lograr arrastrarnos por encima de aquella balsa que por muchos
puntos no nos deja ver el torrente. Un poco más abajo, un paso
rústico del ancho que pueden dar tres troncos de palmera amarrados
entre sí por lianas, forman un puente suspendido que produce un
bello efecto, y algunos centenares de metros más abajo el Caimito,
que se hace rápido y violento, se desliza sobre un lecho erizado de
basaltos, y despues, reuniendo sus aguas, se precipita desde una
altura de quince metros en un círculo de aguas sombrías entre dos
murallas de negras rocas.
El valle se levanta muy lentamente: los trabajos para poder
abrir la trocha han de ser duros y por demas violentos y pesados,
calculando que han de ser necesarios muchos días para realizarlos
por completo, y ya la impaciencia nos devora por comenzar el
estudio de la línea Panamá-Colon. En nuestro deseo de llegar al fin
lo más pronto posible, no suspendimos nuestros trabajos el domingo,
á pesar de los escrúpulos, verdaderos ó fingidos, de los hombres
que nos acompañaban, hasta que fueron más de las dos de la tarde, y
continuamos todo el lúnes, á pesar de que era la fiesta de la
Encarnacion y de que aquel día había riñas de gallos.
No obstante todos nuestros esfuerzos, el 27 nos hallábamos aún á
cuarenta y nueve metros sobre el nivel del mar, cosa que mucho nos
contrariaba, por cuanto la estacion estaba muy avanzada y nos
veíamos obligados á volver á Panamá. Los hombres que nos han
acompañado conduciendo nuestros equipajes y nuestros útiles,
tomarán la lancha que hace el servicio desde La Chorrera á la
capital, en tanto que M. Sosa y yo, guiados por un cazador que
conoce perfectamente aquellos terrenos, seguiremos por la costa que
tenemos encargo de reconocer.
Desde La Chorrera al Puerto el camino es sumamente sinuoso,
desapareciendo las colinas á distancia de unos dos kilómetros del
mar, dejando de este modo una llanura bastante ancha sobre la
orilla derecha del Caimito. En la orilla opuesta las tierras bajas
tienen mucha ménos extension, pues casi inmediatamente se
encuentran elevadas colinas, cuya principal elevacion va á formar
la punta de Vaca del Monte. Un poco más allá se encuentra uno en la
vertiente del Cerro de las Cabras, y á partir de aquel punto, no
siendo posible que el camino siguiera por entre las sinuosidades de
aquellas crestas, se desliza por una playa de fina arena, siguiendo
en una extension de seis kilómetros de largo la costa del Pacífico;
despues, entrando por las tierras, se evita la costa elevada de
Punta Guinea; mas hay que atravesar forzosamente los pantanos de
Albina de Jarfan, inundados de agua en la subida de las mareas. Una
embarcacion nos sirvió para atravesar el fondeadero del río Grande,
y ganamos nuevamente la orilla, llegando á Panamá á las seis de la
tarde, habiendo hecho una marcha de treinta kilómetros.
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