XLI
La Chorrera-Los indios del
Chiriqui.-Los gallinazos.-Cascada del Caimito-Vuelta á Panamá por
la costa.
Despues de habernos despedido definitivamente dé « La Constancia, »
me adelanté acompañado de dos hombres, á fin de alquilar una casa
en La Chorrera y realizar algunos preparativos, en tanto que M.
Sosa, seguido de los cinco trabajadores restantes, levantaba por
medio del traqueómetro el plano de la porcion del camino de Panamá
comprendida únicamente entre la garganta del Bernardino y la del
Caimito.
Una hora de marcha hecha á paso ligero por la sabana llana y
cómoda, donde apénas si ninguna prominencia se levanta del suelo,
cubierto en muchos de sus puntos por frescos y agradables
bosquecillos, me condujeron por fin á aquel último
|paso,
lugar gracioso y encantador; la marea está baja; el río, de una
trasparencia incomparable, se desliza por un cauce cuyo fondo está
constituido por pequeños guijarros negros y rojiza arena, sembrado
de algunos trozos de mica que brillan notablemente al ser heridos
por el sol.
Poco despues el camino se desvía, siguiendo el lecho de una
quebrada pedregosa que nos hace subir á una línea de crestas
bastante accidentadas. Por algunos puntos se distinguen aún restos
de calzadas y trozos de camino que en un tiempo debieron existir y
facilitar el paso, pero sobre los que ha vuelto á extender su
dominio la selva con todo su poderío. Estos antiguos vestigios de
los admirables trabajos que allí realizaron los españoles, y que
son fiel testimonio de un poder caído, me explican suficientemente
la abundancia de piedras agudas y cortantes de que, sembrado el
camino, lo hacen difícil y desagradable. Aquellos trozos, que antes
debieron ser los más apetecidos, y que hoy el atravesarlos causa
grandes fatigas y trabajos hasta para las caballerías, son llamados
pedregales por los naturales.
El sendero atraviesa en trozos la selva y en trozos los terrenos
donde crecen las abundantes hierbas, abrasadas ahora por el sol;
despues gana las alturas de una colina desde donde se distingue una
extensa sabana completamente seca. El sol, cayendo verticalmente
sobre aquella llanura, sin sombra ninguna que en poco ó en mucho la
preserve, caldea las capas de aire más próximas al suelo; el
equilibrio se rompe, estableciéndose corrientes ascendentes que
chocan con otras que se determinan en sentido inverso; al traves de
aquellos medios de tan distintas densidades, los objetos parecen
agitados por incomprensibles movimientos, ofuscando la vista de una
manera tal, que apénas si á lo lejos puede reconocerse La Chorrera
ni el magnífico bosque de cocoteros que la abriga.
La Chorrera es una pequeña poblacion muy bella, de casas anchas,
espaciosas y bien dispuestas, aunque sólo tienen un piso. Desde
hace mucho tiempo ha sustituido á Chepo como estacion de verano
para los panameños, que van á ella para pasar más cómodamente los
meses que en la capital hace el calor insoportable. Está situada en
lo alto de una colina, y casi continuamente la brisa de tierra ó de
mar da lugar á que en ella se disfrute de un fresco agradable. Por
desgracia, esta poblacion que tan buenas condiciones presenta para
el solaz y distraccion de los ricos que la mayor parte del año
habitan en las capital del Estado, tiene el grandísimo
inconveniente de ser muy escasa de aguas, hasta el punto de que
para tomar un bario hay que recorrer una distancia de más de mil
quinientos metros, donde se encuentra un riachuelo de escasa
corriente, confluente del Caimito. De quererse evitar esta
molestia, no hay más remedio que contentarse con la inmersion en un
pozo, ó, por mejor decir, en los agujeros que practican en el cauce
de un arroyo que atraviesa la poblacion.
En La Chorrera tuvimos la fortuna de encontrar una casa para
nosotros y para los hombres que nos acompañaban: era aquella una
posada donde no nos veíamos preocupados por la mañana y por la
noche con el molesto cuidado del cocinero, lo cual nos permitía
continuar nuestras operaciones y trabajos con más actividad,
ganando así el tiempo que anteriormente habíamos perdido, contra
nuestra voluntad, y sin que por ello tengamos que hacer gastos
mayores, dado que las provisiones que acá y allá habíamos comprado
en el camino nos costaron excesivamente caras, pues allí, como en
todas partes, saben aprovechar las ocasiones y explotar al que se
ve en la forzosa necesidad de adquirir productos de los que saben
no puede prescindirse en manera alguna. El primer día, el Sr.
Escala, que así se llama el dueño de la posada donde nos
hospedamos, nos sirvió un excelente
|saucoche hecho con la
sabrosa carne de aquel país.
El dicho Sr. Escala es un mulato alto y grueso, un hombre hábil
y dispuesto, que es á la vez cocinero, negociante, armador,
banquero, y sobre todo destilador de anisado. De las dos bellas
haciendas que posee, la una alimenta más de mil cabezas de ganado,
y lleva por nombre el Hato de la Mitra, que en pasados tiempos era
la residencia de verano del prior de uno de los conventos de
Panamá. La casa, muy bien conservada y cuidada, es tal vez la más
bella de aquella region, y está perfectamente situada en un pliegue
del terreno que domina la sabana, dándole agradables y hermosas
vistas al mar. Su mujer es activa, inteligente, y lo secunda en
todos sus planes y proyectos de una manera tal, que se eleva á su
altura, si es que no le aventaja, en todo lo que pueda ser arreglo
y economía. Su constante afán es multiplicar incesantemente sus
medios de subsistencia, á fin de poder dar á su hijo una sólida
educacion en el extranjero y una carrera liberal en cualquiera de
las Universidades de Europa. Es seguro, y no puede caber la menor
duda de ello, que aquel país valdría infinitamente más si en él se
encontraran muchos hombres de color del temple y condiciones del
Sr. Escala.
Nuestro patron es una de las principales autoridades en La
Chorrera; el alcalde, segun llegué á entender. Extremadamente
celoso en que por nada ni por nadie decrezca la importancia de
aquella poblacion que rige, y más que nada cuidadoso de que tenga
siempre el aspecto de ciudad, y que no pueda en manera alguna ser
considerada como un pueblo cualquiera, es muy rígido en todas las
cuestiones que afecten ó puedan afectar á lo externo, que es por lo
que en todas partes se juzga más, llevando su rigor hasta un
extremo tal, que habiendo vuelto un día nuestros hombres del
trabajo en simple traje de trocha, ó sea con sólo una especie de
jubon largo sujeto á la cintura, el Sr. Escala los reprendió
severamente, amenazando á José con ponerlos en la cárcel si tal
cosa volvía á repetirse.